jueves 9 de julio de 2009

Testigo de cargo


ESCAPANDO POR
LA TANGENTE


El diario emblemático de la zurda española, “El País”, publica el 12 de enero pasado un reportaje nada menos que al Presidente de la Unión de Ateos y Librepensadores de Cataluña, don Albert Riva. El reportaje se refiere a los “ómnibus ateos”, de los que hablamos en un número anterior de la revista “Cabildo”. Esos transportes públicos que llevan esta leyenda: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Comenzaron a usarse en Londres y ahora, por obra y gracia de don Albert y sus amigos van a circular en Barcelona y otras ciudades españolas. Porque —afirma Riva— “todo el mundo nos dice que tiene ganas de ver el autobús en su pueblo”.

¡Hombre! Me lo imagino. Me imagino el alegrón que debe darle a uno salir por la mañana de su casa preocupado por la crisis económica, molesto porque la manteca del desayuno estaba rancia, furioso porque tu hija soltera está embarazada de cuatro meses y de pronto… ¡aparece el bus que recomienda dejar de lado las preocupaciones! Qué baño de felicidad, que tranquilo debe uno sentirse.

Por eso, las ganas de ver un busateo (así se llama el sitio en la web) “en su pueblo” dicen que ha llevado a algunos a fletar un ómnibus en una villa donde sólo quedan el párroco y dos habitantes. Los gustos hay que dárselos en vida, sobre todo si uno es ateo militante y sabe de buena tinta que no hay nada tras la muerte. Pero esto lo digo yo de pura mala leche y no don Albert.

Bueno, y volviendo a él, sucede que el periodista, de puro indiscreto, le hace la pregunta del millón: “Oiga ¿y por qué es incompatible creer y pasarlo bien?” Aymé, Madre de Dios y en qué apuro me lo ponen a este buen catalán (sospecho que por adopción). De inmediato no es que se escapa, es que se tira de cabeza por la tangente y tartamudeando —nos imaginamos— afirma que la suya no es una campaña dogmática, dice que “es bueno que se sepa en el trabajo y en los bares que uno es ateo y se puede seguir siendo amigo y tomar copas sin que pase nada…” Hombre, don Albert, eso ya lo sabíamos. Desde que Franco os domó a palos y pesetas los ateos españoles sois unas señoritas. Distinto era antes cuando arreabais a los burgueses religiosos a Paracuellos del Jarama y los enterrabais a medio fusilar. Pero no es esto lo que te han preguntado. No me hables de las donaciones que recibís ni de los 18.000 euros que gastan en ropa los cardenales. No vienen al caso. Simplemente te preguntamos por qué durante dos mil años millones de creyentes han cumplido la ley de Dios y lo han pasado todo lo bien que puede pasarse en este valle de lágrimas.

SILENCIO

Sabes qué, don Albert Riva, tu silencio muestra lo gilipollas que sois los ateos y librepensadores. Publicáis un aviso de doce palabras y no tenéis respuesta para la más elemental pregunta que surge de esas doce palabras.

¿Por qué demonios, colección de imbéciles, tengo que dejar de creer en ese Dios que “probablemente no exista” para disfrutar de la vida? ¿Que todo es cuestión de lo que se entiende por “disfrutar de la vida”? ¡Pues claro, hombre!

Lo que implica el cartelito de marras es que disfrutar pasa exclusivamente por lo sensual, pero contra eso hay demasiadas pruebas de la felicidad que se puede obtener sin hacer de ello el centro de la existencia. Una felicidad de seres humanos y no de bestias.

EL PASADO COMO CAMPO DE BATALLA

Hace un par de años el Partido Socialista (Obrero) Español —el PSOE— votó una Ley de Memoria Histórica. Este solo enunciado es suficiente para descalificar cualquier cosa que se oculte bajo sus letras. ¿Desde cuándo está calificado el Estado moderno —su poder legislativo— para legislar sobre algo tan ajeno a sus competencias como la “memoria histórica? La cual es una tarea colectiva total e irremediablemente ajena a los afanes del Estado. La Memoria de los pueblos no se construye por decreto —ni por ley—: se va tejiendo con las vivencias tamizadas por la experiencia. Se puede intentar torcerla, como se hizo en todos los países comunistas, pero a la larga o a la corta la mentira demuestra que tiene las patas idem y un “Archipiélago Gulag” tira abajo en un minuto cincuenta años de embustes sostenidos con los recursos del Estado.

Bueno ¿y cómo pretenden construir tal “memoria” los del PSOE? Con cuatro grandes disposiciones que dan toda la sensación de un grupo de diputados reunidos en una sala de comisión y “tirando” ideas para ver cómo llenamos esta promesa. Nulidad de los juicios en que se condenaron a rojos, ayuda económica a los represaliados por el franquismo (las pesetas —del Estado— nunca faltan), “neutralización” del Valle de los Caídos y concesión de la nacionalidad española a los combatientes de las Brigadas Internacionales.

