domingo, 13 de septiembre de 2009

Errores modernos


LA “HEREJÍA” SOBRENATURAL

El título escogido para designar este artículo puede provocar cierta extrañeza debido a que en el campo de la espiritualidad cristiana se suele hacer alusión a la herejía naturalista o naturalismo, que es una verdadera y peligrosa desviación en cuanto deja demasiado margen a la espontaneidad humana sin ponerla bajo la necesaria influencia de la gracia. ¿A qué queremos referirnos entonces con lo que llamamos herejía sobrenatural?

En los tiempos que corren, signados como están por una destrucción no sólo de lo sobrenatural sino también de lo natural, algunas almas pueden quedar atrapadas en una suerte de engaño, el cual intentamos circunscribir bajo aquél título, y que en resumidas cuentas podría caracterizarse de la siguiente manera: se advierten, ya sea por conocimiento propio, ya sea por indicación de los confesores, los pecados, especialmente los graves, y las debilidades de que se es presa, se reconocen las faltas y se confiesan debidamente, se escuchan los consejos pertinentes y hasta se forma el necesario propósito de enmienda y, con todo, al fin de cuentas, se termina esperando que únicamente por obra de la sola gracia se haga realidad en la reforma de la propia vida y la desaparición de las faltas que es imprescindible combatir.

Entendámoslo bien: ni se trata de suplantar la gracia por la naturaleza, ni de atribuir a la naturaleza un papel que ni tiene ni le corresponde, ni de fundar una nueva escuela de ascetismo, ni de propiciar una sobre otra. Es algo mucho más sencillo y asequible. Se trata simplemente de reconocer que venimos al mundo con una naturaleza herida por el pecado original, que este envilecimiento resulta agravado por nuestros pecados personales, que aún en ese estado nuestra naturaleza no es absolutamente impotente para obrar, por lo mismo que no ha sido destruida del todo, y que no sólo puede y es ayudada por la gracia, sino que también puede y hasta debe cooperar con la gracia, aunque tenga unas pocas virtudes y muchos defectos, y precisamente a causa de éstos.

En esa perspectiva, decimos que es un error esperar o confiar en que la gracia lo haga todo, obrando el hombre, no ya contra la gracia —por ejemplo, pecando mortalmente o no secundando las gracias actuales— pero al menos como suspendiendo la cooperación que está llamado a prestarle.

Hay algo en el hombre que recibe el nombre de virtud natural, que no sólo existe, sino en la cual es preciso ejercerse, antes como ahora, pero máxime hoy por la razón arriba expresada, y no precisamente para desenvolver una ascética puramente naturalista en que la gracia no tenga cabida alguna, sino porque bajo la óptica de la espiritualidad cristiana y para la vida moral, si no existe un sustrato natural suficiente, cabe preguntarse: ¿sobre qué materia ha de pensarse que obrará la gracia?

Hay que abrir los ojos a la realidad y reconocer que Nuestro Señor, tal como le tentaba el demonio, bien podía hacer panes a partir de piedras, pero sabemos que no lo hizo; somos conscientes de que Dios, en su omnipotencia, puede hacer relativamente cualquier cosa, pero una vez que estableció un determinado orden, se ajusta ordinariamente a él y sólo obra al margen del mismo en casos contados y excepcionales; por lo que nos narran los Hechos de los Apóstoles, sabemos que Jesucristo hizo de Pablo de Tarso, terrible perseguidor de la Iglesia, un grandísimo santo, y aún así, el modo ordinario de su providencia es muy distinto de aquel que tal vez nos vendría más cómodo, a saber: que nos envíe una gracia tan grande que supla en nuestra naturaleza lo que somos renuentes a hacer, pudiéndolo y debiéndolo hacer.

Si es cierto que la gracia suele encontrar un terreno mejor preparado para fructificar en una persona cuyo natural está mejor dispuesto, también podría serlo que si alguien, con natural mal dispuesto, encarase a conciencia la práctica de ciertas virtudes naturales, éstas podrían cooperar —y de hecho se ve que ordinariamente coadyuvan— a que la gracia opere con otra eficacia allí donde hasta el presente ha sido estéril.

Y eso, no por insuficiencia o deficiencia de la propia gracia, sino por falta de auxilio de la naturaleza en cuanto está a su alcance hacerlo.

Pero en la medida que se observa lo contrario y que se confía en restaurar la naturaleza caída por obra de la pura gracia, lo cual no es una cuestión tan abstracta desde que existen los confesionarios, más que un error, es cosa antinatural porque marcha a contramano del orden que de hecho estableció la Providencia.

Una vez más, hay que recordar el caso de Pablo de Tarso: porque cuando nuestro Señor se le apareció y lo interpeló diciéndole por qué lo perseguía, tras un breve diálogo, Pablo se expresa así: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Vul., Hechos de los Apóstoles, 9, 6). Pablo no se quedó en los deseos, porque los deseos, por sí solos, no son sino deseos, y no se ponen por obra ni por sí mismos, ni por recurso a potencias sobrenaturales, dado que las naturales bastan para moverlos. Él tenía ciertamente algo de suyo que poner y no podía esperar ni esperó que Dios lo hiciese todo.

La vida sobrenatural también tiene sus reglas, es decir, una estricta economía y no suele dar lo que Dios dispuso que provenga de otro principio –la naturaleza, en este caso.

Pues bien, algo bastante parecido podría ocurrir en nuestra propia vida espiritual. Sabemos que tenemos cierto defecto, conocemos que somos reincidentes en tal pecado, somos conscientes de lo que nos toca poner, pero tal vez pensamos acabar con el problema apelando únicamente al rezo de cinco novenas, o diez rosarios, o treinta avemarías. Cierto —¿quién lo niega?— que es necesario rezar, orar, pedir, insistir, pero pareciera quimérico suponer que orando solamente y haciendo nosotros poco, casi nada, o directamente nada, se puede cosechar algún fruto de reforma moral.

Por eso, no basta con pedir a Dios que nos conceda más piedad, hay que ejercerse en la piedad e intentar hacerlo bien. No alcanza con pedir a Dios la obediencia, es menester realizar una y muchas veces actos concretos de obediencia y someter la rebeldía. No es suficiente con declamar sobre la pereza, hay que vencerla. No alcanza con pedir a Dios la castidad, hay que esforzarse en obrarla. No es bastante con quejarse de los accesos de ira, es imprescindible practicar en concreto la mansedumbre —con la ayuda de la gracia, es verdad— pues ¿de dónde Dios va a derramar sus dones en quien se muestra reticente a lo que sin género de dudas está a su alcance hacer?

La gracia santificante, sea que se devuelva a quien la ha perdido, o que se aumente la que ya se tiene, precisa que el cristiano también diga: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”

A cuántas malas interpretaciones podríamos exponernos si dijésemos que es preciso restaurar el papel de la naturaleza y, sin embargo, la afirmación encierra cierta verdad, a condición de que se la entienda bien; porque la vida moral del cristiano no se construye en el aire ni es una vida teórica: es una vida moral, es decir, atañe a las costumbres, y costumbres de un hombre que tiene cierta naturaleza, herida, sí, pero sobre la cual y sin la cual no puede operar la gracia.
Cuando la vida sacerdotal permite, por una parte, comprobar la verdadera magnitud de la herida del pecado original y su profundización por las faltas personales, y por otra, se advierte, no obstante las confesiones, cierta deficiencia del propósito de enmienda, que se ha gestado pero que tiene un breve y hasta a veces brevísimo aliento, fuerza es admitir que algo falla y deviene necesario indagar más detalladamente para establecer sus causas.

Entre ellas, contentémonos por ahora con reconocer ésta: la penitencia no apunta sólo a devolver o aumentar la gracia santificante, sino también a luchar contra los vicios a través de una paulatina reforma de vida. Esto equivale a decir que el efecto esencial o inmediato de la penitencia termina cuando el penitente se levanta del confesionario, pero que el efecto pleno de este sacramento demanda su prolongación a la vida cotidiana.

Esta conexión se rompe no sólo cuando el propósito de enmienda es demasiado genérico o demasiado abstracto —como quien dijese “voy a ser más bueno”, “voy a ser más obediente”, sin particularizar más el verdadero deseo, descendiendo aún más a lo concreto— sino también cuando, permítase expresarlo así, cuando está demasiado ausente.

