miércoles, 27 de marzo de 2013

Precisiones

RESPUESTA AL PADRE IRABURU

Al artículo que publicara en su blog Reforma o Apostasía, bajo el título El Papa Francisco y el Apocalipsis, el 24 de marzo de 2013. Puede leerse en: http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1303231025-el-papa-francisco-y-el-apocal

 “No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente”
                                                            San Pablo, 1 Corintios 2, 14
“No es que no puedan ver la solución. No pueden ver el problema”
Chesterton

Dos medidas de tiempo

         Exactamente el 20 de marzo hice circular una nota titulada Recen por mí. A propósito del Nuevo Pontificado. En la nota se hace referencia visible a unas expresiones de Francisco vertidas el día 18, y a su homilía del 19, pronunciada con motivo de la asunción formal a la Silla de Pedro. Demoré deliberadamente una semana para darle forma a mis reflexiones, pidiendo el consejo de varias personas prudentes en el entretanto, y aclarando de modo expreso en la Introducción, que hacía públicas tales palabras siquiera provisoriamente y sin mengua de futuros retoques a cuanto ahora escribimos”.
         Bastaba una lectura elementalmente comprensiva de la nota para darse cuenta de ésto que decimos. O menos aún, bastaba con mirar el calendario de los distintos sitios de internet en que comenzó a difundirse el escrito de marras.
         Pero el Padre José María Iraburu no hizo ninguna de las dos cosas. Y en su destemplada respuesta a mis opiniones, utiliza en más de un pasaje, como argumento descalificatorio, que manifesté aquéllas “en seguida de la elección del Papa”, “a los dos días de la elección del Papa”, o expresiones equivalentes. El propósito, por cierto, es acusarme de impremeditación. No se percata de que conozco a Jorge Mario Bergoglio hace más de veinte años.
         Le corregí de inmediato el error posteando la aclaracion en su blog e instándolo a una caballeresca disculpa. No por el dato en sí, que es absolutamente baladí, sino porque si la incomprensión de mi texto existe para los meros datos subalternos, tanto más existirá para la comprensión de los argumentos sustanciales y complejos. El Padre Iraburu no sólo rechazó disculparse, sino que –manos a la obra ya de la crasa cronolatría– sostuvo que los siete días primeros del Nuevo Pontificado son un cortísimo espacio de tiempo para fundamentar los diagnósticos tremendos que Ud. hace”.
         No sé qué desdoro puede implicar hacer un diagnóstico tremendo, ya que en buen castellano la palabra carece de significación negativa per se, y aún posee una semántica ingénitamente positiva. En Las elegías de Duino, por ejemplo, tremendo o terrible es el calificativo utilizado por Rilke para designar la presencia de los ángeles, “cuando el viento lleno de espacio cósmico nos sacude la cara” con sus mensajes. Pero algo queda en claro: una semana es un período indebido para que un simple mortal como yo establezca humanos interrogantes sobre el nuevo pontificado. El Padre Iraburu, en cambio, en el mismo tiempo  transcurrido, ya sabe que todo lo que hará Francisco de aquí y en adelante será óptimo. Sea que provoque “una cierta evolución en la forma concreta de los signos sagrados”, o que decida salirse “de la Capilla Sixtina”. “Nadie, pues, cuando el Papa Francisco realice los cambios que estime prudentes, venga a calificarlos de atropellos a la Tradición o de ofensivos distanciamientos de su predecesores”. Porque todo en él carecerá de mácula o de humanísimo descuido, y mantendrá también en cuestiones menores una continuidad espiritual con las mejores tradiciones de la Iglesia”. Da gusto debatir con un profeta.
         Es más; un semana para que yo trace una semblanza objetable pero esperanzadora, dubitativa pero promisoria, crítica pero sobrenaturalmente confiada, de un hombre a quien conocí, traté y vi en acción, en forma cercana y directa, durante veinte años, es un tiempo “cortísimo” para permitirme emitir un diagnóstico. Al Padre Iraburu, en cambio, le bastaron cuatro días de circulación de mi artículo, para saber que el mismo forma parte del “siniestro objetivo de dificultar al máximo a los fieles católicos tradicionales y a los tradicionalistas la aceptación del nuevo Papa Francisco en fe y confianza, caridad y obediencia”. En cuatro días sabe este hombre omnisciente que escritos como el mío «colaboran con el Enemigo, que disfruta destruyendo el amor al Papa y a la Iglesia en el corazón de los fieles». Y lo sabe aunque reciba pruebas fehacientes en sentido contrario.

