viernes, 10 de agosto de 2012

Como se pide

  
NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ,
ruega por nosotros.

jueves, 9 de agosto de 2012

Definiciones

LA INMUNDICIA GOBERNANTE
NADA TIENE QUE VER
CON EL NACIONALISMO
   
   
A cuarenta años de haber sido pronunciadas,
las siguientes palabras de Jordán Bruno Genta
cobran más vigencia que nunca:
   
“El nacionalismo argentino, en sus versiones más difundidas, como el nacionalismo de izquierda y el justicialismo, padece una grave distorsión ideológica originada en la dialéctica populista-clasista y socialista que informa su doctrina política.  Este carácter ideológico lo compromete con la subversión marxista-leninista que avanza arrolladora en América Latina […]
  
La guerra subversiva se reviste de un fingido nacionalismo y su divisa ostensible es la liberación nacional […], pero tan solo una inexcusable ingenuidad o una complicidad solapada, pueden desconocer que en todas partes es una expresión del poder comunista mundial […]
  
El populismo, el clasismo y el socialismo son incompatibles con el orden de los principios de un nacionalismo constructivo y restaurador, jerárquico e integrador, cristiano y argentino en su contenido objetivo y en su estilo”.
   
Jordán Bruno Genta
“El Nacionalismo Argentino”,
Buenos Aires, Editorial Cultura Argentina, 1972, Introducción
   

lunes, 6 de agosto de 2012

De pluma ajena

SAN MAXIMILIANO KOLBE
  
En un antiguo número de “Catapulta” —la briosa y siempre bien informada publicación digital que dirige el Dr. Augusto Padilla— se publicó una nota titulada “El libro de cabecera de San Maximiliano Kolbe”, tomada a su vez del nº 125 de la revista italiana “Chiesa Viva”.
Hemos creído oportuno ofrecer a nuestros lectores una traducción de dicha nota.  Porque el caso de San Maximiliano es una prueba de varias cosas que no deben dejar de ser dichas.  La primera, bien que triste, del poder de la judería, como diría Israel Shamir.  Ya que si hubo una canonización impulsada por Israel y por los partidarios de la herejía judeo-católica fue ésta.  Era el santo que necesitaban para terminar de demonizar el “holocausto” y anatematizar al Tercer Reich, no por lo que tuviera de reprobable, sino en la línea de la propaganda aliadófila.
Pero Dios no se deja burlar; y escribe derecho con renglones torcidos, según popular sentencia.  Y a poco de elevado a los altares —estudiando y revisando su vida y su obra— se supo que San Maximiliano había dedicado gran parte de su esfuerzo apostólico a combatir la conjura masónica y judaica que no deja de abatirse contra la Cristiandad.  Era, pues, un santo católico, y no la ficción hagiográfica que la propaganda modernista quería imponer.
Agradecemos al Cielo la existencia de este varón justo; al Papa Juan Pablo II su canonización, al Yuyo Padilla la noticia que transcribimos, y a Mario Caponnetto la traducción castellana de la misma.
  
En 1917, Maximiliano Kolbe funda la “Milicia de la Inmaculada”. Naturalmente, su lucha no fue la de abatir las almas del enemigo sino la de llamarlo y convertirlo en pro de su eterna salvación. Por eso, el Padre Kolbe se dirigía a sus enemigos.
  
En un artículo suyo titulado “¡Pobrecillos!”, escribía: “El hombre ha sido redimido. Cristo ha fundado su Iglesia sobre la roca. Una parte del pueblo hebreo reconoció en Él al Mesías; los otros, sobre todo los fariseos soberbios, no quisieron reconocerlo, persiguieron a sus seguidores y dieron curso a un gran número de leyes que obligaban a los hebreos a perseguir a los cristianos. Estas leyes, junto a narraciones y a apéndices, hacia el año 500, formaron un libro sagrado, el «Talmud». En este libro, los cristianos son llamados: idólatras, peores que los turcos, homicidas, libertinos impuros, estiércol, animales de forma humana, peores que los animales, hijos del diablo, etc. Los sacerdotes son llamados adivinos y cabezas peladas […] a la Iglesia se la llama casa de estulticia y suciedad. Las imágenes sagradas, las medallas, los rosarios, son llamados ídolos. En el «Talmud», los domingos y las fiestas son considerados días de perdición. En este libro se enseña, entre otras cosas, que a un hebreo le está permitido engañar y robar a un cristiano, pues todos los bienes de los cristianos —está escrito— «son como el desierto: el primero que los toma se hace dueño». Esta obra que recoge doce volúmenes y que respira odio contra Cristo y los cristianos, es considerada por estos fariseos un libro sagrado, más importante que la Sagrada Escritura”.
  
En ocasión del Congreso Internacional de los masones, celebrado en Bucarest en 1926, el Padre Kolbe, escribió en un artículo: “Estos señores (es decir, los masones) creen que son ellos quienes han de gobernar: escuchemos, entonces, lo que escriben los «Protocolos de los Sabios de Sión»”, documento que el Padre Kolbe llamaba: “el verdadero libro fundamental de la Masonería”.
  
Escribe el Santo: “El protocolo número 11 afirma: «Crearemos y pondremos en vigencia las leyes y los gobiernos […] y, en el momento oportuno, […] bajo la forma de una revuelta nacional. […] Es necesario que las poblaciones, desconcertadas por la revuelta, puestas todavía bajo la influencia del terror y de la incertidumbre, comprendan que somos de tal modo fuertes, de tal modo intocables, de tal modo llenos de poder que en ningún caso tendremos en cuenta sus opiniones y sus deseos sino, antes bien, que estamos en grado de aplastar sus manifestaciones en cualquier momento y en cualquier lugar […] Entonces, por temor, cerrarán los ojos y permanecerán a la espera de las consecuencias […] ¿Con qué objeto hemos ideado e impuesto a los masones toda esta política, sin darles a ellos la posibilidad de examinar el contenido? Esto ha servido de fundamento para nuestra organización masónica secreta […] cuya existencia ni siquiera sospechan estas bestias engatusadas por nosotros en las logias masónicas»”.
  
En este punto, el Padre Kolbe se dirige a los masones diciendo: “¿Habéis oído, señores masones? Los que os han organizado y secretamente os dirigen, los hebreos, os consideran bestias, reclutadas en las logias masónicas para fines que vosotros ni siquiera sospecháis […] Pero ¿sabéis, señores masones, qué es lo que os espera el día en que os venga a la mente comenzar a pensar por vosotros solos?  He aquí, escuchad el mismo protocolo: «La muerte es la inevitable conclusión de toda vida […] Ajusticiaremos a los masones de tal manera que ninguno […] podrá sospechar, ni siquiera las mismas víctimas: morirán todos en el momento en que sea necesario, aparentemente a causa se enfermedades comunes […]»”.
  
Y continúa el Santo: “Señores masones, vosotros que, recientemente, durante el Congreso de Bucarest, os habéis alegrado del hecho de que la Masonería se está fortaleciendo por doquier, reflexionad y decid sinceramente: ¿no es mejor servir al creador en la paz interior […], antes que obedecer las órdenes de quien os odia?”
  
San Maximiliano se dirige, finalmente, a los Jefes Ocultos de la Masonería con estas palabras: “Y a vosotros, pequeño escuadrón de hebreos, «Sabios de Sión», que habéis provocado ya concientemente tantas desgracias y todavía seguís preparando otras, a vosotros me dirijo con la pregunta: ¿qué ventaja obtenéis? […] Gran cúmulo de oro, de placeres, de diversiones, de poder: nada de todo esto vuelve feliz al hombre. Y si aun esto diera la felicidad, ¿cuánto podría durar? Tal vez una decena de años, quizás veinte […] Y vosotros, jefes hebreos, que os habéis dejado seducir por Satanás, el enemigo de la humanidad, ¿no sería mejor si también vosotros os volviereis sinceramente a Dios?”
  
En otro artículo de 1926, el Padre Kolbe, citando siempre los “Protocolos de los Sabios de Sión”, escribía: “Ellos dicen de sí mismos: «¿Quién o qué cosa está en grado de asestar una fuerza invisible?  Nuestra fuerza es, precisamente, de esta clase. La Masonería externa sólo sirve para esconder sus objetivos, pero el plano de acción de esta fuerza será siempre desconocido para la gente»”.
  
