martes, 12 de junio de 2018

Aportes


BERMÚDEZ

Todos sabemos que hoy los medios facilitan que se hable de todo, de lo que se sabe y más aún de lo que se ignora. De ahí que las ocasiones en que se vulnera la justicia, a través de los medios, no son pocas.
La situación se agrava cuando se dice algo de alguien, no en privado, sino a través de un medio masivo de comunicación.
En “Cara a cara”, programa conducido por un tal Bermúdez, este nos ha calificado a los integrantes de “El compromiso del Laico” como herejes, no católicos, al tiempo que con las manos daba a entender mediante un gesto vulgar, que se trataba de personas que habían perdido la razón.
Por gentil invitación de mi buen amigo Hugo Verdera, desde hace unos meses me incorporé a “El compromiso del Laico”, por tanto aunque no mencionado, me siento igualmente agraviado.
Sospecho que no, pero tal vez usted haya oído hablar de Santo Tomás. El santo doctor dice: “lo que hace que la afrenta o el insulto sean faltas graves, es precisamente lo que las constituye como tales: ser palabras pronunciadas con la intención de privar a alguien de su honor”.
Por otra parte, es Gilson quien abunda sobre los mismos textos: no se debe despojar nunca a un hombre de su honor. Hacerlo por una torpe elección de las palabras puede ser pecado mortal.
Como usted no fundamentó sus expresiones, la afrenta quedó en el aire sin otro justificativo que la sinrazón.
No es difícil deducir de sus titubeos e incoherencias, que usted no solo no vio los programas, sino que ni siquiera tuvo interés en saber quiénes eran aquellos a los intentaba denigrar. Curiosamente suelen ser los sicarios los que optan por ignorar como es la vida de sus víctimas.
Si esto fuese así, como probablemente lo sea, como no entrever, que la supuesta pregunta de un oyente, nunca existió. Entonces no es difícil conjeturar que se trata de una operación de prensa, de esas que se hacen por pedido de alguno que no quiere o no puede aparecer públicamente, un intento de sacar del medio a uno que molesta, de dañar el honor de otro, sin razón, sin vergüenza y hasta sin náusea.
Prestarse a una actuación cercana a lo deleznable, no habla demasiado bien de Bermúdez. No sólo eso, nos ha mezclado con gente de otros países, a quienes no conocemos, configurando, como suelen hacer los difamadores, un entrevero caótico y confuso.
Así, como de la nada, arranca mencionando a nuestro amigo Antonio Caponnetto como si se tratase de un invitado permanente en el programa.
Sepa usted  que otra vez se equivoca. En lo que va de 2018 nunca estuvo y creo que en ciclos anteriores ‒en los que yo no participaba– apenas intervino en una o dos oportunidades.
Por otra parte, la absoluta fidelidad a la Iglesia de Cristo y la recta inteligencia de Antonio, están mucho más allá de cualquier Bermúdez, de los muchos que andan sueltos por el mundo de la obsecuencia.
¿Qué advertimos y señalamos equívocos y confusión en el pontificado de Bergoglio? Por cierto que sí. Es nuestra obligación de católicos, fieles seguidores de la enseñanza de s. Juan Pablo II: No aceptar que la catequesis se empobrezca por abdicación o reducción de su mensaje, por adaptaciones, aún de lenguaje, que comprometan el “conserva lo que se te ha confiado”.
Y así aparece en la portada del programa, si lo hubiese visto lo sabría. Recordamos aquello de San Pablo “que la cruz de Cristo no pierda su eficacia”.
O usted ya se olvidó que el Papa por ejemplo no respondió la dubbia, que fue este Papa el que rindió homenaje nada menos que al hereje Lutero, que recibió once veces a Scalfari director del periódico marxista Repubblica, para que fuese el tano y ateo el vocero oficioso que anunciara la no existencia del infierno y la no inmortalidad del alma; fue Scalfari el encargado de escribir “que cada uno de nosotros tiene su propia idea del bien y del mal, y debe elegir bien y combatir el mal como el lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo”.
