jueves, 21 de octubre de 2010

Voces de los de enfrente

LOS CRÍMENES DEL MARXISMO
EN LA ARGENTINA
                
El libro fue publicado en Córdoba y se titula “Sobre la responsabilidad.  No matar”.  No tiene un autor, sino que es la recopilación hecha por Pablo Belzagui de diversos textos originados en un debate que se suscitó a fines del 2004.  El debate se entabló en la revista “La Intemperie”, primero, y prosiguió después en otras publicaciones afines.  Cuando decimos “afines” queremos decir entre sí; esto es, entre marxistas convictos y confesos.
Sucedió que Héctor Jouvé, ex integrante del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) —una banda criminal guevarista que actuó en Salta durante 1964, con la anuencia expresa del Che y bajo la conducción de Ricardo Masetti— relató muy orondo, con la impunidad que les da saberse gobierno, cómo dos de sus guerrilleros habían sido ejecutados por inconducta, bajo la decisión del mismo mando del EGP.  El relato (bajo la forma de una jugosa entrevista) se hizo desde las páginas de la mencionada publicación cordobesa “La Intemperie”, en sus números 15 y 16, y puede leerse completo en: http://www.elinterpretador.net/ensayos_articulos_entrevistas-numero15-junio2005.htm  Legítimamente molesto por tamaña confesión de Jouvé, Oscar del Barco, desde su condición de militante marxista, remitió una estremecedora carta a la misma revista, que le fue publicada (cfr. el sitio de internet anteriormente mencionado)
Esta carta de Oscar del Barco, por lo que se verá luego, no tiene desperdicio.  Es un crudo reconocimiento del carácter criminal de la guerrilla y de quienes integraron sus cuadros depredadores.  Es una confesión veraz, descarnada, hiriente y confortadora a la vez, pues no ahorra dureza de adjetivos para los homicidas rojos, glorificados hoy por la historia oficial.  Tan contundente es el testimonio de este personaje, que su sola declaración debería bastar para acabar con tanta mentira gubernamentalmente esparcida.  Era comprensible que tal carta trajera “cola”.  No sólo en el orden teórico; esto es, del debate de ideas, sino en el orden práctico.  En efecto, según cuenta desde el diario “Perfil” del penúltimo domingo de enero de 2008, Hernán Arias, reseñando la aparición de este libro, “La Intemperie sufrió la quita de apoyo publicitario y de distribución a raíz de este debate”.
Hechas estas necesarias aclaraciones, transcribimos los fragmentos más interesantes de la carta de Oscar del Barco, dirigida a Sergio Schmucler, Director de “La Intemperie” (cfr. “El Interpretador”, 15 de junio de 2005, http://www.elinterpretador.net/ensayos_articulos_entrevistas-numero15-junio2005.htm).  No hemos querido subrayar nada del original, pero recomendamos su atenta lectura.
           
Señor Sergio Schmucler:
          
Al leer la entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en los dos últimos números de “La Intemperie”, sentí algo que me conmovió, como si no hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia (muy tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido durante la breve experiencia del movimiento que se autodenominó “ejército guerrillero del pueblo”.  Al leer cómo Jouvé relata sucinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo y dónde lo habían matado, era yo mismo.  En ese momento me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado.  Pero no se trata sólo de asumirme como responsable en general sino de asumirme como responsable de un asesinato de dos seres humanos que tienen nombre y apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna manera lo apoyamos, ya sea desde dentro o desde fuera, somos responsables del asesinato del Pupi y de Bernardo.
              
Ningún justificativo nos vuelve inocentes.  No hay “causas” ni “ideales” que sirvan para eximirnos de culpa.  Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano.  Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar “absolutamente otro”.  Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no matarás.  Frente a una sociedad que asesina a millones de seres humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades y toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil o imperioso el no matarás.  Un mandato que no puede fundarse o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser.  No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino que constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia.
          
Este reconocimiento me lleva a plantear otras consecuencias que no son menos graves: a reconocer que todos los que de alguna manera simpatizamos o participamos, directa o indirectamente, en el movimiento Montoneros, en el ERP, en la FAR o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus acciones.  Repito, no existe ningún “ideal” que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía.  El principio que funda toda comunidad es el no matarás.  No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres.  La maldad, como dice Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos […] Mientras no asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen sigue vigente.
           
