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sábado, 31 de octubre de 2009

Guiones de estilo




SIGNIFICADO DE
LAS FLECHAS Y EL YUGO


No sé lo que hay detrás de esa camisa ni entiendo lo que significan las flechas y el yugo. Pero debe ser algo muy grande, cuando se le convierte en sonrisa la mueca de dolor a un pobre muerto.

Muy grande, sí —contestó Víctor, aprovechando la ocasión para abrir uno de los frecuentes arrebatos de su temperamento apasionado—. Significa nada menos que el obrero educado en el odio, ha muerto en el amor. Que ha entendido toda la angustia, que no es angustia sólo de problema económico, sino también —y quizá más— de problema sentimental. Que ha sabido leer en el cielo y el idioma todo el destino único y maravilloso de la Patria, que no es sólo la redención económica del pobre, sino la aspiración de Imperio de todos. Significa que él y yo, distantes en la vida por mundos de prejuicios y siglos de lucha, nos hemos encontrado corazón a corazón, en una encrucijada, para vivir esta camaradería nueva en la Vida y en la Muerte. Él, obrero; yo, señorito estudiante; él, instrumento manual de la Historia y el progreso; yo, camino intelectual de ese mismo progreso y esa misma Historia, hemos borrado por nuestra voluntad todo un falso mundo de lucha de clases o espíritu de castas que nos separaba. Eso significa que Ud. acaba de perder un hijo, y de ganar otro, que llevará a su casa alientos de otro mundo para fundirlos con los del suyo. Yo he bebido con Enrique las preocupaciones de los obreros, y él ha sentido a mi lado la inquietud de los intelectuales.

Él me proyectaba hacia un universo de máquinas y angustias sociales —que yo por nacimiento desconocía—, y yo le llevaba como de la mano a otro universo de sueños y quimeras que, a su vez, ignoraba. Si yo he ido con él al taller, al horno, a la fragua, a la caldera, a todo ese infierno rojo donde vive el obrero y he sudado el mismo sudor que ellos sudan, él ha venido conmigo al Museo, a la Música, a la Historia y al Verso, a todo ese paraíso donde vive el intelectual y ha gozado el mismo goce que ellos gozan. Esa camisa azul nos ha igualado en goce y en dolor, y nos ha hecho ver a los dos la vida con los dos ojos abiertos y ansiosos, no a medias como antes, mientras él ignoraba nuestro goce angustiado y yo su angustia gozosa. Esta camisa nos igualaba en el servicio a España y en el sacrificio. Él, más afortunado, por llevarla, ha muerto en estado de gracia: sin odios ni rencores. Esa camisa es y será en España como un viento ligero que borre las tormentas. Ni clases ni odios, ni parias ni privilegios. Representa esa cosa tan sencilla y tan difícil a la vez: una Humanidad con camisa limpia que ponerse, frente a esta sociedad absurda donde algunos pocos tienen camisas de seda y de sport y de etiqueta, mientras los más no tienen camisa que ponerse. Una sociedad en que los de la camisa bien planchada se apartan del que va en camiseta sucia para no mancharse, en vez de darle —no una de sus camisas, que sería limosna y no se trata de eso— ocasión de llevar una camisa. Contra esa sociedad van ustedes y vamos nosotros. Por distintos caminos, pero ustedes creen que esa sociedad es España y las confunden en su odio ciego, y nosotros sabemos que esa sociedad es una costra sobre la carne limpia de España —ríos que saltan, trigo que crece, agua que alumbra, madres que engendran, minas y bosques, viejas ciudades, catedrales, talleres, fábricas, Universidades y una Historia rota que reanudar—, costra que hay que arrancar para que pueda circular la sangre. Si ustedes los marxistas creen que es necesaria la violencia para arrancarla, a nosotros no nos asusta la violencia, que nos parece sagrada. Cueste lo que cueste cumpliremos nuestros juramentos, hechos bajo el viento de España y sobre cuerpos de España, de dar a cada español para cada día de su vida y de la vida de sus descendientes, Pan, Paria y Justicia, que es lo único que vale la pena de dar y de ofrecer al que padece hambre de pan y sed de justicia, y no le han enseñado a ver en la Patria más que a todo cuanto le niega el pan y le dificulta la justicia, cubriéndolo con una bandera que no puede respetar y tapando sus gritos de protesta con chinchines grotescos, invocaciones destempladas y nostalgias incoherentes para esos hambrientos y sedientos. Queremos el Imperio, pero construido con hombres libres, de voluntad imperial, no con esclavos famélicos y torturados. Concebimos el Imperio como la más gigantesca democracia: la voluntad de todos los españoles alzando el brazo para afirmar que quieren a España una, grande y libre. Sin candidaturas ni colegios electorales. Sin partidos ni coaliciones. España, una y sola, arma al brazo y velando a la luz de las estrellas. Para ello sólo tendremos dos instrumentos: Trabajo, miles de horas de trabajo cada uno, y Disciplina, que no es tiranía sino conciencia del deber y de la jerarquía. Y un solo pensamiento: España. Y una sola misión: España. Y una sola preocupación: España. Y una sola alegría: España. Y una sola ambición: España. Una España de todos y para todos, hecha por el esfuerzo —diferente de calidad y exacto de intensidad de todos—, tanto del rico como del pobre, que a todos impondremos al arco de luz de la verdad nacionalsindicalista. ¿Comprende lo que significa la camisa azul que lleva Enrique a la tumba?

