Tenemos el agrado de invitarlos a un cursillo de dos conferencias, seguidas por debates dirigidos por el Dr. Gerardo Palacios Hardy, a realizarse en la sede del Instituto de Filosofía Práctica, Viamonte 1596 (1er. piso) - Cdad. Autónoma de Buenos Aires, los días 20 y 27 de abril a las 19 hs.
Los temas versarán sobre una novedosa teoría de Monseñor Oscar Alonso: “Los buenos que no se atrevieron a ser justos mataron a Cristo. Los buenos eligieron a Barrabás”.
La primera de las conferencias (mañana, martes 20 de abril - 19 hs.) estará a cargo del Dr. Antonio Caponnetto, quien abordará el tema “¿Quiénes mataron a Cristo?”
La segunda conferencia (Martes 27 de abril - 19 hs.) estará a cargo del Dr. Bernardino Montejano, quien se ocupará del tema: “Justicia y bondad”.
Hace un tiempo, por gentil deferencia del doctor don Miguel Ayuso Torres, recibimos el tomo XII de los Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada. Publicación cuidada y valiosísima que puede “enorgullecerse de ser un punto de referencia en el tradicionalismo de raíz hispánica”, y que por eso tomamos con respeto y afecto en nuestras manos.
En primer término debe anotarse que este volumen se abre con una sección de notas In Memoriam, a cargo del doctor Ayuso Torres, Secretario del Patronato de la Fundación. De esas páginas queremos destacar dos, que con justicia exaltan las figuras de los queridos camaradas y amigos inolvidables: Eduardo Víctor Ordóñez y Álvaro Pacheco Seré. Ellos representaron las orillas de la Patria Rioplatense. El recuerdo de don Miguel nos hace entrar en las hondas huellas del paso por esta vida de aquellos maestros que nos permiten continuar aprendiendo. Ambos, a no dudar, están “rogando ante el Altísimo por todos nosotros y su amada hispanidad”.
Proseguimos la lectura con creciente interés cuando en la Sección Estudios y tal vez movidos por la cercanía del segundo centenario de la iniciación de la crisis del Imperio Romano Hispánico (1808-2008) llegamos a un título en el que nos detuvimos. Éste no era otro que el que encabeza esta nota: “El problema de la Independencia de América”. El trabajo lucía la firma de Federico Suárez Verdeguer que “fuera Catedrático de Historia en la Universidad de Santiago de Compostela…” trasladándose más tarde a Pamplona para dar comienzo a la que luego fue Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, donde creó el Seminario de Historia Moderna. Como Director de la “Colección Historia” de esa Casa de Estudios debe destacarse en particular la edición de los “Documentos del reinado de Fernando VII en trece volúmenes aparecidos entre 1965 y 1972”.
De tan insigne profesor no podíamos dar crédito a nuestros ojos y entendederas que en la página 55 del tomo que nos ocupa estampara lo siguiente: “Así como en España… los Reinos de América reaccionaron como los españoles creando Juntas para la defensa de los derechos del Rey. El problema jurídico nace cuando las Juntas de América rehúsan el reconocimiento a la Junta Central o la Regencia” (las negritas son nuestras). “En 1814 —agrega— las circunstancias cambian y los argumentos deben cambiar también. Fernando VII regresa a España en la plenitud de su soberanía y con respecto a América vuelve a ser como antes de 1808. Si se levantaron en defensa de los derechos del Rey, su alzamiento ya no tiene objeto”.
Cabe entonces preguntar cuál era la situación legal de América en los comienzos del siglo XIX. La respuesta se puede sintetizar en forma clara y categórica. Las Indias no eran colonias sino Reinos y estaban unidos a la Corona de Castilla fuera de toda vinculación con el Estado español. Esto era lo que establecía el ordenamiento jurídico originado en los Pactos celebrados por el nieto de los Reyes Católicos con las autoridades indígenas locales.
Todo nos lleva a la época de Carlos V, cuando el César firma, a su paso por Barcelona, en el año 1519, los documentos por medio de los cuales se “estableció la Unidad e Intangibilidad de América”. Durante tres siglos, ése fue el Estatuto.
Ya en el siglo XVIII el accionar de las logias masónicas y la difusión de las ideas iluministas golpearon la estructura sobre la que se apoyaba la relación de los Reinos de Indias y la Monarquía Católica. Como un ejemplo de esto podemos señalar que el fundamento teológico de la autoridad de los Austrias se fue debilitando hasta ser sustituido por el laicismo del poder civil que hizo el absolutismo de la dinastía borbónica, llegada con Felipe V. Un absolutismo cerrado que eliminó el peso iluminador de la Iglesia al que se agregó la adopción del liberalismo con sus ideas en educación y economía.