El “siniestro objetivo”

         Es curioso. Que haya un Papa apoyado ostensiblemente por los poderes judaicos, masónicos, modernistas y marxistas, por las cabezas del Nuevo Orden Mundial y por notorios cuan repugnantes heresiarcas, no le merecen al  ilustre sacerdote español ningún comentario sobre “el siniestro objetivo”. Silencio absoluto y ominoso al respecto. Que “el Enemigo” –con o sin mayúsculas, como se prefiera pueda, en consecuencia, disfrutar “destruyendo el amor al Papa y a la Iglesia”, para sustituirlo por un amor mundano al “Papa de todos, de la gente” o “Papa  revoucionario o innovador”, como ya está sucediendo, tampoco le merece el menor estremecimiento o repudio. La condena es para nosotros, calificados como protagonistas de un plan siniestro al servicio del Enemigo. ¡Nada menos! ¿Se da cuenta el Padre Iraburu de la temeridad sumada a la falsía en la que está incurriendo? ¿Es consciente de que, si en el terreno de la moral está pecando contra el octavo mandamiento: “non loqueris contra proximum tuum falsum testimonium” (Ex. 20, 16), en el terreno del derecho incurre en calumnias e injurias? ¿Avizora acaso que, aunque coloque el insuficiente paliativo de que tal plan siniestro, superaría nuestras intenciones, en el mejor de los casos nos está calificando de necios? Y en mi caso particular, puesto que a mí me ataca, ¿cómo se conciliaría esta última posibilidad con “la calidad espiritual” que me adjudica, tras editar unos oración que escribí con ocasión de la renuncia de Benedicto?
         No acaba aquí su desmadre. Tras tildarme con las enormidades que acabamos de transcribir, agrega que soy portador de “una gran falsedad”, de “una falsedad intolerable” y de “críticas crueles que sólo sirven para denigrar al Papa”. Empiezo a barruntar que el hombre que esto escribe no es el mismo que ha pergeñado páginas notables, cuando posteando en su propio blog dice: “No publicaré ningún comentario agresivo contra el profesor Caponnetto”. Está claro que tal decisión se debe a que se reserva el monopolio de las agresiones hacia mi persona. Aunque poco después, magnánimo, permite que muchos otros de sus prosélitos me sigan ofendiendo. Poco duró la palabra empeñada del Padre Iraburu. Se ve que la predicaciòn sobre la ternura del Papa Francisco no ha llegado a sus oídos.
         Interpelado además por algún lector que –entre vituperio y chacota le solicita aclaraciones extras sobre el tema apocalíptico, acota el Padre Iraburu: “Sería interesante, sin duda. Pero en este momento, en un marco mental como el que ha creado el Sr. Caponnetto y otros que piensan como él, me parece altamente inoportuno y no lo haré”. Acusado inopinadamente que he sido, con los más graves cargos y con argumentos falaces, sometido al opinionismo anónimo de una banda de indoctos a la que el Padre Iraburu dá libre cabida en su blog, la parábola se cierra del modo más reñido con la ética: convirtiendo a la víctima en victimario. El problema no es la andanada gratuita y arbitraria de dicterios que se me ha lanzado, torciendo, incomprendiendo y mutilando el sentido de mi nota,  sino  “el marco mental” que yo he creado al tratar de defenderme. Sofisma ad misericordiam en estado puro. Apliquémoslo a un ejemplo ajeno para medir sus consecuencias. Discutiríamos sobre la parusía, por supuesto, pero dado “el marco mental” creado por Jesucristo al defenderse de las acusaciones de los fariseos, es altamente inoportuno hacerlo. Mejor sigámosle dando azotes.