Oiga, don Zapatero, ¿y con eso pretende Usted edificar, construir, enriquecer, componer, mejorar, transformar o cambiar la Memoria Histórica? Pues aviados estamos, chico.

Un solo libro de Pío Moa hace más fuerza en el tema que todos los juicios que Usted anule, todos los euros que Usted reparta, todos los funerales que Usted prohíba y todos los ancianitos que Usted haga españoles.

Aquí viene obligado el lugar común aquel de que “no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Lo que Ustedes quieren con estas cosas es instalar la idea de que la guerra civil fue la aventura de cuatro generalotes sublevados contra la legítima República de los españoles que ganaron gracias a la ayuda de nazis y fascistas. Y eso, por muchas leyes que dicten, no formará parte jamás de la Memoria histórica por la simple razón de que es una mentira grande como un castillo. La República capotó en febrero de 1936 cuando se apoderaron del gobierno los mismos que dieciséis meses antes se habían levantado en armas contra ella y comenzaron a perseguir a sus enemigos hasta culminar con el asesinato del jefe de la oposición. Y la ayuda ítaloalemana a los nacionales tiene su equivalente en la ayuda soviética a los rojos y no cambia el fondo de la cuestión.

Lo que a Ustedes les duele es el heroísmo del Alcázar de Toledo, del Santuario de Santa María de la Cabeza (cuando sucedieron no había todavía ayuda extranjera de importancia) que demuestran que el Alzamiento fue el de por lo menos media España, que no se resignaba a dejarse asesinar impunemente.

Y esa verdad grande como una Catedral no la van a poder ocultar atrás de una ley que legisla sobre lo que es ilegislable. No se hagan ilusiones.

Aníbal D'Ángelo Rodríguez

miércoles 8 de julio de 2009

Testigo de cargo


LO QUE VENDRÁ

En el Boletín de la Presidencia de la Nación que se publica con el rótulo de “Página/12”, en la edición del 20 de febrero de 2009 luce a fs. 2/3 un artículo del polígrafo Horacio Verbitsky, tan farragoso y duro de leer como todos los suyos. Se refiere al caso del Obispo Richard Williamson y en medio de los habituales argumentos de la izquierda se tropieza uno, de pronto, con un párrafo que comienza recordando que en Alemania (y muchos otros países) negar el holocausto es un delito y luego agrega: “en la Argentina el INADI prepara un proyecto similar que penaría con un mínimo de un mes y un máximo de dos años de prisión la negación del holocausto, del genocidio armenio y del terrorismo de Estado en el país. Ese texto, que instituye el delito de opinión y limita la libertad de expresión no fue ordenado por el Poder Ejecutivo”. Y a otra cosa.

Yo confieso que me corrió un frío por la espalda cuando leí esto. ¿Temor a que me apliquen la nueva ley, ya que soy un contumaz negador de los números imaginarios de dos de las tres verdades que tendrían protección legislativa?

No, ya tengo la edad de un arresto domiciliario, en cuyo caso no cambiaría demasiado mi vida actual.

El escalofrío es porque sentí pasar a mi lado los corceles verdes del Nuevo estado Totalitario y de la Hipocresía más extrema. Bichos repugnantes que van a dominar el mundo en breve plazo.

Veamos: si el proyecto del INADI se aprobara, quedaría ipso facto prohibido discutir la mitológica cifra de treinta mil desaparecidos o denunciar la inclusión en la mucho más modesta cifra que dio la CO.NA. DEP. de personajes fusilados por los propios guerrilleros, como denunció y probó la revista “B 1”. Así se construye el Estado Democrático Totalitario del Siglo XXI, con la ley positiva desatada de todo vínculo con algo superior y convertida en instrumento de opresión.


Pero peor todavía es la radiografía de los servidores del Leviatán que dibuja el párrafo de Verbitsky. Todo periodista sabe muy bien la diferencia entre una noticia y una campaña de prensa. Lo primero es la comunicación de un hecho o de una opinión. Lo segundo es cuando esa noticia u opinión se convierte en tema al que se vuelve siempre y se lo mantiene vivo mediante la alusión ininterrumpida. Hay grandes campañas —temas permanentes— como por ejemplo lo referido a la discriminación y la represión (los dos pecados sin perdón del siglo XX) y pequeños temas que se reflejan en alusiones esporádicas.

Verbitsky es demasiado zorro como para omitir una declaración de principios como la que he transcripto. Entonces se obliga a informarnos lo que todos sabemos: es decir que el proyecto del INADI y todas las leyes vigentes que prohíben negar el holocausto “instituyen el delito de opinión y limitan la libertad de expresión”. ¡Bravo, Horacio, ya lo dijiste! No te olvides de aclarar que el Poder Ejecutivo no tiene nada que ver con esa iniciativa. No es cosa de morder la mano que nos da de comer.

