martes, 15 de junio de 2010

Poesía que promete


MALVINAS:
NOSTALGIA DE GUERRA
Y DE VICTORIA

Hermana gris, hermana entre la bruma
y las rompientes donde canta el viento;
hermana gris: que cerca ya te siento,
bandera azul, hendida por la espuma.

Un siglo y medio quedó atrás: se esfuma
la humillación, la afrenta y el lamento
y se hace lanza en ristre el sentimiento
y la planta extranjera, no te abruma.

La enseña azul y blanca, al tope, ondea
allí, en tu roquedal, altiva y sola
sobre el inmenso mástil de tu tierra.

Detrás, va todo un pueblo que pelea
remontando el coraje, de ola en ola,
porque eres Argentina en paz o en guerra.

Enrique Vidal Molina

SIEMPRE HABRÁ
ENTRE LAS TUMBAS

UNA LENGUA QUE GRITE:
¡MALVINAS ARGENTINAS!
¡LA PATRIA NO SE RINDE!

lunes, 14 de junio de 2010

14 de junio


ARGENTINO,
NO TE RINDAS

Fue aquella una guerra justísima, cuyos resultados temporariamente adversos no anulan ni opacan la recta decisión de librarla y el honor de quienes supieron protagonizarla con gallardía. Sigan pensando pacifistas, ignorantes y descastados de todo jaez, en las hipótesis mezquinas que habrían motivado la contienda, sosteniendo entonces —contestes con su miopía— que la rendición fue el escarmiento y el fracaso que nos merecíamos. Para nosotros, el 2 de abril, sigue siendo la fiesta de la dignidad nacional, y el 14 de junio la cifra de todas las claudicaciones que aún perduran, aborreciblemente potenciadas.

De sobra sabemos que la Argentina de 1982 era una época sombría y decadente, bien que por motivos antagónicos a los que hoy esgrime la historia oficial, subsidiada y ficticia. Como de sobra sabemos que hubo quienes condujeron las operaciones o se condujeron a sí mismos, asidos al pellejo, sopesando cálculos antes que pálpitos, midiendo las armas por sobre el coraje, diagramando estrategias diplomáticas cuando debían soñar asaltos a campo traviesa. Sólo cabía el triunfo, que sigue siendo tal —o empieza por ser tal— si se triunfa sobre el afán de conservar la vida, y el corazón se alista en la brigada de los mártires; en ese último pelotón spengleriano, dueño de todos los arrojos y de la osadía de donarse sin reservas.

Pero llegó la batalla legítima en el abril de la patria, y la patria tuvo héroes. Sangre fecunda de los muertos y de los combatientes cabales, ante la cual cualquier homenaje es pequeño, cualquier gratitud insuficiente, cualquier admiración escasa. Paradójicamente, ha sido un inglés lúcido, Carlyle, el que ha dicho que “no se necesita solamente lo que solemos llamar un alma grande para ser un héroe; lo que se necesita es un alma creada a imagen y semejanza de Dios y que sea fiel a su origen”. Tuvo la nación estas almas durante los días que duró la hazaña. Ennoblece reconocerlo.

Era justa la guerra, quede en claro, precisamente por su hondo e irrenunciable significado teológico. Porque como bien lo ha columbrado Alberto Caturelli, se lidiaba contra Albión, que es la apostasía; contra Leviatán, que es la Serpiente; contra Gog, que es la usura. Porque se luchaba por una soberanía, que no es únicamente señorío sobre el paisaje, sino y ante todo restauración de la Principalía de Jesucristo: La que el hereje desterró de nuestras Islas, desde el mismo día que las poseyó por la fuerza. No fue obra de la casualidad sino de la Providencia, que el operativo militar que restituyó aquel terreno austral injustamente arrebatado, llevase por nombre el de Nuestra Señora del Rosario. Para que el mundo entero supiera que la única reina de aquel territorio insular no estaba en Buckingham, sino en el Cielo. Quienes otrora y después, hasta este hoy de espanto y de vergüenza, no han comprendido o han traicionado esta honda significación religiosa de la lucha, merecen nuestro repudio. Tan simétricamente como merecen nuestra piedad y observancia, los que ataron escapularios a sus fusiles y desgranaron avemarías al son de cada disparo.

El segundo enunciado que aquí queremos asentar, es el que también entonces supimos, pero que luego corroborarían los interesados con explícita grosería. Ante todo,que pudimos haber vencido, infligiéndoles a los intrusos una inolvidable paliza. Lo han reconocido, entre otros, los gringos Charles Koburger, Anthony Simpson, Bruce Schoc, y el mismísimo Secretario de Marina de USA, John Lehman, en su Informe ante el Subcomité de Armamentos de la Cámara de Representantes de su país, el 3 de febrero de 1983. Si no vencimos, no fue por nuestra falta de agallas para la lid, como se insiste en acomplejarnos desde hace veinticinco años, sino por la incalificable traición a la patria consumada por el Generalato y la Partidocracia, con la anuencia y la instigación del embajador Schlaudeman. Cuando el general Llamil Reston le dijo a Galtieri que “Yalta existe”, indicándole con el funesto laconismo que era obligatorio acatar sus inicuos mandatos, hablaba por él toda una clase de jefes castrenses de oprobiosa conducta. Cuando Alfonsín, Menem, Duhalde o De la Rúa, cada uno a su turno, reconocieron que gracias a la derrota en las Malvinas fue posible la instauración de la democracia, no hacían sino coincidir deliberadamente con las gozosas declaraciones que al respecto formularían David Steel, ministro del Foreign Office, en 1985, y la mismísima Margaret Thatcher después, en 1994. El actual sátrapa Néstor Kirchner ha llevado hasta el paroxismo, y cumplido a rajatablas, esta endemoniada dialéctica de los traidores. Nadie como él se ha hecho cargo de la dialéctica instalada por el enemigo, según la cual, de la rendición brotó la democracia, y de la democracia el hundimiento definitivo de las Fuerzas Armadas. Quien juega ante la ordinariez de su hinchada a presentarse como adalid del anti-imperialismo, no es sino su dócil peón, su manso usufructuador y turiferario.

No ha de cerrarse este homenaje con amargura, sino con esperanza. Porque si la Argentina ha de salvarse, será con hombres de la talla de aquellos que pelearon bravamente, algunos de los cuales son ahora prisioneros de guerra de este Régimen monstruoso. Con hombres como aquellos de la talla de Giachino, Estévez, Falconier o Cisneros. Hombres singulares, para quienes la existencia y la muerte no eran concebibles sino como actos de servicio por Dios y por la Patria. Hombres impares, naturalmente decididos y arrojados, caídos gloriosamente entre el hielo y los albatros. Hombres —que tal vez sin saber que repetían las viriles palabras con que Palafox rechazó la rendición de Zaragoza— levantaron su misma consigna en el vértice austral de esta patria doliente: No sé capitular, no sé rendirme, después de muerto hablaremos. Como al estupendo hispano, les cabe a todos ellos —parafraseadas de Pérez Galdós— una sola y confortadora promesa: Siempre habrá entre las tumbas una lengua que grite: ¡Las Malvinas no se rinden!

Antonio Caponnetto

domingo, 13 de junio de 2010

Cura abusador


PADRE PANARO:
UN CURA ABUSADOR


“No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre
se ha complacido en daros el reino”

(San Lucas, 12, 32)

El domingo 6 de junio, en la Capilla Sagrado Corazón de Jesús, sita en el barrio de Flores Sur, se celebraba solemnemente la Festividad de Corpus Christi, como sucedió en los últimos cuatro años, en que el modesto oratorio fue recuperado para el Culto Sagrado.

De manera brusca y destemplada, un tal Antonio Panaro, de traza aseglarada y talante patibulario, que se hace llamar “Tony” y funge como párroco de Santa Francisca Javier Cabrini —parroquia de la que depende la mencionada Capilla— interrumpió la liturgia y con un balbuceo incoherente y mendaz, destrató a la feligresía, calumnió al Sacristán, declaró abolida la “tradición de las procesiones” —a pesar de estar expresamente solicitada en el canon 944, “en una iglesia u oratorio”— y cerró, al fin, arbitrariamente el sencillo pero significativo templo.

Pecó contra el segundo, el tercero y el octavo mandamiento en forma ostensible, pública, insolente y aviesa. Violó coactivamente la ley eclesiástica vigente. Más de medio centenar de personas son calificados testigos de lo que sostengo.

Además de la profanación al Santísimo, que constituyó su brusca interrupción; además del odio a Jesus Sacramentado, considerando un acto improcedente el haberlo sacado en procesión triunfal por las calles del barrio, además del escándalo y del llanto causado a las muchas familias y jóvenes presentes, además de la ofensa innecesaria al celebrante —uno de los sacerdotes más eminentes que tiene hoy la Iglesia en la Argentina— el sujeto Panaro actuó despótica y abusivamente.

Abusó de su autoridad de párroco, abusó de su carácter de administrador de la Capilla, abusó de sus facultades, abusó de sus prerrogativas clericales, y abusó de la paciencia de una feligresía que no calló su indignación ni sus razones, ni quiso contener su reacción viril y legítimamente violenta. Pues el ofendido por el singular prete, no era un hombre ni una comunidad, sino el mismísimo Cuerpo de Cristo.

Panaro cometió un abuso cuya sanción está prevista en el Canon 1389 § 1. Porque abusar es usar mal, excesiva, injusta, impropia o indebidamente de algo; en este caso del cargo de la autoridad parroquial.

Estamos, pues, ante un caso atípico de Cura Abusador, cuyos abusos hasta ahora evidentes, consisten en discriminar injustamente y expulsar cobardemente a los católicos fieles al esplendor de la liturgia por la que tanto brega Su Santidad Benedicto XVI. A la par de esa cercenación abusiva de la dignidad del Santo Sacrificio de la Misa, contraviene en sus oficios parroquiales ordinarios muchas de las expresas prohibiciones enunciadas en la Instrucción Redemptionis Sacramentum, promulgada en tiempos de Juan Pablo II.

Esperemos que la Jerarquía ponga las cosas en su sitio. Podría hacerlo si se dejara guiar, siquiera una vez, por las palabras del santo abad cisterciense, Isaac de Stella: “Lo suficiente es fácil decirlo. El gozo, el amor, la delectación , la visión, la luz, la gloria, es lo que Dios exige de nosotros, aquello para lo cual Dios nos hizo. El orden y la religión verdadera es hacer aquello para lo cual fuimos hechos. Contemplemos lo que es la belleza suprema, luchemos vehementemente contra lo que se opone a ello. Todas nuestras actividades, el trabajo como el reposo, la palabra como el silencio, estén encaminados a este fin. Lo que no está encaminado a él, lo que no hacemos por el fin para el cual fuimos hechos por Dios, haciendo coincidir la razón y la intención de su obra y de la nuestra, no es una virtud y no merece recompensa”.

Si así no fuera, sepa el abusador que su ignominia no hará mella en nuestro Catolicismo Militante. Suyas son las paredes. Nuestra es la Fe. Suyas las llaves de las puerta del pequeño oratorio. Nuestras las llaves del Reyno. Suyas las palabrerías vacuas con las que intentó justificar el atropello. Nuestras las palabras de vida eterna que nos inculca el Evangelio. Suyas, al fin, las poses demagógicas y populistas. Nuestra la Realeza de Jesucristo.

Entretanto, vayan estos simples versos impetratorios, para darle gracias al Dios de los Ejércitos, por estos cuatro años de cultivar el amor a la Cruz, en la pusillus grex en la que el Señor tuvo la gracia de colocarnos.

Bien dice Santo Tomás citando a Teofilacto y a Beda: “También llama el Señor pequeña grey a los escogidos, ya comparándolos con el mayor número de réprobos, o más bien por su amor a la humildad”.