Excomunión

         No me preocupa saber quién le enseñó lógica al Padre Iraburu, sino quién es su maestro de caridad para tratar de este modo a los católicos alertas y despiertos, que sin mérito alguno, y por el sólo hecho de haber vivido en la ciudad natal del Cardenal Bergoglio, asistiendo a sus desquicios múltiples y continuados desmadres, tienen todo el derecho y el deber de cumplir el teresiano “ya no durmáis, no durmáis”.
         Que la Iglesia esté preñada de inmorales de toda ralea y de altos jerarcas portadores de las más gruesas heterodoxias, burlando y violando el Magisterio Pontificio en forma sistemática, tampoco es algo que turbe en la ocasión “el marco mental” del Padre Iraburu. Ni una modesta coma reprobatoria contiene su artículo respecto de aquella legión de clérigos y de obispos que ultrajan a mansalva la Cátedra de Pedro. Pero mi posición, según sugiere, sería acreedora a la excomunión, de acuerdo con el canon 1370, 1, pues “si el que «atenta físicamente» contra el Papa queda automáticamente excomulgado considérese la sanción que merece quien «atenta espiritualmente» contra él, denigrándolo públicamente y difundiendo su personal convicción de que es un amigo de herejes y un perseguidor de la ortodoxia”.
         “Pequeño detalle” al margen de que yo no he dicho esto del Papa sino del Cardenal Bergoglio, sepa por lo pronto dos cosas el Padre Iraburu. La primera, que el precitado Bergoglio “atentó espiritualmente” contra los dos últimos pontífices en no pocas ocasiones públicas. Principalmente al obstaculizar con todas sus artimañas, tanto la aplicación del Motu Proprio Summorum Pontificum, como los criterios de dignificación litúrgica propuestos por Juan Pablo II en la Redemptionis Sacramentum y por Benedicto XVI en la Sacramentum Caritatis. Hay miles de católicos argentinos, honestos y lúcidos, que no me dejarán mentir. Atentó espiritualmente contra el Papado toda vez que desoyó la voz perenne del Magisterio para aliarse con los adversarios más insolentes de Roma y condenar, el 31 de diciembre de 2004, al puñado de católicos militantes que atacaron virilmente la exposición blasfema de León Ferrari, montada grotescamente para profanar al Papa y a la Iglesia.
         Monseñor Bergoglio, además, no sólo no sancionó canónicamente al obispo Monseñor Laguna, de la diócesis de Morón, en ninguna de las ocasiones en que este prelado indigno contradijo groseramente a los dos últimos pontífices, llegado al extremo de ridiculizarlos y de befarlos en órganos de prensa abiertamente izquierdistas, sino que cultivó la amistad con él, y despidió sus restos en la Catedral de Morón, el 5 de noviembre de 2011, en un clima de fervoroso panegírico hacia el prete felón que acaba de morir. ¿Por qué el canon 1370,1 habría de detener su efecto punitivo contra quienes de este modo, y desde altísimos cargos, atentaron espiritual y moralmente contra dos Sumos Pontífices, y contra el mismísimo Jesucristo?

