domingo, 18 de octubre de 2009

En el mes de los ángeles


ALGO PARA MEDITAR
SOBRE LOS SANTOS ÁNGELES

Los ángeles, ¿pueden o no pueden estar
en muchos lugares a la vez?

El ángel es de esencia y poder finitos. Puesto que la esencia y el poder de Dios son infinitos y causa universal de todas las cosas; con su poder llega a todas, no solamente en muchos lugares, sino en todas partes. Por su parte, el poder del ángel, porque es finito, no llega a todo, sino a una sola cosa concreta. Pues resulta necesario que todo lo que se relaciona con algún poder, se relacione con él como uno. Así, pues, como la universalidad de todos los seres constituye un único todo con respecto al poder universal de Dios, así también un ser particular constituye un único todo con respecto al poder del ángel. Por eso, como el ángel está en un lugar por la aplicación de su virtud en aquel lugar, hay que concluir que no está en todas partes, ni en muchos lugares, sino solamente en uno. Sin embargo, con respecto a esta cuestión algunos se han equivocado. Unos, incapaces de superar la simple imaginación, concibieron la indivisibilidad del ángel como la indivisibilidad del punto, deduciendo que no puede estar más que en un punto geométrico. Evidentemente, se equivocaron. Pues el punto es algo indivisible que tiene sitio, y el ángel, en cambio, es un ser indivisible al margen de todo sitio y cantidad. Por eso, no es necesario asignarle un lugar indivisible como sitio, sino uno, divisible o indivisible, mayor o menor, según que el ángel aplique voluntariamente su virtud a un cuerpo grande o pequeño. Así, todo el cuerpo al que se aplica por su virtud, le corresponde como un solo lugar.

Así, pues, resulta evidente que estar en un lugar le corresponde de distinta manera al cuerpo, al ángel y a Dios. El cuerpo está en un lugar circunscribiéndose a él, ya que sus dimensiones se adaptan al lugar. El ángel no se circunscribe al lugar, ya que sus dimensiones no se adaptan al lugar, sino que se delimita a él, puesto que está en un lugar de tal modo que no está en otro. Dios no está ni circunscripto ni delimitado, porque está en todas partes.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen lo futuro?

Lo que es signo propio de la divinidad no les corresponde a los ángeles. Pero conocer lo futuro es el signo propio de la divinidad, según aquello de Isaías 41, 23: Anunciad lo que más tarde ha de suceder, y sabremos que sois dioses. Por lo tanto, los ángeles no conocen lo futuro.

Lo futuro puede ser conocido de dos maneras:

1) La primera, conocer lo futuro en su causa. De este modo se conoce con ciencia cierta lo futuro que necesariamente proviene de sus causas. Ejemplo: Mañana saldrá el sol.

2) En cuanto a lo que proviene de sus causas en la mayoría de los casos, no se conoce con certeza, sino sólo por conjeturas. Ejemplo: El médico pronostica la salud del enfermo. Éste es el modo de conocer lo futuro que le corresponde a los ángeles, y tanto más que a nosotros por cuanto conocen las causas universales de las cosas con mayor perfección; como los médicos que con mayor agudeza ven las causas de un mal pronostican mejor el futuro desarrollo de la enfermedad.

3) Por último, lo futuro que proviene de sus causas en pocos casos, es del todo desconocido. Ejemplo: Lo casual o fortuito.

Aun cuando la inteligencia del ángel está por encima del tiempo que mide los movimientos corporales, sin embargo, en él hay tiempo en cuanto sucesión de pensamientos. Por eso dice Agustín en VIII Super Gen. ad litt.: Dios mueve a la criatura espiritual en el tiempo. Y puesto que en el entendimiento del ángel hay sucesión, no está presente a él todo lo que se hace en el transcurso de todos los tiempos.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen
los pensamientos del corazón?

Lo que es propio de Dios no le corresponde a los ángeles. Pero conocer los pensamientos de los corazones es propio de Dios, según aquello de Jeremías 17, 9-10: Perverso es el corazón del hombre; e inescrutable. ¿Quién lo conocerá? Yo, el Señor, que penetro los corazones. Por lo tanto, el ángel no conoce el secreto de los corazones.

El pensamiento del corazón puede ser conocido de dos maneras:

1) La primera, en su efecto; y de este modo puede ser conocido no solamente por el ángel, sino también por el hombre. Y tanta mayor ventaja lleva el ángel cuanto más recóndito sea el efecto. Ejemplo: Un pensamiento es conocido a veces no sólo por algún acto externo, sino también por la alteración de las facciones, y los médicos pueden conocer algunas afecciones del alma por el pulso.

Los ángeles, pues, lo mismo que los demonios, las conocerán tanto más cuanto con mayor penetración escudriñen este tipo de alteraciones corporales ocultas. Por eso Agustín, en el libro De divinatione dæmonum, dice: Los demonios a veces descubren con toda facilidad las disposiciones de los hombres, y no sólo las que manifiestan de palabra, sino también las concebidas en el pensamiento, porque en el cuerpo se refleja el estado del alma. En su libro Retractaciones, no obstante, dice que no puede asegurar cómo sucede esto.

2) La segunda manera es conocer los pensamientos conforme están en el entendimiento, y los afectos como están en la voluntad. De este modo sólo Dios puede conocer los pensamientos de los corazones y la tendencia de la voluntad. El por qué de esto radica en que la voluntad de la criatura racional no está sujeta más que a Dios, y en ella, como más adelante veremos (q. 105 a. 4; q. 106 a. 2; 2-2 q. 9 a.6), sólo puede obrar el que es su objeto principal y su último fin. Por eso, lo que está en la voluntad o lo que depende de la voluntad, solamente es conocido por Dios. Es evidente que de la voluntad sola depende que alguien piense de hecho alguna cosa, porque cuando alguien tiene el hábito de la ciencia o posee especies inteligibles, lo usa cuando quiere. Por eso dice el Apóstol en I Corintios 2, 11: Lo que hay en el hombre nadie lo conoce a no ser el espíritu del hombre que está en él.

El apetito animal no es dueño de sus actos, sino que sigue el impulso de otra causa, sea material o espiritual. Debido a que los ángeles conocen los seres corporales y sus disposiciones, por este medio pueden conocer lo que hay en el apetito y en la percepción imaginativa de los animales e incluso en el de los hombres, cuyo apetito se desencadena siguiendo algún impulso corporal. En los animales siempre sucede así. Sin embargo, no es necesario que los ángeles conozcan el movimiento del apetito sensitivo o la percepción imaginativa del hombre en cuanto movidos por la voluntad y por la razón, porque también la parte inferior del alma participa de alguna manera de la razón, como el que obedece al que manda, según se dice en la Ethica. Del hecho de que el ángel conozca lo que hay en el apetito sensitivo o en la imaginación del hombre, no se sigue que conozca lo que hay en su pensamiento o en su voluntad, porque el entendimiento y la voluntad no están sometidos al apetito sensitivo ni a la imaginación, sino que, por el contrario, pueden utilizarlo de distintas maneras.

Los ángeles, ¿conocen o no conocen
los misterios de la gracia?

Nadie aprende lo que ya sabe. Pero los ángeles, incluso los superiores, investigan los misterios de la gracia y los aprenden. Pues se dice que la Sagrada Escritura habla de ciertas esencias celestes que proponían cuestiones al mismo Jesús y aprendían la ciencia de su obra divina en favor nuestro, y Jesús les enseñaba directamente. Esto concuerda con aquello de Isaías 63,1 cuando preguntan los ángeles: ¿Quién es éste que viene de Edom? Y responde Jesús: Yo, el que anuncia la justicia. Por lo tanto, los ángeles no conocen los misterios de la gracia.

En los ángeles hay dos clases de conocimiento.

