viernes, 4 de mayo de 2018

Desde el Real de la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo


ALTORRELIEVE PARA JOSÉ ANTONIO,
CÉSAR ROMANO

El cuarto mes del Año de Gracia 2018, no puede ser dejado en el “río de las sombras”, al decir de Séneca, sin esculpir en pórfido que Roma ha cumplido, el 21 de abril, dos mil setecientos setenta años de su nacimiento junto al Tíber. Debemos por la tanto, recordar el mandato de la URBE, con el homenaje para Rómulo y Remo, sus fundadores a los que la leyenda señala que sobrevivieron al intento de asesinarlos, porque una Loba los amamantó durante su crecimiento.

Se cumplía así el designio de Dios, que además les concedió a su progenie la voluntad de Imperio. Esa pequeña población de Lacio, al decir de Hilaire Belloc, preparó, con sus gladios, la cuna de Cristo, nisión grandiosa ya sentida por Virgilio en “La Eneida”, donde glorifica la imagen de alguien grandioso que para muchos estudiosos latinos es la premonición de Cristo que tuvo el genial romano.

Roma sólo puede mover sentimientos de admiración para nosotros los que por herencia somos del Lacio y corre por nuestras arterias y venas sangre latina. Ésta nos trae a la memoria a Duverger, que nos dejó escrito: “la cultura antigua nos ha llegado a través del filtro del «Imperium Romanum». Todas nuestras construcciones políticas remiten a la experiencia romana”. Mientras, Ortega y Gasset hace imperecedero el recuerdo señalando para los siglos: “Cuando los pueblos que rodean a Roma son incorporados, más que por sus legiones, se sienten injertados al árbol latino por una ilusión. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde todos podían colaborar, la Urbe era el proyecto de organización universal; era la tradición política jurídica superior; una admirable administración un tesoro de ideas recibidas de Grecia que prestaban un brillo superior a la vida…”

García Pelayo, (citado por el historiador Dr. Hubeñak en su magnífico trabajo “el Mito de Roma”) estampa algo que nos retrotrae al pasado siglo XX, tiempos de esperanza en que fue escrito el notable y emocionante párrafo. Leamos al gran filósofo y pensador hispano que nos honró al ser nuestro contemporáneo: “La lucha por Roma y el nombre romano se extendió desde las estepas rusas a las costas atlánticas, cifró durante un período el antagonismo de Oriente y Occidente, movilizó los ejércitos para la «MARCHA POR ROMA» (subrayado nuestro) agudizó la habilidad retórica de los poetas y la capacidad de argumentación de los juristas, de modo que, las armas, las letras y las leyes, conjuran sus esfuerzos para esta lucha por Roma y por lo romano”. Eran los tiempos de último Dux, asesinado el 28 de abril de 1945 por la hez bolchevique. Crimen hoy todavía impune, por el que nunca la “justicia democrática” llamó a responsabilidad a sus autores perfectamente identificados.

El Dux al que nos referimos, y que también podemos llamar el segundo Rienzo romano dijo a su pueblo: “Nosotros no hacemos una Italia nueva, sólo buscamos poner la Italia romana en marcha”. No pudo ser. Lo impidió la traición de un Savoia, “rey” pequeño de cuerpo y de alma, junto a Badoglios, y Cianos; Brutus e Iscariotes de la oligarquía disfrazada de marinos y soldados, pero en verdad devenida en coprocracia. De ella no podía salir otra cosa que la “Volta Face”, es decir, la traición del 25de julio de 1943. Episodio que avergonzará por siempre a la auténtica Italia.

Sin embargo hoy, como ayer, la feroz batalla continúa. No ha finalizado pese los cien millones de asesinados por el judeo bolchevismo. ¿Por qué? Pues porque Dios da vida a las esencias de Roma. Ella permanece. Vive y lucha, contra el nihilismo modernista liberal con el marxismo gramsciano, en constante agresión de su boa constrictora. Todo lo expresado es, para quien esto escribe, el Arco Triunfal mediante el cual recibimos a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, advenido a nuestro mundo en Madrid, el 24 de abril de 1903. En ese día, la Iglesia Católica conmemora la festividad de San Fidel, “abogado y mártir”. Esas dos características del caminar del Santo en la tierra, preanuncian la vida de José Antonio, quien, como veremos, está enraizado en nuestros lares. “Eran a las diecinueve y cuarenta y cinco de la tarde” cuando el niño llenó de alegría aquella casa castellana de la Calle de Génova. “«En buena hora nacido» como diría el Cantar de Gesta de Rodrigo Díaz de Vivar” (Ximénez de Sandoval escribió en su genial “Biografía Apasionada”).