Porque ¿quién vio jamás a un arquitecto hacer una casa sin bosquejar numerosos planos, sin pensar, si no de continuo, al menos diariamente y hasta varias veces al día en lo que tiene que hacer, sin visitar la obra, sin vigilar el acompasamiento de las partes con el todo, para que resulte lo proyectado?

Pues bien: en la vida espiritual sucede exactamente lo mismo. Quien tras haber formado un propósito, no se lo pone por delante, frecuentemente, varias veces al día, para motivar la voluntad; quien no desciende a lo concreto, quien no visita ni vigila la obra que quiere perfeccionar, ¿cómo o cuándo podrá ver realizado su proyecto?

Un Sacerdote Fiel

sábado, 12 de septiembre de 2009

Denuncias


UN ATAQUE IMPUNE
A LA CRUZ DE CRISTO

El Dr. Exequiel Ávila Gallo, nos ha hecho llegar el planteo de inconstitucionalidad-nulidad que ha formulado ante la Cámara en lo Contencioso Administrativo contra el Gobernador de Tucumán, por haber derogado éste la Bandera de la Provincia que gobierna, sólo porque tenía la Cruz.
No es la primera noticia que tenemos ni que damos del odio judío al Cristianismo, manifestado explícitamente por el Gobernador José Alperovich. Bajo su gestión hay una manifiesta y reiterada actitud despectiva hacia la Fe fundacional de la patria, así como una no menos manifiesta propensión a rodearse de agentes sionistas.
Lo que reproducimos a continuación es apenas un fragmento significativo de la demanda presentada. Va de suyo que el texto completo es de mayor longitud.
Pero antes se imponen algunas mínimas aclaraciones.
La primera, que ningún vínculo partidario tenemos con el Dr. Ávila Gallo, así como tampoco lo tenemos con ninguna otra agrupación partidaria provincial o nacional.
La segunda, que es un escándalo que clama al cielo, que el Pastor de la diócesis, Monseñor Villalba, no solamente no movilice a los católicos tucumanos a una condigna reacción, colocándose a la cabeza de la misma, sino que tenga públicos y reiterados gestos corteses o contemporizadores con el sacrílego gobernante.
La tercera aclaración, al fin, es que episodios de esta índole prueban el odio inabolible que el judaísmo profesa hacia el Símbolo de Nuestra Salvación, y la consiguiente insensatez que representa esa política de mano tendida hacia los deicidas —oficialmente practicada hoy en los ambientes eclesiales— no con el propósito de convertirlos, que sería lo justo y lo loable, sino con el afán de promover una nueva y sincrética religión judeo-cristiana.

Por intermedio de la Ley 6.694 que fuera sancionada por unanimidad de los legisladores que conformaban al 9 de octubre de 1995 la Legislatura de la Provincia, y promulgada el 30 de octubre de 1995 con dicho número, y publicada en el Boletín Oficial del 3 de noviembre de 1995, se creaba la Bandera de Tucumán y se daban las motivaciones en su exposición de su creación.

Esta Bandera tuvo su vigencia plena, tan es así, para citar tan solo un ejemplo, que en el Salón de Acuerdos Públicos de la Corte Suprema de Justicia de la Provincia estaba instalada la misma.

Tenía como emblemas la CRUZ, la Casa Histórica, y las fechas 1812 —la Batalla de Tucumán— y 1816 —la Declaración de la Independencia de nuestra Patria—, hasta su derogación con la ley que solicito su inconstitucionalidad y/o nulificación.

La Bandera de Tucumán con la llegada al gobierno del actual gobernador José Jorge Alperovich, con el argumento de que era discriminatoria porque tenía la CRUZ […] prohibió su uso en los cuerpos policiales, escuelas, representación administrativa en la Capital Federal, hizo sacar del Salón de las Banderas ubicado en la Casa de Gobierno de Jujuy, con el argumento que Tucumán no tenia bandera, y también la hizo retirar de nuestra propia Casa de Gobierno, y de reparticiones policiales, escuelas, representación de la Provincia en la Capital Federal, eliminó el izamiento de la Bandera de Tucumán con la Nacional, y de muchas otras partes, en consecuencia, incumplió con las disposiciones de dicha ley, por lo que con fecha 21 de junio de 2005 lo denunciamos en forma documentada al mencionado mandatario, por el delito de incumplimiento de los deberes de funcionario público por ante la Fiscalía Tercera de Instrucción en lo Penal, la que hasta el momento no conocemos si se ha dado trámite alguno o que resolución ha tomado, pese a que fue denunciada por el partido que represento ante la Excma. Corte sobre la demora intencionada e injustificada de la Sra. Fiscal, comprensible —por el temor a una represalia del Gobernador Alperovich de investigar el hecho— la misma tuvo entrada en el Alto Tribunal con fecha 9 de marzo de 2009.

Esta Bandera fue derogada sin ninguna exposición de motivo, por intermedio de la Ley 8.153, como surge de la misma, que fue publicada en el Boletín Oficial el 16 de enero de 2009, y esto lo confirma el propio artículo 1º que dice: “Derógase las leyes o normas de igual jerarquía cuya nómina integra el Anexo 1, que forma parte de la presente”, y entre ellas estaba la Ley 6.694.

Como no existe en dicha Ley 8.153, motivación o fundamentación alguna, para conocer las razones de su derogación, y para dar mayor basamento jurídico a esta demanda, es que solicité al Sr. Presidente de la Legislatura Dr. Juan Luis Manzur el 5 de marzo de 2009 que se pusiera a muestra disposición el diario de Sesiones de fecha 5 de diciembre de 2008 para conocer los motivos de la derogación de la Ley 6.694, tanto en el dictamen de Comisión y en las opiniones de los legisladores intervinientes.

Pese a que dicha entrega es gratuita, ofrecimos pagarle el Diario, se nos responde verbalmente que no se puede adquirir el mismo, porque no estaba impreso.

Se acompaña en prueba, la petición en fotocopia del escrito mencionado, que fue registrado en la Legislatura como Expediente 18-VL-09, en el Libro 182 Folio 646 de Mesa de Entradas con fecha 5 de marzo de 2009. Se sigue actuando de mala fe porque se continúa escondiendo la razón o fundamento o motivo que se tuvo para derogarla.

En cambio le acompaño para que forme parte de la presente demanda, la opinión de los Profesores Asociados de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional de Tucumán, Dres. Luis Iriarte y Carmen Fontán, publicada en el diario “El Siglo” del 30 de junio de 2005, pág. 4.

Así como cito la opinión fundada en vastos hechos jurídicos e históricos dados por los mencionados profesores universitarios, que no los tiene la ley que la deroga, ni en una línea siquiera.

En consecuencia desde ya solicito se me tenga por reservado el derecho a ampliar la demanda, una vez que la Legislatura remita el diario de sesiones del 5 de diciembre de 2008 y/o versión taquigráfica de dicha reunión, en el término de 24 horas como lo solicitaré en el petitium.

[…] La urgencia de solicitar esta medida está en una cuestión de hecho, que hemos quedado sin pabellón provincial, y es imprescindible hasta que no quede firme el fallo que requiero por esta acción, se mantenga la vigencia de la Ley 6.694 de creación de la Bandera de Tucumán.

Tenemos, como ejemplo de esta urgencia, el caso del Liceo Militar General Gregorio Araóz Lamadrid que tiene para sus desfiles todas las banderas de la Provincia del NOA y en cambio no la tiene en estos momentos la nuestra, por lo que solicito se haga lugar a la medida innovativa que solicito, porque esta probada la verosimilitud del derecho con la fundamentación de la inconstitucionalidad y/o la nulidad planteada: ley sin motivo, sin fundamento.

Exequiel Ávila Gallo

viernes, 11 de septiembre de 2009

Vidas execrables


SARMIENTO
EN CHILE
(poema y canción)

Desde Chile vocifera
renunciando a su nación
el sanjuanino masón
que a su tierra la vendiera.

El liberal lo venera
(entre bueyes no hay cornada)
inventando una patriada
ajena a la realidad:
pues no pasó de chacal
que a su patria repudiaba.

¡Cuánto odio destilaba,
provocando la rapiña!
Magallanes se perdía…
¡cuánta historia deformada!