1) Uno natural, por el que conocen las cosas, bien por su esencia o también por especies innatas. Con esta clase de conocimiento no pueden conocer los misterios de la gracia, porque éstos dependen de la sola voluntad de Dios. Si un ángel no puede conocer los pensamientos que dependen de la voluntad de otro, mucho menos conocerá lo que solamente depende de la voluntad divina. Esto mismo es lo que argumenta el Apóstol en I Corintios, 2, 11: Lo que hay en el hombre nadie lo conoce a no ser el espíritu del hombre, que en él está. Así también, las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios.

2) Pero los ángeles tienen otra clase de conocimiento: el que los hace bienaventurados y por el que ven el Verbo y las cosas en el Verbo. Por esta visión conocen los misterios de la gracia, aunque no todos los misterios, ni todos los ángeles por igual, sino en la medida en que Dios haya querido revelárselos, según aquello del Apóstol en I Corintios, 2, 10: Dios nos los ha revelado por su Espíritu. Sin embargo, los ángeles superiores, que contemplan con mayor penetración la sabiduría divina, conocen en la visión de Dios mayor número y más elevados misterios que después manifiestan a los ángeles inferiores cuando los iluminan. Y entre los mismos misterios hay algunos que los ángeles conocieron desde el principio, y otros que les fueron enseñados más tarde, conforme lo iban exigiendo sus ministerios.

Santo Tomás de Aquino
(Extractos de la “Suma Teológica” - Iª, q.52,a.2; q. 57, as.3,4,5)

miércoles, 14 de octubre de 2009

Testigo de cargo


LA DISOLUCIÓN
DE LA DISOLUCIÓN

Todos mis lectores, memoriosos o no, habrán advertido que en los últimos números de esta combativa revista me he regodeado y especializado en mostrar testimonios de gente tanto de la izquierda como de la derecha liberal que levantan sus voces para protestar y preocuparse por el estado del mundo.

Más allá del valor de lo que dice cada uno de esos preocupados protestones, el síntoma me parece sencillamente maravilloso. Quiere decir que el agua está llegando al cuello y creando en los dueños del mundo una situación incómoda porque sucede que esas aguas miasmáticas que rondan ya el nudo de las corbatas ¡también les llegan a ellos, a sus vidas y a sus familias!

Nadie escapa a la sensación de que estamos viviendo en una burbuja de mentiras y al mismo tiempo en un pantano de disolución social. Bueno, ahora parece que hasta la disolución se está disolviendo.

Veamos, si no, el discurso que pronunció al asumir su cargo el nuevo Presidente de la Republique Française, Monsieur Sarkozy. La primera lectura es impresionante. Casi cada frase es una toma de conciencia del estado en que vive el mundo occidental.

Sarkozy se presenta como el enemigo jurado de “la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas. El pensamiento único de los que lo saben todo…” y promete también “No vamos a permitir mercantilizar el mundo en el que no quede lugar para la cultura”.

Como comienzo, no está nada mal. Monsieur le President toma nota de los dos polos de poder que dejan al suyo propio reducido a una mínima parte: el poder cultural que a través del sistema de educación forma a las clases dirigentes y les insufla el pensamiento único y el poder económico, cuyas desmesuras ponen por un lado en peligro la vida en la tierra y por el otro dominan la mente del pueblo llano mediante la televisión y otros excretores de pornografía y estupidez.

Y sigue luego: “Desde 1968 no se podía hablar de moral. Nos habían impuesto el relativismo, la idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, así como que el alumno vale tanto como el profesor…” Seguimos muy bien, pero ya empiezan a asomar algunas de las (graves) insuficiencias de M. Sarkozy.

Veamos. Seré el primero en alegrarme si me equivoco en mi vaticinio, pero seré también el primero en alegrarme si la previsible derrota del actual Presidente deja al menos en claro qué fuerzas lo han derrotado y por qué. Ese será un paso adelante, un paso positivo hacia el momento en que la disolución termine de disolverse. Porque parece que M. Sarkozy no ha tomado clara conciencia de qué es lo que realmente tiene enfrente. Es una gran cosa que nada menos que en Francia se hable de “esa izquierda que desde mayo de 1968… atiza el odio a la familia”.

Muy bien. Pero si el Presidente o alguien cree que las cosas comenzaron a andar mal en 1968… ya erramos el diagnóstico y con un diagnóstico equivocado es muy difícil acertar el tratamiento adecuado. Volveremos, como tantas veces, a confundir los síntomas con la enfermedad.

La modernidad vomitó, en el siglo XVIII, a los cuatro ciclistas del Apocalipsis. ¿Por qué ciclistas? Porque todos los personajes propios del iluminismo montaban un proyecto que sólo podía subsistir si se pedaleaba fuertemente y se lo mantenía en marcha acelerada. Primero los ricos, que construyeron la economía más productiva de la historia pero al precio de crecer, crecer, pedalear, pedalear, producir, producir. De pronto nos damos cuenta de que esa desmesura no puede sino terminar mal. Por el lado de los hombres, creando consumistas idiotizados por el último producto electrónico. Por el lado de las cosas, agrediendo al planeta.

El segundo ciclista son los intelectuales, un tinglado cultural en el que la crítica y la duda como principios absolutos terminan por devorar todas las certezas y caen, inexorablemente, en ese relativismo que preocupa a M. Sarkozy. Aquí también el sistema de la cultura (la del “discurso crítico”, como la llama Gouldner) es un mecanismo que tiene que roer y roer certezas, pedalear, pedalear, hasta que ya nada queda en pie, ni siquiera la misma cultura destructiva.

El tercer ciclista es el político, que tiene que curar siempre “los males de la democracia con más democracia” y prometer, prometer y prometer igual que pedalear, pedalear y pedalear, construyendo futuros sin pobres, sin guerras, sin desigualades… pero en sus cabezas. Aquí también el sistema lo exige: hay elecciones cada dos años y hay que inventar consignas para que la bicicleta continúe andando. Hasta que le memoria colectiva se sature y diga basta de utopías y de promesas vanas… hasta ese momento hay que seguir pedaleando. El conjunto responde a la definición de lo que los griegos llamaban hybris, la desmesura de las civilizaciones que caen en manos de sus peores elementos.

EL CUARTO

No te sientas defraudado, lector amigo, que aquí viene el cuarto ciclista del Apocalipsis. Habrás advertido que hemos descrito tres constantes de la modernidad: el rico que maneja una bicicleta que tiene por meta crecer, crecer y crecer. El intelectual que maneja una bicicleta que tiene por meta destruir los eternos mecanismos sociales sin reemplazarlos por nada eficaz. El político democrático que no logra ni logrará jamás solucionar los problemas de los hombres sencillamente porque eso no entra en sus cálculos: él quiere ganar elecciones, no gobernar.

Atrás, como arriando a los demás, viene la cuarta fiera puesta en libertad por el Siglo de las Luces. Pero de este protagonista no se puede hablar con la claridad con que se habla de los otros. No se lo puede mencionar por su nombre, pero se puede decir que es un pueblo que sale al ruedo en busca de un mesías humano, de un predominio imperial. Va detrás de los otros pero podría ir delante. Por el momento acumula un poder que admira por su fragilidad —si uno se limita a una zona del mundo— y deja atónito por su magnitud si uno atiende a los mecanismos de poder vicario (que unos ejercen por otros). Y conste que no se trata de una denuncia, sino de una interpretación teológica de la historia.

Lo grave para M. Sarkozy es que si apunta tres centímetros más debajo de esos grandes poderes, de esos ciclistas del Apocalipsis, corre el riesgo de quedarse en reformas impresionantes pero a la larga anodinas. Saludemos su aparición como síntoma del comienzo de la disolución de la disolución. Pero nadie se haga ilusiones —ay— sobre la eficacia de una acción que, para ser eficaz, exigiría dirigentes y votantes muy distintos.

