miércoles, 13 de febrero de 2008

Aquí nunca faltará nuestro Testigo de cargo


LA IGLESIA PARALÍTICA


H
emos pintado algunos de los más graves problemas que hoy ponen en crisis a las sociedades occidentales. “El malestar en la cultura” que Freud denunciaba hace un siglo se ha convertido en una marcha cada vez más acelerada, con una “angustia que aumenta de década en década”, hacia la nada. El pronóstico de Nietzsche, a un siglo de distancia, va probando de año en año su acierto.

El progresismo iluminista ha fracasado. No ha dado a los hombres una auténtica libertad, no ha conseguido la igualdad económica mundial (y ni siquiera en el seno de las sociedades ricas), ni ha puesto la naturaleza al servicio de la humanidad, sino que la ha convertido en una fuerza amenazante y temible.

Pero su peor fracaso ha sucedido en el terreno del conocimiento. El “sapere aude” (atrévete a saber) de Kant ha mostrado que la elección del camino ha sido equivocada. En dos siglos ha quedado perfectamente en claro que la ciencia tiene límites muy claros y estrechos en sus posibilidades. Y que las ciencias duras caen en un terreno ajeno a las preocupaciones de fondo del hombre mientras que las “sociales” o “humanas” han fracasado en lo que fue la pretensión central de Comte y todas las sociologías posteriores: formar un corpus de conocimientos comparables al de las ciencias puras, un conocimiento que pudiera explicar al hombre y sus problemas esenciales.

La esperanza está puesta hoy en la biología, que trabaja procurando mostrar que los seres humanos no son sino una especie animal más y que lo esencial de su yo no está en su alma —que no existe—, sino en su cerebro. Este nuevo ángulo de ataque es cuestionado ya por los que le reprochan la típica tautología científica: sólo es verdadero aquello que los métodos científicos pueden probar, afirmación apodíctica y sin prueba posible.

Frente a este panorama, la gran crítica del progresismo en crisis debió ser la Iglesia Católica, de la cual la modernidad es una simple herejía. La Iglesia poseía el lenguaje y los medios (una red mundial de enseñanza) para denunciar la falsedad y la notoria decadencia del iluminismo que denunciaron y razonaron cientos de escritores procedentes de sus filas.

En lugar de ello, la Iglesia cayó en el espejismo de 1945, cuando la victoria militar parecía respaldar a las dos alas del iluminismo triunfante. Clérigos y pontífices poco prudentes pensaron que era cuestión de aproximar el lenguaje eclesial al del mundo triunfante para ser mejor oídos. En la década del ´60, cuando el modernismo encendía sus últimas luces, los responsables de la Iglesia convocaron un Concilio que la hizo subir al tren equivocado. Pensaron que llevaba a un futuro radiante, cuando en verdad llevaba —y lleva— hacia la nada, como lo advirtieron los católicos del siglo XIX y la primera mitad del XX coincidiendo en esto con Nietzsche. Y todavía hoy una parte esencial de la Iglesia sigue subida a ese tren que lleva a la nada y cada año que pasa se le hace más difícil bajarse de ese vehículo en movimiento.

Curiosamente, los últimos Papas han parecido querer corregir este rumbo, pero —como ha dicho Messori hace poco— el Papa actual parece un general sin soldados. Mejor habría que decir un Comandante en Jefe sin generales, pues es en los Obispos donde radica lo esencial del problema, y éstos son el fruto de seminarios en los que hoy sabemos que sobraban los invertidos y faltaba la teología.

El resultado es una Iglesia paralítica, aunque todavía habla (la lástima es que habla cuando no debe hablar, y se calla cuando debería gritar). Una Iglesia incapaz de enfrentar uno solo de los gravísimos problemas que la aquejan y también de dar soluciones claras a los problemas que hoy hemos descripto. Una Iglesia que ha dejado deteriorarse su ámbito educativo hasta el punto de que cuando un colegio ortodoxo enseña los valores de la fe según la tradición es casi matemático que deberá enfrentarse al Obispo de su diócesis, mientras que la cantidad de establecimientos que de católicos ya sólo tienen el nombre de algún Santo, andan muy bien con el diocesano.

Y así podríamos seguir hasta el infinito, desgranando las quejas que hacen que muchos católicos apenas podamos soportar esta Iglesia que ha llegado a ser plenamente lo que Castellani dijo que ya era: una Iglesia mistonga, una Iglesia incapaz de asumir la batalla contra el iluminismo declinante y —por el contrario— adoptando sus tics de lenguaje y enseñando en sus colegios las doctrinas modernistas que se contradicen entre sí. Una batalla que esta Iglesia no quiere dar, pero que el Progresismo está dando día a día, arrancándole pedazos de su prestigio y de su capacidad de acción.

