lunes, 17 de agosto de 2009

Por el honor de la Iglesia


ELLOS Y
NOSOTROS


ELLOS

“Es preciso hacer trizas a la Iglesia. ¿A qué fin tolerarla por más tiempo? ¿Que servicios ha prestado a la humanidad? No reconozca ya el hombre el poder de la Religión, y deje de inclinarse ante la soberanía de la Iglesia”
(H. Feuri, Del Consejo Supremo Masón de Francia).

NOSOTROS

“Bastante claro aparece qué sean y por dónde va la secta de los masones. Sus principales dogmas discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede ser más perverso. Querer acabar con la Religión y la Iglesia fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar después de dieciocho siglos las costumbres y doctrinas gentílicas, es necedad insigne y audacísima impiedad”
(S.S. León XIII, Encíclica “Humanum Genus”).

“Secta satánica que tiene por única ley la mentira, por su dios al demonio, y por culto y religión lo que hay de más vergonzoso y depravado sobre la faz de la tierra”
(S.S. Pío VIII, Encíclica “Tradite”).

“Todo lo que ha habido en las sectas y herejías más criminales de sacrílego, vergonzoso y blasfemo, ha pasado a las sectas secretas y por ende, a la francmasonería”
(S.S. Gregorio XVI, Encíclica “Mirari vos”).

O CON CRISTO
O CONTRA CRISTO


domingo, 16 de agosto de 2009

Sermón de las palabras


EL HABLAR
DESHONESTO


En el presente evangelio refiere San Marcos el milagro que hizo nuestro Divino Salvador curando a un hombre sordo y mudo con sólo tocarle la lengua: “Tocó su lengua… y se soltó la atadura” (San Marcos, 7, 33-35). Pero de estas últimas palabras no se deduce que aquel hombre fuese mudo en efecto, sino que tenía la lengua impedida y no podía hablar expeditamente, por la cual añade San Marcos que después del milagro “hablaba correctamente” (San Marcos, 7, 35). Fue, pues, necesario un milagro para desatar la lengua de este hombre y soltarle el impedimento que tenía. ¿A cuántos, empero, haría Dios un favor si les atase la lengua para que no pudiesen hablar deshonestamente?

Daños que le causan al prójimo las palabras torpes

Escándalo grave. San Agustín (cfr. In Sal. 160) llama “medianeros de Satanás” a los que hablan deshonestamente; donde no puede llegar Satanás con las sugestiones, llegan éstos con las palabras obscenas que pronuncian. De estas lenguas malditas dice Santiago: “Es su lengua un fuego inflamado por el infierno, con el cual abrasa el obsceno a cuantos lo escuchan” (Santiago, 3, 6).

El Real Profeta, hablando de la vida de los hombres sobre la tierra, dice: “Su camino es tinieblas y lubricidad” (Salmo, 34, 16). Como si dijéramos: El hombre, mientras vive, camina entre tinieblas por un camino resbaladizo, por lo cual está en peligro de caer a cada paso si no tiene toda la cautela y no mira por dónde asienta los pies, con el fin de evitar los pasos peligrosos, es decir, las ocasiones de pecar. Si en este camino tan resbaladizo hubiese alguno que lo empujase para hacerlo caer, sería un milagro que no cayera en el precipicio. Pues esto cabalmente practican los satélites del demonio que hablan obscenidades. Inducen a otros al pecado mientras están en el mundo, habitando en las tinieblas y cercados de una carne tan propensa a este vicio.

Escándalo en el que no se repara. Lo peor es que estas bocas infernales, que pronuncian a menudo palabras deshonestas, tienen este vicio por una menudencia, y poco se confiesan de él, pues suelen responder, cuando el confesor los reprende: Yo lo digo por gracia y sin malicia. ¿Conque lo dices por gracia? ¡Desdichado! Esas gracias hacen reír al demonio: te harán llorar a ti eternamente en el infierno. Porque no sirve decir que tú lo dices por gracia y sin malicia, pues, por lo mismo que profieres esas palabrotas escandalosas y obscenas, es muy difícil que no peques por obrar también; porque, como observa San Jerónimo, el que se deleita con las palabras no está lejos de las obras. Además de que, cuando se habla tan escandalosamente delante de personas de ambos sexos, siempre hay en ellas delectación peligrosa. Y ¿no es pecado también el escándalo público? Una sola palabra deshonesta que se pronuncie, es capaz de hacer caer en pecado a cuantos la oyen…

En fin, esos hombres, cuya lengua no tiene freno, son la ruina del mundo. Más daño hace uno solo de ellos que cien demonios del infierno, siendo así la ruina de muchas almas. Y no soy yo quien os lo digo, sino el Espíritu Santo, que dice: “La boca lúbrica y deshonesta es causa de ruina de muchos” (Proverbios, 26, 28)… Si tuviesen presente, cuando hablan de este modo, la amenaza que les hace Dios por Ezequiel, de que les pedirá cuenta de su perdición: “Yo he de reclamar su sangre de tu mano” (Ezequiel, 3, 18), seguramente que refrenarían la lengua y no causarían la muerte del alma a tantos inocentes.

Daños que le causan al mismo que habla

Lo inclinan al pecado de obra. Dicen algunos: Pero yo hablo sin malicia. A esta excusa frívola y necia he contestado ya en el punto primero que es muy difícil que uno hable palabras deshonestas sin complacerse con las obras, que ellas suscitan en la imaginación especialmente cuando se profieren delante de muchachas y casadas jóvenes, porque regularmente resulta de ellas una secreta complacencia, que suele ser semejante a una chispa eléctrica, que abrasa cuanto toca…

Al que dice libremente palabras obscenas, siempre se le presentan a la imaginación aquellas mismas ideas impuras y deshonestas que nombra; y éstas suscitan la complacencia en su alma y lo hacen caer, primeramente en torpes deseos y luego en las obras; y ésta es la consecuencia de hablar obscenidades, aunque sea sin malicia, como suelen decir los que acostumbran a divertir a los demás con torpezas. ¿Conque hablas mal sin malicia? ¿Y no hay malicia en obrar mal? ¿Y no es hablar mal hablar lo que Dios prohíbe? ¿Y no prohíbe Dios los actos, las alusiones y hasta los pensamientos impuros? ¿Cómo, pues, osáis decir que habláis sin malicia? Decid que despreciáis la salvación de vuestra alm y los preceptos de vuestro Dios y que obedecéis al demonio.

Le acarrea el castigo del escándalo. Mas ¿cómo ha de querer Dios compadecerse de aquellos que no se compadecen de las almas de sus prójimos? Por esto dice Santiago: “Aguarda un juicio sin misericordia al que no usó de misericordia” (Santiago, 2, 13).

¡Qué compasión causa a las veces ver a estos habladores obscenos hablar delante de jóvenes casadas y muchachas! Y cuando mayor es la concurrencia de los oyentes, con tanto más calor y desenfreno suelen hablar, sin contemplar el mal que hacen ni el escándalo que dan a tantos inocentes. Porque muchas veces se hallan presentes niños y niñas de poca edad, a quienes escandalizan sin reflexión ni miramiento… ¡Oh Dios mío, cómo llorarían los ángeles custodios, si pudiesen llorar, de aquellos desgraciados muchachos que se condenan por el escándalo que le causaron las palabras deshonestas que pronuncian en su presencia algunos hombres impuros y desalmados! Pero pedirán contra ellos terrible venganza delante de Dios. Y esto es lo que significan aquellas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Mirad que no despreciéis a algunos de estos pequeños, porque os hago saber que sus ángeles custodios están viendo continuamente la cara de mi Padre” (San Mateo, 18, 10).