DOS MADRES

Atiende, oh lector, lo que voy a contarte porque es mucho más eficaz, para entender lo que es la modernidad y el progreso que todo lo que te puedan enseñar los intelectuales por el estilo de Carlos Altamirano. (Ver número pasado)

El miércoles 25 de julio a eso de la mañanita trajeron a mi casa el ejemplar diario del diario “La Nación”. Apoltronado, más que recostado, en mi lecho de octogenario, comencé a leerlo con el escaso interés que me suscitan las acrobacias ideológicas de los periodistas de Saguier. De pronto se encendieron todos los radares: Una nota firmada por Don Sergio Dimaría anoticiaba de que en Mendoza una mujer había acudido a un Hospital a dar luz a su décimo hijo y se encontró con la sorpresa de que no era el décimo sino que eran del décimo al décimo tercero de un solo saque. Dio a luz cuatrillizos, todos sanos.

Hasta aquí la noticia es curiosa, pero no mucho más. Sucede que la multípara conversa con el cronista y dice que “no para de agradecer a Dios por la bendición de estos cuatro niños”. Su marido es albañil y ella trabaja en una panadería, pero sabe muy bien que “si una mujer está decidida a traer hijos al mundo es para darles amor, cariño y todo lo que necesiten” y doña Carina Mayorga, de 36 años, concluye muy guapa explicando “que no me le achico al reto de criar trece hijos”. Como frutilla de este exquisito plato, anotemos que los recién nacidos se llamarán Juana Candela, José María, Santiago y Pablo, no Jessica ni otro nombre de película. Bien. Bien.

Ahora saltemos al sábado 28 de julio, solo tres días después, y a las páginas de la más bien asquerosita revista “Noticias”. Allí nos enteramos de que en Buenos Aires se está realizando una selección (casting en la neoparla) de artistas adolescentes que intervendrán en un espectáculo llamado “High School Musical”. Sucede que una de las veinte adolescentes pre-seleccionadas ha perdido su lugar porque se ha descubierto que ha sido protagonista entusiasta de una película porno de nivel de aficionados, filmada entre amigos y “novios” y puesta a navegar en la red por un primo celoso. Hasta aquí, una noticia bastante vulgar, que contiene el infaltable ingrediente de la frecuentación, por la protagonista, de una escuela católica. Ingrediente que “Noticias” no se priva de destacar y que no tiene nada de asombroso para los que conocemos el estado de la educación “católica”.

Lo asombroso viene ahora. Concedida la palabra a la madre (Silvia Estrada) de la adolescente pornográfica, ésta manifiesta: “Sabía del video y aunque padres y abuelos no lo entendemos, filmarse en la intimidad es parte de una moda nueva de los jóvenes. Así como los más grandes nos sacamos una foto abrazados y dándonos un beso, ellos hacen eso”.

Desde luego, la tentación es de calificar de imbécil pluscuamperfecta (como decía Osés) a Doña Silvia Estrada y seguir nuestro camino. Pero la comparación entre el lenguaje de la madre de trece hijos y la de la progenitora de la putita precoz me parece que da para mucho más. No tanto por el enfrentamiento de dos mundos morales sino sobre todo por la comparación de dos universos de conocimiento y sentido de la vida.

La Señora Mayorga vive en una realidad sometida a normas, en un mundo de obligaciones para con los hijos que trae al mundo. Es un mundo con sentido, con caminos y metas preexistentes. La Señora Estrada, en cambio, es uno de los mejores ejemplos que conozco de que la empresa de Gramsci —“cambiar el sentido común”— es ilusoria y prueba que la pérdida del único sentido común produce estos inenarrables baches de anomia en los cuales se puede comparar una foto de grupo y una película pornográfica. Esta señora (mujer de un político democrático, añadamos) es de las seguidoras de Serrat y su mundo sin caminos.

Su hija es su fiel discípula y comienza temprano la promisoria construcción de caminos. Lo único que no entiendo es por qué excluyen a la nena del casting simplemente porque se salteó un par de etapas. Si todos saben que toda bicha que camina por el mundo del espectáculo va a parar al mismo asador al que ella llegó prematuramente. Es decir, la pérdida total de la vergüenza, que es condición necesaria para ingresar en la modernidad y gozar de sus prebendas.

UNA CORTE DE INMORALES

Desde hace muchos años los argentinos hemos caído en la espantosa trampa de las opciones sin escapatoria. Se ha visto claramente en todas las últimas elecciones presidenciales, pero ahora se extiende a todos los rincones de la vida pública. Recuerden el caso de la Corte Suprema creada por Alfonsín, compuesta por jueces sin relieve y su modificación hasta lograr la Corte de Menem, la de la mayoría “automática”.

Si yo sostuviera ahora que la de Kirchner es la peor de todas no faltaría quien me acusara de exagerado, tremendista y petardista, recordándome el renombre de varios de sus jueces. Sucede que cuando un país entra en crisis, uno de los primeros mecanismos que se cuartean es el de los prestigios sociales.

Porque, no nos engañemos: la fama actual es hija de la pública opinión, y la pública opinión es hoy la esclava de todo un sistema que tiene de cualquier cosa menos de la espontaneidad y la libertad que se suponía eran sus características esenciales.

Hoy, medios de difusión mediante y dominio de los mecanismos de producción de los prestigios intelectuales mediante, la fama ya no es el reflejo de una pública opinión libre sino el resultado de intrigas de poder. Zaffaroni goza de un predicamento infinitamente superior a sus méritos reales porque sus libros y sus artículos son difundidos urbi et orbi gracias a esas complicidades de alto vuelo.

Pero no es esta la razón por la que afirmo que nos encontramos frente a una corte de inmorales. Más modestamente, me remito a un largo artículo en “La Nación” del 22 de julio pasado. Allí le dan a la Dra. Carmen Argibay una página y media completa para que exprese su pensamiento. Y dice muchas cosas, pero la cosa verdaderamente significativa que dice se refiere al reciente fallo de la Corte en el caso Riveros.

Este caso, para los distraídos, consiste en que hace años la Suprema Corte de Justicia de la Nación absolvió de ciertos cargos vinculados con la Guerra Revolucionaria al General Santiago Riveros. Era otra Corte, pero uno de los miembros actuales estaba entre los que firmaron esa sentencia, aunque en realidad éste es un detalle sin importancia. Todo el orden jurídico está basado en la continuidad de las instituciones y no en la de los hombres.

De modo que si la Suprema Corte argentina (la integre quien la integrase) pronuncia una sentencia definitiva sobre un caso y esa sentencia queda firme (es decir, que ya no hay más recursos posibles en su contra) absolutamente nadie —ni la misma Corte— puede volver a juzgar el caso resuelto en la sentencia. Éste —el de la cosa juzgada— es otro de los pilares fundamentales del orden jurídico.

Lo cierto es que la actual Corte acaba de derogar ese fallo, con la disidencia de la Dra. Argibay, ordenando vuelva a enjuiciarse al Gral. Riveros. La docta jueza no deja de pronunciarse contra el fallo pero escapa —es por demás astuta— a toda crítica a sus pares. Sin embargo, el hombre de la calle se dice: la doctora Argibay explica su voto como una negativa a confundir venganza y justicia. Y “La Nación” le da grandes titulares con esa idea en la primera página del Suplemento “Enfoques” de los domingos.

Ahora bien: si ella optó por la justicia y no por la venganza, la conclusión obligatoria es que sus colegas de la Corte optaron por la venganza. ¿Y se quiere algo más inmoral y repugnante que una corte que falla basada en la venganza y no en la justicia? ¿Hay otra conclusión posible? ¿Hay otra interpretación aceptable?

Para colmo, no se trata de la venganza personal que, por pecaminosa que sea, admite al menos la comprensión. ¿Qué tendría que vengar —personalmente— el Dr. Zaffaroni, sumiso funcionario judicial del Proceso, por ejemplo? ¿Cuál de los otros jueces puede aducir un agravio personal por parte de los militares? Quizás la única sería precisamente la Dra. Argibay, que estuvo unos meses detenida.

De modo que el voto de la mayoría, si en efecto se fundara en la venganza, lo haría en el tipo más deleznable de ésta: el resentimiento ideológico de ratas que esperaron la caída de sus enemigos para roerles los ojos.