Tener en cuenta rectamente el pasado

         Lo segundo que debe saber el Padre Iraburu es que ningún mal se comete al recordar los pésimos antecedentes históricos de la persona y de la larga gestión del ex Arzobispo de Buenos Aires.  Una cosa es como lo dijimos en nuestro escrito establecer un hiato sobrenaturalmente esperanzador entre Bergoglio y Francisco, sin condicionar el porvenir venturoso a lo pretérito desdichado. Pero otra cosa  es negarse cerrilmente a publicar aquellos comentarios que denuncien los malos antecedentes del Papa actual”. Si lo primero es virtud, lo segundo es ceguera. Esa que zahiere el Evangelio cuando nombra a quienes se les han embotado los oídos y se les han cerrado los ojos” (Mt. 13, 1, 15) Si suponer que, de modo fatal, quien mal obró obrará mal siempre, es determinismo craso; ignorar las lecciones del pasado, o más modestamente los ligamentos entre el antecedente y el consecuente, es atentar contra la historia y la lógica.
         Escuchemos al Cardenal Jorge Mario Bergoglio: “El acercarse a nuestra historia tiene un primer cometido: recuperar nuestra memoria [...]. No todo será luz en esta trayectoria [...]. No todo será gracia. También los jesuitas son y han sido pecadores. No han faltado tergiversaciones pecaminosas en su misión y, por momentos, la fidelidad al pasado ha sido mezquino esclerotizamiento; y su lanzarse al futuro no siempre ha estado exento de indiscreto vanguardismo. Y su zigzagueante búsqueda de realismo no ha estado a veces carente de un oportunismo acomodaticio [...]. Esta memoria que nos salva de ‘dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas’ (Heb, 13, 9), nos ‘fortalece el corazón’ (ibid)” (Cfr. Jorge Mario Bergoglio, Meditaciones para religiosos, Buenos Aires, Diego de Torres, 1982, p. 11, 13, 232).
         Ya que el Padre Iraburu se empeña en mostrarse como un defensor de estricta observancia de todo cuanto roce la vida del cardenal argentino, bien podría tomar este atinado consejo del hoy Papa Francisco.

Carencia de probidad intelectual

         He comenzado esta nota remitiendo a los sitios en los cuales el lector interesado podrá acceder al artículo completo del Padre Iraburu. Es lo que corresponde en cualquier debate honesto. Mi objetor, en cambio, no sólo no ha hecho lo mismo, mutilando capciosamente la letra de mi breve ensayo, y tergiversando por momentos el espíritu del mismo, sino que, ante un pedido expreso de que diera a conocer la totalidad de mis reflexiones ha posteado que no, “porque no me gusta conectar a mis lectores con páginas-web filolefebvrianas o sedevacantistas. Hay más de media docena que han reproducido íntegro el artículo de Caponnetto. Está también, según me dicen, en el blog de Cabildo, pero con mi PC no logro verlo”. ¿Tampoco funciona en la PC del Padre Iraburu la opción “copiar y pegar”, para resolver el pedido de su feligrés transcribiendo íntegro en su propio blog el artículo original mío que, según relata en un posteo, le hicieron llegar desde Argentina?
         No sé si el Padre Iraburu sabe que, a raíz de mi nota, he sido atacado virulentamente por ciertos sectores sedevacantistas; sobre todo por un tal Foro Católico, desde el que un anónimo escriba intenta un par de estocadas parapetado tras un brioso monitor . Pero curioso criterio el del Padre Iraburu. Apliquémoslo tal como hicimos con el caso del “marco mental”. No recomiendo leer la Sagrada Escritura, porque no me gusta poner a mis lectores en contacto con historias extrañas, como la de una mujer que seduce a un hombre, se acuesta con él y al final le corta la cabeza...
         De esta falta de probidad metodológica, sumada a una ausencia de lectura atenta y comprensiva, en virtud de la cual, el Padre Iraburu ni siquiera sabe darse cuenta de la data cronológica de mi escrito, se siguen una serie de yerros, que a vuelapluma enuncio. Digo yerros por modo más castizo de invocar a las mentiras.

           a) No es cierto que se pueda asentar apodícticamente que mi texto ha “causado en no pocos católicos una perplejidad y angustia muy graves”. Entre la totalidad de los católicos argentinos tradicionales –para usar la expresión del Padre Iraburu- la angustia y la perplejidad muy graves la ha causado el nombramiento del Cardenal Bergoglio como Papa Francisco. Es ésto lo que realmente importa y lo que el Padre Iraburu oculta, calla y disimula. Lo demás, me tiene sin cuidado. Los frutos de estas primeras y acotadas opiniones mías, ahora en debate, han causado adhesiones y rechazos. Agradezco enormemente la calidad de las primeras, y discierno la procedencia y la finalidad de los segundos para sacar provecho. Cuando escribo busco la complacencia de la Verdad, no de las tribunas. Mucho menos las digitales.

         b) No es cierto que mi nota sea “ejemplo y síntesis de los argumentos contrarios a la elección del nuevo Papa”. A la elección del nuevo Papa ni me niego ni podría negarme. Me rehúso en cambio a dos actitudes, que claramente quedan demarcadas en mi texto. Una es a la desesperación –pecado contra la Esperanza- y según la cual, nada bueno cabe esperar de Francisco. Otra es esa mezcla de memez y cobardía por la cual está prohibido pensar católicamente que la profecía apocalíptica pueda estar cumpliéndose ante nuestros ojos. Si no faltan motivos para la esperanza con la primera hipótesis, tampoco faltan en el caso que fuera la segunda. Porque entiéndase de una vez, con el Padre Castellani, que el Apokalipsis es un libro de esperanza, no de terror. Si un Falso Profeta ocupara altísimo sitial religioso, lo último no sería su victoria, sino el triunfo de Cristo Rey.
          ¿Y por qué, se preguntan algunos, pensar ahora en esta posibilidad? Sencillamente porque hay signos, y signos lacerantes de que algo atípicamente anómalo podría estar ocurriendo en la Iglesia. Los que niegan toda posibilidad parusíaca, no pecan principalmente de papólatras sino de pusilánimes. No quieren siquiera pensar en el capítulo trece del texto joánico, porque de ser cierto que ande cumpliéndose, se acaba la fiesta y empieza la persecución desatada y la confusión horrenda. Y para sobrellevarla hace falta algo más que andar escribiendo endechas apriorísticas e inconcusas sobre todo candidato elegido por el Cónclave.

         c) No es cierto que yo afirme que “los cristianos no tenemos hoy conocimiento cierto sobre la elección del Papa Francisco, en tanto ‘los teólogos de la historia más eminentes’ dictaminen sobre tan gravísimo asunto”. (Sólo el entrecomillado simple es frase literalmente mía). El Padre Iraburu no sabe inteligir lo que lee, o al menos lo que de mí está leyendo. Porque lo que he dicho y reitero, es que no seré yo quien pueda “discernir con solvencia si el Cónclave que eligió al Papa Francisco estuvo iluminado y movido por la inspiración del Espíritu Santo, como la fe nos lo señala; o si por alguna razón que ahora ignoramos, los Cardenales electores fueron engañados, resultaron objeto de alguna extraña manipulación, o cerraron su entendimiento a la lumbre del Paráclito”. No seré yo, y mucho me temo que tampoco el Padre Iraburu y sus clonados seguidores. Serán, en el mejor de los casos, “los teólogos de la historia más eminentes”. No veo qué reproche puede formulárseme, si en vez de buscar a los hermeneutas del Cónclave entre las páginas amarillas de Corriere della Sera o del New York Times, sostengo la conveniencia de escuchar a los que saben.

         d) Por lo tanto, cuando afirmo lo que he escrito sobre el Cónclave, no estoy sosteniendo “una gran falsedad”, como aventura irresponsablemente el Padre Iraburu. Estoy sosteniendo y reclamando una necesidad elemental y clásica: que los sabios nos ayuden a comprender; que nos orienten y guíen. Los hombres comunes solemos tener estos requerimientos; somos mendigos de lo Absoluto, diría León Bloy. En el Olimpo Iraburiano, en cambio, tamañas contingencias parecen ser innecesarias.
         Acota el Padre Iraburu: “si fuera ésta [la de la necesidad de un discernimiento de los sabios] una exigencia verdadera, tendría que decirnos cuántos años habrá de esperar el pueblo cristiano a que se produzca ese discernimiento «histórico» fidedigno. Y qué debe hacer mientras tanto”.
            Pregunta moderna la del Padre Iraburu, propia de una mentalidad cuantitativista. Ya dejola entrever en el comienzo, cuando según peculiar logaritmo, una semana suya no es lo mismo que otra mía, y cuatro días de publicada mi nota  valen más que veinte años de análisis  directo de una persona. Por lo pronto no entiende que la mía (mi referencia a los teólogos de la historia) no es una “exigencia” sino una súplica.
         Pregunta moderna y sin embargo fechada en el tiempo oscuro de la confusión de los apóstoles, cuando sin comprender lo que estaba desplegándose ante sus ojos, le preguntaron al Señor: “¿Es éste el tiempo en que restableces el reino para Israel” (Hechos 1, 6).
         No; no se trata la mía de una pregunta planteada en el terreno de cronos, o que de cronos obtenga segura respuesta. Es una inquisición teologal que en la Revelación encuentra la mejor pista. Nos daremos cuenta por los frutos, por los resultados, por los efectos, por las consecuencias. Nos daremos cuenta si seguimos a rajatablas el consejo del Señor: “cuando estas cosas ocurran, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas” (Lc. 21, 28).
         En cuanto a lo que hay que hacer en “el mientras tanto”, ya lo he dicho en mi nota, pero está probado que el Padre Iraburu ha leído de ella lo que quiso, y ha entendido menos que un grano de anís. Lo reproduzco, pues:
          “En esa espera tensa nos acompaña una promesa, un pedido y un ejemplo. La promesa es de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Yo rezaré por tí para que no desfallezca tu fe’, le dijo a su primer vicario, y en él a todos sus sucesores. Si la Fe no le desfallece y la conversión lo reviste con su gracia, habrá un bien para la Barca y aún para la Argentina.
         El pedido es el del mismo Papa Francisco, en su primera aparición; quien sin olvidar su clásico “recen por mi”, agregó además el recemos los unos por los otros. Oremus ad invicem. Eso hagamos. Recemos recíprocamente para sostenernos en estos tiempos, tal vez apocalípticos, sin el uso hiperbólico sino estricto de la palabra; y elevemos en común la plegaria a la Trinidad Santa para que nos permita discernir, sirviendo siempre a lo que es de Dios y combatiendo con ahínco cuanto se le oponga, proceda de donde procediera. Si fuera la hora de la luz, que nos dejemos envolver por ella, olvidándonos de las tenebrosidades del pasado. Si en cambio éstas persistieran, que no desertemos de la luz, como diría Thibon. No estamos llamando a la rebeldía ni a la desobediencia, ni a dar por nula la autoridad pontificia, sino al recto discernimiento [...]

         Una promesa , un pedido y un ejemplo, decíamos. El ejemplo es el de San Francisco de Asís [...]. No los halagos de los más perversos enemigos de la Cruz, que hoy forman fila para congratularse y encomiarlo, sean los adornos del Papa Francisco. Sino aquellos rituales «que otrora abrían las compuertas de la aurora». Y mejor aún: las señales cruentas, abiertas y sangrantes del Madero. Porque la única revolución que necesita la Iglesia es en la acepción que hiciera Chesterton de la odiosa palabra: dar la vuelta entera; que en este caso no sería otra cosa más que regresar a las fuentes vivas, primeras y fundantes de su Gloriosa Tradición”.

         e) No es cierto que “prueba de ello” [en negrita en el original la palabra “prueba”, y ello se refiere a que Bergoglio asuma que debe dejar de ser tal para comportarse como Francisco] es el episodio de la llamada telefónica a Buenos Aires, durante la cual pide que lo llamen Padre Bergoglio, a secas. No uso este argumento como prueba sino que lo califico de “noticia menor”. Porque éso es, y no pasa del plano anecdótico. Aunque otros llamados posteriores hubo repitiendo exactamente la misma actitud. Entre ellos, uno a Gustavo Vera, Jefe de la ONG La Alameda, del que da cuenta La Nación de Buenos Aires, el 26 de marzo.

         Pero no hago este reconocimiento al carácter meramente anecdótico de estos episodios para atemperar la fuerza de mi relato, sino para que se advierta, por enésima vez, la liviandad con que el Padre Iraburu tuerce mi escrito. Y digo que, dolorosamente, no puedo atemperar en ésto la fuerza de mi relato, porque no puedo dejar de ver, al día de hoy, más síntomas de que a Francisco le cuesta sacarse de encima al hombre viejo.

         Recibir cálidamente al agitador marxista Pérez Esquivel, compartiendo sus ideales ecumenistas –que no son precisamente los que supo predicar tradicionalmente la Iglesia–; saludar especialmente y de modo deferencial a un degenerado como Mauricio Macri; ponderar la acción de los líderes latinoamericanos reunido con la corrupta Cristina Kirchner, cuando sabido es que el grueso de aquéllos abraza el socialismo sino la guerrilla homicida; hacer notar que sigue viva la amistad con Clelia Luro, la escandalosa amante del obispo tercermundista apóstata Jerónimo Podestá (cfr. La Nación, 26 de marzo de 2013, p. 3),tender lazos de unión con todas las religiones, enfatizando desde el comienzo los vínculos con mahometanos y judíos, no son gestos que puedan incrementar nuestros fervientes y legítimos anhelos de un Papado y de un Papa que tomen férrea distancia de tantas conductas desconcertantes, desgraciadamente comunes en las últimas décadas.

          El Padre Iraburu recuerda con razón el canon 1404, según el cual, “La Santa Sede por nadie puede ser juzgada”. Pero la trágica paradoja es que este canon no es invocado para fustigar a Francisco, que recibe hospitalario y afable a  los más funestos enjuiciadores e impugnadores de la Santa Sede, sino a aquellos que nos proponemos cumplir con nuestros deberes de súbditos “golpeando y hociqueando al obispo para que nos dé la leche de la divina sabiduría”. Y esta enseñanza de San Césareo de Arlés me la comunicó personalmente el entonces Monseñor Bergoglio, en carta del 14 de octubre de 1992, que he reproducido en mi libro La Iglesia Traicionada.  Guarda plena consonancia con lo que reza el canon (212, 3), según el cual, “los fieles tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia”.
         Tampoco ayuda a percibir ese necesario abandono del hombre viejo, la salutación de Francisco a los líderes de la comunidad hebrea, fechada el 25 de marzo, en la cual, los felicita por la fiesta del Pesaj, diciéndoles que El Omnipotente, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto para guiarlo a la Tierra Prometida continue liberándoles de todo mal y acompañándoles con su bendición”. Algo distinto dice la Carta a los Hebreos (8, 6-9): “Mirad, días vendrán, dice el Señor, en que concluiré una alianza nueva con la casa de Israel y con la casa de Judá, no conforme a la alianza que concerté con sus padres el día que lo tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron fieles a mi alianza, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor”.  Consciente de este cambio pontificio en la valoración del Pesaj, el gran y homenajeado amigo de Bergoglio, el rabino Abraham Skorka, se apresuró a poner en evidencia que en “ésta, su primera Pacua como Papa en Roma, pero sin lugar a dudas, con su corazón y mirada hacia Jerusalén”, Francisco hace posible que judíos y cristianos busquen “las sendas que conllevan la dignidad del individuo” (cfr. La lección del Pesaj, La Nación, Buenos Aires, 26-3-13, p.21). Esto será ahora la Pascua: una amalgama hebreocristiana en pos de la dignidad del hombre.

