sábado, 14 de diciembre de 2013

La Desquiciada


LA FIESTA IMPERDONABLE
 
 
Todavía  algunos de los doce argentinos muertos, no habían sido sepultados, y la presidente ya bailaba…
 
Todavía  en algunos sitios de Tucumán, Chaco y Salta seguían los saqueos y la furia, mientras miles de compatriotas a lo largo del país, lloraban  sobre las ruinas de sus casas, o de sus negocios, o de los que fueron sus lugares de trabajo, la presidente y sus secuaces festejaban…

  En una suerte de estremecedora evidencia de un cinismo que va más allá de las palabras, al frente de doce ataúdes, que visiblemente les importaban nada, un tipo cantaba  aquello de “que la muerte no me sea indiferente” y todos parecían festejar.
 
Pero si esos ataúdes, que tenían ahí nomás,  delante de sus narices, significaban tan poco,  ¿cuál sería esa extraña muerte  capaz de inquietarlos?
 
Porque muertes y tragedias evitables suceden a cada momento en nuestro país y a ellos no se les mueve un pelo.
 
Parece que había que celebrar la democracia y es por todos sabido, que esa democrática fiesta, está claramente por encima del dolor de la gente y del oscurecido cielo de la patria.
 
Ahora bien, es indiscutible que la alegría, que presupone la fiesta, es una manifestación del amor y  por eso, es oportuno una vez más recordar el  comentario que hace Josep Pieper: “Quien no ama a nada, ni a nadie, no puede alegrarse, por muy desesperadamente que vaya tras  ello”.
 
Y por ahí nos parece que va la cosa, en realidad ayer hemos visto abundante desesperación, ninguna fiesta, menos alegría, nada de amor.
 
Después de ese penoso y tristísimo espectáculo  que duda puede haber acerca del estado psíquico de una persona que baila, canta, y ríe sobre las tumbas recién abiertas de una docena de argentinos, con el absurdo agravante que fue  el estado que ella preside, el único responsable de ese desmadre trágico.
 
Por eso, si se quiere hasta piadosamente, preferimos llamarla La Desquiciada, porque creemos que ya no distingue lo real de las fábulas que ella misma inventó.
 
De no ser así, de no estar intensamente  desquiciada, habría que pensar en otras categorías morales y aún en nuevas palabras, lo suficientemente ruines, como para poder describir a un ser que alardea y envanece con las menos humanas de sus perversiones.
 
Miguel De Lorenzo
 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Editorial del Nº 106


LA MESA DE LOS DEMONIOS

Extirpada que le fuera Cristina al hematoma cerebral, y libre ya éste del cuerpo extraño que lo hostilizaba, la mujer volvió al centro de sus funciones políticas. Aliviada de lutos y de lutas, diría Maduro, retornó rodeada y contenida por sus nuevas mascotas, entre las que se cuentan un perro bolivariano, un judío marxista, un contador chaqueño y un pingüino de peluche. Todo nacional y popular, como el tributo millonario oblado a Repsol a las pocas horas del retomado mando, en señal machaza de soberanía irrestricta.
 
Acaso dos hechos, por su ínsita y apabullante significación, permiten simbolizar este período terminal de la degeneración kirchnerista. Llamaremos al primero con el parafraseo evocativo de una consigna setentista: la sangre derramada será remunerada.
 
En efecto, y como es de sobra sabido, el Congreso, casi sin excepciones, acaba de sancionar una ley por la cual se resarce con una pensión vitalicia a quienes hayan sido presos políticos (o a sus descendientes), en los oscuros años del auge guerrillero, incluyendo en el período al mismísimo gobierno constitucional y democrático del matrimonio Perón. Por cierto que “presos politicos” quiere decir aquí terroristas capturados; y pensiones vitalicias, abultadas sumas que se agregan a las millonarias indemnizaciones ya otorgadas.
 
Pocas veces en la historia, un Estado como el que preside esta viuda cleptómana, ha puesto en evidencia, de modo groserísimo y tosco, su vocación de convertirse en un Estado Pro Terrorista, que equivale a decir Terrorismo de Estado. Y pocas veces en la crónica de nuestras batallas, los contendientes de un bando —esto es, el de los erpianos y montoneros— han dado tan repelente prueba de su condición de asalariados.  La liberación nacional primero fue Gelbard, después Cavallo, ahora Kicillof; y siempre en su medida y armoniosamente asegurarse bolsillos abultados, bóvedas repletas y bolsos rebosantes de dólares.
 
El segundo hecho de este final de fiesta es el nombramiento del cura Juan Carlos Molina al frente de la Secretaría de programación para la prevención de la drogadicción y la lucha contra el narcotráfico, organismo oficial vinculado a las influencias de Alicia Kirchner, que heredó de su hermano la hermosura del semblante y la dicción ciceroniana, aunque la natura fuese algo esquiva con el coeficiente mental de su testa.
 
El tal nombramiento, claro, se hizo de manera explícita para congraciarse con la Iglesia, en un momento en que, por razones obvias, no le conviene al gobierno exacerbar sus malévolas furias anticatólicas.
 
Lo doblemente dramático de este episodio es que ni Molina es católico —apenas si un sirviente rentado más de la perversión kirchnerista— y que la Iglesia cuya congratulación se procura es la misma que toma mate con los profanadores de templos, concelebra liturgias mundanas con los deicidas, convierte a las parroquias en sinagogas y juzga que su misión primera no es testimoniar y glorificar a Cristo Rey sino controlar que a la muchachada no se le vaya la mano con el porro.
 
Aclarado fue por el obispo D’Annibale y por sus pares, que el prete cristinista asumía sus funciones a título personal. Lo que debieron aclararse los pastores a sí mismos y al resto de la feligresía fiel es que “no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (San Pablo, I Corintios, X, 21).
 