Cuidad, por tanto, hermanos míos, de guardaros, más que de la misma muerte, de hablar palabras deshonestas. Oíd la exhortación que os hace el Espíritu Santo por estas palabras: “Haz una balanza para tus palabras y un freno bien ajustado para tu boca, y mira no resbales en tu hablar y sea incurable y mortal tu caída” (Ecli. 28, 29-30). Con las palabras: “Haz una balanza” se nos exhorta a pesar bien las palabras antes de proferirlas; y con la expresión: “Haz un freno bien ajustado para tu boca”, se nos intima a que cerremos la boca cuantas veces nos sentimos tentados a pronunciar palabras deshonestas. “Dios no nos ha dado la lengua para ofenderlo, sino para alabarlo y bendecirlo” (Efesios, 5, 3). De manera que no solamente debemos evitar las palabras obscenas y las palabras equívocas, teniendo presente que los equívocos deshonestos tal vez causan más daño que las palabras impuras, sino también las palabras picantes o que son ajenas de las personas santas, esto es, de los cristianos, de quienes habla San Pablo.

Exhortación

“Reflexionad, dice San Agustín, que vuestras bocas son bocas de cristianos, en las que tantas veces ha entrado Jesucristo por medio de la santa comunión, y por esto debéis absteneros de proferir palabras lujuriosas, que son un veneno infernal” (cfr. Sermón 265, E. B., app.). San Pablo escribe: “Vuestra conversación sea siempre con agrado, sazonada con buena gracia” (Colosenses, 4, 6). Es decir, mezclad en la conversación algunas palabras santas que muevan a los que escuchan a amar a Dios y a retraerlos de ofenderlo. No nos avergonzaremos de parecer discípulos de Jesucristo si no queremos que Jesucristo se avergüence de recibirnos después en el paraíso. Manifestemos a los malos que seguimos la doctrina y los preceptos de Jesucristo; confesemos que somos sus discípulos, para que Él también declare que es nuestro Maestro en la otra vida, como nos lo promete en el Evangelio con estas palabras: “A todo aquel que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos” (San Mateo, 10, 32). De esta suerte cumpliremos con su santa Ley y después de esta vida mereceremos disfrutar de su compañía en la eterna.

San Alfonso María de Ligorio

sábado, 15 de agosto de 2009

Asunción de Nuestra Señora


LA ASUNCIÓN A LOS CIELOS
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María del 15 de agosto es también llamada en los viejos libros de liturgia Pausatio, Nativitas (por el cielo), Mors, Depositio, Dormitio S. Mariæ. Esta fiesta tiene un doble objetivo: (1) la feliz partida de María de esta vida; (2) la asunción de su cuerpo al cielo. Es la fiesta principal de la Sagrada Virgen.

EL HECHO DE LA ASUNCIÓN

En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominæ. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica. Epifanio (m. 403) reconoce que no sabe nada definitivo sobre el tema (Haer., lxxix, 11). Las fechas asignadas varían entre 3 y 15 años luego de la Ascensión de Cristo. Dos ciudades proclaman ser el lugar de la partida: Jerusalén y Éfeso. La opinión general favorece a Jerusalén, donde se muestra su tumba; pero algunos argumentan a favor de Éfeso. Durante los seis primeros siglos nada se supo sobre la tumba de María en Jerusalén.

La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominæ, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:

San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.

Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.

LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Existe también una gran incertidumbre respecto al origen de esta fiesta. Probablemente se trate del aniversario de la dedicación de alguna Iglesia, más que la fecha real del aniversario de la muerte de Nuestra Señora. Que se originara en tiempos del Concilio de Éfeso, o que San Dámaso la introdujera en Roma, son sólo hipótesis.

De acuerdo a la vida de San Teodosio (m. 529) se celebraba en Palestina antes del año 500, probablemente en agosto (Baeumer, Brevier, 185). En Egipto y Arabia, por otra parte, se mantuvo en Enero, y dado que los monjes de las Galias adoptaron muchos usos de los monjes egipcios (Baeumer, Brevier, 163), hallamos esta fiesta en las Galias en el siglo sexto, en Enero [mediante mense undecimo (Greg. Turon., De gloria mart., I, ix)]. La Liturgia Gala la fija el 18 de enero, bajo el título: Depositio, Assumptio, or Festivitas S. Mariæ (confrontar las notas de Jean Mabillon en la Liturgia Gala, P. L., LXXII, 180). Esta costumbre permaneció en la Iglesia de las Galias hasta el momento de la introducción del Rito Romano. En la Iglesia Griega, parece que algunos mantuvieron la fiesta en Enero, como los monjes egipcios; otros en Agosto, con aquellos de Palestina; por lo cual el Emperador Mauricio (m. 602), si es correcto el relato de “Liber Pontificalis” (II, 508), fijó la fiesta para el Imperio Griego el 15 de agosto.

En Roma (Batiffol, Brev. Rom., 134) la única y más antigua fiesta de Nuestra Señora era el 1 de enero, la octava del nacimiento de Cristo. Celebrada primeramente en Santa María la Mayor, más tarde en Santa María de los Mártires. Las otras fiestas son de origen Bizantino. Louis Marie Olivier Duchesne piensa (Origines du culte chr., 262) que antes del séptimo siglo ninguna otra fiesta se guardaba en Roma, y en consecuencia, la Fiesta de la Asunción, hallada en los sacramentales de Gelasio y Gregorio, es un agregado apócrifo hecho en el siglo séptimo u octavo. De todos modos, Probst brinda (Sacramentarien, 264 sqq) fuertes y buenos argumentos que prueban que la Misa de la Santísima Virgen María, hallada el 15 de agosto en el rito Gelásico, es genuina, desde el momento que no hace mención a la Asunción corporal de María; esto muestra, por lo tanto, que la fiesta era celebrada en la Iglesia de Santa María la Mayor en Roma, por lo menos en el siglo sexto. Él prueba, más aún, que la Misa Sacramental Gregoriana, tal como la tenemos, es de origen Gálico (dado que la creencia en la Asunción corporal de María, bajo la influencia de los escritos apócrifos, es más antigua en Galia que en Roma), y que ésta suplantó la antigua Misa Gelásica. Para la época de Sergio I (700) esta fiesta era una de las principales festividades en Roma; la procesión comenzaba en las puertas de la Iglesia de San Adrián. Siempre fue un doble de la primera clase y un Día Sagrado de precepto.

La octava fue agregada en 847 por León IV; en Alemania esta octava no se celebraba en varias diócesis en la época de la Reforma. La Iglesia de Milán no la aceptó hasta la actualidad (Ordo Ambros., 1906). La octava es privilegiada en las diócesis de las provincias de Sienna, Fermo, Michoacán, etc.

La Iglesia Griega continua esta fiesta hasta el 23 de agosto inclusive, y en algunos monasterior del Monte Athos se prolonga hasta el 29 de agosto (Menaea Græca, Venice, 1880), o así lo era antiguamente. En la diócesis de Bavaria el día treintavo de la Asunción (una especie de recuerdo del mes) se celebraba durante la Edad Media, el 13 de septiembre, con el Oficio de la Asunción (doble); en la actualidad sólo la Diócesis de Augsburgo mantiene esta vieja costumbre.