Pero, eso sí, en esas líneas trascriptas comienza y termina la intervención del conocido periodista. Eso es todo. Ese grito que parece salir de una conciencia y una vergüenza residuales pero que responde a un cálculo muy meditado. Tirar la piedra y esconder la mano.

Porque, ojo, que en este caso no se trata de denunciar que Biolcati tiene mal aliento o Solá va a un boliche de strippers. Estamos hablando de la Gran Libertad que permite que pululen las publicaciones pornográficas y zurdas y que cuanto hay bajo el cielo esté sometido a las opiniones de esos publicistas. En semejante tema, el mitológico “perro” se limita a dejar sentada su opinión y… ¡adelante! No habrá campaña alguna de prensa, ni protestas públicas propiciadas y alentadas por los medios, nada tendrán que decir —como no sea a favor del proyecto del INADI— ni las Madres, ni los Hijos, ni los Nietos. Toda la protesta se limitará a estas dos líneas de Verbitsky y cuando salga la ley habrá que acatarla y cumplirla. Ya nos enseñó Kelsen que ley es todo papel con letras de molde que tenga la firma promulgatoria de un Presidente. O de una Presidenta.


ALERTA ROJO

Leo con frecuencia —y con provecho— el novel diario “Crítica de la Argentina”. Como ya he dicho en esta sección, Lanata descubrió un “nicho” vacante: el del zurdaje porteño que no los traga a los K, gente que había dejado de consumir “Página/12”, harta de su oficialismo vergonzante. A eso le agregó la fórmula de “Play Boy”, artículos progres junto a señoritas con la menor cantidad de ropa posible, satisfaciendo así de un solo saque las apetencias políticas y sexuales de su público. Y una tercera dimensión: la estructura más de una revista que de un diario, con largas notas sin fecha y un cuento diario. Es lo que consume el zurdaje intelectual.

Uno de los muchos inconvenientes de esa fórmula aplicada a un diario es que necesita tapas —y contenido— escandalosos y aunque el mundo actual es generoso proveedor de tal materia prima, a cada rato los dejan sin material para la tapa y hay que inventar cualquier cosa. Lo mismo le pasaba a Lanata cuando aplicó la misma formula en su revistita “Veintiuno/Veintitrés” y en alguna ocasión le hicimos notar, en esta combativa sección, lo ridículo de sus esfuerzos.

Ahora cae bajo nuestra censura la página 25 de la edición del 28 de febrero pasado en la cual se nos informa con grandes titulares que alguien “tiene una vaca lechera y fascista”. Leemos preocupados la noticia y nos enteramos de que en una publicidad de Sancor aparece un chivo leyendo un libro sentado en un sillón al lado de una biblioteca en cuyo estante inferior se ve… ¡horror! “¡el Supremo Arquitecto me asista!” (como escribió Juan Luis Gallardo)… ¡nada menos que una esvástica! Es lógico que hayan sonado todas las alarmas y que se decrete un alerta rojo.

Pues bien, esa noticia, con ilustración a cuatro columnas llena casi toda una página y culmina cuando nos informa que el terrible hecho denunciado “desató una polémica y puso en funcionamiento una larga cadena de acusaciones y disculpas” en la que intervino, como es lógico la Delegación de Asociaciones Israelitas de la Argentina.

¿No te parece formidable, amigo lector? ¿No te dan ganas de gritar como cuando en tu niñez jugabas a la escondida “¡piedra libre para Israel que quiere esconder a las mujeres y niños palestinos asesinados tras la transparente cortina de un chivo lector y su esvástica!”?

Aníbal D'Ángelo Rodríguez

martes 7 de julio de 2009

Si me ves volar

CUARTETA


No te metas en hondú
ni en saber vidas ajé
que en lo que no va ni vié
pasar de largo es cordú.

Mario Caponnetto

lunes 6 de julio de 2009

Ustedas


FEMINISMO

Ya se puede asegurar que gracias al feminismo se está difundiendo un secreto miedo a la mujer. Lo cual desde algún ángulo sería bastante antiguo; según lo atestiguaba la iracunda Sisebuta en célebres tiras cómicas.

Al examinar ahora el problema, habrá que empezar por definir qué es el feminismo, más allá de las disquisiciones sociológicas. Simplemente bastaría atender al significado de la palabra, cuyo sentido lato refleja un ideal o impulso en pro de la mujer.

Pero en estricta verdad se ha creado alrededor de la idea, un movimiento curiosísimo que por encima de toda reivindicación está descubriendo la voluntad de cambiar a la mujer en una caricatura del hombre. O tal vez con ímpetu más extremista —aunque parezca un despropósito e irrealizable— ya se perfila un feminismo que amenaza exterminar a la mujer; y al hombre.

Sería esto el lógico remate de torcer la natural y diversa índole del sexo femenino. En contradicción del orden esencial instituido por la sabiduría divina; como lo recuerda Pío XI en “Casti Connubi”.

