martes, 14 de agosto de 2012

Históricas

DE HUNDIMIENTOS
Y NÁUFRAGOS
  
Un episodio de la Segunda Guerra Mundial
que nos viene bien recordar a los argentinos
  
Los fiscales de Nüremberg pidieron la pena de muerte para el almirante Dönitz por haber dictado, en el otoño del año 1942, la famosa orden “Triton Null” (impropiamente conocida como “Orden Laconia”), en su rol de BdU (Comandante en Jefe de Submarinos).  Por ella se prohibía las operaciones de salvamento de las tripulaciones de los barcos enemigos hundidos.  Veamos, brevemente, el origen de la cuestionada orden.
 
El 12 de septiembre de 1942, a las 20:00, operando en las costas atlánticas de África, el submarino alemán U-156 al mando del capitán Hartenstein, disparó dos torpedos que hundieron al mercante inglés “Laconia” (buque de la “Cunard White Star Line” de Liverpool), que era empleado como transporte artillado de tropas por el Reino Unido.
  
El propio oficial artillero del navío manifestó posteriormente que el mismo “reconocía un armamento de ocho cañones, entre los cuales, dos de quince centímetros para utilizarlos contra blancos navales, además de armamento antiaéreo, cargas de profundidad y aparatos Asdic”. Era evidente que la condición de buque de guerra del “Laconia” encontraba un doble sustento: como transporte de tropas y como nave artillada capaz de inferir un daño fatal a fuerzas enemigas.

Su tripulación y pasaje se conformaban de la siguiente manera: cuatrocientos treinta y seis tripulantes británicos, doscientos sesenta y ocho soldados del mismo origen, ochenta mujeres y niños, mil ochocientos prisioneros de guerra italianos y ciento sesenta soldados polacos guardianes de los prisioneros italianos.  Luego del ataque, el comandante del U-156 escuchó gritos y llamados de auxilio, algunos  en italiano, por lo que se aprestó a socorrer a los sobrevivientes.

Pronto Hartenstein  tuvo un claro cuadro de situación sobre lo ocurrido a bordo con los prisioneros italianos.  Se encontraban bajo cubierta y luego del impacto de los torpedos se ordenó cerrar sus compartimientos.  Muchos de los que pudieron escapar de allí cayeron bajo las bayonetas o metrallas de los guardias polacos.  Los tiburones de la zona hicieron su parte.  Esa fue la razón por la que tan pocos italianos pudieron salvarse.  Esta aclaración reviste, a nuestro criterio, particular importancia para descartar aquellos argumentos que sostienen que la actitud solidaria de Hartenstein se debió al conocimiento que gran parte de las víctimas eran prisioneros italianos.

Supo en forma inmediata que la mayoría de los prisioneros había muerto por haber sido encerrados por sus carceleros o bajo las balas de éstos, sin embargo no tomó ninguna represalia al tiempo de poner a buen resguardo a los sobrevivientes ingleses y polacos.  Si la actitud con los prisioneros le repugnó, como repugnaría a cualquier hombre de bien y Hartenstein ¡vaya si lo era!, no le otorgó trascendencia y asistió a todos por igual.  Los únicos privilegios fueron para las mujeres y los niños.

El hecho y la actitud precedentemente referida merece también especial consideración en el caso del comandante y la tripulación del submarino italiano “Cappellini”, que, como veremos seguidamente, salvaron las vidas a quienes se las segaron criminalmente a sus camaradas.

A las 12:00 horas del 13 de septiembre de 1942, el BdU (Comando en Jefe de Submarinos) recibe el siguiente mensaje: “Hundido por Hartenstein, británico Laconia, cuadrícula marina FT 7721, 310 grados.  Desgraciadamente con mil quinientos italianos prisioneros de guerra.  Hasta ahora noventa salvados; 157 metros cúbicos, 19 torpedos, viento 3; ruego órdenes”.

Afirma Dönitz que “Al recibir esta comunicación tomé una decisión que contradecía las normas fundamentales de la guerra marítima en todas las naciones, en las cuales los objetivos bélicos se anteponen siempre a los de salvamento.  En este caso decidí,  sin embargo, proceder de otra forma, y dirigí en consecuencia una operación inmediata por la cual ochocientos ingleses, de los ochohocientos once que se encontraban a bordo, y cuatrocientos cincuenta de los mil ochocientos italianos fueron salvados.  Interrumpí la operación de los submarinos destinados a la Ciudad del Cabo y los envié a toda marcha hacia el lugar del hundimiento del Laconia, para cooperar al salvamento de los náufragos” (cfr. “Diez años y veinte días”, pág. 262.  Puede haber una distorsión en el número total de ingleses).

El mensaje emitido rezaba textualmente: “Schacht, Grupo Elsbär, Würdemann, Wilamowitz, reúnanse inmediatamente Hartenstein en 7721 para ayudarle a salvar a los náufragos.  ¡Rápido!  Karl Dönitz”. Acto seguido, afirma Dönitz “le rogué al jefe de los submarinos italianos en Burdeos que enviase al submarino italiano «Capellini», que operaba en la misma zona marítima, lo que así sucedió” (idem anterior).