LA PUTREFACCIÓN DE LA IZQUIERDA

La modesta aspiración de este cronista es que dentro de unos doscientos años un investigador imparcial recale en un Instituto Bibliográfico y encuentre una colección encuadernada de esta revista. Que se ponga a leer esta impar sección y diga: “Oia, parece que ya en el siglo XXI se daban cuenta de que la izquierda no funcionaba”.

Esta modesta aspiración supone que en el siglo XXIII todavía va a haber un mundo con seres vivos, un país con alguna institución viva y que la izquierda va a seguir existiendo.

No es difícil que así suceda. No por virtudes de la izquierda sino por defectos de lo que no lo es. Viejo cuento que entiende todo contemporáneo: ¿alguien cree que Cristina podría llegar a ser Presidenta de la Nación Argentina si no fuera porque enfrente tiene una larga colección de Nadies? O sea, que es muy probable que de aquí a doscientos años la izquierda siga discutiendo su esencia y las tres mil divisiones que la caracterizan se hayan convertido en treinta mil, todas ellas seguras de conocer el camino “científico” para arreglar el mundo.

Como quiera que fuese, en estos años inaugurales del siglo XXI hay un fenómeno digno de destacar en el seno de la izquierda. Es la conciencia cada vez más clara, entre sus mismas huestes, de que en rigor no tienen nada que ofrecer. Nada.

Observemos lo que dice don Pacho O’Donnell (conocido funcionario de conocidos gobiernos) en “Perfil” del 8 de julio: “La centroizquierda tiene consignas mucho más atractivas que la centroderecha pues, por ejemplo, le pertenecen con exclusividad las reivindicaciones por los derechos humanos, pero su ineficiencia en el gobernar y su vacuo ideologismo ha vuelto a poner en valor aquella consigna (roquista) de paz y administración”. Lo cual explicaría el triunfo de Macri.

¡Notable texto del funcionario-novelista! Primero, parece que se trata de tener “consignas atractivas” no soluciones para los problemas de la gente. Y, en efecto, en eso ha derivado el discurso democrático que comenzó prometiendo, con los Parlamentos, una inagotable y esclarecedora discusión sobre todo lo opinable. O sea, todo. Y que ahora se conforma, humildemente, con “consignas” que “atraigan” a alguien como la miel a las moscas. Segundo, O’Donnell cree (parecería que en serio) que “las reivindicaciones por los derechos humanos” no tienen nada que ver con la “vacua ideología” de la izquierda.

Pacho: imagine Usted que la izquierda fuera algo serio y defendiera en serio los derechos humanos. ¿Cree que hubiéramos asistido al aquelarre jurídico al que asistimos y seguimos asistiendo en la Argentina? La “centroizquierda”, como Usted dice, ¿por qué tuvo que tragarse todos los sapos de la izquierda extrema y aceptar que terrorismo es solamente matar desde el Estado? La “centroizquierda”, al encolumnarse atrás de la Guerra Revolucionaria que llevó a cabo la izquierda leninista, demostró que no tiene mensaje propio y que se esconde tras el leninismo para ver si encuentra o soluciones o por lo menos justificaciones ante la Historia.

No son, pues, dos cosas distintas, “la reivindicación por los derechos humanos” y la “vacua ideología”. La centroizquierda ha metido lo primero en lo segundo y así le va. ¿O cuánto más creen que les va a durar esas reivindicaciones tuertas?

Más entretenido resulta leer —en “La Nación” del 12 de julio— los exabruptos de don José Saramago, que si poco sabe por comunista (“comunista hormonal”, así se autocalificó) menos sabe por viejo. El geronte está furioso con la izquierda (como Pacho) y no se priva de decirlo con todas las letras: “Hoy no veo nada más estúpido que la izquierda” y también que “de los ideales no queda nada”.

Pero no ha de perderse la esperanza. Aunque en Europa renazca la derecha y se asista “hasta a la presencia de extrema derecha con insignias fascistas” la consigna es la de siempre “hagamos una revolución”, pero esta vez sin armas, y con esta consigna: “no cambiaremos la vida si no cambiamos de vida”.

¡Y después don Karl hablaba de los socialismos utópicos! Hay un inconveniente. Con la juventud no se puede contar porque “el gran problema es que los chicos y las chicas de hoy no tienen pasado. Sólo tienen presente. Nosotros, a esa edad, teníamos un pasado: no sólo nuestro sino de la familia. Para las generaciones jóvenes el pasado no existe”. Oiga, don José, ¿y Usted cree en serio que en esa ruptura de los jóvenes con el pasado Ustedes los iluministas no tienen nada que ver? ¿Quién cortó las raíces de la Tradición en que todos encontrábamos nuestra identidad colectiva? Vamos, que a los noventa y tantos está feo tirar la piedra y esconder la mano. O tocar el timbre y salir corriendo.

SOBRE BEBÉS

Voy a comenzar esta notícula con una confesión personal: me he vuelto un viejo gagá de los bebés. Sucede que después de haber tenido en mis brazos (durante cincuenta y seis años de matrimonio) a setenta bebés (doce hijos, más cincuenta y ocho nietos) mis bisnietos viven en mayoría en el interior y los veo poco. De modo que todo aquello que involucre a chiquitines tiene de entrada mi simpatía.

Aunque en realidad en “Los niños del hombre”, película inglesa, el bebé tarda en aparecer. Estamos en un mundo en el que hace más de veinte años que no nacen niños y hay un ambiente apocalíptico agravado por la multiplicación cancerosa de los inmigrantes islámicos. Es una época de violencia y desolación, bien mostradas por la película. Una trama dentro de la trama hace que un joven don nadie se vea de pronto involucrado en la salvación del primer bebé que nace después de tantos años.

En lo que para mí es la escena central, dos grupos de combatientes se están destrozando en un paraje cuasi lunar. De pronto se oye el llanto del niño y poco a poco las armas enmudecen y la madre con su hijo pasa en medio de los que luchaban, que han hecho un alto el fuego espontáneo. Algunos caen de rodillas y alguno se persigna al pasar el bebé. Es, lejos, la mejor escena. Sin muchas explicaciones el niño toma el carácter de un símbolo que transforma una película de acción en algo digno de pensarse.

Me gustaría oír uno de esos comentarios esclarecedores que hace F.M. Por mi parte pienso que había un gran tema aprovechado a medias. En cualquier forma, es la primera película que conozco en la que el atroz tema de la despoblación de Europa y la irrupción del mundo islámico se presenta como parte medular de un argumento.

ROMINA, FELISA, EL CAÑO

“Si la vergüenza se pierde / nunca se vuelve a encontrar”. José Hernández sabía lo que decía: la vergüenza es el síntoma más delicado y preciso de una personalidad. Su pérdida provoca un desequilibrio del que difícilmente puede salirse.

Para tener vergüenza hay que partir de una clara noción del bien y del mal y hacer que penetre en nuestro entero ser. Sin esas dos condiciones no hay nadie con vergüenza. Primero: saber de qué debe uno avergonzarse; segundo: tenerlo tan asumido que lo que es vergonzoso nos pegue en el alma, pero como un golpe que no puede soportarse. En la década del ´40 un diputado radical participó del llamado “Negociado del Palomar”. Recibió una suma que hoy sería considerada una propina, pero en cuanto el escándalo saltó a los diarios, el diputado se pegó un tiro.

Sabía bien que había hecho algo malo, sabía bien que había dejado inficionarse su alma de ese mal y pensó —poco importa si con razón o sin ella— que ya no podía seguir viviendo. ¿Vergüenza en esta época de relativismo en la que nadie —o casi nadie— sabe qué es bueno o qué es malo? ¿Vergüenza en esta época de personalidades fofas y sin relieve, que no asumen ningún compromiso profundo?

