lunes, 21 de abril de 2008

Cultura de la vida


RAZONES CONTRA
LA EUTANASIA

En el debate sobre la eutanasia —que quiere instalarse de prepo desde este gobierno defensor a ultranza de la cultura de la muerte— se enfrentan dos posturas antitéticas. Desde una concepción inmanentista se sostiene que el hombre posee una capacidad de autodeterminación absoluta, fuera de toda dependencia, y que, por ende, tiene el derecho a poner fin a su vida cuando ésta sufre un grave deterioro. En el polo opuesto, desde un enfoque trascendentalista, que no es otro que el católico, se entiende que la vida es un don recibido que debe ser administrado conforme al plan del Creador, y que por lo tanto no podemos disponer libremente de ella.

Los partidarios de la eutanasia sostienen que, dados cuatro requisitos, se puede justificar su legalización. Éstos son: el consentimiento del paciente, la incurabilidad del enfermo, el dolor insufrible, y el móvil compasivo (suprimir ese dolor).

En primer lugar, el consentimiento carece de eficacia para transformar en lícita la transgresión, pues el derecho a la vida es un derecho personalísimo y por ende indelegable, inderogable e irrenunciable. Lo mismo pasa con la esclavitud; el Estado no puede permitir que alguien renuncie a su libertad y se venda como esclavo. Además, el consentimiento de un paciente en una situación así, afectado psicológicamente, no puede reputarse como válido, sino viciado en su voluntad. Muchas veces el enfermo puede ser inducido a pedir la eutanasia por el ambiente que lo rodea y que lo hace sentirse como una carga inútil para su familia.

Con respecto a la incurabilidad, hay que preguntarse qué certeza tenemos de ella y quién está en condiciones de declararla. Al margen de que pueda producirse un diagnóstico equivocado, hay muchas enfermedades que son incurables con un tratamiento, pero que no lo son con otro, y sobre todo existen muchas enfermedades que hasta ayer no tenían cura, como ser la sífilis, la rabia, la tuberculosis o la diabetes, pero que hoy la tienen.

El otro elemento para justificar la eutanasia se relaciona siempre con los sufrimientos insoportables. Pues bien, gracias a los avances de la ciencia médica, hoy se los puede mitigar y hasta suprimir con las terapias antidolorosas. Por otro lado, aunque es necesario luchar contra la enfermedad y el dolor, sin embargo ellos son inevitables y tienen un sentido. Como lo afirmó el psiquiatra Victor Frankl, “el hombre no se destruye por sufrir; el hombre se destruye por sufrir sin ningún sentido”.

Nadie puede sostener que la ausencia del dolor sea una condición para que una vida valga la pena ser vivida. La realidad del sufrimiento es algo que tarde o temprano todos experimentamos y que nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad. Lo que debemos hacer es enfrentarlo con valentía y descubrir su finalidad.

Con respecto al móvil compasivo de quien practica la eutanasia, éste resulta difícil de comprobar y verificar, pues puede encubrir motivos no altruistas, como ser el deseo de obtener una herencia, el de deshacerse de una carga molesta, evitar incurrir en mayores erogaciones, etc.; y en el caso del médico, puede haber también un deseo de desentenderse de la responsabilidad profesional, tener camas libres, realizar experimentos, reducir los gastos sanitarios optimizando la relación costo-beneficio, etc.

Una ley de eutanasia podría generar desconfianza hacia los profesionales de la salud al entenderse que su aplicación no sería indiferente para la economía de una institución sanitaria. Se destruiría así la relación médico-paciente, dando lugar a situaciones de desconfianza generalizada, sobre todo para cierta clase de personas que podrían pensar: “Si me llegaran a diagnosticar una enfermedad incurable, ¿no querrán ahorrarse un tratamiento muy costoso?” El noble oficio de los médicos es salvar las vidas o calmar los sufrimientos, cuando más que ello no se puede hacer; pero jamás consistirá en poner término a la existencia.

Por otro lado, no tenemos que confundir a la eutanasia con la obstinación o el encarnizamiento médico. Este último ocurre cuando a un paciente con una enfermedad mortal irreversible se le siguen ocasionando sufrimientos inútiles mediante tratamientos excepcionales, desproporcionados e ineficaces.

Cuando se dan todos estos supuestos, la moral cristiana admite que se renuncie a dicho tratamiento, sin que por ello estemos ante un caso de eutanasia. En definitiva, así como el derecho a una vida digna se opone a su inútil prolongación artificial, el derecho a morir dignamente también se opone a adelantar la muerte con el pretexto de suprimir el dolor.
Edgardo Moreno

5 comentarios:

Gringewald Mudora dijo...

aunque casi nunca comparta alguna opinión de este blog, la verdad los planteos sobre la eutanasia son, como minimo, interesantes. Me gustaría saber si me pueden recomendar algún libro o tesis que refiera a esta postura, ya que no son precisamente simples de conseguir.
Gracias, Gringewald

Anónimo dijo...

Usted comete un grave y craso error si verdaderamente cree que los hombres no disponemos de nuestra vida sino que ella solo pertenece al Creador.Transpola un fenomeno individual y subjetivo como la Fe (Dios no existe en la realidad, no esta, no puede ni podra probarse jamas su existencia como un hecho objetivo, ajeno al individuo y a su interpretacion de la(su)vida. Dios solo existe para quien quiere creer en el, para aquel que voluntariamente comete un acto de Fe) en un hecho concreto y objetivo para todos los hombres. Prohibir en nombre de Dios la eutanasia (y cualquier otra cosa) es creer que Dios existe para todo el mundo, algo evidentemente falso. Si usted, por ejemplo, desea sufrir 20 años postrado en una cama o espantosos dolores por años por no atreverse a vivir libremente su vida, pues bien, hagalo, pero no obligue hacerlo a todos los demas, mi amigo. Esta libertad de decidir, vital y necesaria para una vida verdaderamente plena, es lo que la legalizacion permitiria. Nada mas que eso, ¿le parece mucho?

CabildoAbierto dijo...

Estimado amigo anónimo:
Nosotros disponemos de nuestra vida, toda vez que gozamos de libre albedrío. Claro que la cuestión es definir si esta libertad de la cual gozamos nos permite incurrir en el mal. Y Santo Tomás nos enseña que no, ya que la libertad es la facultad de movernos en el bien.
Respetuosamente lo animamos a leer, dentro de la obra tomista, la primera parte de la Suma contra los Gentiles, donde demuestra en la práctica como SÍ se puede probar la existencia de Dios. El resto de su posteo se contesta con esas vías del conocimiento divino.
Muchas gracias por leernos, a pesar de la disparidad de criterios.

CabildoAbierto dijo...

Gringewald Mudora, perdón por la demora en contestar su pregunta.
Le podemos sugerir -sobre todo- dos lecturas: a) del Padre Basso, "Nacer y morir con dignidad";
y b) de Jorge Scala, "La multinacional de la muerte".
Muchas gracias por su interés.

Gringewald Mudora dijo...

gracias!