Se trata como se está palpando, de un proceso que tal vez comienza con la inocente moda “unisex”, seguida de la menos inocua copia de ademanes, palabras y gestos varoniles (paralela a la proliferación de aritos, perlas, collares y pulseras en el antiguo “sexo opuesto”). Para continuar con prácticas deportivas estrictamente masculinas, como el boxeo, el fútbol o el rugby; hasta escalar otras actividades absolutamente viriles, cual la instrucción militar extendida a todas las armas y ejercicios mortíferos.

Todo ello sin considerar la perversión incentivada con los ingredientes modernamente proporcionados por todos los medios.

CONTRANATURA

Vale decir que a la mujer —por excelencia amable custodia de la vida— se la está adiestrando para sembrar el terror y la muerte. De hecho, ya no tan recientes noticias mostraron a soldadas norteamericanas en Irak, como hábiles ejecutoras de torturas genitales.

Ello lleva entonces a preguntar cuál puede ser la intención última de una ideología tan arraigada en las instituciones del mundo. De presencia internacional tan profusa —acusando al “machismo”— que en la práctica ya lidera los derechos humanos. Pero con potestad de rectificarlos, creándose por ejemplo un tercero o cuarto sexo, intocables. Y para culminar consagrando la más alta conquista humanitaria: que por encima del derecho a la vida humana, está el derecho a dar muerte a los vástagos humanos.

Por tal camino puede decirse que estamos transitando una faz terminal de la Contracreación, rumbo al exterminio de la odiada naturaleza. Mientras parejamente se generan ritos ecológicos y se impone el Decálogo de la Tierra, con la prédica del cruel viejo líder soviético seguido de sus acólitos apóstatas.

Todo evidencia una colosal conspiración contra la vida, con el designio de cambiar la realidad creada. Por el momento acaso su poder se venga perfilando en algunas clonaciones, sin otro sentido aparente que crear desde la casi-nada. También dando un paso más hacia el “Mundo Feliz” de Huxley. Cuando abunden los chicos artificiales y la lascivia, en tanto el pudor femenino se sonroje al oír la palabra madre.

USTEDAS

Todo esto y otras razones largas de enumerar, explicarían un sano temor al “Feminismo”. Pero al mismo tiempo las circunstancias están señalando el despertar de otra amenaza tan visible como absurda. La cual ya se manifiesta, por ejemplo, en sugestivos cambios del lenguaje.

Ahora, como obedeciendo a una orden terminante, no se comprenden genéricamente los dos sexos en una sola palabra. De manera que, ya en plena ridiculez, se debe decir o escribir con cuidado: señores/ras; socios/as; hermanos/ as; amigos/as; niños/as, etc. etc., para eludir la ira del INADI contra las odiosas discriminaciones machistas violatorias del Decreto 1086/05. Sin contar que se estaría gestando una importante reparación simbólica, seguramente grata a los progresistas. La creación del pronombre Ustedas.

Juan Esteban Olmedo

domingo 5 de julio de 2009

Homilías dominicales


LA LEY NUEVA,
PERFECCIÓN DE LA ANTIGUA

Dice Jesús: “No penséis que he venido a abrogar la ley y los profetas” (Mt. 5, 7). ¿Por qué dice tal cosa? Aquellas gentes andaban muy apegadas a su ley y, por otra parte, acusaban al Señor de serle contrario y de no observar el sábado. Por eso, cuando se trata de algo que parece contrariarla, andaba con sumo cuidado, apelando, para justificarse, unas veces a su dignidad personal, v.gr.: Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro Yo también; o a ejemplos humildes, como el de aquel que socorre en sábado a una caballería en peligro, y otras, como en este caso, a demostrar que no hace sino perfeccionar la ley.

Vino a cumplir con los profetas y con la ley. Con los profetas, verificando sus predicciones. Con la ley, de tres maneras. La primera, siendo un cumplidor exacto de sus preceptos. La segunda, consiguiendo para nosotros los fines que la ley intentaba y no conseguía, a saber, hacernos justos, cosa que aquélla deseaba y no podía. La tercera es perfeccionándola, porque el precepto de no irritarse no abroga, sino que perfecciona el de no matar. Y así ocurre con todos ellos.

“Yo os digo que, si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de loa cielos”: Llama aquí justicia a toda la virtud… Y advierte la ventaja de la ley de gracia, porque a los discípulos, todavía tiernos, los quiere mejores que los maestros de la ley antigua, pues no hablaba aquí precisamente de los escribas y fariseos prevaricadores, sino de los observantes, ya que, de no ser tales, no hubiera dicho de ellos que tenían justicia ni hubiese comparado la justicia que no existía con la justicia real y verdadera. Y he aquí cómo da importancia a la ley antigua comparándola con la nueva, pues en ello hace ver que le es próxima: no tacha la ley antigua, quiere que logre más extensión…

Por todas partes es claro que, si Cristo no imponía la ley antigua, no era porque fuese mala, sino porque era tiempo de otros mandamientos mayores. Ya, pues, que los premios son mayores y mayor la virtud de parte del Espíritu Santo, con razón exige también mayores combates. Porque no es ya lo que se promete una tierra que mana leche y miel ni vejez dichosa, sino el cielo y los bienes celestiales, la adopción de hijos, y la hermandad con el Unigénito, y la comunidad de la herencia, la gloria, el reino y todos aquellos premios infinitos. Y que también gozamos de mayores auxilios, como dice San Pablo en Romanos 8,1-2.

