sábado, 17 de enero de 2015

Crítica literaria

  

GENTA Y EL MÁS QUERIDO
DE SUS LIBROS
 
Durante los días 15 a 17 del pasado mes de agosto, tuvo lugar un homenaje formidable a Jordán Bruno Genta y a Carlos Alberto Sacheri. Organizado en Paraná, bajo el marco ya clásico de las Jornadas de Formación Católica del Litoral, asistieron más de 650 personas, procedentes de muchos rincones de patria. Hubo exposiciones magistrales, foros con disertantes especialmente invitados, emocionantes videos recordatorios, sacerdotes y religiosos de diversas edades y procedencias, alegres fogones y los marciales sones de una notable banda, que enardeció los entusiasmados ánimos. Lo que reproducimos a continuación, bajo el título que preside esta nota, son unos breves fragmentos de la disertación del Dr. Jordán Abud. Lo hacemos, no sólo por la calidad inherente de su trabajo, sino porque el Dr. Abud, junto con el destacado Profesor Sebastián Miranda, fue de los pocos disertantes que, por razones de edad, no conocieron a los maestros mártires. No obstante —y éste es el mérito y la esperanza que queremos destacar— el discipulado está vivo y palpitante en ellos. Señal de su fidelidad y de la perpetuidad del magisterio de nuestros gloriosos caídos.
 
Vamos a presentar, brevemente, un libro de Genta, que él dedicaría a su señora, estampando al empezar su obra expresamente lo siguiente: A mi esposa, a su inapreciable colaboración, en el más querido de mis libros. No es poco, entonces, conocer, aunque más no sea someramente, el texto que, nada menos que Jordán Bruno Genta, designará como el más querido.
 
Posiblemente a las damas aquí presentes les simpatizará la hipótesis, legítima, de que tal dedicatoria fue un amoroso reconocimiento ante un libro en el que María Lilia (tal el nombre de la esposa de don Genta) tuvo una activa participación. Otra legítima opinión tal vez más afín a una intelección investigativa, una interpretación de orden —diríamos— histórico-doctrinario, podría ser que hubo otros libros preferidos y dilectos de nuestro mártir, pero por la fecha de aparición, los demás títulos en los que pensamos, vinieron después (o incluso tomaron forma de libros recién cuando sus discípulos decidieron dejar por escrito los que originalmente fueron discursos, clases o conferencias). Sea una u otra, o ambas —posiblemente—, las especulaciones contextuales de este bellísimo y señero manual de psicología, aprovecho para dedicar yo también estas reflexiones a mis padres, por quienes llevo el nombre de quien hoy recordamos, celebramos y proponemos como arquetipo.
 
El nombre de este libro es “Curso de Psicología”, y apareció por primera vez en el año 1940, editado nada menos que por Kapelusz y reeditado posteriormente en diferentes años. Lo primero que debemos decir es que el libro es un texto formativo de carácter ético. Es un libro educativo para los jóvenes. No debe asustarnos el título, pensando en un supuesto contenido encriptado o de acceso restringido, porque no es tal.
 
Es un libro de formación. Es posible conocer cómo entendía Genta al joven virtuoso, leyendo el más querido de sus libros. Hay en el texto una natural y asentada continuidad entre los principios antropológicos, las consideraciones morales y las afirmaciones de orden social o político. Todo con rigor lógico, en sólida y aquilatada armadura, pero también elevado y coronado por la luz sobrenatural de la fe. El libro va desde consideraciones metafísicas hasta la condena de las playas nudistas. De los principios generales a las consecuencias prácticas, de las causas a los efectos y de los efectos a las causas.
 
Se deduce, se descubre, detrás del texto, el corazón y el afán educativo de don Jordán Bruno Genta. Por eso decimos que es el pedagogo de lo esencial, de lo arquetípico. Genta es el pedagogo de lo permanente en el hombre.
 
