domingo, 31 de mayo de 2009

Sermones de Pentecostés


LAS GRACIAS A PEDIR
EN PENTECOSTÉS


Si celebramos las fiestas de los santos, con mayor razón debemos celebrar la Fiesta de Aquél que es Fuente de la Santidad, de Aquél por Quien existen los Santos. Si ensalzamos a los santificados, mucho más lo merece Quien los santificó. Y hoy se ensalza al Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, al evocar la ocasión en que se manifestó a los hombres sensiblemente: Quien es invisible, se hizo para ellos visible.

Ya había ocurrido algo semejante con la Segunda Persona, el Hijo, Quien siendo también de por sí invisible, quiso manifestarse en la carne.

Antes conocíamos algo del Padre y del Hijo; hoy el Espíritu Santo nos revela algo de sí mismo. Ahora, conocemos pocas cosas y creemos todo lo que no podemos comprender. Del Padre sabemos que es el Creador, pues lo proclaman las criaturas: Él nos hizo y somos suyos. Del Hijo sólo conocemos, y por Revelación, la maravilla de Su Encarnación. ¿Acaso –pregunta San Bernardo– es posible comprender que el Engendrado sea igual a Quien le engendró? Y del Espíritu Santo no se alcanza a entender acabadamente cómo procede del Padre y del Hijo.

Este inefable y divino misterio, por su misma naturaleza tanto nos sobrepasa que humildemente admitimos no poderlo abarcar, pero algo percibimos de la Procesión del Espíritu Santo: Que ésta tiene un doble aspecto: De dónde viene y a dónde va. El Espíritu Santo, dimana, procede, del Padre y del Hijo, pero hace que Su presencia espléndidamente comience a hacerse tangible y operante entre los fieles. Como es invisible, nos debe demostrar Su presencia por medio de signos visibles: Así, cincuenta días después de la Resurrección del Señor, vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles en lenguas de fuego, para que estos humildes hombres pronunciaran palabras de fuego, y predicaran con lenguas de fuego una ley que era de fuego.

Las manifestaciones del Espíritu Santo siempre tienen por objeto el bien común de la Iglesia. Así, su manifestación en lenguas de fuego no se hizo en beneficio de los Apóstoles, sino del mundo, porque si los Apóstoles necesitaban ser entendidos en diversas lenguas, era para convertir al mundo. Hubo también otras manifestaciones del Espíritu Santo especiales para ellos por las que fueron investidos de una fuerza divina y, así, los que ayer eran tan cobardes, hoy son tan audaces. Ya no huyen ni se esconden por temor a los judíos: Su arrojo actual para predicar supera su timidez anterior. Este cambio admirable operado por el Espíritu Santo es evidente cuando vemos, por un lado, el miedo de Pedro ante las palabras de una simple criada y, por el otro, su posterior entereza y valentía ante los azotes de los príncipes.

Dice la Escritura que “salieron del concejo contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús”, aunque poco antes, en la madrugada del Viernes Santo, habían huido, abandonando al Señor. Es indudable que vino a los Apóstoles un espíritu muy recio, que transformó sus almas con una fuerza invisible. En este sentido, lo que el Espíritu realiza en nosotros, da testimonio de Él.

A nosotros se nos pide que nos apartemos del mal y hagamos el bien. Y el Espíritu Santo acude precisamente en auxilio de nuestra debilidad para ambas cosas, porque, dice de San Pablo, “los dones son variados, pero el Espíritu es el mismo”. Así, para apartarnos del mal, nos inspira la compunción, la oración y el perdón: El arranque de nuestro retorno a Dios. No son obra de nuestro espíritu, sino una inspiración del Espíritu de Dios, una gracia actual.

El que está muerto de frío y se acerca al fuego para calentarse, no duda jamás que el calor que ahora posee procede de ese fuego. Lo mismo ocurre al que, congelado en el mal, se templa en el fervor de la penitencia: Es indudable que ha venido a él un Espíritu que ha reprendido y juzgado al suyo. Lo dice claramente el Evangelio, refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él: “Probará al mundo de que hay culpa”.

Mas ¿de qué aprovecha arrepentirse del pecado, si no se pide perdón?

El Espíritu Santo inspira arrepentirse del pecado, infundiendo en el alma la dulce esperanza que impulsa a pedir con fe, sin dudar mínimamente. ¡Y aún pedir con fe es una inspiración del Espíritu Santo! Baste decir que, cuando Él falta, nuestro espíritu no siente nada de esto; está endurecido, congelado por el pecado. Por otra parte es el Espíritu Santo –volcándose en nuestro corazón– Quien nos permite exclamar: ¡Abba! ¡Padre!