Pero el Santo subraya con sutil ironía: “Nosotros somos un ejército, cuyo «Comandante» os conoce uno a uno, ha observado y observa cada una de vuestras acciones, escucha cada una de vuestras palabras, más aún… ni siquiera uno de vuestros pensamientos escapa a su atención.  Decid vosotros mismos: en tales condiciones, ¿se puede hablar de secreto en los planes, de clandestinidad y de invisibilidad?” Y aquí, el Padre Kolbe revela el nombre del “Comandante” de su ejército: “es la Inmaculada, el refugio de los pecadores, pero también la develadora de la serpiente infernal. ¡Ella aplastará su cabeza!”
  

domingo, 5 de agosto de 2012

Sermones y homilías

DÉCIMO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de gracias, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todas las cosas en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.


El Apóstol San Pablo, después de haber hablado acerca de tres Sacramentos, a saber, Bautismo, Matrimonio y Eucaristía, empieza, en el capítulo doce de su Primera Carta a los Corintios, a poner orden y concierto en lo relativo a los dones espirituales, es decir, las gracias que tienen por autor al Espíritu Santo, haciéndonos ver la necesidad de esas gracias y efectuando una enumeración de ellas.

Es muy importante esta doctrina, pues hoy en día existe gran confusión y abuso, no sólo en lo estrictamente teórico, sino también, y especialmente, en la práctica.

Consecuencia de esto son todos esos grupos y movimientos llamados carismáticos, como también el pulular de sacerdotes sanadores, que imponen las manos, en cuyas reuniones prolifera el supuesto don de lenguas..., y un largo etcétera de engaños con que el demonio desvía a los pobres fieles del recto camino de la santificación y salvación.
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Al analizar el don de la gracia, establecen los teólogos muchas divisiones y subdivisiones. Y así hablan de la gracia increada y de la creada, de la gracia habitual y de la actual, de la eficaz y de la suficiente, de la preveniente, operante y concomitante, etc.

De todas estas divisiones y subdivisiones hay una que debemos destacar para comprender el pasaje de San Pablo. Es la que divide la gracia, por razón del fin a que se ordena, en gracia gratum faciens y gracia gratis data.

La gracia gratum faciens es la gracia habitual o santificante, y tiene por objeto establecer la amistad sobrenatural entre Dios y nosotros.

La gracia gratis data, en cambio, tiene por objeto inmediato o directo, no la propia santificación del que la recibe, sino la utilidad espiritual del prójimo.
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Santo Tomás, en el maravilloso artículo que dedica a la exposición de las gracias gratis dadas según la clasificación de San Pablo, la ordena y explica con una maestría genial.

Dice así:

La gracia gratuitamente dada tiene por objeto hacer que quien la recibe ayude a otros a encaminarse a Dios.

Esta ayuda no la puede prestar el hombre mediante mociones interiores, que son exclusivas de Dios, sino sólo mediante la acción exterior de la enseñanza y de la persuasión.

De aquí que, bajo el concepto de gracia gratis data, se comprende todo aquello que el hombre necesita para instruir a otros en las verdades divinas que sobrepasan la razón.

Ahora bien, tres son las condiciones que para esto ha menester:

Primera, un conocimiento adecuado de estas verdades divinas, que le permita enseñarlas a los demás.

Segunda, la posibilidad de confirmar o probar lo que dice, sin lo cual su enseñanza sería ineficaz.

Tercera, la capacidad de expresar apropiadamente su pensamiento a los oyentes.
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1ª) Para un conocimiento adecuado de estas verdades divinas, que le permita enseñarlas a los demás, se requieren, a su vez, tres cualidades, al igual que para el magisterio humano.

a) Porque quien ha de instruir a otro en una ciencia debe ante todo tener plena certeza de los principios de esa ciencia. Y para esto pone el Apóstol la «fe», o certeza de las verdades invisibles, que son los principios sobre los que descansa la doctrina católica.

b) Debe, en segundo lugar, inferir correctamente las principales conclusiones de su ciencia. Y a esto responde el «hablar con sabiduría», donde por sabiduría se entiende el conocimiento de las cosas divinas.

c) Necesita, finalmente, buen acopio de ejemplos y conocimiento de los efectos que sirven a veces para esclarecer las causas. Y a esto se ordena el «hablar con ciencia», es decir, con conocimiento de las cosas humanas, pues lo que es invisible en Dios se hace visible por las criaturas.
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2ª) Para confirmar lo que se enseña, si se trata de verdades racionales, se recurre a los argumentos; pero cuando se trata de verdades superiores a la razón y reveladas por Dios, hay que confirmarlas mediante manifestaciones del poder divino.

Lo cual puede ocurrir de dos maneras:

a) O haciendo lo que sólo Dios puede hacer, mediante obras milagrosas que se proponen, ya sea la reparación de los cuerpos, y a esto se ordena la «gracia de las curaciones»; ya sea la simple manifestación del poder divino, como cuando se detiene o se oscurece el sol o se dividen las aguas del mar, y para esto está el «poder de obrar prodigios».

La gracia de las curaciones queda distinguida del poder general de hacer milagros, porque entraña una eficacia especial para conducir a la fe, ya que quien recibe el beneficio de la salud corporal en virtud de la fe se siente particularmente inclinado a abrazarla.

b) O bien, revelando lo que sólo Dios puede conocer, ya sean los futuros contingentes, y para esto se pone la «profecía»; ya sean los secretos de las conciencias, y para esto está el «discernimiento de espíritus».
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3ª) Finalmente, la facultad de expresarse requiere ante todo hablar un idioma que pueda ser entendido, y para esto está el «don de lenguas»; y exige además aclarar el sentido de lo que se dice, y a esto se ordena la «interpretación de lenguas».

Hablar diversas lenguas e interpretarlas revisten a este respecto una fuerza de persuasión particular, y ésta es la razón de que tengan un puesto especial entre las gracias gratis datas.
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Expliquemos brevemente cada una de estas gracias.

a) La Fe.

Es evidente que la fe, en cuanto gracia gratis dada, no es la virtud teologal por la cual nos adherimos a las verdades reveladas.

Según Santo Tomás, se trata de una certeza sobreeminente de la fe que hace capaz a quien la tiene de proponer y persuadir a los demás las verdades que ella nos enseña.

Dice el Santo Doctor: La fe no se enumera aquí entre las gracias gratis dadas en cuanto que es una virtud que justifica al hombre en sí mismo (la fe teologal), sino en cuanto importa cierta sobreeminente certeza en la fe, que hace al hombre apto para instruir a los otros en las cosas pertenecientes a la fe.

En este sentido, la gracia de la fe se debe a una iluminación milagrosa del espíritu, secundada por una palabra lúcida, ardiente y fácil, que lleva la convicción a los demás. Esta gracia gratis dada consiste en un acto, en una moción actual y transitoria del Espíritu Santo, de la que resulta el don sobrenatural de la elocuencia.
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b) La Palabra de sabiduría.

La sabiduría se toma aquí por un conocimiento sabroso de las cosas eternas, lo mismo que en el don del Espíritu Santo del mismo nombre. Pero se distinguen en que el don de sabiduría es un gusto experimental de las cosas divinas percibido tan sólo por el alma que lo experimenta, mientras que la sabiduría gracia gratis dada es la aptitud para comunicar a los demás por la palabra de manera que les instruya, deleite y conmueva profundamente.

Este es el carisma propio y característico de los apóstoles y el que resplandecía en ellos con preferencia a todos los demás de que estaban adornados.
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c) La Palabra de ciencia.

La ciencia es la gracia que propone y hace gustar al alma las verdades divinas por medio de razonamientos, que muestran su armonía y su belleza, y por medio de analogías y ejemplos tomados de la naturaleza, que ayudan a entenderlos.

Es la facultad de comunicar y demostrar las verdades de la religión cristiana de tal manera, que todos, aun los más rudos, puedan entenderlas y retenerlas.

Entre la gracia gratuita de ciencia y el don del mismo nombre existe la misma relación que entre la gracia gratuita palabra de sabiduría y el don de sabiduría. El don es para el alma que lo recibe, la gracia gratuita es para la instrucción y edificación del prójimo. Santo Tomás lo enseña de este modo:

La sabiduría y la ciencia aparecen enumeradas entre las gracias gratis datas y entre los dones del Espíritu Santo.

En cuanto dones, su razón de ser es la de tornar la mente del hombre dócil a los impulsos del Espíritu Santo en todo lo referente a la sabiduría y a la ciencia.

En cambio, como gracias gratis datas, comportan un grado particularmente elevado de ciencia y sabiduría, merced al cual su depositario se encuentra capacitado no sólo para juzgar con rectitud por sí mismo de las cosas divinas, sino también para instruir a otros y refutar a los contradictores.

Por eso entre las gracias gratis datas se enumera expresamente el «hablar con ciencia» y «con sabiduría», porque, como dice San Agustín, una cosa es saber simplemente lo que se ha de creer para alcanzar la vida eterna, y otra saber servirse de estas mismas luces para ayudar a las almas piadosas y para defenderlas de los impíos.

