domingo, 29 de julio de 2007

España: la persecución religiosa de 1936 (III)


RESONANCIA ESPECTACULAR
DE LAS MATANZAS COLECTIVAS.

LOS MÁRTIRES DE BARBASTRO.

En la mañana misma del 18 de julio, adelantándose precozmente a la mayoría de las poblaciones que iba a dominar la revolución, Barbastro vio sus calles extrañamente concurridas por misteriosos grupos de obreros que a las once y treinta hicieron acto de presencia, en número aproximado de 200, en el edificio del Ayuntamiento. Allí quedó constituido el primer comité rojo y allí acudieron por centenares en la madrugada del 19 todos los militantes y adictos de los partidos del Frente Popular. Desde el comienzo dieron por descontado que el triunfo sería suyo, haciendo caso omiso de la indecisión del coronel Villalba, comandante de la plaza, que terminó echándose en brazos de las milicias populares.

Éstas tuvieron mano libre para lanzarse sin rodeos, en la tarde del día 20, y exactamente a las cinco y treinta, a la invasión formal del teologado claretiano. Con menos violencia que la acostumbrada por entonces en trances similares, los sesenta asaltantes, después de reunida en el patio la comunidad íntegra, se dieron con tesón a un minucioso registro, convencidos, o al menos proclamando a gritos la convicción de que el colegio encerraba un arsenal de armas. No satisfechos por el resultado negativo del registro, detuvieron inmediatamente a los tres responsables de la comunidad: Padres Felipe de Jesús Munárriz, superior de la casa; Juan Díaz, director del teologado, y Leoncio Pérez, ministro. Les tocó a éstos, como primer estadio de reclusión la Cárcel Municipal, atestada ya entonces en un número de detenidos muy superior a su capacidad. En razón de esta insuficiencia serían trasladados el 25 al convento de las Capuchinas, plataforma postrera para su vuelo final en la madrugada del 1 al 2 de agosto.

Descontados otros tres enfermos, a los que le cupo el favor de ser trasladados al Hospital Militar, aunque poco les valiera, el resto de los padres y estudiantes, hasta 54, fueron también detenidos, una hora escasa después que sus superiores. Su paso en ternas por las calles de Barbastro, entre dos cordones de guardias y bajo las miradas amenazantes, curiosas o compasivas de la multitud, provocó un silencio casi religioso. Hasta tal punto que, al cruzarse con ellos por una bocacalle, un buen hombre no tuvo otra reacción que santiguarse devotamente como quien presencia el paso de una procesión. Remontadas las calles de Monzón, Coliseo y Mayor, la comitiva fue a parar a la plaza Municipal, en la parte superior de Barbastro, donde se asentaba el Ayuntamiento y la cárcel, frente por frente del colegio de los Escolapios… Toda la comunidad de escolapios estaba prácticamente bloqueada en el edificio, que albergó desde entonces una población penal de más de 90 clérigos. En ella se habían integrado el obispo y sus familiares, y una veintena de benedictinos provenientes del cercano monasterio de Nuestra Señora del Pueyo. Los cordimarianos habían sido “instalados” en el salón de actos de la planta baja, sin otro lecho que el desnudo suelo, sobre todo a partir del día 26, en que una expedición de milicianos transeúntes cargó con los escasos colchones de la casa. La planta superior, habilitada de ordinario para el internado, fue ocupada por todos los demás: el señor obispo y sus familiares, los escolapios y benedictinos…

Pueden distinguirse claramente tres períodos, bien definidos entre sí, en este angustioso cautiverio. Duró el primero apenas 5 días, desde la llegada de los claretianos hasta el 25 de julio por la tarde. Con ser muy dura la pérdida de la libertad y la expectación de lo incierto, resultaron estas jornadas relativamente tranquilas, si se las compara con las transcurridas desde Santiago hasta el 12 de agosto siguiente (segundo período), en las que imperó prácticamente el terror; y más aún, con las que mediaron entre ese día y la ejecución de cada grupo (tercer período), marcadas con el sello de la agonía… Fue a primeros de agosto cuando la sangre empezó a correr en serio. En la noche del 1 al 2, unos desalmados de las temidas milicias de Ginesta se presentaron en la cárcel municipal exhibiendo un papel, recién expedido por el comité. Decía así: Vale por 20 hombres. Una hora más tarde, dos docenas de cadáveres, calientes y ensangrentados todavía, daban muda fe, junto a las tapias del cementerio, de la siniestra validez del escrito. Entre los fusilados estaban los tres superiores de los misioneros claretianos y otros siete sacerdotes seculares.