Y el problema hubo de estallar con la invasión napoleónica de 1808 y en un momento que se puede precisar: el 24 de setiembre de 1810, cuando las Cortes de Cádiz aprobaron la Ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reinos diferenciados de España e Indias para dar cabida “a una sola Nación Española”. Era la intolerable subordinación de lo criollo al masonismo peninsular de los liberales diputados gaditanos.
Así fue que se levantó el estandarte del Pacto de los tiempos de Carlos V para sostener la independencia de las Juntas. Pacto que no era el de los enciclopedistas sino el histórico firmado y lacrado con Sellos Reales entre las Indias soberanas y Castilla.
Y llegó 1814, año en el que, según Suárez Verdeguer, el Alzamiento ya no tenía objeto. Instalados los americanos en el campo jurídico, pensaron en la Paz y la Unidad con la restauración de la Monarquía Tradicional.
Consecuencia de ello fueron las misiones como la que desde Buenos Aires encabezaron Belgrano y Sarratea, portadora de un Memorial que decía: “El pueblo de España no tiene derechos sobre los Americanos. El Monarca es el único con el cual celebraron contratos los colonos de América; de él solo dependen y él solo es quien los une a España… La Ley de Indias es la mejor prueba del derecho de las Provincias del Río de la Plata… La Ley en cuestión es el contrato que el Emperador Carlos V firmó en Barcelona el 14 de setiembre de 1519 a favor de los conquistadores y colonos…”
Es indudable que esta Ley es la única que liga personalmente al Monarca y que no tiene relación con España. Pero las apelaciones al Monarca fracasaron porque Fernando VII era hombre desleal, insensible, con ladino orgullo y con un pétreo cerebro que no podía aceptar que su autoridad dependiera del cumplimiento del Pacto y de la “sumisión condicionada de sus leales vasallos”.
Manuel Jiménez Quesada, en “Las doctrinas populistas en la Independencia de Hispanoamérica” (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Sevilla, 1947) transcribe lo que Fray Pantaleón García afirmaba en Buenos Aires allá por 1810: “La fidelidad no es un derecho abstracto que obliga a todo evento; es la obligación de cumplir el contrato que liga a las partes con el todo; obligación recíproca porque debemos guardar respeto y obediencia al Rey pero éste debe guardar nuestros derechos”. Las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable porque la Revolución (en el sentido del verbo latino “volver hacia atrás”) aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli. Tal como lo exponía el Restaurador el 25 de mayo de 1836 cuando refiriéndose a 1810 afirmaba: “No [se hizo la Revolución] para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles sino para fortalecerlos por el amor y la gratitud…”
El Padre Suárez Verdeguer, que fuera Preceptor y Capellán de quien hoy ocupa el Trono de España, tal vez “con signo intelectual declinante” (“declinante incluso en la propia Universidad de Navarra donde se asentó por el contrario el catolicismo liberal enragé…”) escribió al final del Estudio lo que colmó nuestro asombro.
Al preguntarse qué es lo que constituyó el alma de la secesión, se contesta que hay que buscarla “en los signos de los tiempos”. Agregando en párrafo inmediato que “una nueva generación que no pensaba ni sentía como sus abuelos, que estaba desarraigada del pasado porque hundía sus raíces en el sistema que las luces habían descubierto”. Ya ubicado cómodamente en el plano gaucho del historicismo sólo le faltó hablar de “los vientos de la historia”. Páginas para dejar en un piadoso olvido.
Un proyecto presentado ante la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, propone la supresión del nombre del Dr. Gustavo Martínez Zuviría a la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, de la que fuera su fundador durante su gestión como Director de la misma, y su reemplazo por el de Rodolfo Walsh.
Entre los considerandos del susodicho proyecto abundan las mentiras, las insidias, las ignorancias, los errores maliciosos, los tópicos trillados de las peroratas marxistas, y hasta los gruesos gazapos sintácticos. Pero dos cosas quedan explicitadas sin subterfugios:
a) que el nombre de Hugo Wast no debe figurar por ser “antisemita”, y b) que el nombre de Walsh merece honrarse por su militancia montonera.