Este carisma palabra de ciencia solían tenerlo comúnmente los doctores, de que habla el Apóstol después de nombrar a los apóstoles y a los profetas. Los doctores eran distribuidos en la primitiva Iglesia por las ciudades y aldeas; allí residían, y tenían la facultad de explicar de una manera apta y conveniente a los catecúmenos y neófitos las verdades de la fe cristiana.
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d) El Don de curaciones.

Esta gracia comprende e incluye los hechos milagrosos que tienen por objeto la salud corporal. Es la facultad de curar las enfermedades de un modo que supera las fuerzas naturales. Es una de las formas del don de milagros (operaciones de milagros); pero esta forma merece mención especial en atención a la preferencia que para el hombre tienen las cosas pertenecientes a su propio cuerpo con relación a la de las simples cosas exteriores.

Puede señalarse todavía otro nuevo matiz diferencial: el don de curaciones tiene por objeto conferirnos el beneficio de la salud corporal, mientras que el de operaciones de milagros se dirige, ante todo, a la manifestación de la gloria de Dios y a confirmarnos en la fe.

Para Santo Tomás, el don de curaciones se enumera aparte, porque con él se confiere al hombre el beneficio de la salud corporal, además del beneficio común que se muestra en todos los milagros, o sea que los hombres vengan en conocimiento de Dios.

Según lo Salmanticenses, se divide la gracia de los milagros en don de curaciones, cuando se hacen los milagros en provecho de nuestra salud y vida corporal; y en operaciones de milagros, cuando se limitan a manifestar la divina omnipotencia confirmando con ello la fe.
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e) El Don de milagros.

Esta gracia se entiende comúnmente del don de milagros en el orden físico, con el que se relaciona, como la especie al género, el don de curaciones, del que acabamos de hablar.

Abarca, pues, todas las derogaciones de las leyes de la naturaleza, realizadas sobre el hombre o las otras cosas sensibles, ya sea para convencer de la realidad de la doctrina, ya para manifestar el poderío de la santidad.

Privilegio glorioso que posee tan sólo la Iglesia de Jesucristo como testimonio irrefragable de su celestial origen y de su misión divina.

El texto griego de la epístola de San Pablo pone en plural estas dos últimas gracias; con lo cual insinúa claramente que estos dos carismas deben ser considerados como dos géneros, que incluyen debajo de ellos varias especies diferentes.

De tal manera que los que estaban adornados con estos carismas no sanaban todas las enfermedades ni producían toda clase de milagros, sino únicamente aquellos para los que el Espíritu Santo les daba virtud especial. De forma que para las diversas enfermedades y distintas especies de milagros se requerían diversos y distintos carismas.
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f) La Profecía.

Al estudio de esta gracia, una de las más importantes entre las gratis dadas, dedica Santo Tomás cuatro grandes cuestiones, y alude a ella en casi todas sus demás obras.

Según Santo Tomás:

La profecía es un fenómeno de conocimiento. Es un milagro intelectual que abarca un doble elemento: un conocimiento intelectual sobrenatural y la manifestación de ese conocimiento.

A este don le pertenece propiamente la revelación de los futuros contingentes. Como estos escapan en absoluto a toda previsión humana, es imposible que tenga una causa puramente natural. Sólo puede verificarse por divina revelación.

El demonio no puede ser la causa de una profecía propiamente dicha, porque el conocimiento de los futuros contingentes trasciende y rebasa las fuerzas del entendimiento angélico, siendo propio y exclusivo de Dios.

Sin embargo, los falsos profetas, inspirados por el demonio, dicen a veces alguna verdad. Ya porque es imposible un conocimiento totalmente falso sin mezcla alguna de verdad, ya por especial disposición del Espíritu Santo.
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g) La Discreción de espíritus.

Es la facultad de distinguir los verdaderos de los falsos profetas; el espíritu bueno, del malo; las inspiraciones de Dios, de los engaños del demonio; las mociones de la gracia, de los simples movimientos de la naturaleza.

Este don de discreción de espíritus se confería ordinariamente, en la primitiva Iglesia, junto con el don de profecía; de tal forma, que la exhortación de un profeta era juzgada por los demás profetas en virtud de su don de discernimiento. La discreción de espíritus debe considerarse, pues, como un complemento de la profecía para precaver sus peligros.

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h) El Don de lenguas.

Es la glosolalia, que se presenta bajo diversas formas.

Consiste ordinariamente en un conocimiento infuso de idiomas extranjeros sin ningún trabajo previo de estudio o ejercicio.

El prodigio se verifica en el que habla o en los que escuchan, según que se hable o que se entienda una lengua hasta entonces desconocida.

Pero, a veces el milagro toma un carácter todavía más maravilloso: mientras el orador se expresa en un idioma extranjero, los oyentes le escuchan en el suyo propio, completamente diferente. También, lo que es todavía más prodigioso: hombres de diversas naciones escuchan, cada uno en su propio idioma, lo que el orador va diciendo en uno solo completamente distinto.

Esta glosolalia alcanzó su máximo exponente en la mañana de Pentecostés cuando los apóstoles empezaron a publicar en diversas lenguas las grandezas de Dios

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i) La interpretación de lenguas.

Este don fue en la primitiva Iglesia un complemento del anterior.

Ocurría con frecuencia que las palabras proferidas mediante el don de lenguas no eran entendidas por los oyentes, por realizarse el fenómeno sólo en el que hablaba. De donde se hacía necesario otro don para interpretar aquellas palabras extrañas.

Consistía, pues, este don en la facultad de exponer en lengua conocida las cosas proferidas en lenguas extrañas mediante el don de lenguas.

Esta facultad acompañaba a veces al mismo glosólalo; otras veces la recibía alguno de los presentes súbitamente inspirado por el Espíritu Santo.

Los que poseían este carisma solían llamarse intérpretes, y su oficio era interpretar a los glosólalos.
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Tales son las maravillosas manifestaciones gratuitas del Espíritu Santo tal como las concebía el Apóstol.

Sólo Nuestro Señor Jesucristo las poseyó todas por modo eminente y en forma de hábitos permanentes que podía usar a su arbitrio.

En los Santos no se encuentran sino con reservas y alternativas; nunca o rarísima vez en forma habitual.
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Para concluir, recordemos que los fieles, en general, gozan de todas las gracias de estado para ser fieles a sus compromisos de bautizados y confirmados.

Más en particular, los padres de familia tienen a su disposición todas las gracias del Sacramento del matrimonio y las gracias actuales para defender su fe y las de sus hijos.

Contra estos deberes de estado, y puesta la fe y la salvación en peligro, ¡no vale la gracia de estado de ningún clérigo pusilánime, sirviente de los ídolos mudos!
En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo.

jueves, 2 de agosto de 2012

Históricas

EL ORO Y EL PUÑAL DE SHYLOCK CONTRA PALESTINA
  
Los acontecimientos que llevaron a una minoría hebrea a levantar la bandera con la estrella de David en el corazón del mundo musulmán tienen que ser recordados.   En general nuestras gentes conocen  muy poco la cuestión.  La razón ha sido que, en este asunto, hubo mala fe en los escribas que complicaron lo que en sustancia es sencillo.
 
Empecemos por señalar el enorme interés que los grandes financistas tienen por el Estado de Israel.  Para tomar la punta del hilo no tenemos que ir más allá que al año 2008 y recordar la importancia que el accionar del Banco israelí Lehman Brothers de Nueva York tuvo en el estallido de la crisis que hoy sigue avanzando y hace peligrar las estructuras sociales.  Retrocediendo a la segunda mitad de la XIXª centuria nos encontramos a grandes financistas mezclados en el movimiento sionista. El Barón Edmund Rotschild, que reposa al igual que su esposa en Eretz Israel, fue quien proporcionó los capitales necesarios para la instalación de las primeras colonias invasoras judías en Palestina. A renglón seguido fue el Barón Hisrch quien, habiendo previsto la ubicación de grupos hebreos en la Argentina, resolvió finalmente apoyar a los que sostenían Palestina como centro de recepción a los judíos que dejaban Rusia y el este de Europa. Para ello legó al sionismo doscientos cincuenta millones de francos oro que fueron administrados por la Jewish Colonization Association fundada en 1891. De todas maneras, la figura fundamental del movimiento lo fue Teodoro Herzl, nacido en Hungría, personaje éste que durante años actuó con voluntad inflexible en la organización de los primeros Congresos Sionistas.
 
