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jueves, 11 de agosto de 2011

Imperativo

PARA RESTABLECER
LA CONCORDIA
   
   
“Lo mismo que la sociedad tiene derecho
de darse un jefe que la conduzca
al bien común, el mismo derecho
tiene a deshacerse de él cuando es
un obstáculo para dicho bien común (…)
El Régimen tiránico no es justo,
por no ordenarse al bien común.
Por tanto, la perturbación de ese Régimen
no tiene razón de sedición.
Más sedicioso es el tirano que fomenta
discordias y sediciones en el pueblo
esclavizado para poder dominar
con más seguridad: eso es tiránico,
por encaminarse al bien personal
del que manda con daño de la sociedad”
   
Santo Tomás de Aquino, 
El Régimen Político, VII, 34
   

HAY QUE COMBATIR
A LOS SEDICIOSOS
  

domingo, 4 de abril de 2010

Resurrexit sicut dixit


SOBRE LA RESURRECCIÓN
DE NUESTRO SALVADOR

Y otro día, que es el que se sigue al de la Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos acudieron juntos a Pilato, diciendo: “Señor, nos acordamos que dijo aquel impostor cuando todavía estaba en vida: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercero día; no sea que vengan sus discípulos y lo hurten, y digan a la plebe: Resucitó de entre los muertos: y será el postrer error peor que el primero”. Y Pilato les dijo: “Guardas tenéis, id, y guardadlo como sabéis”. Ellos, pues, fueron, y para asegurar el sepulcro, sellaron la piedra y pusieron guardas. (vers. 62-66).

San Jerónimo. No contentos los príncipes de los sacerdotes con haber crucificado al Señor, quisieron guardar su sepultura e impedir en cuanto estuviese de su parte la resurrección. Por esto dice: “Y otro día, que es el que sigue al de la Parasceve”, etc.

Rábano. Parasceve quiere decir preparación. Con este nombre se entiende el sexto día que precede al sábado en el cual preparaban lo necesario para este día, como se dice respecto del maná: “En el sexto día recogeréis doble” (Éxodo, 16, 22) y como en el sexto día fue hecho el hombre y en el séptimo descansó Dios, por esto muere Jesús en el día sexto por el hombre y descansa el sábado en el sepulcro.

San Jerónimo. A pesar de haber cometido un horrendo crimen con la muerte del Salvador, a los príncipes de los sacerdotes todavía no les resultaba suficiente y buscaban derramar todo el veneno de la perfidia contraída hiriendo la honra del Salvador después de su muerte. Por esto llaman impostor a aquél que sabían que era inocente. Por esto dicen: “Señor, recordamos que dijo aquel impostor”, etc.

Remigio. El Señor había ofrecido que resucitaría al tercer día porque había dicho: “Así como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre de una ballena”, etc. (San Mateo, 12, 40). Pero debe observarse de qué modo resucitó después de tres días, porque algunos quieren decir que fueron las tres horas, a saber: una la de tinieblas; otra la de la aurora y del día. Sin embargo, éstos desconocen el significado de la locución figurada. Porque en sentido figurado se entienden la feria sexta en que padeció y comprende la noche precedente. Sigue después la noche del sábado con su día y la noche del día del domingo, que ya forma parte de este día. Por esto es verdad que resucitó al tercer día.

San Agustín, in serm. de Passione. Por lo tanto, resucitó después de tres días, para que en la pasión del Hijo se diese a conocer el asentimiento de toda la Trinidad. Los tres días son una figura, porque la Trinidad que en un principio hizo al hombre, es la misma que repara al hombre por la pasión de Jesucristo.

Sigue: “Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro hasta el tercero día”.

San Hilario, in Matthaeum, 33. El miedo de que fuese robado el cuerpo, y su guardia y sello es un testimonio de necedad y de infidelidad, porque quisieron sellar el sepulcro de aquél por cuyo mandato habían visto levantarse a Lázaro del sepulcro.

Rábano. Y cuando dicen: “Y este error será peor que el primero”, dicen la verdad aunque por ignorancia. Porque fue mucho peor el menosprecio del arrepentimiento en los judíos que el error de su ignorancia.

San Juan Crisóstomo, homiliæ in Matthæum, hom. 89,1. Véase cómo sin querer se conciertan para probar la verdad. Se demostró la verdad de la resurrección precisamente por las disposiciones que adoptaron. Porque habiendo sido custodiado el sepulcro, no pudo haber engaño alguno y si no pudo haber engaño, es evidente e irreprochable que el Señor resucitó. Veamos lo que Pilato contestó: “Guardas tenéis, id y guardadlo como sabéis”.