Algunas de las diócesis de Baviera y las de Brandenburgo, Mainz y Frankfort mantienen el 23 de septiembre como la “Fiesta de la Segunda Asunción”, o los “Cuarenta Días de la Asunción” (doble) creyendo, de acuerdo a las revelaciones de Santa Elisa de Schönau (m. 1165) y de San Bertrand, O. C. (m. 1170), que la Santísima Virgen María fue llevada al cielo a los cuarenta días luego de su muerte (Grotefend, Calendaria 2, 136). Las Brigidinas guardan la fiesta de la “Glorificación de María” (doble) el 30 de agosto, desde que Santa Brígida de Suecia dijo (Revel., VI, l) que María fue llevada al cielo quince días después de su partida (Colvenerius, Cal. Mar., 30 Aug.). En América Central, se celebra una fiesta especial, “La Coronación de María en el Cielo” (doble mayor) el 18 de agosto. La ciudad de Gerace, en Calabria mantiene tres días sucesivos el rito de doble de primera clase, conmemorando el 15 de agosto la muerte de María, y el 16 de agosto, su Coronación.

En Piazza, en Sicilia, hay una conmemoración de la Asunción de María (doble de segunda clase) el 20 de febrero, que es el aniversario del terremoto de 1743. Una fiesta similar (doble mayor con octava) se sigue en Martano, Diócesis de Otranto, en Apulia, el 19 de Noviembre.

Frederick G. Holweck

Nota del traductor: Mediante la promulgación de la Bula Munificentissimus Deus (“Dios, que es sumamente magnánimo”) el 1° de Noviembre de 1950, el Papa Pío XII declaró en forma infalible que la Asunción de la Santísima Virgen María era un dogma de la Fe Católica.

viernes, 14 de agosto de 2009

La respuesta de siempre


LA RESPUESTA DE
MONSEÑOR HESAYNE


Según una información aparecida en el Boletín de AICA del día 13 de agosto, el Obispo Emérito de Viedma, Monseñor Esteban Hesayne dedicó su homilía del pasado domingo 9 de agosto a recordar al fallecido Obispo de La Rioja Enrique Angelelli al que calificó de mártir “más allá de que si su muerte fue causada por un accidente automovilístico o planeada en un cobarde asesinato”.


Afirma Monseñor Hesayne que fue depositario de una confidencia que le hiciera Monseñor Angelelli, poco antes de su muerte, en el sentido de que éste presentía la proximidad de su fin. “Sabía —continúa Hesayne— que si lo mataban salvaría a muchos de su querida feligresía. Vivió en actitud martirial (destacado en el original). Vivió defendiendo los Derechos Humanos con su propia vida episcopal cuya defensa no lo hacía desde ninguna ideología sino desde su honda Fe en Jesús y su Evangelio”.

Antes, al comienzo de la homilía, Monseñor Hesayne sostuvo: “Una Iglesia que no celebre sus mártires no merece ser llamada Iglesia de Jesús. Por eso, en no pocas comunidades católicas en estos días se han programado Encuentros y Eucaristías para honrar a nuestros recientes mártires latinoamericanos. En la Argentina contamos en todos los sectores: Obispos, Presbíteros, Religiosas/os, Laicos”.

Fueron estas palabras iniciales las que me movieron a enviarle a Monseñor un correo electrónico cuyo texto transcribo:


From: Mario Caponnetto

To: mehm@speedy.com.ar

Sent: Thursday, August 13, 2009 4:32 PM

Subject: Mártires


Monseñor:

Sería bueno seguir con la lista.

Dos laicos católicos asesinados por la guerrilla marxista: Jordán Bruno Genta (+ 27-10-74) y Carlos Alberto Sacheri (+ 22-12.74).

Fueron asesinados a la luz del día y por expreso odio a la Fe.

Esperamos sus próximas homilías.

En el Señor

Mario Caponnetto.


La respuesta de Monseñor Hesayne fue rápida. La transcribo textualmente:


Original Message

From: Miguel E. Hesayne

To: Mario Caponnetto

Sent: Thursday, August 13, 2009 7:08 PM

Subject: Re: Mártires













Sí; no se trata de un error. La respuesta sólo consistió en un mensaje en blanco.

Mario Caponnetto

Cartas


DOS SEMANAS,
TRES CÁRCELES,
UN PROTAGONISTA

(Carta de un sacerdote a nuestros prisioneros de guerra)

Quitándole tiempo al sueño y aprovechando las pequeñas vacaciones que mi ministerio sacerdotal me permite, en los últimos días pude cumplir con un deber cristiano y, más aún de gratitud: visitar a algunos de los que se hallan presos por haber defendido la Patria en la década del ’70.

Por gracia de Dios, hace ya algunos años que pude romper el cerco que nos separa a los ciudadanos comunes de ese terrible lugar que es la cárcel; fue durante los estudios del seminario cuando, junto a otros compañeros, alcancé a visitar algunas cárceles y correccionales, palpando en cuero ajeno lo que significa el estar privado de la libertad y alejado de los seres queridos. Sin embargo, hay una diferencia, ya que una cosa es pagar por algo injusto que uno sí ha hecho y otra muy distinta es pagar injustamente por algo que no se ha hecho. El visitar a estos presos es un experiencia inolvidable que implica, a la vez, un gran dolor y un poco de gozo.

Dolor, por la cruz que deben llevar y gozo porque uno se sabe estar cumpliendo un mandato evangélico: “estuve preso y me visitasteis” (Mt. 25,36).

Se trata de ayudarlos a cargar la Cruz, la de ellos y la de sus familias, porque todos estamos presos con ellos. Es compartiendo esta bendita Cruz como se les hace más liviana; es compartiéndola y abrazándola como la Cruz nos puede llegar a redimir.

Dos semanas; fue poco nomás. Sólo dos semanas de vacaciones que pensaba aprovechar para leer, para rezar, para visitar a algunos amigos; dos semanas que venía proyectando desde hacía meses y que – como siempre – no saldrían tal cual lo esperaba. Dos semanas en las que quería descansar, “desenchufarme” un poco, estar un poco más entre los míos; sin embargo, una y otra vez, resulta imposible acallar la conciencia y dormir cuando se sabe que se está cometiendo una injusticia (“todos los que militáis bajo esta bandera, ya no durmáis, ya no durmáis, que no hay paz en esta tierra”, decía Santa Teresa).

Había que ver a nuestros presos; no sólo a mi padre, a quien visito mensualmente en la vieja cárcel de San Juan, sino a muchos otros a los que no pueden asistir a la Santa Misa, a los que – normalmente – no pueden recibir el Cuerpo de Cristo, a los que pocas veces reciben un consuelo o un conforto.

Porque hay que seguir peleando, hay que seguir combatiendo esta misma guerra que pelearon ellos. No es poco lo que podemos hacer y es mucho lo que nuestros padres han hecho y siguen haciendo por nosotros; en sus prisiones, aún hoy nos siguen dando ejemplo de entereza cristiana; en su prisión siguen edificando a cada uno de nosotros cuando vamos a visitarlos.

Tres cárceles fueron y tres espadas parecían clavarse en cada requisa, en cada lista y espera; comencé por San Luis, donde un viejo amigo de mi padre “reside” desde hace casi tres años; seguí por Mendoza visitando a otros y terminé en San Juan para culminar mis vacaciones. Tres cárceles y varios prisioneros de guerra. Historias similares, combates, desilusiones, pero siempre, siempre, un solo protagonista; uno solo aparecía tras las rejas: era Cristo en la cárcel.

Era Cristo quien sufría por los suyos, por la injusticia, por los pecados de nuestra Patria; era Cristo el que una vez más pasaba la noche del Jueves Santo, injustamente encadenado y sometido a un juicio que da risa, por no decir llanto. Era Cristo que ahora padecía una vez más el odio satánico de quienes todavía tienen un corazón de piedra (misterio que mete miedo).