Mántengase unidos en la Verdad Crucificada quienes tuvieron el honor de pertenecer a ese pequeño rebaño, custodio fiel del mandato paulino: “Conserváos firmes en la Fe y guardad las tradiciones” (II Tesalonicenses, 2, 15). Resistamos, firmes en la Fe.

Será nuestra victoria frente a la tiránica ignominia de los curas heréticos.


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CAPILLA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESUS

A Víctor Chéquer

Una casa nomás de humilde acervo
pesebremente, en una esquina ignota,
albergó lo perenne que rebrota
si dos o más se apean junto al Verbo.

El celebrante ungido y siempre siervo
de que no ha de alterarse ni una jota,
el latín secular, la noble nota
del gregoriano que canté y conservo.

Las vigilias de Pascua, el villancico,
las moniciones, los fervientes ruegos,
el gozo de esperar la Nochebuena.

El vino viejo en odres nuevo, rico,
en el umbral los niños con sus juegos.
Todo es tuyo, Señor, valió la pena.

Antonio Caponnetto

sábado, 12 de junio de 2010

Poesía que promete


EL DESESPERADO

Hombre que en el tumulto de esta hora del mundo
te pierdes y encegueces;
y en la noche te buscas, sin comprender la noche,
y en la noche pereces;
tú, que apartas tu sangre de la sangre que unía
tu cuerpo a la Substancia,
y te arrancas el alma como una flor ajada,
sin norma y sin fragancia;
tú, que de usar los ojos en mirar lo pequeño
los ojos has perdido,
tú, que de tropezar con tus propios sentidos
ya no tienes sentido,
tú, que en la soledad eras un desolado
porque no te conoces,
tú que huyes del silencio, pues te aterra el espectro
que queda de tus voces;
tú, que hablas de la vida cual si la vida fuera
solamente tu vida
y clamas por la muerte como si no tuvieras
ya la carne podrida;
oh tú, el desesperado de no haber visto a Dios,
de no haberlo encontrado,
te llenarás de asombro cuando adviertas que Dios
siempre estuvo a tu lado;
y aún está, y estará, pues su misericordia
sin tasa ni medida
desborda, a pesar tuyo, en los universos
de tu muerte y de tu vida.
¡Oh si yo te dijera que esos mismos sentidos
que tú dilapidaste
te unen secretamente a Quien esos sentidos
tantas veces negaste!
Pues hasta en lo más simple de las cosas que miras
(sin ver naturalmente)
está Aquel que buscabas, a quien negabas
tan obstinadamente…

(Por la ventana abierta, su frescura de sótano
la noche respiraba;
y el olor de la tierra la fuerte primavera
de la muerte exhumaba.
Entre las arboledas jugaban suavemente
los ángeles del viento;
iba y venía en la sombra a manera de lento
guardián del pensamiento).

Sumérgete en la noche sin pavor ni recelo,
con plenitud de amante;
y hallarás que la noche no es sino su profunda
desnudez deslumbrante;
la cegadora lámpara cuya luz no resisten
nuestras pobres miradas,
contra la cual los ojos parecen como leves
mariposas quemadas.
Y pregunta con esa sabiduría del niño
que interroga las cosas:
¿Quién está tras las cosas encendiendo los astros
y adormece las flores?
El silencio infinito ¿no es acaso un lenguaje
de infinitos rumores?
¿Qué es esta soledad sino Aquella presencia
total inadvertida?
¿Los astros no te bastan para dar testimonio
perenne de Su vida?
¡Ah! pero no es preciso de lo arcano y remoto
para hacerlo evidente,
pues también en las cosas menos extraordinarias
parece estar presente.
Mira en el madurar del fruto la elocuencia
carnal de Su dulzura,
y, en el caer la hoja, el peso de Su ley
convertida en ternura…
La conciencia nocturna continuó su monólogo
razonable y perfecto.
Y vio el hombre, en efecto, que el discurso interior
no tenía defecto.
Pero cuando la noche comenzó a demacrarse
con las primeras luces
apareció en la calle el cadáver de un hombre
desplomado de bruces.

Juan Oscar Ponferrada
a raíz de la muerte de Leopoldo Lugones

miércoles, 9 de junio de 2010

Nacionales


PJ, ENTRE
LA ABUNDANCIA
Y LA LOCURA

“Piense que no tiene acabo la malicia
de los bichos” (Leopoldo Lugones)

Alcanza con ver la fotografía. Nos referimos a la que muestra al P.J., estrenando su conducción. La categórica imagen bien podría ser un símbolo del realismo mágico, de esa ficción literaria que confunde la vida con el delirio y que, como pocas veces, parece haberse adueñado de la vida y la política en estas tierras. Es que al mirarlos, uno se queda pensando que no sería fácil juntar, fuera de las megacorporaciones internacionales, tipos con tanta plata en un solo retrato.

Del presidente del partido hacia los costados, gente rica, muy rica, hablando de los pobres; por supuesto que la preocupación no podía ser más digna y más justa; pero, a pesar de la trascendencia de la cuestión, todos reían distendidos, más aún festejaban entusiastas cada frase del presidente que ese extraño día parecía dispuesto a encabezar la lista de los jocosos. No sin razón, dirán otros, que aún los temas más espinosos se pueden tratar con una sonrisa, pero lo llamativo del caso era la actitud de algunos como Kirchner o Kunkel a quienes, ajenos al don de la simpatía, apenas alguien podría recordar sonriendo.

Pues bien, ese grupo de financistas y magnates dueños de casi todo lo que se pueda comprar, rejuntados en curiosa antítesis denominada partido de los trabajadores, aplaudía feliz cuando K explicaba las razones acerca de cómo y por qué, “otros”, debían “redistribuir” para solucionar el problema de la pobreza.

No faltará quien sospeche que en ese “otros” radicaría el principal motivo del festejo.

Nos decían que hay que poner dinero con generosidad —plata ajena, claro— porque es para construir hospitales y caminos, aunque también afirmaban que es para que no aumenten el pan y la leche, o puede ser para que el pan y la leche, llevados por buenos caminos, no falten en los hospitales. En fin, aunque no lo veamos demasiado claro no debemos desesperar: lo definitivamente cierto es que esa plata volverá, vendrá en las valijas de Antonini, o en el tren bala, o a través de algún ministro transportador, o llegará desde la lejana Suiza o aparecerá en el baño de cierto despacho o por la magia flotante de un casino o entreverada con los fondos de Santa Cruz, pero siempre, esto nadie lo ponga en duda, siempre retornará…

Entonces está bien, no hay que ser mezquinos, como pide la presidenta, sobre todo el campo no debe serlo, y en este sentido y como ejemplo tal vez los ayude observar los rostros de los presentes el día de la reinauguración del P.J. de la abundancia.

Por cierto que no han sido estas las únicas paradojas de esa tarde memorable, porque más allá de la riqueza, de la rústica teatralización, y de la euforia, andaban por ahí ocupando cargos directivos aquellos que, entre otras delicadezas, planearon y ejecutaron la muerte de Rucci, no precisamente con el visto bueno de Perón. No obstante lo nombraban y citaban a cada momento, claro que menos como el hijo pródigo que vuelve a casa arrepentido, que como un intento de manipular el lenguaje para seguir negando la dura, absurda realidad que supieron conseguir.

El presidente paralelo creía que había aplastado a los diferentes y a los malvados que podían oponerse a sus exigencias de omnipotencia; luego de la miope fulminación se preparaba ya al entierro de un país que de puro silencioso y manso él confundió con muerto. Cuidado señor casi ex, con ese vivísimo muerto que viste hoy el más peligroso de los trajes, el del hartazgo, el del ahogo de un cerco sin aire, el de la dignidad atropellada.

Recuerde el señor ex, que el mismo Sarmiento habla de la inseguridad habitual de la vida en el campo, lo que hace de los campesinos gente cuidadosa, difícil de madrugar, acostumbrada “al más ligero susurro del viento, ante la proximidad del salvaje, el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar…” Los nuevos dueños del P.J., los neocapitalistas K que ahora lo conducen y además gobiernan el país ¿lo gobiernan? expresan lo más cínico del progresismo decrépito.

En medio de la crisis, los dinosaurios K decidieron reclamar un papel más activo para sus asociados, incluidas madres y abuelas, adquisiciones éstas más bien antiguas pero muy útiles, dada su incomparable predisposición al diálogo, entendido como un diluvio de pedradas. Por cierto que en defensa de la mentira, estas organizaciones tienen hasta universidad, las distingue un amplio y calificado nivel académico que abarca desde los cheques sin fondos, hasta sofisticadas formas del engaño para enriquecerse falsificando la historia.

Han llegado a convertir al Estado en algo tan espantoso, tan temible, y tan repugnante que sería difícil responder al interrogante sobre si hay algún aspecto aunque fuera mínimamente positivo en el deliberado caos nacional.

Creemos que sí, tal vez algo les debamos. No podríamos negar que ellos, motorizados por una chifladura inaudita, fueron la llama que ayudó a recrear esta inédita retreta; fueron ellos los que provocaron el estremecimiento y la reacción, que luego se hicieron voces por todo el país, voces distantes con reminiscencias de los clarines del desierto, voces marcando presencias, posiciones, y límites, definiendo los espacios propios, anunciando cada vez con más fuerza que, aún en la noche, avanzamos juntos hacia un punto de encuentro distinto, cada vez más lejos de la irracionalidad perversa del odio.

Miguel De Lorenzo

martes, 8 de junio de 2010

Apostillas


PÍO XII LO SABÍA

Antes he hablado de Pío XII. A Pío XII le conocí también con audiencia privada, en 1957. Fue en ocasión de una Semana de Cine Español que se celebró en Roma; los buenos oficios de Julián Cortés Cavanillas consiguieron que el Pontífice recibiera a los componentes de la delegación española, en la que, junto a los representantes de la Administración y de la industria, estaban un grupo de artistas: Carmen Sevilla, Paco Rabal, Luz Márquez, José Suárez, Amparo Rivelles, Fernando Sancho, Maite Pardo, María Martín, Germán Cobos, Fernando Rey. Ni qué decir tiene que no se daba en nosotros esa beatería un tanto histérica que suele caracterizar a los participantes en estas audiencias. Yo diría, incluso, que había en algunos cierta morbosa e irónica curiosidad por ver de cerca al Papa, pero muy escasa veneración.

Y, sin embargo, cuando apareció el Santo Padre —enfáticamente anunciado por un cardenal de empalagoso acento— caímos todos de hinojos, como empujados por un resorte invisible, y hasta tuvimos la sensación de hallarnos frente a un ser que no era de este mundo. A nadie se le ocurrió vitorear ni aplaudir —como suelen hacer ciertos frenéticos visitantes— pero la impresión de respeto, de confusión, de devoción, fue asombrosa. Y es que el Papa Pacelli —permítaseme la frase— vestía el cargo de una manera asombrosa. Le ayudaban a ello su figura vertical, solemne, llena de dignidad, y la mirada profundísima de aquellos ojos menudos y penetrantes, que parecían asomados a las almas de sus interlocutores.

Por eso encontramos todos normal que, a la salida de la audiencia, mientras paseábamos por los hermosos pórticos de la plaza de San Pedro, comentando la sensación de santidad que trascendía de Pío XII, una de las actrices que nos acompañaba resumiera la impresión general con tanta gracia como realidad:

— ¡Anda! ¡Como que cuando se me quedó mirando y me clavó los ojos de aquella manera, yo me dije: «Éste sabe lo de Pepe…»!

Pepe era, naturalmente, su amante de entonces…

Fernando Vizcaíno Casas
(Tomado de su libro “Personajes de entonces…”)

domingo, 6 de junio de 2010

Sermón de Corpus Christi


EL SACRAMENTO
DE LA EUCARISTÍA

La Eucaristía es el Sacramento que contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad, es decir, toda la Persona de Cristo, vivo y glorioso, bajo las apariencias de pan y de vino.