Rábano. Como diciendo: Ya tenéis bastante con que os haya permitido matar a un inocente; en cuanto a lo demás, continuad en vuestro error. “Ellos, pues, fueron y para asegurar el sepulcro sellaron la piedra y pusieron guardas”.

San Juan Crisóstomo, homiliæ in Matthaeum, hom. 89,1. Pilato no quiso que fuesen sólo los soldados los que sellaran el sepulcro, porque si lo hubiesen sellado los soldados únicamente, se habría podido decir que habían permitido a los discípulos que robasen el cuerpo del Señor y así hubiera quedado quebrantada la creencia de la resurrección. Pero en este caso ya no podían decirlo porque ellos mismos habían sellado el sepulcro.

Santo Tomás de Aquino
(Tomado de su “Catena Áurea”, comentario
al Evangelio según San Mateo, cap. 27, 62-66).


domingo, 18 de octubre de 2009

En el mes de los ángeles


ALGO PARA MEDITAR
SOBRE LOS SANTOS ÁNGELES

Los ángeles, ¿pueden o no pueden estar
en muchos lugares a la vez?

El ángel es de esencia y poder finitos. Puesto que la esencia y el poder de Dios son infinitos y causa universal de todas las cosas; con su poder llega a todas, no solamente en muchos lugares, sino en todas partes. Por su parte, el poder del ángel, porque es finito, no llega a todo, sino a una sola cosa concreta. Pues resulta necesario que todo lo que se relaciona con algún poder, se relacione con él como uno. Así, pues, como la universalidad de todos los seres constituye un único todo con respecto al poder universal de Dios, así también un ser particular constituye un único todo con respecto al poder del ángel. Por eso, como el ángel está en un lugar por la aplicación de su virtud en aquel lugar, hay que concluir que no está en todas partes, ni en muchos lugares, sino solamente en uno. Sin embargo, con respecto a esta cuestión algunos se han equivocado. Unos, incapaces de superar la simple imaginación, concibieron la indivisibilidad del ángel como la indivisibilidad del punto, deduciendo que no puede estar más que en un punto geométrico. Evidentemente, se equivocaron. Pues el punto es algo indivisible que tiene sitio, y el ángel, en cambio, es un ser indivisible al margen de todo sitio y cantidad. Por eso, no es necesario asignarle un lugar indivisible como sitio, sino uno, divisible o indivisible, mayor o menor, según que el ángel aplique voluntariamente su virtud a un cuerpo grande o pequeño. Así, todo el cuerpo al que se aplica por su virtud, le corresponde como un solo lugar.

Así, pues, resulta evidente que estar en un lugar le corresponde de distinta manera al cuerpo, al ángel y a Dios. El cuerpo está en un lugar circunscribiéndose a él, ya que sus dimensiones se adaptan al lugar. El ángel no se circunscribe al lugar, ya que sus dimensiones no se adaptan al lugar, sino que se delimita a él, puesto que está en un lugar de tal modo que no está en otro. Dios no está ni circunscripto ni delimitado, porque está en todas partes.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen lo futuro?

Lo que es signo propio de la divinidad no les corresponde a los ángeles. Pero conocer lo futuro es el signo propio de la divinidad, según aquello de Isaías 41, 23: Anunciad lo que más tarde ha de suceder, y sabremos que sois dioses. Por lo tanto, los ángeles no conocen lo futuro.

Lo futuro puede ser conocido de dos maneras:

1) La primera, conocer lo futuro en su causa. De este modo se conoce con ciencia cierta lo futuro que necesariamente proviene de sus causas. Ejemplo: Mañana saldrá el sol.

2) En cuanto a lo que proviene de sus causas en la mayoría de los casos, no se conoce con certeza, sino sólo por conjeturas. Ejemplo: El médico pronostica la salud del enfermo. Éste es el modo de conocer lo futuro que le corresponde a los ángeles, y tanto más que a nosotros por cuanto conocen las causas universales de las cosas con mayor perfección; como los médicos que con mayor agudeza ven las causas de un mal pronostican mejor el futuro desarrollo de la enfermedad.

3) Por último, lo futuro que proviene de sus causas en pocos casos, es del todo desconocido. Ejemplo: Lo casual o fortuito.

Aun cuando la inteligencia del ángel está por encima del tiempo que mide los movimientos corporales, sin embargo, en él hay tiempo en cuanto sucesión de pensamientos. Por eso dice Agustín en VIII Super Gen. ad litt.: Dios mueve a la criatura espiritual en el tiempo. Y puesto que en el entendimiento del ángel hay sucesión, no está presente a él todo lo que se hace en el transcurso de todos los tiempos.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen
los pensamientos del corazón?

