lunes, 13 de octubre de 2008

In memoriam: 20 años


RAFAEL GARCÍA SERRANO
(1917-1988)

El 12 de octubre de 1988 fue el día del descubrimiento del continente celestial para don Rafael, que dejó el poco cuerpo que le quedaba en estas tierras y voló, solo con su alma, a formar en mejores luceros. En consecuencia, en el Día de la Hispanidad (¿con qué menos se iba a despedir este falangista navarro que fue fiel a todo lo divino y lo humano?) ganamos un nuevo soldado de la Milicia Azul Purísima, división Nube de Combatientes y Escritores Poetas. No hay homenaje que le sea digno: recurramos —como siempre— a sus propias palabras, mientras elevamos por él una oración sentida.

FACCIOSOS

Casi todos los Pontífices de la filosofía de la Historia coinciden en afirmar que la fecha del 18 de julio de 1936 significa la liquidación superadora del siglo XIX español. Sin duda por eso en los primeros días del Movimiento se usa una terminología con resabios decimonónicos. De este modo, el manifiesto de la Junta de Defensa de Burgos comienza con estas dos palabras: “Al país”, y los bandos de estado de guerra o las proclamas y arengas iniciales terminan con vivas a España con honra o con vítores a la República honrada. Los rojos, por su parte, se suministran del vocabulario liberal una palabra que ha de hacer fortuna: facciosos. Los facciosos éramos nosotros, igual que don Tomás de Zumalacárregui y sus voluntarios. Le cogieron tal gusto al término, que no se les caía ni de la boca ni de la pluma. Como sucede siempre que una palabra se emplea peyorativamente en una guerra, los que tratan de ser ofendidos con ella la toman a orgullo, de manera que la verdad es que nos gustó ser llamados facciosos, hasta tal punto, por ejemplo, que en zona nacional se publicó un libro, escrito por un hijo del general Goded, con este título: Un faccioso cien por cien.

A la vez que facciosos fuimos denominados rebeldes, insurgentes, fachas —derivación castiza, menospreciante y burlona de fascistas o fachistas, digo yo—, insurrectos y un montón de cosas más. Lo curioso es que los periódicos extranjeros —igual que el Moniteur de París, cuando Napoleón salió de la isla de Elba camino de los Cien Días— comenzaron a llamarnos rebeldes, traidores, facciosos, etc., para luego pasar a denominarnos nacionalistas y, finalmente, ya con el triunfo a punto de madurar, nacionales. Más de un periódico francés nos adelantó el tratamiento en vista del brío con que se atacó Irún. Iribarren lo precisa: “En algunos periódicos ya no se nos llamaba les rebelles, sino les nationaux”.

También nos gustó mucho que nos llamasen rebeldes. A la gente joven siempre le encanta ser rebelde. Por eso cantábamos en las Academias de Provisionales:

Rebeldes nos han llamado,
rebeldes queremos ser,
España se ha levantado
con Franco para vencer
al judío masonismo
del Frente Popular,
y al bolchevismo
internacional.

También nos cayó en gracia lo de insurrectos. Y al que le hizo feliz fue al asistente del capitán Gerardo Lastra, que mandaba la primera Centuria de Navarra, llamada “de la noche y del silencio” por su especialidad en golpes de mano nocturnos. Este asistente era un ribereño maduro, cazurrón, lleno de zumba. A fuerza de leer en la Prensa roja —que nos suministraba con cierta frecuencia “el Negus”— que los insurrectos se retiraban, los insurrectos se mataban entre sí, los insurrectos esto y lo otro, tomó el dulce tranquilo de aplicar la palabra directamente, de modo que para llamar a un camarada decía:

— ¡Eh, tú, “insurreto”, alcánzame esa baqueta!

— ¿Llevas tabaco, “insurreto”?

El resultado es que le quedó el mote “el Insurreto”, y supongo que así le llamarán todavía en el pueblo, si es que vive, cosa que por cierto me gustaría mucho.

En los contactos más próximos y menos eruditos, los rojos no nos llamaban tanto facciosos, insurgentes, fachas o rebeldes, como hijos de cura o hijos de fraile. Con eso tenían una obsesión de suscriptores de La Traca y el Fray Lazo, aquellos dos “magazines” que tanta gloria dieron a las letras liberales españolas. Ya he contado en otro lugar, y mis buenos disgustos me costó, aquella frase del pater A…, capellán de una centuria, que harto de oír semejantes desvergonzadas acusaciones, opinó entre malicioso e irónico:

— ¡Hombre, alguno habrá; pero decirlo de todos…!

A los rojos, que eran agudísimos en materia de propaganda, se les nublaba el talento al hablar de los curas y soltaban unos folletines en esta materia que sólo degenerados mentales del tipo de Maritain o Mauriac podían tragar sin ahogarse. En el libro de José María Iribarren se recuerda, al hablar del frente de Irún, que los periódicos enemigos decían ferocidades sobre “los clérigos armados de rifles que Mola lleva en su vanguardia”, y también sobre “los curas que lanzan bombas desde los campanarios contra sus feligreses”. Del mismo modo se reproduce lo que decía un vasco comunista: “Entre esos requetés van muchos frailes. Saltan como malditos. ¡Cada «sancada» dan aquellos!… Nosotros les veíamos arremangarse el hábito «pa» brincar”.

Ya era ver. Claro que a lo mejor esto no era más que una simple transposición de la realidad en torno, al campo frontero, porque la única noticia que uno tiene de curas trabucaires en la guerra española es la de algún sacerdote jelquide, como de sobra se sabe. Los periodistas de la zona bolchevique también veían curas y frailes en el Tercio y hasta en los Regulares, que ya es decir. A propósito de esto, conozco una arenga que nuestra gente atribuía al general Yagüe, cuando todavía era teniente coronel y había llegado con su columna ante las murallas de Badajoz. No sé si la anécdota es cierta o no. En todo caso viene como anillo al dedo y es muy hermosa. Según ella aquel Yagüe legendario, por el que uno sigue sintiendo verdadera devoción, se dirigió a los soldados que iban a dar el asalto a la plaza con estas contundentes frases:

— Legionarios: los rojos dicen que sois frailes disfrazados. ¡Entrad en Badajoz a decir misa!

Rafael García Serrano

Nota: El texto, claro, ha sido tomado de su “Diccionario para un macuto”, obra que cada día se lee mejor. La posología recomendada es un par de páginas diarias de este volumen medicamentoso, cada doce horas, si queremos evitar todo contagio con la pestífera mala leche de los libros de hoy en día.

2 comentarios:

Descencencia de Ioreth dijo...

A ti, fiel camarada que padeces
el cerco del olvido atormentado.
A ti que gimes sin oír al lado
aquella voz segura de otras veces

Te envío mi dolor. Si desfalleces
al acoso de todos y cansado
ves tu afán como un verso malogrado,
bebamos juntos de las mismas heces

En tu propio solar quedaste fuera.
Del orbe de tus sueños hacen criba
Pero, allí donde estés, cree y espera.

El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos. Siempre arriba.

Gracias por el recuerdo.
(No tengo ahora la cita exacta pero es copiado de "La gran esperanza", único libro que leí de don Rafael.
Parece escrito para él.

CabildoAbierto dijo...

Muchas gracias por el aporte; el poema es "Envío", y fue musicalizado en la mejor época de la España de posguerra.
Efectivamente, querido amigo, parece pintado para don Rafael, que esperamos ya esté arriba, siempre arriba.
Un fuerte abrazo.