En el seno de estas reuniones, realizadas en Basilea, convivieron varios sectores del judaísmo mundial, comenzando por la organización masónica “B’nai B’rith” (Hijos de la Alianza).  Un segundo grupo  integrado por los amigos de Herzl laicos de “principios” al que se oponían (es un decir) los Ortodoxos (Mizrahi) adictos a la Torah y la tradición. El proletariado judío, lógicamente marxista, con  sus representantes del “Po’ale Zion” estaban allí sentados. y hasta un “sionismo moral” que rodeaban a Anscher Ginzberg. Todos éstos tenían el objetivo de obtener, en primer lugar, un Hogar Nacional y más tarde el Estado (Eretz Israel) el que, según el Antiguo Testamento, debía abarcar de Dan a Beersheba.
 
Sugerimos a nuestro paciente lector observe en un mapa bíblico la extraordinaria extensión del proyecto (que incluía Jordania actual) junto al cual, Herzl barajó la posibilidad de conseguir que, Su Majestad Británica, cediera la zona africana que hoy se conoce como Uganda. “El profeta de los Bulevares”, como se lo llamaba en París al dirigente que tratamos, publicó en 1895 un libro titulado “El Estado Judío”.
 
Según los críticos, es un estudio en el que su autor demostraba gran habilidad. En esas páginas escribió Herzl que, por su  interés, “los israelitas debían hacerse adjudicar una vasta región para contenerlos a todos”. El problema grave para el sionismo lo constituía el antisemitismo, ya que trababa el triunfo de los judíos. Su programa positivo era fundar una sociedad encargada de negociar con las grandes potencias al estilo de las financieras. Con un capital de cincuenta millones de libras esterlinas se podría asegurar el éxito, reiteraba Herzl, antes de su muerte en 1904.
 
Cuando estalló la guerra de 1914 el Centro Sionista se instaló en Nueva York con un Comité Provisorio integrado por Eugene Mayer, que años después ocupó la presidencia del Comité de la Reserva Federal, el Juez del Tribunal Supremo Louis Brandeis con Stephen Wise, Consejero del Presidente Wilson, y Nathan Strauss con Félix Frankfurter, futuro miembro de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos.
 
Eran los tiempos en que hacía su aparición Chaim Weizman, judío nacido en Rusia (1874) de profesión químico, que desempeñó junto a los Rotschild y miembros de la aristocracia británica un papel trascendental en el cumplimiento del plan judío para dominar Palestina.  La doctora MacMillan, en su estudio “París 1919” (pág. 516), lo describe en estos términos: “Alto, calvo, con perilla, Weizman parecía una especie de Lenín bien alimentado e incluso tenía un porte que reflejaba una gran seguridad en sí mismo. Discrepó con Herzl respecto a Uganda. Para Weizman y, al final, para la inmensa mayoría de los sionistas, la única  ubicación posible era Palestina […]. Cuando en una ocasión le  preguntaron por  qué los judíos tenían derecho a Palestina, Weizman respondió sencillamente: «La memoria es derecho»”.
 
Cuando las noticias del frente bélico empezaron a mejorar para los aliados, Lloyd George gustaba decir que en momentos en que ocupaba el Ministerio de Municiones había contraído con los hebreos una gran deuda.  Eran los días difíciles de Gran Bretaña por la escasez de acetona para la fabricación de explosivos.  En esos momentos Weizman tenía un proyecto para fabricarla en gran escala.  En brillante maniobra lo puso a disposición de los ingleses a cambio de apoyo para la causa sionista.  Años después, escribió George en sus “Memorias” (vol. 2, pág. 586): “ésta fue la fuente y el origen de la declaración sobre el Hogar para  los Judíos en Palestina”. Sin embargo, expresa la doctora MacMillan, “los franceses tenían otra teoría: que Lloyd George tenía una querida casada con un prominente hombre de negocios  judío (Ministére des Affaires Etrangéres, EU, 18-30).  Todo este turbio e inmoral asunto fue conocido como la Declaración Balfour. “A las 24 horas, prensa público, y diplomáticos hablaron del «Estado Judío»” (Friedman: “La Cuestión de Palestina”, págs. 311-324, Oxford).
 
Meses más tarde, la Legión Judía organizada como Fusileros Reales, reclutados por Vladimir Jabotinski (un extremista y brusco sionista) entraba en Jerusalem con las tropas inglesas comandadas por el Gral. Allenby.  Se hizo presente la “Comisión Judía” encabezada por Weizman: “Aunque sus instrucciones eran vagas, actuaba como si fuera un gobierno en gestación, lo que motivaba quejas de los oficiales británicos” (MacMillan, ob. cit., pág. 522).  Rápidamente se acentuó la oposición entre árabes  y judíos. Los árabes se negaban a reconocer la Declaración Balfour. La sangre corrió a torrentes. La Legión Judía se empeñó en forma tan inhumana que Jabotinski fue encarcelado por los británicos y condenado a quince años entre rejas.  El Reino Unido habló de “instituciones de autogobierno”.
 
La presión de la Alta Finanza representada por Lord Melchett, del trust químico de Sir Philip Sasoon y el conglomerado petrolero encabezado por Lord Bearstd, hicieron “comprender” al gobierno británico que la Declaración Balfour era un compromiso inamovible. Las cosas se “encauzaron”. El Reino Unido recibió el mandato sobre Mesopotamia, los ricos territorios petroleros de Mosul pasaron a ser regenteados por hombres de la City. En tanto, Sir Hebert Samuel era designado Alto Comisionado en Palestina.
 
Hasta 1944 el sionismo jugó las barajas inglesas. Pero la situación cambió con el asesinato de Lord Moyne por parte de elementos hebreos que acusaron a Gran Bretaña de “potencia ocupante”. Se inició entonces la guerra por el reconocimiento del “Estado de Israel”.  Pese a que continuaban siendo minoría (550.000 israelitas frente a 1.700.000 palestinos), los sionistas organizaron ejércitos clandestinos.  El primero por su importancia fue el Haganah, con más de setenta mil hombres armados y entrenados.  Fueron el cimiento de las actuales fuerzas armadas israelitas.  Hubo otros dos grupos, que fueron “iluminados” de la guerra terrorista como el Irgun y el más activo, conocido como organización Stern.
 
Fuera del objetivo fundamental mencionado más arriba, los sionistas exigían que se aumentara el número de inmigrantes, concediendo la visa a cien mil nuevos  colonizadores.  Los palestinos pedían se respetara el Libro Blanco de 1939, cesando la llegada de hebreos y concediendo la independencia a la Palestina árabe.  El fundamento de la posición árabe se apoyaba en el Protocolo de Alejandría (de octubre de 1944), el cual señalaba: “Nada resultaría más arbitrario que querer arreglar la cuestión de los judíos europeos mediante otra injusticia cuyas víctimas serían los árabes de Palestina”.
 
Harry Salomón Truman, el 4 de octubre de 1946 se declaró partidario de la constitución de un Estado Judío. El problema fue entonces a la ONU, donde el 28 de noviembre de 1947 con el esotérico número de treinta y tres países (soviéticos y capitalistas) aprobaron dividir Palestina en tres partes: un estado árabe, otro judío y un tercer sector de los Santos Lugares entre cristianos, musulmanes y hebreos.
 
Los árabes rechazaron la partición, exigiendo un plebiscito de acuerdo a las disposiciones de la Carta que había fundado las Naciones Unidas en la ciudad de San Francisco (1945). Ni siquiera fue atendido el petitorio. A medida que las fuerzas británicas abandonaban el territorio para cumplir con el plazo que vencía el 15 de mayo de 1948, la Haganah ocupaba territorios. La caída de Jaffa y Haifa dio lugar a cruentos combates. Mientras tanto, la terrorista Irgún organizó un avance al estilo asirio, incendiando y masacrando poblaciones.
 
En medio del baño de sangre y horror los civiles palestinos abandonaron sus territorios y se refugiaron en las vecindades.  El 14 de mayo de 1948, a horas del fin del mandato británico, el “Consejo Nacional Judío” proclamó Israel independiente.  Con rapidez fulminante el “Estado” sionista fue reconocido de facto por Truman y Stalin.
 
Solamente la parte antigua de Jerusalén fue mantenida por la Legión Árabe de Transjordania. El Consejo de Seguridad nombró entonces, como mediador, al Conde Folke Bernadotte, miembro de la Familia Real sueca y Presidente de la Cruz Roja Internacional. El 16 de septiembre de 1948 Bernadotte declaró: “Ningún arreglo puede ser justo si no se reconoce el derecho a los refugiados árabes a regresar a sus hogares, de los que han sido expulsados”. Al día siguiente fue asesinado en su automóvil junto al Oficial Ayudante, el coronel francés Maurice Serot. La banda Stern, con el cobarde cinismo que le daba la impunidad, se hizo responsable del brutal crimen. La Haganah, que sin piedad continuaba sembrando el terror, se apoderaba del Neguev, Galilea y Nazareth. Las mejores armas, suministradas por el régimen comunista de Checoeslovaquia, habían cumplido su objetivo.  Sión, contra el Derecho de Gentes, triunfaba en toda la línea. Sin embargo, no hubo en Tierra Santa punto final.  Las masacres y las torturas sádicas continúan hasta nuestros días.
 