Para que esto sea más claro, Jesús se pone en la misma línea que el Padre, que fue quien dictara el Decálogo. Los profetas hablaban y decían: “Esto dice el Señor”. Jesús habla en nombre propio.
El que se “irrita, sin razón contra su hermano, será reo de juicio” (Mt. 5, 22). Jesús no quitó del todo la ira; en primer lugar, porque no es posible que uno, mientras no deje de ser hombre, se libre de las pasiones; en segundo lugar, porque esta pasión es útil si sabemos usar de ella convenientemente. Miremos cuántos bienes obró la ira que en otro tiempo mostró Pablo a los corintios…

¿Cuál es el tiempo conveniente de la ira? Cuando no nos vengamos a nosotros mismos, sino que reprimimos a otros petulantes y convertimos a los desidiosos. ¿Cuál es el tiempo importuno? Cuando nos vengamos a nosotros mismos. Así lo afirmaba San Pablo: “No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira” (Rom. 12, 19). Cuando luchamos por causa del dinero. Y así, también prohibió esto, diciendo: “¿Por qué no preferís sufrir la injusticia? ¿Por qué no ser despojados?” (I Cor. 6, 7). Porque, así como esta ira es superflua, así aquélla es necesaria y provechosa. Pero los más obran al revés, enfureciéndose como fieras cuando son agraviados, y siendo relajados y muelles cuando ven ultrajado al prójimo, cosas ambas contrarias a las leyes evangélicas. No está, pues, la culpa en airarse, sino en airarse inoportunamente. Por lo cual decía también el profeta: “Irritaos y no pequéis” (Sal. 4, 5).

“Y el que le dijere «loco», será reo de la gehenna del fuego” (Mt. 5, 22). A muchos parece grave y pesado este precepto, si ha de entenderse que por una sola palabra hemos de sufrir tan gran castigo; algunos dicen que esto se dijo por exageración…

¿Por qué parece pesado el precepto? La mayor parte de los castigos y pecados se originan en las palabras: por ellas se dicen blasfemias; por ellas el renegar de Dios, las calumnias, los ultrajes, los perjurios, los falsos testimonios y los mismos homicidios. No veamos, por tanto, que es meramente una palabra, sino más bien a si acarrea o no mucho peligro. En tiempo de enemistad, cuando se enciende la ira y se inflama el ánimo, aun lo más íntimo parece grande, y lo no muy injurioso, pesado. A menudo estas pequeñeces han producido asesinatos y derribado ciudades enteras. Porque, así como, cuando hay amistad, aun lo molesto se reputa leve, así, cuando hay enemistad, aun lo pequeño parece intolerable, y, aunque se haya dicho con sencillez, se juzga dicho con perversa intención. Para cortar de antemano con esto, Cristo condenó a juicio al que se irrita sin motivo, y por esto dijo: “el que se irrita será reo de juicio, y al que dice «raca», será reo ante el sanhedrín”. Todavía no es bastante, pues se trata de castigos de esta vida; por eso, al que llamara “loco” a su prójimo, le amenazó con el fuego del infierno… También San Pablo excluyó del Reino de los Cielos no sólo a los adúlteros y los afeminados, sino también a los maledicientes.

Grande es el cuidado que tiene de la caridad. En efecto, ella es, más que ninguna otra virtud, la madre de todos los bienes, el distintivo de los discípulos y el compendio de todas nuestras cosas. Justamente, pues, arranca las raíces y cierra las fuentes de la enemistad, que la corrompen. No creamos exagerado lo que dice, antes consideremos los males que corrigen estas leyes: nada desea Dios en tanto grado como que estemos unidos y en armonía. Por eso, ya por sí mismo, ya por sus discípulos, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, exaltó así este mandato, y es terrible vengador de los que lo desprecian. Nada hay que induzca más al mal como suprimir la caridad. Por eso decía: “Por exceso de la maldad, se enfriará la caridad de muchos” (Mt. 24, 12).

No para solamente en lo dicho, sino que aún añade más para demostrar la importancia de esta virtud: así, después de amenazar con el sanhedrín, con el juicio y con el infierno, agrega otras palabras en consonancia con las primeras: “Si vas a presentar una ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra tí, deja tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda”. ¡Oh bondad! ¡Oh benignidad superior a toda ponderación! No hace caso del honor propio, sino del amor del prójimo, y da con ello a entender que ni aun las primeras amenazas procedían de enemistad ni deseo de castigo, sino de intensa caridad. ¿Puede haber palabras de mayor mansedumbre? Interrúmpase, dice, mi adoración para que permanezca tu caridad, porque también es sacrificio la reconciliación con el hermano. No dijo: Después de haber presentado tu ofrenda ni antes de presentarla, sino que, estando ya la ofrenda delante y comenzado el sacrificio, le envía a reconciliarse con el hermano; y no es terminado el sacrificio ni antes de ofrecerlo, sino teniéndolo ya presente, cuando le manda correr a la reconciliación.