El Concilio de Trento define claramente esta verdad, fundamental para la vivencia y adoración de Cristo: “En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad. En realidad, Cristo íntegramente”.

Como católicos, creemos que Jesucristo está personalmente presente en el altar siempre que haya una Hostia Consagrada en el sagrario. Es el mismo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que andaba por los caminos de Galilea y Judea. Creemos que Él viene ahora como nuestro huésped personal, cada vez que recibimos la Santa Comunión.

La Eucaristía es uno de los Siete Sacramentos instituidos por Cristo para que participemos de la vida de Dios. Es el mayor de todos los Sacramentos, porque contiene a Cristo mismo, el Autor Divino de los Sacramentos.

Hay tres aspectos o momentos en la Eucaristía: El primero es la Presencia Real de Cristo en el altar, siempre que haya una Hostia Consagrada en el Sagrario. Segundo, la Eucaristía como Sacrificio, que es la Misa. Y tercero, la Santa Comunión.

La palabra Eucaristía, derivada del griego, significa “Acción de gracias”. Se aplica a este sacramento, porque Nuestro Señor dio gracias a su Padre cuando la instituyó. Además, porque el Santo Sacrificio de la Misa es para nosotros el mejor medio de dar gracias a Dios por sus beneficios.

La Sagrada Eucaristía es el verdadero centro del culto católico, el corazón de la fe. Y porque creemos que el Hijo de Dios está verdaderamente presente en el Sacramento del altar, construimos bellas iglesias, ricamente adornadas.

El Sacrificio de la Misa no se limita a ser mero ritual en recuerdo del sacrificio del Calvario. En él, mediante el ministerio sacerdotal, Cristo continúa de forma incruenta el Sacrificio de la Cruz hasta el fin de los tiempos.

La Eucaristía es también comida que nos recuerda la Última Cena; celebra nuestra fraternidad en Cristo y anticipa ya el banquete mesiánico del Reino de los Cielos.

Por la Eucaristía, se da Jesús mismo, Pan de Vida, en alimento al cristiano, para que sea más grato a Dios, amándolo más, y al prójimo por Él. Se reserva la Eucaristía en nuestras iglesias como ayuda poderosa para la oración, y para servir a los demás.

Reservar el Santísimo Sacramento significa que, al terminar la Comunión, el Pan consagrado que sobra, se coloca en un copón en el Sagrario y allí se guarda reverentemente. La luz roja que brilla al costado de un altar indica que en el sagrario del mismo se conserva la Presencia Real del Señor. Asimismo, la cortinita o conopeo que cubre la puerta de un sagrario avisa que en él se guarda la Sagrada Eucaristía.

La Eucaristía en el Sagrario es un signo por el cual Nuestro Señor está constantemente presente en medio de su pueblo y es alimento espiritual para enfermos y moribundos.

Debemos agradecimiento, adoración y devoción a la Presencia Real de Cristo reservado en el Santísimo Sacramento.

Las tumbas de los mártires, las pinturas murales de las catacumbas y la costumbre de reservar el Santísimo Sacramento en las casas de los primeros cristianos durante las persecuciones, ponen de manifiesto la unidad de la fe en los primeros siglos del Cristianismo sobre la doctrina de la Eucaristía, en la cual Cristo realmente se contiene, se ofrece y se recibe. De la Eucaristía sacó fuerzas toda la Iglesia para luchar valerosamente y conseguir brillantes victorias. La Eucaristía es el centro de toda la vida sacramental, pues es de capital importancia para unir y robustecer la Iglesia.

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

El Sacrificio de la Misa no se limita a ser un mero ritual en recuerdo del Sacrificio del Calvario. En él, por ministerio sacerdotal, Cristo continúa de manera incruenta el Sacrificio de la Cruz hasta el final del mundo. La Eucaristía es también comida, que nos recuerda la Última Cena, celebra nuestra fraternidad en Cristo y anticipa ya el banquete mesiánico del Reino de los Cielos.

Jesús se hace Él mismo alimento de nuestras almas, el Pan de Vida. Se ofrece a Sí mismo como Sacrificio en la Cruz. En la Sagrada Comunión participamos del Cuerpo que fue entregado a la muerte por nosotros, y de la Sangre que se derramó para nuestra salvación. Este sagrado banquete nos recuerda lo que sucedió en la Última Cena, cuando Jesús mandó a sus apóstoles a hacer lo mismo en memoria de Él.

Comulgar en la Misa es comer el Cuerpo del Señor que nos alimenta con la vida de Dios y nos une a Jesús y entre nosotros mismos. Atrayéndonos a la unión con Jesús, nuestro Padre celestial nos acerca más entre nosotros, porque participamos de la vida de Cristo en cuanto Dios por medio de su gracia. La Sagrada Eucaristía es signo de unidad y amor que nos estrecha con Jesús y a unos con otros. Además nos da la gracia que necesitamos para que ese amor sea fuerte y sincero.

La Sagrada Comunión nos da ya una parte del banquete de Cristo en el Reino de los Cielos, porque es el mismo hijo de Dios hecho Hombre quien se unirá a nosotros en gozo para siempre en el Cielo. Jesús prometió que también nuestro cuerpo disfrutará algún día de su presencia. Él dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (San Juan, 6, 54). La comida que Dios Padre nos ha preparado nos dispone a participar en aquella comunión espiritual con Jesús y su Padre.

En la Eucaristía, Jesús mismo, Pan de vida, se da como alimento a los cristianos para que sean más agradables al Padre, con mayor amor a Dios y al prójimo.

La Santa Comunión es Cristo mismo, bajo las especies de pan y vino, que se unen al cristiano para alimentar su alma. Dijo el Señor: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo” (San Juan, 6, 51).

La Santa Comunión nos ayuda a amar más a Dios por la gracia divina que aumenta en nuestras almas. La misma gracia nos ayuda a amar a los demás por amor de Dios. Jesús nos fortalece con la gracia actual y sacramental, para que superemos la tentación y no pequemos contra Dios ni contra el prójimo. Sólo con la ayuda de su gracia podemos verdaderamente vivir vida de caridad y cumplir el mayor de sus mandamientos. Por eso, la Eucaristía es Sacramento de unidad, pues une a los fieles más con Dios y entre sí mismos. Comiendo el Cuerpo del Señor estamos aumentando nuestra unión con Dios y con los demás. Dice San Pablo: “Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (I Corintios, 10, 17).

“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de Mí no podéis hacer nada”.
(San Juan, 15, 5)

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.
(San Juan, 5, 53)

“…y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entrego a sí mismo por mí”.
(Gálatas, 2, 20)

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.
(San Lucas, 12, 34)


PARA COMULGANTES FRECUENTES
Amable Jesús mío, viniste al mundo para dar tu vida divina a todas las almas. Quisiste hacerte nuestro alimento diario para conservar y fortalecer esta vida sobrenatural, frente a las debilidades y faltas de cada día.
Te pedimos humildemente que derrames tu Espíritu Divino sobre nosotros por amor de tu Sagrado Corazón. Vuelvan a Ti las almas que llevadas del pecado han perdido la vida de la gracia. Que acudan frecuentemente a tu sagrado Altar todos los que se hallan en gracia, para que, participando en tu Sagrado Banquete, reciban la fortaleza que les haga victoriosos en la batalla de cada día contra el pecado y así crezcan siempre ante tus ojos en pureza y santidad hasta alcanzar la vida eterna en tu compañía. Amén.
Un Sacerdote Fiel

viernes, 4 de junio de 2010

Guerra antisubversiva


EL VIL Y GRADUAL ASESINATO
DEL COMISARIO ETCHECOLATZ


“Cosa inicua es no tender la mano al caído”
(Séneca)

El 4 de junio de 2007, aproximadamente a las 18:00, en el Complejo Penitenciario Federal de Marcos Paz, donde había sido recluido con condena perpetua el Comisario General Miguel Osvaldo Etchecolatz, entonces con 78 años y una enfermedad terminal, se produjo un atentado contra su persona, perpetrado impunemente por integrantes de una banda delictiva autotitulada Quebracho, que por diversas violaciones a la ley cumplen detención en el mismo penal, en un sector cercano al que se alojaba el precitado Comisario.

En circunstancias en que Etchecolatz —junto a otros prisioneros de guerra de la actual tiranía, apresados por haber combatido al terrorismo marxista— se dirigía hacia el sitio adjudicado para el cumplimiento habitual del horario de recreo, dos personas que oficiaban de “campana”, apostados en un pasillo, dieron cuenta a otras tres más del paso del Comisario, urgiéndolos a que se apresuraran a aproximársele. Había en el grupo una mujerzuela que dirigía los insultos y las amenazas de muerte, a viva voz. Todos los agresores portaban palos y otros elementos contundentes.

Golpeado cobardemente en espalda y rostro, la agresión estuvo a punto de encontrar réplica de parte de los eventuales acompañantes del Comisario, cuando éste pidió expresamente que no sucediera, llamando en cambio a la Guardia, que se hizo presente. De acuerdo al curso de la investigación que llevó a cabo la Fiscalía UFI05 con asiento en Mercedes, a cargo de la Dra. María Inés Carlés, quien golpeó el rostro de Etchecolatz fue Fernando Esteche (primer matón de la banda Quebracho), mientras que el autor de los restantes golpes podría ser un visitando del delincuente, de profesión abogado, que no habría sido registrado en los controles. El resto de los atacantes fue identificado como: Roberto Lizzano, Raúl Lescano, Joaquín Isasi y Mariana Gómez, quien ingresó como abogada junto con Alba Noemí Lamberti. Los visitantes representan a la Liga Argentina de los Derechos del Hombre y la Fundación de Investigaciones y Defensa legal Argentina. La primera de las mencionadas mujerucas, pudo saberse, era la que pedía a los gritos que la golpiza terminara con la vida del Comisario.

Para los investigadores y los abogados que asisten a Etchecolatz, este atentado fue prolijamente organizado, teniéndose en cuenta —entre otros factores— que Esteche y los miembros de su gavilla que se alojan en el Penal conocían muy bien sus movimientos.

Llama la atención la ausencia de personal del Penal en la puerta de la Sala de Abogados, como es norma, cuando estaba ocupada por Esteche y los abogados que lo visitaron, todos los cuales recibieron el aviso de quienes hacían “de campana” para iniciar la agresión.

Llama la atención asimismo, que se haya permitido a estos visitantes que permanecieran en los pasillos, cumpliendo esta tarea de vigilancia de un recluso, cuando está terminantemente prohibido. Y llama al fin la atención, la fragilidad de las medidas de seguridad adoptadas por el Penal, no sólo para evitar el inicio de este tipo de situaciones sino para ponerle un punto final expeditivamente.

Es de hacer notar, y no es un detalle menor, que este tipo de atentados contra Etchecolatz no era la primera vez que sucedieron. Padeció uno similar en ese mismo Penal, en el año 2001, al negársele la medicación y el tratamiento médico, tras una convulsión causada por su enfermedad. La persona que fue llamada para prestarle socorro sostuvo que se trataba de una simulación. Otro tanto sucedió en el Penal de Villa Devoto, cuando trasladado de urgencia al Hospital Vélez Sárfield fuera atendido y agredido inhumanamente por una médica de turno, sin que nadie impidiera el atropello verbal y físico contra su persona. Episodio análogo al que le sucediera en el Hospital Pirovano, cuando un médico y un enfermero en la sala de tomografía computada, intentaron asfixiarlo por “haber matado a nuestros compañeros”. Una causa abierta en el Juzgado Correccional N° 14, secretaría 82, da cuenta de estos inauditos sucesos; sin que —por supuesto— a nadie se le haya ocurrido movilizar las investigaciones pertinentes.