Pero no sólo eso: era Cristo en los presos y era Cristo en la Misa.

Era un solo el protagonista: sufría Él en la cárcel y se ofrecía en el Altar; figuradamente en uno y realmente en otro; era Cristo en la cara de nuestros presos y era Cristo elevado en el altar, un altar de campaña, improvisado en la celda: sin mantel, sin velas y sin música; era Crito que bajaba nuevamente a una mesa de hierro, sin pretender demasiados ornamentos más que algunas lágrimas de los fieles y su ministro.

Pude ofrecer el Santo Sacrificio y elevar a la Víctima en tanto cuanto me lo permitía el tiempo y las circunstancias y siempre, siempre, pedí una vez más por la pronta libertad e insistiendo como la viuda del evangelio que finalmente le ganó por cansancio al Buen Dios (Lc. 18,1-5).

Un solo protagonista, que sigue obrando ocultamente en ellos y que nos ofrece una vez más la Cruz, para que la besemos, para que la carguemos sin arrastrarla hasta configurarnos con ella. Un solo Dios que quiere que ayudemos a redimir el mundo con nuestros sufrimientos. Un solo Dios exige nuestra cooperación para que Él reine “haciendo de cuenta que todo depende de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios” (como decía San Ignacio).

Un solo Dios que está esperando que le pidamos y que nos volvamos hacia Él.

Ruego a Dios y a los de buena voluntad que aligeremos este Cáliz uniéndonos en la oración y en los sacrificios; cuanto antes lo hagamos, antes pasará.

Y no temamos “Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn. 15,20).

Dios ha vencido al mundo.

Con mi bendición

P. Javier Olivera, IVE
Hijo de un prisionero de guerra

jueves, 13 de agosto de 2009

Por el honor de San Cirilo de Alejandría


AGUINIS Y
LOS DESPERDICIOS


LA FUNCIÓN FABULATRIZ

Desde las páginas de “La Nación” —siempre prontas a albergar mendacidades— Marcos Aguinis ha vuelto por el tema que eternamente lo perturba y desquicia, el ataque a la Iglesia Católica.

Sucedió el viernes 7 de agosto, en una densa y declinante nota que tituló Mujer excluida… ¡qué desperdicio!, más el didáctico agregado previo de una volanta quejosa: Sigue la desigualdad de los géneros.

Aguinis viene de recibir un sopapo de su paisano Verbitsky, que el domingo 2 de agosto, desde “Página/12”, lo llamó “pavo real”, y lo desplumó como tal con el recuerdo de ingratos menesteres; entre otros, su vinculación con Massera, el cobro de una holgada jubilación de privilegio y algunas mentiras enhebradas al voleo. Dispuesto a no arredrarse por estas menudencias, y sabedor de que su perruno agresor es hombre de taleguillas sucias, Aguinis siguió con su oficio preferido, el de invertir la Cruz.

Tiene la nota de marras los tópicos remanidos del freudismo y del feminismo, y una obsecuencia hacia la mujer, que acaba degradándola; como suele pasar cuando los maridos parranderos quieren atemperar con lisonjas melifluas los desvaríos de alguna noche crapulosa. Tiene incluso el escrito curiosos reproches al cristianismo, como el de haberse dejado ganar por “el pueblo judío”, que “fue el primero en abolir el analfabetismo de los varones ¡cinco siglos antes de la era cristiana!”. Fatídico cargo, sobre todo si se piensa que cuanto no hicieron los cristianos antes de existir se debe a la horrible culpabilidad de no haber existido.

Mas en medio de naderías antes risibles que indignantes, el filósofo de Río Cuarto presenta el núcleo de su argumentación. Se trata de la historia de Hypatia de Alejandría, una científica de nota en la plenitud del siglo IV, que tras destratos varios por parte de los cristianos, habría sido asesinada en el año 415, mediante un crudelísimo linchamiento ejecutado “por un grupo de monjes” que no dejó tortura por infligirle a la desdichada sabia. Según Aguinis, “los historiadores coindicen en responsabilizar” a Cirilo de Alejandría “por el asesinato de Hypatia”; como responsable habría sido, asimismo, de “la masacre que en aquel año se realizó contra los judíos”.

Machismo, incultura y antisemitismo, he aquí un verdadero combo de acusaciones infames lanzadas impunemente contra el catolicismo, para seguir escribiendo otras diatribas después con la misma desaprensión intelectual. Ya se sabe de sobra que el diario que otrora fue de los Mitre y ahora es de los peores, no concederá análogo espacio para la réplica. También se sabe que la Jerarquía eclesiástica nada dirá, ocupada como está en conciliar las próximas tertulias interreligiosas con rabinos, imanes, sufíes, gurúes y el Padre Pepe de Paola.

No obstante, llega tarde el fabulador Aguinis con su histórico hallazgo. La historia de Hypatia —convertida en mito en la doble acepción de la palabra; esto es, como ficción y como símbolo— ha dado ya innúmeras y trilladísimas vueltas por la novelística, la cinematografía, las tablas, el ensayo, el amarillismo lésbico y hasta por el cómic de Hugo Pratt y las extravagancias cósmicas de Carl Sagan. Voltaire se le adelantó en su Examen important de Milord Bolingbroke ou le tombeau du fanatisme —sin contar con que a él mismo se le habían adelantado los gnósticos y los protestantes— y Umberto Eco, hace ya casi una década, evocó a la fémina en Baudolino.

Vueltas y piruetas tan abundantes cuanto torvas las de este personaje, pues cargan todas con el común denominador de las leyendas negras contra la Iglesia. En rigor, no hay ignorante infatuado que haya podido sortear la tentación de apelar a esta heroína para desfogar el odio anticatólico, aunque para lograr tal cometido tuvieran todos que falsificar burdamente los hechos y matar mil veces a Hypatia, como bien lo sostiene Miguel Ángel García Olmo, recientemente, en un ensayo notable a propósito del filme Ágora de Alejandro Amenábar (cfr. Las mil muertes de Hipatia, Alfa y Omega, nº 643, Madrid, 28-V-09).

Lejos, pues, del consejo bergsoniano, la función fabulatriz de Aguinis no irrumpe para atemperar el racionalismo, sino para sumarse al coro corrupto de los sepultadores de la verdad.

LOS CRISTIANOS E HYPATIA

La verdad, como siempre, es distinta y opuesta a la versión de estos incendiarios de Roma.

Se empieza por no contar con datos precisos sobre la biografía de Hypatia, a pesar —o por lo mismo— de que una vasta bibliografía ha dado cuenta de ella y de sus sucesos. Y tales son las brumas y las imprecisiones al respecto, que el historiador judío Heinrich Graetz, en el volumen segundo de su History of the Jews, aún cargándole el crimen a Cirilo, no tiene a la víctima por mujer sino por hombre.

Hypatia —mujer al fin— no fue menoscabada en vida por los cristianos, ni desecharon ellos su ciencia con orgullo a causa de su condición femenina. La misma María Dzielska, de la Universidad de Jagellónica, en su Hipatia de Alejandría —de la que hay versión castellana, por lo que puede constatarse su ausencia de toda apologética católica— narra que la filósofa contaba con cristianos entre sus alumnos, como el Obispo Sinesio de Cirene (cuyo intercambio epistolar conocemos gracias a la obra ingente de Agustín Fitzgerald, The Letters of Synesius of Cyrene, Londres, 1925), o el “digno y santo" sacerdote Teotecno, y los prestigiosos Olimpio, Herculiano e Isión.

