martes, 18 de septiembre de 2007

El espíritu del Alcázar


TIRAR SIN ODIO

“Tirad, pero tirad sin odio”, decía el Ángel del Alcázar, Antonio Rivera. Sabía que, como bien lo había enseñado José Antonio, a veces no quedaba más dialéctica posible que la de los puños y las pistolas, pero al menos expurgaba de nuestra parte la aversión al equivocado. No otra cosa es el clásico y agustiniano “Odiar al pecado y amar al pecador”.

Del otro bando, la extorsión de querer cambiar la vida del hijo de Moscardó al precio de rendir la plaza, las minas subterráneas, el intento de envenenar el agua. Desde adentro del Alcázar, el único pedido de un sacerdote para celebrar Misa e impartir los sacramentos. No se equivocaron los Papas al hablar de Cruzada.

Y la Muerte segando la vida de los defensores, que a despecho del hambre, la fatiga y la sangre, continuaban tirando. ¿Por qué proseguían con esa defensa desesperada?

El 18 de septiembre faltaban aún diez largos días para la redentora llegada de Nuestra Señora de la Merced, quien alumbraba las tropas que se habían desviado de su marcha hacia Madrid. Y a diez días de una liberación que no sabían cuándo llegaría, el diario de operaciones de los asediados del Alcázar decía esto:

Viernes, 18 de Septiembre.

“En las primeras horas de la madrugada, sigue el paqueo intenso del día anterior, que va aumentando e incluso toman parte en el fuego las piezas de 7,5 cm. que baten la Sección de Tropa. El ruido del compresor se sigue oyendo, pero como no se ha oído la perforadora desde el día anterior, se supone que sea con ánimo de desorientarnos.

“A las 6:05 de la mañana rompen las piezas de 15,5 cm. desde los dos emplazamientos un violento fuego contra el frente este de la Compañía de Tropa, Patio del Alcázar y frente oeste, por el interior.

“A las 6:30, cuando llevaban disparadas treinta y seis granadas, se oye una detonación más fuerte seguida de muchísimo humo negro, que invadió todos los locales, haciendo creer a todo el mundo que ha sido un cañonazo en sus inmediaciones; se comprueba acto seguido que ha sido la explosión de dos minas, que ha derribado el Torreón suroeste y casi toda la fachada oeste, más todas las casas de los frentes oeste y sur en su mitad derecha. Inmediatamente a esto un tiroteo intensísimo en todos los frentes, en especial norte y oeste, nos anuncia el asalto, que es rechazado con gran espíritu por todas las fuerzas.

“A las 13 horas se puede considerar que el ataque ha fracasado, aunque el tiroteo sigue intenso en los frentes noroeste y sur. El enemigo, por los escombros del Torreón noroeste y procedente del Zig-Zag, coronó éste y allí se hizo fuerte, lanzando granadas de mano por el techo de las galerías y habitaciones del frente oeste. Costó gran trabajo ocupar las ruinas por encontrarse todas las escaleras obstruidas y rotas, y con escaleras de mano empalmadas y escalas marinas se pudo ocupar esa parte, la más peligrosa, cogiendo al enemigo una bandera que tenían para ponerla, en su creencia en la victoria. Al mismo tiempo atacaron también por el Corralillo y Puerta de Hierro, ataques que también fueron rechazados, a pesar de intervenir en Puerta de Hierro un tanque de artillería que forzó la verja y separó los coches que había de barricada, pero que tuvo que retroceder ante el empuje de nuestras fuerzas de la Compañía de Tropa y la instalada en el Comedor y Lavadero.

“Como a las 10:20 iba decayendo el empuje del enemigo, rompen otra vez el fuego las piezas del 15,5 cm. de los Alijares, y hasta las 13:10 horas disparan setenta y dos granadas. A esta hora callan las piezas y sigue el paqueo muy intenso, sobre todo por el frente sur.

“A las once aparecen dos aviones nuestros, que hacen vuelos de reconocimiento sobre nosotros; al poco rato aparecen tres aviones enemigos que también vuelan en reconocimiento, y cuando éstos se retiran, aparecen cuatro más enemigos, que, como los anteriores, hacen reconocimientos y observación. El paqueo sigue muy intenso, y a las 18:30 rompen el fuego otra vez las piezas de 15,5 cm. de los dos emplazamientos y, con ritmo muy lento, baten sus objetivos acostumbrados. Como los caballos y mulos corren el peligro de ser batidos en la cuadra de los Fregaderos, donde habían sido llevados por el mismo motivo, se trasladan otra vez a las cuadras de los sótanos laterales a la Piscina. El fuego de la artillería sigue con ritmo lento.

“La comida de este día ha sido distinta a las normales por haber estropeado la artillería de 15,5 cm. la carne de caballo y mulo preparadas para este fin; consistieron la primera en arroz con chorizo y bacalao, y la segunda en arroz y judías. La artillería de 15,5 cm. bate la parte oriental de Depósito de Armamento, donde se había instalado la Enfermería y parte del botiquín, por lo que inmediatamente se da la orden de trasladar los enfermos a un sitio más seguro.


“La noche sigue con paqueo menos intenso que durante el día. La artillería sigue con ritmo muy rápido, disparando unas setenta y cinco granadas sobre la fachada este, Lavaderos, Paso Curvo, Capuchinos y de vez en cuando a la fachada sur, por el interior. El total de proyectiles disparados fueron 272.

“El día transcurrió sin novedad. Bajas en este día: Trece muertos, cuarenta y ocho heridos y once contusos”.

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En cada defensor del Alcázar, así como en la población no combatiente de mujeres y niños, el ánimo se retemplaba con la satisfacción de saber que no se rendirían nunca.

¿Por qué proseguían con esa defensa desesperada?

Por España, claro. Por la España hermosa y eterna, católica y mariana, labradora y marinera que, algún día, volverá a existir, la veamos o no.

Cuánta razón tenía Don Miguel de Unamuno: “¡Dios no puede volver la cara a España! España se salvará porque tiene que salvarse”.

Y volverá a reír la primavera.
Onésimo Pardo de Andrade

1 comentario:

Argentinisimo dijo...

Nuestra cultura ha considerado siempre en primer término las acciones violentas. La historia, lo es, la de nuestros crímenes. Las elecciones, son siempre, sin excepciones, entre dos males y la mayoría de las veces, los bandos solamente se diferencia por el color de las banderas.Pero, en los dos lados, siempre alguien que da testimonio, de que Dios existe, de que ningún camino conduce a ninguna parte, uno humano digo.