sábado, 6 de diciembre de 2008

Diálogos (IM)pertinentes


LA IZQUIERDA
EN LA ARGENTINA

— El Discípulo: Maestro, el mes pasado un grupo grande de intelectuales de izquierda publicó unas cartas abiertas en las que puso de manifiesto su adhesión a los Presidentes Kirchner.

— El Maestro: En efecto, y creo que eso nos da un espléndido pie para hablar de la situación de la izquierda en el mundo y en la Argentina.

— El Discípulo: ¿Por dónde comenzaremos?

— El Maestro: Vayamos de lo particular a lo general. Y veamos el caso tan singular de nuestros izquierdistas, que se suman a una causa perdida y defienden a un gobierno en estado comatoso.

— El Discípulo: Eso ¿no habla bien de ellos? Por aquello del quijotismo y las causas perdidas…

— El Maestro: Pero en cualquier caso hay que examinar sus razones. Lo quijotesco de una causa no garantiza su acierto, ni su seriedad.

— El Discípulo: Maestro, leo en las cartas de los intelectuales que se sienten solidarios con tres cosas del gobierno de la familia Kirchner: con la política de redistribución de ingresos, con la promesa de regular mejor que hasta hoy los medios de difusión y con aquello que ellos llaman “su política de derechos humanos”.

— El Maestro: En efecto. Veamos pues, ante todo, qué hay de cierto en estas afirmaciones. Primero, la política económica del gobierno. Es de todo punto de vista evidente la fragilidad de la estrategia económica hoy en curso. Se funda en dos cosas: primero, utilizar dispendiosamente, en subsidios, los altos ingresos que “los términos del intercambio” hoy le aseguran. Segundo, estar muy atentos a la coyuntura, al día a día.

— El Discípulo: ¿Y cómo se verifica eso, Maestro?

— El Maestro: Muy sencillo. Una política, unas políticas que vayan a lo estructural, a resolver los problemas de fondo del país, delinean necesariamente un modelo, es decir un tejido de soluciones unificadas por un propósito esencial. Que se cumpla bien o mal ese propósito, es otro problema. Pero si hay políticas constantes y esas políticas tienen un centro común, se puede hablar de un modelo económico. No hay posibilidad de deducir modelo alguno en el accionar de los Kirchner, por lo pronto, porque no hay políticas establecidas.
Bien a las claras se vio en el conflicto con el campo. Comenzó con unas retenciones que no obedecían a otra cosa que a un objetivo fiscal, recaudar más dinero. Ya avanzado el litigio se inventaron unos destinos para los fondos a recaudar, pero esos destinos, por muy “sociales” que fueran (viviendas, caminos, hospitales) no estaban vinculados a ningún objetivo de política permanente. Todo era improvisación, medidas coyunturales, marchas y contramarchas.
Lo mismo que pasó con el campo sucedería con cualquier item de la política económica. O sea, no hay políticas establecidas, no hay propósito central, no hay modelo kirchnerista. Lo de la redistribución del ingreso sería importante si ese fuera el tema central de la política kichnerista. No lo es, porque no hay tal tema central. Ni ese ni ninguno.

— El Discípulo: Y las subvenciones ¿no serían una forma de redistribución?

— El Maestro: Eso es lo que intentan hacernos creer los Kirchner. Pero los subsidios van mayoritariamente a empresas.

— El Discípulo: ¿Pero los pobres no se benefician, en definitiva, de un pasaje de tren y de ómnibus barato, de la leche barata, etc.?

— El Maestro: Eso es redistribución a lo picapiedras, a lo bruto. Se benefician pobres y ricos, pero tienen que viajar como ganado y provocan la quiebra de la industria láctea.

— El Discípulo: A pesar de todo, Maestro, algo de redistribución ha habido.

— El Maestro: Allí tropezamos con el primer gran “katéjon” de los Kirchner: la mentira.

— El Discípulo: ¿Qué es “katéjon”, Maestro?