Ya habrá ocasión de refutar, por enésima vez, el agravio gratuito que supone confundir con el antisemitismo al pensamiento católico sobre el misterio de Israel. Pensamiento católico robusto y hondo —de perspectiva sobrenatural, raíces escriturísticas y teológica mirada— que, como pocos supo expresar en sus valiosos libros Don Gustavo Martínez Zuviría.
Sólo marquemos ahora una tragicómica paradoja; y es que aquella organización terrorista a la que perteneció el novel homenajeado,se definía como antisionista, teniendo visibles apoyos logísticos en el mundo árabe.
Hace ya tiempo, el escritor Daniel Schnitman, desde la publicación “La Voz. Periodismo Judeo-Argentino Independiente”, del 29 de julio de 2006, denunciaba la “furibunda embestida antisemita” de los Montoneros, a través, entre otros medios, de su revista “Jotapé”; a la par que asociaba con el atentado a la AMIA, a “personas que antiguamente formaron parte de la organización denominada «Montoneros»”.
“El 25 de agosto de 2002 —agrega Daniel Schnitman— el reconocido periodista Miguel Bonasso publicó un estremecedor informe de inteligencia militar realizado durante la dictadura, bajo el título «Lo que sabía el 601», referido a la infiltración de los servicios a los Montoneros”.
Dice Bonasso: “El informe del 601 abunda en datos sobre la relación militar entre Montoneros y Al Fatah, que había sido imprudentemente publicitada en una entrevista concedida al semanario español «Cambio 16», por el jefe de la estructura militar, Horacio Mendizábal, quien luego caería en combate, durante la primera Contraofensiva. La revelación de «Hernán» o «el Lauchón», como se conocía a Mendizábal en Montoneros, causó alarma en el alto mando palestino y atrajo definitivamente sobre los guerrilleros argentinos la inquietante mirada del Mossad israelí. Que, según algunas fuentes, nutrió con información al 601”.
De modo que, en lo sucesivo, quienes proponen la supresión del egregio nombre de Hugo Wast deben hablar más claro. No es el presunto antisemitismo del gran novelista, lo que les quita el sueño. Es su condición de católico, apostólico y romano lo que les molesta y subleva. Y se entiende que así sea, en quienes están haciendo del anticatolicismo una vergonzosa política de Estado.
Por lo demás, la verdad es que a Montoneros, tanto le dio recibir financiación del mundo árabe, como nutrir sus cuadros homicidas con israelitas, por cuyo “exterminio” siguen aplicando la ley de Nüremberg.
El misterioso “Obstáculo” de que habla San Pablo parece haber sido retirado o poco menos; y las fuerzas del mal, poder de la herejía y medios de destrucción de que dispone la humanidad, parecen no tener ya límites. La Iglesia gime impotente y los miasmas de la corrupción contemporánea se insinúan incluso dentro de ella; y no en la forma en que siempre se han insinuado, “cizaña en medio del trigo”, reconocible y condenada, sino en la forma más terrible de la sal que pierde salazón, el fariseísmo, y la corrupción especiosa del dogma, que llamamos modernismo.
R.P. Leonardo Castellani, S.J. (Tomado de su libro “Los papeles de Benjamin Benavides”)
Hacia fines del 2004, en una de las visitas habituales a la librería Santiago Apóstol, me llamó la atención un libro entonces reciente: “Malvinas: la última guerra romántica”. Su autor, un veterano de la contienda, el Teniente de Infantería Comando Dámaso Guillermo Soraires.
Adquirí la obra, publicada por Ediciones Camino del Bajo, y al llegar a la página 77, lo que empecé a leer me causó sorpresa, emoción, gratitud y un llanto contenido que todavía me asalta en cada releída.
Cuenta Soraires que el Teniente Frecha encontró el cuerpo sin vida del glorioso Subteniente Oscar Silva, caído en combate. En la chaquetilla de su uniforme de batalla había “una poesía que recordaba muy bien”, titulada “Maestro de Combatientes”.
Soraires agrega entonces, antes de proseguir con el relato, una evocación en prosa de unos versos míos que incluí en el prólogo que me pidiera para su libro el entrañable amigo Miguel Angel Ferreyra Liendo.[1]
La parte evocada en prosa es aquella que dice en el original:
“Que no me ofrezcan lo que nunca tuve por compensar lo que nos han quitado, el honor de decir: donde yo estuve flamea un estandarte soberano”.