Y aquí debíamos llegar, necesariamente. Lo que tenemos hoy a la vista es el ágape desenfrenado de los demonios, la bacanal de Mandinga, el banquete luciferino, la tabla puesta en común para que se sienten a ella cuantos personajes infernales andan sueltos, sean clérigos encumbrados o públicos hombres de Estado. Lo mismo da.
 
Nosotros queremos pedir la gracia de ser leales al mismo magisterio paulino que, a propósito del anterior anatema, nos ordena: “no quiero que vosotros entréis en comunión con los diablos. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios”. Para eso estamos y seguiremos estando los nacionalistas católicos: para no darles tregua ni a los terroristas pensionados ni a los organizadores de aquelarres.
 
Antonio Caponnetto
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Colorado… el 30


BALANCE DE TREINTA AÑOS

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
 fueron un tiempo Itálica famosa.
(Rodrigo Caro, Canción a las ruinas de Itálica).

Las agitadas postrimerías del año que fenece encuentran a la Argentina sumida en un verdadero marasmo espiritual, político, social y económico. La generalizada sublevación de las fuerzas policiales con el concomitante saldo de saqueos, pillaje, devastación y muerte en casi toda la geografía de la Patria, es tan sólo el colofón de un largo proceso de incontenible caída. La sociedad argentina está enferma, fracturada, convulsionada, confundida, corrompida y desamparada. Todo parece ir, en un permanente vaivén, de la tiranía a la anarquía. Quienes se dicen gobernantes en nada se distinguen de una banda de salteadores y criminales (que lo son de hecho, al menos en sus cabezas principales). Quienes fungen de opositores son —salvo alguna excepción— un conjunto de mentecatos cuya vacuidad intelectual y moral no conoce límite.

En medio de este panorama sombrío todo el stablishment —político, empresarial, intelectual y hasta eclesiástico, duele decirlo— se dispone a festejar los treinta años del advenimiento de la democracia. Estamos asistiendo a la puesta en escena de un gran fasto nacional, bastante menguado, ciertamente, por el humo de los incendios y el fragor de los saqueos. Un auténtico paisaje onírico… pero de pesadilla. No hemos querido, pues, dejar pasar estas circunstancias sin esbozar un balance, siquiera somero, de estos treinta años de espanto y de impostura.

La primera pregunta que cabe plantear es esta: ¿qué pasó, realmente, en Argentina, aquel 10 de diciembre de 1983 cuando el gobierno de Alfonsin inauguró esto que la historia oficial llama “el retorno de la democracia”? En efecto, lo que advino fue la democracia en su peor versión, esto es, ese régimen ilegítimo y espurio que procede de la corrupción de la república. Y su advenimiento, lejos, muy lejos, de ser el fruto de las “luchas populares” —como pretende hacernos creer la épica barata impuesta por la propaganda— no fue otra cosa que la obligada salida de un gobierno militar que, acorralado por sus propios errores y contradicciones, se derrumbó tras el último cañonazo de los defensores de Puerto Argentino. Cuando el cañón de Malvinas se llamó a silencio, el régimen militar iniciado en 1976 no tuvo otra posibilidad que convocar a la vieja partidocracia a la que, irresponsablemente y sin condiciones, entregó el poder. La misma partidocracia que, apenas siete años antes, inerme e impotente ante la subversión, cuando no directamente vinculada con ella, había generado el mayor caos y vacío de poder de que se tenga memoria.

No fue, pues, mérito de esa partidocracia la que la llevó al poder sino la vacancia de un gobierno militar que se disolvió como escarcha al sol tibio de la mañana. Es importante destacar este hecho que es la desmentida más expresa a la impostura que desde hace tres décadas se va imponiendo a las sucesivas generaciones de argentinos. Todo no pasó de un simple relevo: la autocracia militar cedió el poder a la partidocracia civil.

¿Y qué hizo esa partidocracia vuelta al poder? Lo primero, presa de una angurria voraz, se adueñó de todos los resortes del Estado al que saqueó prolijamente y convirtió en un botín de guerra. Pero, lo más grave, fue que esa partidocracia se hizo instrumento servil de una sistemática destrucción de la Argentina; una destrucción que no ha dejado nada fuera de su alcance deletéreo y que se realizó siguiendo, al menos, seis grandes líneas maestras que, a modo de hilos conductores, han permanecido inalterables, bien que con diversos grados de intensidad y con acentos distintos, a través de los sucesivos gobiernos democráticos.

La primera de esas líneas fue la imposición, a sangre y fuego, de una falsa mitología que entronizó en el centro de la vida argentina el ídolo de la Democracia y los Derechos Humanos. Esta idolatría totalitaria sustituyó a la Patria y se constituyó en una suerte de divinidad impoluta e intocable a cuyos pies se sacrificó todo. De la mano de esta idolatría se impuso una visión maniquea de nuestra historia, se sacralizó el dogma de una dictadura genocida —suma de todos los males— de la que por arte de magia vino a liberarnos la Democracia, se exaltó hasta el paroxismo la mentira de los treinta mil desaparecidos, se proclamó un nunca más que en los hechos no fue otra cosa que la reivindicación del terrorismo fratricida cuyos fautores fueron ascendidos al procerato mientras sus víctimas fueron sepultadas en el silencio y en el olvido.

La segunda línea maestra consistió en la destrucción, pensada y ejecutada hasta el detalle, de las fuerzas armadas, desmovilizadas moral y físicamente, perseguidas con saña digna de mejor causa, encarcelados sus antiguos combatientes en la guerra contra subversiva, insultadas, desprestigiadas y humilladas sin límite ni freno, reducidas a la impotencia y, con ellas, la nación toda reducida a la mayor indefensión de su historia.

