viernes, 31 de marzo de 2017

Editorial del Nº 120



LA NACIÓN
INVERTEBRADA

Nada nuevo diagnosticamos si hacemos referencia al estado de descomposición en que se encuentra hoy la sociedad argentina. Nada nuevo tampoco si aludimos a las causas profundas que tal descomposición explican. Lo extrañamente novedoso resultaría si tales causas profundas fueran reconocidas alguna vez desde las más altas instancias que, a la par de descubrirlas, tuvieran la autoridad, por lo mismo, de rectificar el rumbo y de recuperar el quicio. Mas no hay asomo de tal bien a la vista. Por el contrario, el caos impera, el desorden es costumbre y resignación, el desmán es el alimento corriente del espacio público. La demasía y el desafuero campean a sus anchas, ante el gesto inexpresivo de quienes hacen zen cuando debieran, al menos, tocar el botón de pánico.

Ejemplos sobran y algunos más recientes podrían ilustrar cuanto decimos. Las clases no empiezan porque los maestros ganan pésimos sueldos.  ¿Quién po- dría negarlo y quién no indignarse? Pero cuando uno advierte que la respuesta del gobierno es prioritariamente regatear un aumento y la de los sindicatos docentes exhibirse en procaces reclamos cual manadas de simios baradelianos, dan ganas de proponer el analfabetismo sacro, gratuito y obligatorio. ¡Cerrad las escuelas de los orcos, abrid de par en par los libros eternos!

La plata no alcanza y nos la sacan literalmente de nuestros bolsillos entre los saqueadores tarifazos oficiales y los ladrones públicos de ayer, de antes de ayer y de hoy. Pero cuando uno observa al poder político proponer cínicamente la pobreza cero, a la oposición nadar en riqueza diez y a los gremialistas convertidos en trillonarios, sobreviene la tentación de ampararse en una orden mendicante, antes de confiar la solución del problema social a estos crápulas de intercambiables signos ideológicos.
La declamada libertad para transitar por el territorio, de la que ningún constitucionalista dejó de jactarse, es apenas una trágica quimera, un simulacro entre jocundo y dramático. Esa “libertad” es impedida de manera sistemática por hordas de piqueteros y protestadores seriales, cuyas fisonomías inequívocamente filodelictivas, marginales y aún antropométricamente limítrofes, se han vuelto parte del paisaje habitual; y lo que es peor: el modo paradigmático de la protesta, imitado desde los pulcros vecinos de barrios privilegiados hasta los párvulos de salita de tres disconformes con sus rincones lúdicos. Pero cuando uno ve que la respuesta más viril del macri Mauricio es considerar desde las cimas nirvánicas del budismo, la posibilidad de aplicar un protocolo anti salvaje, tentado se está de fundar alguna tribu propia, en la que por lo menos se nos asegure la inviabilidad de la antropofagia.

Las blasfemias y los sacrilegios están a la orden del día. Profanaciones de un calibre tan repugnante y feraz como prácticamente no registra la crónica de nuestras peores pesadillas anticatólicas. Episodios como el perpetrado por las aborteras en Tucumán, o los ricoteros en Olavarría, con sus misas negras explícitamente así llamadas, dan cuenta de la vomitiva naturalidad que alcanzó hoy la promoción del satanismo en una multitud de depravados. Pero cuando uno ve que los obispos son sujetos emasculados y serviles, que los intendentes o gobernadores de los sitios ultrajados son cómplices de la náusea, y que a nadie se le ocurre pensar y decir que no se puede violar impunemente el Decálogo, empezando por el argentino Bergoglio, tan atento siempre a los padecimientos sociológicos, los deseos nos asaltan de salir como el viejo Alonso Quijano a lancear monstruos y gigantes. Y que nos digan después que eran molinos, que no les creeremos.

Una sociedad puede salir de su desvertebración, recuperar su vertical, regenerar su espinazo, enderezar su columna y erguir su raquis. No es sencillo, pero puede y debe hacerlo. Si nos preguntan la fórmula, daremos una respuesta cuartelera que le escuchamos a un legendario comando argentino, y que –después de la celebérrima definición de Boecio– es la más empinada caracterización del hombre que hemos conocido. Decía el hirsuto guerrero: el hombre ideal, el hombre que necesitamos, es el de la triple c: cabeza, corazón y cojones.

Recomendamos a los lectores, y nos recomendamos a nosotros mismos, hacer una presta y diligente aplicación de esta notable fórmula.

Antonio Caponnetto

1 comentario:

Anónimo dijo...

El que escribió es periodista, o un editorialista auto didacta? Me gusta mucho la adjetivación. Pregunto desde la curiosidad ya que es la primera vez que leo su blog. Saludos.