Acota al fin Soraires, que el Teniente Frecha llevaba consigo aquel poema postrero del Subteniente Silva, y al que el caído había titulado “Maestro de Combatientes”. Pero que él juzgó lícito hacerle un cambio, y así se lo comunicó a “un Oficial de Marina” a quien le narraba la muerte heroica de Silva.
El cambio se debía, según el Teniente Frecha, a que “ya no flamea el estandarte [en Malvinas], sino que hay que arrebatar el estandarte”.
Transcriptos los largos y vibrantes versos del Subteniente Oscar Silva —“composición actualizada” por el cambio de Frecha— “el Oficial de Marina manifestó su intriga por el título original del poema que los había motivado: Maestro de Combatientes. Frecha le responde que el subteniente Silva había abrevado para su formación en el Centro [de Estudios] Nuestra Señora de la Merced, donde había conocido al maestro de combatientes, un profesor de historia e investigador, que le decía que se podía perder una guerra poniendo a resguardo el honor de los protagonistas. Teniendo en cuenta esa premisa, además de renunciamiento y sacrificio, el profesor de historia le pedía a su discípulo que ante la contingencia de una guerra, al combatiente le era debido decir: «no me ofrezcan lo que nunca tuve por compensar lo que nos han quitado». Para poder decir, donde yo combatí sigue flameando un estandarte soberano”.[2]
He de vencer el natural pudor, y Dios no permita que sea pecando contra la humildad, para decir que ese “profesor de historia e investigador” que daba clases en el Centro de Estudios Nuestra Señora de la Merced, era yo. Quien repase la colección de “Cabildo” correspondiente a los años que giran alrededor de 1980, verá la sucesión de avisos convocando a los Cursos que entonces tuve a mi cargo. Precisamente, fueron los años en que el Subteniente Oscar Silva llegó desde su San Juan natal a Buenos Aires para incorporarse al Colegio Militar de la Nación.
Desde que leí esas páginas de Soraires no pocos sentimientos se me cruzaron al galope. Miento si no digo que el primero fue el legítimo orgullo, el manso y hondo consuelo de la recompensa espiritual, y el sobrecogimiento absoluto —un verdadero temor y temblor— ante la comprobación de que de los frutos de mi tarea docente se estaba dando testimonio. Pero inmediatamente mi memoria buscó entre esos muchos rostros de tantos alumnos antiguos, la cara del Subteniente Silva, su voz, su porte, su sencillez y su talante. La memoria quería volver por sus fueros para rendirle homenaje.
Un año antes de la aparición del libro providencial de Soraires, yo le había prologado a Alberto Mansilla su valioso ensayo “Argentina tiene héroes”,[3] uno de cuyos capítulos traza precisamente la biografía y la muerte en combate del legendario Subteniente Silva.
De modo que no me era ajena su figura, ni su trayectoria, ni su sacrificio paradigmático. Pero me era ajena la incomunicable conmoción de considerar que aquél, a quien conocí como alumno, conocía ahora como biografiado; que aquél, en suma, a quien traté como joven soldado, reconocía tras los años y la guerra justa, como héroe de la nacionalidad.
Y sobre todo, me era ajena la paradójica unión del gozo y del dolor, del honor y de la herida, de la satisfacción y de la pena, de saber que mi alumno —gallardamente muerto— había tenido la magnanimidad de dedicarme su poema. Pedí Misas por su alma, y fue lo mejor que supe pedir para él. Todo reconocimiento hacia su gesto me resulta insuficiente. No supe ni sabré nunca cómo agradecerle su discipulado, ratificado con la sangre; y la verdad es que, no habiendo derramado la mía en el Sur, no me siento merecedor de su gesto. Ni de ser calificado con el título de su poema.
El Subteniente Silva cayó bravamente en Tumbledown, como integrante de la Compañía Nácar, defendiendo palmo a palmo el suelo patrio ante la embestida invasora. Una ráfaga de fuego lo alcanzó en la cintura, la noche del 13 de junio, mientras se multiplicaba en órdenes y en brazos para que todos sus subordinados pelearan sin rendirse. Es probable que su último pensamiento estuviera centrado en “la primera verdad que es el Verbo”, según dejó escrito en su poema. Bienaventurado él, y los que con él, arrebataron el Cielo por asalto.