Más aún.  Creo que parte del fracaso de los movimientos “revolucionarios” que produjeron cientos de millones de muertos en Rusia, Rumania, Yugoeslavia, China, Corea, Cuba, etc., se debió principalmente al crimen.  Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara.  No sé si es posible construir una nueva sociedad, pero sé que no es posible construirla sobre el crimen y los campos de exterminio.  Por eso las “revoluciones” fracasaron y al ideal de una sociedad libre lo ahogaron en sangre.  Es cierto que el capitalismo, como dijo Marx, desde su nacimiento chorrea sangre por todos los poros.  Lo que ahora sabemos es que también al menos ese “comunismo” nació y se hundió chorreando sangre por todos sus poros.  Al decir esto no pretendo justificar nada ni decir que todo es lo mismo.  El asesinato, lo haga quien lo haga, es siempre lo mismo.  Lo que no es lo mismo es la muerte ocasionada por la tortura, el dolor intencional, la sevicia.  Estas son formas de maldad suprema e incomparable.  Sé, por otra parte, que el principio de no matar, así como el de amar al prójimo, son principios imposibles.  Sé que la historia es en gran parte historia de dolor y muerte.  Pero también sé que sostener ese principio imposible es lo único posible.  Sin él no podría existir la sociedad humana.  Asumir lo imposible como posible es sostener lo absoluto de cada hombre, desde el primero al último.
         
Aunque pueda sonar a extemporáneo corresponde hacer un acto de contrición y pedir perdón.  El camino no es el de “tapar” como dice Juan Gelman, porque eso —agrega— “es un cáncer que late constantemente debajo de la memoria cívica e impide construir de modo sano”.  Es cierto.  Pero para comenzar él mismo (que padece el dolor insondable de tener un hijo muerto, el cual, debemos reconocerlo, también se preparaba para matar) tiene que abandonar su postura de poeta-mártir y asumir su responsabilidad como uno de los principales dirigentes de la dirección del movimiento armado Montoneros.  Su responsabilidad fue directa en el asesinato de policías y militares, a veces de algunos familiares de los militares, e incluso de algunos militantes montoneros que fueron “condenados” a muerte.  Debe confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad.  No un perdón verbal sino el perdón real que implica la supresión de uno mismo.  Es hora, como él dice, de que digamos la verdad.  Pero no sólo la verdad de los otros sino ante todo la verdad “nuestra”.  Según él pareciera que los únicos asesinos fueron los militares, y no el EGP, el ERP y los Montoneros.  ¿Por qué se excluye y nos excluye, no se da cuenta de que así “tapa” la realidad?
           
Gelman y yo fuimos partidarios del comunimo ruso, después del chino, después del cubano, y como tal callamos el exterminio de millones de seres humanos que murieron en los diversos gulags del mal llamado “socialismo real”.  ¿No sabíamos?  El no saber, el hecho de creer, de tener una presunta buena fe o buena conciencia, no es un argumento, o es un argumento bastardo.  No sabíamos porque de alguna manera no queríamos saber.  Los informes eran públicos.  ¿O no existió Gide, Koestler, Víctor Serge e incluso Trotsky, entre tantos otros?  Nosotros seguimos en el Partido Comunista hasta muchos años después que el Informe-Krutschev denunciara los “crímenes de Stalin”.  Esto implica responsabilidades.  También implica responsabilidad haber estado en la dirección de Montoneros (Gelman dirá, por supuesto que él no estuvo en la Dirección, que él era un simple militante, que se fue, que lo persiguieron, que lo intentaron matar, etc., lo cual, aun en el caso de que fuera cierto, no lo exime de su responsabilidad como dirigente e, incluso como simple miembro de la organización armada).  Los otros mataban, pero los “nuestros” también mataban.  Hay que denunciar con todas nuestras fuerzas el terrorismo de Estado, pero sin callar nuestro propio terrorismo.  Así de dolorosa es lo que Gelman llama la “verdad” y la “justicia”.  Pero la verdad y la justicia deben ser para todos. […]
          
Muchas veces nos callamos para no decir lo mismo que el “imperialismo”.  Ahora se trata, y es lo único en que coincido con Gelman, de la verdad, la diga quien la diga.  Yo parto del principio del “no matar” y trato de sacar las conclusiones que ese principio implica.  No puedo ponerme al margen y ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, o a la inversa.
         
Yo culpo a los militares y los acuso porque secuestraron, torturaron y mataron.  Pero también los “nuestros” secuestraron y mataron.  Menéndez es responsable de inmensos crímenes, no sólo por la cantidad sino por la forma monstruosa de sus crímenes.  Pero Santucho, Firmenich, Gelman, Gorriarán Merlo y todos los militantes y yo mismo también lo somos.  De otra manera, también nosotros somos responsables de lo que sucedió.  Esta es la base, dice Gelman, de la salvación.  Yo también lo creo.  Lo saludo.
         

Oscar del Barco
                 

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