Lo que es propio de Dios no le corresponde a los ángeles. Pero conocer los pensamientos de los corazones es propio de Dios, según aquello de Jeremías 17, 9-10: Perverso es el corazón del hombre; e inescrutable. ¿Quién lo conocerá? Yo, el Señor, que penetro los corazones. Por lo tanto, el ángel no conoce el secreto de los corazones.

El pensamiento del corazón puede ser conocido de dos maneras:

1) La primera, en su efecto; y de este modo puede ser conocido no solamente por el ángel, sino también por el hombre. Y tanta mayor ventaja lleva el ángel cuanto más recóndito sea el efecto. Ejemplo: Un pensamiento es conocido a veces no sólo por algún acto externo, sino también por la alteración de las facciones, y los médicos pueden conocer algunas afecciones del alma por el pulso.

Los ángeles, pues, lo mismo que los demonios, las conocerán tanto más cuanto con mayor penetración escudriñen este tipo de alteraciones corporales ocultas. Por eso Agustín, en el libro De divinatione dæmonum, dice: Los demonios a veces descubren con toda facilidad las disposiciones de los hombres, y no sólo las que manifiestan de palabra, sino también las concebidas en el pensamiento, porque en el cuerpo se refleja el estado del alma. En su libro Retractaciones, no obstante, dice que no puede asegurar cómo sucede esto.

2) La segunda manera es conocer los pensamientos conforme están en el entendimiento, y los afectos como están en la voluntad. De este modo sólo Dios puede conocer los pensamientos de los corazones y la tendencia de la voluntad. El por qué de esto radica en que la voluntad de la criatura racional no está sujeta más que a Dios, y en ella, como más adelante veremos (q. 105 a. 4; q. 106 a. 2; 2-2 q. 9 a.6), sólo puede obrar el que es su objeto principal y su último fin. Por eso, lo que está en la voluntad o lo que depende de la voluntad, solamente es conocido por Dios. Es evidente que de la voluntad sola depende que alguien piense de hecho alguna cosa, porque cuando alguien tiene el hábito de la ciencia o posee especies inteligibles, lo usa cuando quiere. Por eso dice el Apóstol en I Corintios 2, 11: Lo que hay en el hombre nadie lo conoce a no ser el espíritu del hombre que está en él.

El apetito animal no es dueño de sus actos, sino que sigue el impulso de otra causa, sea material o espiritual. Debido a que los ángeles conocen los seres corporales y sus disposiciones, por este medio pueden conocer lo que hay en el apetito y en la percepción imaginativa de los animales e incluso en el de los hombres, cuyo apetito se desencadena siguiendo algún impulso corporal. En los animales siempre sucede así. Sin embargo, no es necesario que los ángeles conozcan el movimiento del apetito sensitivo o la percepción imaginativa del hombre en cuanto movidos por la voluntad y por la razón, porque también la parte inferior del alma participa de alguna manera de la razón, como el que obedece al que manda, según se dice en la Ethica. Del hecho de que el ángel conozca lo que hay en el apetito sensitivo o en la imaginación del hombre, no se sigue que conozca lo que hay en su pensamiento o en su voluntad, porque el entendimiento y la voluntad no están sometidos al apetito sensitivo ni a la imaginación, sino que, por el contrario, pueden utilizarlo de distintas maneras.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen
los misterios de la gracia?

Nadie aprende lo que ya sabe. Pero los ángeles, incluso los superiores, investigan los misterios de la gracia y los aprenden. Pues se dice que la Sagrada Escritura habla de ciertas esencias celestes que proponían cuestiones al mismo Jesús y aprendían la ciencia de su obra divina en favor nuestro, y Jesús les enseñaba directamente. Esto concuerda con aquello de Isaías 63,1 cuando preguntan los ángeles: ¿Quién es éste que viene de Edom? Y responde Jesús: Yo, el que anuncia la justicia. Por lo tanto, los ángeles no conocen los misterios de la gracia.

En los ángeles hay dos clases de conocimiento.

1) Uno natural, por el que conocen las cosas, bien por su esencia o también por especies innatas. Con esta clase de conocimiento no pueden conocer los misterios de la gracia, porque éstos dependen de la sola voluntad de Dios. Si un ángel no puede conocer los pensamientos que dependen de la voluntad de otro, mucho menos conocerá lo que solamente depende de la voluntad divina. Esto mismo es lo que argumenta el Apóstol en I Corintios, 2, 11: Lo que hay en el hombre nadie lo conoce a no ser el espíritu del hombre, que en él está. Así también, las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios.

