lunes, 29 de octubre de 2007

Aniversario de la Marcha sobre Roma

AQUEL FELIZ 28 DE OCTUBRE



No parecía ser una noche idónea para una revolución. A las seis de la tarde había empezado a descargar la lluvia, furiosas ráfagas de viento recorrían el mar Tirreno y los hombres, empapados en sus relucientes capas negras, se agazapaban en la paja junto a extinguidas fogatas. Al comienzo de aquella noche de 1922, al otro lado de las montañas que protegían Roma, cerca de 40.000 hombres aguardaban la caída de la ciudad.

Todo el día, los hombres del ejército de camisas negras, tropas de choque del Partido Fascista Italiano formadas por tres millones de miembros, habían estado preprados para la Marcha sobre Roma. Desde Bolzano, en los Dolomitas, hasta Palermo, en Sicilia, más de mil millas al sur, concentraciones de camisas negras, al oír la palabra mágica “Roma”, se habían amontonado en camiones, carros y chirriantes coches de caballos. Había camisas negras refugiados en los hornos de ladrillos, acampando en viñedos y pueblos; camisas negras en graneros y bodegas. Sólo tres años antes, cien hombres habían fundado el Partido Fascista en una sala revestida de madera de la Piazza San Sepolcro de Milán. Sus propósitos evocaban a los piratas tanto como sus banderas con las calaveras y los huesos cruzados: aplastar a sus enemigos socialistas y comunistas y adueñarse por la fuerza de las riendas del gobierno (…)

Al amanecer del 28 de octubre, los camisas negras de cien ciudades se alzarían, poniendo de manifiesto su condición de enemigo interno. Preparados para un raudo ataque, asaltarían silenciosamente oficinas de correos, prefecturas, estaciones de tren y cuarteles militares. En pocas horas los fascistas rodearían la Ciudad Eterna y controlarían Italia (…)

Para todos los que abrazaban el credo fascista, Roma era ahora más que un imán; cualesquiera que fuesen sus debilidades, tenían ahora una cita con la historia. En el tren abarrotado de camisas negras que partía de Grosseto, los hombres habían cedido el puesto de honor a “il Cecco”, un veterano ciego de ochenta años, que 52 años antes había realizado la marcha con Garibaldi. En Monterotondo, los enfermeros vigilaban a Paolo Petrucci, mortalmente enfermo de tuberculosis; pero a pesar de los 40 grados de fiebre, él estaba decidido a unirse a la causa.

Otros, en la flor de la vida, viajaban con gran pompa y por su cuenta. Los cincuenta “jinetes” de Guiseppe Caradonna llegaban cabalgando desde Foggia, envueltos en mantas de piel y tocados con sombreros a horcajadas de pesados caballos de labranza. En Ascoli Piceno, un joven rico se organizó su propia Marcha sobre Roma, instalando una ametralladora en el capó de su Fiat deportivo.

Cada vez eran más los que avanzaban, ansiosos por compartir el triunfo; sobre bicicletas y camiones, trenes y carretas, exhibían sus “slogans” escritos con carbón o con cal: “Me ne frego”; “Roma o morte!” Todos estaban atraídos por el irresistible magnetismo de un hombre; un hombre que había trabajado durante años para llevar sus emociones hasta este punto culminante.

Su nombre, como un grito de guerra, figuraba en sus banderas, en sus camiones y en sus cascos: “¡Viva Mussolini!”
Richard Collier

Nota: Este relato forma parte del primer capítulo de su libro “Duce! Duce!”, edic. Acervo, España, 1986.

2 comentarios:

PatriayFe dijo...

Gracias, una vez más, por recordar este momento histórico tan trascedental para el Siglo XX.

Duce! Duce!
Per te!

Un fuerte abrazo en Xto. mis amigos.

Dios de los dioses. dijo...

Amo a Mussolini pero màs amo a su amigo que le regalò las obras completas de Nietzsche...
Soy admirador de esos hombres que han sido muertos por los descendientes de los deicidas...