Un valiente a la distancia,
es del sinarca su aliado:
a Facundo lo ha insultado
y critica a Juan Manuel…
¡pero la gloria ha de ser
tan sólo del gaucho alzado!

jueves, 10 de septiembre de 2009

Editorial del Nº 83


LA DISCORDIA,
ESA PELIGROSA ESTRATEGIA

Si hemos de creerle a la mitología, cierta deidad causó la discordia, arrojando una manzana para la más bella, cuya posesión disputó con egomanía furiosa una de las presuntas destinatarias del objeto frutal. Y si hemos de creerle a los registradores de extrañísimas sectas, hacia fines de los años cincuenta del siglo XX, un yanqui alucinado, Greg Hill, fundó la religión del Discordianismo con el propósito de dar batalla a la armonía y el orden.

No necesitará el lector mayores detalles para advertir que estamos evocando la realidad argentina. Porque el kirchnerismo es, entre otras tantas degeneraciones, una técnica del conflicto permanente, una manía por la desavenencia, una ruinosa obsesión por el resentimiento, un culto fatídico por la disensión rencorosa y las querellas vengativas.

Contrastando con su impiedad manifiesta y su ateísmo práctico, tiene la dupla siniestra que al gobierno encarna, la devoción por la ira de los necios que condena la Escritura (Proverbios, 27, 4), hasta hacer del odio una fe subvertida y canallesca. Porque bien enseñaron los Padres que cuando la ira repentina se convierte en odio duradero, el alma se vuelve homicida, y despojándose de la caridad se mata a sí misma y asesina al prójimo. Se entiende que los llamados intelectuales K hayan salido en defensa de un odiador profesional del oficialismo, para más señas atocinado delincuente piquetero.

Lo grave de esta discordia, retratada a grandes rasgos, es que la misma no consiste solamente en el vicio privado o en el morbo psicológico individual de Néstor y Cristina, patológica yunta de pobres diablos nativos. Lo verdaderamente grave es que la desunión y la atomización de la comunidad argentina, la disensión exasperante y el quiebre de la paz social, es su programa y su táctica para asegurarse la permanencia en el poder. Como es grave que para el logro de tamaño fin cuente el Estado con esbirros impunes, adiestrados para vulnerar a la ciudadanía e impedir agresivamente cualquier expresión de repudio al modelo.

¡Cuidado con minimizar esta violencia de los mercenarios! Están bien pagos, y son a su vez los sórdidos garantes del latrocinio de sus mandantes. Ya se los vio en acción, arrollando y amenazando, bajo la tutela cómplice del Poder Judicial, garante de los desmadres del Poder Ejecutivo.

La discordia, el garrote y el odio son hoy las instituciones malignas en la estrategia política de los Kirchner. Les molesta el catolicismo, la historia verdadera, las guerras justas de la patria, el orden natural, el federalismo, el señorío de la palabra libre y veraz, las tradiciones nacionales, los soldados que enfrentaron al marxismo, el trabajo rural, y sobre todo la realidad. Porque lo real —lo real en ellos, inmundos ricachones, y en el prójimo convertido en objeto de sus múltiples saqueos— no concuerda en absoluto con el discurso ideológico que gustan repetir.

¿Puede una nación vivir sin concordia? Va de suyo que no, y a la respuesta de Aristóteles nos remitimos cuando en la Ética Nicomaquea enseña que sin esa amistad política, la ciudad se desarticula y los comunes intereses se desmoronan. Pero tampoco cabe el engaño de aquellos ilusos, que creen que a los causantes de tantísimo daño planificado puede pedírseles alguna contribución a la paz, algún aporte a la reconciliación o algún gesto magnánimo. Estamos obligados a combatir las causas y los causantes de la discordia odiosa y virulenta, sin fomentar la unidad de los opuestos, de la que saldría mayor espanto y ruina enorme.

No acabarán los Kirchner como Dorrego, según la comparanza inaudita y ofensiva que enarboló dos veces la bruja. Nadie fusilará sus carnes quirúrgicas, destino final de la gusanería como toda materia humana. Terminarán como ya acabaron, aunque se nieguen a verlo: objetos del desprecio entero de los argentinos decentes, corridos de la historia a fuerza de denuestos, escupitajos y patadones en el traste, rumbo a alguna jaula, que es el modo en que suelen abandonar el escenario los peores payasos, mientras el público celebra. El tiempo prueba que la discordia suele arrasar de este modo a quienes no quieren ser sus solucionadores sino sus estrategas.

En lo que a nosotros concierne —y si fuera cierto lo que muchos prevén sobre la posibilidad de un enfrentamiento civil provocado por esta gentuza— Dios nos conceda el don de resistir sin desmayos.

Antonio Caponnetto

martes, 8 de septiembre de 2009

Aniversarios


CENTENARIOS
CUIDADOSAMENTE
SILENCIADOS

¿HUBO VIDA ANTES DE 1930?

La zurda omnímoda que padecemos —desde la cultural gramsciana políticamente “correcta” hasta la terrorista aburguesada porque ya se ha encaramado en el poder— en los últimos años ha “ignorado” (u ocultado) prudentemente ciertas efemérides propias cuya recordación vendría a demostrar que la subversión comenzó con su terrorismo sistemático mucho antes de la “catástrofe de 1930, origen de todos los males” según Grondona

No sólo se dejan pasar aniversarios de gestas “gloriosas” para el zurdaje, sino centenarios que brindan la posibilidad a periodistas ambiciosos de lucirse como historiadores, quienes sólo se ciñen a límites cronológicos que no superen el cincuentenario del bombardeo de 1955 —verdadero “bautismo de fuego” de nuestra Aviación Naval y de nuestra Fuerza Aérea (que no fue en Malvinas)— o los recientes cuarenta años del “Cordobazo”. Todo es válido si es posterior a 1930.

A esa izquierda mendaz y acomodaticia no le conviene que la gente recuerde que importó del Viejo Mundo sus crueles e inútiles prácticas del atentado terrorista y/o de los desmanes callejeros convenientemente dirigidos en épocas tan lejanas como la segunda mitad del siglo XIX —y, por lo mismo— dejó pasar en silencio sus escabrosos centenarios.

Algunos de los hechos “destituyentes” (Kirchner dixit) perpetrados no fueron contra funcionarios de segunda línea como los asesinatos del Jefe de Policía Cnl Ramón Lorenzo Falcón y su secretario Alberto Juan Lartigau, cuyo centenario el próximo 14 de noviembre —hasta ahora, al menos— se ha dejado pasar inadvertido, sin que el Colegio Militar recuerde a su primer cadete inscripto ni la Policía Federal conmemore a su primer Jefe asesinado por la subversión (luego lo siguieron Villar y Cardozo) junto a un joven funcionario policial también Caído en cumplimiento del deber.

En aquellos tiempos que parecen remotos hubo atentados magnicidas —cuyos respectivos centenarios fueron olvidados por los “formadores de opinión”, más atentos a las groseras “sutilezas” de “Gran Cuñado”— contra los Presidentes Sarmiento (1873), Quintana (1905) y Figueroa Alcorta (1908), como tampoco se recordaron los cien años de sucesivos “porteñazos” como los tumultos socialistas del 13 de octubre de 1903, los conjuntos de socialistas y anarquistas del 1° de mayo de 1904 con muertos (un policía) y heridos, además de la “Semana Roja” del 1° al 8 de mayo de 1909, cuyas decenas de muertos (cuatro eran conscriptos) y centenas de heridos fueron obliterados de la Historia Oficial al cumplirse cien años de esa primera “guerrilla urbana”.

Guerrilla que fue precursora de la “Semana Trágica” del decenio siguiente (1919) —en la que participaron anarquistas, socialistas y comunistas— a la cual va a ser más difícil “olvidar” por los libros y películas que han falseado el tema. Más adelante daremos más detalles de los atentados terroristas y los tumultos vandálicos que requirieron no solamente una enérgica represión, sino una denostada Ley de Residencia que permitiera expulsar a los extranjeros que hicieran peligrar nuestra paz interior.