2) Pero los ángeles tienen otra clase de conocimiento: el que los hace bienaventurados y por el que ven el Verbo y las cosas en el Verbo. Por esta visión conocen los misterios de la gracia, aunque no todos los misterios, ni todos los ángeles por igual, sino en la medida en que Dios haya querido revelárselos, según aquello del Apóstol en I Corintios, 2, 10: Dios nos los ha revelado por su Espíritu. Sin embargo, los ángeles superiores, que contemplan con mayor penetración la sabiduría divina, conocen en la visión de Dios mayor número y más elevados misterios que después manifiestan a los ángeles inferiores cuando los iluminan. Y entre los mismos misterios hay algunos que los ángeles conocieron desde el principio, y otros que les fueron enseñados más tarde, conforme lo iban exigiendo sus ministerios.

Santo Tomás de Aquino
(Extractos de la “Suma Teológica” - Iª, q.52,a.2; q. 57, as.3,4,5)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Será Justicia


GOBIERNAN LADRONES

“Los malos príncipes y reyes perversos
obran contra la voluntad del Señor
que quiere un reino justo.
Cometen sus tropelías unas veces
solapadamente y otras con violencia.
Otras veces, despojan a sus súbditos
estableciendo leyes sólo
con vistas al lucro.
Tener dos pesas es algo que el Señor
abomina: la balanza dolosa no es buena.
Quien compra dignidades vomitará
las riquezas que devoró y de su vientre
se las arrancará Dios”.

Santo Tomás de Aquino:

“Los mandamientos comentados”, 7º

QUE SE HAGA JUSTICIA

domingo, 12 de abril de 2009

Domingo de Resurrección


LA RESURRECCIÓN
DE LA CARNE


No sólo santifica el Espíritu Santo la Iglesia en cuanto a las almas, sino que por su virtud resucitarán nuestros cuerpos. Romanos, 4, 24: “Creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos, Jesucristo Señor Nuestro”. Y Corintios, 15, 21: “Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos”. Por lo cual creemos, conforme a nuestra fe, en la futura resurrección de los muertos.

Cuatro cosas se pueden considerar acerca de esto:

• La primera es la utilidad que proviene de la fe en la resurrección.
• La segunda son las cualidades de los resucitados, en cuanto a todos en general.
• La tercera, cuáles serán las cualidades de los buenos.
• La cuarta, en cuanto a los malos en especial.

Acerca de lo primero debe saberse que de cuatro maneras nos son útiles la fe y la esperanza de la resurrección. En primer lugar, para que desaparezca la tristeza que abrigamos por los muertos. Es ciertamente imposible que el hombre no se duela por la muerte de un ser querido; pero por esperar su resurrección, mucho se modera el dolor de su muerte. I Tesalonicenses, 4, 13: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”.

En segundo lugar, se suprime el temor a la muerte. Porque si el hombre no espera otra vida mejor después de la muerte, indudablemente debe ser muy temida la muerte, y el hombre debería hacer cualquier mal con tal de no tropezar con la muerte. Pero como creemos que hay otra vida mejor, a la cual llegaremos después de la muerte, es claro que nadie debe temer la muerte, ni por temor a la muerte hacer algún mal. Hebreos, 2, 14-15: “para aniquilar por la muerte al señor de la muerte, esto es, al diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud”.

En tercer lugar, nos hace solícitos y atentos en hacer el bien. Pues si la vida del hombre fuese tan sólo esta en que vivimos, no habría en los hombres gran aplicación en obrar bien, porque cualquier cosa que hiciesen sería poca cosa por no ser su anhelo por un bien limitado conforme a un tiempo determinado sino por la eternidad. Pero como creemos que, por lo que aquí hacemos, recibiremos los bienes eternos en la resurrección, tratamos de obrar bien. I Corintios, 15, 19: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”.

En cuarto lugar, nos aparta del mal. En efecto, así como la esperanza del premio incita a obrar bien, así también el temor a la pena, que creemos se reserva para los malos, nos aparta del mal. Juan, 5, 29: “Y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; pero los que hayan hecho el mal, para la resurrección de condenación”.