La tercera de esas líneas, quizás la más significativa y exitosa, fue la guerra cultural, promovida desde afuera por bien identificadas usinas ideológicas y financieras. Esa guerra cultural —que sucedió a la guerra revolucionaria de los años setenta, guerra a la que, sea dicho de paso, el gobierno militar no entendió nunca y a la que, finalmente, sucumbió— fue y es implacable: una a una, sin pausa, logró hacer caer todas las barreras y las defensas de una sociedad en la que aún sobrevivían los restos de su origen cristiano y algunos islotes del orden natural. Cayó, así, la familia empezando con el divorcio y culminado con la legalización de la contranatura, al tiempo que se debilitaron, hasta el punto de su ruptura, los vínculos parentales, sustrayendo a los hijos de la autoridad paterna e imponiendo “modelos de familia” contrarios al orden natural y a la ley de Dios. Tras esta ofensiva contra la institución familiar, halló su cauce la “cultura de la muerte” con el aborto, la eutanasia y la contranatura como políticas de Estado. Cayó la escuela convertida en el laboratorio de las más extravagantes experiencias “educativas” e instrumento eficaz de corrupción de nuestra niñez y juventud. Cayó lo poco que quedaba del orden cristiano y de la tradición hispanocatólica gracias a una ofensiva inédita contra las raíces fundacionales de la Patria. Un indigenismo absurdo y trasnochado logró imponer en la misma Constitución la noción de “multiculturalidad” y “multinacionalidad” a la vez que se derogaron los escasos vestigios que en el texto constitucional daban cierto respaldo jurídico a la unidad espiritual de la nación. Como consecuencia de todas estas caídas se produjo la más radical y profunda sustitución del ethos social: cada día se nos hace más difícil reconocer el rostro de la Argentina histórica cubierto por la máscara deforme de este esperpento en que nos hemos convertido. Si algo mide, con angustiante exactitud, el éxito de esta ofensiva cultural es que a lo largo de estos treinta años hemos visto como el gramscismo instrumentalizado por Alfonsin, que supo suscitar una fuerte oposición católica, culmina, ahora, en la corrupción de la juventud organizada y promovida por funcionarios que se proclaman católicos.

La cuarta línea de destrucción tuvo por blanco a la Justicia sometida al más impúdico manipuleo ideológico, puesta al servicio de la venganza para con los enemigos y de la obscena impunidad para los adictos; con ella el entero orden jurídico se derrumbó. Más aún: esa disolución del orden jurídico, unida al prevaricato de los jueces, empezando por la Corte Suprema, es la que ha posibilitado que más de un millar de hombres de las fuerzas armadas y de seguridad purguen en cárceles ignominiosas el haber defendido a la Nación de la agresión subversiva. La ideología “garantista” hizo el resto al desmontar la legislación represiva del delito y proteger y promover las formas más viles de la delincuencia.

La quinta línea apuntó a disolver el orden social merced al aliento sistemático, desde el poder, del caos y de la indisciplina y al azuzamiento de los conflictos hasta llegar a la actual situación de guerra social en pleno apogeo en estos días. Esta guerra, como la cultural en su momento, responde a usinas ideológicas manejadas desde afuera con la activa complicidad de los agentes nativos. De esta manera, el resultado no ha sido otro que la anomia.

La sexta y última línea de destrucción socavó los cimientos del orden económico pues todos los males que en ese terreno veníamos padeciendo se agravaron y multiplicaron al infinito con el sometimiento a la usura y al poder financiero, con sus secuelas de endeudamiento, miseria, subdesarrollo, marginalidad social y destrucción del aparato productivo. Los períodos de “bonanza” y de “crecimiento” no desmienten lo que decimos toda vez que la bonanza no pasó de ser un mero incremento del consumismo y el crecimiento no significó un desarrollo integral de la nación. Las sucesivas recetas económicas tuvieron siempre como resultado invariable la conculcación de los derechos de los ciudadanos honestos sometidos al despojo de los bienes, al latrocinio fiscal y la pauperización creciente.

En fin, largo sería enumerar todos los horrores y las ruinas que se han ido acumulando en estos treinta años de democracia. Sólo la estulticia o la complicidad pueden llevar a pensar que hay algo que festejar en la Argentina.

No, no hay nada que festejar y sí mucho para lamentar, deplorar y aún llorar. Porque esta democracia ha cubierto al país de miseria, de ignominia, de humillación, de dolor, de muerte, de luto y de llanto.

En estos treinta años se ha ofendido gravemente a la ley de Dios, a la realeza de Cristo, a la tradición de la Patria, al orden natural, a la razón, a la lógica y al buen sentido.

Es hora de hacer penitencia. No de festejar.

Mario Caponnetto
Santa María de los Buenos Aires, 10 de diciembre de 2013

martes, 10 de diciembre de 2013

Aviso

ALGUIEN TIENE QUE
DECIR LA VERDAD


   
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POR LA NACIÓN CONTRA EL CAOS
 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Nuevo Orden

PETRÓLEO Y SOBERANÍA
  
“El poder del capitalismo financero mundial tiene un objetivo trascendental, nada menos que crear un sistema de control financiero mundial en manos privadas capaz de dominar el sistema político de cada país y la economía como un todo, e influír sobre los políticos colaboracionistas mediante recompensas posteriores en el mundo de los negocios”.
Carroll Quigley, “Tragedy and Hope”
 