Una semana de compás de espera, y el día 8 por la tarde, sale de los escolapios el señor obispo “para declarar”. (Y sufrir un lento y doloroso viacrucis nocturno ante los sayones del comité quienes le dieron cruenta muerte en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena).

Junto al cementerio de Barbastro, y a la misma hora aproximadamente, tuvo lugar tres días más tarde la primera matanza de religiosos cordimarianos. Al salón de los escolapios fueron llegando fatales nuevas sobre lo acaecido a sus superiores y al señor obispo. Por las mismas ventanas exteriores tenía entrada libre al recinto todo el vocabulario del odio que proferían contra ellos, en plena plaza y con ánimo de que se oyera, las gentes más rojas del vecindario. Tampoco se andaban con eufemismos sobre la suerte futura de los reclusos los que pasaban por personal de servicio en la improvisada prisión. Y por si esto no bastaba, contribuía lo suyo para ensombrecer decisivamente el cuadro el confuso fragor de las ametralladoras nocturnas en el cementerio.

Poco pudo extrañarlos que, a las tres y media de la madrugada del mencionado día 11, cedieran bruscamente las puertas del salón de actos al empuje de quince milicianos armados:

— Que bajen los seis más viejos.

Así lo hicieron desde el tablado del escenario del Padres Pedro Cunill, Nicasio Sierra, Sebastián Calvo, José Pavón, el subdiácono Wenceslao Claris y el H. Gregorio Chivirás. Les atan las manos a la espalda y luego por los codos son unidos de dos en dos. El Padre Ortega les imparte desde arriba la absolución que ellos han pedido por señas… Aún sin la visita que, a las siete de la mañana, hizo nuevamente al salón uno del Comité para elaborar una lista con los nombres de los 42 muchachos restantes, éstos daban por cierto que sus horas estaban contadas. El paso de la duda a la certeza robusteció la serenidad de aquellos héroes. Todo fue desde entonces ambientación de su suerte final, ocurrida en dos tandas consecutivas durante la madrugada del 12 al 13 y del 14 al 15 de agosto de 1936.

“Christe, morituri te salutant!” Los que iban a morir saludaban a Cristo y encontraban en Él la razón suprema de su holocausto. El pelotón de pistoleros, con las mismas cuerdas ensangrentadas que habían servido en las noches precedentes a su siniestro menester, invadieron de nuevo el salón, mientras sonaban las campanas de media noche en el reloj de la catedral. También entonces, como en la noche anterior, quisieron catalogar por edades a sus víctimas:

— Que bajen los que tengan más de veintiséis años.

Ninguno los tenía y nadie se movió.

— Que bajen los que pasen de veinticinco.

De nuevo el silencio por respuesta, por la misma razón. El miliciano sacó la lista y leyó malhumorado veinte nombres. Ninguno de los designados —allí estaban Hall y Parussini, ya en las puertas de la libertad, para contarlo— opuso la menor resistencia. Atados con los otros, atravesaron la plaza y subieron al camión, pasada la verja. Con ellos iba también el mayordomo del señor obispo, don Marcelino de Abajo y el teniente retirado de la Guardia Civil, don Felipe Zalama. Cuenta el Padre Mompel que oyó a los intrépidos jóvenes pedir permiso para cantar la salve. Paree ser que a la salida entonaron el “Cantemos al Amor de los Amores”, según los datos que obtuvo el practicante Ramón Ferrer. Todas las referencias ponderan el valor del mentado señor Zalama, que se erigió espontáneamente en jefe espiritual de la expedición y enardeció con sus vivas constantes y estentóreos a Cristo Rey el ánimo ferviente de los religiosos.

Cayeron en la carretera de Sariñena, junto a la hondonada de San Miguel, a 200 metros antes del kilómetro 3.

Refiere el doctor Manuel Mur haber oído aquella noche a los milicianos que, segundos antes de dispararles, habían propuesto a los muchachos el enrolamiento voluntario en el ejército rojo, en dilema con el fusilamiento.

— Nunca como ahora tendremos más seguro el cielo.

Y prefirieron esta solución. Era la una menos veinte de la mañana del 13 de agosto.
Ángel García

Nota: Tomado de su libro “La Iglesia Española y el 18 de Julio”, ediciones Acervo, Barcelona, 1977.

1 comentario:

Argenlibre dijo...

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