Atentado contra su persona fue también el que padeció en el recinto del Tribunal Oral Nº 1 de La Plata cuando se lo sentenció a prisión perpetua y revocatoria injustificadísima del arresto domiciliario que nunca violó. En esa audiencia se permitió el ingreso de personajes marginales, quienes portando palos y baldes con pintura, causaron heridos y se arrojaron contra el Comisario con la pasividad y anuencia del Tribunal.

Sin olvidar que, mientras cumplía arresto domiciliario en su casa de Mar del Plata, integrantes de la banda H.I.J.O.S. —con la explícita aquiescencia de la Policía que permanecía a pocos metros de los atacantes— destrozaron parte de la vivienda y de un automotor que allí se encontraba. Violando el domicilio, penetraron en su interior, golpeando a la esposa del Comisario y a su madre política. Tamaño desmán fue televisado y fotografiado minuciosamente. La filmación circuló por canales televisivos locales, las fotos por la red de internet, los responsables del grupo atacante confesaron su autoría y el fiscal de turno habría archivado las actuaciones por “no establecerse responsables”. El Ministro de Seguridad Dr. Arslanian, obviamente, nada hizo, ni para investigar el caso ni para reparar los visibles daños.

Un dato más agrega patetismo y estupor a esta mezcla infame de cobardía, venganza, demencia ideológica y satanismo. La esposa de Miguel Etchecolatz, Graciela Carballo, fue brutalmente golpeada en el mismo 2007 en el interior de un taxímetro, por dos individuos que previamente habían seguido sus pasos. Fue golpeada en la cabeza provocándosele virtualmente la pérdida de un ojo. Y en ese estado se la arrojó al pavimento. El diagnóstico clínico indicó: desprendimiento de retina, perforación de mácula y aplastamiento de iris, con rotura de córnea.

En todos y en cada uno de los casos hasta aquí enunciados se efectuaron las denuncias pertinentes, sin que nadie haya movido un dedo para investigar, esclarecer y acercar las soluciones y las sanciones previstas por la ley. Es que las Madres y Abuelas declararon ya públicamente que Etchecolatz debía morir en la cárcel. Y se trató de cumplir sus deseos lo antes posible.

No hay medio alguno en el país que quiera tener la elemental honestidad de denunciar tamaños atropellos. Ni de desenmascarar las flagrantes mentiras urdidas alrededor de este hombre, como la adjudicación de la tenencia de un arma, para privarlo del arresto domiciliario que legalmente le corresponde.

No hubo juez ni tribunal ni funcionario alguno de la justicia que estuviese dispuesto a restablecer un mínimo de equidad o de decoro. La consigna era torturarlo y provocarle la muerte en la prisión. Responsable de tamaño crimen es el Gobierno en primer lugar, y el interminable número de sus secuaces erpianos y montoneros desparramados a lo largo y a lo ancho de la función pública.

Digámoslo todo. El delito real de Miguel Etchecolatz —sin mengua de los errores o debilidades humanas que pueda haber cometido— es haber combatido con las armas en la mano a la guerrilla marxista. Y al igual que en su momento lo hiciera el General Ramón Camps, el haber desenmascarado a los financistas-capitalistas de la subversión.

Los imbéciles de Quebracho —cuyo mayor arrojo consiste en atacar a un anciano desprevenido, desarmado y enfermo prisionero— dicen declamar contra el capitalismo y el imperialismo.

Si les quedara algún resto de neuronas deberían saber quiénes han sido y son los financistas de la plutocracia internacional que han subvencionado y subvencionan a las bandas marxistas y a sus activísimos ideólogos.

Deberían saber que las finanzas yankees y sionistas que tanto los encolerizan, han estado y están prontas para garantizar las tropelías de sujetos como Verbistky, no como Etchecolatz. De estructuras como la de las Madres, no como la Bonaerense. Pero para darse cuenta de la criminal contradicción en la que incurren, tendrían que nacer de nuevo. Y ya han nacido y están muertos en vida, despidiendo a cada paso el hedor propio de los cadáveres insepultos.

lunes, 31 de mayo de 2010

Eclesiales


BERGOGLIO
DESENMASCARADO


Por Antonio Caponnetto


EL JESUITA

Finalmente, ha salido a la luz el anunciado libro cuyo propósito es trazar una semblanza oficiosa y una biografía autorizada del Cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Se trata de un largo reportaje, pautado y ejecutado prolijamente entre los autores y el personaje; y con la plena anuencia del entrevistado quien, además, promueve formalmente la obra desde la Agencia Informativa Católica Argentina. De modo que cuanto allí se dice debe darse por expresamente avalado y refrendado entre las partes. No hay lugar para el proverbial recurso a la descontextualización mal intencionada.

Los reporteros elegidos para tan singular retrato, retratan a la par las preferencias dialoguistas e intimistas del prelado: Sergio Rubín, el circunciso encargado de “los temas religiosos” en Clarín, y Francesca Ambrogetti de Parreño, la psicóloga social de la Agencia Ansa.

Párrafo aparte para el prologuista escogitado por Su Eminencia, el Rabino Abraham Skorka, ferviente justificador de las coyundas homosexuales, pues aunque “la opinión de la Biblia dice que la homosexualidad está prohibida, en una sociedad democrática hay que apelar a informes antropológicos y sociológicos […] Estamos viviendo en una realidad democrática y sabemos perfectamente bien que existen personas que tienen una sexualidad definida en otro sentido respecto de la concepción bíblica” (Cfr. Agencia Júdía de Noticias, 30-6-2008, http://www.prensajudia.com/shop/detallenot.asp?notid=19608).

La democracia por encima de la Ley de Dios. ¡Presentador acorde a sus criterios políticamente correctísimos se buscó el Pastor!

Son simples los datos bibliográficos de la obra, para quien quiera ubicarla: Sergio Rubín, Francesca Ambrogetti, El Jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, S.J, Buenos Aires, Vergara, 2010, 192 ps.

Castellani contaba que el torpón de Franceschi lo reprendió por aquella humorada de “Las Canciones de Militis”, pues –según él- tal título evocaba “Les chansons de Bilithis” de Pierre Louis, un libro presuntamente inmoral. Bergoglio tuvo más suerte, o no, según se mire. Porque El Jesuita es el mismo título de una obra decididamente anticristiana de Rubén Darío, pero nadie le sugirió que lo modificara. La verdad es que al acabar este inicuo libelo bergogliano, la voz otrora impía del nicaragüense parece hallar, al menos en este caso, su justificación más plena:

“Bien: ahora hablaré yo.
Juzga después, lector, tú:
el jesuita es Belcebú
que del Averno salió”.

Jorge Mario Bergoglio. El Jesuita. De él tratan las páginas que a continuación reseñamos.


ANTES ERA FANFARRÓN, AHORA SOY PERFECTO

Varias obsesiones recorren estas cartillas. Y nada se ha improvisado para darles cauce.

Bergoglio necesita probar que él es un hombre humilde, modesto, austero. Un pibe de barrio que puede hablar de fútbol y de tango —como de hecho lo hace y con abundancia— lo más alejado posible de la imagen tradicional de un Príncipe Cristiano. Acorde con los tiempos y los gustos, y con la línea vulagrizante impuesta por alguno de sus antecesores, lo estimable ya no será el señorío jerárquico sino el muchachismo populista. No la estricta ortodoxia sino la mirada plural, contemporizadora, con calculados barnices de herejía. Tampoco y mucho menos la actitud magistral de quien por ministerio debe ser tenido como Maestro de la Verdad. Por el contrario, lo estimable será la duda, la vacilación, el enjuague, el espacioso mundo donde las ideas se pueden negociar, como quería John Dewey. “Alguien puede pensar que un creyente que llega a Cardenal tiene las cosas muy claras”, le plantea la dupla interrogadora. “No es cierto”, le asegura enfáticamente el interrogado (pág. 53). Y en él, tan mísero aserto es verdad pura, patética y funesta.

El modelo a seguir, claro, ya no es el de los eminentes Varones de Cristo, como los Cardenales Pie o Billot, sino el de aquel monsignori tránsfuga que describiera Hugo Wast, en cuya corona se había incrustado una cuarta diadema en señal de adoración hacia la democracia. No prediquemos entonces el deber de batirse por la Verdad Única, Crucificada e Indivisa, sino “la aceptación de la diversidad que nos enriquece a todos” (pág. 169). No la Verdad Revelada sino las verdades múltiples y consensuadas “con diálogo y amor” son “la celebración” preferida por el obispo (pág. 169).

Concorde con este clima intelectual y moral se presenta “prefiriendo el simple traje oscuro a la sotana cardenalicia” (pág. 18), hincha de San Lorenzo, buen cocinero, antiguo bailarín de milonga (pág. 120) y ex laburante en un laboratorio (capítulo dos). Y por eso, verbigracia, interrogado acerca del ocio, no recurre para definirlo a los seguros autores clásicos que de él se ocuparon, ni a los modernos como Pieper o Guardini, que dice haber estudiado, sino a Tita Merello cantando: “che fiaca, salí de la catrera” (pág. 37). Dar pruebas de “normalidad” para Bergoglio, no es apelar a lo normativo y eximio sino a lo que abunda, a lo populachero y sensibloide. Ser hijo del Siglo, diría Ernest Hello.

Nadie podrá escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria: “parecíales otro hombre de los que se usaban”. No; él es un hombre bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y en esto, según su errática perspectiva, está la prueba de su obsesiva humildad y de su progreso espiritual en el arte de aprender a superar los defectos.

El Rabino Skorka lo pondera desde el comienzo, no sólo como alguien con quien trabó “la verdadera amistad” que “define el Midrash”, sino como un modelo de humildad, ya que “todos coincidirán en la ponderación del plafón (sic) de humildad y comprensión con que encara cada uno de los temas” (págs. 10-11).

Bergoglio deja correr insensatamente el juego del “bajo perfil”, sin querer advertir la paradoja —y aún el pecado— de esta autocomplacencia infatuada en ser descripto como un sencillo y componedor bonachón. La egolatría de mostrarse cual l’uomo qualunque sigue siendo manifestación de la soberbia, no por la naturaleza de lo que se ostenta sino por vicio de la ostentación. Pero esta es, como decimos, una de las obsesiones psicológicas del biografiado: que se lo perciba como un hombre del montón; alguien que continúa “viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer” (pág. 17).

No son pocas las veces en que los periodistas interrogadores —salvajemente indoctos en materia religiosa— le regalan este tipo de ponderaciones. Y Bergoglio las acepta, con esa fanfarronería del humilde profesional que decía Jorge Mastroianni. Desechando el consejo ignaciano de contemplar la rebelión de los ángeles caídos, para evitar que nos suceda como a ellos, que “veniendo en superbia, fueron convertidos de gracia en malicia” (E.E, 50).

Porque ¿quién que tenga realmente esa “corona y guardiana de todas las virtudes”, como llamó San Doroteo de Gaza a la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y páginas ensalzando la posesión de este don? ¿Quién, que a fuer de genuinamente humilde, practicara ese “laudable rebajamiento de sí mismo” que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento a la humilitas? ¿Quién veramente abocado a la nadidad evangélica —en preciosa expresión de San Buenaventura— podrá contratar a un puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador recato? ¿Quién que no tuviera ese “brote metafísico de la soberbia intelectual que es el principio de la inmanencia”, según clarividente análisis de García Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que “su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo elevan cada vez más a su condición de papable”? (pág. 15) ¿Creerá de veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi humo acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien más que Jesucristo puede decir de sí mismo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (San Mateo, 11, 29)?

A Bergoglio le sucede lo que al protagonista del chascarrillo aquel que desenmascara la petulancia invencible del porteño. A la hora de aclarar lo mucho que ha mejorado su vida moral, le dice a su imaginario interpelador: “antes era fanfa, ahora soy perfecto”.