A pesar del escaso e incómodo espacio interior del submarino U-156 y lo limitado de la superficie plana de cubierta, en la primera noche Hartenstein recogió a ciento noventa y tres sobrevivientes, a los que alojó provisoriamente en la cubierta del buque y a la mañana siguiente sumó otros doscientos náufragos más a los que distribuyó en diversos botes salvavidas que, mediante cabos, fueron amadrinados al U-156.

A las 06:00 horas del 13 de septiembre, absolutamente desbordado en sus posibilidades concretas de asistencia, el comandante del U-156 emite el siguiente mensaje abierto en inglés y en onda de 25 metros: “Si cualquier barco quiere ayudar a la tripulación náufraga del «Laconia», no le atacaré con tal de que yo no sea atacado por barcos o aviación.  He recogido a 193 hombres, 4º 52´ sur, 11º 26´ oeste.  Submarino alemán”.  Diez minutos más tarde se repitió el mensaje en la onda internacional de seiscientos metros.  Era evidente que el cúmulo de mensajes no cifrados que se habían emitido permitían localizar perfectamente bien al submarino involucrado.

Entre el 14 y el 15 de septiembre llegaron al lugar de los hechos el U-506 y el U-507, abocándose inmediatamente a la tarea de salvamento mientras aguardaban la llegada de algún buque de superficie idóneo para salvar el problema, en especial los prometidos por Francia.  Los tres sumergibles estaban abarrotados de náufragos, además de asistir con comida, bebida y medicamentos a los sobrevivientes instalados en los botes salvavidas.  Las tripulaciones de los submarinos habían cedido sus literas a las mujeres y los niños.

El día 16 de septiembre ocurrió lo impensado.  El U-156 fue localizado por un avión de reconocimiento americano de largo alcance B-24 “Liberator” que despegó de la isla de Ascensión, teniendo muy en claro, por los mensajes radiados, la posición del submarino alemán.

Sin perder la calma, Hartenstein dispuso desplegar una bandera blanca con la cruz roja sobre la vela del submarino y transmitió al piloto su condición de no beligerante en tareas humanitarias.  Más aún, ordenó abandonar el cañón antiaéreo de cubierta y dispuso que un experto en señales le enviara al avión, en inglés, el siguiente mensaje en Morse: “Aquí submarino alemán con náufragos británicos a bordo.  ¿Tienen a la vista barco de rescate?”

Ante la falta de respuesta, un oficial británico solicitó si se le permitía enviar un mensaje con el foco de señales.  Al ser autorizado, le transmitió lo siguiente al piloto americano: “Oficial de la Royal Air Force hablando desde el submarino alemán.  Supervivientes del «Laconia» a bordo, soldados, civiles, mujeres y niños”.

Un marinero británico recordó luego la escena: “El más miope de los pilotos no podía haber dejado de percibir la verdad.  Ahí había un submarino con cuatro botes a remolque llenos de supervivientes” (www.pbibclell.com, 9 de agosto de 2005).

Luego de sobrevolar al submarino, el piloto —James Harden— contactó radialmente al oficial superior de guardia en Ascensión en esos momentos, capitán Robert C. Richardson III a fin de solicitar instrucciones.  Este último no pudo comunicarse con Washington y terminó ordenando al piloto que hundiera al submarino.  “Harden ametralló en tres pasadas al U-156, alcanzando a uno de los botes que arrastraba, y en una cuarta arrojó dos cargas de profundidad —tras lo cual Hartenstein hizo inmersión abandonando a los náufragos—, para después atacar al U-506” (Mata, Santiago, “U-Boote.  Submarinos alemanes en la segunda guerra mundial.  Mito y realidad de un trágico destino”, Edición digital, Editorial Almena, Madrid, 2003).

Conminado por las circunstancias, el mismo día a las 23:04 horas, Hartenstein envía el siguiente mensaje al BdU: “De Hartenstein, Liberator americano bombardeó por cinco veces a escasa altura, mientras remolcaba cuatro botes, a pesar de tener en el puente con buena visibilidad bandera Cruz Roja 4 metros cuadrados.  Periscopio averiado.  Interrumpo salvamento, me alejo hacia el oeste.  Reparo averías”.

La situación conmocionó al comandante del submarino, quien  no obstante recibir un segundo ataque por parte del B-24, mantuvo la calma.  Frente a la reacción natural de los tripulantes servidores del cañón antiaéreo, que, ante los ataques, corrieron hacia el arma, Hartenstein gritó: “¡Que ni un solo hombre se acerque al cañón!”

La providencial llegada en esos momentos del submarino italiano “Cappellini” al lugar de los hechos, que volvió a agrupar a y asistir a los náufragos, impidió que se agravara la tragedia.