LAS INTERNACIONALES

Dado que el socialismo actual ha edulcorado su posición política del presente como “socialdemócrata”, será necesario recordar que —al igual que su aliada electoral de antaño (1931) y hogaño (2009), la U.C.R.— ambos partidos son “Secciones Argentinas” de la IIª Internacional marxista o IS (Internacional Socialista) fundada en París el 14 de julio de 1889, al cumplir cien años la cruenta Revolución Francesa. Los marxistas habían sido expulsados con sus mentores —Chahim Mordechai Ha-Levy (a) “Karl Marx” y Federiquito Engels— de la Iª Internacional que estos benefactores de la humanidad habían fundado en Londres en noviembre de 1864, la AIT o Asociación Internacional de Trabajadores, que renegó del marxismo y se convirtió en anarquista bajo el influjo del ruso Mikhail Bakunín.

En la Argentina venimos padeciendo de “Secciones” locales de las cuatro Internacionales desde 1870, más algunos sucedáneos “mistongos” como el “Foro de San Pablo”, el de “Porto Alegre” o “Foro Social Mundial” y el latrofaccioso Eje “bolivariano” (!) castrochavista “ALBA”.

Cuando los subversivos del mundo se dividían en marxistas y bakuninistas, las dos respectivas Internacionales rivalizaban en perpetrar los atentados más impactantes y las revoluciones más sangrientas. No olvidemos que la Revolución Soviética tuvo como partido único oficial a la “Fracción de los Bolcheviques del Partido Socialdemócrata Ruso” (nombre que usó hasta la Segunda Guerra Mundial) y estuvo afiliado a la IIª Internacional hasta que Lenín creó la IIIª o Komintern (Internacional Comunista).

Con los anarquistas, estos marxistas cometieron las incalificables tropelías de la Guerra de España, durante la cual se fundó la IVª Internacional trotskista. Ninguna de estas asociaciones ilícitas (varias son “legales” pero nunca serán lícitas) ha dejado de tener su “Intelligentzia” sumisa y su mano de obra cipaya en la Argentina desde hace un siglo y medio.

ATENTADOS CONTRA CUATRO PRESIDENTES

Los magnicidios fallidos planeados por anarquistas comenzaron por el dirigido contra el Presidente Faustino Valentín Quiroga Sarmiento y Albarracín, quien por aversión a su pariente y biografiado Facundo prefirió quitarse el primer apellido paterno y llamarse “Domingo Faustino Sarmiento”.

El 23 de agosto de 1873, cuando iba en su coche por la calle Maipú llegando a Corrientes en Buenos Aires, fue blanco de tres italianos “carbonarios” a órdenes de un austríaco también anarquista y el asesinato fracasó al explotarle el arma al tirador —Francesco Guerri— volándole la mano, haciendo que otros dos terroristas tiraran tardíamente cuando el carruaje se estaba alejando. Éstos eran Pietro Guerri (hermano del mutilado) y Luigi Casimir (a) “Aníbal” y el “responsable” de la célula era Aquiles Segabrugo (a) “El Austríaco”.

Los Guerri fueron apresados por el oficial de la escolta (luego Coronel) Floro Latorre: “Aníbal” fue capturado el 14 de septiembre en un muelle (disfrazado de marinero) y “El Austríaco” huyó a Montevideo, donde fue asesinado el 27 de ese mes. Otra tentativa fallida fue la de ultimar al Presidente Manuel Quintana en Buenos Aires el 11 de agosto de 1905 por el anarquista catalán Salvador Enrique José Planas y Virella, debida a la mala calidad de las balas que disparó. Condenado a prisión hasta el 29 de abril de 1917, se fugó de la Penitenciaría Nacional con otros doce presos el 6 de enero de 1911.

Uno de éstos, el mosaiquista salteño de 21 años Francisco Solano Regis (a) “Rojas” —quien dijo ser “comunista y anarquista”— arrojó a los pies del Presidente José Figueroa Alcorta —el 28 de febrero de 1908 a las 18:30, cuando descendía de su coche frente a su casa en Tucumán 848, Buenos Aires— un envoltorio humeante con explosivos que pudo ser apagado con agua. Condenado a prisión hasta el 8 de marzo de 1929, cavó un túnel en Salguero y Juncal y por allí se fugó con Planas y otros once. A su vez, en uno de los festejos por el 9 de Julio de 1916, Centenario de la Independencia, un anarquista terrorista hizo fuego —sin éxito— contra el Presidente Tcnl y Dr. Victorino de la Plaza.

PORTEÑAZOS

En cuanto a vandalismo urbano, éste no comenzó en mayo de 1969 con el “Correntinazo”, el “Rosariazo” y el “Cordobazo”, sino mucho antes. Ya el 13 de octubre de 1903, por promover y participar en tumultos e incidentes callejeros fueron detenidos los dirigentes socialistas (único partido marxista en aquel entonces) Enrique del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte y Alfredo Lorenzo Palacios.

Meses después, el 1° de mayo de 1904, los marxistas y los bakuninistas convinieron conmemorar el “Día del Trabajo” con marchas separadas que confluirían en la Plaza Colón de Buenos Aires, detrás de la Casa de Gobierno; el PS marxista desde la Plaza Constitución y los anarquistas desde la Plaza Roma, donde aún se encuentra la estatua sedente —y, según parece, nada sedante— de Giuseppe Mazzini, atacando a la Policía Montada asesinándole a un Agente y muriendo un activista en el bando agresor, además de numerosos heridos en ambos.

Un lustro después (y en una sucesión de acciones coordinadas), comenzó en Buenos Aires la “Semana Roja” del 1° al 8 de mayo de 1909. Comenzó con tiroteos de varios miles de socialistas y anarquistas contra la Policía y transeúntes durante su manifestación conjunta desde la Plaza Lorea por la Avenida de Mayo, causando cinco muertos y cuarenta heridos; el 2 se declaró una huelga general; el 3, tiroteos cerca de la Morgue para llevarse sus muertos y asesinan al capataz de playa Pablo Coello en los Mataderos; el 4, tiroteos en Once y en Chacarita con más muertos y heridos; el 5, asesinan a “cuatro conscriptos y un vigilante”; el 6, enfrentamiento en Plaza Constitución entre tropas de Ejército y socialistas; el 7, al detonar una bomba oculta en una canasta hallada por el conductor de un tranvía en Corrientes y Carlos Pellegrini, muere asesinado el niño Esteban Garaycoechea y quedan numerosos heridos, y el 8, entre otros incidentes, asesinan en Las Heras y Montevideo a un lechero que no se plegó a la huelga. Los revoltosos anuncian que matarán al Jefe de Policía Cnl Ramón Falcón para vengarse, lo cual cumplieron antes de finalizar el año.

CONTRA EL CENTENARIO PATRIO

Para alcanzar mayor resonancia perturbando los festejos del Centenario, marxistas y anarquistas encabezados por el “Grupo Ruso Israelita «Amigos del Obrero»” y los agremiados en la F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina, anarquista) convocan a una “huelga general insurreccional” entre el 18 y el 25 de mayo de 1910, amenazando a quienes trabajen, hagan circular transportes o luzcan colores patrios, causando muertos, heridos y la declaración del estado de sitio, con cientos de detenidos y deportados. Al mes siguiente, el 26 de junio de 1910, mientras se interpretaba el segundo acto de la ópera “Manón” de Massenet en el Teatro Colón de Buenos Aires, estalló en la fila 14 de la platea una bomba que causó numerosos heridos, colocada por los anarquistas judíos rusos David Romanoff e Isaac Molinoff, pudiendo evadirse el primero y siendo apresado el segundo.

El Cnl José María Calaza, Jefe del Cuerpo de Bomberos allí presente, ordenó a la orquesta tocar el Himno Nacional que fue cantado por toda la concurrencia, mientras la Policía de Orden Social se lanzó a realizar unas cien detenciones.

RAMÓN L. FALCÓN, DE OCCISO PRÓCER
A REPRESOR ESCARNECIDO

Cuando volvían a sus despachos en la Jefatura de Policía desde la Recoleta, donde habían asistido a un entierro, el 14 de noviembre de 1909, el Jefe de Policía Cnl Ramón Lorenzo Falcón y su secretario Alberto Juan Lartigau fueron asesinados por la bomba que les arrojó adentro de su carruaje el anarquista terrorista ruso e israelita Simón Radowitzky en la esquina de Callao y Quintana, Capital Federal; el cochero Isidoro Ferrari, asimismo, quedó gravemente herido.