Una, pues, de las explicaciones de por qué prospera esa ideología en la que ya nadie cree, es porque no hay enfrente un adversario que hable con claridad. Desde luego, hay que dejar bien en claro que el principal motor de la cobardía con que buena parte de la Iglesia afronta la lucha es el miedo, y ese miedo es sobre todo miedo a la picota que son los medios de difusión. Bien se vio en la precipitación con que tres Obispos salieron a respaldar la canallesca condena contra el Padre von Wernich, sin esperar siquiera a conocer sus fundamentos, sin aguardar a que estuviera firme.

No hay otra explicación para esto que el miedo a “quedar pegados”. Es la “decadencia del coraje” que denunció Solyenitsin hace años. Como él lo enseñó, estos miedos son el reflejo fiel de la falta de fe. Solo teme quien no cree. No se puede temer si se cree. Y éste es, en definitiva, este déficit de fe, el grande, el profundo problema de la Iglesia paralítica. Pudiendo haber sido, debiendo haber sido la barrera contra la marcha hacia la nada, la Iglesia dividida y paralítica se ha convertido en un factor más de decadencia. Por suerte ni Cristo ni nuestra Madre ni los ángeles del cielo decaen, ni están en crisis, ni padecen parálisis. Sean ellos nuestra salvación.
Aníbal D'Angelo Rodríguez

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Que gran placer volver a leerlo, Don Anibal!!Ojalá que su dificil momento sea iluminado ( sin duda así será) por la Gracia de Dios. Un gran abrazo y los mejores deseos de todo corazón! Rezamos por usted, Maestro.
Con sincero afecto
Roberto

CHESTERTON dijo...

Excelente apreciación del momento que nos toca vivir don Aníbal.

Siempre es grato volver a leerlo, y como decía Castellani refiriendose a cuando los tiempos apremiaban a fines del siglo XIX en la pérfida Isla: "¿Que hará Dios contra esa mole de materia? Enviará dos gotas de espíritu, dos goblins" (Chesterton y Dickens).

Benedicto XVI, como ud., bien dice, no tendrá muchos soldados, pero esta entrenando reclutas.

Saludos!

eduardo dijo...

Querido Don Anibal, tuve el placer de conocerlo en Tucuman ya hace muchos años, pudimos traerlo a la Universidad Catolica (unsta) y tenerlo con nosotros varios dias gozando de vuestro don de Gente y su palabra. mi nombre es Ricardo E.Guardia. y desde entonces lo leo asiduamente. Que Dios lo bendiga, estimado maestro.

Anónimo dijo...

Al gran maestro (no maestre, eh) don Aníbal,lo estamos esperando para seguir aprendiendo. Ni se le ocurra descansar o cerrar los ojos: la Patria mira a través de ellos.

Anónimo dijo...

Me sumo con gusto a este reconocimiento de tan admirable maestro. Saludos don Aníbal y adelante!!!

Anónimo dijo...

Maestro grande en sabiduría, claridad, coraje y caridad. Dios lo guarde y nos permita disfrutar por mucho tiempo de su lucida pluma.
Un gran abrazo y rezamos por usted, Don Anibal.

Anónimo dijo...

Buenos Aires, 14 de febrero de 2008

Estimados amigos:

El 29 de febrero hará un mes de la profanación de la Iglesia Catedral de Buenos Aires, símbolo religioso de la mayoría de la población de esta Ciudad y de todo el país.

Desde entonces, no dejo de pensar en la necesidad de manifestarles a Nuestro Señor y a su Amadísima Madre que, en Buenos Aires, también viven hijos que los aman y respetan profundamente. Por esta razón, te invito a que nos reunamos ese día, a las 15 hs. dentro de la Catedral, para rezar un sencillo Padre Nuestro que es la oración que Jesús nos enseñó y que nos manifiesta como integrantes de una misma Familia.

Si te parece, no dejes de invitar a tus amigos y a todos los que nos quieran acompañar en este sentido acto al que asistiremos sin pancartas, ni identidades de ninguna naturaleza. La convocatoria no tiene un espíritu de represalia, sino de reparación y demostración de amor y devoción a Dios, gratuitamente ofendido. No parece necesario invocar otros argumentos para justificar esta reunión que como comunidad religiosa nos asiste, sólo lo ya mencionado. Si te encontrás cerca de la Catedral a esa hora, no dejes de entrar. Sólo nos llevará un par de minutos.

Con afecto,

Rita Barros Uriburu de Sverdlik

Anónimo dijo...

Vuelvo a este blog y leo esto, y me parece que el principal problema es que la Iglesia como está hoy parece como un estimulante psicológico. Lo fundamental : no está para salvar las almas, está para divertirnos y hacernos sentir bien, un poquito de emoción y luego a casa, a pecar tranquilos. Esta paralizada poque no hay cojones, así de sencillo. Enzo