En números anteriores hemos hablado de la pérdida total del pudor por parte de millones de señoritas (muy agraciadas) que hacen y muestran cualquier cosa con tal de salir en televisión. Eso ha terminado de producir, en nuestras sociedades, la quiebra final de lo poco que quedaba de vergüenza y de pudor. Pero ese espíritu no se limita a las acrobacias sexuadas que don Tinelli convoca en torno a un caño: se extiende como una peste repulsiva por toda la sociedad. Lo muestran los casos de Felisa Miceli y Romina Piccoloti que no sólo roban, defraudan y estafan, sino que se presentan muy sueltas de cuerpo en la TV defendiéndose. No solo han perdido el sentido del bien y del mal, sino que son incapaces de asumir que por ellas suenan las campanas. Ni hablemos de suicidio. Uno se contentaría con muchísimo menos: con que se callaran la boca.

Pero no, metafóricamente iguales a las señoritas del caño, Romina y Felisa exhiben su mercadería (el sobre con dinero de marras, las designaciones de toda la familia) con el mismo desparpajo. Aunque entendieran lo que está bien y lo que está mal, la cultura vigente les ha hecho imposible asumir de qué manera están metidas en el asunto.

POLÍTICA SIN DIOS

Así se llama el libro que con el subtítulo “Europa, América. El cubo y la catedral” publicó un escritor católico americano —George Weigel— del cual hemos comentado otra obra en esta sección.

La cosa comienza con una visita del autor a París y allí al “Grande Arche de la Defense” concebido por Mitterand, un adefesio cúbico modernista. Sucede que en el folleto turístico que le entregan se hace notar que bajo ese arco cabría cómodamente la Catedral de Notre Dame, fina joya del arte medieval.

De allí arranca la reflexión de Weigel, estructurada en torno a la comparación entre la situación político-cultural de Europa y la de Estados Unidos. Recorrer toda su argumentación sería muy largo, pero centrémonos en los dos polos que de alguna manera sintetizan las dos realidades que analiza. En Estados Unidos subsiste una religiosidad popular que en Europa está casi extinguida. Pero eso es casi lo de menos: en Europa existe algo que, según Weigel, no hay en Estados Unidos: una auténtica “cristofobia”, un deseo de borrar lo más pronto posible la presencia de (los restos del) Cristianismo de la sociedad. El ejemplo más notorio y flagrante fue la eliminación, en el proyecto nonato de Constitución europea de toda mención de la importancia de la herencia cultural cristiana.

Cuando Weigel recuerda que Europa “está cometiendo un verdadero suicidio demográfico mediante una despoblación sistemática… la mayor reducción sostenida de la población europea desde la Peste Negra del siglo XIV”, cualquiera advierte la razón que tiene su crítica de la política europea “sin Dios”. Cuando analiza las raíces y los resultados de una cristofobia construida por los dueños de la cultura, es fácil coincidir con él. No digamos cuando se atreve a preguntar “¿cómo es que existen burdas caricaturas del cristianismo (y enumera algunas) que llegan a tolerarse en la cultura popular europea de un modo en el que jamás se tolerarían semejantes difamaciones del judaísmo o del Islam?” (Habría que agregar que uno de los dos términos —el Islam— ha caído también bajo los dardos de los iconoclastas. No se registra nada parecido en relación con los judíos, que siguen siendo intocables).

Weigel se mete inclusive con los indicadores económicos de Estados Unidos y de Europa, haciendo notar que la economía europea atraviesa muy serias dificultades. Añade un dato curioso, que confieso me llamó la atención: Alemania, “la locomotora económica” europea, tiene un producto bruto per cápita equivalente al del Estado americano de Arkansas.

Todo está muy bien, y uno más bien piensa que Weigel se queda corto al plantear los desafíos sin salida planteados en Europa: la dictadura del relativismo y el colapso demográfico. Donde ya no estamos tan seguros es cuando empieza a contraponer al modelo europeo en dificultades las ventajas del modelo americano. Por lo pronto, no podía haber elegido peor la imagen simbólica de esa contraposición: la “espléndida catedral parisina de Notre Dame… y el gran cubo modernista de la Defense”. Porque la Catedral se hizo en Europa mientras que el modernismo cubista en arquitectura, los “rascacielos” y las grandes torres fueron impuestos en el mundo como una creación americana, más allá de los arquitectos que inventaron el modelo.

Pero ahora viene lo más grave… En un rapto de buena fe, Weigel enumera los “frentes que crean una gran perplejidad (en Estados Unidos): una regulación legislativa del aborto con la que ciertas especies de aves en peligro están legalmente más protegidas que un feto humano de siete meses, el recurso demasiado amplio y demasiado fácil a la pena de muerte; una serie de vulgaridades culturales de varios géneros, que incluyen la exportación masiva de pornografía por Internet; …elevadas tasas de divorcio y de nacimientos extramatrimoniales: imposibilidad de debatir ciertos temas, como el significado del matrimonio o la ética de la investigación con embriones en términos que excluyan el sentimentalismo o el utilitarismo; preponderancia de la corrección política, con la consecuente asfixia del discurso libre y de una argumentación seria, en demasiadas instituciones de enseñanza superior; introducción forzada en la vida pública de un moderado (?) secularismo… Obviamente la lista podría alargarse sin gran dificultad”.

¡Pobre Weigel, hombre de buena fe y de buena voluntad! Le es imposible entender que lo que está describiendo no son dos modelos sino dos etapas de un mismo modelo, y que lo que a él le parecen “frentes que crean una gran perplejidad” no son sino las cabeceras de puente del enemigo a partir de las cuales avanzará y llevará a Estados Unidos al mismo sitio en el que está Europa. O peor.

Aníbal D'Ángelo Rodríguez

lunes, 12 de octubre de 2009

Especialmente el 12 de octubre


LA BANDERA DE ESPAÑA
NO SE ARRÍA


Uno de los actos más recios y sublimes que hay es la izada del pabellón patrio por parte de una escuadra militante. La enseña ondea al viento, alegre y victoriosa, mientras sus soldados rinden el homenaje de sus erguidas figuras, renovando el juramento que allí les congrega, apostando la propia sangre en su defensa.

El acto sublime y recio cobra transcendencia cuando, una vez izada la bandera, ésta tributa el honor debido al Dios de los Ejércitos y de las Naciones. Es todo un pueblo quién, bajo los colores de su estandarte, ofrece pleitesía a la Verdad, implorando la entronización de Cristo Rey en el trono sagrado de la Patria.

España, en su roja franja del pendón, no disimula la herencia martirial y heroica de aquellos paladines de la Fe que testificaron la Cruz y el Imperio con sus vidas. El Hijo del Trueno, Santiago el Apóstol, que regó nuestra tierra, ahora santificada, con su generosa sangre, tomando para siempre la comandancia hispánica. San Hermenegildo, la máxima expresión de fidelidad a la Fe Católica, que le llevó al enfrentamiento con su padre hasta la muerte por no pactar y negociar la rendición de la Verdadera Doctrina. Los cruzados en Jerusalén, en Lepanto y los encuadrados en los Tercios de Flandes. Las aspas de san Andrés paseando triunfantes en sus conquistas y amortajando los cuerpos de los que nunca regresaron. Las partidas carlistas del XIX y los falangistas, requetés y soldados del 36. Todo ello visible y contenido en el flamear victorioso de la roja y gualda sobre las ruinas del invicto Alcázar toledano.

El gualda nos recuerda la grandeza de España hasta las confines del orbe, evangelizando, conquistando y civilizando los pueblos y las gentes de medio mundo. España, la Católica España, iluminando de teología los Concilios toledanos o impartiendo claridad en Trento. La luz del pensamiento y la doctrina, el albor del Imperio anudado a la Iglesia, la reyecía católica de sus monarcas y las miles de ermitas marianas levantadas con el sudor de los españoles en todos y cada uno de los rincones de la Patria.

La Organización de los actos conmemorativos de la renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón había dispuesto la retirada de todas las banderas de España. Y así lo hicieron, una a una, de entre las veinte mil personas allí congregadas, dentro de la explanada que sirve de base al magnífico monumento del Cerro de los Ángeles. La orden era clara y rotunda. Rechazar la España antes descrita y representada en los colores de su Enseña Nacional. Es la renuncia expresa al catolicismo en España, a su unidad religiosa, a su historia, sus mártires y sus santos. Por enemistad, cobardía o complejo se quisieron arriar las banderas.