El Centro de Estudios Nuestra Señora de la Merced era una noble y resuelta iniciativa de Juan Carlos Monedero. Funcionaba en un modesto local rentado en la zona céntrica de Buenos Aires, a costa de austeridades compartidas, y no debo disimular la precariedad y la escasez de medios con la que nos movíamos. Tampoco la sencillez de aquellas clases mías, sin la pericia que suelen traer los años de carrera docente.
Sin embargo, la gracia de Dios, que desde el pesebre sabe hacer brotar lo grande de lo pequeño y la flor del lodazal, hizo el milagro de que en ese ámbito de estrecheces y de fervores nacionalistas católicos, y a pesar de mis limitaciones, se contribuyera a la formación de un héroe.
Quienes aún hoy nos dedicamos al magisterio, y estamos tentados a veces de maldecir nuestra suerte, de desesperar de la ausencia de frutos, de protestar por la indiferencia de quienes son nuestros alumnos, debemos pensar seriamente si detrás de esos jóvenes que se nos ponen en el camino, no hay un Subteniente Silva aguardando la noche de la próxima Reconquista.
Antonio Caponnetto
NOTAS: [1] Miguel Ángel Ferreyra Liendo: “Romancero de la Guerra del Atlántico Sur”, Córdoba, Arpón, 1984. [2] Dámaso Guillermo Soraires: “Malvinas: la última guerra romántica”, Buenos Aires, Camino del Bajo, 2004, páginas 80-81. [3] Alberto Mansilla: “Argentina tiene héroes. Cinco semblanzas de la guerra de Malvinas”, Bs. As., 2003.
Y otro día, que es el que se sigue al de la Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos acudieron juntos a Pilato, diciendo: “Señor, nos acordamos que dijo aquel impostor cuando todavía estaba en vida: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercero día; no sea que vengan sus discípulos y lo hurten, y digan a la plebe: Resucitó de entre los muertos: y será el postrer error peor que el primero”. Y Pilato les dijo: “Guardas tenéis, id, y guardadlo como sabéis”. Ellos, pues, fueron, y para asegurar el sepulcro, sellaron la piedra y pusieron guardas. (vers. 62-66).
San Jerónimo. No contentos los príncipes de los sacerdotes con haber crucificado al Señor, quisieron guardar su sepultura e impedir en cuanto estuviese de su parte la resurrección. Por esto dice: “Y otro día, que es el que sigue al de la Parasceve”, etc.
Rábano. Parasceve quiere decir preparación. Con este nombre se entiende el sexto día que precede al sábado en el cual preparaban lo necesario para este día, como se dice respecto del maná: “En el sexto día recogeréis doble” (Éxodo, 16, 22) y como en el sexto día fue hecho el hombre y en el séptimo descansó Dios, por esto muere Jesús en el día sexto por el hombre y descansa el sábado en el sepulcro.
San Jerónimo. A pesar de haber cometido un horrendo crimen con la muerte del Salvador, a los príncipes de los sacerdotes todavía no les resultaba suficiente y buscaban derramar todo el veneno de la perfidia contraída hiriendo la honra del Salvador después de su muerte. Por esto llaman impostor a aquél que sabían que era inocente. Por esto dicen: “Señor, recordamos que dijo aquel impostor”, etc.
Remigio. El Señor había ofrecido que resucitaría al tercer día porque había dicho: “Así como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre de una ballena”, etc. (San Mateo, 12, 40). Pero debe observarse de qué modo resucitó después de tres días, porque algunos quieren decir que fueron las tres horas, a saber: una la de tinieblas; otra la de la aurora y del día. Sin embargo, éstos desconocen el significado de la locución figurada. Porque en sentido figurado se entienden la feria sexta en que padeció y comprende la noche precedente. Sigue después la noche del sábado con su día y la noche del día del domingo, que ya forma parte de este día. Por esto es verdad que resucitó al tercer día.
San Agustín, in serm. de Passione. Por lo tanto, resucitó después de tres días, para que en la pasión del Hijo se diese a conocer el asentimiento de toda la Trinidad. Los tres días son una figura, porque la Trinidad que en un principio hizo al hombre, es la misma que repara al hombre por la pasión de Jesucristo.
Sigue: “Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro hasta el tercero día”.
San Hilario, in Matthaeum, 33. El miedo de que fuese robado el cuerpo, y su guardia y sello es un testimonio de necedad y de infidelidad, porque quisieron sellar el sepulcro de aquél por cuyo mandato habían visto levantarse a Lázaro del sepulcro.
