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domingo, 29 de diciembre de 2013

Sermones y homilías

JESÚS, LOGOS DEL PADRE
  
El Prólogo del Evangelio de San Juan, que tanto hemos leído en estos días, contiene la doctrina de Logos, o Verbo de Dios. Es una palabra griega original en el Evangelio que Jesucristo no usó; pero que corresponde a la palabra sophia o sapiencia, que Jesús usó y que entronca en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cristo, dice San Juan, es el Logos, o la Sabiduría, del Padre; y es Dios y es hombre; y es la vida del hombre.
 
Logos significaba en ese tiempo para los griegos palabra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría… Era un concepto sumamente compresivo y sumamente prestigioso —cuasi mágico— en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Heráclito, de Platón y de Filón de Alejandría.
 
La escuela de crítica racionalista, que nace en el siglo XIX del protestantismo —con Lessing— y desemboca en el ateísmo —con Wrede, Brandes— pretendió que San Juan se había apoderado del concepto de Logos divino de la filosofía panteísta griega y lo había injertado en la tradición evangélica; haciendo así de Cristo un Dios, cosa que a Cristo y sus primeros discípulos no se les habría ocurrido nunca. Y para eso identifican el Logos de San Juan con el Logos de Philón: filósofo judío del siglo I, que construyó un sistema de filosofía platónica sobre la base de los libros mosaicos, fuertemente teñida de panteísmo. La verdad es que entre el Logos de Juan y el de Philón media un abismo: el Logos de Philón —tomado de la filosofía estoica, que a su vez lo recibiera de Heráclito y Anaxágoras— es la Razón de Dios, la cual es el instrumento de la creación del mundo, a la manera de la razón operativa o la técnica del artista, por intermedio de la cual el artista crea la obra de arte.  Mas el Logos de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en —el seno de— Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo era (eén) significa identidad en griego y la preposición  cabe (pará) significa una distinción.  La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre [y en] nosotros”.
 
Juan tomó el término del vocabulario filosófico de su tiempo; y también su sentido principal, concretándolo y aplicándolo al “Hijo del Hombre” e “Hijo de Dios” de los Sinópticos; entre otros motivos, para significar un modo de generación enteramente espiritual, no asimilable a la generación carnal que conocemos: “Los que no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón; sino que de Dios son nacidos”. Los musulmanes actuales, lo mismo que los gnósticos antiguos, no opueden acordar —y con razón— que Dios haya tenido un Hijo-carnal.  Mas la generación del Verbo no es carnal.
 
La generación eterna del Verbo no puede compararse —y aún así permanece arcana— sino con la formación misteriosa del conocer en el alma del Hombre. Dios se conoce a sí mismo, y en sí a todas las cosas; y ese conocimiento es su “Hijo”. Esta es la última palabra que el intelecto humano, bajo el influjo de la Revelación, puede pronunciar sobre el misterio de la vida divina, inaccesible naturalmente a sus alcances.
 
¿Qué era el Logos para la cultura helénica? Era, para algunos, un ser intermediario entre Dios y el mundo (Plotino); para otros (Philón) era la razón divina esparcida por la creación, distinguiendo a los seres y organizándolos; pero era también otra cosa, pues el término no había llegado a esos soportes técnicos sino acompañado por una nube de asociaciones que la matizaban. Todo lo que hay de serio, de razonable, de ordenado (lo bello, lo regulado, lo conveniente, lo legítimo), todo lo que era universal, armonioso y musical se agrupaba para el espíritu griego en torno del Logos, que era como la medida y el ideal de las cosas. Para formarse una idea, piénsese en lo que significaba para los hombres del siglo XVIII el nombre mágico de Razón: liberamiento, sapiencia, virtud, progreso, luces; todo lo que inspira, desde hace cien años, la palabra Ciencia; lo que sugiere a nuestros contemporáneos el término Vida; palabras-símbolo de significado indeterminado y fuerte carga afectiva: los talismanes o banderines de la época. Son como resúmenes del ideal de una época, llenos de sugestión por su misma vaguedad; indicadores de una solución que todo el mundo busca, pero no es la solución misma, a no ser como silueta y como germen… La solución que tendrá más chances de triunfar será aquella que hará tomar cuerpo de la manera más clara a un mayor número de nociones apuntadas y de aspiraciones inquietas, que vivían como en difusión en la Gran Palabra. Ahora bien, San Juan respondió maravillosamente a ese movimiento de gestación aplicando la palabra Magnética en forma precisa a Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios —fiel a la tradición bíblica del Libro de la Sabiduría—; y así respondió a los deseos de las almas griegas, a las cuales la teoría de un Logos nebuloso, difundido impersonalmente en las cosas, intermedio más bien que mediador, sombra de Dios más bien que Dios, no podía llenar perfectamente.  Juan “evangeliza” a la vez para los judíos y para los gentiles.
 
Después de haber señalado a Cristo como el Verbo del Padre, Juan lo hace sucesivamente la Vida, la Luz, la Gloria, la Gracia y la Verdad de Dios; Engendrador a su vez de una nueva vida en “todos cuantos lo recibieren”. Él comienza por ser la luz de todos los nacidos, porque imprime en toda alma mortal la imagen de Dios en forma de razón y de conciencia; y es después el principio de la luz sobrenatural de la fe, por la cual el hombre es levantado a una nueva filiación, la adopción divina. La gracia y la verdad son sus dones, de cuya plenitud todos recibimos; una verdad trascendente que sólo se da por la gracia, gratuitamente.
 