De más está decir, que con la anuencia de las Grandes Potencias y de los Poderes Invisibles.
  
Luis Alfredo Andregnette Capurro

miércoles, 1 de agosto de 2012

Mirando pasar los hechos

EL “OTRO YO”
DE LA DOCTORA KIRCHNER
             
            
Hace unos días, en una fábrica de cosméticos de Berazategui, la Presidenta se despachó con un chiste increíble que hubiera sonrojado a la cortesana más audaz. Una verdadera inmundicia ofendiendo a la joven trabajadora delante de su compañero de tareas. 
   
Pero lo interesante del caso, a parte de la impudicia que engrosaría en otras épocas los cargos de inhabilidad moral, es que su “Otro yo” la corrigió diciendo: “No se dieron cuenta del chiste, un poquito subido de tono para la Presidenta, pero no importa. Dale, dale, sigamos que nadie se dio cuenta. No se pongan nerviosos, chicos"… Lo cual se presta a un recuerdo con reflexiones adicionales. 
    
Hace ya muchos añorados años, el “Otro yo” deambulaba diariamente gracias a una ingeniosa tira periodística. Pero a la inversa del caso, “El Otro yo del Dr. Merengue” pintaba una deslizante sombra del solemne personaje doctoral, con toda la carga de picardías, verduras y travesuras que le inspiraban los sucesos cotidianos. 
  
El caso, con lo que ocurre ahora, se presta para investigaciones morales y psiquiátricas que puedan explicar una patente inversión en los papeles respectivos de la conciencia y su sombra. O en otros crudos términos, de la claudicación del sano juicio, hasta el punto de ser corregido por la caricatura infractora de la sub o ex conciencia. A medida que se amontonan los ejemplos, el problema va configurando una gravedad insospechada que insta a dar la bienvenida a la irrupción del “Otro yo” moralista.
    
Por supuesto, los medios no han recogido otras severas reprimendas propinadas por su “otro yo” a la doctora K, cuando se burló de su propia excomunión ante un sumiso prelado; o cuando defendió la salida de peligrosos asesinos a divertirse fuera de la cárcel, engrosando actos “culturales”… de banderas políticas (cfr. “La Nación”, 31 de julio de 2012). Como el caso del “pibe” (sic) condenado por asesinar a su novia quemándola viva. O defender en nombre del Derecho, a instituciones belicosas de la peor calaña oficialista, según lo denuncia la sola denominación de “Vatayón militante”. 
    
En fin, se sabe que algún investigador está maliciando la compilación de sentencias del “Otro Yo” sobre importantes figuras de la nueva historia argentina. A título de ejemplo filtrado, la admonición de su “otro yo” al Néstor, cuando en la reunión de Presidentes en Monterrey se mandó el bolazo de haber colocado las 600 millones de dólares santacruceños en el Fondo de Reserva Federal.
    
Casimiro Conasco
Julio de 2012
  

lunes, 30 de julio de 2012

Recensiones

DOS LIBROS
  
Como es sabido, cada vez se publican menos libros buenos; la lectura edificante no abunda; lo que sobra es la basura intelectual. Esa es la razón (o, mejor dicho, la sinrazón), de la existencia de una “Feria del  Libro”, como la que se acaba de cerrar en Buenos Aires, donde, salvo contadas excepciones, lo más llamativo a exponer han sido los resentimientos viscosos de Eduardo Galeano, las “reflexiones” de Aníbal Fernández, o las confesiones procaces de Moria Casán.
  
Ante una desgracia de ese tamaño cabría simplemente lamentarse, como habitualmente tenemos que hacer a diario por los sucesos de nuestra patria.
  
Pero también podríamos intentar acá la aplicación de un principio moral que reza que siempre hay que tratar de sacar el bien posible de un mal inevitable: “Ahogar el mal en el bien”.
  
¿Cómo?
  
Pues, trasladando al campo editorial un hecho físico industrial. Es notorio que lo que se ofrece, en la citada Feria, en gran proporción, es desecho de la peor especie. Ahora bien: se sabe que ciertas maquinarias pueden compactar los desperdicios en general, hasta conseguir que de una sucia chatarra quede una chapa utilizable. Pues, algo análogo podríamos procurar hacer nosotros, seleccionando dentro de la multitud libresca, alguno que nos preste cierta utilidad, tras resumirlo.
  
Guiados por ese criterio, recorrimos los “stands” de la Feria, y dimos con tres libros. Traemos ahora al lector de “Cabildo” el extracto compactado de dos de ellos.
  
Del tercero, que es mucho peor, (“La cuestión Malvinas. Crítica del Nacionalismo argentino”, de Fernando A. Iglesias, Buenos Aires, Aguilar, 2012), nos ocuparemos en otro número.
  
No se trata, por cierto, de recorrer todos los temas allí considerados. No. Sólo bucearemos en esos mares tenebrosos en busca de las cuestiones referentes a las luchas armadas de la época del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, y sus eventuales prolongaciones a tiempos más cercanos.  Veámoslo.
  
“SUEÑOS POSTERGADOS”
  
Ese prócer de la era kirchneriana de la Argentina que es Sergio Schoklender, publicó en diciembre del 2011, un libro, o algo por el estilo, denominado “Sueños Postergados. Coimas y corrupción en la patria de los desvíos” (Bs. As., Planeta, 2011). En esta misma revista, autores más calificados que nosotros, se han ocupado de los conceptos vertidos por el Asesor de la Fundación Madres de Plaza de Mayo. No los vamos a reiterar. Pero ya que, con cierto atraso, lo acabamos de comprar y leer, queremos consignar algunas perlitas escondidas en dicha ostra editorial, que, tal vez, no hayan sido resaltadas antes.
  
Sin dar una fecha exacta, situando el caso alrededor del año 2003, el ilustre parricida y no menos célebre estafador, anota:
  
“El programa que sosteníamos con las Madres era totalmente revolucionario. Se había nutrido también de compañeros de los Hijos de las Madres.  Nuestro objetivo era la revolución. La única salida que se veía lógica era la lucha armada. No veíamos otra alternativa para enfrentar el menemismo y el neoliberalismo. En aquella época en el sótano de la universidad (nota: de la Fundación Madres de Plaza de Mayo) guardábamos de todo. Si me llamaban a medianoche, yo pensaba que había volado la universidad. Cuando se produjo el enamoramiento entre Hebe y Néstor (Kirchner) tuvimos que sacar urgente todo lo que había en el sótano y hacerlo desaparecer […]. De todos modos, tuvimos mucha relación con grupos que propugnaban concretamente la lucha armada y no escapamos a su influencia” (op. cit., págs. 85, 87).
  
Son párrafos que no requieren glosa alguna de nuestra parte. Se comentan solos. A lo mejor un fiscal verifica si los delitos de sedición, asociación ilícita, rebelión y otros atentados contra la autoridad, en concurso real, allí confesados, están prescriptos o no. A todo evento, Schoklender declara que para ese tiempo él era abogado de “Quebracho”, cuyo amor por la legalidad es bien conocido. Lo interesante es que, antes del poder y el dinero proveniente del “enamoramiento entre Hebe y Kirchner”, la egregia Fundación de Derechos Humanos (y, de paso, la organización “Hijos”) se dedicaban a acumular trinitrotolueno en el sótano de su “Universidad”. Otra mercadería bien cubierta por el afamado pañuelo blanco.
  
Schoklender también da buena cuenta de la excelente relación de las “Madres”, nuestro principal organismo defensor de los Derechos Humanos, y distintas entidades terroristas. Narra los vínculos de las Madres con la ETA, con la guerrilla zapatista, con el Ejército de Liberación Nacional colombiano, etc. De esas ligaduras nos parecen de mayor interés las establecidas con las FARC. De éstas dice el héroe “fundacional”:
  
“Recibíamos permanentemente la visita de los comandantes de las FARC […]. Los comandantes de las FARC solían decirnos que necesitaban que les enviáramos jóvenes con formación política […]. De los jóvenes que fueron por medio de nosotros, muy pocos volvieron. La inmensa mayoría permaneció allá […]. Hebe sentía una gran fascinación por las FARC porque, en cierta medida, sus integrantes representaban algunos de los ideales, del trabajo y de la historia militante de sus hijos” (op. cit., págs. 120, 121, 122).
  