Decía el Dr. Adolfo Silenzi de Stagni, quien fuera profesor de las Cátedras de Derecho Agrario y Minero de las Universidades de Buenos Aires y La Plata, en “Claves para una Política Petrolera Nacional.  El Vaciamiento de YPF” (1982), que “…la defensa de la explotación del petróleo por el Estado es un punto esencial de nuestra soberanía económica”. Comenta “tres intentos ocurridos en ese último año relacionados con la destrucción de esta empresa estatal”, dos de ellos proyectos de privatización propiciados por Juan Alemann, Ministro de Economía del Proceso. El tercero se relaciona con la renegociación de los contratos petroleros, confiada al Dr. Federico Amadeo, durante la gestión de Martínez de Hoz, éste encargado de fraguar, la Deuda Externa (DE), “piedra angular de la tragedia económica de todos los argentinos”, según Julio González.
Más adelante señala algunas características de la industria petrolera, en primer lugar su alta lucratividad: “No existe otra materia prima que ofrezca mayor margen de ganancia. La diferencia entre el costo promedio de producción y el precio de venta en el mercado internacional es enorme. Y es indiscutible que la indsutria del petróleo obliga a realizar inversiones muy superiores a las de cualquier otra actividad, pero el capital para estas inversiones se obtiene del mismo negocio altamente lucrativo”.
La cadena de destrucción de Y.P.F. y de la economía nacional no se cortó ahí.  Jorge Scalabrini Ortiz transcribe un artículo (“Clarín”, 24 de marzo de 1983) en el que sostiene que “Los contratos de explotación petrolífera otorgados a partir de 1977, que sólo representaron el 17% de la producción total, no han sido eficaces, no aportaron suficientes capitales genuinos, y se han financiado con el crédito de los Bancos de la Nación Argentina y Nacional de Desarrollo […] Entre esas medidas tendientes a debilitar a Y.P.F., también debe señalarse la adjudicación a partir de 1977, de contratos de explotación con empresas privadas —algunas de ellas carentes de toda experiencia— en áreas previamente exploradas por la empresa nacional y en muchos casos, ya desarrolladas y explotadas por ella […] Todos los actos vinculados con esos contratos, que tienden contra los intereses de Y.P.F., serán revisados por el futuro Congreso de la Nación”.
Continúa el mismo autor: “Sin embargo, dicho compromiso de la U.C.R. previo a las elecciones fue luego totalmente dejado de lado por el radicalismo, ya que no sólo no se enviaron los contratos al Congreso, sino que el gobierno avaló las renegociaciones efectuadas por el Proceso, al mejorar los precios y algunas condiciones económico-financieras (Dec. 3870/84 - 5/85 y 145/85)”. En cuanto a las tarifas aplicadas a Y.P.F., “el radicalismo que había cuestionado la política que había llegado al extremo de cobrar por litro de nafta el 68% de impuesto, no titubeó en aplicar el 73%, rigiendo en la actualidad una estructura de precios donde los impuestos a las naftas súper y común alcanzan el 67,2 y el 65,6 % respectivamente valores aún extremadamente altos, dejando a Y.P.F. un monto por valor tanque que representa menos del valor de la mitad de una gaseosa”.
En otra parte del mismo trabajo manifiesta que la “supuesta crisis argentina no tiene otro propósito que, además de una redistribución negativa del ingreso, posibilitar la venta de grandes empresas públicas que han sido baluartes de soberanía nacional y puntales del crecimiento del país”.
La cadena se continuó con el inefable Carlos Saúl, quien puso la frutilla —con la inestimable ayuda de Mr. K— con el obsequio de todo nuestro patrimonio por medio de la Ley 23.696, siguiendo las instrucciones del infaltable Sir Henry Kissinger, en el simposio sobre Deuda Externa de Berna, de 1985. “Yo prefiero que las naciones deudoras paguen sus obligaciones externas con activos reales a los bancos acreedores, con la entrega del patrimonio de las empresas públicas”.
El buen Carlos fue condenado por contrabando de armas, lo que equivale, por lo que vimos y veremos, a condenar a Jack el Destripador por escupir en la vereda. En efecto, el Artículo 29 de la Constitución Nacional reza: “El Congreso no puede conceder al Ejecutivo Nacional… facultades extraordinarias, ni la suma del poder público, ni otorgarle sumisiones o supremacías por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobiernos o persona alguna.  Actos de esta naturaleza llevan consigo una nulidad insanable y sujetarán a los que los formulen, consientan o firmen a la responsabilidad y penas de los infames traidores a la Patria”. Y el Artículo 215 del Código Penal agrega: “será reprimido con reclusión o prisión perpetua el que cometiera el delito previsto por el artículo precedente, en los casos; 1) Si ejecutare un hecho dirigido a someter total o parcialmente la Nación al dominio extranjero o menoscabar su independencia o integridad”.
Párrafo aparte merecería el riesgo de vida para los argentinos, tras los acuerdos con Chevrón, y los daños ambientales que puede provocar la extracción de gas y petróleo de la roca madre con el procedimiento conocido como fracking, como el provocado en Ecuador.  Otros no se preocupan tanto: en la Cumbre de la tierra de 1992, ECO´92, de Río de Janeiro, convocada por las Naciones Unidas, Lawrence Summers, funcionario del Banco Mundial y posteriormente subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos con Bill Clinton, “propuso a la Cumbre, como económicamente lógico, que las industrias contaminantes emigren al Hemisferio Sur, porque, en primer lugar, allí pagarán menos impuestos por la contaminación que producen”. Y en segundo lugar (en serio, segundo) porque, en cuanto a las posibles víctimas de la polución ambiental, “los años de vida o la esperanza de vida de un inglés valen más que las de cientos de indios” (Padre Juan C. Sanahuja: “El Desarrollo Sustentable”).
A confesión de parte…
 
Luis Antonio Leyro
 

martes, 26 de noviembre de 2013

Eclesiales

EL PLURALISMO DE LA MENTALIDAD CLERICAL
  
  
La cri­sis de la Igle­sia, arrai­ga­da en su se­no, es una cues­tión ar­dua­men­te dis­cu­ti­da.  Es do­lo­ro­so asu­mir­lo, pe­ro en las cir­cuns­tan­cias vi­gen­tes, el ca­tó­li­co ca­bal es­tá lla­ma­do a prac­ti­car la más du­ra y pru­den­te de las re­sis­ten­cias con­tra los erro­res que pue­dan ema­nar de quie­nes de­bie­ran pro­te­ger­nos de ellos.
 
Se su­ma a la con­fu­sión el pe­rio­dis­mo, pues bien sa­be­mos y nos lo ha di­cho el Pa­dre Ez­cu­rra, que “el san­to pa­tro­no del pe­rio­dis­mo es el Dia­blo”. Así, no po­cos son los que ad­vier­ten la rau­da y ra­paz in­cum­ben­cia de los me­dios pe­rio­dís­ti­cos en las cues­tio­nes ecle­sia­les. Con las fu­nes­tas con­se­cuen­cias que de ello se si­guen.
 