Insondable misterio, el Espíritu Santo no sólo es nos concede lo que pedimos, sino que también nos concede la gracia para pedirlo. Nos alienta con una santa esperanza, y hace que Dios se incline compasivo hacia nosotros. Es el Espíritu Santo Quien concede el perdón de los pecados: ¿No escucharon, los Apóstoles de labios de Nuestro Señor: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedarán perdonados”?

El Espíritu Santo también influye en nosotros para hacer el bien. Va a las potencias de nuestra alma: Aconseja a la memoria. Instruye al entendimiento. Mueve la voluntad. Sugiere cosas buenas a la memoria para que piense santamente; alejando así de nosotros la pereza y la torpeza. Por eso, siempre que sintamos esos impulsos hacia el bien, glorifiquemos a Dios y honremos al Espíritu Santo, Cuya voz susurra en nuestros oídos declarando lo que es justo.

En el Evangelio, el Señor nos dice que “Él os irá recordando todo lo que Yo os he dicho”, e inmediatamente antes había dicho: “Él os lo enseñará todo”. Por eso decimos que el Espíritu Santo, además de aconsejar a la memoria, también ilumina el entendimiento. Es fácil aconsejar hacer el bien; pero sin la gracia del Espíritu no sabemos bien qué hacer.

Él es quien nos inspira buenos pensamientos y nos enseña a ponerlos en práctica, para que la gracia de Dios no sea estéril en nosotros. Así pues, no sólo depende del Espíritu Santo el consejo y la instrucción, sino también sentirnos inclinados e impulsados a hacer el bien.

Respetando nuestra libertad, Él es quien acude en auxilio de nuestra debilidad, infundiendo en nuestros corazones amor y buena voluntad, moviendo eficazmente nuestra voluntad.

Cuando el Espíritu Santo viene y posee totalmente el alma y sus potencias –memoria, inteligencia y voluntad– con sus consejos, instrucciones e impulsos de amor, nos comunica la voz del Señor, nos ilumina la inteligencia e inflama la voluntad. Es como si nuestro propio ser, nuestra propia “casa”, estuviera llena de unas como lenguas de fuego... Esto sucede siempre que estamos en gracia. En el Domingo de Pentecostés es cuando el Espíritu Santo se vierte en nosotros con una medida generosa, colmada y rebosante. Es ahora, en Pentecostés, que los fieles que han vivido el año litúrgico, que lo han puesto en práctica en la vida diaria, pueden regocijarse y escuchar la voz del Espíritu Santo, invitándoles a que descansen de sus trabajos.

¿Cuáles son las gracias que hoy, en la Fiesta de Pentecostés, todos debiéramos pedir?

1°: No apagar en nuestra alma la llama del Espíritu Santo. Por el pecado mortal se la apaga y se arroja al Espíritu Santo del corazón. Por la inclinación al pecado venial se oscurece la belleza del Espíritu Santo y su divino resplandor.

2°: No oponer resistencia al Espíritu Santo. Resistir es combatir la verdad conocida. Era el pecado de los judíos, que rechazaban y crucificaban a Quien habían reconocido como el Mesías Prometido. Resistirse al Espíritu Santo es no rendirse a las inspiraciones que nos sugiere y que nos son conocidas como tales.

3°: ¡No contristar al espíritu Santo! Contristarle es obedecerle con lentitud; es ejecutar con cobardía lo que exige de nosotros; es querer entrar en componendas y no querer dárselo todo.

4°: Agradecer Sus Dones. Recibámoslo como los Apóstoles y aclamémoslo con las palabras de la Secuencia de esta Misa:
Veni Sancte Spíritus,
Accende lumen sensibus...
Veni Pater pauperum.
Ven Espíritu Santo.
Da luz a nuestra inteligencia.
Ven, Padre de los pobres.

Un Sacerdote Fiel

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Nuevamente magnifica homilia. Comprendemos la humildad del santo varon que la escribio, pero seria edificante conocer su nombre para poder pedirle su consejo y la gracia de los sacramentos, si esta en entre nosotros.

Y si ya esta en el Reino, a la diestra del Señor, para pedirle interceda ante El por estos pobres pecadores.

CabildoAbierto dijo...

Estimado amigo:
El Padre vive en Capital Federal. Envíenos por favor su dirección de correo electrónico en un comentario, el cual no será publicado.
Muchas gracias.

Anónimo dijo...

Amen.