DEJATE “SINAGOGUEAR” POR EL MUNDO

Amigo de neologismos y de chabacanerías, el Cardenal supo acuñar entre otras zarandajas, aquello de “dejate misericordear por Cristo”. Pero él —un exponente más del judeocatolicismo oficial, hoy dominante— ha preferido en principio, dar y recibir las ternezas de los deicidas.

Se cuentan por decenas los gestos judaizantes del Primado, de los que pueden dar clara y ominosa cifra su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman y Alejandro Avruj, al primero de los cuales prologó su libelo “Argentina Ciudadana”, y al segundo entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara la impostura de “La noche de los cristales rotos”. Y ambos hebreos, al igual que el prologuista Skorka, explícitos justificadores de la sodomía. El fantasma contranatura de Marshall Meyer los protege a todos, y a todos reúne bajo el humo desolador de Gomorra.

Mas aquí estamos ante la segunda obsesión del Cardenal. Se ha impuesto probar su afinidad y su afecto con el mundo israelita; y no conforme con las definiciones eclesiales públicas dadas en tal sentido, abunda ahora en El Jesuita, en testimonios menores, intencionalmente escogidos para agradar al Sanedrín.

Los reporteros —a cuya tribal insipiencia teológica ya hemos aludido— le plantean como una objeción para la aceptación de la Fe Católica, el hecho de que “el principal emblema del catolicismo es un Cristo crucificado que chorrea sangre” (pág. 41). “Usted no puede negar” —le reprochan cortésmente— “que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad” (pág. 42).

Cabían varias y bien sazonadas respuestas católicas, todas ellas partiendo del enfático rechazo de la infame petición de principios de los periodistas, según la cual, la sangre y el martirio son piantavotos, y eso explicaría el alejamiento popular de la Iglesia. Cabía una lección magnífica sobre “la sangre por amor a la Sangre” de Santa Catalina de Siena, y el valor inabolible del martirio con efusión sanguínea para conquistar el cielo por asalto, como rezan los Evangelios. Cabía, en suma, decirles a los escribas con sus propias palabras: “No, por supuesto, yo no puedo ni debo negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad. Y no puedo ni debo negarlo porque es la pura y gloriosa verdad que la Iglesia siempre ha enseñado y siempre enseñará”.

Pero no; Su Eminencia no elige ninguna respuesta católica. Sostiene sin rubores que “asociar con lo cruento” al martirio, ligarlo con la idea de “dar la vida por la Fe”, es la consecuencia de que “el término [martirio] fue achicado” (pág. 42). El peculiar “achicamiento” consistiría, nada más y nada menos, que en llevar hasta el extremo previsto y deseable las enseñanzas de Jesucristo: “Todo el que pierda su vida por mí la ganará” (San Mateo, 10, 39). Lo que para la Iglesia fue su corona; esto es, que el discípulo se asemeje a su Maestro aceptando libremente la donación de la propia vida, para Bergoglio es su empequeñecimiento, su reducción, su “achique”.

En consecuencia, él se inclina por “La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó” (pág. 41). Esta “cosa más bella”, según declaró el mismo artista en 1938, es un Cristo rodeado de ornamentos, personajes, objetos y simbolismos judaicos en homenaje a las víctimas de los nazis, quienes expresamente aparecen como los verdugos del Señor, por ser judío. En la línea de otros dogmáticos de la Shoa, el cuadro de Chagall desplaza el centro del holocausto, de Jesucristo a las presuntas víctimas de Hitler. Se trata, pues, de una profanación hebrea del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero para Bergoglio es “la” pintura (pág. 120).

En la misma línea ideológica, y para seguir avivando el fuego semita, Su Eminencia sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el terreno moral.

Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, sostiene que “antes se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de muerte] o, por lo menos, que no la condenaba”. Pero ahora en cambio, merced al progreso de la conciencia, se sabe que “la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte” (pág. 87).

Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la pena de muerte —que aparece taxativamente exigida como tal, tanto en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de doctrineros católicos y de textos pontificios— debe percibirse como un déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la luz. Lo mismo se diga de las sociedades. En la medida en que “la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano” (pág. 88).

Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho, que lo valore inherentemente, sino por la evolución de la conciencia, tanto la Iglesia como la Humanidad saben hoy que la pena de muerte debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que protestara Maritain en Le Paysan de la Garonne. Pero entonces, ¡cómo no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de muerte, incluso “un crimen tremendo”! ¡Cómo no maldecir los tiempos eclesiales y sociales en los que la conciencia aún juzgaba que bajo determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la aplicación del castigo capital!

Este era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo explicar al interesado: “Uno no puede decir: «te perdono y aquí no pasó nada». ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente” (pág. 137).

El pequeño detalle —advertido precisamente por los kelsenianos de estricta observancia— de que “la ley de ese momento”, vigente positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis, se le olvida al Cardenal. El otro detalle más “pequeño” aún, de que en Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración jurídica por aplicar, ni derechos humanos de los acusados por conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir, tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento atroz para los germanos no fue “la reparación que la sociedad exigió” sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki, ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. “Era la ley de ese momento”, caramba. La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.

El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del judeocristanismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos, supuesto que le acometieran. “Hace poco” —les confía a sus socios biográficos— “estuve en una sinagoga participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que nos recordaba: «Señor, que en la burla sepa mantener el silencio». La frase me dio mucha paz y mucha alegría” (pág. 151).

Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada de los negadores de su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por objeto, pero Dios no se deja burlar (Gálatas, 6, 7). Y el día en que regrese en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir Marechal cuando mentaba en el Altísimo “la vara de hiel de su rigor”.


MARXISTAS BUENOS Y CATÓLICOS MALOS

En plena concordancia con lo hasta aquí exhibido —reiterémoslo: una pseudohumildad grotesca y un criptojudaísmo vergonzoso— Bergoglio saca a relucir su tercera obsesión. Consiste la misma en mostrarse ponderativo y encomiástico con los enemigos de la Iglesia, omitiendo todo el vejamen y todo el daño inmenso que los mismos le han infligido y le siguen infligiendo a la Esposa de Cristo. En el trazo maniqueo de su criterio —que él pretende encubrir bajo las apariencias de lo ecuánime— a este polo de positividad sólo puede oponérsele uno de simétrica negatividad; y el mismo, curiosamente, está encarnado en los católicos. No en todos, claro, sino en los “fundamentalistas”. Hablemos claro: en los católicos ortodoxos.

Un primer ejemplo de bondad enemiga lo constituye Esther Balestrino de Careaga.

Para quienes no lo sepan, esta mujer –junto con todo su grupo familiar- era una activa militante del terrorismo marxista, procedente del Paraguay. Bajo el sosías de “Teresa” integró las primeras células que constituyeron la Agrupación Madres de Plaza de Mayo, recibiendo hasta hoy los homenajes laudatorios incesantes de la desaforada Hebe de Bonafini. (cfr. vg. http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2002rest/2002seg/entrevistas/hebe26-2.html)

No creemos que en la Argentina del presente haya un solo ciudadano que necesite que se le explique —cualquiera sea su posición ideológica— cuál es la verdadera misión que han cumplido y cumplen las llamadas “Madres de Plaza de Mayo”. Su adscripción a la guerrilla marxista internacional, y no sólo argentina, es explícita, frontal, sostenida, virulenta y particularmente belicosa.

Pero para Bergoglio, esta “simpatizante del comunismo” (sic) se trató de “una mujer extraordinaria”, a quien “quería mucho […] Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente le debo mucho a esta mujer […] Fue raptada junto con las desparecidas monjas francesas. Actualmente está enterrada en la Iglesia de Santa Cruz” (pág. 34). “Tanto me enseñó de política” (pág. 147-148).

Iniquidades de los tiempos de los que Su Eminencia deberá rendir cuentas. No hay templos que alberguen los cuerpos acribillados de los civiles o militares católicos a quienes abatió el odio criminal del Comunismo. Pero una iglesia puede ser entregada a las bandas erpianas y montoneras, para que la conviertan en su bastión y en su cementerio. Y el responsable de tamaña profanación lo vive como un logro y una fiesta.

La segunda bondad encarnada es, para Bergoglio, la mismísima Bonafini. Los periodistas se la mencionan dándole pie para alguna observación crítica, para algún llamado tenue de atención, para algún módico tirón de orejas, habida cuenta de la aversión patológica que esta infame mujer viene desplegando desde hace décadas, cada vez con más desenfreno e insolencia.

“Hay también quienes ven actitudes de revanchismo”, le espetan los escribas. “Por caso, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini”. Lo que le están queriendo preguntar es, en suma, si actitudes rencorosas y vengativas como la de este monumento al odio “ayudan a la búsqueda de la reconciliación” (pág. 139). Y se lo están inquiriendo, no un par de macartistas, sino dos mascarones de proa de la izquierda nativa, de los tantos que hoy se sienten perturbados ante esta abisal frankenstein que han creado y ya no pueden controlar.

El Cardenal no admite las premisas implícitas y explícitas contenidas en el interrogante de los reporteros. Quien ya ha hecho el elogio de los desaparecidos, como si la condición de tal probara su inocencia y la justicia de su causa, justificará ahora plenamente a Bonafini: “Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Hubo otras muchas mujeres —esposas, madres, hijas, novias, hermanas— a quienes los múltiples retoños de Bonafini asesinaron a mansalva. Mujeres cuyo dolor no subsidió el Estado, cuyo luto no financió la Internacional Socialista, cuyo llanto no rentaron los terrorismos estatales soviético o cubano, cuya venganza monstruosa no prohijó el oficialismo, cuyo rencor satánico no respaldó la jurisprudencia del Poder Mundial. Para estas mujeres heridas, anónimas y silentes, a quienes las actuales autoridades “basurean”, Su Eminencia no tiene una palabra de comprensión ni de consuelo. Tampoco para los cientos de soldados arbitrariamente detenidos por la tiranía kirchnerista, detrás de cada uno de los cuales existen otras muchas centenas de mujeres –católicas prácticas en gran número- a quienes se les ha cercenado la jefatura del hogar.

Hay más “buenos” previsibles nombrados al pasar. Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el glorioso Cardenal Mindszenty (cada llaga recibida en las cárceles comunistas lo nimbó de gloria) Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78).

“Helada y laboriosa nadería, fue para este jesuita” la Barca de Pedro, diría Borges de Su Eminencia, perdonando por contraste y post mortem a Gracián. Porque en rigor, tanto sorprende la gélida conducta con la que encomia a los peores lobos, como la nadidad a la que reduce a quienes debería tener por arquetipos, si fuera un verdadero creyente. Los óptimos, para el obispo, están cruzando la raya de la Iglesia y confrontando con Ella.

Al fin, y como anticipábamos, si los buenos de la cinematografía bergogliana son todos rojos, aquellos pasibles de reproches y de acrimonias son ciertos católicos claramente identificables como tradicionalistas, o simplemente católicos, apostólicos y romanos. Por ejemplo, los que esperaban que Benedicto XVI criticara “al gobierno de Rodríguez Zapatero por sus diferencias con la Iglesia en varios temas”, como el “del matrimonio entre homosexuales”, sin darse cuenta de que “primero hay que subrayar lo positivo, lo que nos une” (pág. 80). Qué puede unir a un católico con un gobierno manifiesta y exacerbadamente anticatólico, no se aclara. Pero la intención es evidente: Zapatero tiene cosas “positivas” que nos permitirían “el caminar juntos” (pág. 80). Los desviados son los fundamentalistas que anhelan que el Vicario de Cristo condene a un rufián y a un régimen político en el que Satán se enseñorea a su antojo.

Otros católicos impresentables son los preocupados por “si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo” (pág. 89). “Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (pág. 90).