Empiezo a comprender, repuso el padre limpiándose dos lágrimas a lo popular, con el dorso de la mano.

Juan daba cabezadas en el rincón. Andrés, Manolo, Antonio y Pepe, no se movían en su centinela. Enrique parecía que sonreía más abiertamente, y por la ventana entreabierta al cielo de verano, un resplandor como de brasa de rosas anunciaba que en España empezaba a amanecer.


Felipe Ximénez de Sandoval
                             

domingo, 21 de octubre de 2007

En la semana de la fundación de Falange (II)


AQUELLA MAÑANA DE DOMINGO


José Antonio sabía, presentía, la importancia de aquella mañana de domingo en la que, hasta las once, hizo su vida habitual. Se levantó temprano, como siempre; se bañó y se afeitó; se vistió correctamente —traje azul oscuro de impecable corte, cuello almidonado, corbata oscura con rayas—; oyó misa en un convento de monjas, “donde todas ellas han rezado para que Dios nos ilumine”, como diría más tarde a Valdecasas, y, al volante de su coche pequeño —al que consideraba una “herramienta de trabajo”—, condujo hasta el teatro a sus hermanos, que se instalaron en una platea. Bromeó con ellos, como de costumbre, en el camino —quizá les hiciera alguna imitación de oradores famosos, que tan donosamente hacía—, y saludó con afabilidad a sus amigos al llegar al teatro. Aquella mañana de domingo, a las once, José Antonio puso término a su vida habitual. El hombre de mundo, de letras, de gabinete, de estudio, se convirtió en el hombre de la calle, la acción, la contundencia, cuando el primer muchacho —que todavía no era falangista— le saludó brazo en alto en el teatro. Del silencio de su bufete pasó al barullo de la política. De la admiración profunda y muda de sus pasantes, secretarios y amigos íntimos, pasó a la admiración apasionada —casi mística— de sus escuadristas. Del trabajo metódico y sereno del despacho, pasó al vertiginoso ir y venir del foro al Parlamento, del Parlamento al Centro de Falange, del Centro de Falange a la calle, de la calle al cementerio, del cementerio al Centro, del Centro a la Dirección General de Seguridad, de la Dirección General de Seguridad a la cárcel, de la cárcel a la inmortalidad, atravesado de balazos… De la ignorancia de las gentes a la popularidad peligrosísima, del amor fanático de los suyos al odio más fanático de los otros. Del pensar y leer y aprender para el propio goce, al pensar y leer y aprender para el goce y la necesidad de España entera. De ser el hijo de Primo de Rivera, a ser sencillamente José Antonio. Salto único, que prueba más que nada su extraordinaria genialidad. En efecto, es más fácil dejar de ser Bonaparte para ser Napoleón —en las circunstancias históricas de uno y otro: Francia 1804, España 1933— que dejar de ser el hijo de Primo de Rivera —el Dictador odiado o venerado, a quien los partidarios o detractores quisieran ver resucitar en el hijo para lapidarle o seguirle— y hacer olvidar el apellido, sin tratar de ello, sino ensalzándolo cada día con acciones y ganando por el nombre sencillo el afecto familiar —José Antonio— y el respeto imperial —José Antonio también, escuetamente—. Para que a las once de la mañana del domingo 29 de octubre de 1933 sufriese la personalidad de José Antonio esa transformación golpeaban las manos del Destino, cuatro veces cuatro, todas las puertas de su vida, que se abrieron de par en par a la luz y al viento de la Patria.