La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la naturaleza humana tomando su carne y alma; él llama a todos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, ha designado un Sub-Pastor en la persona de Pedro. Cuando Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pedro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón-Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.
 
Los que sienten tan fuertemente hoy en día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día —no así en sus comienzos— agotado en la discusión interminable de las variaciones dogmáticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por unificar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad; y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.
 
Éste es el estado de las iglesias católicas cuando decaen: sus fieles creen todos lo mismo así medio a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edificio —que fácilmente puede ser quemado—, reciben la “comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es ésta una “iglesia” propiamente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta; y la obra por excelencia de la fe es la caridad; la comunión de las almas.  “¡Obras, obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “¡Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese levantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.
 
El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defensor fidei”, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio).
 
Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina.
 
R.P. Leonardo Castellani
(Tomado de su libro “El Evangelio de Jesucristo”)
 

domingo, 24 de marzo de 2013

Padres de nuestra Patria

   
LEONARDO CASTELLANI:
MAESTRO DE LA FE
   
Los años transcurridos desde la muerte del Padre Castellani, son posiblemente el lapso en que frecuentamos su trato con mayor asiduidad. Decimos “trato” y no “lectura”, porque un libro de Castellani es una lección dialogada entre autor y lector, un coloquio que va desarrollándose inadvertidamente, hasta que —de pronto— las intuiciones y sentimientos que suscita la lectura irrumpen en forma de diálogo ameno y chispeante.

El alma de ese diálogo personal, directo y confiado, consistía en su propósito de cumplir con el oficio que Dios eligiera para él, esto es, enseñar la Fe, poniendo a su servicio los medios más aptos del que él eligiera para cumplirlo: nos referimos a su vocación de sacerdote y su idoneidad de hombre de letras. Porque este escritor singular, profundo, sabio y disciplinado como pocos en su trabajo; este lector de oficio —que ejercía como un deber de estado en que se juegan la vida o muerte eternas— este sacerdote que amó a la Iglesia “a pesar de los pesares” y, sobre todas las cosas, amó a Cristo presente en la Iglesia, era, sobre todas las cosas también, un hombre de Dios, un hombre elegido por Dios.

Dice bien Calderón Bouchet en su Estudio Preliminar a “Las Canciones de Militis” (Ed. Dictio, Bs. As., 1974) que “…sin ser dominico, hizo suyo el lema de aquella Orden: Contemplari et contemplata aliis tradere”. Bien dice, porque de esta contemplación y transmisión de lo contemplado, puede afirmarse que fue el primer motor de su obra. Y bien dice, cuando explicitando el concepto, agrega: “…si hay algo que distingue a Castellani de otros doctos en sagradas ciencias, es su idoneidad para hacerse entender y provocar en la inteligencia un movimiento de profundo goce intelectual sostenido por dos estímulos aparentemente antagónicos: el descubrimiento de la verdad y la asombrosa comprobación de la insignificancia de las mentiras que la ocultaban…” (subrayado nuestro).

Conocer, en sentido cristiano, es contemplar y luego obrar en orden a lo contemplado. La virtud de la caridad, en este caso, consiste en participar a los demás de la Verdad contemplada: esa “caridad de la Verdad” que debemos al prójimo, antes y mejor que cualquier otro bien material o moral.

“El problema del aeronauta (dice Castellani), no es sólo volar alto, sino volar alto con pasajeros y carga, que de otro modo le puede sacar ventaja cualquier globito de hidrógeno”.

Castellani voló alto y dotado de un instrumental de vuelo excepcional: Teología, Filosofía, Lingüística, Psicología, latín y griego, seis idiomas modernos, preceptiva literaria, arte y sensibilidad de poeta. Voló alto hacia Dios, por amor de Dios, llevando en el “anca” de su vuelo a la Patria, que al decir de Verlaine en los inolvidables versos que Castellani tradujera “…ya son un solo amor, ya no son dos”. Y voló alto para salvar su alma y la nuestra en un vuelo del que algunos fueron pasajeros y otros fuimos carga. Dicho en cristiano, unos pocos fueron Cireneos y otros, cruz.

Se ha dicho de él que fue el escritor religioso más original de este tiempo. Es verdad, pero vale la pena detenernos a considerar en qué consistía esa originalidad. Por una parte, originalidad de estilo, innegable, evidente, casi única. Pero por otra, o mejor dicho, subsumiendo aquélla, la originalidad de las almas en gracia, la santa originalidad de los fieles a las mociones de la Gracia.

¡Qué más le daba al Padre una palabra, un giro idiomático más o menos pulido, si expresaba claramente la idea que trataba de enseñarnos, la verdad que defendía, el punto de la Fe en que podíamos vacilar, tropezar o escandalizarnos! Castellani fue un maestro en la más amplia y pura acepción de la palabra, un maestro de la inteligencia, pero también un maestro de los corazones, porque movía la voluntad a la enmienda y a la vida virtuosa: porque edificaba, en suma, poniendo la inteligencia al servicio de la Fe.