Innumerables homenajes se rindieron a las víctimas, incluyendo calles y paseos con sus nombres y la denominación de la Escuela de Cadetes de la actual Policía Federal Argentina. Su asesino participó en la excavación del túnel en la Penitenciaría para la fuga del 6 de enero de 1911, pero ese día tuvo que trabajar en la imprenta. Fue trasladado al Penal de Ushuaia, Tierra del Fuego, y logró fugar en un cúter el 7 de noviembre de 1918, pero fue recapturado a los 23 días. En 1930 fue indultado por Hipólito Yrigoyen y emigró a México, donde falleció durante la Segunda Guerra Mundial.

El 1° de mayo de 2004 —centenario del primer “Porteñazo”— Naúm Normando Brisky (a) “Norman Briski” (del Consejo Superior de “Montoneros” desde el 20 de abril de 1977), en nombre de Celia Guevara de la Serna (hermana del “Che”) y mancomunadamente con el historiógrafo Osvaldo Jorge Bayer, acompañado por grupejos izquierdistas de todo pelaje cambiaron el nombre a la Plaza Ramón Falcón en Floresta, Capital Federal, por el del Che Guevara. Además, unas cuantas cuadras de la calle sobre la que se encuentra la mencionada plaza —denominada homónimamente Ramón Falcón— amanecieron rebautizadas de hecho con el nombre de su asesino. Substitución ilegal y aberrante que —de la Plaza, al menos— han hecho perdurar hasta el presente mediante la ocupación de ese paseo público usurpado desde entonces.

A su vez, la diputada kirchnerista Silvia La Ruffa presentó en la Legislatura porteña el proyecto de cambiar el nombre a la calle Ramón Falcón —“un policía represivo”— por el del futbolista castrista Diego Maradona, “así matamos dos pájaros de un tiro”…

CONCLUSIONES PARA 2009

La cruenta “Semana Roja” no se conmemoró en mayo de este año ni por la Izquierda tan obsesionada (y enriquecida) por “la Memoria”, que le ha resultado asaz provechosa política y económicamente en nuestra asolada y desolada Patria. El año que viene se nos saturarán las entendederas con el Bicentenario, sin recordar —casi seguramente— incómodos detalles como la “huelga general insurreccional” (sic) del 18 al 25 de mayo de 1910 por marxistas y anarquistas con cruentos choques y numerosas bajas tras declararse el estado de sitio o la bomba que estalló en la fila 14 de la platea del Teatro Colón al mes siguiente, como no se conmemorarán oficialmente —si la ciudadanía decente no exige lo contrario— los asesinatos de Falcón y Lartigau en noviembre de este año 2009, ni el atentado terrorista contra el Presidente Victorino de la Plaza en ocasión de otro Centenario patrio, el de la Independencia en 1916. “Los pueblos que no aprenden de su Historia…”

Adolfo M. Muschietti Molina

lunes, 7 de septiembre de 2009

Aviso

SALE LA NUEVA “CABILDO”


EN EL MES DE SU DÉCIMO ANIVERSARIO


ESTE JUEVES EN SU KIOSCO

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sermones elegidos


EL VALOR DE
LA VERDADERA LIBERTAD

Precisamente hoy, cuando nuestra sociedad se precia de no desconocer nada y con gran prontitud se conocen los acontecimientos y detalles de lo que acontece en cualquier parte del mundo, por muy alejado que éste se encontrare, muchos hombres de esta misma sociedad desconocen el significado de la libertad, y piensan que un ser es verdaderamente libre cuando puede hacer… todas las barrabasadas que se le antojen.

No se dan cuenta, pobrecitos, que eso es una vergonzosa esclavitud de los sentidos.

Esta sociedad (o mejor dicho, nuestra naturaleza humana) es dependencia y esclavitud; y si a esto le agregamos las consecuencias del pecado original, somos “reyes destronados y exiliados”.

La verdadera libertad sólo se encuentra en el cristianismo, cuando el hombre bajo el impulso de la gracia, puede elegir diversos medios que la vida le ofrece para alcanzar la santificación. Ciertamente, la santificación implica obediencia y sujeción al Omnipotente, pero como dice San Pablo, “servir a Dios es reinar”. Llegamos a ser reyes: la corona está puesta sobre nuestra cabeza y entonces todo el mundo es nuestro, ninguna conquista es imposible, tenemos un dominio maravillosamente extenso, ya que en el orden sobrenatural nos hallamos bañados en una atmósfera de infinito.

Mas Jesús quiere hacernos meditar sobre la necesidad de la “elección” y por ende sobre la verdadera libertad, cuando en el Evangelio insiste en mostrarnos que “no se puede servir a dos señores”. Estos dos señores son la confianza pagana en las solas fuerzas humanas y la fe cristiana en la Divina Providencia; nosotros debemos servir solamente a esta última, porque la fe y las obras sobrenaturales son las únicas que nos permiten acceder a la verdadera libertad.

No se puede aunar nuestras ansias y preocupaciones por las cosas terrenas o por las alegrías de los sentidos, y al mismo tiempo afirmar, creer, esperar y amar a la Divina Providencia; algunos han intentado este imposible matrimonio, pero deben confesar pronto que han caído en el dominio de lo humano, de la materia y, por desgracia, del pecado. En cambio, el cristiano debe contar sólo con Dios, haciéndolo el centro de su plena confianza, apoyándose exclusivamente sobre su misteriosa y vigilantísima acción sobre nosotros: “No os acongojéis por vuestra vida, qué habéis de comer; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir”.

Si tratamos de sacudirnos un yugo que nos parece insoportable pensando que un mejor nivel de vida o un status socialmente más acomodado nos sacarán de esa “insoportable esclavitud”, más tarde o más temprano nos daremos cuenta de que habremos caído en otra esclavitud, que seguimos siendo esclavos, que sólo hemos cambiado de “patrón”.

De este modo, el pecador quiere desatarse de todo lazo que lo sujete a Dios; se rebela contra Su Ley y se lanza a la más desordenada actividad para procurarse placeres terrenos; pronto descubrirá que sólo ha mudado de patrón, pero para peor: ahora sirve al mundo, a la propia sensualidad caprichosa, al rebelde Lucifer. Y no tiene más que miedos tontos, ansiedades vanas, preocupaciones sin fin.

Luego, cuando el alma se torna esclava cayendo en el hábito del desprecio de los valores espirituales y de la insubordinación moral, ya casi no hay nada más por hacer. San Bernardino de Siena lo ha demostrado con este siguiente relato:

“Cierta vez un muchacho llevaba una carga de leña en un asno, y sucedió que cayó en medio de la calle. Un caballero que pasaba por allí, al ver al asno caído con el muchacho, dijo a sus servidores: «Ayudad a levantar el asno a ese chico». Entonces los sirvientes corrieron y, uno lo tomó por la cola, otro por el cogote, hasta que lo levantaron. Cuando el muchacho vio levantado su asno, comenzó fuertemente a quejarse: «Ay, pobre de mí, me han destrozado mi asno». Dicen los servidores: «¡Mentira!» Y el niño seguía llorando y lamentándose: «¡Me han estropeado mi asno!»

“Dice entonces el caballero: «¿Qué le han hecho ellos a tu asno que te lo han estropeado?» Dice el niño: «Si lo hubiesen dejado como estaba, yo le habría dado tantos bastonazos que se habría levantado por sí solo. Pero ahora que ha sido ayudado, cuando se caiga ya no podré hacerlo levantar más porque querrá ser ayudado. Entonces el caballero conoció que esto significaba el mal hábito, del cual no se puede salir cuando otros nos acostumbraron a él”.

Y es verdad: los malos hábitos hacen al hombre un verdadero siervo para siempre, pues lo acostumbran a considerar todo desde un punto de vista puramente humano, perdiendo para siempre toda serenidad; será muy difícil salir de esta dificultad. No confiamos en la Providencia; nos ajustamos a las muñecas pesadísimas cadenas, puesto que los excesivos cuidados de nuestro cuerpo, de nuestros asuntos, de la moda, nos tornan esclavos de pasiones indominables, de la más codiciosa avidez, del ridículo respeto humano; nos hacemos pobres esclavos de la carne, de un hombre o de una mujer, del orgullo, del prejuicio o del error.