Pon­ga­mos al­gu­nos ejem­plos.
 
Con fe­cha 26 de ma­yo del co­rrien­te año, el dia­rio “Cla­rín” pu­bli­ca: “El su­ce­sor de Ber­go­glio pi­dió no te­ner mie­do a la va­rie­dad de ideas” (cfr. http://www­.cla­rin­.com ­/po­li­ti­ca­/su­ce­sor-Ber­go­glio-te­ner-va­rie­dad-ideas_0_926307462. html).
 
Dicho su­ce­sor es Mon­se­ñor Po­li, co­mo se sa­be; y en la ci­ta­da ho­mi­lía ma­ni­fes­ta­ba que: “de­be­mos apos­tar a una co­mu­nión que no le ten­ga mie­do a la va­rie­dad de ideas…”
 
¿A qué va­rie­dad de ideas ha­ce alu­sión el pri­ma­do? ¿Es lo mis­mo la “idea” ca­tó­li­ca de la Tri­ni­dad que la “idea” bu­dis­ta del Nir­va­na? ¿Es lo mis­mo la “idea” de la con­cor­dia que la de la re­vo­lu­ción per­ma­nen­te? ¿No exis­te ya el le­gí­ti­mo te­mor an­te aque­llas ideas que pue­dan, pre­ci­sa­men­te, ha­cer­nos per­der el san­to te­mor de Dios?
 
El pe­rio­dis­mo ca­pi­ta­li­za la sie­ga, cla­ro. Pe­ro pri­me­ro hay otros que po­dan la ver­dad. Obis­pos y sa­cer­do­tes que no hon­ran la Pa­la­bra ga­nan te­rre­no den­tro y fue­ra de la Igle­sia. Lue­go, los ope­ra­do­res de la co­mu­ni­ca­ción se con­vier­ten en agen­tes pro­pa­ga­do­res de la con­fu­sión y osa­día cle­ri­cal.
 
En el mis­mo te­nor, pue­de con­sul­tar­se una cu­rio­sa en­tre­vis­ta a do­ble pá­gi­na al Pbro. Ra­fael Braun, di­fun­di­da por el “Gran Dia­rio Ar­gen­ti­no” (cfr. http://www­.cla­rin­. com­/zo­na­/ge­nui­na-po­li­ti­ca-in­clu­si­va-dis­tri­buir-di­ne­ro_092630750 4.html).
 
Es­te hom­bre que, alér­gi­co a la ves­ti­du­ra sa­cer­do­tal, os­ten­ta un si­nies­tro cu­rrí­cu­lum (dis­tin­gui­do con Lau­rel de Pla­ta por el Ro­tary Club y el pre­mio de­re­chos hu­ma­nos B´nai B´rit­h, en­tre otras lin­de­zas) ce­le­bra que la “Ar­gen­ti­na es un país plu­ra­lis­ta, y que el mi­to de la na­ción ca­tó­li­ca con­clu­yó ha­ce mu­cho tiem­po”. Aco­tan­do que “hoy en día el na­cio­na­lis­mo an­ti­li­be­ral es un ana­cro­nis­mo que no tie­ne fun­da­men­to; és­ta es una so­cie­dad plu­ra­lis­ta en su pro­pia con­for­ma­ción, que ha in­cor­po­ra­do el va­lor de las li­ber­ta­des ci­vi­les y po­lí­ti­cas co­mo irre­nun­cia­bles…”
 
¡Bien Don Braun o Dan Brawn! Ten­ga cui­da­do, eso sí; en el in­fier­no no hay mu­cha se­gu­ri­dad de que se res­pe­ten las li­ber­ta­des ci­vi­les de los fe­lo­nes. Y si­gue vi­gen­te la en­se­ñan­za  de Le­wis: “Cris­to, tam­bién, de­mues­tra amor por su pa­tria”. ¡Ay, de quien no lo tu­vie­re!
 
A es­tas al­tu­ras, no se pue­de de­cir más que es­to: el cle­ri­ca­lis­mo avan­za ha­cia la bu­ro­cra­cia es­pi­ri­tual y el triun­fo de la re­li­gión uni­ver­sal. El pe­rio­dis­mo aplau­de y el Dia­blo se re­go­ci­ja. Lue­go, los he­chos ha­blan y las pa­la­bras so­bran. Qui­zás de­ba­mos con­ce­der­le ra­zón a Fe­de­ri­co Mi­hu­ra Se­beer, cuan­do en su obra “El An­ti­cris­to”, di­ce opor­tu­na­men­te: “…es de te­mer que el An­ti­cris­to lle­gue a ser se­cun­da­do por la mis­ma «Igle­sia de Cris­to»… por­que la Igle­sia ofi­cial ha avan­za­do mu­cho en el ca­mi­no de la com­pli­ci­dad con es­ta nue­va fi­gu­ra de Cris­to, que es la que im­pul­sa el An­ti­cris­to” (pág. 133).
 
En fin, una vez más, po­de­mos con­for­tar­nos con un di­cho de Tol­kien: “No es oro to­do lo que re­lu­ce, ni to­da la gen­te erran­te an­da per­di­da”. Im­plo­re­mos al Pa­dre que nos con­ce­da la pron­ta con­ver­sión de cuan­to clé­ri­go ha­ya ab­di­ca­do de la Cau­sa Di­vi­na y, al mis­mo tiem­po, vi­vi­fi­que “la voz del de­sier­to” que, re­co­no­cien­do tiem­pos pos­tre­ros, no se can­sa de gri­tar que Cris­to vuel­ve y ven­ce.
 

Octavio Guzzi
 

viernes, 22 de noviembre de 2013

En el día de la Buena Música…

ROMANCE DEL
20 DE NOVIEMBRE
   
  

Letra y música de
Luis Fajardo
   

miércoles, 20 de noviembre de 2013

En la semana del 20-N


¿POR QUÉ PEDIMOS MISAS POR FRANCO?
 