José María Martínez Blázquez, por su parte, en su Sinesio de Cirene, intelectual –que ha tenido la gentileza de volcar digitalmente- menciona las buenas relaciones de Hypatia con el curial Amonio y el Patriarca Teófilo, así como los nombres de cristianos fervientes que, contemporáneos con los sucesos, no dudaron en defender su personalidad. Tal, por ejemplo, Timoteo, en su Historia Eclesiástica. También fue un cristiano, Sócrates Escolástico, quien en su Historia Eclesiástica (VII, 15), escrita con posterioridad a la muerte de la alejandrina, la encomió como “modelo de virtud”.

Entonces, la versión aguiniana de fanáticos católicos machistas opuestos a Hypatia por su género y por su paganismo, es puro cuento, trufa insidiosa y bola insensata echada a rodar con lamentable incultura.

LA MUERTE DE HYPATIA

Si no le es imputable a los cristianos el maltrato a esta mujer singular, tampoco lo es su muerte, ni mucho menos a San Cirilo de Alejandría.

El origen de tan amañada y dañina versión, según lo explica eruditamente Bryan J.Whittield en The Beauty of Reasoning: A Reexamination of Hypatia of Alexandra, hay que buscarlo en el desencajado Damascio, último escolarca de la Academia de Atenas, quien exiliado en Persia tras su cierre por orden de Justiniano, y dispuesto a azuzar las maledicencias contra Cirilo, a quien tuvo por rival —en un tiempo de rivalidades religiosas fortísimas y extremas— le atribuyó el homicidio sin más fundamento que sus propias conjeturas. Sin más fundamento que sus propias conjeturas, repetimos. Porque esto y no otra cosa es lo que, desde entonces y hasta hoy, siguen haciendo cuantos rivalizan endemoniadamente contra la Fe Verdadera. Han pasado siglos desde el lamentable episodio y nadie ha podido aportar otro cargo contra el gran santo de Alejandría que no fuera la sospecha, el rumor, la hipótesis trasnochada o la presunción prejuiciosa.

No hay mentira mayor que la sostenida por Aguinis, y según la cual “los historiadores coinciden en responsabilizar a Cirilo de Alejandría por el asesinato de Hypatia”.

Coinciden los enemigos frenéticos de la Iglesia Católica, no los historiadores o los genuinos estudiosos del caso, a algunos de los cuales llevamos citados en estas prietas líneas. No coinciden —y discrepan con la leyenda negra oficial impuesta finalmente por el Iluminismo— el arriano Filostorgio, el sirio Juan de Éfeso, los jansenistas Le Nain de Tillemont y Claude Pierre Goujet o el erudito Christopher Haas en su Alexandria in Late Antiquity: Topography and Social Conflict, publicado en 2006. No coincide tampoco Thomas Lewis, quien redactara ya en 1721 la célebre impugnación de la mentira a la que tituló sugestivamente “La Historia de Hypatia, la imprudentísima maestra de Alejandría: asesinada y despedazada por el populacho, en defensa de San Cirilo y el clero alejandrino. De las calumnias del señor Toland”.

No coincide el mencionado Miguel Ángel García Olmo, quien advierte en la maniobra acusadora un “afán de mancillar la ejecutoría de un pastor teólogo de vida esforzada y ejemplar como fue Cirilo de Alejandría, venerado en Oriente y en Occidente”; y ni siquiera se atreve a coincidir Gonzalo Fernández, quien en su obra La muerte de Hypatia, del año 1985, a pesar de la ninguna simpatía que manifiesta hacia el santo, llamando tiránico a su ministerio, concluye en que “ninguna de las fuentes sobre el linchamiento de Hipatia alude a la presencia de parabolani entre sus asesinos”. Los parabolani eran los miembros de una hermandad de monjes alistados voluntariamente para el servicio, principalmente entre los enfermos, y que en su momento respondieron incondicionalmente a San Cirilo, recibiendo la acusación de consumar el linchamiento de Hypatia. Recuérdese que también Aguinis, en el suelto que le objetamos, menciona a “un grupo de monjes”, como causa instrumental del delito.

No coinciden los hechos. Porque el mismo Cirilo, que lamentó y reprobó el crimen de Hypatia, amonestó enérgicamente en su Homilía Pascual del 419, a la plebe alejandrina dada a participar en turbamultas feroces y sanguinarias como la que puso desdichado fin a la vida de la filósofa. Si no se le cree al santo, las novelas de Lawrence Durrel —concretamente las de su Cuarteto de Alejandría— resultan una buena fuente para conocer el carácter sangriento y cruel de esas tropelías feroces del populacho alejandrino. Sin olvidarnos de que fueron esas mismas hordas las que dieron muerte a dos obispos cristianos, Jorge y Proterio, en el 361 y 457 respectivamente.

Aguinis, claro, además de la versión falseada de la muerte de Hypatia, sólo quiere recordar la expulsión de los judíos ordenada por San Cirilo, sin aclarar primero qué participacion tenían los hebreos en aquellos episodios luctuosos. Episodios que podían llegar a terribles excesos, como lo reconoce el ya citado Graetz, comentando los modos que solían tomar entonces los festejos del Purim. Porque como dice Maurice Pinay —en el capítulo VIII del segundo volumen de su Complot contra la Iglesia— los judíos “califican siempre esas medidas defensivas de los Estados Cristianos, de persecuciones provocadas por el fanatismo y el antisemitismo del clero católico”, pero son incapaces de ver las enormes vigas en los propios ojos. Tiene sobradas razones el exhaustivo Alban Butler, cuando en su voluminoso santoral, en la fecha correspondiente a la festividad del santo, el 9 de febrero, explica que Cirilo tomó legítimamente la decisión de expulsar a los judíos, tras comprobar “la actitud sediciosa y los varios actos de violencia cometidos por ellos”.

No coinciden, al fin, los juicios de la Santa Madre Iglesia, quien mucho tiempo después de agitadas las pasiones terrenas, disipadas las dudas, superadas las conjeturas malintencionadas, estudiadas las causas, investigadas las acciones, consideradas las objeciones y sopesadas las acciones, elevó dignamente a los altares a Cirilo de Alejandría, y lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1882, bajo el Pontificado de León XIII. Años más tarde, en 1944, el Papa Pío XII, en su Orientalis Ecclesiæ, lo llamó “lumbrera de la sabiduría cristiana y héroe valiente del apostolado”. Y hace muy poco, en la Audiencia General del miércoles 3 de octubre de 2007, Benedicto XVI se abocó por entero a su encomio, recordando su defensa de la ortodoxia contra la herejía nestoriana. Para el Santo Padre, San Cirilo de Alejandría es el “custodio de la exactitud, que quiere decir custodio de la verdadera fe”; el varón justo que comprendió y predicó que “la fe del pueblo de Dios es expresión de la tradición, es garantía de la sana doctrina”.

Va de suyo que el lector honrado sabrá a quién creer al respecto. Si a la Iglesia, que para canonizar a alguien se toma siglos de estudios, pidiendo milagros y virtudes heroicas al candidato, o a un ropavejero de las letras, alucinado de odio a la Cruz, que súbitamente y sin más trámites que su audacia, declara asesino a un santo, y misógino a quien veneró a la más excelsa de las mujeres: María Santísima.

LA POBREZA DEL ESCÁNDALO

Bien está que exista el escándalo de la pobreza, porque la sangre del pobre —decía León Bloy— es el dinero mal habido de todos los rapaces. Pero a condición de que no se caiga en la pobreza del escándalo; esto es, en el raquitismo de un escándalo flaco y magro, sólo susceptible ante cuestiones terrenas, salariales o sociológicas.