Este servicio de la inteligencia en obsequio de la Fe, esta subordinación de grado de la razón a la Providencia, puede parecernos fácil a los que obramos sin mucho miramiento respecto de ambas. Pero en los hombres del talante (y del talento) de Leonardo Castellani, implica un esfuerzo y un vencimiento de valor excepcional: es fácil renunciar a las riquezas que no se tienen, lo tremendamente difícil es renunciar a las que se tienen.

En obsequio de la Fe, Castellani vendió, como el mercader de la parábola, todos sus bienes. Por cultivar el pequeño grano de mostaza, por hallar el tesoro escondido, por adquirir la perla única, gastó su vida, “…al servicio de Dios y de los hombres, en las cosas que miran a Dios” (San Pablo, ad Heb.).

Dice Bloy, parafraseando a San Pablo, precisamente, que la Fe “…es la sustancia de nuestra Esperanza”. Castellani vivió como pocos esa verdad; como pocos nutrió su Esperanza de la Fe y como pocos la esparció generosamente, como la buena semilla del Evangelio. Algunas cayeron sobre el camino, otras a su vera. Algunas fueron asfixiadas por los abrojos, pero alguna cayó en buena tierra. Y germinó, y dio frutos en abundancia.

En esta patria enferma, tan melancólica, tan doliente, es preciso volver a ver la patria bella, tan oculta, que solo los ojos de la Fe intrépida, de la Fe que mueve montañas, serán capaces de descubrirla.


Jorge Mastroianni
(Publicado en “Cabildo” 98, año X, segunda época)

miércoles, 23 de enero de 2013

Del Profeta de la Argentina

PAYADA DEL PARANGÓN ENTRE
LA MALICIA DEL HOMBRE
Y LA MUJER


De los bichos del Señor,
de pezuña, garra o ala,
el macho es el peliador,
pero la hembra es la mala.

El criollo que caza tigre
en el Chaco o en Formosa,
un poncho envolviendo un puño,
y al otro la refalosa,
cuando sale tras un rastro,
sabe que arriesgó la vida,
pero sabe que la juega
si es una tigra parida;
porque en los bichos que alientan,
de pezuña, garra o ala,
el macho es el peliador,
pero la hembra es la mala.

El cuyano que buscando
nido de cóndor, se encumbra,
sabe que habrá fiesta y cueca
si el macho cóndor lo adumbra:
mas si no hay pichón y hay huevos,
y la señora empollando,
ya no supo lo que viene,
ni si volverá, ni cuándo:
pues todo bicho que alienta,
de pezuña, garra o ala,
el macho es corajudo,
pero la hembra es más mala.

El toro es cosa de empuje,
sobre todo cuando tória;
cuando están embrama y topan,
no hay cosa pior en la historia;
con todo y eso los tórian
en la tierra de los godos,
pero toriar una vaca
no es asunto para todos;
porque los seres que nadan
o reman a pata o ala,
el macho será violento,
pero Doña Ella es mala.

¿Quién dirá la tijereta,
con ser un rétil de nada,
lo saca huyendo al chimango
si le roza la nidada,
y es la madre la que pega
siempre el primer grito y saque,
revoliando como chispas
contra el otro badulaque;
porque de todos los bichos
que el mar y la tierra encierra,
la mujer es la venganza,
y el hombre es sólo la guerra.

¿Qué varón clavara un clavo
en la sien de un enemigo,
o le trozara el pescuezo
cuando el otro está bebido?
Ustedes no irán a creerlo,
mas la Biblia, libro santo,
de dos mujeres lo cuenta
que lo han hecho, y otro tanto;
pues de todo par que existe
defendiendo nido y cuero,
él es el más peliador
de los dos, y no es más fiero.

El caballo sólo cócia;
patea y muerde la yegua.
El hombre es guerrero y transa,
da condición, firma tregua,
y en las luchas más fatales,
guarda honor y acepta ley.
La mujer tiene sus hijos,
tiene un solo Dios y un Rey;
porque desde el rétil que anda
hasta el ave que navega,
la ira del hombre es bruta,
pero la mujer es ciega.

El hombre junta consejos
y para sus parlamentos,
mira pa'todos los lados
de la rosa de los vientos;
pero la mujer furiosa
no la para ni el Eterno.
Por eso, pues, las mujeres,
no las ponen de gobierno;
porque si se enoja y manda
justicia seca hora mismo,
ella agarra un país entero,
capaz que l'hunda al abismo.

Y es que debe ser que el hombre
tiene oficios mil diversos,
y ella no tiene más que una
quehacer única y debida.
El hombre afuera agenciando
mil tesoros y universos,
y ella guarda dentro della
lo más caro, que es la vida.
Y por eso, de los bichos
de todo pelaje y suerte,
el varón es más robusto,
pero la madre es más fuerte.
   
Padre Leonardo Castellani, S.J.
   

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Del Profeta de la Argentina


CÓMO SALIR
  
  
¿Cómo vamos a salir de esto?
  