 
Podemos emocionarnos, sí; e inclusive, treinta y ocho años después, hasta podríamos volver a derramar algunas lágrimas por su ausencia (aunque el llanto desgarrador, el de la honda tristeza —sentida más en el alma que en el cuerpo— quedó prendido, en noviembre del 75, al pie de la losa que cubre su cuerpo en el Valle de los Caídos).
 
Sin embargo, ese hombre —que a despecho de su escasa estatura, ¡fue, y es, tan alto!— ha logrado que cada 20-N lo recordemos con más alegría. Porque intuimos, esperamos, estamos seguros, casi diría que sabemos dónde está, nos alegramos por él… y le pedimos que siga intercediendo por nuestra amada Patria ante el Padre Eterno.
 
En  efecto, ¿en dónde podría estar Francisco Franco Bahamonde si no es en el Paraíso? Recordamos una anécdota, sucedida cuando el presidente norteamericano Reagan visitó España, suscitando las más encontradas reacciones. Entre las “pintadas” callejeras de aquellos días, alguien —palabra que no sabemos quién, ni con qué intenciones— dejó su mensaje en cualquier pared: “Reagan, vete al cielo con Franco”. Es que la calle, el hombre común, la tan mentada vox populi, no concibe otro destino que el celestial para nuestro Caudillo.
 
¡El cielo! Franco, el Caballero de Cristo, “el hijo predilecto y el más querido de la Iglesia entre los Jefes de Estado”, al decir de S.S. el Papa Pío XII, se lo fue ganando día a día, durante su vida, como día a día fue liberando a España durante la Cruzada. Recordemos (a modo de ejemplo) tres juicios sobre el gran Caudillo de España por la Gracia de Dios, para apoyar nuestras palabras.
 
El Cardenal Tedeschini, haciéndose eco en Roma de todo lo que el Generalísimo Franco y su Gobierno hacían en España para ayudar a la Santa Iglesia, dijo en el Colegio Español: “Alabada sea España, nación católica cuya situación material y espiritual conozco de ahora y de antes. Con pocas naciones como ella el mundo estaría a salvo. Ella nos enseña a gobernar en católico. Si Roma es una promesa, España y su católico gobierno son una realidad. ¡Alabada sea España!”
 
Otro Cardenal, Quiroga Palacios, allá por 1954 así le decía a Franco: “Como prelado de la santa Iglesia, yo os felicito, Excelencia, por haber sido elegido por Dios para reafirmar nuestra unidad católica y para asentar en España este sistema de relaciones entre la Iglesia y el Estado, en los cuales… se está tan lejos de una supeditación del Estado con relación a la Iglesia… como de una servidumbre o enfeudamiento de la Iglesia con relación al Estado, que éste no pretende en manera alguna y que aquélla rechazaría en todo caso hasta el martirio”.
 
Monseñor Marcelino Olaechea, Arzobispo de Valencia, escribió en su Carta Pastoral el 24 de junio de 1962: “No sería la Iglesia en España ni noble —aún siendo ajena del todo a enfeudarse en Regímenes y Gobiernos— si no elevara diaria y fervorosa oración a Dios por el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, S.E. don Francisco Franco Bahamonde, pues en él y en sus gobiernos ha encontrado y encuentra cordial cooperación para la mejor formación espiritual de los españoles. La Religión Católica enseñada en todas las escuelas y grados de la educación nacional, desde la elemental a la universitaria; la legislación sobre el matrimonio; los viejos seminarios remozados y los otros levantados de planta con decoro y sin lujo; la reconstrucción de las parroquias derruidas por la ceguera de la persecución y el levantamiento de tantas obras que urgía… la restauración de célebres monasterios… ¡Estas y otras son las benemerencias con la Iglesia en España, por parte del Régimen!”
 
¡El cielo! Nuestro Señor Jesucristo decía que Él confesaría ante Dios Padre a quien lo confesara a Él ante los hombres… ¿Cómo dudar de la Palabra de Dios, cómo dudar que Él ya habrá cumplido con su promesa, y habrá recompensado a ese siervo bueno y fiel?
 
En efecto, Francisco Franco Bahamonde confesaba a cada momento a Nuestro Señor ante los hombres. Ante las Cortes, en 1946, dijo: “El Estado perfecto para nosotros es el Estado Católico”. Siete años más tarde, en el mismo sitio, fue aún más explícito: “Nuestra fe católica, piedra básica de nuestra nacionalidad; identificad a la fe cristiana con el fin supremo del hombre elevado al orden sobrenatural… Si somos católicos, lo somos con todas sus obligaciones. Para las naciones católicas las cuestiones de fe pasan al primer plano de las obligaciones del Estado. La salvación o perdición de las almas, el renacimiento o la decadencia de la fe, la expansión o reducción de la fe verdadera, son problemas capitales ante los cuales no se puede ser indiferentes”.
 
Una década después, en 1963, así habló en Tarragona: “La obra mejor del Movimiento no es el bienestar y la riqueza que produce, ni los bienes materiales que bajo su acción se crean, sino precisamente el haber salvado a España del materialismo ateo y haber sabido unir lo espiritual con lo social… No puede haber bienestar social si no se edifica sobre los principios de la Ley de Dios, sobre los principios del Evangelio”.
 
Sí, el cielo… para estar de rodillas ante su adorada Madre, la Inmaculada Concepción, como lo estuvo en la tierra bajo su manto en el Pilar, al entregarle su espada de la victoria, y tantas veces más.
 
Entonces, alguien podría preguntarse: —“Si Franco ya está en el cielo, ¿para qué seguir celebrando Misas por su alma?, ¿quien ha llegado al cielo no está ya salvado?”
 