Tomar en vano el nombre de Dios, profanar lo sacro, agraviar a los santos y mostrarse impiadoso y blasfemo, debería movilizar los ánimos y los actos reactivos de los católicos, antes y con mayor intensidad que las injusticias sociales. El Reino de Dios y su justicia sigue siendo lo primero. La añadidura se le ordena como lo subalterno a lo principal.

No pretendemos que lo entiendan nuestros obispos.

CONSEJOS PARA UN FEMINISTA MÓRBIDO

En cuanto a Aguinis, si anda buscando machismo en las religiones, le sugerimos una repasadita al Libro del Zohar o al Schulchan Arukh. O algo más próximo: el conocimiento descarnado y patético de las mujeres ultrajadas y prostituidas por la Zwi Migdal.

Y si su feminismo mórbido lo impulsa –como en la nota que le objetamos- a extasiarse en la descripción del linchamiento de Hypatia, para cargar las tintas y disponer las sensibilidades contra su odiado catolicismo, no le vendría mal retratar del mismo modo los horrendos crímenes rituales de Agnes Hruza y Marta Kaspar, cristianas ambas y víctimas probadas de la demencia judaica. La una desangrada salvajemente en el bosque de Brezin, el 1º de abril de 1899; la otra descuartizada en Paderborn, el 18 de marzo de 1932. Los detalles de este tipo de endemoniados acontecimientos se los dará la obra de Albert Monniot, Le crime rituel chez les juifs. Si la juzgara nazi —porque ya se sabe que, en la guerra semántica, da lo mismo que su autor la escribiera antes de la aparición de Hitler en la historia— podrá acudir a Las pascuas sangrientas del insigne judío Ariel Toaf. Y si recusara esta obra aduciendo la supuesta retractación que su autor hiciera de la misma, deberá entonces acudir a la obra de otro israelita honestísimo, El poder de la judería, de Israel Adán Shamir.

No dirá Aguinis que lo dejamos sin alternativas.

POR EL HONOR DE SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA

No; categóricamente no. La coincidencia de la historia no está en retratar un Cirilo obtuso, asesino y odiador de mujeres. Eso queda para los recolectores de desperdicios usurpando el papel de escritores; para los escribas de ascosidades elevados al podio de intelectuales; para los ignorantes de invencible memez adornados con los oropeles baratos de la decadencia posmoderna. Eso queda para los hijos del Padre de la Mentira y los sepulcros blanqueados.

En lo que coincide la vera historia sobre el santo y corajudo defensor de María como Madre de Dios, podrá contemplarlo y admirarlo el cristiano fiel y el hombre de voluntad recta adentrándose en sus escritos, que son muchos y ricos y bien sazonados en precisión, certidumbre y hondura. Quasten, Moliné, Altaner, Luis de Cádiz, Bardenhewer y la monumental obra de Migne, son sólo las principales patrologías que podrá consultar con provecho quien desee aproximarse al gran apologista.

A la derecha del Padre donde ahora se encuentra, y bajo el regazo celeste de María Theotokos, de quien fue su caballero en lisa enamorada y sapiente, no lo rozan las diatribas indoctas de un hábil especialista en cantar las gestas de la marranería.

San Cirilo de Alejandría: ora pro nobis.

Antonio Caponnetto

Se agradece difundir

miércoles, 12 de agosto de 2009

Poesía que promete


12 DE AGOSTO

Hoy la ciudad acampa en su ribera,
el viento del sudeste empuja al río,
trazando orillas que no son de agua.

Albión está encallada en un estuario
que la cartografía de los mares
da por perdido al sur, ignoto y frío.

Sopla el invierno su canción helada,
rastro del mediodía, racha dura,
aire que no perdona al forastero.

Hoy es el día en la ciudad signada.

Bofarrul arengaba a los Miñones,
Juan Gutiérrez plegaba su velamen,
el polvorín de Alzaga está inquieto
y las anclas del bárbaro navío
yacen hundidas en la tierra infértil.

Los riachos del Tigre o San Isidro,
la Chacarita de los Colegiales,
o en Luján, los Corrales o en Olivos,
donde pasa Liniers todos lo aclaman

El ultimátum ya arribó hasta el Fuerte,
la mirada de Beresford se apaga:
“¿Cómo han llegado allí, de las orillas,
armados de trabucos antañones?
¿Quiénes son estos hombres de a caballo,
de a pie, de a puño limpio,o poncho al brazo?
¿De qué cuartel salen mujeres, chicos,
viejos, caudillos,veteranos, frailes,
en qué Academia las terrazas lanzan
aceite hirviendo, piedras o guijarros?
¿Qué táctica es aquella de facones,
de relinchos,caronas y cabestros?
¿Cuándo enseñó el Liceo entre sus aulas
que una reja es puñal o carabina,
cuándo se vio el repique de badajos
animando el coraje de plegarias?”

A bayoneta y paso de carrera
otra vez Bofarrul se abre camino
entre dos centenares de invasores.
Y Liniers en vanguardia, sable enhiesto,
en las calles, la plaza, la recova,
en el pórtico antiguo del santuario,
multiplicando esfuerzos y victorias.
Tres balas condecoran su uniforme,
él escucha un clamor: “¡avance, avance!”
Su nombre y su destino eran Santiago.

Las murallas del Fuerte por asalto,
el puente levadizo que se tumba,
el mástil rojo y gualda, nuevamente,
desfila la derrota, silenciosa.

Hoy es el día en la ciudad signada,
un día medieval, templario, andante.

Santa María de la Reconquista
se llama desde entonces Buenos Aires.

Antonio Caponnetto

martes, 11 de agosto de 2009

Reciclados


¿REPENSAR?

Alguna vez alguien definió a la Argentina como “un país surrealista”. Por mi parte me atrevo a sostener que, al menos, es un país poblado de monstruos oníricos y de pesadillas recurrentes que explican las convulsiones de sus torturadas vigilias. Pruebas al canto. Acaba de ver la luz una revista que lleva por título Repensar. Visión y proyección de la experiencia montonera. Dos de sus columnistas son auténticos personajes de pesadilla: Mario Eduardo Firmenich y Roberto Cirilo Perdía. El resto, un módico staff de ilustres desconocidos que, a veces, ostenta algún apellido reconocible.

¿Qué se proponen, casi cuarenta años después, estos montoneros reaparecidos en letra de molde y papel satinado? Leamos la nota editorial. Allí se definen como “un conjunto de militantes que participan (así, con error de concordancia incluido) de las luchas populares desde 1970 a la actualidad”. Su reaparición se funda, continúan, “tanto en la necesidad de revalorizar y defender un patrimonio histórico de combates por la liberación nacional y social como así también de proyectar los ideales de los 70 hacia la realidad del país y del mundo” (lo “del mundo” suponemos será un exceso retórico). Por último, para tranquilidad de la burguesía progresista, terminan aclarando que no abrigan “intenciones de recrear ninguna organización o tendencia” (¡qué alivio!), antes bien, se proponen “expresar sin exclusiones ni sectarismos a muchos compañeros que aspiran al rescate de los valores y sacrificios de una generación heroica”.