La gente ya quiere salir. A lo mejor quiere Dios que estemos “adentro” un rato largo todavía. Este país aplebeyado. Esta masa locuaz y engrupida…
  
Martín Aberg Cobo ha publicado un denso y claro estudio universitario sobre reforma electoral y sufragio familiar. Aunque naturalmente el ponderoso trabajo no aborda la actualidad menuda, sin embargo su tema y su oportuna aparición le dan el carácter extrínseco de una respuesta a la pregunta capital del momento: la solución del problema argentino. Esa solución estaría en la línea de una reforma electoral que sustituyese al actual sufragio universal individualista por el sufragio múltiple de los jefes de familia. Pero, ¿volverá a creer en las “votaciones” el pueblo argentino, hagamos lo que hagamos?
  
Este trabajo ordenado y sapiente revela un auténtico universitario con todas las cualidades de buen jurista, incluso su parte de filosofía; lo que no quiere decir saber de memoria lo que dijo Kant y lo que dijo Aristóteles, sino más bien el hábito permanente de pensar en orden, sistemáticamente, y por ideas generales. Este habitus filosófico hace que el autor macere el material de su disciplina —material que domina perfectamente— lo recueza en su intelecto, lo vuelva traslúcido y coherente y lo sepa transmitir al lector. Cela qu'on comprend bien, on énonce aisement. Toda la reforma del actual sistema electoral argentino se encierra en esta proposición: Votan los argentinos de más de 22 años de edad: el padre de familia legítima votará por sí, por su esposa, por sus hijas solteras de cualquier edad, y por los hijos menores de 22 años.
  
Lo que cabe decir a favor de esta reforma es en cifra lo siguiente: Destrozando las sociedades naturales en favor de la agrupación financiera, el liberalismo ha arrasado políticamente a nuestra nación, convirtiéndola en un Sahara sin oasis; con sus médanos, sus arroyos secos y sus vendavales de polvareda, donde no faltan tampoco fieras y osamentas. La salida es reconstruir las sociedades naturales. La primera sociedad natural es la familia.
  
Ése es el orden natural; la célula social es la familia. Uno se pregunta de inmediato si ese mismo es el orden de ejecución política, o sea el orden de oportunidad. Es necesario restaurar al plano político la familia, el gremio, la comuna, la corporación, las instituciones paraestatales (Universidad, Ejército, Iglesia) y por último al mismo Estado. En todo proceso de cambio sustancial —lo que llamaban generación los antiguos— la totalidad domina las partes. El Estado ha sido debilitado a fondo y desplazado en parte por la llamada “democracia”, instrumento de dominación de las fuerzas económicas. Pensar que unos purísimos mercachifles de avisos como La Prensa se arrogaban el poder de voltear gobiernos y, lo que es más, de dispensar la gloria, el buen nombre y la fama, incluso literaria o filosófica; y que al atreverse el Gobierno a imponerles una ligera corrección se ha celebrado en el país como un acto de sobrehumano coraje; eso patentiza la extrema debilidad del Estado burócrata-gendarme; el cual, por otra parte, por una paradoja, es también abusivo y tiránico si a mano viene, lo que no deja de ser corriente en la psicología de los débiles. En las cosas que le toca hacer que so esencialmente tres: Guerra, Justicia y Caminos, el Estado moderno es débil. En las que no le toca hacer —y se mete igual— como enseñanza, religión, fiestas, negocios, arte, cultura, es abusador y duro como un demonio.
  
Un ejemplo concreto mostrará cuán necesario es que el Estado recobre cuanto antes su esfera propia y adquiera la absoluta autoridad que le falta; la cual es de orden moral y consiste en el consenso popular y en la confianza y entusiasmo del pueblo; no vayan a creer que se trata de hacer brutadas, o hacerse temer con violencia inicua.
  
Supongamos que por una desgracia subiese al poder un católico —quiero decir un católico “de etiqueta”— y basándose en las enseñanzas de los Papa implantase en el país por decreto el “corporatismo”, encíclica Quadragesimo Anno… ¿Lo ven ustedes aquí? Para figurarse el disloque que causaría a un Estado políticamente débil la organización prematura del cuerpo de las fuerzas económicas basta ver cuánto puede hoy día sobre el Estado y aun contra el Estado —lo que ha podido hasta hoy, queremos decir— la única corporación que está medio organizada entre nosotros, la de los ganaderos.
  
Todo el panorama del mundo está dominado por el gran hecho de la lucha de clases, y por los dos movimientos modernos que se pretenden soluciones a la injusticia y al caos, el comunismo y el nacionalismo.
  
El nacionalismo hasta ahora carece de doctrina y se presenta como una serie de reflejos necesarios y nobles, pero que aún no parecen trascender la región del sentimiento y del instinto. Corre el peligro de ilusionarse: de querer sustituir las soluciones específicamente políticas, que no posee, por la apelación a los sentimientos nobles como sacrificio, combatividad juvenil, heroísmo guerrero, aspiraciones al Reino de Dios; que son buenos propulsores pero malos constructores, cuando no se clarifican intelectualmente en sentimientos y en ideas operativas, como pasa siempre con las pasiones. No se gobierna con los impulsos de Don Quijote; y el que gobierna es Sancho.
  
