jueves, 19 de agosto de 2010

Ayudamemoria


DAÑOS COLATERALES
                    
Un sombrío día de agosto, en un territorio sombrío, el estado, estúpidamente criminal, fue partícipe una vez más, del asesinato de  uno de los más pequeños argentinos.
               
Porque nadie puede negar que  la muerte de Isidro muestra, de manera clara, la responsabilidad  criminal del estado K. Fue el estado, configurado por las tribus de antiguos criminales, el que hizo posible este hecho monstruoso, una renovada tragedia que no hace más que reafirmar el desprecio insolente que los K sienten por la vida de los compatriotas.
             
Nos encontramos, ante la culminación del deliberado abandono de la seguridad pública, incuria que nos lleva  a estos extremos donde la vida vale, no más, que ese poco de plomo que nos matará.
             
Es el redivivo estilo montonero, el mismo que llamó daño colateral a la muerte de Clotildo Barrios, otro niño de tres años, hijo de un obrero metalúrgico, ametrallado por el terrorismo mientras iba por la calle de la mano de su mamá.
              
El que también dijo de daño colateral, cuando comentó el asesinato de la joven Laura Ferrari de 19 años que aquel  día saliendo de la universidad de Belgrano pasó cerca del coche bomba…
             
Es el mismo que mató “colateralmente” o taianamente (como prefieran) a la señora que había pensado tomar un café en un bar  y al mozo que se lo alcanzaba.
               
Son los daños colaterales que dejaron muerto, al lado del padre, al pequeño hijo del capitán Viola, son los colaterales de la bomba que mató a Paula Lambruschini etc.
              
Colaterales, asesinatos absurdos, porque para los  terroristas, daño colateral era simplemente pifiarle al destinatario de una bomba. Y al mismo tiempo ser capaces de mirar a esos muertos sin horror y de  redactar los partes de guerra anunciando esas muertes, sin piedad, sin dolor.
               
Fue el terrorismo setentista el que escribió y mostró en los hechos que su política consistía ante todo en matar, primero a los que estaban enfrente, pero también, antes o después, a cualquiera, porque el poder les llegaría de manos de una sociedad aterrorizada.
             
Es difícil aceptar este cinismo criminal, condenado desde siempre. Ya en el Antiguo Testamento, los profetas señalaron duramente a  los que relegan el cuidado de los más débiles y de ese modo, ultrajan el valor de la vida humana: “Pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles”. “Han llenado este lugar de sangre de inocentes”.
             
Distintos escenarios los llevaron a actualizar la forma de matar, para adecuarla a los tiempos. Pero cambiar la forma, no es dejar de matar. Los que antes consideraban que la vida de un semejante valía nada, los que aún se jactan de ese pasado atroz ¿por qué razón ahora gobernarían de otra manera, si piensan igual?
           
No hay que mirar demasiado atrás, la historia de Cromagnon es reciente, el presidente no dio señales de vida, hasta después de cuatro días de la catástrofe  en que murieron cerca de doscientos jóvenes argentinos.
               
Hay que recordar también que integran la organización mafiosa K otros delincuentes —bien comunes— agrupados en las bandas  de ministros secretarios, y legisladores, que pasan los días afanosamente atareados en asegurar, menos nuestras vidas que en aumentar sus riquezas. Por razones de peso y corrupción a estos tampoco les preocupa la seguridad.
             
Por fin, el sustento jurídico de esa  ideología que  tanto aprecia llenar cementerios, viene de la mano de un sepulturero, al que para cumplir esa tarea, ubicaron en la corte de justicia. El instruyó a buena parte de los jueces y fiscales del país en la “doctrina de la seguridad nacional para el homicida” instancia que ha hecho del abolicionismo penal, ancho camino al cementerio y  una de las más elaboradas y extremas formas de la perversión.
             
Tal vez a  Zaffaroni le haya sucedido algo de lo que  relata Stevenson sobre el trabajo de los sepultureros: “A medida que van cayendo el los cuenta, y esta enumeración, que quizás al principio  resultara aterradora para su alma, con el transcurso de los años llega a ser su orgullo y su placer”.
                
Ayer  nos enteramos del asesinato de otro policía federal, el octavo en lo que va del año y el tercero en menos de una semana. Mientras  la violencia y la muerte en las calles hacen difícil  el recuerdo de los innumerables casos, ni el matrimonio presidencial, ni sus cómplices, al cabo  de casi siete años, han dicho, ni —mucho más grave— hecho nada, por la seguridad. Daño colateral, pensarán…
               
Mientras tanto los  medios informan desde el sub mundo K: “ese es tema de la derecha”.
                
Por el contrario, creemos firmemente que todos los hombres de buena voluntad debemos respetar y defender la vida. Por otra parte, basta recordar lo que el Señor dijo a Caín: “¿Que has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas…”
            
Aunque sabemos que a los progresistas K no les cae  bien  lo que dice la Biblia  respecto a los que agravian o matan a los niños —y a los que lo permiten— de todos modos la referencia  a la piedra de molino, la cuerda y  el mar sigue ahí, inconmovible y si la tremenda promesa no bastara, es el mismo Jesucristo el que afirma “lo que hagáis a uno de estos niños a mi me lo hacéis”.
           
Hay quienes comentan que los k  la única justicia que conocen es la de Oyarbide y Canicoba y  que lo demás es puro cuento.
           
Puede ser. Aunque como dice Fierro: La sangre que se redama / No se olvida hasta la muerte…
            
Miguel De Lorenzo
               

1 comentario:

Alejandro dijo...

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Saludos,
DLP