Un despliegue humanitario de esa naturaleza era inadmisible que pudiera ser considerado como fuerza beligerante por el piloto.  Sin pérdida de tiempo respondió Dönitz: “00:19 horas.  17 de septiembre.  Seguridad del submarino no debe en ninguna circunstancia ser puesta en peligro.  Todas las medidas, incluso interrumpir el salvamento, hay que ponerlas en práctica sin contemplaciones.  Suponer cualquier respeto por parte del adversario es totalmente erróneo…” (ob. cit., pág. 265).

Los Aliados sabían perfectamente la ubicación del naufragio del Laconia, se habían radiado mensajes en inglés en frecuencia abierta en reiteradas oportunidades.  En los cuatro días que llevaba el proceso de salvataje no habían dispuesto medida alguna en resguardo de los náufragos, por el contrario, optaron por hundir el tronco al que se aferraban como última esperanza centenares de vidas, incluso de mujeres y niños.

La orden del 17 de septiembre no ponía fin al salvamento, se limitaba a supeditarlo a la seguridad del submarino.  Este hecho y las consecuencias negativas que pudieron haber tenido para Dönitz lo explica muy bien en sus memorias: “Después de este ataque al U-156 habría sido militarmente justo el que yo ordenase por completo que se interrumpiese toda acción de salvamento…  En mi Estado Mayor hubo conversaciones muy acaloradas exponiendo con derecho la opinión de que el pretender continuar los trabajos de salvamento era una medida irresponsable...acabé la discusión con las palabras «No puedo arrojar ahora a la gente al agua; sigo adelante»…  Sabía con la suficiente evidencia que tendría que soportar toda la responsabilidad en caso de que en un nuevo ataque resultase dañado un submarino o se perdiera” (pág. 265).

No obstante, las sospechas y prevenciones fueron insuficientes para evitar nuevas y más desagradables contingencias.

Efectivamente, el mismo 17 de septiembre a las 12:22 horas, un avión americano —probablemente el mismo Liberator— atacó sin contemplación alguna al U-506, que llevaba en su cubierta aproximadamente ciento cincuenta náufragos, contándose entre ellos a mujeres y niños.  Su comandante no acató la directiva de la superioridad y continuó con sobrevivientes ingleses a bordo, lo que le impidió toda maniobra evasiva de inmersión.

Ni siquiera este nuevo ataque a mansalva impidió que continuara la operación de salvamento.  Es más, la tripulación hizo todo lo posible para continuar atendiendo a las víctimas, la cocina del submarino —concebida para racionar a cincuenta hombres—, debió trabajar día y noche para asistir a los sobrevivientes.

Un dato que puede parecer anecdótico, pero que cobrará inusitada vigencia cuando tratemos, en la segunda parte, otras imputaciones al Comandante de los submarinos alemanes, es que el cocinero del U-506 recibió la “Cruz de Hierro” como reconocimiento a su labor en esta emergencia.

En la tarde del 17, el U-507 fue atacado por una aeronave aliada.  Ello no le impidió perseverar en su misión.  A las 19:30 horas de ese día, su comandante cursaba el siguiente radio al BdU: “...17-9.  19:30 h.  Italianos entregados al «Annamita».  Oficial de navegación del «Laconia» y otros oficiales ingleses a bordo.  Siete botes de salvamento con trescientos treinta ingleses y polacos, entre ellos, quince mujeres, dieciséis niños: cuadrícula FE 9612.  Mujeres y niños han pasado una noche a bordo.  A todos los náufragos se les ha dado comidas y bebidas calientes, se les ha vestido y curado a los que lo necesitaban.  Otros cuatro botes en la cuadrícula FE 9619.  Ambas posiciones se les han dado al «Glorie», que inmediatamente ha salido en su búsqueda…” (ob. cit., pág. 265).

La totalidad de los sobrevivientes fueron trasladados a los barcos de guerra franceses “Annamita” y “Glorie” que se encontraban en el punto convenido y se puso fin a esta tragedia teñida de crueldad e irracionalidad, que habría de cobrar protagonismo nuevamente cuatro años después, en la ciudad de Nüremberg.
  
Carlos García
  

4 comentarios:

Daniel Omar González Céspedes dijo...

Felicito al camarada Carlos García por este nuevo trabajo; como siempre excelente.
Y aprovecho para dejarle mi abrazo fraterno desde San Rafael.
En unión de oraciones. Daniel

Pablo dijo...

Esto demuestra el verdadero rostro diabólico de los verdugos de Nüremberg. Decirles CARADURAS es poco.

Anónimo dijo...

Estimado Pablo: ES MUY POCO!! Con el debido respeto y sin ofender el pudor de quienes pareticipan de este magno blog, en mio humnilde barrio les llamarían HIJOS DE PUTA. con perdón

INFOCON dijo...

Muchas gracias por este análisis conmovedor. Que bien descripto está y que tristeza inspira. Muchas gracias Carlos