¿Cuál es el motivo por el que ordena obrar de este modo? Dos son los que nos da a entender y pretende: el primero, mostrarnos que estima mucho la caridad, la tiene por el mayor sacrificio y sin ella no recibe los otros; el segundo, establecer la necesidad ineludible de la reconciliación. Aquel a quien se manda no ofrecer el sacrificio sin haberse primero reconciliado, ya que no sea por la caridad con el prójimo, al menos por no dejar el sacrificio imperfecto, se verá estimulado a correr hacia su hermano ofendido y deshacer la enemistad. Por este motivo habló aquí con tanta ponderación, para al mismo tiempo atemorizarlo y excitarlo. Habiendo dicho: Deja tu ofrenda, no se detuvo, sino que añadió delante del altar, moviéndolo a horror sagrado aun por la consideración del lugar mismo. Y ve; no dijo simplemente ve, sino que añadió primero, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con esto declaró que los que están mutuamente enemistados no son aptos para la misma sagrada mesa… Así, pues, cuando ofrezcas una oración estando enemistado, es mejor que la dejes y corras a reconciliarte con tu hermano, y entonces podrás ofrecerla.

Por esto, por unirnos a todos, se hicieron todas las cosas; por esto Dios se hizo hombre y obró todas aquellas maravillas. Aquí envía al ofensor en busca del ofendido; mas en la oración envía al ofendido en busca del ofensor y los reconcilia. Allí dice: Perdonad a los hombres sus deudas… Si haces las paces con él, añade, por la caridad que con él guardas, también a mí me tendrás propicio, y podrás confiadamente ofrecer tu don. Mas, si todavía te inflama la ira, considera que aun Yo mismo mando de buen grado que se abandonen mis cosas para que ustedes se amiguen. Sírvate esto de consuelo en la ira. No dijo: Cuando hubieres sido gravemente injuriado, entonces reconcíliate, sino cualquier cosa que tuviere contra ti. Y no añadió: Bien sea con justicia o bien sin ella, sino simplemente: Si tuviere algo contra ti.

Porque, aun cuando sea con justicia, ni aun así conviene fomentar la enemistad, pues también Jesucristo estaba con toda justicia irritado contra nosotros, y, sin embargo, se entregó a la muerte y no tomó en cuenta nuestros pecados.

San Juan Crisóstomo

viernes 3 de julio de 2009

Nacionales


AL RESCATE
DE LA VERDAD


“Hubo treinta mil desaparecidos por pensar diferente”
Néstor Kirchner (“La Nación”, 12 de marzo de 2004)

“El secuestro lo hacíamos porque no encontrábamos otra forma para resolver el financiamiento, pero éramos conscientes del dolor que producíamos” (…)
“Los que se tienen que arrepentir son los que cometieron terrorismo de Estado”

Gorriarán Merlo (“Noticias”, 13 de marzo de 2004)

CONFUSIÓN

Es impresionante comprobar cómo se puede alterar la memoria del inmediato pasado, más allá incluso de las explicables tendencias de quienes lo describen. Tal vez esto se deba no solamente al peso de las ideologías, sino acaso a la influencia de multitud de medios que facilitan la difusión de opiniones que oscurecen la visión histórica, muchas veces servidas de modernas técnicas capaces de apabullar a la verdad.

Aparte de la reflexión científica que interesa a los historiógrafos, el hecho es que los testigos de lo ocurrido —por ejemplo aquí, en la década del setenta— están corriendo el riesgo de desconfiar de sus propias neuronas. La gravedad del problema aconseja pues, apelar a los requisitos del historiador que enseña la misma etimología del término. Conforme a Barcia, en efecto, la palabra historia deriva de histör, el testigo, el que sabe una cosa porque la ve; de donde viene la significación de sabio que tiene el griego “histör”.

Sin pretender, por cierto, quedar incluido en la última calificación, uno que ha visto lo que ocurrió en aquellos años con plenitud de criterio y espíritu despierto, no puede menos que sobresaltarse cuando un ministro impone su versión histórica sobre hechos que no presenció; o que ocurrieron cuando —a lo sumo— era un niño.

Del sobresalto al imperativo de buscar el equilibrio, a favor sobre todo de las jóvenes generaciones, hay un breve trecho que procuran salvar estas líneas, aunque sea incipientemente.