Es curioso el razonamiento de Su Eminencia. Por lo pronto, minimizando los alcances y los fundamentos de la Ley de Salud Reproductiva, claramente encuadrable en lo que Roma condena como “cultura de la muerte”. El vocero de esta medida, Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner, no dejó un solo instante de manifestarse agresivamente contrario al Magisterio de la Iglesia, ni de exteriorizar socarronamente su contento porque con tal disposición legal se coronaba la embestida contra la moral cristiana. La sociedad entera lo recuerda aún con estupor —a él y a su mandante— difamando, calumniando y persiguiendo a Monseñor Baseotto, por haber osado recordarle las prescripciones evangélicas pertinentes.

Sin embargo, tamaña embestida legal contra el Orden Natural, tamaño intento orgánico y oficial por alterar la Ley de Dios, tamaño proyecto gramsciano opuesto al Decálogo, tamaña revolución cultural de inequívoco signo marxista, sería apenas para Bergoglio “una coyuntura legislativa” contra la que no vale la pena movilizar a la juventud tras las clásicas banderas del catolicismo militante.

¿No advierte el Cardenal que ese “chico” que le resulta “sagrado” es el primer damnificado de esta “coyuntura legislativa” contra la cual no desea que se combata? ¿No advierte asimismo que si la ley inicua no se detiene, ese “chico sagrado” empezará por no poder nacer, por ser abortado, o por no poder ser criado en un hogar con padre y madre? ¿No advierte, al fin, que la susodicha Ley de Salud Reproductiva, forma parte de un proyecto mayor, que lejos de ser una mera coyuntura legislativa que “va contra el amor”, instala coactivamente una cosmovisión radicalmente opuesta y contraria a la moral cristiana?

Los “malos”, los merecedores del repudio y de la condena, no son para Bergoglio los gobernantes y sus aliados que promulgan este tipo de normas inicuas, sino los “grupos de élite ilustrada”, los católicos pro vida, que quieren movilizarse con sus familias para hacerle frente a tamaña iniquidad. Y en el colmo del desbarre conceptual, el Cardenal, en vez de encomiar el celo de esos hogares misioneros y de instar a los jóvenes al heroísmo y al testimonio gallardo, juzga la actitud católica como una “obsesión” y aún como una imprudencia. ¡Los “chicos” fueron llevados “a ver cosas muy desagradables”! ¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instamos a concurrir a todos en defensa del Bien?

Su Eminencia nunca podría haber escrito ese maravilloso elogio que hizo Eugenio D’Ors al gesto impar de Ananías, Azarías y Misael, pidiendo para sus propios hijos que “en el horno ardiente de la España roja” fueran capaces de ofrendar sus vidas por la Realeza de Cristo. Maldito el profeta Daniel que no comprendió que estos tres muchachos son más sagrados que la “coyuntura legislativa” de Nabucodonosor. Así razona el Primado.

Malos son también los católicos “restauracionistas, para los cuales la patria es aquello que recibí y que tengo que conservar tal como la recibí”, cuando “todo patrimonio debe ser utópico”, porque “las utopías hacen crecer” (pág. 112-113).

Alérgico al uso de la palabra “nacionalista” —“de una persona que ama el lugar donde vive no se dice que es […] un nacionalista (pág. 164)—, el Cardenal rechaza de plano al Nacionalismo Católico cuando alude al restauracionismo, y brega neciamente por el utopismo, esa herejía perenne que con sobrados fundamentos desenmascarara Thomas Molnar.

Véase si no esta innecesaria referencia. Cuando se repatriaron los restos de Rosas “los nacionalistas se apropiaron de este hecho y lo transformaron en un acto sectario […] Hasta el cura que rezó el responso se colocó [el característico poncho rojo]; se lo colocó arriba de la sotana, algo aún más desacertado, porque el sacerdote debe ser universal” (pág. 110).

Bergoglio debería saber que el restauracionismo que rechaza tiene su fundamento en San Pío X, y que a él han remitido siempre sus desdeñados nacionalistas para proponerse la empresa de restaurar en Cristo una patria que en Cristo nació. Debería saber igualmente que el anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del Génesis no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó “guardad las utopías” sino “conservad las tradiciones”.

Debería saber, además, que la repatriación de los restos de Rosas no fue un acto del que se apoderaron los nacionalistas —que tenían todo el derecho del mundo a hacerlo— sino que manejó discrecionalmente, desde el principio al final, el gobierno que entonces tomó la decisión política de traer al Restaurador de las Leyes. Otros fueron los sectarios en aquellas jornadas. Precisamente quienes adscriptos a vetustas sectas y logias masónicas pretendieron deslegitimar la repatriación del Héroe. Pero para ellos no llegan las reprimendas.

Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los Hebreos (10, 32), diciendo: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. Y comprendería porqué los nacionalistas —que soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria de Rosas— sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme cloaca. Pero sentir y vivir algo como propio, no significa apropiárselo sectariamente.

Este agravio gratuito al Nacionalismo Católico, halla su canallesco estrambote en el ataque al Padre Alberto Ezcurra, el aludido cura de poncho rojo que le rezó a Don Juan Manuel el responso más apoteósico y vibrante del que tengamos memoria.

Verdaderamente, llama la atención tanta infamia. El “Padre Pepe” —uno de los confesos ídolos del Cardenal— va vestido con deliberado aspecto de zaparrastroso. Idéntica facha marginal y rotosa adopta como un emblema la clerecía progresista de todo pelaje. Del modo más aseglarado y secularizante va disfrazado el grueso del clero cuya disciplina depende teóricamente del Arzobispo. Y hasta los altos dignatarios de la Jerarquía —Su Eminencia incluido— no portan más que un traje de calle, en las antípodas del hábito talar cuya preferencia y dignidad predicara obstinadamente, entre otros, Juan Pablo II. Pero al Cardenal Bergoglio lo único que le molesta es el poncho federal del Padre Alberto Ezcurra. Lo único que le parece “un desacierto” es que un destacadísimo sacerdote patriota ande emponchado como supieron hacerlo Brochero o Fray Luis Beltrán. Que ese poncho insigne —con el que fueron al combate los criollos de ley y sus viriles capellanes, sirviendo de pendón y de mortaja a tanto paisanaje fiel— le parezca al Cardenal que le “quita universalidad al sacerdote”, lo único que prueba es la profunda desafección que tiene de nuestras genuinas raíces nacionales. Y el desconocimiento de aquel axioma clásico que sintetizara Tolstoi: “pinta tu aldea y serás universal”.

¿Debe extrañarnos? Quien puede lo más puede lo menos. Criptojudío, filomarxista, pro tercermundista, propagador de heterodoxias —de manera formal, externa, pública y notoria— ¿por qué no habría de menospreciar a un cura gaucho y patricio, rezándole un responso a Rosas, ataviado con su poncho punzó, cruzando la vieja, gastada y noble sotana? ¿Por qué la aristocracia de este gesto sacerdotal habría de sintonizar con el plebeyismo más rancio que él ostenta cotidianamente?


EL COLABORACIONISTA

Hemos dejado para el final la obsesión central y recurrente de este libro. Posiblemente su causa eficiente y uno de sus principales motores.

Aunque con toda deliberación no se lo menciona, el fiero y terrible replicado en El Jesuita es Horacio Verbitsky. Porque fue y es este sicario mendaz quien más lo hostilizó a Bergoglio inventándole un pasado supuestamente derechista, un presente opositor antikirchnerista y unos antecedentes o comportamientos que lo vincularían con el Proceso. En suma, para Verbitsky, el Cardenal sería culpable del mayor de los males concebibles en todos los tiempos, períodos, latitudes y esferas: no haber hecho nada a favor de los desaparecidos, convirtiéndose así en aliado de la represión militar.

A efectos de replicar esta especie —que para un hombre como Bergoglio es mucho más grave que si lo acusaran de calvinista, de arriano, de sacrílego o de invertido— lo primero que hace es comprar el paquete entero de la historia oficial elaborada por el marxismo dominante. Y demostrar, además, que el paquete comprado le merece plena confianza.

Por eso los elogios a la terrorista paraguaya, la amplísima comprensión y ninguna condena a la Bonafini y su banda comunista, las majaderías hacia el clero tercermundista, la aquiescencia frente a la Teología de la Liberación, las decenas de contemporizaciones con el marxismo, los intencionales aplausos a los “luchadores por los derechos humanos”, y la canonización del clero y del monjerío partícipes activos de la Guerra Revolucionaria. Por eso el guiño constante de aprobación para los nombres de Mugica, Angelelli, Argibay o Zaffaroni, y el llanto y rechinar de dientes para las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

En los disturbios del 20 de diciembre de 2001 —causados, sin duda, por el nefasto gobierno de De la Rua—, varios policías cayeron salvajemente agredidos por la turbamulta de piqueteros que invadió la Plaza de Mayo. Uno de ellos fue literalmente linchado, sin que sus compañeros pudieran rescatarlo a tiempo. Bergoglio, que observaba los trágicos sucesos, sólo vio lo que quiso. “Llamó al Ministro del Interior […] para detener la represión […] al ver desde su ventana en la sede del Arzobispado cómo la policía cargaba sobre una mujer” (pág. 18). Es apenas un primer ejemplo, pero el maniqueísmo ideológico queda retratado; y el servilismo al pensamiento único también. La policía represora es siempre malvada. Los manifestantes populares son fatalmente buenos.

“Durante la última dictadura militar —cuyas violaciones a los derechos humanos, como dijimos los obispos, tienen una gravedad mucho mayor ya que se perpetran desde el Estado— hasta se llegó a hacer desaparecer a miles de personas. Si no se reconoce el mal hecho, ¿no es eso un modo extremo, horripilante, de no hacerse cargo?” (pág. 138).

Es apenas un segundo ejemplo, pero bien que representativo. El mito basal de las izquierdas es asumido íntegramente por el discurso oficial del Cardenal. El “Proceso” fue una “dictadura”; el Estado Argentino fue terrorista (pero no así los Estados Cubano, Soviético y Chino que sostenían la guerrilla); los desaparecidos se convierten en incuestionables seres en virtud de la inmoralidad del procedimiento que los hizo desaparecer; y el metro patrón para medir la maldad de un gobierno es la violación a los derechos humanos, concebidos ya sabemos cómo: como se conciben desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Bolchevique.

Esta es, pues, la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo tenga por un hombre políticamente correctísimo, depósito y heraldo del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber combatido “la Dictadura” y cooperado con sus “víctimas”. Gran parte del capítulo trece esta dedicado a probarlo. “A mí me costó verlo [se refiere al sistema represivo], hasta que me empezaron a traer gente y tuve que esconder al primero” (pág. 141).

Su Eminencia, claro, da por sentado lo que los reporteros y el imbecilizado público en general acepta a priori y sin condicionamientos: que el escondido era un joven idealista, perseguido injustamente por las brutales fuerzas del orden. La posibilidad de que estos escondidos, al igual que los palotinos y las monjas francesas —a cada rato llorados por Bergoglio— fueran activistas guerrilleros, ideólogos o cómplices activos de la Guerra Revolucionaria que asolaba a la Nación, ni se le pasa por la cabeza. Ni siquiera ante la abundancia de constataciones que hoy permiten saberlo.

Nada le importan la verdad ni el juicio ecuánime sobre los hechos pasados. Su conciencia no sufre mella alguna con mirada tan unilateral y tendenciosa. Los militares eran artífices de “la paranoia de caza de brujas” (pág. 149). Sea anatema su obrar, sin matices. Sus perseguidos, en cambio, –como los dos “delegados obreros de militancia comunista” (pág. 148) por los que procuró interceder y rescatar- son presentados amorosamente como “los dos chicos” de una “viuda” que “eran lo único que tenía en su vida” (pág. 148). Inofensivos chicos los guerrilleros. Paranoicos cazadores de brujas los militares. ¿Se necesita algo más para insertarse en la burda dialéctica de la historia oficial?