El comer, el vestir, la salud o la posición social tienen siempre un limitado valor como “medios”. Estas cosas, nos dice Jesús, preocupan a los paganos. No dice que debamos ignorarlas o que no nos tengan que importar nada, pero no quiere que lleguen a ser para nosotros como un refugio, el centro de nuestras aspiraciones, el objetivo de nuestra vida. No se puede servir a Dios y juntamente al dinero, que los necios creen que es el instrumento indispensable para procurarse tranquilidad y alegría en la vida.

La falta de confianza en la Providencia es la primera y esencial causa de tantos pecados de cónyuges que profanan el matrimonio precisamente por no creer en las palabras de Cristo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura”. Aquellos, pues, que dedicados a sus asuntos olvidan sus deberes religiosos o los omiten porque se hallan distraídos por preocupaciones materiales, merecen el reproche del Salvador: “¡Oh, hombres de poca fe!” Y a todos nos recuerda Él siempre: “No os angustiéis preguntándose qué habréis de comer o de beber, o con qué os vestiréis. Vuestro Padre que está en los cielos sabe que tenéis necesidad de todas esas cosas”.

Seguramente, si queremos pensar en nosotros en vez de pensar en Dios, Él nos dejará solos y entonces tendremos que molestarnos y sufrir amargamente, porque el sudor de nuestra frente no bastará nunca para sustituir la mano divina.

Cuando San Francisco de Asís se despojó de todos sus vestidos, devolviéndolos a papá Bernardone y se refugió desnudo bajo el manto del Obispo, exclamó: “De ahora en adelante no tendré padre sobre la tierra. Mi Padre es el Padre que está en los cielos.. Él alimenta a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo. También a mí me vestirá y alimentará”.

La Cabrini, Don Orione, Bartolo Longo no ponían su esperanza en ésta o en aquélla persona para poder mantener a sus enfermos, pobres y huérfanos, ni se amargaban por el mañana, ni se desesperaban jamás. Sabían que es suficiente la fe amorosa para mover las montañas y hacer intervenir al Señor en cada necesidad espiritual y material.

Bueno es salir del “estuche” de nuestras mínimas preocupaciones materiales; y ocupémonos de nuestra alma y de la del prójimo. Ya pensará Dios en el sustento de nuestro cuerpo, porque Él lo ha prometido a sus fieles.

La confianza en la Providencia para nuestras necesidades terrenas facilita también la serenidad de nuestros pensamientos sobre el porvenir. La misma Sagrada Escritura nos invita a no preocuparnos por el mañana: “A cada día le basta su afán”. El mañana se halla en las manos de Dios; no debemos temer más que al pecado, y ni siquiera por esto debemos angustiarnos, ya que, como se dice en la Epístola de hoy: “los que son de Cristo, tienen crucificada su propia carne con los vicios y con las pasiones” (Gálatas, 5, 24). Si buscamos servir sólo a Dios con fe y con obras sobrenaturales, estaremos en posesión de la verdadera alegría. Por nosotros solos no lograremos nada, pero la oración nos hará ser ayudados por Quien puede hacerlo, a cada momento.

La fe en la Providencia, pues, no implica que tengamos que estar con las manos extendidas esperando que caiga el maná del cielo (que si fuese preciso, caería, como cayó para los hebreos en el desierto), pero debemos cooperar por nuestra parte a la acción divina, porque la pena del trabajo es castigo del pecado original, y es preciso ser prudente guardando algo para el mañana.

Mas todo esto debe ser vivificado por una atmósfera sobrenatural. Los Santos nos enseñan a ayudarnos a nosotros mismos trabajando con serenidad, sin ansias de lucro, con tranquilidad, buscando antes que nada perfeccionarnos cada día por medio de la oración, esperando y amando. Lo demás nos será dado luego, indefectiblemente, pues la promesa de Nuestro Señor Jesucristo es verdadera y eterna.

Un Sacerdote Fiel

viernes, 4 de septiembre de 2009

Diez años de Cabildo (I)


LA CRUZ Y
LA BANDERA


Si hemos de creer en el valor que tienen los símbolos para la vida política, tres hechos se nos presentan como tales, y han ocurrido en los últimos meses.

El primero fue el arribo formal de la Internacional Socialista, cuando llegaba en junio a su última semana. El Gobierno le dio la bienvenida, el Canciller señaló a los “puntos de encuentro”, la oposición exhibió su impúdico connubio, los principales candidatos se arrimaron para la foto, y quienes siquiera por tardanza o por dudas quedaron afuera, no creyeron oportuno hacer oír su voz de protesta ante una entidad sobre cuyas espaldas pesan no pocos crímenes y malandanzas varias. La unanimidad aprobatoria fue la consigna, por no hablar de la moral del rebaño, como quería el filósofo de Turingia.

Julio trajo su día 4 y el consabido festejo de la “Independencia”; que fue en el Sheraton, claro, con la asistencia en masa de los mismos que ayer nomás, mesaban nostálgicamente las barbas virtuales o reales de cuanto rojo deambulara a su alcance. Y otra vez, como en “Fuenteovejuna”, mas sin su honra, “gritaron todos a una”, su adhesión monocorde y canalla. La partidocracia en pleno se comportó aquella jornada como una dócil y complaciente pasante de Clinton. Washington y Moscú volvían a ser los polos de nuestro equidistante sometimiento.

Y ya en agosto, y he aquí el tercer símbolo al que aludíamos antes, elencos oficiales, oficiosos y facciosos, desfilaron por turnos ante los examinadores de Wall Street, jurando pagar la deuda externa o morir, según reza el inglorioso estribillo hímnico de los crápulas nativos. Después vendría la nueva rendición en Malvinas, aceptando sin protestar los unos o protestando con aceptación los otros, las reglas impuestas desde las nieblas londinenses. Como se ve, en materia de sujeción a los personeros del Nuevo Orden y de servilismo a sus planes, rige la indiscriminación irrestricta y la aquiescencia generalizada.

A esto llamamos “Régimen”. A esta sucesión de personajes, de gestiones, de partidos, de turnos gubernamentales, de conductas públicas, de administraciones políticas, cuyo común denominador es la sistemática acción antinacional; su legitimidad la democracia, de iure o de facto, de civil o uniformada; su cosmovisión la populista; su soporte la usura; su garantía el endeudamiento y la expoliación consentida; su ética la antinaturaleza; su objetivo la extinción de la Fe y de la Nación.

Régimen que ahora proclaman Modelo, abusando de la semántica y de la paciencia. Modelo de diplomacia vasalla, de economía dependiente, de educación pervertida, de justicia sodomizada, de leyes descristianizantes, de resarcimiento material y espiritual a los subversivos, de costumbres amorales, de ejércitos desmantelados, de inseguridad dominante, de vergonzosa e inicua frivolización de la clase dirigente.

A tal Régimen se necesita vencer, para que la Argentina resucite, para que la “hiedra deje de sofocar a la encina”, y el cerrojo que atenaza el cuerpo y el alma de esta tierra doliente se convierta en el hierro con que forjar el asta de un estandarte soberano. Victoria difícil, que no se resuelve en la ficción de las urnas, ni en el sofisma de la soberanía del pueblo, ni en las estrategias de socorristas ineptos, ni en ninguno de los mecanismos que el sistema ofrece para asegurar su supervivencia. Victoria que exige la reacción combativa del argentino sano. Del que es naturalmente nacionalista, porque ama a la tierra con razones y pasiones bienhabidas. Del que no ha renegado de su bautismo ni ha ofendido al Orden Natural. Del que ejercita la decencia antigua de llamar a las cosas por sus nombres. Del que cultiva el decoro del trabajo, del hogar, de la profesión, del oficio, de la tradición y de los sueños. De ese argentino que se siente avergonzado cuando el país es reconocido por sus miserias y sus rufianes, y se enorgullece cuando le mencionan las gestas de los héroes australes.

A ese argentino queremos ofrecerle nuestros propios símbolos. No más que dos tenemos; no más se necesitan. La Cruz y la Bandera. La que fundó la estirpe, y desde hace dos mil años abraza a los cuatro rumbos, redimiéndolos. La que flameó sin dobleces, limpiando el aire con sus bríos.

Cruz y Bandera. Porque con ellas, tuvo la patria su historia y su triunfo. Porque con ellas, la gloria nacional tendrá mañana.