Pero no es sólo José Antonio quien se verá transformado por el Destino en ese día. Es también el propio día que, empezando como otro domingo cualquiera de Madrid “municipal y espeso”, concluye convertido en fecha inicial de una etapa en la Historia, para ser más tarde efemérides gloriosa, Fiesta Nacional de todos los Caídos por la Patria Una, Grande y Libre, con ansias de Paz y de Justicia. De aquel atardecer vulgar, sin emoción más que en los afortunados que han escuchado y sentido en su corazón la enérgica llamada de la Profecía, se pasa a los atardeceres con antorchas encendidas en la tierra y luceros brillantes en el Cielo a los haces de cinco rosas y las coronas de laurel y palmas junto a la sombra gigantesca de las negras cruces de los Caídos; del misterio vulgar de los nombres oscuros al deslumbrante fulgir de las letras de oro que les consagran de inmortalidad con la calentura de los ¡Presente! brotados en los labios temblorosos. Y es asimismo la juventud quien descubre en sí misma la esencia juvenil que ya estaba olvidando: el amor del riesgo por el riesgo, del juego de la muerte y el heroísmo, de la generosidad y la alegría, del estudio y la acción…

Todo esto lo ve como en sueños José Antonio sentado en el sillón —de cara al día a punto de hacerse fecha; de cara a la juventud en trance de hacerse heroica; de cara a su misma vida transfigurándose— mientras hablan Alfonso García Valdecasas y Julio Ruiz de Alda. Valdecasas, buen orador, domina la palabra precisa del científico, del filósofo. Aunque es profesor, el tono de su disertación en la Comedia inflama de arenga las frases matemáticas de la lección de Patria que expone al auditorio. Ruiz de Alda es militar, técnico, hombre también de estudios y silencios o ruidos encrespados del propio corazón y del motor de su aparato, trepidante de ansias de cielos distintos. Su palabra es vacilante, torpe, ruda. Pero los conceptos son claros y rotundos como sus cálculos radiogoniométricos.

José Antonio no les presta atención, como no se la presta al auditorio con quien va a enfrentarse. Mientras sus camaradas hablan, él sueña y adivina otras cosas; intuye porvenires maravillosos; ve Centurias de Caídos y Legiones de Flechas; la primavera avanzando entre nubes y olas de espuma, por tierra, aire y mar…
Felipe Ximénez de Sandoval

sábado, 20 de octubre de 2007

En la semana de la fundación de Falange (I)


VEINTINUEVE DE OCTUBRE…


Ya tienen de nieve el capirote los picos más altos de Guadarrama y Gredos. Y es oro maduro de hojas muertas la tierra de los parques madrileños. Ya avanzan los campeonatos de fútbol, duermen las plazas de toros soñando primaveras, y Don Juan Tenorio, calavera y gallardo, se maquilla en los escenarios, preparándose a raptar novicias y a convidar a difuntos. El 29 de octubre de 1933 tuvo Madrid una luz clara, otoñal, tamizada de nieblas y nubes blanquecinas. Hasta el mediodía no salió decidido el sol. Era un día tibio de otoño madrileño, sacudido a veces por el ramalazo gélido de la sierra cercana.

Tras largos cuchicheos, los excelentísimos señores don Diego Martínez Barrio, Presidente del Consejo de Ministros; don Manuel Rico Avello (1), Ministro de la Gobernación, y el Director General de Seguridad, habían anunciado la radiodifusión del “acto de afirmación nacional” que en el coliseo de la calle del Príncipe, de Madrid, tenían anunciado los señores Primo de Rivear (don José Antonio), Ruiz de Alda (don Julio) y García Valdecasas (don Alfonso).

Por rara casualidad —alguna vez se daban en la República— España gozaba, en aquellos días de período electoral, de la plenitud de su Constitución liberalísima de 1931. No había estado de prevención o de alarma y funcionaba completa la maravillosa y generosa maquinaria de las garantías constitucionales. Era difícil, pues, poner trabas al acto anunciado, aun cuando corriese el rumor de que algunos extramistas intentarían impedirlo por la violencia.