Por su familia de limpio linaje, es además un español de casta, vinculado a Hispanoamérica. Y lo es por dos vertientes. La de su padre Don Miguel y su madre, doña Inés Sáenz de Heredia. El bisabuelo de José Antonio lo fue el Virrey de Sobremonte. Una hija de este alto funcionario (injustamente atacado por una historia con “inexactitudes a designio”) nacida en el Virreinato del Río de la Plata era descendiente de Irala por su madre, y había contraído enlace en Córdoba (1804) con don Miguel Primo de Rivera, Teniente Coronel de los Reales Ejércitos, en los Reinos de Indias. La sangre cubana tampoco le era ajena. Ésta llegaba desde un abuelo materno, natural de Logroño y magistrado de la Audiencia de La Habana donde contrajo matrimonio con la cubana Ángela Suárez de Agudín.

Los estudios primarios y secundarios los realizó José Antonio en medio del dolor de España. La Hispania gloriosa había sido arrojada de Cuba y Filipinas por el cuervo yanqui, con una guerra (1898) provocada por el sujeto del Big Stick mister Theddy Roosevelt en conspiración con la prensa norteamericana que, como todos sabemos, respondía y responde a los poderes invisibles e increíbles. José Antonio, ya universitario, fue un observador atento, no sólo de la primera guerra mundial, sino además de triunfo de la conspiración  bolchevique, que hundió al Imperio de la Santa Rusia en el infierno de la utopía marxista leninista, en la que sufriría espantosamente durante siete largas décadas. La infección diabólica llevada al este eslavo por Vladimir Ilich Blank (Lenín) pretendió extenderse de inmediato por Europa. Dios no lo quiso. Por ello, apareció en el continente, y tomaría a cuerpo un movimiento que, nacido en Italia, fue ejemplo en el mundo. Nos estamos refiriendo al Fascismo, el que el 28 de octubre de 1922, sus squadre ocuparon los edificios públicos en la ciudades de Italia. Las columnas de Camisas Negras, cantando “Giovinezza” entraron en Roma. Mussolini era encargado de formar Gobierno. Las zurdas fueron derrotadas y desaparecieron del escenario político en los dos años siguientes.

Se puso fin así al juego irracional de la democracia que las izquierdas y las plutocráticas pensaban seguir hasta que los pueblos cayeran en un caos, previo al esclavismo del barbado judío que respondía al nombre de Karl Marx. Pronto, en toda Europa, surgieron imitadores del sistema italiano. En 1931 surgía en Inglaterra, Oswald Mosley con su Partido Unión de los Fascistas Británicos, mientras en Francia, Bélgica, Noruega, Hungría, Rumania, Irlanda, Austria y Alemania surgían movimientos de la misma inspiración. El Doctor Luis Eugenio Togores, ilustre Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, escribe respecto a este momento histórico, que tanto influirá en el jurista José Antonio Primo de Rivera, ya diplomado en Derecho durante1923-1924. Dice el citado señor profesor, en el notable estudio sobre la Falange (Editorial La Esfera de los Libros) que escribiera con el periodista Gustavo Morales: “No es de extrañar que, en este ambiente un joven José Antonio Primo de Rivera quien había acompañado a su padre (entonces Jefe del Gobierno español entre 1923 y 1930, decimos nosotros) a una visita a Italia quedase subyugado por la estética, el estilo, y la grandiosidad que en todas sus manifestaciones desprendía el Fascismo. Junto a él, toda una generación de jóvenes españoles, muchos de ellos intelectuales de primera fila, seguidores de las vanguardias culturales, se adscribieron a los nuevos movimientos de tipo fascista, llamados a crear una sociedad nueva, fuerte, marcial, lacónica, y más justa”.