Antonio Caponnetto

Nota: Editorial del nº 1 de nuestra Revista. Tercera época, septiembre de 1999.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Fiesta de San Pío X


PÍO X, EL PAPA SANTO

El hombre y el santo

Hay un aspecto en el que Pío X consiguió dominar como un soberano, mostrándose una vez más “el Papa de lo Sobrenatural”; así, con una frase exacta y feliz, lo definió el Episcopado Piamontés.

Este aspecto es el terreno de la santidad. Había en él algo de sobrehumano que lo hacía inolvidable (…) El Arzobispo de Reims, en una carta del 15 de agosto de 1923, escribía: “En las numerosas audiencias que Pío X se dignó concederme, siempre fui profundamente impresionado y edificado por su espíritu de fe, por la altura sobrenatural de sus puntos de mira y por la santidad de sus palabras”.

El Ministro de la Argentina cerca de la Santa Sede, Su Excelencia Daniel García Mansilla, testimoniaba: “La primera impresión que me causó Pío X fue la de un hombre que irradiaba santidad y rompí a llorar: cosa que nunca me había sucedido. Y añado que de los cuatro Papas que he tenido el honor de conocer de cerca, ninguno me hizo una impresión tan profunda de santidad como Pío X” (…)

Su Secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, el 1 de agosto de 1928, hablando con un redactor de un importante diario de Bruselas, se expresaba así: “Pío X tenía un alma que conmovía a todos los que vivían con él. Yo mismo me sentía profundamente conmovido y me parecía casi imposible que hubiese nacido en un pobre pueblecito, cuando en realidad parecía que hubiese sido educado en una familia de soberanos. Era su santidad la que confería a sus humildes orígenes una luz de nobleza que sorprendía” (…)

Su mansedumbre

No había penitencias severas, ni austeridades de anacoreta en la vida de Pío X.

Los Procesos callan. Pero se asegura que “fue continua su mortificación interior y continua la renuncia a su propia voluntad la penitencia más ardua y difícil”, y numerosos testimonios afirman que toda su vida no fue más que un ininterrumpido ejercicio de fortaleza cristiana, una lucha continua, sin tregua, sin abdicaciones y sin descanso, por conquistar el completo dominio de sí mismo.

Llevaba la mansedumbre en el corazón. Pero esa mansedumbre la había conquistado con una lucha que no era la de crucificar la carne. La naturaleza lo había dotado de un carácter ardiente: la firmeza heroica de la voluntad le dio aquella maravillosa mansedumbre que lo hizo pasar a la historia con la aureola de “mansísimo Papa”.

Una vez, le preguntó uno de sus Secretarios Particulares cómo hacía para dominarse a sí mismo entre tantas contradicciones y tantos gravísimos disgustos. “¡Oh! eso —respondió— se aprende con los años”: respuesta sencilla, pero reveladora de largas batallas ignoradas y de secretas victorias. Nadie, ni siquiera sus más íntimos familiares, lo vio nunca alterado, perturbado o airado, no sólo en los pequeños e inevitables encontronazos de cada día, pero ni siquiera en medio de las contradicciones o ante audaces e irreverentes provocaciones.

“Puedo decir —confirmaba su Cardenal Secretario de Estado— que nunca noté en él un arrebato, ni siquiera ante las cosas que le disgustaban”.

Cuando el deber le exigía corregir o amonestar a alguien, y también cuando se refería a cosas que le habían hecho sufrir mucho, se expresaba con mucha calma, con suavidad y cariño de padre. Sólo se encendía en santa indignación cuando se enteraba de que el Señor había sido ofendido gravemente o había sido ultrajada la Iglesia, movido únicamente por el deseo ardiente de hacer detestar el mal. Un día, su médico —el ilustre Profesor Marchiafava— lo encontró casi fuera de sí, a causa de una oleada masónica de calumnias desvergonzadas y de vergonzosos vituperios contra la Iglesia, y, con voz excitada, le oyó que decía: “¡Ha sido una verdadera tempestad de infamias y de calumnias contra la Iglesia!” Indignación santa que, en las almas grandes es una indudable manifestación de “convencimientos profundos, de fuerte y de corazón magnánimo”.

Firmeza inquebrantable

Pío X tenía un corazón muy sensible: se conmovía y era efusivo con mucha facilidad. Pero estas efusiones de su corazón nunca le ataban las manos, como suele decirse.

Era inexorable cuando se trataba de condenar cualquier posibilidad de equívocos fatales, ya se tratara de adversarios declarados de fuera, como de desviados incautos tic dentro; nunca se cansaba de llamar “con oportunidad y sin ella” —según la expresión del Apóstol— a las almas y a los corazones a ser fieles a la palabra revelada por Cristo. En estos casos se apoderaba de él un vigor apostólico y una “energía a la que nadie podía resistir”, y “no había preocupación que lo quebrantara”. Era el Papa de lo Sobrenatural, que obtenía su fuerza no de juicios humanos, sino de juicios divinos: un Papa indómito, que, en uno de los primeros días de su Pontificado, a alguien que le preguntó cuál iba a ser su política, elevando los ojos y extendiendo el brazo hacia un pequeño Crucifijo que tenía delante, respondió sin vacilar: “esto es mi política”. La política que en los tempestuosos albores del siglo XX, iba a reanimar toda la vida de la Iglesia con profundas reformas renovadoras e innovadoras.

No fue sin razón como un viejo hombre de mar, cuando se enteró en Venecia de que el Patriarca Sarto había sido elevado al Pontificado, no dudó en exclamar: “Han hecho Papa a un hombre de hierro”; “un hierro hecho de caridad y de fe —comentaba más tarde un mantuano de agudo ingenio—, pero un hierro tan puro que si Bonaparte se las hubiera tenido que ver con él, las cosas no le habrían ido tan suaves”.

Antes de tomar cualquier decisión de importancia, Pío X reflexionaba largamente a la luz de la fe y con el auxilio de la oración; consultaba a los más eminentes Cardenales y a los más íntegros y listos Prelados, pero sin dejarse llevar por ninguno, pues sabía que la responsabilidad de sus actos pesaba sobre sus hombros. Él era quien tomaba las decisiones y, cuando tomaba una decisión, era irrevocable, mostrando la firmeza de su carácter, con la que había santificado toda lucha y toda batalla, desde los tiempos de la Parroquia de Salzano hasta la Curia Episcopal de Treviso, desde la tierra de Virgilio hasta la patria de Lorenzo Justiniano.

“Cuando he de tomar una determinación —dijo a un Cardenal—, rezo y pido consejo, pero una vez tomada la decisión, quiero que se lleve a cabo”.

Su Cardenal Secretario de Estado afirmaba: “No había en él ni sombra de debilidad. Cuando se planteaba alguna cuestión de importancia, en la que los derechos y la libertad de la Iglesia exigían ser afirmados y firmemente mantenidos; cuando la integridad de la doctrina católica tenía que ser estrictamene defendida, o cuando se imponía el mantener la disciplina eclesiástica contra relajamientos e influencias profanas, entonces Pío X ponía de manifiesto toda la fuerza y toda la energía de su carácter, el vigor inflexible de un gran hombre de gobierno, consciente de la responsabilidad de sus grandes deberes, cuyo cumplimiento llevaba a cabo a toda costa. En ocasiones semejantes, era absolutamente vana toda tentativa de socavar su firmeza: cualquier intento de atemorizarlo con amenazas, o suavizarlo con pretextos o razones puramente humanas estaba indefectiblemente destinado al fracaso.

“Después de días densos de graves pensamientos y después de noches de insomnio, manifestaba su decisión definitiva y expresaba su juicio con pocas y bien ponderadas palabras; levantando despacio la cabeza, sus ojos, habitualmente tan tranquilos y tan serenos, tenían una mirada severa y decidida. Bien se comprendía que, entonces, no había nada que decir ni que hacer”.

La mansedumbre y la indulgencia con los hombres; la firmeza y la inflexibilidad, dando de lado a cualquier consideración humana, ante los derechos de Dios y de la Iglesia: eran dotes de la santidad que en Pío X tuvieron una de sus más espléndidas manifestaciones.

Girolamo Dal-Gal
(Tomado de su libro “Pío X, el Papa santo”)

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ORACIÓN A SAN PÍO X
POR LA BEATIFICACIÓN
DEL PAPA PÍO XII


(para uso privado)

¡Oh San Pío X, que fuiste el fuego ardiente que inflamó en renovada caridad a la Iglesia! Te pedimos que ejerzas tu valimiento ante Jesucristo, de quien fuiste ejemplar vicario en esta tierra, a favor de la causa de tu sucesor Pío XII.