Seguiremos pidiendo Misas por él porque es nuestro deber, de agradecidos y leales soldados, y porque esperamos ser cada año más fieles y fervorosos. Si Franco está ya en el cielo, mejor: la oración nunca vuelve vacía de las manos de Dios, y la Sabiduría infinita del Padre sabrá a quién aplicarle los frutos del Sacrificio redentor.
 
Pero nosotros seguiremos allí, con la gracia de Dios. Año tras año, arrodillándonos ante el altar para pedir por nuestro Caudillo a perpetuidad. Ya sin llanto, sino con la sonrisa del que todo lo espera en Cristo. La misma sonrisa que tendrá nuestro querido Francisco Franco, nuestro amado Jefe, mientras sigue guiándonos desde allá, sobre los luceros, donde a despecho de su escasa estatura, se alza cada vez más y más alto, para pedir a Dios Todopoderoso que tenga piedad de nosotros y de nuestra España.

Rafael García de la Sierra
 

martes, 19 de noviembre de 2013

En la semana del 20-N


ANTE UN NUEVO ANIVERSARIO
  
  
Mañana, Dios mediante, hará veinte años de la muerte de Francisco Franco. El pueblo español, a esta distancia en el tiempo, puede y debe reflexionar y comparar entre la España de entonces y la España de hoy. Frente a la manipulación y al falseamiento de la verdad, que el nuevo Régimen impuso como norma y objetivo, nosotros, los que no hemos cometido perjurio, disimulado de habilidad politica; los que hemos sabido mantener nuestras lealtades; los que no hemos sucumbido ni a la tentación del abandono, ni a las seducciones del poder, recordamos públicamente y sin rubor la obra excepcional del Caudillo: el que en la guerra ganó la Victoria contra el comunismo y sus cómplices; el que en la paz logró la reconciliación auténtica entre los españoles que varonilmente se habían combatido; el que hizo de España una nación rica y próspera, unida y en orden, con paz y trabajo, que hoy, sedienta de agua y hambrienta de justicia, se encuentra en trance de ruina económica, de envilecimiento moral, de fragmentación política y de renuncia histórica.
 
La Providencia quiso que otro 20 de Noviembre cayera José Antonio. Las balas del rencor y de la envidia atravesaron su corazón, pero no pudieron terminar con su espíritu; y fue su espíritu joven, enamorado de la España que él llamó metafísica, el que, arrancando de la Tradición, afloró una doctrina para su época; una doctrina que movilizó a la juventud; una juventud que no vaciló, al servicio de la gran empresa restauradora de la Patria, ante el sacrificio heroico del sacramento de la muerte.
 
Creo que hoy urge más que nunca valorar y ensalzar a quienes como José Antonio y Franco son figuras ejemplares, no sólo en la perspectiva de un tiempo que pasó, sino en la perspectiva de futuro. No se trata de copiar y repetir, sino de identificarse con su pensamiento y su quehacer, para pensar y actuar como ellos lo hubieran hecho en el día de hoy. Si José Antonio elaboró una doctrina, fue Francisco Franco el que la puso en acción. Uno y otro nos son precisos, y no pueden ni deben ser enfrentados jamás, porque la doctrina sin acción es un sueño narcisista y evanescente, y la acción sin doctrina no hubiera sido otra cosa que epilepsia y barbarie.
 
¿Y cuál fue la doctrina que hizo posible, al ponerla en acción, que una España, pobre y triste, zaragatera áspera y tullida, se transformase, a pesar de la devastación de la guerra y del cerco internacional, en la España una, grande y libre, que conocimos y en la que vivimos?
 
Son cinco, a mi modo de ver, las líneas maestras del pensamiento de José Antonio, que revelan por un lado, una concepción original de la Política, en el más noble sentido de la palabra, y,  por otra, la apelación a cinco factores que por vez primera, fueron convocados para servirla con eficacia: el factor teológico, que contempla al hombre, no como un ciudadano que vota, o como un sujeto que produce y consume, sino como un ser trascendente, hijo de Dios, portador de valores eternos; el factor épico y lírico, que intuye que a los pueblos sólo los mueven los poetas; el factor histórico, que dada la configuración de España, la define como unidad de destino en lo universal; el factor económico, que estructura al país como un gigantesco Sindicato, en el que el trabajador, el técnico y el patrono no se enfrentan sino colaboran en la verticalidad de un objetivo: la seguridad en el empleo y la calidad del producto o del servicio; y el factor personal, que pretende devolver a los españoles el orgullo de serlo, y aspira a que se sientan mitad soldados y mitad monjes: soldados de la patria de la tierra y monjes para la patria del cielo.
 
Son estos cinco factores convergentes los que asumió Francisco Franco, y los que se dieron cita para la creación del Estado nacional, orientado al bien común; y porque el hombre, al que la Política se ordena, escapa al corsé del tiempo, la textura jurídica del Estado se inspiró en el Evangelio; y porque el hombre fomentó el bienestar económico y la calidad de vida, de tal manera que no hubo ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan; y porque el pueblo, para no diluirse en el anonimato o convertirse en colonia, debe reconocerse a sí mismo, la Política, que se ordena a una comunidad de hombre, fortaleció la conciencia nacional de España.
 
La desaparición del analfabetismo y la permeabilización cultural; la concentración parcelaria y las unidades mínimas de cultivo; la fabricación creciente de fertilizantes; la renovación ganadera; la revolución industrial (desde la siderúrgica a la construcción de automóviles y camiones); el fomento de la natalidad y la ayuda a las familias numerosas; el ordenamiento del trabajo y la seguridad social; el plan hidráulico, que dio origen, no sólo a la red de presas y pantanos, sino al trasvase Tajo-Segura; la repoblación forestal, que cubrió de arbolado los páramos y las montañas; y la edificación de tal número de viviendas que el 46% de las que hoy existen se construyeron entre 1939 y 1975, en la mayoría de los casos protegidas oficialmente, que podían adquirirse pagándolas en 50 años y por cien pesetas al mes.
 