Un Papa que envía a Sánchez Sorondo a China, para que a la vuelta declare alegremente que ese es el lugar del mundo donde mejor y más acabadamente se aplica la doctrina social de Iglesia.
Que mantiene en su cargo al monseñor V. Paglia después de los famosos murales y que acaba de invitar a un encantador diálogo a la masonería italiana.
Un Papa que opina que el proselitismo –o sea la evangelización‒ es una solemne tontería. Que ha recibido, elogiado a cuanto ex terrorista anduvo por el Vaticano, tal el caso entre tantos, de E. de Carlotto, y de Bonafini una señora que se enorgullece de su ateísmo y de atacar a la Iglesia de Cristo y de reivindicar al terrorismo revolucionario y que por si faltara algún detalle, defecó en la catedral de Buenos Aires.
Que apoya al régimen de hambre, miseria y esclavitud de Maduro, de Ortega, de Fidel, del que dijo que su muerte era una gran pérdida para el mundo.
Que se complace enviando cartas y rosarios a una atea combativa y estafadora de los pobres como M. Sala. Que recibe a lo peor del marxismo y peronismo criollos, los más sórdidos, los más ladrones, los más ricos, y lo hace con una frase memorable: “aquí están los troscos de Dios” etc., etc., en fin, la lista es asombrosamente interminable.
Así las cosas, ¿usted continúa opinando que los herejes, los no católicos, somos nosotros?
Claro que Francisco se cuida bien de recordar con parecido fervor ‒ni de ninguna otra manera‒ a las muchas víctimas del terrorismo marxista. Siguiendo ese modo de obrar y esos llamativos silencios, nunca mencionó por ejemplo a nuestro amigo el profesor Jordán Genta, ni al profesor Carlos Sacheri, arquetipos católicos, maestros eminentes, caídos ambos, que afrontaron la muerte, en defensa de Cristo y de la Patria.
Un Papa que además tiene muy extraños voceros, como la falsaria E. Piqué que nos hartó con su campaña contra Benedicto XVI, el maoísta Grabois, y a los socialistas Vera y Solanas junto a la ex montonera Alicia Barrios, etc.
Ayer nomás puso el broche de oro a la ignominia, firmando el decreto de beatificación del obispo terrorista Angeleli, uno de los curas de la liberación, que llevaron a matar y morir a incontables jóvenes, en nombre de la revolución social y el materialismo marxista.
Yo sé bien que es humano equivocarse y es de bien nacidos y de señores disculparse, por eso no espero su retractación, aunque acaso pueda explicarnos en que nos alejamos de la doctrina católica, en qué consistiría nuestra herejía para enmendarnos y retractarnos.
Es evidente que el discurso de Francisco, tiene por eje la opción por los pobres, opción anclada en la teología de la liberación y sus variantes, claro que se refiere menos a los pobres del Evangelio, que somos todos, que a los pobres materialmente hablando.
Hace poco sostuvo que lo tildaban de comunista porque su prédica iba referida a los pobres. Sería de interés que usted o alguien de su cercanía, le comentara al Papa que el comunismo jamás se ocupó de los pobres, a no ser que, por ocuparse debamos entender esclavizarlos, degradarlos o eliminarlos.
Naturalmente que esa pobreza debe ocuparnos a todos los católicos, pero con ser grave, no es todo en la vida de los hombres y Dostoievski lo sabía: “Pasarán los siglos –decía el gran ruso‒ y la Humanidad proclamará por boca de sus sabios, que no existe la verdad, ni el crimen, ni el pecado, que la única cuestión es la de los pobres”.
Aunque visto desde otro ángulo, estos “favores”, estos perjurios, desde hace más de dos mil años suelen ser recompensados, sobre todo entre católicos prolijos y serviciales como usted y la gente que usted representa, de tal suerte que, cumplida la noble tarea sólo le resta esperar.
Miguel De Lorenzo

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