Se nos insistió hasta la saciedad que retirásemos la bandera que nosotros portábamos con el Sagrado Corazón en el centro. Nos negamos a ello a pesar de habernos quedado solos en la resistencia. El resto de banderas que ondeaban fueron rendidas incluso por orden de aquellos jefes cuyos antecesores las habían custodiado, a sangre y fuego, en las calles, las plazas y los montes de España. Al ultraje se unía la traición, salvo aquellos que tomaron su bandera y se marcharon a escuchar la Santa Misa donde no fueran rechazados, cumpliendo con la consigna aprendida de ser incapaces de pactar con sacrificio del Ideal.

Ayer, hincado de rodillas a los pies del Sagrado Corazón, pedí por la olvidada Unidad Católica de España. Supliqué por el manipulado pueblo español. Rogué por los desorientados que allí se congregaron y por los que deben orientarlos. Recé en reparación por nuestros pecados, nuestras faltas, nuestras infidelidades. Imploré por nuestra perseverancia y la de los cofrades de Pamplona que mantuvieron en alto el pabellón navarro con la laureada de San Fernando.

Y agradecí profundamente a Cristo Rey que, ante el ataque y la embestida oficial, permanecieron en alto nuestras banderas. Porque antes que la disciplina está el honor. Queda dicho y advertido para futuras ocasiones: La Bandera de España es innegociable.

Miguel Menéndez Piñar

domingo, 11 de octubre de 2009

Patrocinio de María


UTILIDAD Y NECESIDAD
DE LA VIDA MARIANA

Para establecer la necesidad del culto mariano en general, y el valor de una vida mariana más perfecta en particular, partimos de un principio indiscutible, el que Cristo mismo formuló como línea general de conducta, aunque lo hiciese con motivo de un precepto particular: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.

1º) El Padre Billot S. J. razonaba con justeza y claridad al escribir: “María, en la religión cristiana, es absolutamente inseparable de Cristo, tanto antes como después de la Encarnación: antes de la Encarnación, en la espera y en la expectativa del mundo; después de la Encarnación, en el culto y en el amor de la Iglesia. En efecto, somos llamados y vinculados de nuevo a las cosas celestiales sólo por la Pareja bienaventurada que es la Mujer y su Hijo. Por donde concluyo que el culto a la Santísima Virgen es una nota negativa de la verdadera religión cristiana. Digo: nota negativa; porque no es necesario que dondequiera se encuentre este culto, se encuentre la verdadera Iglesia; pero al menos donde este culto está ausente, por el mismo hecho no se encuentra la auténtica religión cristiana. Y es que la verdadera cristiandad no podría ser la que trunca la naturaleza de nuestra «religación» por Cristo, instituida por Dios, separando al Hijo bendito de la Mujer de la cual procede” (De Verbo Incarnato, ed. V., pp. 401-402).

De donde resulta que el culto a la Santísima Virgen, considerado de manera general y objetivamente hablando, es necesario para la salvación y, por lo tanto, gravemente obligatorio. Quien se negara a tener un mínimo de devoción mariana, se pondría en serio peligro de comprometer su destino eterno, porque se negaría a emplear para este fin un medio y una mediación que Dios ha querido utilizar en toda la línea de su obra santificadora, y del que también nosotros debemos servirnos, por consiguiente, para alcanzar nuestro fin supremo.


2º) El culto mariano pertenece a la sustancia misma del cristianismo. Es ésta una verdad que no ha penetrado suficientemente en el espíritu de gran número de cristianos. Para ellos la devoción mariana es, sin duda, muy buena y recomendable, pero en definitiva secundaria, si no facultativa. Es un error fundamental. La fórmula del cristianismo, ya se lo considere como la venida de Dios a nosotros, ya como nuestra ascensión hacia Él, no es Jesús solamente, sino Jesús-María. Sin duda podría haber sido de otro modo, ya que Dios no tenía ninguna necesidad de María; pero quiso Él que fuera así. Es lo que había comprendido perfectamente uno de los mayores escritores espirituales del siglo XIX, Monseñor Gay, cuando escribía: “Por eso quienes no otorgan a María en ese mismo cristianismo más que el lugar de una devoción, aunque sea el de una devoción principal, no entienden bien la obra de Dios y no tienen el sentido de Cristo… Ella pertenece a la sustancia misma de la religión”.

3º) Una tercera conclusión que se impone irresistiblemente a nosotros como un «principium per se notum», esto es, como un principio evidente, es que adaptarnos plenamente en este campo al plan de Dios, concediendo íntegramente a Nuestra Señora, en nuestra vida, el lugar que le corresponde según este mismo plan divino, debe acarrear las más preciosas ventajas, no sólo para cada alma en particular, sino también para todo el conjunto de la Iglesia de Dios. María es, por libre voluntad de Dios, un eslabón importante e indispensable en la cadena de las causalidades elevantes y santificantes que se ejercen sobre las almas. Es evidente que este divino mecanismo funcionará más fácil y seguramente cuando, por el reconocimiento teórico y práctico del papel de María, le facilitemos el ejercicio de sus funciones maternas y mediadoras en nuestra alma y en la comunidad cristiana.

4º) Al contrario, las lagunas en esta materia, lagunas culpables y voluntarias, e incluso las lagunas inconscientes, aunque no en el mismo grado, han de resultar funestas tanto para el individuo como para la sociedad. Un organismo no se compone solamente de la cabeza y del cuerpo con sus miembros: el cuello es un órgano de contacto indispensable entre la cabeza y los miembros. O más exactamente aún: un ser humano no debe disponer solamente de un cerebro, centro de todo el sistema nervioso; ya que no podría subsistir y ejercer su actividad sin otro órgano central, el corazón. Ahora bien, María es el cuello o —metáfora más exacta y más impresionante aún— el Corazón de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

El Padre Faber, que junto a Monseñor Gay fue la figura más sobresaliente de la literatura espiritual del siglo XIX, lo constataba de manera penetrante. Después de recordar toda clase de miserias, deficiencias y debilidades en sus correligionarios, prosigue: “¿Cuál es, pues, el remedio que les falta? ¿Cuál es el remedio indicado por Dios mismo? Si nos referimos a las revelaciones de los Santos, es un inmenso crecimiento de la devoción a la Santísima Virgen; pero, comprendámoslo bien, lo inmenso no tiene límites. Aquí, en Inglaterra, no se predica a María lo suficiente, ni la mitad de lo que fuera debido. La devoción que se le tiene es débil, raquítica y pobre… Su ignorancia de la teología le quita toda vida y toda dignidad; no es, como debería serlo, el carácter saliente de nuestra religión; no tiene fe en sí misma. Y por eso no se ama bastante a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se exalta a la Iglesia; las almas que podrían ser santas se marchitan y se degeneran; no se frecuenta los sacramentos como es debido; no se evangeliza a las almas con entusiasmo y celo apostólicos; no se conoce a Jesús, porque se deja a María en el olvido… Esta sombra indigna y miserable, a la que nos atrevemos a dar el nombre de devoción a la Santísima Virgen, es la causa de todas estas miserias, de todas estas tinieblas, de todos estos males, de todas estas omisiones, de toda esta relajación… Dios quiere expresamente una devoción a su santa Madre muy distinta, mucho mayor, mucho más amplia, mucho más extensa” (Prefacio a la traducción del “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”, de San Luis María Grignion de Montfort).

Faber, es cierto, escribía para su país y para su tiempo. Nuestra época, incontestablemente, ha realizado progresos en este ámbito, y los católicos de todos los países no tienen que luchar con las mismas dificultades que los que viven en medio de una población con una mayoría protestante aplastante. Pero eso no quita que hay un fondo de verdad en esta queja: la falta de una devoción íntegramente adaptada al plan de Dios es causa de lagunas y de debilidad espiritual. Y no podemos menos que suscribir las aspiraciones del pastor anglicano convertido: “¡Oh, si tan sólo se conociera a María, ya no habría frialdad con Jesucristo! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más admirable sería nuestra fe, y cuán diferentes serían nuestras comuniones! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más felices, cuánto más santos, cuánto menos mundanos seríamos, y cuánto mejor nos convertiríamos en imágenes vivas de Nuestro Señor y Salvador, su amadísimo y divino Hijo!”

5º) Demos un nuevo paso adelante en nuestras conclusiones y constataciones. Es sumamente deseable e importante para la salvación y santificación de las almas, y para la obtención del reino de Dios en la tierra, llevar el culto mariano a su perfección en nuestra alma y en todas las almas: “De Maria numquam satis” —sin exageración ninguna, por supuesto; la cual, por otra parte, es imposible desde que nos acordamos de que María es una criatura—. Debemos en todo, y por lo tanto también en la materia que nos ocupa, apuntar a la perfección, y a la perfección más elevada.

6º) Apuntar a la perfección del culto mariano se impone especialmente en nuestra época. Todo el mundo reconoce que desde hace ochenta años, y muy especialmente desde hace unos treinta años, el “Misterio de María” se ha impuesto a la atención de la Iglesia, tanto docente como discente, y que este Misterio ha sido comprendido con más claridad y profundizado singularmente. Es una de las grandes gracias de nuestro tiempo. Es evidente que a este conocimiento más neto y más profundo de la doctrina mariana, y muy especialmente de la misión de Nuestra Señora, debe responder una devoción creciente, intensificada. Como cristianos del siglo XX, debemos buscar y aceptar ávidamente las formas más ricas y más elevadas de la devoción mariana, o, como se dice más justamente hoy, de la “vida mariana”. Este proceso lo vemos realizarse ante nuestros ojos en la Iglesia de Dios, por la acción profunda y poderosa del Espíritu Santo, y bajo la influencia y dirección de la Jerarquía. En todas partes sale a la luz una convicción casi unánime de que vivimos “la hora de María, la época de María, el siglo de María”.

El acontecimiento mariano grandioso de que acabamos de ser testigos dichosos, la definición dogmática de la Asunción corporal de Nuestra Señora, es una nueva y poderosa prueba de ello. [El Padre escribía el artículo entre los años 1953-1954]. Ha llegado el tiempo predicho por Montfort, “este tiempo feliz en que la divina María será establecida Dueña y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús…, en que las almas respirarán a María, tanto como los cuerpos respiran el aire…, y en que como consecuencia de ello acaecerán cosas maravillosas en estos bajos lugares” (“Tratado de la Verdadera Devoción…”, nº 217). Se está cumpliendo la voluntad formal de Dios: “Dios quiere que su santa Madre sea al presente más conocida, más amada, más honrada que nunca”.


P. J. Ma. Hupperts S.M.M.
(tomado del libro “Fundamentos y práctica de la vida Mariana”)

Sin conexión


PEDIMOS DISCULPAS

Estamos experimentando desde hace dos días múltiples problemas de conexión con nuestro proveedor de Internet; suponemos que está en vías de solución, pero queremos disculparnos ante nuestros amigos por no poder -en estas horas- actualizar como quisiéramos el Blog.

Por si no tuviéramos hoy la solución definitiva (por no decir “la solución final”, ya que hay mucho quisquilloso suelto), ¡FELIZ DÍA DE LA HISPANIDAD PARA TODOS!

¡ARRIBA ARGENTINA! ¡ARRIBA ESPAÑA!

jueves, 8 de octubre de 2009

Educativas


Salud mental: entre la rigidez y la flexibilidad

LA LOCURA DE LOS CUERDOS,
LA CORDURA DE LOS LOCOS

La sana doctrina sobre la prudencia nos enseña que para poder hacer de ella un hábito perfectivo es necesario el concurso armónico y global de ciertos componentes. La docilidad, por ejemplo, como parte de la misma, nos pide cierta sumisión a lo que dice la realidad. Y la solercia —término tal vez poco usual—, también reclama la flexibilidad suficiente para afrontar contingencias e imprevistos. Rasgos éstos muy propios de la vida cotidiana y de la encarnadura de las virtudes naturales y cristianas.

Pero no olvidemos que seguimos hablando de una virtud, por lo cual, sin el concurso de la recta razón y la deliberación en el obrar, perdería su naturaleza espiritual para convertirse en simple acto mecánico o animal.

Ahora bien, en otro orden —el de la psicopatología y la vida afectiva— también oímos hablar de una legítima flexibilidad. Saludable, por cierto. Sea para buscar distintas resoluciones posibles a un mismo problema, sea para conservar el sano humor ante una limitación propia. Saludable, como dijimos, con una condición: aclarar de qué tipo de flexibilidad —y como contrapartida, de qué tipo de rigidez— estamos hablando.

Porque aquí nos encontramos ante el eterno contraste entre el fuera de quicio y el extasiado, entre el loco y el santo. Porque se habla permanentemente de flexibilidad y de rigidez. Pero ¿en qué sentido?, ¿cómo se distinguen?

Alguien decía que la locura es la absolutización de lo relativo y la relativización de lo absoluto. El mundo le pide flexibilidad al santo, justo en aquello que no puede perder solidez. El loco es sólido e inmutable en lo que debiera ser flexible. Santo y loco, los dos saben que hay cosas que “no se tocan”, pero se encuentran en polos distintos.

¡Qué nocivo cuando la propuesta psicoterapéutica consiste en flexibilizar lo inamovible! Entonces, parece preferible sugerirle al paciente que el matrimonio y la familia son cosas tan convencionales, relativas y opinables como pueden serlo diferentes perversiones o vicios; y persuadirlo de que es él —por “rígido”— quien no sabe asumir, entender, captar o aceptar esa realidad mudable.

Y entonces ¿qué se logra? Que el paciente confirme que todo puede cambiar y amoldarse al cambio, menos su punto de vista.

Es decir, se promueve un loco.

Y cuántas veces se toma por un loco al hombre que es fuerte y fiel, por el sólo hecho de permanecer idéntico en sus amores con el paso del tiempo.

Poco le interesa al mundo cuáles son aquellos amores. Para diagnosticar la locura le alcanza con percibir que hubo algo inamovible en el tiempo. ¡Y justamente en aquello inamovible está la clave del buen diagnóstico!

¿Qué fue lo que no cambió: el temor que desde niño le tiene a las lombrices o el permanente cuidado de hacer algo que disguste al Señor?

Lo primero se llama fobia específica, lo segundo temor de Dios. Lo primero es una anomalía. Pero lo segundo, es un don del Espíritu Santo.

En una cultura subvertida y en un mundo desquiciado, la política educativa no podía quedar afuera de este cuadro de situación. Más bien al contrario: es un medio privilegiado para los apologistas de la flexibilidad y los detractores de la rigidez. O al revés, según convenga al caprichoso.

Entonces, se puede dialogar, discutir, “consensuar” y votar acerca de la legalización del aborto, e incluso de la existencia o no de la vida desde la concepción. Pero nadie se atreva a poner en duda la infalibilidad de los preservativos o la asistencia perfecta de Sarmiento a la escuela, porque… principios son principios.

Sobre los actos sacrílegos que son perpetrados a la vista de todos, es preciso opinar, disentir y apelar a las encuestas; pero que a nadie se le ocurra sugerir la paranoica relación entre la pornografía y la promiscuidad, porque su negación es dogmática.

Qué extraño totalitarismo el que nos envuelve, que nos ha hecho perder hasta la lógica. Contradecir a un ministro de salud es delito penal, pero pisotear los Santos Evangelios es libertad de expresión. Qué liberalismo tan particular que nos está sumiendo en la peor de las esclavitudes.

Si por evidencia entendemos aquello que el sujeto ve de manera directa, podríamos decir que el loco es incapaz de modificar lo que le muestran los sentidos; el santo no está dispuesto a traicionar lo que le muestra la fe.