Rábano. Y cuando dicen: “Y este error será peor que el primero”, dicen la verdad aunque por ignorancia. Porque fue mucho peor el menosprecio del arrepentimiento en los judíos que el error de su ignorancia.
San Juan Crisóstomo, homiliæ in Matthæum, hom. 89,1. Véase cómo sin querer se conciertan para probar la verdad. Se demostró la verdad de la resurrección precisamente por las disposiciones que adoptaron. Porque habiendo sido custodiado el sepulcro, no pudo haber engaño alguno y si no pudo haber engaño, es evidente e irreprochable que el Señor resucitó. Veamos lo que Pilato contestó: “Guardas tenéis, id y guardadlo como sabéis”.
Rábano. Como diciendo: Ya tenéis bastante con que os haya permitido matar a un inocente; en cuanto a lo demás, continuad en vuestro error. “Ellos, pues, fueron y para asegurar el sepulcro sellaron la piedra y pusieron guardas”.
San Juan Crisóstomo, homiliæ in Matthaeum, hom. 89,1. Pilato no quiso que fuesen sólo los soldados los que sellaran el sepulcro, porque si lo hubiesen sellado los soldados únicamente, se habría podido decir que habían permitido a los discípulos que robasen el cuerpo del Señor y así hubiera quedado quebrantada la creencia de la resurrección. Pero en este caso ya no podían decirlo porque ellos mismos habían sellado el sepulcro.
Santo Tomás de Aquino
(Tomado de su “Catena Áurea”, comentario al Evangelio según San Mateo, cap. 27, 62-66).
Estamos otro año convocados aquí, bajo la sombra del Libertador, para honrar, recordar y reivindicar la heroica gesta de Malvinas. Heroica gesta en que la Argentina sorprendió al mundo con la recuperación del territorio usurpado durante ciento cincuenta años por una de las potencias mas poderosas de la tierra: Gran Bretaña.
Han transcurrido veintisiete años desde aquel día, un 2 de abril como hoy, y como hoy, previo al Domingo de Ramos, como hoy, lejano y silencioso.
Una vida que se inmola y una patria que se ensancha, que se pone de pie, que grita su Himno a los cuatro vientos, que se agranda con la euforia de un pueblo enardecido, que se cobija en su bandera y se une en una sola voz de libertad.
Pero han transcurrido veintisiete años y aquella fuerza, aquella unión, aquel orgullo, han pasado casi al olvido, empujados por políticas e ideologías que no sólo desfiguran los hechos, sino que los destruyen, buscando réditos que no consiguen y que nos ponen en el mas absoluto ridículo ante los poderosos.
Los gobiernos que se sucedieron a partir de 1982, cometieron una insensatez tras otra en la posguerra, para culminar hoy con la presencia de la presidenta de la Nación y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, en las tierras que ultrajaron su propia tierra.
Bajo la apariencia de un foro internacional —que terminará con todos los males de este mundo, se nos dice, en unas sesiones costosas y aburridas, donde ya sabemos quién gana— la Argentina olvida la pureza de su causa con la presencia de quien debió estar aquí, al frente de las celebraciones nacionales. Y defendiendo esa causa a costa de su propia vida, si fuera necesario, como lo juraron y como lo hicieron aquellos que dejaron su juventud preciosa, su único equipaje, en la turba helada o en el fondo del mar o en el cielo brumoso.
El usurpador impuso condiciones a los funcionarios y a la presidenta que se hallaban de visita. Para no entorpecer el brillo del encuentro, se suprimen situaciones y palabras molestias, que ya ni se tratan ni se dicen. Por lo demás, hablar de Soberanía cuando no se la ejerce, ni se quiere, ni se puede ejercerla, es tiempo perdido.
Si las 350 millas marítimas que el país colonialista reclama, nos sobran, ¡que se las queden! Ese parece ser el pensamiento de nuestro Canciller a partir de su pasividad y del desconocimiento del atropello inglés que la ciudadanía, en su mayoría, ignora. Que las Islas sean “territorio de ultramar” para el Reino Unido y que sus habitantes tengan derecho a la autodeterminación, clama al cielo, pero no hace mella en los gobernantes y en los aspirantes a serlo, ocupadísimos como están en conseguir votos.
La Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas aceptó compartir “un plato de lentejas”, en lujosos salones reales, la noche del 1 de Abril, sin recordar que en una noche como ésa, hace 27 años, las tropas de las Armas que ella hoy comanda, esperaban en profunda vigilia de cuerpo y alma, resonando en sus músculos y en sus mentes las palabras de la arenga viril y honorable de su jefe, con el arma y el rosario aferrados en sus manos ansiosas, para cumplir con la misión más heroica y libertadora que se les había encomendado.
