domingo, 7 de octubre de 2007

Testigo de cargo


UNA CORTE DE INMORALES


Desde hace muchos años los argentinos hemos caído en la espantosa trampa de las opciones sin escapatoria. Se ha visto claramente en todas las últimas elecciones presidenciales, pero ahora se extiende a todos los rincones de la vida pública. Recuerden el caso de la Corte Suprema creada por Alfonsín, compuesta por jueces sin relieve y su modificación hasta lograr la Corte de Menem, la de la mayoría “automática”.

Si yo sostuviera ahora que la de Kirchner es la peor de todas no faltaría quien me acusara de exagerado, tremendista y petardista, recordándome el renombre de varios de sus jueces. Sucede que cuando un país entra en crisis, uno de los primeros mecanismos que se cuartean es el de los prestigios sociales.

Porque, no nos engañemos: la fama actual es hija de la pública opinión, y la pública opinión es hoy la esclava de todo un sistema que tiene de cualquier cosa menos de la espontaneidad y la libertad que se suponía eran sus características esenciales.

Hoy, medios de difusión mediante y dominio de los mecanismos de producción de los prestigios intelectuales mediante, la fama ya no es el reflejo de una pública opinión libre sino el resultado de intrigas de poder. Zaffaroni goza de un predicamento infinitamente superior a sus méritos reales porque sus libros y sus artículos son difundidos urbi et orbi gracias a esas complicidades de alto vuelo.

Pero no es esta la razón por la que afirmo que nos encontramos frente a una corte de inmorales. Más modestamente, me remito a un largo artículo en “La Nación” del 22 de julio pasado. Allí le dan a la Dra. Carmen Argibay una página y media completa para que exprese su pensamiento. Y dice muchas cosas, pero la cosa verdaderamente significativa que dice se refiere al reciente fallo de la Corte en el caso Riveros.

Este caso, para los distraídos, consiste en que hace años la Suprema Corte de Justicia de la Nación absolvió de ciertos cargos vinculados con la Guerra Revolucionaria al General Santiago Riveros. Era otra Corte, pero uno de los miembros actuales estaba entre los que firmaron esa sentencia, aunque en realidad éste es un detalle sin importancia. Todo el orden jurídico está basado en la continuidad de las instituciones y no en la de los hombres.

De modo que si la Suprema Corte argentina (la integre quien la integrase) pronuncia una sentencia definitiva sobre un caso y esa sentencia queda firme (es decir, que ya no hay más recursos posibles en su contra) absolutamente nadie —ni la misma Corte— puede volver a juzgar el caso resuelto en la sentencia. Éste —el de la cosa juzgada— es otro de los pilares fundamentales del orden jurídico.

Lo cierto es que la actual Corte acaba de derogar ese fallo, con la disidencia de la Dra. Argibay, ordenando vuelva a enjuiciarse al Gral. Riveros. La docta jueza no deja de pronunciarse contra el fallo pero escapa —es por demás astuta— a toda crítica a sus pares. Sin embargo, el hombre de la calle se dice: la doctora Argibay explica su voto como una negativa a confundir venganza y justicia. Y “La Nación” le da grandes titulares con esa idea en la primera página del Suplemento “Enfoques” de los domingos.

Ahora bien: si ella optó por la justicia y no por la venganza, la conclusión obligatoria es que sus colegas de la Corte optaron por la venganza. ¿Y se quiere algo más inmoral y repugnante que una corte que falla basada en la venganza y no en la justicia? ¿Hay otra conclusión posible? ¿Hay otra interpretación aceptable?

Para colmo, no se trata de la venganza personal que, por pecaminosa que sea, admite al menos la comprensión. ¿Qué tendría que vengar —personalmente— el Dr. Zaffaroni, sumiso funcionario judicial del Proceso, por ejemplo? ¿Cuál de los otros jueces puede aducir un agravio personal por parte de los militares? Quizás la única sería precisamente la Dra. Argibay, que estuvo unos meses detenida.
De modo que el voto de la mayoría, si en efecto se fundara en la venganza, lo haría en el tipo más deleznable de ésta: el resentimiento ideológico de ratas que esperaron la caída de sus enemigos para roerles los ojos.
Aníbal D’Angelo Rodríguez

1 comentario:

Lotero dijo...

Gracias por estar presentes en la web. Como abogado y católico siento una profunda vergüenza por la presencia de estos dos pseudo juristas del garantismo llevado a ultranza. Francamente la corte menemista fue nefasta, pero ésta - directamente - ha aniquilado todo indicio de seguridad jurídica.

Saludos en Xto.