Huero de toda templanza en los juicios, y asustado cuanto ansioso por demostrar que estuvo en el bando de los derechos humanos, lo que le importa a Bergoglio es cohonestar cuanto antes la versión instalada: la represión castrense fue repudiable, todo el que la padeció merece ser defendido, protegido y homenajeado por la Iglesia. Es más, la Iglesia se justifica y se lava en la medida en que pueda demostrar que, durante aquellos años, estuvo del lado de los perseguidos por las Fuerzas Armadas, y tuvo sus propios “mártires” causados por la soldadesca procesista.

Por eso el empeño de Bergoglio en narrar con detalles cómo “en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, escondí a unos cuantos” (pág. 146), resultando ser hasta “los largos ejercicios espirituales” en el instituto “una pantalla para esconder gente” (pág. 147). Cómo “luego de la muerte de Angelelli” (a cuyo homenaje cuenta haber asistido) “cobijé en el Colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis” (pág. 146). Cómo sacó del país “por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí, con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergyman y, de esa forma, pudo salvar su vida” (pág. 147). Cómo hizo todo lo posible por liberar a “dos delegados obreros de militancia comunista”, por cuya vida le había pedido que mediara Esther Balestrino de Careaga (pág. 148).

Entusiasmado por dar noticias de sus proezas a favor del partisanismo marxista, Bergoglio ni siquiera repara en que está confesando públicamente la comisión de delitos. Hasta que llega al punto central de su riña con el incalificable Verbitsky, y entonces jura y rejura, en largas parrafadas, (págs. 148-151) que estuvo siempre del lado de Yorio y Jalics, dos de los tantos jesuitas que fungieron de apoyo —intelectual y físico— a los planes de la Guerra Revolucionaria.

Son páginas sin desperdicio para medir el fondo del pecado y del temor servil al que ha llegado este desventurado pastor. Su afán de mostrarse colaboracionista del Marxismo alcanza aquí a su punto culminante. Porque esta es la tragedia veraz que no podrán seguir ocultando los artesanos del lavado de cerebro colectivo.

Durante aquellos años, la patria argentina fue blanco de una guerra, declarada, conducida y financiada por el Internacionalismo Marxista, como parte del programa total de la Guerra Revolucionaria. En esa contienda, Bergoglio estuvo del lado de los enemigos de Dios y de la Patria.

Con cálculo preciso, y para que la delimitación de posiciones ideológicas ya no admita vacilaciones, se le cede la palabra a Alicia Oliveira. Por si algún lector desprevenido no registrara a esta vieja militante izquierdista, los escribas nos la presentan de este modo: “Firmante de cientos de habeas corpus por detenciones ilegales y desapariciones durante la última dictadura, se desempeñó como letrada e integró la primera comisión directiva del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), una de las más emblemáticas ONGs dedicada a luchar contra las violaciones a los derechos humanos […] Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia [se desempeñó] como Representante Especial para los Derechos Humanos de la Cancillería” (pág. 152).

Y Oliveira habla. Declara su “larga amistad” con el Cardenal “que la terminaría convirtiendo en una testigo calificada de buena parte de la actuación de Bergoglio durante la dictadura militar” (pág. 152). Cuenta que, dada su ostensible inserción en los planes de la guerra revolucionaria —que ella llama eufemísticamente “compromiso con los derechos humanos” (pág. 153)— el Cardenal “temía por mi vida” y le ofreció el Colegio Máximo como aguantadero. Cuenta cómo confió sus cuitas a Carmen Argibay —entonces Secretaria del Juzgado de Oliveira— y cómo “tras la caída del gobierno de Isabel Perón” sus “reuniones con Bergoglio se hicieron más frecuentes” (pág. 153). También sus coincidencias ideológicas sobre “los militares de aquella época” (pág. 154), y la necesidad de salvarles la vida a quienes ellos perseguían (ídem).

“Yo iba con frecuencia, los domingos, a la Casa de Ejercicios de San Ignacio, y tengo presente que muchas de las comidas que se servían allí, eran para despedir a gente que el padre Jorge sacaba del país […] Bergoglio también llegó a ocultar una biblioteca familiar con autores marxistas” (pág. 154).

Emocionada con los altos y muchos servicios que su amigo, el Padre Jorge, prestaba a la causa, Oliveira recuerda que no sólo puso el Colegio Máximo al servicio del ocultamiento de los zurdos, sino la misma Universidad del Salvador, pues “muchos nos fuimos a resguardar allí” (pág. 155). Ella, en efecto, dictaba Derecho Penal con Eugenio Zaffaroni, y “en sus clases hablaba con libertad”, analogando la “ley de ordalía” —que “los alumnos me decían que eso era horroroso”— “con lo que estaba pasando en el país” (pág. 155).

Una anécdota más le sirve a Oliveira para su apología de Bergoglio. Como el sodomita Zaffaroni estaba empeñado en traer al país a Charles Moyer, ex Secretario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, al solo objeto de que fogoneara la eterna acusación contra las Fuerzas Armadas argentinas, y encontraba obstáculos para lograrlo, “le preguntó a ella qué podían hacer para que igual viniera, pero con un motivo falso. Oliveira recuerda: «¿Qué hice? Recurrí, claro, a Don Jorge, que me dijo que no me preocupara. Al poco tiempo cayó con una carta en la que la Universidad invitaba a Moyer a dar una charla sobre el procedimiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos […] A su regreso, Moyer le envió a Bergoglio una carta de agradecimiento»” (pág. 156).

El afecto la desborda al evocar todos estos gestos tan significativos para la causa de los marxistas, y Oliveira culmina diciendo: “La verdad es que si lo hubieran elegido Papa, habría experimentado una sensación de abandono, ya que para mí es casi como un hermano y, además, los argentinos lo necesitamos” (pág. 157).

Los “argentinos”, varones y mujeres tan bien definidos, como Argibay y Zaffaroni, sin ninguna duda. Otrosí la cáfila de comunistas —laicos o clérigos— a quienes cobijó con complicidad activa. Los argentinos de verdad y los católicos en serio, difícilmente sientan necesidad de un lobo disfrazado de cordero.

El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo del mundo y de su príncipe. “Creo en el hombre”, declara (pág. 160). E interrogado sobre Kirchner, y específicamente sobre la fama que se le ha hecho de ser un opositor a su gestión, se ocupa con diligencia de redondear su pulcra corrección política. “Considerarme a mí un opositor me parece una manifestación de desinformación […] En 2006 le mandé [a Kirchner] una carta para invitarlo a la ceremonia de recordación de los cinco sacerdotes y seminaristas palotinos asesinados durante la dictadura, al cumplirse treinta años de la masacre perpetrada en la Iglesia de San Patricio […] Más aún, como no era una misa lo que iba a realizarse, cuando llegó a la iglesia, le pedí que presidiera la ceremonia, porque siempre lo traté, durante su mandato, como lo que era: el presidente de la Nación” (págs. 114-115).

Está claro. Si hubiera sido por Su Eminencia, la profanación hubiera sido doble. Rendirle homenaje a quienes coadyuvaron a los planes de la guerrilla, y hacer presidir dicho homenaje, en una parroquia, a quien a todas luces repugna de la Fe Católica y la persigue sin hesitar. Vamos entendiendo algunas de sus palabras esparcidas en el libro: “Muchos curas no merecemos que la gente crea en nosotros” (pág. 101). “Algunos podrán aseverar: «¡qué cura comunista éste»!” (pág. 106).


LA IGLESIA ADÚLTERA

Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la inconducta de Sancho: “en esto se nota que eres villano, en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!” Toda esta exhibición de colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovinezza con acento piamontés.

Su problema es más hondo, más grave, más profundo; más difícil de que el buen Dios se lo perdone. Es el escándalo del Pastor que se vuelve mercenario, cuya semblanza maldita y reprobación consiguiente ha trazado y sentenciado Nuestro Señor Jesucristo con palabras de vida eterna (cfr. San Juan, 10, 11-13). “Oh mercenario! —grita San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan—, viste venir al lobo y has huido. Has huido porque has callado, y has callado porque has temido”.

No es, por cierto, el suyo, un caso aislado. Es en este momento, en la Argentina, la cabeza de un conjunto de pastores que tienen similar conducta, y cuya última explicación encontramos en el Apocalipsis, cuando se protesta a la iglesia ramerizada, fornicando con los poderosos de la tierra y siendo infiel al Divino Esposo.

Pero dejemos las honduras de los Novísimos y ciñámonos al tema del que veníamos hablando.

La Iglesia ha sido puesta en el banquillo de los acusados por sus peores enemigos. Liberales y marxistas insisten en sostener que, durante aquellos difíciles años de la lucha contra la guerrilla, la Jerarquía calló, cohonestando así, de algún modo, las conductas ilegítimas que habrían cometido las Fuerzas Armadas. La respuesta de la acusada Jerarquía —Bergoglio el primero— fue tan frágil cuanto penosa. Pues consistió, por un lado, en recordar sus documentos a favor de los derechos humanos, emitidos durante la convulsa época (pág. 141); y por otro, en señalarse como damnificada, reivindicando un martirologio “católico” compuesto por personajes de inequívoca filiación o conexión terrorista.

Si al responder con el recuerdo de textos pro derechohumanistas centraba la cuestión exactamente donde no debía hacerlo, esto es, en el núcleo de la mitología enemiga, convalidándola indirectamente; al atribuirse como víctimas propias o como testigos eclesiales a quienes habían sido cómplices de la escalada subversiva, pidiendo incluso la beatificación para ellos, sembraba la confusión y potenciaba el engaño hasta límites dolorosísimos por el escándalo que comporta.

En efecto, ¿qué clase de Iglesia es ésta que, para defenderse de las acusaciones de haber estado asociada a la lucha contra la Revolución Comunista, rehabilita el tener caídos o ideólogos del bando de la misma, los homenajea efusivamente y los reclama en los altares y en el santoral? ¿Qué clase de pastores son éstos que para levantar el cargo de la complicidad con la represión castrense, aducen haber izado la misma bandera de los derechos humanos que enarbolaron como divisa nuclear de su ficción ideológica las bandas subversivas? ¿Qué clase de coherencia, en suma, pueden exhibir los obispos que hoy no trepidan en contemporizar con los montoneros y erpianos devenidos en funcionarios públicos, como no vacilaron ayer en incumplir el deber irrenunciable que tenían de hablarles claro a los hombres de armas, sea para que no delinquieran ni pecaran, o para que combatieran con cristianos criterios? ¿Qué confianza pueden inspirarnos estos funcionarios eclesiales llenos de movimientos dúplices, medrosos, acomodaticios y heterodoxos?

No; no ha salido airosa del banquillo esta irreconocible Iglesia. Acusada por los protervos de “ser la dictadura”, cuando debió serlo si aquella hubiera existido y en aras del bien común de la patria, sólo atina a sacarse el incómodo sayo de encima del peor modo posible: reduciendo su naturaleza salvífica a un internismo de derechas e izquierdas, en el que los exponentes de las primeras habrían sido culpables y las segundas constituirían proféticas voces demandantes de los sacros derechos del hombre.

Por eso ha abandonado a su suerte al Padre Christian von Wernich, ultrajado y preso mediante falsías inauditas. Por eso consintió el escarnio público de Monseñor Baseotto. Por eso no tiene una palabra ni un gesto de apoyo para los centenares de militares encarcelados arbitrariamente por la tiranía kirchnerista. Por eso niega todo reconocimiento de beatitud martirial a Genta y a Sacheri, mas anda pronta en canonizar a Angelelli, Pironio, los palotinos o las monjas francesas. Por eso no puede contarse con ella para que en los templos se rinda honores públicos a la memoria de los caídos en el combate contra los rojos, pero entrega al rabinato y a la masonería la mismísima Catedral Metropolitana o la Basílica de Luján.