— El Maestro: Una palabra que introdujo Castellani, tomándola del Apocalipsis: obstáculo. Yo sostengo que aunque pudiera decirse algo bueno de los Kirchner, lo impiden tres grandes obstáculos: la mentira, la corrupción y la violencia patotera. No se trata de construcciones ideológicas, son hechos verificables. La principal cara de la mentira es el INDEC, la principal cara de la corrupción son los fondos de Santa Cruz y la principal cara de la patota es Moreno. Hay evidencias sobradas de que el INDEC se ha convertido en una fábrica de mentiras.
En consecuencia, todos los datos estadísticos referidos a este gobierno son objetables e inseguros. ¿Ha habido algo de redistribución? Muy poca cosa, según todos los indicios. Algo, según el INDEC. Pero no le creemos, no le podemos creer. Y en todo caso, seguiría siendo un dato coyuntural, ya que la redistribución no es el centro de una política estructural.

— El Discípulo: ¿En cuanto a la regulación de los medios de difusión?

— El Maestro: Los mismos intelectuales reconocen que es algo aún no cumplido. No se puede fundar un apoyo en promesas de alguien que se ha caracterizado por no cumplirlas. No hay más que ojear la síntesis de cien promesas incumplidas por Néstor Kirchner que ha hecho el diario “Perfil” en su edición digital.

— El Discípulo: ¿Y la política de derechos humanos?

— El Maestro: Allí hay que decir dos cosas. La primera es que —por lo visto— estos intelectuales de izquierda, adeptos a las visiones críticas, no se han preguntado si esa política obedece a convicciones profundas de los Kirchner o a un vulgar oportunismo.
Veamos: los Kirchner estuvieron unos siete años en Santa Cruz actuando como abogados. Y luego actuaron veinte años como políticos, ocupando él los cargos de Intendente de Río Gallegos y Gobernador de la provincia y ella los de Diputada provincial y Diputada y Senadora Nacional.
En esas dos etapas decisivas de su vida, jamás —lo que se dice jamás— hicieron, escribieron o peticionaron algo relacionado con los derechos humanos o sus “derecho habientes”, los terroristas.
¿No es curioso? A los cincuenta años, cuando el azar y el dedo de Duhalde lo hacen Presidente, el Doctor Néstor Kirchner se despierta de su letargo, cual Blancanieves besada por el Príncipe, y descubre los “derechos humanos”, los “jóvenes idealistas” y a sus madres, sus abuelas y sus hijos. ¿Es abusivo llamar a esto el más crudo y vulgar oportunismo?

— El Discípulo: ¿Y la segunda cosa a este respecto?

— El Maestro: Eso que se llama “política de Derechos Humanos” del matrimonio Kirchner consiste en uno de los espectáculos más miserables y degradantes que se han visto en la Argentina, que comienza —como todo en los Kirchner— con el doble sello de la mentira y el dinero. No hay treinta mil desaparecidos y sí hay abundantes transferencia de fondos a los familiares de los siete mil y pico que en verdad hubo.

— El Discípulo: Maestro, pero… ¿y las desapariciones?

— El Maestro: A fines de los años cincuenta llega a la Argentina la guerra revolucionaria que es la táctica marxista revisada por Lenín, la cual reemplaza la huelga general como arma proletaria por la guerra. Desde 1959 hasta 1976 se van formando los ejércitos privados (por ejemplo, el Ejército Revolucionario del Pueblo) que hacen esa guerra. Para entenderla hay que analizarla toda, en su conjunto, cosa que no podemos hacer aquí. Pero sí podemos señalar que en todos esos años hay tres terrorismos en acción, poniéndonos en la perspectiva revolucionaria: el terrorismo de los terroristas, el terrorismo de Estado del gobierno peronista de 1973-76 y el terrorismo de Estado de los militares (1976-78). No me interesa ahora discutir si están bien o mal aplicados estos nombres. Entremos en su juego y digamos que hubo tres terrorismos. Pues bien, el Estado argentino ha optado por perseguir sólo a uno, destrozando el principio de igualdad ante la ley.

— El Discípulo: Maestro, ellos dicen que el Estado está para proteger a los ciudadanos y que su terrorismo es más grave que el de los particulares.

— El Maestro: A efectos polémicos, aceptémoslo. Y ya es mucho aceptar. Pero de esta primera proposición – es más grave uno que el otro – pasamos a una segunda: el terrorismo de los terroristas no es punible y a una tercera: no hubo terrorismo de los terroristas. Estos eran “idealistas” que luchaban para imponer la democracia. No sólo no se los castiga, sino que se los premia con colegios y calles que llevan sus nombres y con abundantes remuneraciones a sus parientes. Esto es un escándalo con el apoyo de innumerables juristas —incluyendo a la Suprema Corte— una enormidad que clama al cielo.