Trata, después, de las relaciones de las Madres, en especial Hebe de Bonafini, con la Cuba castrista:
  
“Hebe también se convirtió en la emisaria de los Mensajes de Marcos (del EZLN) hacia Fidel […]. Ya había ocupado un rol similar cuando actuaba de emisaria de Fidel ante los Kirchner […]. A partir de entonces la relación de Hebe con Fidel se hizo muy fluida”.
  
Hebe pasó a ser un nexo más de lo que venimos sosteniendo desde hace años: la guerrilla y sus adláteres son simples mandaderos del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista Cubano.
  
Por fin, en su miscelánea, el Caballero don Sergio narra cómo doña Hebe lo comisionó para robar, en beneficio de las Madres, y cómo acordó con Patricio Echegaray (secretario general del P.C.A.) que se convirtiera en su reemplazante, en caso que a él lo aprehendieran por “chorro” (pág. 155). Y cierra sus recuerdos con un dato que nadie debe olvidar: “Hebe era la gran mentirosa de unas mentiras necesarias. Por ejemplo, la cuestión de los treinta mil desaparecidos. Cuando la CONADEP dijo que había verificado nueve mil desapariciones, los organismos de derechos humanos dijeron que en realidad debía haber quince mil. Hebe salió a decir que eran treinta mil y a repetirlo una y otra vez hasta que, de tanto decirlo, así quedó. Un solo desaparecido es un tragedia, pero nunca fueron treinta mil, eso fue un invento de ella” (op. cit., pág. 185).
  
Mentira que después, por boca del Presidente Néstor Kirchner, quedó oficializada dogmáticamente. Un detalle más de lo bien que ha funcionado el marxoducto Fidel-Hebe-los Kirchner. ¡Felicitaciones!
“DISPOSICIÓN FINAL”

En varias ocasiones nos hemos referido al testimonio que nos diera el General Juan Antonio Buasso, acerca de la conversación mantenida por él con el entonces Comandante en Jefe del Ejército, General Jorge Rafael Videla. Lo recordamos ahora.
  
Buasso contaba que en marzo de 1976, estando él y el general Rodolfo Mujica prácticamente en disponibilidad, por su condición de nacionalistas frente al golpe liberal (situación corroborada por Rosendo Fraga, en “Ejército: del escarnio al poder (1973-1976)”, Buenos Aires, Sudamericana/Planeta, 1988), fueron citados, sucesivamente, por su superior. Como ellos ya estaban algo anoticiados de lo que se les iba a proponer, con su argumentación respectiva, acordaron entre sí, a fin de dar respuestas coincidentes.
  
El asunto que Videla comunicó a ambos generales, comenzando por el más antiguo, que era Rodolfo Mujica, su decisión de que se hicieran cargo de la Policía Federal Argentina. Aceptada la resolución por el subordinado, Videla los interrogó (siempre cada uno a su turno) acerca de si sabían cómo debían proceder en los casos más graves de los terroristas que fueran detenidos. Ambos militares nacionalistas respondieron que sí lo sabían; que para eso se había reformado el Código Penal, concordado con el Código de Justicia Militar. De otro modo, que se les instruiría juicio sumario castrense, y dictada la sentencia por el juez militar, en su caso, sentencia de muerte, se procedería a fusilar al convicto.
  
En ese estado de la cuestión fue cuando Videla les dijo que eso era un dislate. Que el Dr. Henry Kissinger le había comentado una situación ejemplar con opciones diversas. Por un lado el General Francisco Franco, en España, al querer ejecutar la pena de muerte contra unos etarras condenados por los Tribunales Militares, se había visto enfrentado con la opinión adversa de todo el mundo, incluida la del Papa Paulo VI. En cambio, Idi Amín Dadá, tirano de Uganda, “se pasaba a la cacerola cinco mil tipos cada noche” (según expresión textual), y nadie decía nada. Luego, para Videla era obvio que el segundo camino, el aconsejado por Kissinger a los militares iberoamericanos que debían contener el ataque castrista, era el correcto.
  
Los generales nacionalistas convocados respondieron (siempre en su turno) que Franco, maguer la oposición internacional, había fusilado a los etarras, documentando el hecho en expedientes. Que acá no habría necesidad de fusilar a demasiados terroristas, por la calidad ejemplarizadora del fusilamiento público (de la que carecían los métodos clandestinos). Máxime, si como ellos lo pedían, el Ejército mostraba a la población que el castigo iba a comenzar por sus propios miembros traidores. Y señalaron el caso del Coronel Perlinger, quien se hallaba detenido en Campo de Mayo por haber intervenido en la fuga de los guerrilleros del aeropuerto de Trelew. El otro sendero, el de las “desapariciones”, concluyeron, era indigno del Ejército; añadiendo Buasso: “Esto lo vamos a pagar muy caro y largamente, mi General”.
  
De resultas de lo cual, cada uno de los generales nacionalistas fue pasado a retiro. Aún resuenan en mis oídos las nobles palabras de don Ricardo Curuchet en el ágape de desagravio que los amigos le brindaron a don Rodolfo Mujica. Más largo eco ha tenido el debate sobre el alcance de las “desapariciones” que las Fuerzas Armadas practicaron para reprimir a los agresores castristas.
  
Videla hasta ahora había negado el hecho, había dado explicaciones ambiguas.
  
Empero, ante la requisitoria periodística de Ceferino Reato, en el libro “Disposición Final. La confesión de Videla sobre los desaparecidos” (Buenos Aires, Sudamericana, 2012), aunque sin mencionar las entrevistas que mentábamos, da una versión bastante coincidente con aquella que dieron en su momento nuestros generales amigos.
  
Así, ahora leemos estos párrafos en la obra de Reato:
  
“Videla se hace cargo de «todos esos hechos» y señala que los alentó de manera implícita, tácita.
“Frente a esas situaciones, había dos caminos para sancionar a los responsables (de las desapariciones) o alentar estas situaciones de manera tácita como una orden superior no escrita que creara la certeza en los mandos inferiores de que nadie sufriría ningún reproche. No había, no podía haber una Orden de Operaciones que lo dijera. Hubo una autorización tácita. Yo me hago cargo de todos esos hechos. Y agrega que, en el contexto de aquella época, fue «la mejor solución» que encontraron.
“No había otra solución: estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra, y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta. Había que eliminar un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la justicia ni tampoco fusiladas. El dilema era cómo hacerlo para que a la sociedad le pasara desapercibido. La solución fue sutil - la desaparición de personas” (op. cit., págs. 56-57).
  
Más adelante, Videla aclara un poco el punto. Porque de lo transcrito podría inferirse que él se limitó a tolerar la conducta ilícita de sus subordinados, bien que compartiéndola tácitamente.
  
En realidad, la cosa fue al revés. Los altos mandos liberales (Viola, Harguindeguy, Massera, “Pajarito” Suárez Mason, Agosti, Villarreal, etc.) fueron los que ordenaron ese tipo de represión, que sus subordinados, por obediencia debida, acataron. Precisamente, en ese otro pasaje del citado libro, el asunto queda más en claro:
  
“Más allá de cuántos fueron los desaparecidos, Videla afirma que no podía fusilar a «las personas que debían morir para ganar la guerra» por varios motivos. Uno de ellos era que en 1975 el dictador de España, el generalísimo Francisco Franco, había respaldado la decisión de un consejo de guerra que dispuso la ejecución de tres miembros de la ETA, pero no pudo hacerlo por las protestas de gobiernos europeos y latinoamericanos y hasta del papa Paulo VI.“Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra; no podíamos fusilarlas. ¿Cómo íbamos fusilar a toda esa gente?… porque iba a llegar un momento en que la gente diría: «¡Basta, esto no es Cuba!»” (op. cit., págs. 43-44).
  
“Se llegó a la decisión que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte” (op. cit., pág. 51).
  
En suma, lo que confiesa Videla es un “crimen de guerra”; delito penal internacional. Homicidios calificados por premeditación. Asesinatos deliberados y ocultados. Aunque de pésima manera judicial, Videla y sus subordinados están pagando aquella negra decisión, tomada para su mal y el de la FF.AA. argentinas. Ante tantas “desapariciones”, la gente de haberlo sabido, les podría haber dicho: “¡Basta, esto no es Uganda!”  Este país africano era el modelo que Videla, en 1976, esgrimió ante los dos firmes generales nacionalistas.
  
Bien. Aunque el propósito de  un trío de lecturas no se concretó, al menos, de las dos leídas sacamos una breve y neta lección, a saber: que tan malas pueden ser las aberraciones liberales como las esclavitudes marxistas. Y que muchas veces, ambas ilicitudes se conectan entre sí y se retroalimentan. Una vez más: ¡tomemos debida nota de esta moraleja política y paradoja ideológica!
  