El señor Primo de Rivera era candidato a Diputado a Cortes “independiente” por Cádiz. El señor García Valdecasas, todavía era Diputado de aquella agrupación de intelectuales “al servicio de la República”, que —aunque ciertamente no le había prestado muchos, pues se alejó enseguida de su órgano constructor, las Cortes Constituyentes, gritando “no es esto, no es esto”, diciendo que la República tenía “perfil agrio” y que si fue y que si vino—, al fin y al cabo, sonaba como “cosa democrática”. El tercer orador, Julio Ruiz de Alda, carecía de matiz político demasiado definido, no obstante sus coqueteos fascistas y haber figurado el verano último en uno de los imaginarios “complots” en que tanto se deleitaba la fantasía republicana de Casares Quiroga. Lo que la gente podía ver en Ruiz de Alda era su fama ganada en magníficas hazañas de aviación, y en ellas había aparecido siempre junto a Ramón Franco, a la sazón uno de los más exaltados defensores de la República. Los señores Primo de Rivera, García Valdecasas y Ruiz de Alda se iban a reunir con unos cuantos amigos a lanzar un “partido político” nuevo, un “programa” más. La “cosa” carecía de importancia, y un Gobierno verdaderamente liberal y republicano no podía dar la sensación de que le asustaba el nombre del señor Primo de Rivera —¡oh, el recuerdo de la Dictadura estaba bien muerto, y nada podría hacerle resucitar en el pueblo español, “gozoso” con el régimen que se había dado en la jornada gloriosa del 14 de abril!—, aunque el señor Primo de Rivera fuese uno de los redactores de aquel periodiquito El Fascio, que hubo de recorrer y prohibier meses antes el Gobierno Azaña. ¿Qué podían representar y significar aquellos tres hombres jóvenes? Nada. El señor Primo de Rivera sería derrotado en las próximas elecciones, como lo había sido en las parciales de Madrid el año 31. Del acto de la Comedia, pasados unos días no quedaría ni el recuerdo —como no fuese en alguna nariz de “joven fascista” apuñada por un republicano—. Ni siquiera sonaría a los ocho días el eco de los graznidos de los socialistas y los redactores de periódicos rabiosamente republicanos que consideraban una “provocación” intolerable la pretensión de los “señoritos fascistas” de hacer oír su doctrina.

Así, pues, la cordura democrática del Gobierno se atrevió a autorizarlo, a permitir que se radiase y a protegerlo (2). En los bares madrileños, entre el ruido de las cañas, las fichas de dominó y las conversaciones de los “marchosos”, algunas gentes curiosas —muchos jóvenes ávidos de oír auténticas voces españolas de no profesionales de la política— pudieron escuchar a los tres oradores.

Ellos estaban seguros —contrariamente al Gobierno y a la opinión de otras muchas gentes sesudas del momento— de que aquel acto estaba lleno de gravedad y de augurios. El Destino nunca llama a las puertas del hombre con apremios dramáticos para una puerilidad. Los tres oradores conocían con exacta intuición que aquella mañana de domingo tendría su lugar en la Historia de España. “Sin querer hipotecar el futuro enigmático, teníamos el convencimiento —ha escrito el único superviviente de los tres, Alfonso García Valdecasas—, de que era un acto llamado a importar en la vida de España. No por lo que significaran las personas, sino por lo que significaba su actitud. Porque aquel acto quería expresar el anhelo y la inquietud de la España eterna, tal como la sentía una generación nueva, cuya conciencia española se había ido formando a través de la experiencia amarguísima de esta tensión juvenil. Pero teníamos la creencia de que las ocasiones en que anteriormente se había manifestado, a pesar de su autenticidad, no habían tenido el volumen nacional necesario. Hacía meses que planeábamos darle estado público. Llegamos a tener redactado un manifiesto, obra principalmente de José Antonio, y parte del cual pasó a su discurso de octubre; pero nos pareció que un manifiesto caería en frío. Hacía falta un acto de presencia personal. La disolución de las Cortes y el plazo de campaña electoral nos dio ocasión. Anunciamos el acto como de afirmación española. Porque lo que había que afirmar, entonces como hoy, era a España, cuya existencia estaba en peligro. El nombre de Falange no estaba aún definitivamente decidido”.
Felipe Ximénez de Sandoval

(1) El azar quiso que Rico Avello muriese en la misma Cárcel Modelo y en la misma ocasión que Julio Ruiz de Alda, el segundo orador de aquel famoso mitin.
(2) “La Dirección General de Seguridad —decía La Nación del lunes 30— montó un extraordinario servicio de vigilancia en el teatro y en los alrededores del mismo. A la puerta de la Comedia estaban varios agentes de Policía y Oficiales y guardias de Seguridad. En la plaza de Canalejas y en la de Santa Ana se situaron carros de Asalto, cuyas fuerzas se repartieron por las citadas plazas y entradas de las calles de Sevilla, Carrera de San Jerónimo, Cruz, Príncipe, Visitación, Prado, Huertas y plaza del Ángel. También en las entrada de algunas calles había parejas de guardias de Seguridad a caballo. En algunos portales y paseando por las calles citadas se veían numerosos agentes de Policía”. Se disolvieron algunos grupos, hubo algunos cacheos y detenciones de sospechosos, con incautación de porras y pistolas.