— El Discípulo: Maestro, volvamos a los intelectuales de izquierda.

— El Maestro: Que han perdido la dimensión ética que tuvo el socialismo original y se han convertido en socios de unos personajes que abusan de los que hoy tienen menos poder que ellos. El tercer katéjon de los Kirchner, el patoterismo. Así, los intelectuales de izquierda han sucumbido a los tres obstáculos. De la mentira y la corrupción son cómplices por el silencio, del patoterismo son cómplices activos porque uno de ellos —Horacio Verbitsky— es el autor intelectual de eso que ahora ellos llaman “política de derechos humanos” y que no es otra cosa que la venganza patoteril contra los que los vencieron en la guerra. Sin importarles para ello destruir el orden jurídico argentino. Todo ello muestra la orfandad de la izquierda, que tiene que tragarse unos sapos enormes para conseguir la venganza contra los militares que derrotaron su intento de conquista del poder en 1959-1978.


LA IZQUIERDA EN EL MUNDO

— El Discípulo: Esa actuación de la izquierda en la Argentina ¿es reflejo de lo que pasa con la izquierda en el mundo?

— El Maestro: La cuestión exige ciertas precisiones. Tenemos que saltar al origen de la izquierda. Que es la Revolución Francesa y los que se sentaban a la izquierda del hemiciclo de la Asamblea Nacional: el partido llamado “jacobino”.

— El Discípulo: ¿Y cómo se caracterizaba esa primera izquierda?

— El Maestro: En un principio por dos cosas: Primero, la izquierda era “más revolucionaria”, quería cambios más rápidos y profundos que la derecha. Segundo: representaba el ethos de los intelectuales, de los hombres formados por y en la ilustración.

— El Discípulo: Maestro ¿qué se entiende por “ethos”?

— El Maestro: Se parte de la base de que determinados tipos humanos ven la realidad a partir de ciertos supuestos y desarrollan un conjunto de percepciones y valoraciones de la realidad. Ese conjunto es el “ethos”. Los intelectuales ven al mundo de tal y cual manera y en consecuencia valoran esto más que otro. Por ejemplo, valoran la libertad de expresión más que el común de los mortales porque hace a su oficio, la difusión de ideas. Los comerciantes, a su vez, observan el mundo a partir de tales o cuales parámetros y por ello valoran más la libertad (sobre todo la de comercio) que otros.

— El Discípulo: Pero no todos los intelectuales piensan igual ni todos los comerciantes perciben igual el mundo.

— El Maestro: Por cierto que no, pero mayoritariamente sí y eso tiñe, de alguna manera, las actitudes del grupo. Se trata siempre de conceptos aproximativos que sirven de guía pero no hay que tomarlos literalmente ni como verdades del tipo de las “ciencias duras” como la física y la química.

— El Discípulo: Bien, sigamos con la izquierda.

— El Maestro: Recordemos primero que la derecha en ese primer momento se caracteriza más que nada por cierta moderación. Por eso la radicalización de la Revolución —el Terror— la protagonizará la izquierda. Primera curiosa paradoja: si existe algo que pueda llamarse “terrorismo de Estado” es un invento de la izquierda, que creó el terror de la guillotina y lo prolongará, como veremos, en el tiempo.
Por eso es divertido —digamos— ver a los militantes de la izquierda marxista llenarse la boca condenando el terrorismo de Estado en la Argentina —invento de ellos— y acusando a sus enemigos de genocidio —invento también de ellos— en La Vendée, la región católica de Francia que asolaron.

— El Discípulo: ¿Y luego?