Las caricaturas del hombre normal —es decir, del santo— cobran aquí renovada vigencia. Porque el loco y el santo darán dos frutos, tal vez sólo posibles de ser escudriñados por Dios: el caprichoso y el fuerte. El caprichoso hace de sus problemas personales una cuestión de estado, el fuerte hace de las grandes cosas una cuestión personal.

Aquí, ante este dilema que divide a los hombres en dos —loco y santo— quien tendrá la última palabra será una vez más la realidad.

Jordán Abud

martes, 6 de octubre de 2009

Nuevo Orden


SEXO SEGURO, CREEME

“Verás que todo es mentira”
(Enrique Santos Discépolo)

Un estafador no dice al candidato a ser desplumado: “vení que te voy a estafar”, antes bien, le asegura buenas ganancias con el trato por él propuesto. Así, los grandes estafadores internacionales esconden sus intenciones bajo disfraces edificantes, como la prevención de enfermedades. Suelen estos individuos ofenderse fácilmente y apostrofar de toda manera a quienes osen dudar de la pureza de sus intenciones.

Así ocurre con la resolución del Parlamento belga, que “insta a condenar las declaraciones del Papa contra el uso del preservativo en la lucha contra el SIDA” (cfr. nº 80 de “Cabildo”, “El Totalitarismo Democrático”), pidiendo una protesta oficial por considerar sus declaraciones “como una ofensa hacia los compromisos de la comunidad científica para prevenir y luchar contra la propagación del SIDA”.

El periódico francés “Le Monde”, por su parte, publicó declaraciones del heresiarca suizo Hans Küng, quien afirmó que “La historia juzgará al Papa como responsable de la propagación del SIDA en África”. El ministro de educación francés, Xavier Darcos, declaró que “decir que en África no se debe usar el preservativo es criminal”. “The Lancet”, antigua publicación médica inglesa, acusó a Su Santidad de “distorsionar la evidencia científica con el fin de promover la doctrina católica sobre este asunto”, etc. Lo curioso es que todos estos personajillos están ligados o comprometidos con la imposición de las premisas del Nuevo Orden Mundial (NOM),cuyos personeros no se caracterizan precisamente por respetar la dignidad o la vida humana.

Veamos: según Andrea Peccei, presidente del Club de Roma, “en la tradición cristiana, el hombre es el señor de la creación, pero yo no comparto esa idea. El hombre es sólo una especie entre muchísimas” (Vivencia, 1980). Según Felipe de Edimburgo “el hombre es un accidente peligroso que perturba el equilibrio de la naturaleza y, por lo tanto, se lo debe limitar o suprimir” (“Sydney Times”, 20 de junio de 1980); o también: “no tenemos opción. Si la población no se controla voluntariamente, habrá que controlarla involuntariamente por medio de las enfermedades el hambre y la guerra” (“People”, 21 de diciembre de 1981). A David Foreman, fundador del grupo ecologista Earth First! (¡La Tierra Primero!), se le ocurrió que “El SIDA no es una maldición, sino un remedio oportuno y natural para reducir la población del planeta” (“Earth First! Journal”, 8 de noviembre de 1987).

Otro ejemplo. Thomas Robert Malthus, economista, pastor anglicano y agente de la Compañía de las Indias Orientales propuso, como se sabe, la restricción voluntaria de la población para remediar la desproporción prevista para el futuro entre la demografía y los alimentos.

Publicó en 1798 su “Ensayo sobre el principio de población”, en el cual insiste en que las clases bajas sólo podrán mejorar su condición mediante la autolimitación de su número, utilizando dos tipos de métodos: los positivos, que tienden a aumentar la mortalidad, y los preventivos, que disminuyen la natalidad (luego se agregarían los métodos anticonceptivos y el aborto).

La promoción del malthusianismo fue enunciada como política oficial de Ronald Reagan, en discurso pronunciado ante el Parlamento Británico el 8 de junio de 1982, que incluía adoptar las premisas del FMI y del NOM, el fin de las soberanías nacionales, etc.

Sir Henry Kissinger en el Primer informe anual sobre la política demográfica de los Estados Unidos, más conocido como “Memorando 200 de 1976”, dice que “los Estados Unidos tienen un interés político y estratégico especial, que requiere una política de control o reducción de la población de trece países”, porque “el aumento de su población probablemente aumentará su predominio económico, político y militar a escala nacional y quizá hasta mundial”. También dice que “es vital fortalecer el compromiso por parte de los líderes de los países menos desarrollados, que (lo anterior) no debe ser visto por ellos como una política de los países industrializados de limitarles la fuerza o de reservarse los recursos para uso privativo de los países ricos”, que “la ubicación de las reservas conocidas de muchos minerales de gran pureza indica una creciente dependencia de todas las regiones industrializadas de las importaciones de los países menos desarrollados”, y que existe “la probabilidad de que concesiones a empresas extranjeras sean expropiadas o sometidas a intervención arbitraria”.

El origen de esta demencia es remotísimo, pero limitémonos a la Reforma. Decía Hilaire Belloc en Así Aconteció la Reforma: “Sí, Dios se había hecho Hombre y había muerto para salvar a la humanidad, pero sólo a la humanidad en determinado número de personas, a favor de la cual había actuado”, es decir, “las fatalmente elegidas, señaladas por la riqueza”. La doctrina de Calvino “proporcionaba un poderoso apetito humano que el catolicismo combate. El dinero, objeto de adoración, era un dios implacable; el apetito era el amor por el dinero”.

Y más adelante agrega: “tenía construido un sistema a priori en la mente y luego obligó a las pruebas a calzar dentro el”, es decir, racionalismo puro. Por eso escribía Castellani que “el racionalismo (no la razón) erige a la mente humana en suprema medida de todas las cosas”. De aquí partió la línea que llevó a la Revolución Francesa, y por último al Proyecto Democracia de las UN, que incluye (otra vez) aceptar los lineamientos del FMI, las premisas del NOM, etc.

Resulta muy difícil digerir el celo de los interesados en despoblar vasta regiones del planeta para apropiarse de sus recursos, por cuidar su salud por medio de preservativos. Se debe tener en cuenta que estos son elaborados con látex (menos frecuentemente con poliuretano). La estructura reticular de sus elastómeros produce poros que —en principio— son mucho mas pequeños que el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH): pocos nanómetros (nm) —1 nm = una millonésima parte del milímetro— pero debido al proceso de fabricación del preservativo, cabe la posibilidad de que se produzcan poros dos o tres veces más grandes que el mismo (el VIH mide 120 nm), o zonas más delgadas debido a la producción de burbujas en el látex líquido, la inclusión de partículas de látex seco o cuerpos extraños en las paredes del preservativo, puntos de origen de dichos poros. Se han encontrado fallas en preservativos de mercado testeados al azar del orden de los cientos de micrones (1 micrón = 1 milésima parte del milímetro), unas mil veces más grandes que el VIH. Y el número de defectos hallados por métodos ópticos y confirmados por tests de filtración, excede significativamente el número esperado (cfr. “Optical testing of Condoms”, Stephen R. Smith, John L. Lowrance, Luiz A. B. Tessarotto). Estos datos apoyan lo declarado por el Consorcio de Médicos Católicos de Buenos Aires (cfr. nº 80 de “Cabildo”): La Organización Mundial de la Salud afirma que el preservativo tiene una tasa de fallos del 14%; la “International Parenthood Federation” la sitúa en un 30%, y concluye en que “el riesgo de contraer SIDA durante el llamado sexo protegido se aproxima al 100% a medida que el número de relaciones sexuales se incrementa”.

Cuando los marxistas tratan de desinformar y desprestigiar a otro, por ejemplo al Papa, acusándolo de distorsionar evidencias científicas y de criminal, a la par que promueven la promiscuidad, con la consecuencia del incremento de la enfermedad y la despoblación de países prontos a ser desvalijados, deben tener especial cuidado de no dejar poros que puedan ser atravesados por otras evidencias, no sea que se les de vuelta la taba y terminen siendo identificados con los adminículos que tanto promueven.

Luis Antonio Leyro