¡Había llegado la hora del Fascismo! En mi Patria Oriental se comenzó a hablar de un cambio de rumbo. Incluso se hizo casi presente una “Marcha sobre Montevideo” para que la ciudad despierte de su molicie y comprenda la oligarquía que en su seno comercia ¡el infame comercio! con “las cosas y con los intereses sagrados de los Orientales, que corren riesgo las achuras y los placeres de Capua” (“El Debate” diario herrerista del 7 de febrero de 1933). En julio de 1937, el Caudillo oribista Dr. Luis Alberto de Herrera de visita en Italia expresaba públicamente: “En ninguna parte de Europa he presenciado más convincente espectáculo. Los ideales antes rotos y dispersos, cual los mármoles del Forum mutilado, se han reconstituido, se han refundido y rebrotan el bronce de una epopeya civil, consumada y deslumbradora. Porque no es un partido, ni una fracción contra otra fracción, es la comunidad en marcha abriendo su propia ruta. En el centro de este formidable movimiento anímico, cívico, patriótico, y social, cual propulsor de la obra inmensa, la figura extraordinaria de Benito Mussolini que llena la época contemporánea”.

Pero volvamos a la España republicana y decadente ubicándonos a principios de la década tercera. Allá vamos. Luego de 1930, con la despedida de su padre del gobierno por el rey Alfonso XIII, José Antonio, entró en política para defender a su padre, a sus colaboradores, y a la obra restauradora del septenio. El citado reyezuelo, menos de un año después del cese del General Miguel Primo de Rivera, huía de España ante el resultado adverso de unas elecciones municipales. Un espectáculo que nunca había presenciado la España, martillo de herejes y piedra angular del Occidente romano. Fue proclamada entonces (el 14 de abril de 1931) la nefasta república la que, en pocos años, se transformaría, por la vía democrática, en instrumento de los rojos para edificar “el paradisíaco” socialismo stalinista. Ello llevó al Ejército español a proclamar el Alzamiento, que se conoció como la Cruzada, del 18 de julio de 1936. Allí estaría el César José Antonio con su Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, fundada el 29 de Octubre de 1933 con miles de camaradas luciendo las camisas azules y cantando su himno “Cara al Sol”, amén de llevar al frente la bandera con tres listones verticales. Ellos estaban y están dispuestos así: un listón negro como la pólvora que en la parte central lucía y luce , bordado en rojo, el yugo y las cinco flechas, emblema de los Reyes Católicos, a cada lado, sendos listones rojos (de igual grosor que el negro) color de la sangre que darían para la recuperación del Solar de la Raza.

Eran un ejemplo para la Hispanidad. Estaban ya en lucha, brazo en alto y palma al cielo contra el marxismo y los partidos políticos, la irracional democracia inorgánica y dispuesta a desmontar el capitalismo liberal que, como el César dijera, era “campo fértil para el comunismo”. El día citado de la Fundación de la Falange, José Antonio pronunció un discurso que está entre las grandes piezas oratorias de la humanidad. De esa alocución extraemos un párrafo que es síntesis de su doctrina. Así se expresó el César:

“Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio nacemos todos en una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia, el Municipio y la Corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas? Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre…”

Pocas semanas antes de su martirio, acaecido el 20 de noviembre de 1936, José Antonio, desde la cárcel donde estaba esperando los “juicios” amañados por los bolcheviques, escribía a los Falangistas combatientes: “Camaradas de la primera línea de Madrid. Desde esta cárcel donde se cree encerrado el espíritu de la Falange teniéndome preso, os envío con el pensamiento en nuestra España y el brazo en alto mi mejor saludo nacional-sindicalista. Si algo tiene de agobiante la prisión, por otra parte leve sacrificio al lado del que tantos compañeros sufrieron y sufren, es el alejarme físicamente de nuestros peligros, de nuestros afanes. Pero estoy lejos en cuanto la distancia material; fuera de ella, no sólo el ardor del espíritu, sino en una actividad silenciosa que no descansa, estoy más cerca de vosotros que nunca”.

Luis Alfredo Andregnette Capurro

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