— El Maestro: Vamos a esbozar una hipótesis. Ha habido tres izquierdas. La primera es la del siglo XIX, segunda la del XX y tercera la del XXI.
Comencemos por la primera. La del siglo XIX agrega a lo dicho antes dos caracteres: el descubrimiento de los pobres y la incorporación de la ideología. Recordarás que la pre-izquierda, la de la Revolución Francesa, se caracterizaba por dos cosas: era más revolucionaria que la derecha y estaba integrada por intelectuales.
En el nuevo siglo, cuando la Revolución Industrial ha creado las masas urbanas proletarias, la izquierda descubre su ejército, porque los intelectuales eran —en esa época— muy pocos. La izquierda descubre que la clave está en asumir —o por lo menos, decir que asumía— todos los anhelos de los pobres y los desheredados de la tierra. Desde entonces, “obreros y estudiantes” es una consigna básica de la zurda.
Todo esto encontrará su expresión ideológica en el marxismo que pretenderá ser un socialismo (nueva denominación de la izquierda) nada menos que científico.
Todas las personas que no han perdido la cabeza se ríen de esta ridícula pretensión de Marx y de sus supuestos remedios. La historia es leída por él en términos de pobres y ricos, que siempre han luchado y esa lucha tiene un misterioso componente que la hace significativa hasta el punto que su final, la supresión de los ricos, representará la culminación de la historia humana. Semejante colección de idioteces es el meollo de la interpretación marxista de la historia. Lo asombroso es que alguien haya podido tomarla en serio.
Los intelectuales de izquierda, que son la izquierda, recorren el siglo XIX europeo incorporando proletarios a su causa y desarrollando toda la mitología marxista.
Esa primera etapa debe caracterizarse cómo La izquierda se configura. Participa en todas las revoluciones importantes: Francia, 1830 y 1870 y Europa 1848. Pero a fines de siglo el balance no es positivo (como el voto de Cobos). No han conseguido la adhesión más que de una parte del proletariado y los hechos comienzan a desmentir al marxismo. Los anuncios escatológicos de una pauperización de las masas no se cumplen. La izquierda está enfrentando su primera crisis existencial.

— El Discípulo: ¿Cómo salen de ella?

— El Maestro: La segunda revolución industrial ha acelerado un proceso iniciado en el siglo XVI: el paulatino achicamiento del mundo debido a una revolución en los transportes y las comunicaciones. Ahora en las crecientes ciudades del mundo se difunde la conciencia de un mundo, mientras que antes cada persona tenía conciencia de su país y apenas algo más. El telégrafo difunde las noticias que pasan por las rotativas y llegan a casi todo el planeta, sobre todo en las ciudades. Al mismo tiempo, un Occidente que tiene un doble mensaje cuya incompatibilidad todavía no es manifiesta.

— El Discípulo: No entiendo, maestro.

— El Maestro: A fines del XIX Occidente tiene un doble mensaje: es progresista y es cristiano. Ya comienzan a producirse cortocircuitos entre ambos (las leyes laicas en Francia, el modernismo en la Iglesia) pero todavía no hay ruptura abierta.
La ola de imperialismo de la segunda mitad del siglo XX lleva el progresismo a África, pero también lleva misioneros cristianos. Conciencia de un mundo achicado, difusión mundial de lo que pasa, imperialismo. En esa realidad se inserta el mensaje de Lenín para el siglo XX y la segunda fase de la izquierda.


LA IZQUIERDA DEL SIGLO XX

— El Discípulo: ¿Cómo la llamaría?

— El Maestro: La izquierda toma el poder político y lo pierde. Pero no nos anticipemos. Lenín le presta una muleta al marxismo y lo da vuelta como un guante. Va a realizar la primera mutación del marxismo. Explica que la pauperización de las masas europeas no se produjo porque, gracias al Imperialismo, los ricos europeos pudieron “sobornar” a los pobres del continente. Es una más de las imbecilidades marxistas que pretenden explicar la riqueza europea por la explotación colonial.
Lo que sí importa son las conclusiones que Lenín saca de esa estúpida idea: Primero, el campo de batalla ya no es Europa sino el mundo. Caramba, pero en el mundo no europeo apenas hay industrias, apenas hay proletarios. No importa: Segunda conclusión: la encarnación de la historia ya no es el proletariado sino el partido que tendrá que encuadrar —como los oficiales de un ejército— a una masa de sudorosos campesinos (despreciados, digamos de paso, por Marx) para hacer esa revolución que culminará la Historia humana.

— El Discípulo: Maestro, no perdamos de vista a los intelectuales.

— El Maestro: No, no los perdamos. Mientras todo esto pasaba, el número de intelectuales y su influencia crecían prodigiosamente. Si llamamos “intelectual” simplemente al que no se gana la vida con el esfuerzo de su cuerpo, en los primeros veinte años del siglo XX su número (el de aquellos que trabajan en lo que los economistas llaman el “terciario”) superará —en las naciones ricas— al de los proletarios. Pero han sufrido una dolorosa ruptura: dentro de la izquierda socialista y marxista ha surgido un nuevo grupo que rechaza la idea de revolución y la cambia por la de evolución, democracia, controversia intelectual y no violencia. Se llamarán “social-demócratas”

— El Discípulo: Totalmente opuestos a los revolucionarios extremistas y violentos.