Esto que es verdad incluso en Europa, entre nosotros es fabulosamente evidente. Detestar a los judíos, limpiar de pillastres la administración, multar a cuatro comerciantes, encarcelar comunistas —y aquí es donde temo campear con la debilidad el abuso– y nacionalizar los servicios públicos, con algunas reformas paternales de carácter relumbroso social, no constituyen un programa político especial, ni mucho menos tocan los profundos problemas de fondo del mundo contemporáneo. Muchas de las soluciones propuestas (como los seguros sociales) son plagiadas del socialismo; y su dirección focal no es el sentido militante de la vida, propio del cristianismo, sino el sentido burgués rebañego, propio del socialismo.
  
Una prueba concreta del empirismo nacionalista y su penuria de filosofía política es su conducta frente a la Iglesia. Ha tomado hacia ella dos actitudes igualmente pueriles: aprovecharla o molestarla. Primera: He aquí una sociedad antigua y misteriosa, fuertemente organizada. Me conviene ponerla de mi parte para uncirla a mi política. Le haré concesiones y subsidios (actitud italiana); segunda: He aquí una sociedad antigua y misteriosa fuertemente organizada. Me puede estorbar en mi política. La aplastaré políticamente (actitud prusiana). Las dos actitudes ignoran supinamente la natura incluso histórica y empírica del Catolicismo, y lo ponen simplemente a un lado del camino, lo mismo que los liberales. En España más reflexivamente el nacionalismo no ha adoptado actitud alguna; pero tampoco ha resuelto aún el problema eclesiástico, planteado por Unamuno. Eduardo Aunós decía, no sé si en broma, ¡que era insoluble!
  
La inteligencia argentina tiene hoy una tarea y un deber sacro, que es pensar la patria. Lo están cumpliendo Aberg Cobo y algunos otros. Fuera de eso, todo lo demás es pereza mental, falta de conciencia o esa sutil degeneración intelectual que se llama diletantismo. Una de las cosas repelentes de los grandes diarios es ese dopaje sistemático de la inteligencia popular con estudios enteramente superfarolíticos acerca de “La regla y la excepción en Dickens” o bien “Un nuevo novelista del surrealismo: Summer Spencer”, que propinan a las masas a manera de opio.
  
Y esa tarea y ese deber de pensar la patria es lo que hace la importancia de un diario como… Basta. No es elegante hablar de uno mismo.
  
R.P. Leonardo Castellani, S.J.
  
Nota: Este artículo apareció originalmente en el periódico “Cabildo”, Buenos Aires, Nº 570, 9 de mayo de 1944, e integra también el libro “Las canciones de Militis”, del mismo Padre Castellani, aparecido en 1945.
  

domingo, 13 de mayo de 2012

Del Profeta de la Argentina

“SER IMBÉCIL ES PECADO”

EL FABRIL DE FRASES HECHAS
  
Apenas hubo el rubicundo Febo asomado la rútila y aberenjenada faz por entre las randas y encajes de oro de las nubes orientales, cuando dejó el nuevo Gobernador muy descansado y bien dispuesto las bienhechoras chalas y se dirigió a la Sala de las Medidas Momentáneas para resolver los asuntos del día. No bien se hubo sentado cuando se abrieron las anchurosas puertas y entró por ellas el Doctor Pedro Recio trayendo del brazo a un señor desvaído, descolorido y sin señas particulares que traía colgado al cuello una especie de organillo titirimundi o máquina de calcular. Mirólo Sancho atentamente, sin poder hallar en él cosa de provecho, y después dijo al hombruco con reposada voz y continente:
  
- ¿A quién tengo el honor de estar medio viendo?
  
Estremecióse el aludido y dando sin decir palabra una vuelta a la manija del organillo, salió por el lado dél una tira de papel a modo de telégrafo automático, donde decía:
  
“Los males de la libertad se curan con más libertad”.
  
- Eso lo he oído varias veces -dijo Sancho-, y tanto lo voy oyendo que me persuado que es mentira. Alemnos no es respuesta de lo que yo pregunto.
  
- Señor -dijo el Doctor Recio interviniendo-, éste es un pobre ciegosordomudo que se gana la vida con esa maquinita de hacer frases hechas, que le legó su padre, que fue un gran orador llamado Almafuerte Ingenieros. En un tiempo este hombre ha ganado plata a ponchadas, proveyendo de frases al Parlamento, a los Candidatos y a los Diarios; pero ahora resulta que lo están estafando de un modo asqueroso, que pronto lo dejarán en la miseria. Y no hay derecho.
  
- ¿Y quién lo estafa? -dijo Sancho.
  
- Señor, primero los diarios ya no le pagan derechos de autor, y dicen que las frases ya son dellos. Después, los Candidatos han abandonado la frase hecha por el floripondio; finalmente, en el Parlamento, tomando el ejemplo del Concejo Deliberante, no se dicen más que zafadurías. Este buen hombre se ha dirigido por medio mío, que soy su empresario, a los pedagogos insulanos. Pero resulta que los pedagogos de la Ínsula exigen unas mercaderías tan entonadas y tan fusquilocuentes y sesquipedales que se descompone la máquina. Y no hay derecho a hundir de esa manera una industria nacional.
  
- ¿Y qué es lo que se pide ahora?
  