Esta es la iglesia por la que lloró el entonces Cardenal Ratzinger, cuando en el Via Crucis del último Viernes Santo del pontificado de Juan Pablo II, dijo de ella que la cizaña prevalecía sobre el trigo. Y es la iglesia por la que lloramos nosotros, con llanto sostenido. Porque se nos crea o no —ya nada importa— no nos causa la menor gracia tener que denunciar a Bergoglio. Sólo Dios sabe el dolor indecible que esto significa. Ya quisiéramos tener un buen señor al que servir, y no un mercenario al que desenmascarar. Un Príncipe al que rendirle nuestro vasallaje, y no un lobo del que tomar prudente distancia.



ENVÍO PARA NECIOS

Pero el último enunciado merece un párrafo final aclaratorio. Dirigido a los necios, de quienes la Sacra Escritura nos advierte en fecundos pasajes, para que estemos prevenidos, así sea de su ignorancia como de su malicia, de sus calumnias como de sus enojos.

Estos necios pueden ser tanto laicos como religiosos, lo mismo da. Y ante estas páginas nuestras podrán formular diversos cargos, como de hecho ya ha sucedido en anteriores ocasiones.

Por respeto a los justos, sólo levantaremos preventivamente algunas de las posibles objeciones de la vocinglería necia.

1º.- No es atacar a la Jerarquía poner en evidencia la existencia de obispos felones, adúlteros, fariseos o heresiarcas. Es no pecar de omisión ni de encubrimiento ni de complicidad. Precisamente por amor a la verdadera Jerarquía.

Mientras escribimos estas líneas, en Mayo de 2010, el Papa Benedicto XVI ha viajado a Portugal y le hemos escuchado decir que “la gran persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia”. El Santo Padre no calla ni simula ni atempera esos pecados, así sean repugnantes como de hecho consta públicamente que son en tantos casos. A imitación del Vicario de Cristo, todo laico fiel debe secundar su prédica, repudiando los pecados internos, amonestando a sus cultores, previniendo de sus acechanzas a los desprevenidos, y proponiendo como único antídoto la práctica de la virtud y la predicación de la Verdad entera.

Ya en la Catequesis del miércoles 10 de mayo de 2006, el mismo Benedicto XVI enseñaba que “obispo es la palabra que usamos para traducir la palabra griega «epíscopos». Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así San Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús «pastor y obispo-guardián- de sus almas» (1 P. 2, 25)”. Y citando a San Ireneo de Lyon, agrega: “Los Apóstoles querían que fuesen totalmente perfectos e irreprochables aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero si hubiesen caído, la mayor calamidad”.

Celebramos, honramos y obedecemos a “los guardianes”. Pero estamos moralmente obligados a detestar a los artífices de “la mayor calamidad”, no siendo ciegos que se dejen guiar por otros ciegos (San Mateo, 15, 14). Sigue siendo válido lo que santamente escribió el Capitán de Loyola a San Pedro Canisio, el 13 de agosto de 1554: que “los pastores católicos que con su mucha ignorancia pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, o al menos separados de la cura de almas”, pues “más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo”.

2º.- Existe, efectivamente, esa obligación moral antes aludida, y se nos aplica a los simples “súbditos de celo y libertad, para que no teman corregir a los prelados, especialmente si el crimen es público y corre peligro la mayoría de los fieles”. Son palabras de Santo Tomás de Aquino (In Gal. 2,11, nº 76-77), pero podríase sobre el particular citar una multitud de textos escriturísticos, patrísticos, escolásticos, conciliares, canónicos y pontificios de todos los tiempos, conformando todos ellos un corpus doctrinal que en buena hora redondeó admirablemente Melchor Cano —teólogo de Carlos V en Trento— diciendo: “cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar”. Esta es doctrina católica, y no lo es su negación o intencional olvido.

Ahora bien, en lugar de considerar esta doctrina de los deberes de los súbditos en orden a hacer valer los derechos de Dios; en lugar de tener en cuenta que no pocos santos la aplicaron, sin mengua de su obediencia a la Iglesia Jerárquica, sino por fidelidad a la misma; en lugar de discernir que de la enérgica y necesaria reprobación de los errores de ciertas autoridades eclesiásticas no se sigue la negación o el cuestionamiento de la Iglesia Jerárquica, per se, intrínsecamente y en su totalidad; en lugar, en síntesis, de dirigir la censura a los heresiarcas y rescatar la actitud de quienes para preservar a la susodicha Iglesia Jerárquica cumplen con el deber de señalar públicamente los extravíos, los necios nos condenan diciendo que no se puede “desautorizar públicamente a los superiores jerárquicos, ni criticar sus enseñanzas”.

Lo peor de todo es que para darle carácter apodíctico a este juicio —que contradice, como vimos, expresa enseñanza de Santo Tomás y del Magisterio— invocan a veces los necios “la regla 10ª para sentir con la Iglesia” (Ejercicios Espirituales, nº 362). Pero dicha regla de San Ignacio se refiere a la obediencia a las autoridades legítimas, punto que aquí no está en discusión. Y en plena congruencia con la doctrina antes asentada sobre los deberes de los súbditos, concluye aclarando: “de manera que, así como hace daño el hablar mal, en ausencia, de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas”.

Un autorizado comentarista ignaciano, el célebre escritor ascético, R.P. Mauricio Meschler S.J, ha precisado sobre el particular: “lo que el Santo recomienda aquí [en la Regla nº 10, E.E, nº 362] es un principio conservador de gran valía; se refiere a la observancia del cuarto Mandamiento de Dios, del orden y de la paz del pueblo cristiano. Tal espíritu de sumiso respeto a las autoridades constituidas siempre ha sido una prueba del genuino sentimiento cristiano católico. Siempre ha salido la Iglesia en defensa de la obediencia debida a la autoridad. Por esta razón, el que legítimamente advirtiera o hiciera advertir a los superiores sus yerros, sería muy benemérito así de la sociedad como de la Iglesia” (Mauricio Meschler y Enrique Pita, Sentir con la Iglesia y Discernimiento de Espíritus según San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Editora Cultural, 1943, pág. 40).

Porque, además, así como aplican indebidamente los necios la Regla nº 10 de San Ignacio, indebidamente aplican también el versículo 26,31 de San Mateo: “heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”, para hacernos responsables del “pecado abominable a los ojos de Dios” de “censurar públicamente a la Jerarquía, incitando a la confrontación y a la división del Cuerpo Místico”.

Pero dicho pasaje del Evangelio de San Mateo tiene precisamente otros destinatarios, pues es dolorosa y profética respuesta de Cristo a la promesa de los Apóstoles de no escandalizarse de Él, “aunque todos se escandalizaren en Ti”.

El Señor entonces le asegura con tristeza a Pedro, portavoz de los Apóstoles en la escena, que “esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. “La fe de esta predicción” —comenta Santo Tomás de la mano de San Jerónimo y de San Hilario— “estaba fundada en la autoridad de una antigua profecía; por eso añade: hiere al Pastor y las ovejas se descarriarán” (Santo Tomás, Catena Aurea, II, 2, Mateo XXVI, v. 30-35). Es a los sucesores de los Apóstoles, según este oportuno texto, a quienes hay que recordar que no nieguen a Cristo ni se escandalicen de Él, pues de lo contrario se dispersarán las ovejas.

En 1970, el notable Carlos Alberto Sacheri, escribía su libro La Iglesia Clandestina, en el cual, con documentación fidedigna de toda índole, denunciaba el aparato marxista-tercermundista, compuesto por sacerdotes y hasta por obispos, que socavaba los cimientos mismos de la Esposa de Cristo. También –o tal vez, principalmente, por este libro, lo asesinaron. Ahora bien; a Carlos Alberto Sacheri, que dio su sangre por Cristo Rey, quitándoles las máscaras a estos lobos, ¿también se le aplica la Regla nº 10 de San Ignacio, el versículo de San Mateo y los epítetos vulgares con que los necios quieren acallarnos? Curioso razonamiento: si un Cardenal de la Santa Madre Iglesia predica heterodoxias, y obra iniquidades, los necios jerárquicos se llaman a silencio. Si un laico recuerda la ortodoxia, es pecado abominable.

3º.- Suelen aducir los necios que con estas denuncias les hacemos el caldo gordo a los enemigos de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas, judíos y masones, ateos y gnósticos —y toda la gama posible de enemigos de la Iglesia— son los socios habituales de nuestra Jerarquía. Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros.

No necesitamos agregar tampoco hasta qué punto —en nombre del ecumenismo y desfigurándolo, en nombre del diálogo interreligioso y corrompiéndolo— se ha dado pasto en abundancia a las fieras anticatólicas, desde las mismas autoridades eclesiásticas. El caldo gordo del enemigo lo cocinan muy bien los pastores devenidos en mercenarios.

Bergoglio se sabe papabile. Toda la primera parte de su libro está dedicada a probar que estuvo muy cerquita de suceder a Juan Pablo II. Hay quienes dicen incluso que, El Jesuita, pretende ser su plataforma electoral para el próximo Cónclave. Al mejor estilo de los purpurados europeos, como Giacomo Biffi con sus más que interesantes y aprovechables Memorie e digressioni di un italiano cardinale, Su Eminencia ha querido tener su propio relato biográfico. Este es el peligro que debe movilizarnos: que un enemigo declarado de la Verdad como el Cardenal Bergoglio pueda presentarse impunemente como papabile. ¿Cuál es la parte que no entienden los múltiples necios que dicen que desenmascarar a un enemigo es hacerles el caldo gordo a los enemigos? ¿Cuál es el principio de identidad y de contradicción del que no llegan a percatarse?

4º.- Una aclaración postrimera nos queda en el tintero y hemos de reiterarla. No nos causa alegría andar de desencuentro en desencuentro con curas y obispos, incluso con algunos de estos últimos, con quienes habiendo tenido cierta amistad o trato cordial antes de que fueran investidos, nos niegan ahora como si estuviéramos leprosos. Tampoco nos causó alegría en su momento el haber tenido que salir públicamente a discrepar con el Santo Padre por el tratamiento de la cuestión judía.

Somos nadie para decir estas cosas. Individualmente considerados, carecemos de todo rango, de todo encumbramiento y, se quiere, de todo mérito o autoridad. Pero no es nuestra valía personal lo que aquí está en juego, ni nos importa defender prestigios subjetivos. En esto, coincidimos con Federico Mihura Seeber: “Nuestro móvil no puede ser ya más la fama […] Trabajamos, sin duda que en la tierra, pero para la Ciudad que baja del Cielo” (De Prophetia, Buenos Aires, Gladius, 2010, pág. 250).

No hemos sido educados para tener que rebelarnos contra curas y obispos, sino para arrodillarnos frente a la Jerarquía, orgullosos de la sujeción y del honor de poder rendir nuestros servicios. Nos lastima hasta la fibra más honda del alma constatar que, en líneas generales, nuestros pastores y clérigos son medrosos, ambiguos, heresiarcas y hasta poco o nada viriles, como diría Santa Catalina de Siena. Tal situación nos provoca una desazón y un tormento que, insistimos, sólo Dios conoce, y sólo El sabrá porqué lo permite.

Pero no debemos callar. En nombre propio, en el de los tantos y tantos que padecen similar dolor, en el de nuestros maestros mártires y en el de nuestros potenciales discípulos. No debemos callar, porque la esperanza está puesta en el triunfo de la Verdad Crucificada, oportuna e inoportunamente testimoniada. No debemos callar ni retroceder, porque a pesar de la jerarquía prevaricadora y de sus obsecuentes necios, alguien tiene que decir la Verdad.