— El Maestro: No, aquí viene una cuestión importantísima, casi diría que la clave de todo el resto. Hay que comenzar por recordar que los hombres no se mueven por razones sino por una confusa mezcla de razones y afinidades emotivas. No nos moviliza sólo la razón sino también el corazón. No solo los conceptos sino los afectos. Una música tanto como un discurso. Las adhesiones a una parcialidad política no son solo (muchas veces ni principalmente) racionales sino también emocionales.

— El Discípulo: Pero ¿eso vale también para los intelectuales? ¿No se caracterizan precisamente por dar predominio al intelecto?

— El Maestro: Error. El intelectual no se caracteriza por lo que imaginas sino porque el intelecto (mejor, las palabras) son el instrumento por el que obtiene poder. Pero el intelectual se moviliza, como cualquier hijo de vecino, por las razones y por las emociones.
Y este va a ser uno de los argumentos que recorre el siglo XX. Los revolucionarios harán toda clase de horrores y de barbaridades, mentirán, traicionarán, robarán y para culminar sus hazañas asesinarán cien millones de personas.
Pues bien, lo asombroso es que durante todo el tiempo en que así obraban el otro sector de la izquierda tomaba, a primera vista, distancia de los revolucionarios e inclusive renunciaba a toda inspiración marxista. De los dientes para afuera. En su corazoncito feminoide, la socialdemocracia suspiraba por la valentía de estos “machos” que tomaron el Palacio de Invierno, que empuñaban las armas (que ellos no se atrevían a tocar), que usaban un look revolucionario. De éstos hay miles de pruebas, pero permíteme recordar sólo dos episodios: primero cuando salió en Francia “El libro negro del comunismo” (en el que se cuentan, más o menos bien, los cien millones de muertos que asesinaron los marxistas-leninistas) hubo una reacción de la izquierda, tanto la revolucionaria como la social demócrata. Los detalles están contados en un libro: “Un pave dans l’histoire” por Padre Rigoulot. Segundo caso: la izquierda social demócrata argentina que se convierte en cómplice de la revolucionaria en los repugnantes procesos a militares, en la exclusión de Patti, en la mentira de los 30.000 desaparecidos, en todo.

— El Discípulo: Bien, Maestro, volvamos a la historia de la izquierda.

— El Maestro: Que en el siglo XX conquista el poder en muchos países por “revoluciones” (en realidad, guerras revolucionarias) y por votos (la social democracia). Pero, claro, la social democracia es la prosa aburrida mientras que las revoluciones son la poesía épica. Se sigue dando esa envidia del aura revolucionaria y la social democracia sigue amando en secreto, vergonzantemente, la mitología de la revolución.
En 1917 se había producido la revolución (guerra revolucionaria) bolchevique en Rusia, la cual comenzó con la toma del Palacio de Invierno de los zares donde tenía su sede el Gobierno Provisional. Fue un episodio ridículo. El palacio estaba defendido por un batallón de mujeres y apenas algo más. La mayor parte de la población de Petrogrado ni se enteró del episodio. Los teatros siguieron funcionando. Este golpe, como la guerra de Castro en Cuba parecen inspirados más en Groucho que en Carlos Marx. Sin embargo, la social democracia “compró” íntegro el paquete y todavía hoy se emociona hasta las lágrimas con Lenín y Fidel.


LA TERCERA IZQUIERDA

— El Discípulo: Bien ¿y la tercera izquierda?

— El Maestro: Recordarás que hablamos de una primera mutación del marxismo: la etapa leninista. Ahora viene una segunda mutación, la gramsciana. En las décadas del 20 y el 30 aparece Gramsci, un dirigente comunista italiano, que sostiene dos cosas esenciales que servirán para definir la tercera izquierda. Primera: la batalla no es contra la burguesía sino contra la concepción tradicional de Occidente, contra la visión del mundo cuyo principal adalid es la Iglesia Católica. Es inmanencia contra trascendencia. Segunda: por ello, la batalla es cultural, antes que social.

— El Discípulo: Un cambio esencial.