- Se pide la creación de un cuerpo de inspectores y archivistas israelitas para registrar las frases hechas que publiquen los Diarios y cobrar los derechos; una ley ue imponga al profesorado la renovación de sus frases hechas cada cinco años; y un decreto prohibiendo al Diario La Prensa aumentar su stock existente y cambiar en él una sola palabra, puesto que ella da el tono al frasihechismo de la Ínsula, y las que usa son más de la limpia tradición y cepa ingenieresca.
  
- Me parece justo -dijo Sancho-; pero realmente quisiera antes tomarle el pulso a esa maquinita y ver cómo funciona, porque realmente es para mí una cosa nunca vista ni sospechada.
  
- ¿De qué género las quiere? ¿Políticas, culturales, morales o religiosas? ¿Y de qué tono las quiere? ¿Tono A, tono B, o tono C?
  
- De cualquiera, con tal que sea linda y verdadera.
  
Pinchó Pedro Recio al Fabril y éste rodó por dos veces la manivela, apareciendo incontinenti una cinta o banda que decía:
  
“La victoria no da derechos”.
  
- ¿Qué victoria? -dijo Sancho vivamente.
  
- La victoria que usté gana en una guerra contra otra ínsula no lo autoriza a hacer nada después de ganar la guerra.
  
- ¿Y entonces para qué hice la guerra? -dijo Sancho-. ¿Para matar gente por gusto? ¿O es que se trata de una guerra injusta, de las que están prohibidas por el Santo Padre?
  
Pinchó de nuevo Pedro Recio muy perplejo al sordomudo y salió la siguiente respuesta:
  
“Todo nos une, nada nos separa”.
  
- ¿A quiénes? -dijo Sancho.
  
- A todas las ínsulas de este continente.
  
- Está lindo -meditó Sancho-. Pero entonces, ¿cómo es que hay límites y cuetiones de límites? ¿Y cómo es que hay que guerras y hay victorias y no hay derechos?
  
Chirrió otra vez la máquina maravillosa y salió el siguiente oráculo:
  
“Yo respeto todas las opiniones”.
  
- Yo también, con tal que sean buenas -dijo Sancho. Pero ¿qué me dice usté de las opiniones dañinas?
  
“El dogma progresista de la fraternidad universal por encima de todas las razas y religiones”.
  
- Algo va de Pedro a Pedro -repuso Sancho- y el único que está por encima de todos es San Pedro, que es el portero del cielo y el timonel del mundo. ¿Se refiere a eso?
  
“La defensa de la civilación cristiana a cargo de las grandes democracias contra todos los sanguinarios totalitarismos agresivos”.
  
- ¿Cómo es eso? -dijo Sancho-. ¿Tota-Lita-Ritmo? ¿Son bailarinas húngaras o qué cosa?
  
- Es una palabra nueva, señor. Nadie sabe a punto fijo lo que significa. Pero tiene una caidita macanuda para terminar discursos.
  
- ¿No le parece entonces que sería mejor prohibirla? En mi tiempo era feo decirle a un hombre que hablaba lo que no sabía.
  
- ¿Prohibirla, señor? Imposible. Mire lo que dice la otra frase ritmal y decadente:
  
“La libertad de prensa es el sostén de la Democracia”.
  
- Con tal que los dueños de las prensas no nos prensen en celebro demasiado -reflexionó Sancho-. Me está pareciendo que en mi Ínsula hay que libertar a la gente de la prensa, y no a la prensa de la gente.
  
“Ciegas opiniones reaccionarias que quisieran retrotraer el mundo al Medio Evo”.  
- Adiós mi plata. Cada vez más peor está hablando en difícil. Lo unico que entendí fue Evo. ¿Es el marido de Evita?
  
“La libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre”.
  
- Al hombre preso -dijo Sancho-. Al hombre varón el don que le hizo Dios es la mujer, como dice la Escritura, anoser que salga mala, porque entonces el diablo se los lleva a los dos.
  
“La democracia orgánica, con tal que no se abuse de ella, lleva en sí el índice de una superación indefinida par las naciones”.
  
- No entiendo -dijo Sancho.
  
- Es que viendo que Su Esplendencia no se  convence, estoy dándole al registro de los pedagogos.
  
- Cambie registro -dijo Sancho- y vuelva a la pata la llana hablando en cristiano como la gente fina.
  
- Ese es justamente el gran progreso de esta máquina -dijo Pedro Recio-, que tiene tres registros, tono A, tono B y tono C; y el mismo concepto o sea filosofícula lo puede formular para uso del pueblo, para uso de los burgueses y para uso de la gente fina. Fíjese Su Esplendencia en estas tres teclitas. Aquí dice LA PRENSA, aquí dice LA RAZÓN y aquí dice CRÍTICA. Apretando cada una Suecencia traslada el concepto a una octava mayor o menor sin variar en lo más mínimo la melodía.
  
- Es como los pianos automáticos -dijo Sancho-, vamos a ver, hágame ver un poco esos pedales.
  
- Aquí tiene -dijo Pedro Recio clicando una tecla- las tres frases hechas fundamentales de la prensa, que se las hemos arrendado en monopolio exclusivo por espacio de 99 años.
  