Por eso, su palabra era —ya en aquel entonces de su vida, año 40— como una espada de doble filo, categórica, cortante, intransigente. Jamás eludió (usando sus propias palabras) la responsabilidad de las definiciones últimas que exigen las ciencias del hombre. Podemos decir entonces que para quien estudia o se dedica a las humanidades, y para todo aquel que no se desentendió de la cuestión educativa, el libro es un verdadero programa de estudio, una guía segura, un plan de formación. Y por lo tanto, no conviene desconocerlo.
 
El libro es en sí mismo una catedral antropológica […]. Por eso termina su prefacio advirtiendo, adelantando, que en el libro, además de responder a cada una de las preguntas de los programas oficiales… se ha procurado que cada tema encuentre una resonancia viva y perdurable en el estudiante. Es decir, se nota que ya pasaba algo parecido a lo que hoy encuentra sus últimos jalones. Como si hoy dijéramos, además de cumplir con las normativas del consejo de educación intentaremos educar al niño. O como decir en psicología: además de las materias curriculares, nos ocuparemos del alma humana […].
 
Hay en toda la psicología de Genta agonía, tensión, ascética, renuncia. En fin, hay semilla que debe morir para dar fruto. ¡Cómo contrasta con la psicología y la pedagogía moderna que tanto gusta predicar el derecho al goce!
 
La vocación —dice— es ascetismo, y nos muestra que la vida es servicio, y que hay renuncias que no significan una derrota sino una difícil victoria.
 
Un hombre libre, ejemplifica, que muere como Sócrates, se destierra como San Martín, venga agravios como Don Quijote, o colma sus vigilias de serena sabiduría como Aristóteles.
 
¡Vayamos terminando, justamente encolumnando a Jordán Bruno Genta en las filas de Sócra-tes, de San Martín, de Don Quijote y de Aristóteles!
 
Genta ha podido hacer carne en su vida y con su muerte aquello que gustaba citar del Filósofo: La verdadera libertad es preferir una acción bella y grande a una multitud de actos vulgares.
 
Qué misteriosa belleza cristiana tiene caer ensangrentado a la luz del día, por aquellos pasados y presentes enemigos de la Patria y de la Iglesia.
 
Y la protagonista del más querido de sus libros tenía una glosa (entre tantas y tan bellas) que tituló: Morir con prevista muerte. “Déjame soñar mil muertes. Y si Dios elige alguna, ¡qué lindo ha de ser morir con una prevista muerte!” Genta presentía su final.
 
Qué carta de amor para su marido, amor transido de conocimiento y de profecía, como todo verdadero corazón poético.  Genta presentía su final y lo aceptó libremente.
 
Aún quienes no lo conocimos, podemos decir, con rigor, que lo extrañamos. Por qué no, extrañamos su figura imponente y señorial, extrañamos su palabra, que en el decir de Antonio [Caponnetto] tenía el peso del acero, la altura de la estrella, la exactitud de la geometría.
 
Lo extrañamos, porque está en las entrañas del más genuino espíritu del nacionalismo católico argentino.  Y lo extrañamos sencillamente porque hemos prometido no olvidarlo.
 
A veces nos preguntamos —por ese irresistible ímpetu nostalgioso del nacionalismo católico— cómo habrá sido escuchar sus clases, oír su voz, recibir sus consejos, y tomar con él un buen vino, claro.
 
Para sanar un poco esa tristeza, para consuelo de nuestros anhelos, quiero contarles que hoy estoy al lado de su yerno Mario Caponnetto, quien además de tomar su legado, asistió a Genta el día de su asesinato, cuando agonizaba en el hospital Alvear. Situación límite y misteriosa por cierto, vivida en su oficio de yerno, de discípulo y de médico.
 
Hace un tiempo el querido Mario me contó —y misteriosa y paradójicamente este salón lleno es tal vez el ámbito propicio, familiar, de recuerdos atesorados en el alma— Mario me contó, digo, que él le sintió los últimos latidos a don Jordán, porque estuvo allí, en el lecho de su muerte, frente a los once balazos que le recorrían desde el mentón hasta el pecho. Nos podemos preguntar qué habrá sido sostener su brazo, tantas veces levantado para predicar valientemente la verdad, y sentir su último pulso. Y también me pregunto cómo habrá sido vivir en carne propia que irremediablemente se iba, que se escabullía literalmente entre las manos, la vida de un padre y de un maestro que acaba de caer por el odio del marxismo. Y no le encuentro otra respuesta que aceptar la Cruz y llevar este recuerdo en el corazón. Pero le encuentro también una segunda parte a la respuesta: nosotros so-mos hoy los responsables de mantener el pulso espiritual de la doctrina y el testimonio de Jordán Bruno Genta.
 