Enrique Díaz Araujo
  

sábado, 28 de julio de 2012

Mirando pasar los hechos


NO AL DIÁLOGO
(Nada peor que una mala defensa)

VÓMITO
  
Conviene calibrar el proyecto de Reforma del Código Civil, haciéndolo a través de las propias palabras subrayadas desde la Presidencia de la República. Una sola de sus perversidades es suficiente para el rechazo frontal y total del engendro. Y ninguna figura lo retrata mejor, que el arrojo a la cara de nauseabundas podredumbres intestinas. Cuyos principales componentes —según recogió “La Nación” el 3 de abril de 2012— establecen las siguientes maldades:
Matrimonio: Será sin distinción entre varón y mujer, manteniendo el “avance” de la Ley de Matrimonio Igualitario (entre homosexuales).
Divorcio: Se simplifican los trámites, bastando la libre petición de uno o ambos cónyuges, sin requisitos temporales (divorcio exprés).
Reproducción asistida: Mediante inseminación artificial o fecundación in vitro, equiparadas a reproducción natural. Voluntad procreacional (con alquiler de vientres).
      
Frente a lo cual el instinto natural impulsa al inmediato e higiénico rechazo, sin detenerse en el análisis de una porquería —inventada por audaces depredadores del derecho— que obviamente no admite el menor rescate*. De tal manera resulta aconsejable suscitar por todos los rincones, el rechazo total a la reforma con un NO rotundo, sin mayores disquisiciones. A libro cerrado. En todo caso explicando que se trata de una TRAMPOSA DEGENERACIÓN DEL DERECHO PARA LEGALIZAR LOS ABUSOS INAUDITOS DE LA TIRANÍA”.
    
ESPÍRITU MALIGNO
  
Sin embargo cabe reconocer, como van las cosas, que es muy probable la concreción de la reforma. En primer lugar, al estar allanado el camino de las más altas pretensiones subversivas, animadas para más por el firme pronóstico de coronarlas a perpetuidad, sellando el maleficio. También es obvio que así ocurrirá, al malearse la quintaescencia jurídica ligada a la vida cotidiana del común. Un logro revolucionario** que por supuesto supera  la humana malicia de las autoridades locales, acusando la impronta de una inteligencia superior que desde hace rato maneja los planes anticristianos y contra natura. Este casi vaticinio, casi perogrullesco, se poya ante todo en la evidente indefensión de la sociedad —a pesar de nobilísimos esfuerzos aislados— entregada a los usurpadores con la fábula de la Democracia tramposa. Pero acaso aún sea peor que la indefensión, una defensa insegura melindrosa y claudicante; predispuesta a las concesiones en pro del “mal menor”… como supremo bien posible. Hay sobre ello una inmediata y triste experiencia histórica, desgraciadamente implementada desde altos niveles; con la famosa panacea del Diálogo… entre voceros del bien y del mal. Aberración de fatales resultados que recogió la experiencia, demasiado dolorosa para desmenuzarla. Pero vale como resumen de sus efectos contraproducentes, el entretenimiento alrededor de una Mesa “chica o ampliada” mientras resonaba el derrumbe de las instituciones con saña anticristiana. Y finalmente el salvavidas de hecho, facilitado a los artífices de la demolición —a punto de tomarse las de Villadiego— cuando, harta, la sociedad unánime decretaba “que se vayan todos”.
   
Casimiro Conasco
Julio de 2012
   
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* Ya causaron viva preocupación las “Reflexiones y aportes sobre algunos temas vinculados a la reforma del Código Civil” de la Conferencia Episcopal Argentina. Al expresar que el anteproyecto “es sin duda el fruto del encomiable esfuerzo de muchas personas, que han aportado su sabiduría y experiencia en distintos temas”… Para agregar que “Valoramos especialmente la atención puesta al desarrollo creciente de los derechos humanos y su protección jurídica expresada por ejemplo en el reconocimiento de algunos de los derechos personalísimos o de la preocupación por proteger la vivienda familiar”.

** De otro modo no tiene explicación que en un momento como éste, agitado por gravísimos conflictos económicos y sociales, se les haya ocurrido de golpe plantear nada más ni menos que una reforma, en cualquier caso exigente de la serenidad propicia a los profundos estudios y reflexiones indispensables…

viernes, 27 de julio de 2012

Editorial del Nº 97

POLÍTICA BASTARDA
  
Por avanzada que esté la guerra semántica, disolviendo y tergiversando el valioso patrimonio de los significados esenciales, todavía nuestra lengua permite llamar degenerada a la persona de condición mental y moral anormal o depravada, a la que suelen acompañar por lo común algunos peculiares estigmas físicos.
  
A la vista de lo que dice y obra la presidenta; y más aún, de cómo ejecuta sus decires y obrares, no encontramos ya un término más calibrado que el que acabamos de proferir para diagnosticar el mal que la envuelve.
  
La verborragia compulsiva y mendaz se le ha vuelto hábito; el exhibicionismo de su talante mandón, rodeada de obsecuentes, lo tiene como rutina; las prácticas del rencor ostensible y de las venganzas personales son cada vez más reiteradas; el cinismo de su logomaquia, la crueldad con sus adversarios, el destrato con sus sirvientes o el monotematismo de sus autoreferenciales elogios, constituyen su fisonomía ordinaria. Ha perdido completamente el sentido del ridículo, y casi hasta el del decoro. Las alteraciones intempestivas del humor la acompañan de manera visible, constituyendo el penoso caso clínico que la psiquiatría suele denominar trastornos del afecto. Maníaca y furiosa, victimaria y victimizada a la vez, llorosa y riente, melodramática y chacotera de baja estofa, incurre de continuo en lo que los lógicos llaman falacias y los sufridos psicólogos fuga de ideas, propia de los pacientes con furores y tirrias desbordados. Confundiendo lo privado con lo público y lo partidocrático con lo estatal, resulta cada vez más el monigote que la remeda televisivamente, que ella misma. Y para que el cuadro degenerativo sea completo, el propio esquema corporal —que tanto dice cuidar— ha comenzado a dar señales inevitables del morbo que la domina y aturde. De resultas, y a fuer de zafiedad cuanto de ausencia absoluta de toda gravitas, su figura se aleja más de la propia de una señora, para recordar la faccia bruta de su difunto esposo.
  
Ejemplos de políticas degeneraciones se acumulan a granel. ¿Cómo no habría de llamarse de este modo al uso de las oficinas recaudadoras estatales para castigar a quienes testimonian el descalabro; o la grotesca operación destituyente de ese infeliz felpudo que gobierna la provincia de Buenos Aires; o la convalidación del torvo clan sionista que desfalca Tucumán; o la amenaza con la prisión a aquellos sindicalistas que hasta ayer les llenaron las urnas de papeletas roñosas, y que de ser culpables deberían compartir juntos las mismas rejas; o el recurso a los matones morenianos para disciplinar las operaciones comerciales; o las escandalosas conductas de jueces prostibularios y sodomitas que fallan a favor del gobierno; o la manipulación de la cadena nacional para felicitar a una quinceañera maleducada, desautorizar públicamente a la directora de su colegio o zaherir a un abuelo, cual si fuera el enemigo del pueblo, por comprar un puñado insignificante de dólares?
  
Pero un caso singularmente significativo probará la naturaleza cabal de la degeneración que protestamos. Un día de la primera semana de julio, Cristina recibió gozosa y exultante a un haz de personajes prostibularios, a quienes en virtud de las recientes leyes por ella impulsadas se les concedió la nueva “identidad” sexual, elegida caprichosamente acorde con sus desvíos contra natura. La degenerada dejó explícitamente en claro la felicidad que tal acto le causaba, prodigándose en ternezas para con aquellos seres tenebrosos, tenidos ahora por paradigmas. Al día siguiente, empero, con ocasión de recibir a Monseñor Oscar Ojea, completó el gesto ultrajante del Plan Divino.  Conversando con el prelado llamó “hermosísimo acto por la igualdad” al que había festejado el día anterior con aquellos mutantes aborrecibles; se atrevió a asegurar la conformidad de Dios ante tamaño pecado, y en el colmo del meditado desquicio le dijo al obispo: “menos mal que no estuvo ayer, si no me excomulgaba”.
  