Primero fuimos testigos de muchas cosas que acaso fueron preparando el advenimiento de los tremendos años. Por ejemplo, en pleno régimen militar (pero el anterior al que fue llamado “Proceso”) entrábamos a la Facultad para dar nuestras modestas lecciones de Ética Social, al tiempo que nos abríamos paso entre la multitud de cartelones maoístas que ocupaban la recepción.

Debo recordar que por entonces amplios sectores del alumnado venían imbuidos de ideas marxistas —sin duda por las influencias del medio y las lecturas desordenadas— pero lejos estaban del feroz espíritu violento que se despertaría más adelante. Más aún, recuerdo el acompañamiento de los muchachos, atentos y dedicados a la investigación con mutua simpatía, pese a que alguna vez un popular matutino nos regalara con máxima sorna el mote “aristotélico tomista”.

Eso sí, pese al ambiente deletéreo que se iba formando, nunca asistimos a violencias represivas.

¿Cómo pudo afirmar entonces el ministro Daniel Filmus, que en educación se trabajaría para “la construcción de la memoria colectiva”, para concluir —refiriéndose a los procesos históricos y políticos como los de la época memorada precedentemente— que terminaron instaurando el llamado “terrorismo de Estado”? (cfr. “La Nación”, del 12 de noviembre de 2006, pág. 19).

Después, sí, se precipitó el terrorismo, pero no con estragos producidos por el Estado ni por “la violencia de izquierda y de derecha”, como desliza un error del reciente fascículo 99 editado por “La Nación”, “El fin de un ciclo histórico”. A no ser que por “derecha” se entienda todo aquello que sirva para explicar y justificar el ataque terrorista que asoló a la Argentina. Lo realmente ocurrido fue una lucha librada por las fuerzas de seguridad de la República —bien o mal conducidas, la calificación no pertenece a esta nota— contra la agresión que intentaba asaltar el poder con fuerte apoyo foráneo.

Eran bandas subversivas, de ideología marxista en las que militó también gente joven, tristemente engañada. Pero ellas no representaban ninguna porción ponderable del pueblo argentino (menos del uno por ciento).

Se hace imposible olvidar el pánico que por ese entonces envolvía a toda la gente, ansiosa de que se restableciera la seguridad pública, quebrada en cualquier momento por la voladura de edificios y medios de transporte o por la matanza a mansalva de hombres indefensos, mujeres o niños. Como dan una idea los asesinatos de los sindicalistas Timoteo Vandor, Alonso y José Ignacio Rucci, de los profesores Jordán Bruno Genta y Carlos Sacheri (este último, delante de toda su familia); y de empresarios como Oberdán Sallustro.

Y las torturas prolongadas durante meses hasta la horrible muerte de los coroneles Argentino del Valle Larrabure e Ibarzábal; las extorsiones y los secuestros en “Cárceles del Pueblo”; los innumerables atentados contra militares y policías, en servicio o fuera de él; las emboscadas; las bombas en cualquier parte o las ráfagas de metralletas en plena calle.

Todo teñido de una crueldad especial, sin duda también dirigida al amedrentamiento de la población. Más los “ajusticiamientos” de individuos de las propias filas, ejecutados en castigo de deslices por orden de los cabecillas.

DOS EJEMPLOS INSOSPECHABLES

En aquella sesión del 4 de septiembre de 1975, el por ese entonces senador radical Fernando de la Rúa manifestaba sobre estas cosas lo siguiente: “…también han fallecido, quiero remarcarlo, dos víctimas completamente ajenas a cualquier circunstancia pública… perdieron la vida como consecuencia de la explosión de una bomba asesina”. Y en aquel mismo ámbito, el 10 de marzo de 1976, el senador Eduardo César Angeloz expresaba nerviosamente: “Los hechos ocurridos ayer en Córdoba se han venido repitiendo… Debo confesar que en el día de hoy he golpeado las puertas: la del señor Ministro del Interior; la de la Policía Federal; la de algunos hombres del Ejército… desde esta banca aparezco impotente para proteger la vida de los habitantes de Córdoba…”

A contrapelo de lo sucedido, lo único que se inculca por múltiples medios es que los militares no hicieron otra cosa que cometer toda clase de tropelías. Y que la sociedad apretujada por el miedo a “la tiranía” castrense, solamente esperaba su liberación… De tal modo —como en las ya sobrepasadas predicciones orwellianas— van modificando sin pausa las comprobaciones históricas.

Finalmente, la hipérbole y la metáfora han conseguido plasmar la paradoja de que el terrorismo no fuera causa sino víctima del terror, consagrándose una desfiguración de la historia, cuyas consecuencias éticas y políticas son fácilmente previsibles.

A esta altura —o bajura— posiblemente la salida del caos desatado fuera que se baje el telón, en homenaje a la tranquilidad. O mejor, que se suba para todos, separando la leyenda ideológica en rescate de la verdad.