Él, como tú, fue un gran defensor de nuestra fe y, siguiendo tus pasos, no dudó en desenmascarar y denunciar los errores de su tiempo, esos mismos que tú condenaste, pero que bajo nuevos ropajes pretendían contaminar de nuevo la doctrina católica.

A ejemplo tuyo, celoso de la mayor gloria de Dios, promovió el verdadero culto, restaurando la sagrada liturgia de la Iglesia, obra del Cristo místico, y previniendo contra las desviaciones de celos, algunos bienintencionados pero los más temerarios y falsos.

Emulando tu amor por las almas, que hizo de ti el Papa de la Eucaristía, quiso acercarles aún más el Pan de los Ángeles sin merma de la dignidad de tan alto sacramento.

Fue un heraldo de la paz verdadera, la que es obra de la justicia, y se desvivió por preservarla lo mismo que tú, que ofreciste a Dios tu vida por ella. Y, cuando hombres impíos, desoyendo su llamado acuciante (como otrora hicieran con el tuyo), desataron la furia bélica sobre el mundo, no ahorró esfuerzos ni medios para socorrer a las atribuladas víctimas de la persecución y de la ruina moral y material. Pío XII fue un ferviente defensor de la civilización cristiana y de la ciudad católica, esas mismas que declaraste que no estaban por inventar ni por construir en las nubes, sino que han existido y existen. Él, al igual que tú, procuró fundamentar en ellas la sociedad humana, instaurándolo todo en Cristo y extendiendo así el reinado de Su Sagrado Corazón, cuyas riquezas quiso singularmente comunicar a todos los fieles.

A ambos os unió la misma devoción a la Santísima Virgen María y os fue dado celebrar cada uno en su momento la gloria de su Inmaculada Concepción, definida por vuestro bienaventurado predecesor el beato Pío IX. A ti, pues, recurrimos hoy para que, así como franqueaste al joven Eugenio Pacelli el camino que lo llevaría a la sede de Pedro, así también allanes el que conduzca al Pastor Angélico Pío XII, que tuvo la dicha de beatificarte y canonizarte, a la gloria de los altares para poder tener pronto el consuelo y el gozo de honrarlo e invocarlo como a un nuevo intercesor ante Dios.

Amén.


Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Pío X, ruega por nosotros.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Estilo K


INTELECTUALES,
LA PENÚLTIMA COMPRA K


“El mal vive de mil formas, ocupa la cúspide del poder… brota del abismo”
Reinhold Schneider

El universo K se deshace, y hay señales indicadoras de que la tarea de demolición de ese edificio de mentiras se realiza desde adentro.

Hasta el advenimiento del conflicto con el campo, K fue amo y señor de un país en el que pocos se oponían a sus designios.

El horizonte K parecía no reconocer límites, al amparo de un ciclo de crecimiento económico tanto internacional, como local gracias a la increíble soja, el estado K tuvo recursos insospechados.

El respaldo político lo buscó en el mesianismo ideológico del progresismo revolucionario. A cambio de su apoyo el montonerismo y sus beneficiarios, encontraron a su disposición, poder, dinero y medios de comunicación casi ilimitados.

Como todo absolutismo que se precie, necesitó confrontar y lo hizo todo el tiempo. Hubo demonios interiores a montones, las fuerzas armadas, la iglesia, la prensa independiente, el campo etc. y también exteriores que gozaron del privilegio de la abominación K.

El kirchnerismo llegaba para romper con el pasado, a reescribir la historia, a tomar venganza, a fomentar odios, todo esto era, según K, necesario para crear un país nuevo, ya que nada que valiese la pena había sucedido desde 1810.

A estas presunciones, características del totalitarismo, las llamaron “el modelo”.

En la década del cincuenta desde la U.R.S.S., a la disposición amenazante y persecutoria del estado hacia “los otros” se la llamaba “el campo socialista” respondía a una idea central, la dominación despótica de un país usando el terror.

Estrangulado y perseguido el campo por el desaforado K, “el modelo” que era puro cuento, termina en eso, en nada, y comienza a salir de la escena política argentina dejando ruinas.

Entre los últimos intentos de resistencia, y en defensa del “modelo” han aparecido extraños personajes convocados por K.

Dentro de esa recolección de apologistas y defensores prepagos, recientemente incorporó la variante de los llamados “intelectuales K”.

Estos cultos K llegan, en general, desde una destrucción, el neo marxismo, agonía más bien trágica que ahora tomó con no poco cinismo, el paradójico subtítulo de “progresismo”.

Pero son así, y hay que entenderlos, como se quedaban de a pie declamando en el vacío, y ya nadie los descifraba ni los entendía, agarraron el último tren, el esquivo destino hizo que les tocara el que llevaba los deshechos, el tren K.

Por ahí les arrimaron ciertos cargos públicos, tal vez para hacerles la vida más dulce, pero hay que decir en su defensa, que tienen por delante tareas peliagudas.

La primera sería algo así como la custodia del pensamiento K. El encargo absurdo por donde se lo mire, los obliga a adular a un espacio vacío. Sus contratantes nos recuerdan a esos reyes de Israel del Antiguo Testamento que buscaban profetas que tan solo dijeran lo que ellos querían oír.

Claro, son conchabos para intelectuales de alquiler. Ya lo hicieron entre tantos Aragón en Francia y Brecht en Alemania escribiendo lo que Moscú les dictaba y necesitaba difundir. Sabían que mentían y falseaban la realidad, pero, había fama y buen sueldo por medio…

El último documento de Carta Abierta no difiere de una payada, ni ideas ni proyectos, ni principios comprensibles, apenas palabras que repiten abusivamente la misma precariedad. Así, sobre la pobreza: “…Nos compete, nos atraviesa. Por eso podemos decir: no nos escandaliza. El escándalo es gesto espectacular y ademán avieso. El rostro de los pobres se vuelve superficie de inscripción de llamados evangélicos, sacralidades disponibles, obsceno plano televisivo y objeto de malversación política. Nos atañen tanto las vidas dañadas por la miseria como su circulación en un imaginario que las despoja de creación, potencia y libertad”.

Densa articulación de gansadas para cubrir lo que en seis años no fueron capaces de solucionar, apenas de agravar.

Como no pueden responder, divagan fiero, sobre si escándalo es la palabra adecuada. De todos modos, en este punto y como lo dicen con todas las letras, los entendimos bien: “no los escandaliza la pobreza”. Está claro, los intelectuales de carta abierta no se escandalizan fácilmente, ni siquiera ante la riqueza K.

No hay duda que tan solo encerrados en su ideología, aislados de la gente, pueden pensar que ese lenguaje tiene algún significado para el hombre común. ¡Ya les pasó lo mismo en los setenta muchachos! Nadie sabe de qué están hablando…

Mal que les pese, sus papeles no son más que accesorios y provisionales, comparsas k que regresarán a su libresco mundo cuando a K se le ocurra.

Mientras tanto sonríen delante de la corrupción —la más grande que haya memoria— de la miseria, de la destrucción de las instituciones, de la droga, de la inseguridad, del fin de la república.

En estos días hemos visto una foto de la presidente abriendo una canilla en Quilmes, dicen que se trata de una canilla con suficiente entidad como para requerir la presencia y el favor presidencial, pues bien en esa ceremonia, no exenta de grandeza y humedad, Cristina Fernández dijo que “los pobres son los que no piden nada y lo dan todo”.

Por favor, que alguien le avise rápido a la presidente que los pobres piden.

Claro que piden y a los gritos, todo el tiempo y con toda justicia. Piden trabajo digno y trato de hombres libres. Háganle saber, que ahí esta la raíz del escándalo, en no escuchar ese pedido o mucho peor, en ignorar que los pobres necesitan y porque necesitan lo esencial, piden, aunque la presidente no lo sepa.

En cuanto a la segunda parte de la frase, “y lo dan todo”, sería bueno que le informen que no lo han dado, se lo quitaron.

Ésta es la verdad, casi siempre desde el estado, a los pobres, —sospecho que para facilitar el enriquecimiento de los gobernantes— les han quitado todo.

Miguel De Lorenzo