Y comparemos esta política orientada al bien común con la política del Sistema nacido de la transición, en el que lo importante es la palabrería, el cotorreo y el insulto recíproco de las campañas electorales, el despilfarro, la corrupción y la hipocresía, que ignora o se desentiende de los graves problemas a los que, por su carácter prioritario, es preciso sacrificarlo todo. Se ha hecho de la democracia liberal un ídolo, olvidando que el liberalismo destruye la verdadera democracia y que el socialismo, que en el Sistema asciende al poder, lacera, gangrenándolo, el tejido social. De aquí, que mientras los políticos de ahora siguen su parloteo inútil, las empresas cierren o reduzcan su plantilla; el paro crezca y la bolsa de pobreza aumente; la flota pesquera amarrada durante siete meses se halle amenazada de desguace; los bosques queden reducidos a ceniza por el fuego; el número de trabajadores que mueren en las minas sea mayor cada año; la construcción naval se debilite, y estemos a punto de vender al más audaz o que ofrezca más altas comisiones, una Compañía aérea, como Iberia, que era rentable y cuyo prestigio era universal.
 
Con las inversiones fabulosas a nivel faraónico de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de la Exposición de Sevilla, del tren de alta velocidad, y los préstamos sin retorno al exterior, admisibles con una economía holgada y estable, se hubieran podido paliar los efectos de la falta de lluvias, que está desertizando a Andalucía, y que puede convertir en dunas las huertas magníficas de Murcia y Valencia. Y sin agua no hay vida, y sin vida la patria se convierte en cementerio.
 
Y a eso es a lo que consciente o inconscientemente nos lleva de un modo inexorable la política del cambio, a la que se une y abraza la política del mal menor, que va debilitando, a base de cesiones, concesiones y dejaciones, la capacidad de un pueblo, que, cuando permanece sano, tiene empuje y coraje para reaccionar. Lo que importa no es España, sino que haya partidos políticos que se enzarcen entre sí, que pacten con los terroristas, que absorban una parte gruesa del presupuesto del Estado para mantenerse, que no se opongan al corte de vides y olivos que nos impone la Unión Europea, que legalicen con el aborto el homicidio, que se comprometan a reconocer el matrimonio de los homosexuales, que permanezcan impasibles ante el drama del sida o de una juventud drogada, que enferma y se pervierte en el itinerario suicida de las famosas “rutas del bacalao”.
 
No creo haberme alejado de la realidad: una realidad profundamente dolorosa para los que tenemos conciencia de la misma, y  de lo mucho e importante que se halla en juego y a plazo breve. Porque un sistema político sin valores, en el que decide sobre cosas fundamentales el voto de los indecisos, que no tienen criterio; en el que los votos de una minoría parlamentaria condicionan al gobierno de un partido mayoritario, de tal modo que la minoría, y no la mayoría, es la que de verdad gobierna; en el que la Constitución declara abolida la pena de muerte y luego se aplica a través de instrumentos que se financian con fondos reservados; en el que la misma Constitución exalta la unidad de la Patria y después fomenta su fragmentación, hablando de nacionalidades y entregando el poder a los que oficialmente piden la independencia, no sólo no puede contener el proceso de liquidación de España, sino que lo fomenta sin escrúpulos, porque es muy poco lo que España les interesa.
 
Por eso es sumamente importante el recuerdo y la presencia espiritual de José Antonio y de Franco, acicates uno y otro para sobreponernos a la indiferencia egoísta: para convencernos que de nada sirve —salvo para caer en la desesperación— la protesta individual; para,  con sentido común, y con espíritu de sacrificio, no derrochar las energías restauradoras con la atomización de grupos —nobilísimos, ciertamente, en su intención— que permanecen aislados y dispersos, carentes de la fuerza necesaria para —haciendo confluir ideales e intereses, y hasta el instinto de supervivencia—, resultar operativos a finj de rehacer una Patria que se convierte en escombros.
 
Son muchos, por desgracia, los que dicen: No hay nada que hacer, hay que resignarse y entregarse a la transformación social y cultural que exige el despegue de una civilización basada en la fe religiosa, el amor a la Patria y el pilar de la Familia. Olvidan los que así lo entienden que la sociedad fruto de esa transformación sería —y donde se implantó lo ha sido— totalmente inhumana, con la tiranía en el poder y la esclavitud en el pueblo.
 
Nosotros, ni nos resignamos ni nos entregamos. Hay que continuar la siembra, a pesar de que el campo parezca el sueño de una pocilga o de un muladar, porque la basura, al pudrirse, abona la sementera. Lo que hace falta es que no ingresen los sembradores, voluntariamente y desesperanzados, en la estadística del desempleo. La desesperanza se evita y suprime con el amor. Mientras haya un puñado de hombres y mujeres, de jóvenes y menos jóvenes, que amen a Dios y a la Patria habrá apóstoles que evangelicen y soldados que combatan, hasta el martirio unos y hasta el heroísmo otros. No hay mejor antídoto contra la deserción o la complicidad que el testimonio de la sangre. Sólo mueren las ideas por las cuales no hay quien esté dispuesto a morir. Las naciones no desaparecen por pequeñas o débiles sino por viles.
 
Franco y José Antonio nos ofrecen hoy —época de oscuridad y nubarrones— el testimonio viril de sus vidas. Nuestra obligación no es otra que dejarnos iluminar por ellos; no regresar al pasado, pero sí acceder al agua viva de los grandes principios dinamizantes que hicieron posible España. Nos sentimos orgullosos de ser, como alguien nos ha llamado despectivamente en letras de molde, “los hijos del 20-N”, porque lo somos; y con la herencia, la responsabilidad y el honor que ello supone seguiremos cantando a la intemperie, sin ningún complejo de inferioridad y sin un solo gramo de cobardía:
 
“Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar, el caminar del sol”.
 
Blas Piñar
(Discurso pronunciado el 19 de noviembre de 1995, desde la tribuna de oradores en el acto conmemorativo de la muerte de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera)