martes, 8 de enero de 2013

Ante el olor a corvina

HACE FALTA UN ALMIRANTE
   
  
…y un cambio de timón
   

domingo, 6 de enero de 2013

Sermón de Epifanía


EPIFANÍA DEL SEÑOR


Nacido, pues, Jesús, en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo. Al oír esto el rey Herodes, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, les interrogó cuidadosamente sobre el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, les dijo: Id a informaros sobre ese niño; y cuando le halléis, comunicádmelo para que vaya también yo a adorarle. Después de oír al rey se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada encima del lugar en que estaba el niño, se detuvo. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo. Y entrados en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le adoraron. Y abriendo sus tesoros le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.


A pesar de sus narraciones sencillas, que parecer ocultar un designio profundo, el Evangelio, perfectamente acorde con el Plan divino, se propone principalmente persuadirnos bien, imprimir en nuestra inteligencia, que Jesucristo es Dios y hombre juntamente.

Si nos mostrase con demasiada nitidez los testimonios de su divinidad, nos inclinaríamos a creer que su humanidad es puramente fantástica. Si nos manifestase igualmente con total claridad las pruebas de su humanidad, creeríamos que su divinidad es solamente metafórica.

Por esto, al igual que Jesucristo en todas sus obras, los Evangelistas en sus narraciones mantienen siempre estos dos datos de nuestra fe; presentando siempre al hombre en lo más fuerte del carácter de su divinidad, y al Dios en los anonadamientos que más prueban que es hombre.

Notemos en todo el Evangelio el constante cuidado que tiene Jesucristo de templar el resplandor de sus maravillas sustrayéndose a él por medio de la discreción o el ocultamiento, y de mezclar siempre sus humillaciones con sus triunfos... Aquí tenemos la clave de su conducta.

Según esto, convenía que el Hijo de Dios, antes de revelarse más y más como tal, asentase larga y profundamente en nuestras almas el convencimiento de su humanidad, ya para excitar nuestra confianza, ya para corregir nuestro orgullo.

Importaba principalmente que se dejase ver, acercar, tocar, tratar en cierto modo como niño; pero sin dejar de dar testimonios de su divinidad, cuya grandeza contrapesara los tan profundos abatimientos de su naciente humanidad.

De ahí todos los misterios evangélicos del nacimiento y de la infancia de Jesucristo; de ahí la gloriosa parte que debían tener en ellos su Madre Santísima y San José, su padre nutricio.

Por esta razón el Evangelio nos ha expuesto tan cuidadosamente estos misterios; para que los tengamos siempre presente, para que los cultivemos y aprovechemos sus frutos.

Nada hay ocioso en el Evangelio; todo cuanto contiene encierra una enseñanza importantísima.

Ahora pues, el Hijo de Dios podía ciertamente pasarse sin María Santísima y el Buen San José... El milagro de su concepción y nacimiento virginales, los celestiales prodigios que trajeron a sus pies a los Pastores y a los Magos, prueban superabundantemente que, desde entonces, era el árbitro de la naturaleza.

Asimismo, hubiese podido dejarnos ignorar esta primera edad de su existencia, y aun era esto muy natural.

Si, pues, quiso depender de los cuidados de su Madre y de su castísimo Esposo; si quiso deberles esos desvelos tan familiares, tan íntimos, tan sagrados de una madre y un padre; si quiso mostrársenos en ese estado, y recibir en él las primeras adoraciones del cielo y de la tierra, esto no pudo ser sino para honrar a María y a José, y querer que nosotros los honrásemos.

Como dice muy bien el cardenal de Berulle: una de las grandezas y bendiciones de la Santa Madre de Dios, ha sido el que su Hijo haya querido manifestarse en una edad y un estado en que se veía obligado a manifestarla juntamente con Él. Lo mismo cabe para San José.

Esto es lo que resulta principalmente, no sólo del misterio de su Nacimiento, del de la Adoración de los Pastores, sino también del de la Adoración de los Magos, cuya solemnidad celebramos.

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En efecto, el tercer misterio de la Adoración de los Magos viene a completar, con el de los Pastores, el gran misterio del Nacimiento del Hijo de Dios.

La lección que nos da este misterio parece una repetición. Aquí también el Niño Jesús es adorado en brazos de María. Sin embargo, esta representación del mismo misterio, difiere del que nos ha trazado la Adoración de los Pastores; y esto es una prueba sensible de la importancia que Dios ha querido le prestemos.

Todo indica que a Jesucristo agrada aparecer Niño en el regazo de su Madre, y que nada de cuanto a ello conduce le parece sobrado.

En ese estado quiere mostrar toda su flaqueza; sobre ese trono quiere hacer adorar toda su majestad. En ningún tiempo de su vida apareció tan hombre, ni fue reconocido tan Dios.

Y como de María quiere sacar el testimonio más sensible de su debilidad humana, sobre María refleja el resplandor más vivo de su Divinidad.

Por eso, no bastaba la Adoración de los Pastores, sino que era también necesaria la de los Reyes; no era suficiente la adoración de los Judíos, se necesitaba la de los Gentiles; no alcanzaba la naturaleza angélica, sino que era aun imperiosa la naturaleza física para proclamar esta gran enseñanza.

¡Y cuántas otras enseñanzas particulares se hallan contenidas en esta! No descuidemos estudiarlas y contemplarlas... Esta tarea nos revelará la gloria de María, todo lo que concurre a ella y a la de su castísimo Esposo.

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Era opinión antigua y acreditada en todo el Oriente, fundada en antiguos Oráculos, que en aquel tiempo debía salir de Judea un Poder que regeneraría el universo. Toda la Judea se había de tal modo asentado en esta idea que, según vemos en el Evangelio, la cuestión no estaba en saber si el Mesías iba a venir, sino quién era el Mesías entre los aspirantes a ese gran destino.