— El Maestro: Claro, la izquierda del siglo XIX es marxista, la del XX es leninista y la del XXI será gramsciana. Pero volvamos un momento al siglo XX. Lo ridículo de todo el marxismo quedó demostrado con la implosión de la URSS y sus satélites. Un programa absurdo, la supresión de los ricos, no podía terminar sino en la disolución desde adentro del gobierno comunista. Bastaron setenta años (un instante, en tiempo histórico) para demostrar que suprimiendo a unos ricos, lo único que se hace es crear otros ricos, los aparatchik, los miembros del “aparato” del Estado socialista, una clase de dirigentes políticos que dispondrán de la propiedad que supuestamente es de todos. Así se derrumbó, en 1991, el ensayo marxista. En poco tiempo sólo dos naciones —Cuba y Corea del Norte— persistían en un ensayo obviamente condenado al fracaso.

— El Discípulo: ¿Era el fin de la izquierda marxista?

— El Maestro: En lo más mínimo. Sólo abría paso a la tercera etapa.
A principios del siglo XX había tres fuerzas en capacidad de ganar la guerra cultural que iba a ser un argumento paralelo de la historia del siglo: la derecha liberal, la izquierda (en sus dos versiones, la revolucionaria y la socialdemócrata) y la Iglesia Católica.
Para entender lo que sigue hay que tener en cuenta tres fenómenos. Uno, ya mencionado, el crecimiento exponencial del sector terciario de la economía y el desarrollo de una clase de personas que es ignorante pero que, como ha estudiado algo, lee diarios, revistas y algunos libros, cree saber. Es lo que Spengler llama “la sub inteligencia de las ciudades”. Dos, la aparición de medios de difusión desde los diarios de gran tirada hasta la televisión, culminación (por ahora) del sistema. Tres, la extensión de la educación, desde primaria a universitaria. Estos tres fenómenos abarcan todo el siglo y lo impregnan.
¿Qué tenemos? Una masa grande de receptores de palabras, músicas, imágenes (agregar el crecimiento del tiempo libre por disminución de las horas de trabajo), una nueva clase de escritores, profesores, periodistas, cineastas, etc. en condiciones de darle a esa masa lo que necesitaba: distracción y un libreto para su vida. Y los medios técnicos para hacerlo.
Resultado: con casi total prescindencia de lo que pasaba en el terreno político, iba creciendo en las sombras un inmenso fenómeno cultural. La clase nueva de “intelectuales” adhería a la mitología marxista, izquierdista que fue poco a poco convirtiéndose en progresismo. La derecha liberal se conformó con el triunfo “en los hechos” que le dio la crisis política de la izquierda y cedió a todos los argumentos del progresismo solo que poniendo el acento en una libertad absolutamente sin límites.
Por ejemplo: la izquierda defiende el aborto con argumentos “sociales”: las mujeres pobres abortan sin seguridad. La derecha defiende también el aborto, pero con el argumento de la libertad de decidir. Otro: la izquierda defiende el “matrimonio” homosexual por odio a la idea cristiana de familia. La derecha la defiende por la libertad de cada cual de casarse con quién quiera: hombre, mujer o animalito.

— El Discípulo: ¿Y la Iglesia?

— El Maestro: En estas condiciones, sólo quedaba la Iglesia para defender la vida, la familia tradicional, etc. ¡Sorpresa! A partir del Concilio Vaticano II la Iglesia no tiene una doctrina clara e indiscutible. El Vaticano dice una cosa pero muchos Obispos, Párrocos y fieles hacen (y dicen) lo contrario. Así hay “Mujeres católicas por el Derecho a Decidir” es decir, abortistas, por ejemplo. Y lo peor es que apoyadas por Obispos y sacerdotes a quienes nadie pide cuentas.
El resultado es la tercera izquierda, que se hace progresismo. Está culturalmente instalada en las sociedades del mundo entero, ha convencido a multitudes de sus argumentos y ejerce una férrea dictadura cultural.
He aquí otro fenómeno del siglo: el cambio de paradigma cultural, que he relatado en muchas oportunidades. Hasta 1945 el iluminismo (izquierda y derecha) creía en la frase de Voltaire: “Estoy en desacuerdo contigo, pero moriría para asegurarte la libertad de decir eso con lo que no concuerdo”.
El fascismo fue la primera vez en que una gran fuerza política y militar se colocaba fuera y enfrente de izquierda y derecha, de todo el espectro iluminista. Que estuvo a un tris de ser derrotado. Entonces hubo un cambio total del paradigma, que pasó a ser: “Estoy en desacuerdo contigo y como ese desacuerdo no es de detalle sino global, no tienes derecho a hablar y te lo impediré por todos los medios”. Así puede entenderse que existan leyes que prohiben discutir hechos históricos y personas en la cárcel por “falsificación de la historia”. Antes de 1945 era impensable. Hoy, a nadie le llama la atención.

