martes, 17 de marzo de 2009

Bandera de la Patria mía


LA BANDERA DE FACUNDO

Juan Facundo Quiroga es uno de esos hombres que sólo pueden evocarse épicamente. Tal vez fuera necesario escribir cabalgando, o cabalgar las letras hasta domar con ellas su figura. Porque todo en él fue combate: todo ruido de espuelas y de cascos; todo ir y venir marcialmente desde su alma hacia el mundo.

Su lanza en ristre —siempre dispuesta a clavarse en el ofensor de Dios y de la Patria— fue el signo de una vida hecha milicia, como enseña la Biblia: por eso, no pudieron historiarlo los liberales, y lo redujeron a una leyenda oscura de bárbaro sanguinario. Pero otra cosa es la realidad.

Hay en Facundo una ascendencia noble, un lejano presagio de la sangre: la estirpe de Recaredo que convirtió a su pueblo y fue por eso llamado El Católico. Señor de la tierra, con ese señorío natural y heredado, la aristocracia era su rasgo definitorio. Cuesta decirlo a quienes han desfigurado las palabras y los hechos; pero eso era Quiroga: un aristócrata, que es decir un virtuoso, un enamorado del honor y de la hazaña.

“Sé que es Usted un buen patriota y un hombre de coraje —escribíale San Martín, de quien fuera destacado granadero—; …he apreciado y aprecio a Usted por su patriotismo y buen modo de conducirse”.(1) Y el mismo Sarmiento sostendrá de su admirado enemigo: “…ha pasado a la historia, y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos, de Ayax y de Aquiles”.(2) Es que había en Facundo algo de mágico, que fascinaba aun al adversario. Una fuerza exuberante que sujetaba y arrollaba al mismo tiempo; una virilidad incontenible —desbordante en cien marchas y contramarchas, en arengas a los llanistas, en entreveros imprevistos— y ante la cual, hasta los mismo oficiales de Paz —lo reconoce éste en sus “Memorias”— no podían evitar palidecer. “El que habla —le escribe a Vélez Sarsfield— no conoce peligros que le arredren, y se halla muy distante de rendirse…”(3) Es el orgullo legítimo del guerrero, del Jefe que es capaz de plantearle a sus hombres esta opción de hierro: “¡Soldados!: no hay otro punto de reunión que el campo de batalla. Allí nos debemos encontrar todos, ¡todos!, de pie o caídos, ¡vencedores o muertos!”(4)

Y fue este ímpetu agreste el que lo movió indignado —con una fuerza que parecía sostenida por los ángeles— a enfrentarse con los peores enemigos de la Fe, los logistas rivadavianos.

Época difícil aquella, y similar en mucho a la nuestra; época de apostasías y claudicaciones, de deslealtades y reformas histéricas. Pero allí estaba Facundo, nunca como entonces caballero cristiano. “Sentado con honor en la balanza de la justicia —diría Marechal— …abriendo y cerrando el día con la Señal de la Cruz… así lo miro y su estatura crece. El sol está en su barba que no ha mesado nadie sino el viento…” Y se plantó seguro de sí mismo —tacuara en mano—, montó su moro legendario e hizo ondear una bandera que todavía recuerdan en Los Llanos: ¡RELIGIÓN o MUERTE! Era el grito de rabia de un pueblo sacudido por la impiedad, el grito alado de un Caudillo Católico dispuesto a no transar; era la voz de la raza que traía ecos de Lepanto contra los ruidos de la Revolución. Frente a ese pabellón irrepetible, bien podría decirse lo de Santa Teresa:

“Todos los que militáis
debajo de esta bandera
ya no durmáis, no durmáis
que no hay paz sobre la tierra…”

Vencedor aun en la derrota, su destino iba a jugarse trágicamente en un recodo polvoroso de la Patria. Sabía que iba a la muerte, y no la rechazó. Cuando le avisaron que lo aguardaban partidas de salteadores para asesinarlo, respondió duramente: “A una voz mía, se pondrán a mis órdenes”.

Y no se equivocaba totalmente…

Porque la cabeza ensangrentada de Facundo —hoy más que nunca— sigue preguntando imperativamente: “¿¡Quién manda esta partida!?” Nosotros que lo sabemos, porque sus muertes no han cesado todavía, nos hemos encolumnado decididamente, irreversiblemente, detrás de su bandera.

Antonio Caponnetto

Notas:
(1) San Martín, Cartas a Quiroga del 3 de mayo de 1823 y diciembre del mismo año. Citada por Peña, David, “Juan Facundo Quiroga”, Eudeba, 1971, págs. 67-68.
(2) Sarmiento, Domingo Faustino, “Obras Completas”, Tomo XLVI. Cit. por Barisani, Blas, “En torno a Sarmiento”, Ed. Reina y Madre, 1961, pág. 27.
(3) Juan Facundo Quiroga, Nota a Vélez Sarsfield, Campamento en el Posito, 22 de enero de 1827.
(4) Quiroga, Juan Facundo, Arenga a sus soldados. Cit. por Peña, David, ob. cit., pág. 156.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnifica semblanza del gran heroe riojano.

Como bien dice Antonio, todavia vienen por los caminos de la Patria las partidas homicidas, y se han metido en la Casa Rosada.

Necesitamos otro Restaurador para que los cuelgue en la Plaza.

Fernando José dijo...

Hermosa nota. Tanto Facundo Quiroga como don Juan Manuel tenían una perfecta definición del enemigo: la masonería y sus logias, vestidas con los ropajes del liberalismo anticatólico.

Hoy que los curas Agüeros se han multiplicado infinitamente, las banderas federales deberán decir: "Muera el ecumenismo judeo cristiano - Religión o Muerte".

Pablo dijo...

Hola, como les va, como bien firmé en el post anterior, me gustaría que me den una mano sobre cual es la política económica del nacionalismo católico, perdón si peco de abusivo, pero desconozco sobre esta parte tan fundamental del nacionalismo católico, voy a estar muy agradecido ante la ayuda que me den, desde ya les dejo un gran abrazo

Héctor Emilianus dijo...

Muy buena nota.

¡Vamos detrás de esa bandera!

¡Viva la Patria!

Anónimo dijo...

Muy buena nota y cuanto nos hace falta un restaurador como facundo en estos tiempos... gratos saludos para Don Antonio!!!.
Viva Cristo Rey!!!

Anónimo dijo...

Muy buena nota y mis gratos saludos para Don Antonio Caponnetto
Viva la patria viva Cristo Rey!

Anónimo dijo...

Para Pablo: Busque en el sitio de el Padre Menvielle "Concepción católica de la economía". El enlace está aquí en este sitio.