Una demorada recorrida por las suaves páginas de Repensar nos va deparando más sorpresas. Así, en la nota “de fondo”, Mario Eduardo Firmenich, en inequívoco tono académico, realiza un extenso análisis de la actual crisis internacional. Entre otras sesudas consideraciones nos anoticia que la actual crisis es global y no la suma de crisis nacionales; desliza la hipótesis de un “ciclo Kondratieff telemático”; no sin cierta solemnidad, anuncia su “tesis” capital: la economía y la política no son sino dos subsistemas de un único sistema, el sistema político; y, finalmente, “en defensa de la paz mundial, la justicia social, la sostenibilidad del ecosistema y la calidad de vida de todos los habitantes de este único planeta”, aboga firmemente por la creación de “un Nuevo Orden Internacional Integralmente Sostenible”. Imposible reunir tantas naderías y lugares comunes, entresacados de los manuales elementales de economía, en un solo artículo.

A continuación, Roberto Cirilo Perdía recupera, en cierto modo, el tono revolucionario y en una nota titulada “Ficción y realidad en el sistema comunicacional” la emprende, en ocasión de unos artículos del filósofo peronista José Pablo Feinmann en Página 12, contra el poder de los medios de comunicación. Hay pasajes imperdibles. Un ejemplo: después de recordar que en “las democracias representativas”, la prensa se ha erigido a sí misma “en el cuarto poder”, escribe: “En realidad, toda esa noción se ha construido sobre las gruesas columnas de un concepto fuertemente sostenido en un mito político. Ese mito político es la democracia representativa asentada en la división de poderes […] Ese mito político, construido como un fenómeno asentado en la voluntad arraigada de otros pueblos que legítimamente aspiraban a una mayor democracia, nunca terminó de integrarse plenamente en la cultura local de Nuestra América. Pero si ese arraigo fue débil en otros tiempos, desde hace algunas décadas su formulación se está vaciando rápidamente del contenido que le otorgaba legitimidad”. No deja de ser interesante esta recusación de la democracia representativa. Personalmente, no me molesta en nada. Pero, ¿hemos oído mal o en los setenta los montoneros se levantaron en defensa de la Constitución que, precisamente, consagra la democracia representativa con su división de poderes?

A continuación, Carlos O. Suárez, Guillermo Robledo y Jorge Falcone se encargan de llenar muchas de las restantes de un total de 55 páginas con artículos de aburrida y pretenciosa prosa en la que no falta ninguno de los visajes y tics del viejo libreto montonero: antiimperialismo yanki, indigenismo, populismo, clasismo. En la sección Documentos, se trascriben unas cartas de Perón al General chileno Prats, asesinado en Buenos Aires. En una de ellas, el “General”, en septiembre de 1973, lamenta que ya no esté entre nosotros Salvador Alende. El filósofo Feinmann vuelve a ser, hacia las páginas finales, motivo de otra réplica, esta vez en defensa de Firmenich y “los inclaudicables”. Roberto Baschetti, por su parte, asegura que el peronismo nunca fue antisemita. Cierra, en retiración de tapa, un delirante “homenaje” al desaparecido Julio López a quien se atribuye haber “provocado el salto irreversible del derecho penal individual (lesa humanidad) al derecho penal colectivo (genocidio) con autonomía de la voluntad política de los países centrales”.

En la tapa, dos detalles significativos. Primero, aunque la revista salió a fines de julio, figura como fecha de salida el 29 de mayo, aniversario del asesinato de Aramburu y nacimiento de Montoneros. Segundo, una frase extraída del reportaje que Jorge Asís le hiciera en la cárcel a Firmenich en 1985 en el que éste sostiene: “nosotros no matamos a Rucci”. Para que el lector no tenga dudas: al terrorismo y a la mentira, no renunciamos.

A decir verdad, la lectura de esta revista nos ha decepcionado. Esperábamos algo de más garra “fierrera”. Pero al decidirse por la impostación ensayística e intelectual, estos montoneros reaparecidos se han deslizado hacia una mediocridad irremediable. El viejo Jauretche los tildaría de “mediopelo” y encontraría nuevos materiales para su manual de zonceras.

Por mi parte concluyo diciendo que la revista dobla el dicho gardeliano: no ya veinte sino cuarenta años son nada. Ah, por si alguno no se dio cuenta todavía, lo de repensar era sólo un chiste.

Mario Caponnetto

domingo, 9 de agosto de 2009

Homilía sobre la humildad


ESCUELA DE LA HUMILDAD
DEL SANTO PUBLICANO

De esta doctrina nacen los sentimientos que deben animarnos en la adquisición de la santidad: una humildad profunda en vista de nuestra flaqueza, y una confianza absoluta en Jesucristo. Nuestra vida sobrenatural oscila entre dos polos: por una parte, debemos estar íntimamente convencidos de nuestra impotencia para llegar, sin el auxilio de Dios, a conseguir la perfección; por la otra, debe siempre animarnos la firme esperanza de que todo lo podremos con la gracia de Jesucristo.

Como quiera que ésta es algo sobrenatural, y Dios es dueño absoluto de sus designios y de sus dones, resulta que la gracia está por encima de las exigencias y derechos de toda la naturaleza creada, y por eso mismo, la santidad a que estamos llamados se hace inaccesible sin la gracia divina. Ya lo dijo Nuestro Señor: “Sin Mí nada podéis hacer” (San Juan, XV, 5), y advierte San Agustín que no dice Jesucristo “sin Mí no podéis hacer gran cosa”, sino que dice: “sin Mí no podéis hacer nada en orden a la vida eterna”.

San Pablo explica detenidamente esta doctrina de nuestro Divino Maestro: “No somos capaces —dice—, por nosotros mismos, de concebir un solo pensamiento que algo valga para el cielo, sino que nuestra suficiencia o capacidad viene de Dios” (II Corintios, III, 5). “Él es quien nos da el poder querer y ejecutar todas las cosas conforme a un fin sobrenatural” (Filipenses, II, 13). Así, pues, sin la gracia divina, no podemos absolutamente nada, en lo que a nuestra santidad se refiere.

¿Hay algún motivo para entristecernos y abatirnos? Ninguno. La convicción íntima de nuestra propia impotencia no debe desalentarnos ni servir de excusa a nuestra pereza. Es cierto: nada podemos sin Cristo; mas con Él, todo lo podemos. “Todo lo puedo, no por mis fuerzas, sino en Aquél que me conforta”. Sean cuales fueren nuestras pruebas, dificultades y flaquezas, mediante Cristo, podemos llegar a la más encumbrada santidad.

¿Por qué? Porque en Él “se hallan todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría”; porque “en Él habita la plenitud de la Divinidad”, y siempre nuestro jerarca supremo, puede repartirnos algo de todos esos dones. “De su plenitud de vida y de santidad es de la que todos participamos”, y de tal modo, que “en punto a gracias, de ninguna carecemos”.

¡Oh, qué seguridad causa la fe en estas verdades! Cristo se da a nosotros y en Él todo lo hallamos. “¿Cómo no nos ha de dar con Él (su Hijo) todas las cosas?” (Romanos, VIII, 32).

¿Qué podrá impedirnos llegar a ser santos? Si el día del juicio nos pregunta Dios: “¿Por qué no habéis subido a la altura de vuestra vocación? ¿Por qué no habéis llegado a la santidad a que Yo os llamaba?” No podremos responderle: “Señor, mi debilidad era tanta y las dificultades tan insuperables, las pruebas tan recias y sobre mis fuerzas…” Mas Dios nos contestará: “Cierto que por vosotros mismos nada podíais, pero os había dado a mi Hijo, y con Él nada os ha faltado de cuanto os era necesario; su gracia es todopoderosa, y por Él podíais uniros a la fuente misma de la vida”.