J.E.O.A.P.

jueves 2 de julio de 2009

Te señaló la ruta iluminada


LA NOCHE EN QUE
SÓLO ARDIERON
IGLESIAS BACANAS


El pasado 11 de junio, festividad litúrgica de Corpus Christi, se cumplieron cincuenta y cuatro años de la memorable Procesión de Corpus, en Buenos Aires, en plena persecución religiosa desencadenada por el gobierno peronista de aquella época. Por ese motivo escribí una breve nota, difundida en algunos medios digitales, en la que recordaba tan importante acontecimiento, una de las últimas —sino la última— manifestación de católica Fe militante en nuestra Patria.

El escrito no tenía otra intención que rescatar del olvido, sobre todo de cara a las generaciones jóvenes, aquella gesta religiosa y cívica de la que participé con mis apenas quince años. Por desgracia, los argentinos somos flacos de memoria o, lo que es peor, tenemos memoria selectiva.

Pues bien, algunas personas se han enojado a causa de este escrito y lo han hecho de mal modo incurriendo, incluso, en el agravio. Un señor Brandán me ha tildado de “recalcitrante clerical y chupasirio” (así con “s”); otro, que firma como Silvio, me ha acusado de “fanático, pero no como católico, sino como pensador seudo político”. A Brandan le recuerdo que cuide su ortografía no sea que la Embajada de Siria crea que me dedico a “chupar” a ciudadanos de esa nación con el consiguiente conflicto diplomático que pudiere desencadenarse. Al amigo Silvio no sé qué decirle pues si soy, como él afirma, un “seudo pensador” entonces nada de lo que diga tendrá existencia real para él. La duda, por mi parte, es si Silvio existe o es sólo una ilusión virtual.

Pero la nota firmada por Ricardo B. Molina Figueroa merece, sin dudas, una consideración particular. Se trata, en realidad, de una extraña mezcolanza de temas enlazados con mala sintaxis. Freud, el Concilio Vaticano II, la teología de la liberación, la Revolución Libertadora, los fusilamientos de junio del 56, el tercermundismo, la partidocracia, la Biblia latinoamericana, todo mezclado y batido en un extraño cóctel que parece habérsele subido a la cabeza. Además, me considera “un enfermo” y trata de psicoanalizarme. En efecto, sostiene que mi caso lo asombra pues considerándome un hombre de, años más o menos, de su misma edad, mi artículo sobre el Corpus del 55 “pareciera haber sido escrito por algún enfermo protagonista de esos años”; y concluye que estas cosas “generalmente suceden en la psiquis, que se comienza a justificar las acciones anteriores, aun sabiendo que fueron erróneas (Freud)”, etc.

Pero todas estas y algunas otras son simples menudencias. El plato fuerte del escrito del señor Molina es este párrafo que transcribo íntegro:

“Ya han pasado muchos años y mucha agua pasó bajo el puente. He visto las iglesias quemadas, todas ellas, en Buenos Aires, y todas ellas «bacanas», pero no he sabido de ningún «curita» que haya tratado, aunque sea con un mísero balde, tratar de apagar los fuegos (esto me lo dijo en su momento, un cura). La pregunta es: ¿Por qué no se quemaron iglesias en la Matanza, en Lomas de Zamora, en Lanús…?”

¡Vaya! Curioso sentido de lo sacro el del señor Molina quien al parecer, luce un apellido bacán y, según confiesa, tenía parientes que habitaban en la bacana esquina de Gelly y Obes y Copérnico (yo, en cambio, por aquellos años, vivía en la jurisdicción de una más que modesta parroquia porteña: San Vicente de Paúl). Después de “tantas aguas bajo el puente” venimos a enterarnos de que, finalmente, las cosas no ocurrieron como suponíamos. Aquella trágica noche del 16 de junio de 1955, que algunos recordamos como la gran noche de pasión de Buenos Aires, sólo se quemaron algunas “iglesias bacanas” del centro porteño, algo así como una justa excursión punitiva de los “muchachos peronistas” siempre listos a la hora de dar su merecido a la oligarquía. ¿Sacrilegio? ¿Profanación? No. Estos términos son propios de mentes enfermizas. ¿Quién puede hablar de profanación cuando sólo ardieron los templos “bacanes” y nada ocurrió en las humildes parroquias de las barriadas proletarias?

¿Advierte el señor Molina lo absurdo y peligroso de su modo de pensar? Rezo por él para que se disipe la ofuscación de su mente.

Una última cosa. Según Molina ningún curita salió, siquiera, con un balde a apagar el incendio. En esto le asiste no toda pero buena parte de la razón. Para ser justos debemos recordar lo que, tal vez, fue una excepción. Hubo un sacerdote que salió a enfrentar a las hordas de profanadores; y eso le costó la vida. Me refiero al Padre Jacobo Wagner, de la iglesia de Las Victorias. Fue tal la golpiza que recibió que a las pocas semanas entregaba su noble alma al Creador. El buen cura estará, sin duda, junto al Padre quien, seguramente, le habrá perdonado haber intentado defender una iglesia bacana.

Mario Caponnetto