Prescindiendo ahora del repudio que deban merecernos estos pastores cobardes, temblorosos ante la tiranía, cómplices por debilidad y omisión de sus graves desmanes, e incapaces de bajar el báculo punitivo contra las testas de los infames, la frase cristínica revela cuánta y cuán clara conciencia tiene del castigo eclesiástico que le correspondería por profanar sistemáticamente el Decálogo, combatiendo con odio y a sabiendas contra el Orden Natural y el Sobrenatural. Prueba inequívoca de que no hay atenuantes en su perfidia, sino el agravante infausto de quien actúa con pleno conocimiento de que se está apartando voluntariamente de la Barca, burlándose del timor Domini y desafiando la merecida excomunión. La sordidez de esta política anticatólica llegaba así a su vértice más repugnante y atroz.
  
Seguiremos en batalla contra la despótica degenerada y su séquito, sin importarnos la desproporción de fuerzas. Porque hay algo que nos amedrenta muchísimo más que las consecuencias que puedan seguirse de esta posición irreductible y frontal, y es el acostumbrarnos a tener por patria un cubil.
  
Opongamos a los degenerados el antídoto valiente y efectivo de la regeneración. “No sacrificaré”, decían escueta y enérgicamente los primeros mártires, cuando eran obligados bajo tormentos a rendir culto a las falsas deidades.
  
No ceses en tal empeño, compatriota. No sacrifiques en el altar de estos protervos. No claudiques ni te fatigues en la marcha. La Cruz y la Bandera son tus báculos firmes, y si el horizonte que pisas es la tierra agrietada, el norte sigue siendo el Cielo que no sabe de fisuras, intacto en su lumínica grandeza. Hazte de plata y espejea el oro que se da en las alturas, y verdaderamente serás un argentino.
  
Antonio Caponnetto
  

jueves, 26 de julio de 2012

Reflexiones

OVEJAS SIN PASTOR
  
Et vidit multam turbam et misertus est super eos, quia erant sicut oves non habentes pastorem (San Marcos, 6, 34)
  
La liturgia de la palabra de este XVIº Domingo del Tiempo Ordinario nos pone frente a la figura del Pastor, más propiamente de Cristo, Pastor, Universal y Supremo. Sin embargo cada uno de los textos que la componen tiene un matiz diverso a la manera de un acento distinto con el que el Verbo de Dios nos interpela. Así, la profecía de Jeremías (Jeremías, 23, 1-6), que abre las lecturas, nos trae la voz del Profeta que increpa y apostrofa a los malos pastores, aquellos que se apacientan a sí mismos y dispersan al rebaño. Palabras durísimas que hacen estremecer pero que el Señor misericordioso compensa con la promesa de buenos pastores —que harán que las ovejas ya no anden medrosas ni asustadas— y el anuncio de un rey sabio y prudente que regirá la tierra con justicia. A continuación el Salmo 22 trae el canto del alma que, confiada y gozosa, oye los silbos amorosos del Pastor que la llama, la guía y la conduce a las praderas de quietud: el Señor es mi pastor, nada me puede faltar. El texto de San Pablo (Efesios 2, 13-18), si bien no incluye la figura del Pastor, es un llamado a los pueblos gentiles, los que antes andaban lejos, para que se vuelvan a Jesucristo, Rey y Pastor Universal y Supremo, que con su Cruz ha hecho de gentiles y judíos un solo pueblo derribando con su Cuerpo el muro de la enemistad. La Epístola de Pablo presenta y anuncia, así, la salvación universal de Cristo y constituye una suerte de vértice de plenitud y gloria de estas lecturas.
  
Pero cuando el alma ha sido llevada por el ritmo y los acentos de los textos sagrados a este vértice de gloria y de plenitud, el Evangelio (San Marcos, 6, 30, 34), nos vuelve, de pronto, hacia otro costado de la realidad. Narra Marcos que los discípulos, enviados por el Señor a predicar a las ovejas de Israel, regresan a darle cuenta de cuanto han hecho y enseñado. El relato nos pone, pues, en primer término, frente a este retorno de los apóstoles, el retorno a Cristo, el Señor, la referencia última y única de todas sus andanzas. Santo Tomás, en el comentario de este pasaje, trae un bello y expresivo texto de San Jerónimo en el que se compara el regreso de los discípulos al retorno de los ríos a su origen: Los ríos van a desaguar al lugar de donde salieron (Catena Aurea, Marcos, VI, lectio 5). Como ríos, pues, que tornan a su origen, así vuelven los discípulos al Señor. Pero, añade Marcos, los apóstoles vuelven cansados, agobiados (tentados estamos de imaginarlos cubiertos del polvo de los caminos, ya sin aliento, quizás a punto de desplomarse), pues eran tantos los que los seguían y se agolpaban que ni tiempo tenían para comer. En este segundo momento del relato, el texto nos pone frente al cansancio de los apóstoles y la exquisita caridad del Señor que los invita a descansar. El Señor, en efecto, los invita a reposar un poco, a un sitio solitario, junto a Él: Venite… in desertum locum et requiescite pusillum. Cristo es nuestro descanso y a Él volvemos como refugio de nuestras fatigas cuando el cansancio agobia. A lo largo de los siglos, millones de seres humanos, discípulos de Jesús, misioneros y pastores, han buscado este refugio a los pies del Sagrario, han vuelto a la soledad de la celda, al consuelo, siquiera breve, de la contemplación y de la oración, a los brazos amantes del Pastor que repara sus fuerzas. Y muchos más seguirán haciendo esto mismo hasta el fin de los tiempos. Este reposo breve no es aún, al decir de San Jerónimo, el festín en que se beberá vino nuevo y se cantará un nuevo himno por hombres nuevos (cf. Catena Aurea, loc. cit.). Pero hasta que llegue este festín definitivo el Señor seguirá diciendo a sus pastores: Venite… et requiescite pusillum. Y el que no acepte esta invitación del Señor verá frustrado su pastoreo.
  
Llegados a esta altura del relato, el Evangelio vuelve, enseguida, a cambiar el ángulo de la realidad, ésta sí definitivamente conmovedora y sobre la que queremos meditar, ahora, siquiera por unos momentos. El Señor, Aquel a quien hace instantes contemplábamos en la plenitud de su gloria de la mano de Pablo, ahora es el Pastor solícito que nos interpela con su mirada, mirada dirigida a las muchedumbres que lo siguen. Cristo ve a la multitud, una multitud abigarrada, apiñada, que lo busca sin reparar en nada, ni en la comida, ni en la hora del día, ni en el calor, ni en el frío. Cristo ve a todos y a cada uno de esos hombres que integran la multitud. El Señor los ve: Et vidit multam turbam… ¿Cómo no conmoverse ante esta mirada del Señor, ante el fulgor de esos ojos abiertos de Cristo, rasgados por la misericordia? Porque Cristo ve y, al tiempo, se compadece de la multitud: Misertus est super eos. Aquí el vidit y el misertus anudan y abarcan la infinita totalidad de esa mirada de Cristo sobre el hombre. ¿Y qué es lo que provoca este ver misericordioso del Señor? Marcos lo dice con una sobriedad sobrecogedora de palabras: porque eran como ovejas que no tienen pastor.
  
La vista del rebaño huérfano, disgregado, sin rumbo y sin guía —y volvemos al texto primero de Jeremías— conmueve las entrañas de Cristo. La pregunta es ésta: ¿nos conmueve hoy, a nosotros, esa mirada misericordiosa de Cristo, conmueve nuestras entrañas la conmoción del corazón del Pastor? ¿Somos suficientemente concientes de que el espectáculo hodierno del mundo y de la Iglesia provoca, de nuevo, la mirada de Cristo?
  
¡También hoy Cristo vidit et misertus est! ¡Tantas multitudes que andan sin pastores! ¡Tantos pastores, ay, en nuestra Iglesia, que se apacientan a sí mismos y disgregan el rebaño! ¡Tanto rebaño descarriado mientras los pastores duermen! ¡Tantos pastores que olvidan que su misión es enseñar, regir y santificar la grey y no proponerse a sí mismos! ¡Tantos que olvidan que deben ofrecer el Sacrificio del Cordero en cada misa y el Pan de la Vida y no el pobre pan de un banquete demasiado humano! ¡Cuántas ovejas, a su vez, ganadas por la soberbia de una “fe adulta” que no quieren oír ni al Pastor ni a su Vicario, ni  a sus ministros!
  
No hemos podido escapar a la conmoción de este Evangelio, a la sensación, casi física, de que la desgarrada mirada del Señor se derrama sobre cada uno de nosotros. Nos hemos sentido envueltos en esa mirada dulce y misericordiosa del Pastor Supremo y le hemos suplicado que nunca la aparte de nosotros.
  
A la luz y al calor de esa mirada, brota de nuestro corazón cansado la plegaria que la Iglesia repite en la festividad de los Sumos Pontífices: Gregem tuum, Pastor aeterne, placatus intende.
  
Mario Caponnetto