1. “Las enseñanzas dogmáticas y teológicas no son lo mismo que el espíritu científico del empirismo moderno”.
2. “Los colegios privados, que son empresas de lucro, anquilosan y estertoran la marcha de la función educativa”.
3. “El espíritu de violencia totalitaria agota el libre juego de las instituciones democráticas”.
  
- ¿Qué le parece, Gobernador?
  
- Magnífico -dijo Sancho-. No las entiendo muy bien, pero me suena magnífico por el sonido y por el conceuto. A ver si las anota, Secretario, para mi próximo Mensaje.
  
- Ahora verá Su Esplendencia cómo se trasponen al plano de la razón… Atención al clique.
  
Crujió la máquina de arriba abajo, se engulló los tres letreros grises y los devolvió incontinenti en lindas letras rosadas de esta forma:
  
1. “La enseñanza del Catecismo es opuesta a la soberanía democrática y por lo tanto a la Tradición Liberal de la República”.
2. “La actividad docente privada debe coordinarse a la actividad docente oficial de forma que si ésta es mala aquélla tiene que ser peor y pagar encima”.
3. “El ideal republicano, que es propio de los pueblos libres, repele los medios de coacción y virulencia, casi tanto o poco menos que los medios de corrupción, mentira y soborno, debiendo todos los hombres marchar derecho por pura buena voluntad y conciencia autónoma, cumpliendo con su deber solamente porque es su deber, como dijo el filósofo de Konisber”.
  
- ¿Qué me dice, Esplendencia?
  
- Estos ya son más claros -dijo Sancho-, pero por lo mismo más discutibles. Saque los otros, Doctor, los que no se prestan a crítica.
  
- Al revés, Esplendencia. Se le prestan a la CRÍTICA, que es justamente la que no quiere pagar derechos.
  
- Sáquelos de todos modos. ¡Hola! Ahora salen letras rojas. ¡Qué fantático!
  
1. “El fanatismo inquisitorial de la reacción cavernícola intenta coventrizar con una inundación de dogmas la tierna mente del infante argentino”.
2. “La infiltración jesuítica amenaza la libre y democrática docencia que nos legaron nuestros gloriosos patricios, los primates antropomorfos de Mayo”.
3. “La neurosis nazifascista ensangrienta con sus manos de hiena las gloriosas conquistas del pensamiento humano”.
  
- ¡Fantástico! -dijo Sancho-. Esos sí que son bravos, y así, puestos en grandes letras con dibujos y fotografías, van derecho de los ojos al corazón y al alma. Pero a mí me parecen ahora, ¿no es verdad, Doctor Recio? por lo que yo calo, que esos títulos van contra el Decreto Fundamental número 7 de mi glorioso reinado.
  
- ¿Qué decreto, Esplendencia?
  
- Que todos los niños de esta Ínsula, pobres o ricos, sepan su catecismo entero a la edad de 12 años; y que ninguno sea ciudadano si no conoce su religión a fondo. Y esas frases me suenan algo así como que van en contra la Religión Católica.
  
- Perdón, Esplendencia. Ese decreto debe derogarse porque contra él existe otra frase de las más fundamentales. Hela aquí: “A los niños no se les debe enseñar la religión, para que puedan elegir después la que les guste”.
  
Miró Sancho la rotunda y profunda frase, y después de reflexionar un momento, y de mirar al sordomudo que estaba allí, firme como un virote, dijo despacito:
  
- ¿Y cómo van a elegir lo que no conocen?
  
- Pueden conocerla más tarde, por su cuenta.
   
- No me parece -dijo Sancho.
  
“Una religión enseñada atropella la autonomía de la conciencia individual” -dijo la máquina con un imponente traqueteo.
  
- Toda religión es enseñada -dijo Sancho, animándose rápidamente a chispeándole los ojuelos-, porque si no fuera enseñada sería inventada, y entonces no sería religión.
  
“La religión es invención de los curas” -retrucó la máquina como un rayo.
  
- Y ¿quién inventó los curas? -dijo Sancho, que le tomaba gusto al contrapunto.
  
“El escurantismo medioeval y las tenebrosas supersticiones de las épocas es-curas”.  
- Eso ya no lo entiendo, o mejor dicho, te estoy entendiendo demasiado, ché cara de pastel insípido -musitó Sancho; y bruscamente sobrecogido, bajó los ojos de la cara cretina y barrida del sordomudo y empezó a recorrerle con la punta de los ojos toda la pinta, las patas sobre todo. De repente se quedó tieso como un muerto; y se hizo un gran silencio porque vieron los Cortesanos que empezaba a tremar de manos como niño con alferecía.
  
- Este no es tan mudo como parece -dijo entonces Sancho, sordamente-; y no estando ahora el Capellán, debo proceder como Dios me inspire -y volviéndose al Alférez le comunicó una orden en voz baja. El Alférez lo miró como a ver si estaba loco. Sancho confirmó enérgicamente con la cabeza (¡tráigame lo que le digo!) y el Alférez salió moviendo la suya. Entonces dijo Sancho a Pedro Recio dulcemente:
  
- Todo esto va magnífico; pero ¿qué provecho real para el ínsulo, dejando el provecho pecuniario del tipo, representa el aparato éste, que no puedo negar que es ingenioso?
  