— El Discípulo: ¿Cómo aprovechó la izquierda esta coyuntura?

— El Maestro: Vivimos en una férrea Dictadura cultural. Cerraremos por hoy con dos fenómenos: primero, lo que se llama “lo políticamente correcto”, conjunto de afirmaciones sobre todos los temas de interés público que fijan “verdades” que está prohibido discutir. El que las desafía se condena a vivir en un ghetto cultural. No podrá ser profesor ni periodista del noventa y nueve por ciento de las instituciones y medios, salvo que disimule su pensamiento. La tercera izquierda vigila celosamente (con mucho más rigor y eficacia que lo que en su momento hizo la Iglesia) que no se cuele nada ajeno al sistema.
Esa izquierda naturalmente no ha abandonado su mitología y sus ambiciones políticas y está dispuesta a hacer otra prueba —en ese terreno— con el “socialismo del siglo XXI” que, como es igual al del siglo XX, fracasará como fracasó aquel. Pero te aseguro que no va ser un fracaso gratis, va a correr mucha sangre. Porque enfrente no hay nada que uno pueda aprobar con entusiasmo ¿La derecha norteamericana? Se apresta a elegir un candidato a Presidente progresista y abortista. ¿Qué batalla se puede esperar que de, si ya tiene media cabeza en el horno?

— El Discípulo: ¿Todo está perdido?

— El Maestro: “Aun guarda la esperanza la caja de Pandora”. La gran paradoja es que iluminismo izquierdista y socialismo izquierdista triunfan justo cuando sus argumentos se derrumban. Esto es lo que quiere decir la vaga intuición del posmodernismo. “Se han terminado los grandes discursos”. El cristiano no se terminó nada, pero creen en él el Papa y un puñado de fieles cristianos. Y algún raro Obispo.
Pero el sueño progresista, tal como se pensó originalmente, se derrumbó. La izquierda cree, siguiendo a Gramsci, que tiene una posibilidad mayor que en el XX porque en el el siglo pasado conquistó el poder sin haber conquistado previamente la sociedad, el modo de pensar del hombre común. Ahora, en cambio, ha logrado una gran victoria cultural: convencer a las masas urbanas (mayoría en el mundo actual) de los argumentos del progresismo.
Pero en el terreno político enfrenta un dilema de hierro: si sigue la vía revolucionaria (Venezuela, Bolivia) va a enfrentar inexorablemente el mismo fracaso de la URSS. Si sigue la vía moderada y gradualista de la social democracia (Uruguay, Chile, Brasil) refuerza las estructuras capitalistas. Todo el dramatismo y la épica de la izquierda se hunden en minúsculas disputas por un punto más de crecimiento económico.
Además, el “triunfo” cultural dista de ser total: el discurso usado para convencer a las masas está muerto. Ya nadie cree en serio en que la ciencia va a salvar al mundo. Lo que queda es una atroz y confusa mezcla del lenguaje televisivo y un marxismo recalentado que sirven en las Universidades.
Ni la izquierda ni la derecha liberal tienen respuesta para los terribles interrogantes de nuestra era, desde la ecología hasta el sentido de la vida. Allí está Europa, hundida en su crepúsculo poblacional provocado por el egoísmo implícito en el discurso cultural vigente. Veremos que hará Dios con este planeta en sombras.

POSDATA

Al entregar este trabajo, se publica en “Noticias” un artículo de Silvio Maresca que dice: Uno “la izquierda cultural o, si se prefiere, el progresismo, dominan sin disputa… los instrumentos de producción y reproducción sistemáticos de la cultura, incluyendo la industria cultural”. Dos: La izquierda practica una “exclusión impiadosa de las personas que sustentan… puntos de vista que permanezcan fuera del territorio… efectivamente delimitado por (ella)”. Tres: “El carácter abstruso y rebuscado del discurso de la izquierda cultural, su alambicamiento, así como su falta de ideas y su indefinido dar vueltas sobre las mismas cosas, evocan el escolasticismo tardío… un discurso que, huérfano de todo frescor juvenil, nos agobia con su rebuscamiento ininteligible, cegando posibilidades creadoras”. Sic.