Es tan cierto esto, que un gran genio, tal vez el mayor que el mundo ha conocido, un hombre que pasó su juventud en los desórdenes, que apuró la copa de los placeres y cayó en todos los errores de su tiempo, el gran San Agustín, vencido al fin por la gracia, se convirtió y alcanzó una santidad sublime. Cuéntanos él mismo que un día, solicitado por la gracia, pero cautivo de sus viciosas inclinaciones, veía niños, jovencitas, vírgenes que brillaban por su pureza, viudas dignas de veneración por su virtud; le parecía oír la dulce invitación de una voz que le decía: “Lo que hacen estos niños, estas vírgenes, ¿no podrás hacerlo tú? ¿No podrás llegar a ser lo que ellos son?” Y a pesar del ardor de la sangre juvenil que hervía en sus venas, a pesar de la tempestad de sus pasiones, de sus extravíos, San Agustín se entrega en manos de la gracia, y la gracia hizo de él uno de sus más prodigiosos trofeos.

Al celebrar la festividad de los Santos, debemos repetirnos las palabras que oía San Agustín: “¿Por qué no vas a poder lo que éstos y éstas?” ¿Qué motivos tenemos para no encaminarnos a la santidad? Bien sé que todos podemos decir: “Tengo tal dificultad, se me atraviesa a tal contratiempo; por eso no podré llegar a ser santo”. Pero estad seguros de que todos los santos han tenido también dificultades y contradicciones, y mucho mayores que las vuestras.

Nadie, pues, puede decir que la santidad no está hecha para él; porque, ¿dónde estaría la imposibilidad? No de parte de Dios, que quiere que seamos santos para gloria suya y contento nuestro: “Ésta es la voluntad de Dios, que os santifiquéis” (I Tesalonicenses, IV, 3). Dios no se burla de nosotros. Cuando Nuestro Señor nos dice: “Sed perfectos”, bien sabe Él lo que nos pide y no exige nada que exceda a nuestras fuerzas si nos apoyamos en su gracia.

El que pretendiese conquistar la santidad por sus propios puños, cometería el pecado de Lucifer, que decía: “Me elevaré y colocaré mi trono sobre los cielos: seré semejante al Altísimo” (Isaías, XIV, 13-14). Por lo cual Satanás fue derribado y lanzado al abismo.

¿Qué diremos, qué haremos nosotros? Tendremos la misma ambición que aquel orgulloso; desearemos llegar al fin que se proponía aquel ángel soberbio; pero él pretendía conseguirlo por sí mismo; mas nosotros, por el contrario, confesaremos que nada podemos sin Jesucristo; diremos que sólo con Él y por Él podremos penetrar en los cielos. “¡Oh Jesús mío! Tengo tanta fe en Ti, que te creo bastante poderoso para obrar la maravilla de elevar una deleznable creatura como yo, no sólo hasta las jerarquías angelicales, sino hasta el mismo Dios; únicamente por Ti podemos llegar a ese vértice divino. Aspiro con todas las ansias de mi alma a esa sublimidad a que tu Padre me predestinó; deseo ardientemente, según Tú mismo lo pediste para nosotros, tomar parte en tu misma gloria y participar de tu propio gozo de Hijo de Dios; aspiro a esta suprema felicidad, pero únicamente por mediación tuya; deseo que mi eternidad se consuma cantando tus loores y repitiendo sin cesar con los escogidos: «Nos has redimido, Señor, con tu sangre». Tú, Señor, nos has salvado; tu preciosa Sangre derramada sobre nosotros nos abrió de par en par las puertas de tu reino; nos preparó morada en la compañía deleitosísima de tus Santos; a Ti sea dada alabanza, gloria y honor por los siglos de los siglos”.

Un alma que vive de continuo embebida en esos sentimientos de humildad y confianza, da mucha gloria a Jesucristo, porque toda su vida es como un eco de aquellas palabras: “Sin mí no podéis hacer nada”, y porque proclama que Él es la fuente de toda salvación y santidad, y toda gloria para Él.

“Oh Dios mío, diremos con la Iglesia en una de sus más preciosas oraciones, creo que eres todopoderoso, y que tu gracia es bastante eficaz para elevarme, aunque bajo y miserable, a un alto grado de santidad; creo también que eres la misericordia infinita y que si te abandoné más de una vez, tu amor y bondad jamás me abandonan; de Ti, Dios mío y Padre celestial, procede todo don perfecto; tu gracia nos convierte en fieles servidores para que te agrademos con obras dignas de tu majestad y de tu honra. Concédeme que, desasido de mí mismo y de las criaturas, pueda correr sin tropiezo alguno por esta senda de la santidad, en la que tu Hijo nos precede cual esforzado gigante, a fin de que por Él y con Él llegue a la felicidad que nos has prometido”.

Los Santos vivían de estas verdades, y por eso llegaron a las cumbres de la santidad, donde hoy los contemplamos. La diferencia que existe entre ellos y nosotros no proviene del mayor número de dificultades que tenemos que vencer, sino del ardor de su fe en la palabra de Jesucristo y en la virtud de su gracia, y también, de su generosidad fervorosa. Bien podemos, si queremos, hacer otra vez la experiencia, pues Cristo sigue siempre el mismo, tan poderoso y espléndido en la distribución de su gracia, y sólo en nosotros se hallan obstáculos para la efusión de sus dones.

¿Por qué desconfiar de Dios, del Dios de todos nosotros, almas de poca fe?

Dom Columba Marmión, O.S.B.
(Tomado de su libro “Jesucristo en sus misterios”)

sábado, 8 de agosto de 2009

Poesía que promete


EL PEQUEÑO
JUAN MANUEL


Aquella patria antigua de ibérica prestancia,
con su roldana de agua o su barril de mosto,
con el fuego en las calles, aquel doce de agosto,
probó que conservaba su evangélica infancia.

Era la patria henchida de imperial gravidez,
los hijos bien nacidos de las flechas y el yugo,
el fruto de Castilla, su lagar, su mendrugo,
retoños de heroísmo florecido en niñez.

Pequeños se veían prestando algún servicio,
tal vez como artilleros, con los bravos Miñones,
acarreando en sus ponchos las balas de cañones,
dispuestos como adultos al final sacrificio.

Cartuchos de fusiles o piezas de metralla,
tinajas para el agua, para la sangre vendas.
Todo lo tributaron en alegres ofrendas,
sus voces y sus risas fueron casco y muralla.

En las tropas menudas como espuelas de fletes
se destaca un chiquillo de acciones valerosas.
Lo llaman por su nombre, es Juan Manuel de Rosas,
carga un viejo mortero para los Migueletes.

En el hogar paterno vio las primeras lanzas,
tercerolas y sables le suenan familiares,
hay épicas memorias que recorren sus lares
de antepasadas huellas o bravías andanzas.

Ahora pesa este hierro para sus trece años,
esta boca de fuego, maciza portañola.
Ahora estrena su raza criolla y española
que no admite invasores ni extranjeros engaños.

Tiene porte de mando, siendo apenas muchacho,
en su mirada rubia hay azules añejos,
oye como repiques que le llegan de lejos,
de San Miguel del Monte, Tonelero o Quebracho.

Liniers cantó el elogio de su conducta recia,
diciéndole a sus padres, con fundado prestigio:
su bravura fue digna de la causa en litigio
(Nadie dirá lo mismo sobre Ernesto Celesia).

Cuentan que usó ese día chaleco colorado,
que inauguró divisa: soberanía o muerte.
Una cosa es segura, les advirtió su suerte.
Mañana tendrá lista la Vuelta de Obligado.

Antonio Caponnetto