En una noche así, en que a través de todos estos años, miles de Veteranos de Guerra de Malvinas han velado sus armas en memoria de aquella otra inigualable, este gesto presidencial degrada y ofende la vocación auténtica de los genuinos soldados.
El repudio de los argentinos será poco comparado con el desprecio y la burla con que los países que saben de guerras, como el propio país anfitrión, mirarán esta presencia. En una fecha, seguramente no elegida al azar, en la que 27 años atrás un moribundo rendía a la Inglaterra poderosa, arrancaba la bandera intrusa y enarbolaba la suya,volando después al cielo, junto a su alma, de donde nunca podrá ser arriada.
Los traidores treinta dineros de Judas, después de llevar al sacrificio de la Pasión, trajeron la gloria de la Resurrección.
Ante tanta incoherencia, creo que ha llegado la hora de Malvinas.
A través de todos estos años hemos mantenido a la Guerra de Malvinas con gran humildad y respeto, alejada de la cosa política, preservando su honor en la santidad de los claustros interiores. ¿Qué hemos obtenido en cambio? Sólo ignorancia, ofensa y tristeza, venganza y pobreza, suicidios y enfermedades, limosnas y olvido. Digamos ya: ¡basta!
Pongamos a MALVINAS en su justo lugar.
Basta de mentiras y de calumnias; basta de menoscabo a las acciones heroicas; basta de ocultar a los Veteranos de Guerra, basta de ruegos, de lamentos, de humillaciones. Malvinas es el hecho político por excelencia. No de la política de los intereses y poderes. No de la política de la corrupción y del soborno. No de la política de la intolerancia y del apriete. Es el hecho político en la concepción aristotélica: el que solamente busca el bien comun de la polis, de su pueblo.
Malvinas es la Causa Nacional, la que nos debe enorgullecer, la que nos unió, la que enlutó a todos por igual, la que nunca pidió nada habiendo dado tanto. La que debe ser ejemplo para las nuevas generaciones. La que ocupe el lugar que le corresponde en la Historia. La que espere, arrogante, el reconocimiento de ése, su pueblo, por el cual vivió, vive y vivirá hasta la victoria final, bajo la promesa de paz y de justicia, que constituyen ese bien común tan ansiado.
Malvinas está en lo profundo del alma de los argentinos, marcada con sangre, envuelta en la nostalgia del recuerdo, arrullada por las olas del océano bravío. Sola, con un catre donde soñar por las noches interminables, una mesa donde comer su Pan del Cielo, una silla donde reposar su FAL, las estrellas por techo y la turba fría donde pisar la patria. Protegida por la Cruz de su tumba, esperando, contra toda esperanza, en la soledad sagrada de la gloria.
¡Malvinas, Volveremos!
Sra. María Delicia REARTE de GIACHINO, Madre de nuestro primer caído en Malvinas
(Palabras pronunciadas en la Plaza San Martín, provincia de Mendoza, el 2 de abril de 2009)
Desde la madrugada del 1 de abril las noticias se espacian otra vez, y se concentran sobre un punto volcánico: los muelles de Alicante, convulsos aún. La ciudad estaba ya entregada, en su tercera noche a plena luz. El día 31 habían renunciado ya la mitad de los encerrados en el puerto, unos seis mil hombres. Durante la última noche sólo dos mil se resistían a la rendición. Cerraban el puerto el Canarias, el Vulcano y el Marte, junto al Júpiter. Para el resto de su vida agradecería Franco a Gastone Gambara la serenidad con que llevó todos los contactos con el desesperado enemigo —a las órdenes del coronel Burillo— y la instrucción dada al anochecer del 31, para que las avanzadas del C.T.V. fueran sustituidas por las tropas españoles recién llegadas, dos batallones de Infantería de Marina y dos del cuerpo de Galicia.
Los últimos mensajes inquietantes llegan a partir de las nueve de la mañana del 1 de abril. “Los núcleos de fugitivos de Alicante son excitados a la resistencia por el ex cónsul francés y un diputado de la misma nacionalidad”. El Canarias impide bruscamente la entrada a un navío de guerra francés y a otro mercante: disuade, de lejos, a otros barcos neutrales. Destacamentos españoles entran serenamente en los muelles y detienen a los agitadores. Hay, tras dramática votación numantina, algunos suicidios. Franco ordena a Gambara que el C.T.V. acantone junto al mar, fuera de la ciudad, en la Albufera y junto a la estación de Benalúa. Dos unidades españolas, la 17ª división y la 2ª agrupación de reserva del Centro desarman a los últimos batallones de la República, que marchan en silencio hacia el campo de concentración improvisado en la plaza de toros. Es primera hora de la tarde del 1 de abril de 1939.
Al recibir confirmación de esos datos, Franco retoca su borrador y firma el único, primer y último parte de guerra redactado personalmente por él: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.
Al caer la tarde, recibe un telegrama, fechado en Roma:
“Levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria católica España, hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que tan grande la hicieron. Con estos sentimientos efusivamente enviamos a Vuestra Excelencia y a todo el noble pueblo español nuestra apostólica bendición. Pius PP. XII”.
Aún no ha muerto el Primero de Abril cuando Franco firma la contestación al telegrama del Papa: “Intensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con motivo victoria total de nuestras armas, que en heroica cruzada han luchado contra enemigos de la religión, la patria y la civilización cristiana. El pueblo español, que tanto ha sufrido, eleva también con Su Santidad su corazón al Señor que le dispensa su gracia y le pide protección para su gran obra del porvenir y conmigo expresa a Vuestra Santidad inmensa gratitud por sus amorosas frases y por su apostólica bendición que ha recibido con religioso fervor y con la mayor devoción hacia Vuestra Beatitud. Francisco Franco, jefe del Estado español”.
Era como si Franco, en el día más hondo de su vida, tras demostrar sobriedad suprema en la redacción de su último parte de guerra, no supiese, en cambio, cómo cortar su barroca gratitud a Pío XII.
Todo había terminado en Alicante. Todo podía, ahora, comenzar.
Ricardo de la Cierva
(Tomado de su libro “Francisco Franco. Un siglo de España”)
CANTAR DEL CAUDILLO
El Caudillo entraba en Madrid vencedor. Voltean las campanas de la villa a clamor. Infantes y jinetes le llevan en honor. Hombres y mujeres le dicen loor.
Un vocero delante va diciendo su pregón: “Abran paso al Caudillo del grande corazón. Ganó todas las tierras, del sur al septentrión, y echó a los enemigos del último rincón”.
¡Cómo va rodeado de esforzados varones, aviadores, marinos, jinetes y peones, ganadores de muchas y campales acciones cuales no se escribieron en viejos cronicones!
Allí se ven Varela, que Toledo tomó, y Yagüe, aquel que en Lérida y en Badajoz entró, y Aranda, el esforzado que Oviedo defendió, y el que fue del Alcázar alcalde, Moscardó.
Y Queipo, el que hizo cierta la hazaña sevillana; Solchaga, el que ganó más tierra catalana; y Valiño, el guerrero de sonrisa lozana, vencedor de más lides en edad más temprana.
Y Dávila y Cervera, Saliquet y Vigón, y Tella y Monasterio, centauro en su bridón; Kindelán, que entre halcones es el mayor halcón, y este Martínez Campos, que es señor del cañón.
Sobre un alto tablado el Caudillo reposa junto a los capitanes de su hueste gloriosa. Otra lucida gente le saluda gozosa y el Caudillo les habla con muy galana prosa:
“Dios os guarde, legados de la Roma fatal y de la nobilísima Germania boreal y de la bien amada y hermana Portugal, todas tres predilectas de mi amor por igual”.
“Dios alargue tus días, gran Visir africano. Saludadme al Jalifa, tu noble soberano. Ved cuán buenos guerreros puso bajo mi mano el Mogreb-el-Aksá, nuestro amigo y hermano…”
Y comienzan las huestes soberbias a pasar, requetés y falanges de soberbio mirar, legionarios y moros, combatientes sin par, aviadores del aire y marinos del mar.
¡Dios, cuánta y qué gallarda pasa la Infantería! ¡Qué trueno dan los cascos de la Caballería! ¡Cómo crujen las losas con tanta Artillería! La aviación en los aires nubla la luz del día.
¡Cómo aplauden las gentes, libres ya del terror, y lloran las mujeres, de alegría y de amor! En el fondo de su alma musita el trovador: “¡Oh Dios, el buen vasallo ya tiene buen Señor!”
Ernesto La Orden (Tomado de su libro “Digo mi verdad”)