Aníbal D’Angelo Rodríguez

3 comentarios:

CHESTERTON dijo...

Un oasis de claridad conceptual las reflexiones de Don Aníbal, mis humildes felicitaciones. (Además del método de exposición elegido).

El discípulo:

Maestro, el Concilio Vaticano II surge, como ud. detallo, no en el contexto de una Cristiandad de la Edad de la Fe, sino luego de Descartes, Voltaire y los jacobinos, Kant, Nietzsche, Marx; luego de la persecución religiosa de los comunistas y anarcos en España, la política y fe neopagana nazi en Alemania, el fascismo totalitario, el ateísmo militante soviético, la re-bolu-ción mexicana, los diversos desastres económicos y dos guerras mundiales…..y la lista de la barbarie sigue.
¿Se puede hablar en ese contexto de que la Iglesia, frente a una modernidad secularizada y nihilista, planteo una modernidad cristiana?
Es decir, la Iglesia decidió establecer el dialogo con el mundo contemporáneo descarriado, eso por un lado, y por otro, …enfrentar la tormenta.
¿Cuáles eran las alternativas?
¿Cerrarse sobre sí misma? ¿Seguir a la defensiva? ¿Y abandonar a todos los cristianos que sufrían en los países citados?





Discipulo:

Maestro, el villano que ha triunfado en Occidente (el más inteligente, y por tanto, el más peligroso), ya ha logrado adiestrar a Multitud en su revolución cultural, y se prepara para el asalto final. La Cristofobia ya es una realidad, como él había previsto; y ha instaurado numerosos para-Rayos.

“…los genios son como los truenos, van contra el viento, asustan a los hombres, limpian el aire. Lo establecido ha inventado numerosos pararrayos. Y resulta, sí, vaya si resulta; … y resulta que la próxima tormenta será aún más seria” (S. K.)


Castellani hablaba sobre dos goblins enviados por Dios (dos gotas de espíritu) a la Inglaterra de la segunda revolución industrial; y los pararrayos no pueden parar a las gotas de espíritu.



Un cordial saludo a Ud., al Doctor, y a toda la gente de Cabildo.

Johannes de Silentio

Fortinera dijo...

¡Excelente clase! ¡Felicitaciones! al señor DÁngelo Rodríguez.
¿Gracias por tan buena enseñanza!.
Saludos.
Fortinera.-

CabildoAbierto dijo...

Estimado amigo: Gracias por sus elogios. A la primera pregunta el Maestro contestaría que el meollo del asunto es, precisamente, si es posible una "modernidad cristiana". Parecería que Juan XXIII advirtió los tiempos que se venían y quiso acercar el mensaje de Cristo a los que iban a utilizar el lenguaje de la modernidad. "Aggiornarse" era para él, creo, acercar los dos lenguajes.
Creo también que ese fue su error porque la modernidad es una herejía de la cristiandad y su lenguajes es el crisiano...pero "vuelto loco" como dijo Chesterton. Ejemplo: la libertad está en el corazón mismo de la cristiandad, pero como libre albedrío. Usar la palabra en el contexto de la modernidad es convertirla en facultad de hacer lo que uno quiere. o tener que hacer la aclaración de lo que se quiere decir cada vez que se usa la palabra, lo que es imposible.
En definitiva, los progresistas de la Iglesia (los de buena fe) lo que quieren es eso: hacer una modernidad cristiana, pero lo que consiguen es lo contrario: hacer una cristiandad moderna, inficionada del lenguaje atroz de una modernidad declinante y decadente.
¿Que debió hacerse? La Iglesia necesitaba reformas, pero no en sus dogmas (que debieron mantenerse intactos) sino en su organización. Y no había por qué en ese contexto, abandonar a nadie. Para evitar "seguir a la defensiva", la Iglesia cayó en la trampa del relativismo. Ejemplo claro es la declaración conciliar del "derecho" a profesar cualquier religión. Es conceder que el error engendra derechos o suponer que no hay verdad absoluta.
La cosa da para mucho más pero en síntesis es lo que pienso.
En cuanto a su segundo párrafo, no veo bien cuál es la pregunta a contestar. Escribame por favor a mi mail.
Un cordial saludo
Aníbal D'Ángelo Rodríguez