En situación semejante, vinieron del Oriente a Jerusalén unos Magos y preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos en Oriente su estrella y hemos venido a adorarle.

Estos Magos venían de Oriente, según indica la naturaleza de sus presentes. Eran personajes de importancia, especie de Emires, que juntaban en sí los tres caracteres de la Ciencia, la Religión, y la Soberanía. Estaban sumidos en el Paganismo.

Y es evidente que la Providencia, atrayéndolos a los pies de la cuna del Niño Dios, quiso hacerlos como las primicias de la conversión del gentil al Cristianismo.

Se esclarece más este designio cuando lo comparamos con la Adoración de los Pastores. Estos representaban a los Judíos, y como la fe debía reunir a los dos pueblos, al Judío y al Gentil, su cuna recibe sus adoraciones.

Sólo que el Judío es el hijo de la primera alianza, de cuyo yugo ha huido el Gentil; y por esto los Pastores son llamados de muy cerca y de la vecindad de Belén, como los domésticos de la fe; y los Magos son llamados de muy lejos, como sepultados en las tinieblas de la infidelidad.

Por la misma razón, los Judíos acostumbrados a un santo comercio con Dios, y a las apariciones de los Espíritus celestiales, son avisados por los Ángeles, como por sus hermanos e iguales.

Pero los Gentiles solo tienen el espectáculo de la naturaleza, la luz exterior del sol y de las estrellas, que han convertido en sus dioses, y por ello la Providencia se sirve de esa causa de su extravío para convertirla en instrumento de su conversión.

Una estrella los atrae y los guía a Belén; pero es una estrella milagrosa. Esto manifiestan ellos mismos diciendo: hemos visto su Estrella; la Estrella de Jesús, aquella Estrella maravillosa que no hacía sino asomar y centellear, apareciendo y desapareciendo a la vista de los Magos, pero que agrandándose después, se ha trasformado en ese brillante y permanente Sol de la fe cristiana, que alumbra a todas las naciones.

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La turbación de Herodes y de toda la ciudad de Jerusalén con él, es de todo punto conforme a la preocupación general de los ánimos en orden a la venida del Mesías, de que el Evangelista no nos habla, pero que siéndonos conocida por toda la historia profana, confirma tanto más su narración.

Herodes, singularmente, que era uno de los más ambiciosos competidores del trono del Mesías, y que logró reclutar, como tantos otros, una secta de fanáticos, con el nombre de Herodianos, debió turbarse más que todos; y debió serlo con él Jerusalén, cuyo destino político y religioso estaba pendiente de aquel gran acontecimiento.

Por esto mismo son convocados los consejos públicos: el uno, compuesto de los Príncipes de los Sacerdotes, que era como un senado eclesiástico; el otro de los Escribas del pueblo, que era sin duda una magistratura civil.

La respuesta que dan es clara y pronta. Nadie hay que no la hubiera dado tan exacta como ellos, tan claramente estaba dictada, hacía trescientos años, por el Profeta Miqueas.

Esta profecía del lugar preciso, aunque oscuro, en que debía nacer el Dominador a quien toda la tierra esperaba, y que toda la tierra adora, es una de esas mil pruebas luminosas de la verdad de nuestra Fe, que hacen de la incredulidad un misterio, mayor incluso del que ella se niega a creer.

El Judío, como dice San Pablo, es el olivo no injertado. El Gentil es el olivo silvestre, que debía ser injertado en el otro, y recibir su savia y divina fecundidad.

Por esta razón era preciso que los Magos viniesen a Jerusalén, preguntasen a los Judíos, recibiesen de ellos las Santas Escrituras; era preciso que viniese de Israel la perfección de la revelación particular que había recibido, y que por su conformidad con las profecías se la repute digna e infalible.

Por eso la estrella milagrosa que los había guiado de tan lejos, no los dispensa de este recurso, desaparece para obligarlos a él y no torna a aparecer, sino después que han recibido su propia revelación.

Pero, según los designios de Dios, los Gentiles se aprovecharon mejor de las Escrituras que los Judíos. Estos, ciegos archiveros del Cristianismo, se las dieron sin haberlas alterado. Dejando en Ellas todo lo que concierne al Mesías, conservarán religiosamente predicciones de su nacimiento y su muerte, pero no las aplicarán de ningún modo a Jesucristo...

Era necesario que los Judíos respondiesen bien acerca del Mesías en general, pero que no sacasen de su propia respuesta ninguna consecuencia respecto de Jesucristo... Por el contrario, los Magos debían determinar bien a la Persona de Jesucristo la respuesta general de los Judíos, y se aprovechasen de las Escrituras que los Judíos consultaron para ellos...

¡Qué secreto designio! ¡Qué plan tan sostenido encierran estos misterios del Evangelio!

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Ha bastado decir a los Pastores una palabra sobre el Mesías, y la oyen al punto, y se ponen en camino para adorarlo, sin necesidad de guía.

La sencillez de sus almas y la familiaridad de las cosas de Dios se lo hacen encontrar fácilmente.

Pero todo es nuevo para los Magos. Han menester una estrella de guía en un camino nuevo y desconocido; se turban apenas la pierden de vista, y se llenan de gozo al hallarla nuevamente y ver que se para sobre el punto determinado que buscaban.

Este es el plan de la Revelación cristiana que, desde la cuna de Jesucristo, nos nuestra en acción esta verdad, que saldrá algún día de sus divinos labios: Gracias te doy, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos.

¡Admirable economía, que pone la mayor sumisión donde debe encontrarse el mayor orgullo, y el acceso más fácil a la parte de la mayor ignorancia!

Fieles y sumisos a la celestial enseñanza, entraron los Magos en la casa, y hallaron al Niño con María su Madre, y, postrándose, lo adoraron.

¡Qué admirable lección! He ahí a los Magos que no entran en la Fe con otros fines ni condiciones que los Pastores. No es a Jesús glorioso, ni aun a Jesús Doctor a quien se les concede encontrar de pronto, sino a Jesús Niño.

¿Qué hacéis, oh Magos?, exclama San Bernardo, ¿Qué hacéis? ¿Adoráis un niño de pecho debajo de un techo pajizo, envuelto en miserables fajas? ¿Por ventura está ahí Dios? Dios, seguramente, está en su templo; el Señor está en el cielo, única morada digna de Él; ¿y vosotros lo buscáis en un vil establo, en los brazos de su madre? ¿Cómo han enloquecido así estos sabios personajes? Se han hecho locos para hacerse sabios. El Espíritu de Dios los ha instruido anticipadamente de lo que el Apóstol debía más adelante predicar al mundo, que el que quiere ser sabio debe hacerse necio para ser hecho sabio. Porque no pudiendo el mundo, en su falsa sabiduría, llegar a conocer a Dios por medio de la sabiduría, plugo a Dios que los creyentes se salven por la necedad de su predicación. El que ha guiado a los Magos, ese mismo es el que los ha enseñado.

Y nos enseña esta gran verdad, que a Jesús Niño es a quien debemos buscar especialmente y adorar, y, por lo tanto, que no podemos hallarlo sino con María su Madre.

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Así como Jesús Niño no puede pasar sin su Madre, así nosotros no podemos pasar sin adorarlo en sus brazos, y por consiguiente sin honrar a esta Madre con el mayor honor que pueda tributársele después del de la adoración, puesto que debe aproximársele en la proporción de la unión de la consanguinidad y afinidad que une al Hijo con la Madre, al Niño Dios con su Madre Virgen.

Y todo esto acontece por un gran y tierno designio: para atestiguar el Misterio de los misterios, el Misterio de la Encarnación, el Misterio de Dios hecho hombre e Hijo del hombre.

Aquí está todo el Cristianismo que es propiamente el culto del HIJO DEL HOMBRE y de la MADRE DE Dios. Dos cultos que se llaman, se abrazan, están entre sí tan estrechamente unidos como el Hijo y la Madre.

Para dar al mundo esta grande enseñanza hace Dios venir a los Magos del Oriente a los pies del Niño Dios, como había hecho venir a los Pastores; y por eso nos ha trazado el Evangelio estas dos narraciones.

Por esto quiso que el culto indudablemente mas fervoroso y solemne que haya recibido nunca el Hijo de Dios en su vida mortal se le tributara en ese estado, y se le tributara más aún por los Magos que por los Pastores.

Porque el Evangelio nos da simplemente a entender, pero no nos dice en manera alguna que los Pastores adorasen al Niño Dios; al paso que en cuanto a los Magos, tiene empeño en mostrárnoslos postrados, en razón de su misma sabiduría, de su riqueza y su grandeza, cuya simbólica ofrenda hacen al Niño Dios.

Declaran paladinamente a Herodes que han venido del Oriente para adorarle; y no bien hubieron entrado y vieron al Niño con María su Madre, cuando postrándose en tierra, lo adoraron, y abriendo luego sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.

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¡Qué fe! ¡Qué humildad! ¡Qué sencillez! ¡Qué ejemplo de todos los afectos con qué debemos presentarnos al pié de los altares de Jesús y María, nos ofrece el Evangelio en la conducta de los Magos!

¿A quién compararé yo a esos hombres?, pregunta también San Bernardo. Y responde: Si considero la fe del buen ladrón, la confesión del centurión, les llevan mucha ventaja, porque, en tiempo de estos, había ya hecho Jesús muchos milagros, había sido preconizado por muchas voces, había recibido muchas adoraciones... En todo esto os ruego consideréis y notéis, cuán perspicaz es la fe, que llaman ciega, cómo tiene ojos de lince, la que descubre al Hijo de Dios en un niño de pecho, en un ajusticiado, en un moribundo.
De este modo descubrían los Magos en aquel Niño al que después de ellos había de adorar toda la tierra.

Y ahora, cuando esta adoración universal de veinte siglos, cuando todas las maravillas y beneficios que tan prodigiosamente la justifican han venido a manifestarnos a Dios y a la Madre de Dios, ¿quién es sabio, quién es perspicaz y verdaderamente ilustrado?

¿Los que no ven todavía?

¿Los que no saben aún encontrar al Niño con la Madre?

¿O los que, postrándose con los Magos, le ofrecen todos los tesoros de su corazón?

domingo, 30 de diciembre de 2012

Sermones y homilías


DOMINGO DE LA
INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

Estamos ante el misterio de la Profecía de Simeón. Misterio venerable, dice Bourdaloue, en que descubrirnos lo que encierra nuestra religión, no sólo de más sublime y divino, sino de más edificante y tierno: un hombre Dios ofrecido a Dios; el Santo de los santos consagrado al Señor; el sumo Sacerdote de la Nueva Alianza en un estado de víctima; redimido el mismo Redentor del mundo; una Virgen purificada; y una Madre, en fin, inmolando a su Hijo... ¡Qué prodigios en el orden de la gracia!

El misterio de la Profecía de Simeón está estrechamente ligado, en un solo cuerpo de narración, con los de la Presentación de Jesús y la Purificación de María que se conmemoran el día dos de febrero.

Este sería un texto inagotable de enseñanza y de admiración; consideremos solamente sus puntos principales.

¡Qué retrato el de ese santo anciano Simeón! Cada palabra es una pincelada. Era un hombre justo, expresión que no tanto refleja una virtud como la fusión de todas las virtudes naturales y sobrenaturales en perfecta conciliación. Este carácter general de la virtud de Simeón está admirablemente realzado por el rasgo que viene en seguida: en medio de tan perfecto mérito era timorato.

El que había encanecido en la justicia, había granjeado bien, al parecer, el derecho de hacérsela a sí mismo, y descansar al fin de su carrera en la confianza de que iba a recibir su galardón. Pero no; tenía esa cualidad que sólo parece convenir a los que comienzan a recorrerla: era timorato.

¡Qué delicadeza y qué pureza de conciencia no revela este rasgo! Era justo y timorato... Y esperaba el consuelo de Israel. ¿Qué hacia tan tarde en la vida? Esperaba; esperaba al Redentor; esta era su ocupación, su profesión, su razón de ser, su misma vida... Era un expectante de Jesucristo.

Cierto, no era él solo el que esperaba; toda su nación, todo el Oriente, todo el mundo romano aguardaba en aquella época al que, diez y ocho siglos antes habían los Patriarcas llamado la Expectación de las Naciones; pero lo aguardaba con otro espíritu, con el espíritu de Abraham, de Isaac y de Jacob; con el espíritu de Job y de Moisés; con el espíritu de los Profetas y de todos los Santos de la Antigua Ley; con el espíritu, en fin, que hacia decir al mismo Redentor, objeto de esta grande expectación: En verdad os digo, que muchos Profetas y Justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Todo ese espíritu de los Justos de la antigua Ley había pasado al Santo anciano; era su venerable personificación. Esto es lo que vemos confirmado por este nuevo rasgo, y el Espíritu Santo estaba en él. Juzgad por aquí de las santas disposiciones de su alma.

Por eso era justo y timorato, y esperaba el consuelo de Israel, ligado a la vida por sola esta esperanza, desprendido de todo lo demás, y haciéndose más y más digno de este divino Objeto de sus deseos, hasta ser él mismo, en el templo, como otro templo santificado por la presencia continua del Espíritu Santo.


Pero en fin, ¿le será concedida esta gran dicha? ¿Será más afortunado que sus padres que no vieron al Deseado de las colinas eternas más que en espíritu o esperanza; más que Job, quien decía: Creo que mi Redentor está vivo, y que en el día postrero me levantaré de la tierra, y seré nuevamente vestido de mi piel, y le veré en mi carne?

Llegado al último confín de los tiempos antiguos, ¿le será dado ver la aurora de los tiempos nuevos, ser el último y el primero, el último de la Ley de Moisés, el primero de la Ley de la gracia de Jesucristo; Judío por su religión, Cristiano por su amor y su gratitud?

Sí, porque el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte, sin haber antes visto al Cristo del Señor; y la muerte cedía en su favor el paso al que era la Vida.

Con esta confianza, pero ignorando el afortunado instante en que se realizaría, movido de un Santo presentimiento, viene al templo cuando el padre y la madre de Jesús le llevaban a Él. Y al punto, de una ojeada infalible, reconoce en este Niño al Salvador del mundo; y con un movimiento rápido como el amor, le toma él mismo en sus brazos, y apretándole sobre su corazón, dice mirando al cielo, ese Nunc dimittis servum tuum, Domine, que tantos labios repetirán después como la suprema expresión de la satisfacción del alma.

Ahora, Señor, deja morir en paz a tu siervo, porque vieron mis ojos al Salvador que Tú nos has dado. Como yo no hacía otra cosa que esperar esta alegría, ya no tengo por qué vivir, ahora que la he gustado, ahora que todo es nada para mí en su comparación, y que la muerte no hará más sino envolverme en ella y sellarla para siempre en mi corazón. Incluso tengo prisa de huir de todo cuanto pudiera hacérmela perder, y de ir cuanto antes a llevar su Evangelio a mis padres, a hacerles saltar de júbilo con la venida de ese Salvador en cuya esperanza se durmieron, que vendrá en breve Él mismo a despertarlos, y cuyo feliz precursor voy a ser para ellos: sí, ahora, Señor, deja morir en paz a vuestro siervo.

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Tal es la maravillosa figura de Simeón; y de la boca de este Santo Patriarca va a salir la profecía de las grandezas de Jesús y de su divina Madre. Admiremos la economía constante de Dios en orden a María y a Jesús, que es la que usa con todos los cristianos. María y Jesús, en el misterio de la Purificación y de la Presentación, buscan la oscuridad y la humillación, y encuentran el esplendor y la gloria.

Sus propias humillaciones los elevan. María, Virgen, sacrifica su reputación de Virginidad; Madre, sacrifica su Hijo, y he ahí que, por un encuentro providencial, ese Hijo, levantado en brazos de Simeón, es proclamado Salvador del mundo, y María también, restablecida y conservada en la gloria de su divina Maternidad, que había querido ocultar con el velo de la condición más humillante, es, además, declarada solemnemente Coadjutora de nuestra Redención.

Esto resulta de la profecía de Simeón. En la parte primera de esta profecía, es Jesús proclamado Salvador del mundo, y ¡con qué arrebato!, ¡con qué brillo!: Mis ojos vieron al Salvador, que nos has dado. Y puesto a la vista de todos los pueblos, la luz que ha de alumbrar las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Estas palabras lo dicen todo, iluminan completamente el horizonte del Cristianismo y descubren sus más lejanas profundidades. En presencia de semejante profecía, la incredulidad no tiene excusa razonable.

El Evangelio añade: Y el padre y la madre de Jesús se maravillaban de las cosas que se decían de él. ¡Admiremos la admiración de María! Notemos que todas estas relaciones están hechas por Ella misma, única por quien San Lucas las supo... ¡Guardémonos, pues, de creer que esa admiración fuese una admiración de sorpresa, por parte de la que había recibido ya los homenajes del Ángel, de Isabel, de los Pastores y de los Magos, y había también cantado en el Magníficat que todas las generaciones la llamarían Bienaventurada!

Es preciso juntar esta admiración con lo que en otro lugar se dice, que María conservaba todo lo que sabía de su Hijo y lo repasaba en su Corazón. Porque la admiración de que se habla en este misterio, no es una admiración pasajera, sino una admiración estable y permanente que servía de alimento continúo a su espíritu.

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Pero Dios no será vencido en este combate entre la humildad de María y la gloria con que la persigue. He aquí, en efecto, que Simeón los bendijo... ¿A quiénes bendijo? Al padre y a la madre de Jesús. Pero luego dice a María su Madre... A María sola dirige Simeón la segunda parte de su profecía...

¿Por qué así? ¿Por qué no continúa hablando al padre y a la madre de Jesús, o incluso al padre solo, como cabeza y representante del destino de Jesús? Porque con ello es directamente manifestada la divina Maternidad de María, declarada ya por la proclamación de la divinidad del Salvador.

Pero había otra razón para dirigirse a María, razón que añade una nueva gloria a la de su Maternidad: la gloria de Corredentora del mundo con Jesucristo; esa gloria que tanto es negada hoy en día y que tanto se nos echa en cara le atribuyamos. Con esta intención se dirige Simeón a María solamente y le dice: He aquí este ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos en Israel y como blanco de la contradicción, y aun tu misma alma será atravesada de una espada, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Después de todas las otras profecías, esta debe causar una impresión profunda. Predecir la gloria y el reino eterno de Cristo en el mundo, es una profecía ciertamente maravillosa; mas predecir que este imperio de Cristo será atacado siempre, que será el carácter de su destino el ser siempre controvertido, siempre discutido, y ser la gran señal de contradicción entre los hombres, para su pérdida o su salvación..., ¡he allí lo que causa admiración! El cumplimiento de esta profecía es tan manifiesto como prodigioso. Comienza en el mismo nacimiento de Jesucristo. Le vemos rechazado en Belén y reducido a la morada de animales, pero celebrado por Ángeles y adorado por los Pastores. Le vemos buscado por los Magos que vienen de lejos a adorarle, mas perseguido por la espada de Herodes, y obligado a huir lejos para evitarla....

Todo el resto de su vida es un puro encadenamiento de las mismas vicisitudes: es siempre el blanco de la contradicción de los judíos, de sus cuestiones, de sus alternativas de alabanza y anatema, desde el Hosanna hasta el Crucifige...

¿Hasta cuándo nos has de tener suspensos? le dicen... Si eres Cristo, dínoslo claramente... ¡Cuántos otros han estado desde entonces suspensos, relativamente al que es el objeto de dudas para muchos!

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Esta es la causa de que Jesucristo esté puesto para la ruina y la resurrección de muchos; porque prueba las almas, y las pone en el trance de declararse en pro o en contra de la Verdad, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones. No podía ser ocasión de mérito y resurrección para los que le reciben, sin serlo de crimen y ruina para los que le repelen....

¡Cuántos hay que al parecer no creen en Jesucristo y, sin embargo, confiesan la verdad de esta sentencia y la divinidad de su autor por el odio que la profesan! Porque no le aborrecen sin motivo. Y ¿por qué le aborrecen, sino porque la luz vino al mundo, y aman más las tinieblas que la luz, porque todo aquel que obra mal aborrece la luz y no se acerca a la luz para que no sean reprendidas sus obras?

Esta es la razón de que sea Cristo discutido; a saber, que Él también discute las almas. En este sentido, el blasfemo le confiesa tanto como el que le adora; y como es siempre materia de blasfemia o de adoración, siempre es confesado en el mundo; siempre está puesto para la ruina o la resurrección de muchos, sin que esta discusión eterna pueda inferirle menoscabo, sino, todo lo contrario, confirmarle.

¿Qué materia de discusión, qué señal de contradicción no fue Jesucristo? ¿Qué combates, qué choques no se han dado sobre Él? ¿Qué de martillos no se han roto sobre ese yunque? Sobre Él ha sido rehecho el mundo, sobre Él hemos sido forjados, y no ha cesado de ser batido por los mismos que han salido de esta gran discusión. La lucha no ha cesado con el triunfo...; continúa para que Él sea eterno. Debajo de mil formas que se mudan, constituye el fondo de todas las contradicciones que dividen a los hombres, de todas las revoluciones que los agitan.

Ayer, hoy, mañana, esta es siempre la cuestión del día; cuestión de las sociedades, cuestión de las almas, cuestión que subleva las masas, cuestión que hace pensar a los individuos... Este destino de Jesucristo es, en sí considerado, un prodigio sin igual. Pero lo que levanta prodigio sobre prodigio, lo que es absolutamente divino, lo que da a la incredulidad el carácter de pasmosamente insensible o de frenéticamente ciega, es que esto haya sido predicho desde la primera hora del Cristianismo; que su predicción la hiciera el anciano Simeón acerca de Jesús Niño, en los términos más expresos y solemnes, y que todas las contradicciones de que Jesucristo es el blanco y los hombres actores que se suceden, no han sido nunca ni serán jamás sino el perenne y diario cumplimiento de esta asombrosa profecía: he aquí que este ha sido puesto en presencia de todos los pueblos para la ruina y la resurrección de muchos y como blanco de la contradicción.

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Y ahora, lo soberanamente glorioso para María, es que esta profecía concierne a Ella sola en unión con su Hijo, y la presenta como su copartícipe y coadjutora en ese gran carácter de blanco de la contradicción de los hombres, y de estar puesto para su ruina o resurrección.

Solamente queda el Niño Jesús y María su Madre, y a sola esta se dice: Este ha sido puesto...

Y ¿por qué a María sola? Porque María está implicada en la profecía, porque está en ella identificada con su Hijo. En efecto, después de haber dicho: Este ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos y como blanco de contradicción, Simeón añade al punto: Y tu propia alma será atravesada de una espada. La conjunción y, que une a María con Jesús en esta profecía tiene de tal modo ese valor que tiene por equivalente esta otra: hasta tal punto que... Es decir, que Jesús debe ser blanco de la contradicción a tal extremo que el alma de la misma María será traspasada con la misma espada que a Él atravesará. Y el fin de la profecía: para que se descubran los pensamientos de muchos corazones, confirma en el más alto grado esta gloriosa asociación, porque es claro que estas palabras se refieren a todas las precedentes y envuelven así a María en el mismo destino que a Jesús, de revelar lo interior de los corazones y probarlos.

Este destino se consumó principalmente en la grande inmolación del Calvario; este fue el paradero de todas las contradicciones anteriores de la vida mortal de Jesús; y este sacrificio, este Jesús crucificado, escándalo para los Judíos y locura para los Gentiles, ha permanecido siendo la gran señal de contradicción que ha quedado entre los hombres, y ha sido puesto en presencia de todos los pueblos para su ruina o resurrección. De manera que esa Espada de que se habla en la profecía es, a no dudarlo, la pasión y muerte del Salvador, a la que estuvo María tan asociada, que las mismas saetas, que a Él atravesaron, traspasaron su alma.

Es imposible no unir en nuestro Culto a Jesús a la que hasta ese punto le estuvo unida en nuestra Redención. Es imposible separar lo que unió Dios en la vida y en la muerte para el mismo fin general: para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Y esta asociación no se limitó a la vida y muerte de Jesús. María, justificación admirable de la profecía, no ha cesado jamás de ser compañera de las contradicciones de su Hijo a la faz de todos los pueblos y en toda la sucesión de los siglos.

Todas las herejías que han traspasado al Hijo han atravesado a la Madre; y nunca se los ha separado en la afirmación o en la negación, en el culto o en la blasfemia. Este es un hecho tan cierto como claramente predicho.

Esta profecía está acorde con este rasgo singularmente glorioso para María, a saber: hablando de las glorias y dolores de Jesús, la presenta como asociada más particularmente a sus dolores. Nos la muestra en el Calvario y no en el Thabor... Y es que, para las almas grandes, el Thabor está en el Calvario... Expresión sublime, que sólo las grandes almas comprenderán...

Porque Dios dispuso que San Simeón predijese a la Santísima Virgen esa espada de dolor, al mismo tiempo que publicaba la grandeza y la gloria de su Hijo, para darnos a entender que todas las grandes gracias que hace en este mundo a sus escogidos terminan en padecer. Cuanto más aumenta las luces de los Santos, cuanto más los llena de amor, tanto más sensibles los hace a las injurias de Dios y a los desórdenes del mundo. No los eleva en cierto modo en este mundo sino para hacerlos pedazos.

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Acabemos nuestra meditación con una observación: el silencio de la Virgen Santísima en medio de todo ese concierto de alabanzas y profecías concernientes a su Hijo y a ella misma. Todo habla a su alrededor... Sólo Ella calla... Hemos ya admirado este silencio... Pero ¡cuánto sube de punto la sublimidad de este silencio, cuando la profecía encarándose con María sola, no le anuncia alegrías y glorias, sino que hace relumbrar por primera vez a sus ojos la espada de dolor que esas mismas glorias y alegrías solo harán más aguda y centellante!

Y en situación semejante, María calla... No pide una palabra de aclaración; recibe los avisos de la Providencia en la medida y el estado en que place a Dios notificárselos, sin tratar de deslindarlos ni anticipar su curso. Tranquila, resignada y sublime en la expectación, como lo estará en el suceso, hasta el punto de parecer insensible a puro querer tan sólo lo que Dios quiere...

Nos dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón. Admiremos. Conservemos. Meditemos. Porque el signo de contradicción está erigido hoy más que nunca...

sábado, 29 de diciembre de 2012

Nacionales

DERECHOS CASI HUMANOS
  
  
Aunque la realidad indica que se trataría de una búsqueda incierta, igual —nos dicen algunos— sería posible, por lo menos teóricamente posible, encontrar en alguno de los K, conductas o actitudes propias de los hombres comunes. Por qué no pensar, insisten los antropólogos más audaces, que habrá por ahí, semioculto en los sumideros, un ser benévolo y justo, o una persona misericordiosa y afable que, por obra y gracia de la mayor contradicción posea alguno de esos dones y al mismo tiempo se diga K.
  
Andábamos entrampados en esas cuestiones, cuando llegó en auxilio nuestro, Aníbal, el exégeta del espanto K, quién en la radio admitió que “ellos (los K) no eran hombres comunes”. Ahora bien, la tremebunda confesión ratifica alguna de nuestras peores sospechas. Porque, si no son hombres comunes, ¿qué son?
  
Repasamos y rastreamos en el pasado en busca de respuestas a esa cuestión absurda y en esa búsqueda tuvimos que llegar lejos, tanto como para toparnos con el viejo Ovidio. Porque es él quien cuenta acerca del minotauro, que en cierto modo es lo que más se aproxima a un K. Dice la mitología que el minotauro fue engendrado como consecuencia de una venganza atroz. Se trataría nada menos que del hijo de una reina y un toro blanco, un ser brutal, violento y despiadado, mitad hombre y cabeza de bestia, que además se alimenta de carne humana.
  
No sería exagerado pensar que estos tipos que se dicen a-normales sean, de alguna manera, los descendientes de aquel minotauro. Viéndolos actuar sería peliagudo diferenciarlos del mítico monstruo, porque lo que hacen los K no es menos atroz, que aquellas “hazañas” que relataba Ovidio.
  
Tanto avanzaron, tan suya han hecho la infamia, que ya no se molestan en esconderla. Por el contrario, profesan un cinismo ostentoso, de modo tal que los mismos que destruyeron las instituciones, hablan de la buena salud de la república; los que mienten a destajo y engañan y falsifican todo, esos, a la vez, hablan de verdad y memoria; los que saqueando y robando al país acumulan fortunas, hablan de honestidad y de redistribución…
  
Si hasta en aquel dato, levemente monstruoso, de alimentarse de carne humana, se revelan malignas coincidencias. Si no fuera así, cómo se entendería la venganza despiadada contra tantos militares que enferman y mueren en las cárceles sin asistencia médica. Es inocultable, allá van los K en busca de la libra de carne, la misma libra que exigía el Mercader de Venecia a su deudor Antonio. En esa línea, el mercader Shylock confesaba “le odio porque es cristiano, pero mucho más todavía, porque presta dinero gratis y hace así descender la tasa de la usura en Venecia”.
  
Es clara la simetría con los argumentos que usaron los K en Santa Cruz para instrumentar su odio y enriquecerse, exactamente como el judío de la obra de Shakespeare. Los años del sur pasaron; esos argumentos, temo que no.
  
Shakespeare retrata a Shylock como un “un diablo cruel” que se niega a la clemencia; clemencia que a lo largo del drama, le piden de mil maneras distintas y a todas rechaza. Entonces el gran inglés señala con acierto que: “el poder terrestre se aproxima, tanto como es posible, al poder de Dios, cuando la clemencia atempera la justicia”.
  
Volviendo a  la mitología, cuentan que el monstruo, que despreciaba la misericordia, se hizo cada día más perverso y más incontrolable, hasta que llegó a Creta el joven Teseo que penetró en el laberinto donde vivía el minotauro y lo mató con su espada.
  
Me aseguran que la espada del bravo Teseo, no se ha movido de la lejana Creta, y hasta es mejor que así sea, porque el juez Torre lo metería preso por atentar contra los derechos casi humanos de los minotauros.
  
De cualquier manera ,en este caso, la solución, si es que con ayuda de Dios la encontramos, dependerá de nosotros, y poco tendría que ver con la espada, o con la prudencia. Si nos guiamos por aquella enigmática frase que Tolkien pone en boca de Gandalf: “La prudencia aconsejaría reforzar las defensas y esperar el ataque. Yo no aconsejo la prudencia. Dije que la victoria no podía ser conquistada por las armas. Confío aún en la victoria, ya no en las armas”.
  
Miguel de Lorenzo
  

jueves, 27 de diciembre de 2012

Mirando pasar los hechos

EXPERIENCIA FATAL
  
   
El rebosante vice Amado, espantajo de buitres y caranchos en la ANSES; fulminador de hipotéticos objetores de travesuras presenciales o interpósitas; prueba activa de que “cuando hay dinero de por medio a los jueces no les importa nada”, como explicara su partenaire presidencial. Dientes en ristra, aparece en el gráfico paseando con su última manceba, de sugestivo erizamiento en sintonía con el modelo hechiceresco. Cumpliendo la consigna ética: “Basta de gataflorismo con los jóvenes, déjenlos vivir tranquilos y que hagan su propia experiencia histórica”… obviamente criticada por “la cadena del desánimo”: como siempre, acusando la postración de la moral y sus vigías.
    
Casimiro Conasco
Diciembre de 2012
   

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Del Profeta de la Argentina


CÓMO SALIR
  
  
¿Cómo vamos a salir de esto?
  
La gente ya quiere salir. A lo mejor quiere Dios que estemos “adentro” un rato largo todavía. Este país aplebeyado. Esta masa locuaz y engrupida…
  
Martín Aberg Cobo ha publicado un denso y claro estudio universitario sobre reforma electoral y sufragio familiar. Aunque naturalmente el ponderoso trabajo no aborda la actualidad menuda, sin embargo su tema y su oportuna aparición le dan el carácter extrínseco de una respuesta a la pregunta capital del momento: la solución del problema argentino. Esa solución estaría en la línea de una reforma electoral que sustituyese al actual sufragio universal individualista por el sufragio múltiple de los jefes de familia. Pero, ¿volverá a creer en las “votaciones” el pueblo argentino, hagamos lo que hagamos?
  
Este trabajo ordenado y sapiente revela un auténtico universitario con todas las cualidades de buen jurista, incluso su parte de filosofía; lo que no quiere decir saber de memoria lo que dijo Kant y lo que dijo Aristóteles, sino más bien el hábito permanente de pensar en orden, sistemáticamente, y por ideas generales. Este habitus filosófico hace que el autor macere el material de su disciplina —material que domina perfectamente— lo recueza en su intelecto, lo vuelva traslúcido y coherente y lo sepa transmitir al lector. Cela qu'on comprend bien, on énonce aisement. Toda la reforma del actual sistema electoral argentino se encierra en esta proposición: Votan los argentinos de más de 22 años de edad: el padre de familia legítima votará por sí, por su esposa, por sus hijas solteras de cualquier edad, y por los hijos menores de 22 años.
  
Lo que cabe decir a favor de esta reforma es en cifra lo siguiente: Destrozando las sociedades naturales en favor de la agrupación financiera, el liberalismo ha arrasado políticamente a nuestra nación, convirtiéndola en un Sahara sin oasis; con sus médanos, sus arroyos secos y sus vendavales de polvareda, donde no faltan tampoco fieras y osamentas. La salida es reconstruir las sociedades naturales. La primera sociedad natural es la familia.
  
Ése es el orden natural; la célula social es la familia. Uno se pregunta de inmediato si ese mismo es el orden de ejecución política, o sea el orden de oportunidad. Es necesario restaurar al plano político la familia, el gremio, la comuna, la corporación, las instituciones paraestatales (Universidad, Ejército, Iglesia) y por último al mismo Estado. En todo proceso de cambio sustancial —lo que llamaban generación los antiguos— la totalidad domina las partes. El Estado ha sido debilitado a fondo y desplazado en parte por la llamada “democracia”, instrumento de dominación de las fuerzas económicas. Pensar que unos purísimos mercachifles de avisos como La Prensa se arrogaban el poder de voltear gobiernos y, lo que es más, de dispensar la gloria, el buen nombre y la fama, incluso literaria o filosófica; y que al atreverse el Gobierno a imponerles una ligera corrección se ha celebrado en el país como un acto de sobrehumano coraje; eso patentiza la extrema debilidad del Estado burócrata-gendarme; el cual, por otra parte, por una paradoja, es también abusivo y tiránico si a mano viene, lo que no deja de ser corriente en la psicología de los débiles. En las cosas que le toca hacer que so esencialmente tres: Guerra, Justicia y Caminos, el Estado moderno es débil. En las que no le toca hacer —y se mete igual— como enseñanza, religión, fiestas, negocios, arte, cultura, es abusador y duro como un demonio.
  
Un ejemplo concreto mostrará cuán necesario es que el Estado recobre cuanto antes su esfera propia y adquiera la absoluta autoridad que le falta; la cual es de orden moral y consiste en el consenso popular y en la confianza y entusiasmo del pueblo; no vayan a creer que se trata de hacer brutadas, o hacerse temer con violencia inicua.
  
Supongamos que por una desgracia subiese al poder un católico —quiero decir un católico “de etiqueta”— y basándose en las enseñanzas de los Papa implantase en el país por decreto el “corporatismo”, encíclica Quadragesimo Anno… ¿Lo ven ustedes aquí? Para figurarse el disloque que causaría a un Estado políticamente débil la organización prematura del cuerpo de las fuerzas económicas basta ver cuánto puede hoy día sobre el Estado y aun contra el Estado —lo que ha podido hasta hoy, queremos decir— la única corporación que está medio organizada entre nosotros, la de los ganaderos.
  
Todo el panorama del mundo está dominado por el gran hecho de la lucha de clases, y por los dos movimientos modernos que se pretenden soluciones a la injusticia y al caos, el comunismo y el nacionalismo.
  
El nacionalismo hasta ahora carece de doctrina y se presenta como una serie de reflejos necesarios y nobles, pero que aún no parecen trascender la región del sentimiento y del instinto. Corre el peligro de ilusionarse: de querer sustituir las soluciones específicamente políticas, que no posee, por la apelación a los sentimientos nobles como sacrificio, combatividad juvenil, heroísmo guerrero, aspiraciones al Reino de Dios; que son buenos propulsores pero malos constructores, cuando no se clarifican intelectualmente en sentimientos y en ideas operativas, como pasa siempre con las pasiones. No se gobierna con los impulsos de Don Quijote; y el que gobierna es Sancho.
  
Esto que es verdad incluso en Europa, entre nosotros es fabulosamente evidente. Detestar a los judíos, limpiar de pillastres la administración, multar a cuatro comerciantes, encarcelar comunistas —y aquí es donde temo campear con la debilidad el abuso– y nacionalizar los servicios públicos, con algunas reformas paternales de carácter relumbroso social, no constituyen un programa político especial, ni mucho menos tocan los profundos problemas de fondo del mundo contemporáneo. Muchas de las soluciones propuestas (como los seguros sociales) son plagiadas del socialismo; y su dirección focal no es el sentido militante de la vida, propio del cristianismo, sino el sentido burgués rebañego, propio del socialismo.
  
Una prueba concreta del empirismo nacionalista y su penuria de filosofía política es su conducta frente a la Iglesia. Ha tomado hacia ella dos actitudes igualmente pueriles: aprovecharla o molestarla. Primera: He aquí una sociedad antigua y misteriosa, fuertemente organizada. Me conviene ponerla de mi parte para uncirla a mi política. Le haré concesiones y subsidios (actitud italiana); segunda: He aquí una sociedad antigua y misteriosa fuertemente organizada. Me puede estorbar en mi política. La aplastaré políticamente (actitud prusiana). Las dos actitudes ignoran supinamente la natura incluso histórica y empírica del Catolicismo, y lo ponen simplemente a un lado del camino, lo mismo que los liberales. En España más reflexivamente el nacionalismo no ha adoptado actitud alguna; pero tampoco ha resuelto aún el problema eclesiástico, planteado por Unamuno. Eduardo Aunós decía, no sé si en broma, ¡que era insoluble!
  
La inteligencia argentina tiene hoy una tarea y un deber sacro, que es pensar la patria. Lo están cumpliendo Aberg Cobo y algunos otros. Fuera de eso, todo lo demás es pereza mental, falta de conciencia o esa sutil degeneración intelectual que se llama diletantismo. Una de las cosas repelentes de los grandes diarios es ese dopaje sistemático de la inteligencia popular con estudios enteramente superfarolíticos acerca de “La regla y la excepción en Dickens” o bien “Un nuevo novelista del surrealismo: Summer Spencer”, que propinan a las masas a manera de opio.
  
Y esa tarea y ese deber de pensar la patria es lo que hace la importancia de un diario como… Basta. No es elegante hablar de uno mismo.
  
R.P. Leonardo Castellani, S.J.
  
Nota: Este artículo apareció originalmente en el periódico “Cabildo”, Buenos Aires, Nº 570, 9 de mayo de 1944, e integra también el libro “Las canciones de Militis”, del mismo Padre Castellani, aparecido en 1945.