No serán ya los latidos físicos que el odio marxista puede interrumpir. Para desconcierto, para espanto de toda la raza de revolucionarios, serán ahora los latidos metafísicos que vencen la distancia y el tiempo.
 
Cuántas veces nos preguntamos qué podemos hacer, qué tenemos que hacer. Y el riesgo es andar errantes entre un quietismo derrotista y un activismo desaconsejable.
 
¿Qué tenemos que hacer? Recibir el legado, recibirlo a manos llenas, dejarse herir por el testimonio, en primer lugar, del primer testigo, Nuestro Señor Jesucristo. Y detrás de Él, de quienes han rubricado literalmente con su sangre, lo que predicaron con su vida y con su verbo.
 
¿Qué tenemos que hacer? Juramentarnos fidelidad, juramentarnos perseverancia. Si estamos cansados, perseguidos o diezmados, mejor todavía, brillará con más claridad que la victoria no es nuestra sino del Señor de los Ejércitos.
 
Que pasen cien años más, que disparen mil veces, que pretendan acallar desesperados el verbo vibrante de Genta, siempre será su voz tronante proclamando a los cuatro vientos que Dios no muere.

Mientras haya uno de nosotros vivos, seremos nosotros los responsables de morir por esas palabras que ya nadie pronuncia, y agregar una como divisa y como promesa: Jordán Bruno Genta: ¡presente!
 
Jordán Abud

4 comentarios:

Josefina dijo...

Magnífico y sumamente esperanzador.
Gracias.

Anónimo dijo...

Que increible, no conozco nada de Bruno Genta ni Carlos Sacheri, soy de la Patagonia tal vez por que estamos tan distanciados no los conozco, como puede ser que en la escuela nunca se los haya nombrado?soy Catolico, nunca los escuche nombrar, sera por que de algun modo se los ha querido olvidar, esconder o tapar?mas en los tiempos que corren,con gobernantes tan pateticos que creen ser superiores al mismo Dios,en muchos aspectos. Tengo 39 años, por momentos me atacan momentos de dezason, de tristeza, parece que ser creyente o enseñar a mi nene a rezar es ser un verdadero imbecil, cuando deberia ser lo mas natural,y hablar y conocer gente como Sacheri o Genta deberia ser lo mas comun para superarnos como personas, tomando su ejemplo como personas de bien,supongo que siempre a tiempo de conocerlos, gracias Revista Cabildo.

Horacio Bonfiglioli dijo...

estimado antonio: le informo que abrí un blog, que su fuera beneficioso para alguien le agradeceré lo anuncie entre sus blogs amigos. muchas gracias. No se si mi anuncio le llegará, pues soy un inútil, de la época del buzón inglés colorado en las esquinas y del tranvía eléctrico, ¡no del a caballo! mi dirección es: "bonficuyaya@hotmail.com" y mi8 blog se llama: "las cadenas de obligado.blogspot.com". Gracias. Cordiales saludos. Desde Jujuy.Horacio Bonfiglioli.

Martín M. dijo...

No es de extrañar que tanto Genta cuanto Sacheri sean ilustres desconocidos para el "gran público" hoy día. Hace más de treinta años que estamos manejados ideológicamente por los "intelectuales orgánicos" del sistema, tales como Marcos Aguinis o Luis Alberto Romero. El otro día leí un libro de este último, y da asco la forma en que omite la Historia de los hechos acontecidos en el s. XX. De los '70, sólo menciona la represión militar pero no dice una sola palabra sobre el accionar guerrillero que llevó a esa justa represión. Estos son nuestros "grandes" académicos. Así estamos.