Acerca de lo segundo [las cualidades de los resucitados, en cuanto a todos en general] debemos saber que en cuanto a todos habrá una cuádruple condición. La primera es en cuanto a la identidad de los cuerpos que resucitarán. Porque el mismo cuerpo que ahora es, con su carne y sus huesos resucitará, aunque algunos dijeron que este cuerpo que ahora se corrompe no resucitará, lo cual es contra lo que dice el Apóstol. Pues dice en I Corintios, 15, 53: “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad”. Y la Sagrada Escritura dice que por el poder de Dios el mismo cuerpo resurgirá a la vida: Job, 19, 26: “De nuevo seré recubierto con mi piel, y con mi carne veré a Dios”.

La segunda condición será en cuanto a la cualidad, porque los cuerpos de los resucitados serán de cualidad distinta de la que ahora son: porque lo mismo en cuanto a los bienaventurados que en cuanto a los malos, los cuerpos serán incorruptibles, porque los buenos estarán siempre en la gloria, y los malos siempre en sus tormentos. I Corintios, 15, 53: “Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad”. Y como el cuerpo será incorruptible e inmortal, no habrá uso de alimentos ni de unión sexual. Mateo, 22, 30: “En la resurrección no se tomará ni mujer ni marido, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo”. Y esto es contra lo que dicen judíos y sarracenos. Job, 7, 10: “No volverá más a su casa”.

La tercera condición es en cuanto a la integridad, porque todos, buenos y malos, resucitarán con toda la integridad que pertenece a la perfección del hombre; así es que no habrá allí ni ciego ni cojo, ni defecto alguno. Dice el Apóstol en I Corintios, 15, 52: “Los muertos resucitarán incorruptibles”, esto es, sin que puedan padecer las actuales corrupciones.

La cuarta condición es en cuanto a la edad, porque todos resucitarán en la edad perfecta, o sea, de treinta y tres o treinta y dos años. La razón de ello es que los que no llegaron a ella no tienen la edad perfecta, y los ancianos la pasaron ya, por lo cual a los jóvenes y a los niños se les agrega los que les falta, y a los ancianos se les restituye. Efesios, 4, 13: “Hasta que lleguemos todos al estado de hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.

Acerca de lo tercero [cuáles serán las cualidades de los buenos] debemos saber que en cuanto a los buenos será una gloria especial, porque los santos tendrán cuerpos glorificados en los que habrá una cuádruple condición.

La primera es la claridad: Mateo, 13, 43: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”. La segunda es la impasibilidad: I Corintios, 15, 43: “Se siembra (el cuerpo) en la vileza, y resucitará en la gloria”; Apocalipsis, 21, 4: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gemidos, ni dolor porque el primer estado habrá pasado”. La tercera es la agilidad: Sabiduría, 3, 7: “Los justos resplandecerán, se propagarán como chispas en rastrojo”. La cuarta es la sutileza: I Corintios, 15, 44: “Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual”: no que sea completamente espíritu, sino que estará totalmente sujeto al espíritu.

Acerca de lo cuarto [en cuanto a los malos en especial] debemos saber que la condición de los condenados será contraria a la condición de los bienaventurados, porque en ellos habrá un castigo eterno, en el cual se dará una cuádruple mala condición. En efecto, sus cuerpos serán oscuros: Isaías, 13, 8: “Son los suyos rostros calcinados”. Además, serán pasibles, aunque nunca se corromperán, porque arderán eternamente en el fuego y nunca serán consumidos: Isaías, 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”. Además, serán pesados, pues sus almas estarán allí como encadenadas: Salmo 149, 8: “Para trabar con grillos a sus reyes”. Además, sus almas y sus cuerpos serán de cierta manera carnales: Joel, I, 17: “Se pudrirán las bestias de carga en sus inmundicias”.

Santo Tomás de Aquino
(Tomado de su “Credo comentado”)

viernes, 24 de octubre de 2008

Ante el nuevo manotazo de ahogadA


SÉPTIMO MANDAMIENTO:

NO ROBARÁS


“Hay muchos modos de robar.
Hurtando a escondidas.
Tal conducta es vituperable porque
constituye una especie de traición.

Entre los ladrones se cuentan
los malos príncipes y reyes perversos.

Cometen sus tropelías unas veces
solapadamente y otras con violencia.
Otras veces, despojan a sus súbditos
estableciendo leyes sólo con vistas
al lucro, o cometen fraude en los negocios.
Por eso se dice en la Escritura:
«no tendrás en tu bolsa pesas diferentes».
Todos los tiranos que por la fuerza poseen
reinos, provincias o feudos, son ladrones,
y todos ellos están obligados a restituir.
«Yo,el Señor, amo la justicia y aborrezco
la rapiña» (Is. 61, 8)”.

Santo Tomás de Aquino