- ¿Y no lo ve Su Esplendencia? -dijo Pedro Recio-. Este aparato ahorra al pueblo el trabajo de pensar. Pensar, Esplendencia, es la cosa más trabajosa del mundo y también la más peligrosa. En otro tiempo a los pueblos les daba por pensar; y ¿quién podía gobernarlos en paz? Nosotros hemos arreglado el asunto. Con este aparato la plebe ignorante y baja está dispensada de tener luz abajo el pelo, está libre de la tortura de la inteligencia. Mire las bestias, Esplendencia, qué plácida y envidiable vida transcurren, libres de los tres gusanos del Por Qué, el Para Qué y el Hacia Adónde. Con este Fabril de Frases Hechas y la grande inhuible red de la propaganda, nosotros damos a los grandes rebaños humanos su pasto mental diario ya cocinado y hasta mascado. Ellos lo engullen en grandes cantidades, unos con pimienta y otros con patchulí, según los gustos, y plácidamente se adormecen en sus almas las interrogadoras voces que en otro tiempo llamaban del MásAllá o DeloAlto. ¿Se da cuenta Su Esplendor de la ventaja que significa; en un caso que Él quisiera hacer la guerra a la Ínsula Oriental o vender por tres millones la mitad del territorio nuestro a la Gran Ínsula Drakolandia, se da cuenta que en un mes y medio de propaganda por prensa y radio todo el pueblo insuleño pensará que está muy bien hecho, y que ellos mismos lo han pensado solos, los cuitados?
  
-  ¿Y para qué quiero yo hacer la guerra ni vender mi patria? -dijo Sancho; y en ese mismo instante entró el Alférez con una gran caldera de agua bendita con hisopo. Entrar el Alférez y empezar el Fabril de Frasese Hechas a olfatear como perro pachón, fue todo uno; de lo cual se reía Sancho al tomar el calderete, diciendo:
  
- Olfato no le falta al tipo. Miren cómo huele el baño.
  
Miraron los Cortesanos y vieron que el sordomudo estaba girando desesperadamente la manija, y que salía como una gran banderola con letras de oro y sangre, diciendo:
  
“¡Alto todos o los mato! ¡Yo soy el Gran Arquitecto del Universo, el Espíritu luminoso del Liberalismo Moderno!”
  
Bajóse, no obstante, del trono con verdadera temeridad el rechoncho Gobernador hacia el sordomudo; y de un solo golpe le zampó toda el agua bendita por la cabeza, como si quisiera bautizarlo. Dio un gran alarido el Fabril al sentir el agua y partiendo como un chivo y peor que bala perdida fue a topar contra un pilar del cuarto como un colectivo, desgajando al choque un gran reguero de chispas; y a los gritos de los Cortesanos que le indicaban con terror la puerta, pegó tres o cuatro partidas más, tropezando como murciélago contra las paredes que humeaban, se retorció todo adentro la ropa como perro escaldado, y al fin se hizo humo de un salto con máquina y todo por una ventana que estaba a más de dos metros del suelo. “¡Nómbrese a Dios”, gritaba el doctor Pedro Recio, que era el más asustao de todos.
  
De lo cual reía Sancho a carcajadas, abrazándose con ambos brazos la barriga, cosa en que no podían imitarlo los Cortesanos, no por falta de barriga, sino por sobra de miedo, al ver la disparada del sordomudo y cómo el Doctor Recio había quedado de corrido. Mas cuando acabó de reír, Sancho, dando una poderosa voz para reanimar a su gente y volver a su puesto al Escribano, dictó incontinenti el siguiente
  
Decreto
  
Considerando:
  
1. Que las frases hechas actualmente en uso tienden a imbecilizar al pueblo y querer imbecilizar al pueblo es una cosa casi diabólica.
2. Que ser imbécil es pecado, según la doctrina de la Santa Madre Iglesia, puesto que no hay vicio más incorregible que hacer mal por tontería, pecado y vicio de que por cierto muy pocos se confiesan, habiendo él invadido a su vez a una parte de los confesores, empezando por el Capellán de esta Ínsula, que está durmiendo justamente ahora que lo necesito.
3. Que por otra parte, no se puede impedir que haya frases hechas, las cuales hasta un cierto punto son necesarias.
  
Dispongo, ordeno y determino:
  
1. Quedan puestas en comisión todas las frases hechas actualmente en uso.
2. Ordénase la fabricación de nuevas frases hechas indiscutibles, a cargo de una comisión de sabios de la Ínsula, presididos por el Obispo de cada diócesis.
3. Se castigará en los diarios el abuso en cantidad de frases hechas, y se les impondrá la renovación del surtido al menos cada cuatro años, proveyéndose en forma exclusiva de la Manufactura Nacional arriba indicada.
  
Séllese, publíquese y cúmplase, etcétera.

  
Hecho lo cual sentóse el orondo Gobernador todo sudoroso y con una festiva palmada dio la señal de la inaguración de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el Pacto Tripartito desde el punto de vista epistemológico, con acompañamiento de bombones especializados y vitaminas G y P en cantidad suficiente a la nutrición biológica.
    
R.P. Leonardo Castellani, S.J.
(Tomado de su libro “El nuevo gobierno de Sancho”)