         Nada de lo predicho, por supuesto, inclina la balanza de nuestro juicio a creer que estamos ante la Fiera de la Tierra, como enseguida deducirá el Padre Iraburu, pronto a atacar lo inatacable y a defender lo indefendible. Pero sí nos inclina –y mucho más de lo que quisiéramos– al recuerdo fresco y reciente del Cardenal Bergoglio tejiendo estrechas amistades con todos; con todos los enemigos de la Iglesia, menos con los católicos que combaten por  la Realeza Social de Jesucristo. A ellos –a nosotros, hablemos claro– siempre nos destrató con claros motes y ademanes despreciativos. Abrazos, paces cósmicas y predicadas ternezas las reservó de continuo para los otros.

         f) No es cierto, por último, que yo haya “profetizado una bicefalía” en la Iglesia. Desde que Benedicto renunció y sigue vivo como Papa Honorario, la tal bicefalía no necesita ser profetizada sino observada; y para que el mundo entero la pudiera verificar ambos pontífices se reunieron sin ocultamientos ni ambages. Que a nadie asombre eclesiológicamente este insólito encuentro de dos Papas, y que sólo quede reducido a una rareza histórica a la que se nos permite acceder, es una prueba más de esa pérdida de los hábitos sacros que alguna vez denunciara el mismo Monseñor Danielou. Porque el dilema vuelve a ser parusíaco, no administrativo o canónico, como parece entender el Padre Iraburu. Es la famosa y necesaria hermenéutica de la continuidad la que está en juego. La Cátedra de la Unidad, como gustaba llamarla Jordán Bruno Genta.

         Y este dilema exige, nuevamente, una perspectiva parusíaca; para saber si en los últimos tiempos es posible que convivan dos Iglesias, como decía el Padre Julio Meinvielle: la de la Publicidad y la de las Promesas; o si se podría dar el caso de la Iglesia de Filadelfia imbricada en Laodicea, como ha estudiado con solvencia Federico Mihura Seeber en su obra De Prophetia.

         Por lo pronto –y en orden a registrar, no a profetizar– esta dramática y eventual bicefalía, una frase consternante del Papa Francisco ya fue dicha: él quisiera una Iglesia pobre y de los pobres. Antes de él, por lo visto, no existió tal cosa. Él es el nuevo axis mundi; pero eso sí, con la modestia de un muchacho de barrio porteño. La verdad es que “no hay Iglesia de los pobres, ni Iglesia de los ricos –decía Juan Carlos Goyeneche ya en 1970–. ¡Hay Iglesia de los hombres redimidos por la sangre salvadora de Cristo, derramada en la Cruz. No hay Iglesia para las luchas sociales; hay Iglesia, precisamente, para hacer esas luchas imposibles”.

         El Padre Iraburu –con una tosquedad y un prosaísmo alarmantes– se desentiende redondamente de estas cuestiones. El suyo es el sofisma llamado wishful thinking; optimismo desproporcionado o pensamiento ilusorio o apelación a los deseos. La racionalidad y la realidad son sacrificadas en el altar del voluntarismo feliz.  ¡No hay ningún problema, señoras y señores! ¡Pasen y vean!. No hay crisis, ni eclipses, ni riesgos ni amenazas, ni Cristo Adveniente tras las peripecias anunciadas; ni necesidad de discernimientos ni de milagros. “Ahora empieza la primavera de la Iglesia”, ha dicho inverecundamente Monseñor Sandri. Por su parte,  a priori y bajo presunta ciencia infusa, ya sabe el Padre Iraburu que todos “los cambios que estime conveniente [hacer Francisco], de ningún modo han de producir la bicefalía anunciada por el autor”, que soy yo. Es más, “Francisco puede introducir en cuestiones formales cambios considerables, quitando y poniendo, según la Iglesia y las circunstancias del mundo se lo aconsejen”. Curiosa e innovadora consejera ésta de las circunstancias del mundo. Creíamos haber leído algo rotundamente contrario en el Evangelio. Pero de seguro es otro de mis “climas mentales” que yo suelo introducir.

La falacia de la culpa por asociación

         Consiste  en descalificar una idea o toma de posición, por haber sido sostenida por otra persona o grupo que se juzga cuestionable o irrecomendable. Llamada también falacia de las malas compañías, suele complementare con otra argucia denominada sofisma genético. Las cosas o los pensamientos no son buenos o malos per se, sino por un origen que se conjetura negativo.

         De tamaños despliegues contrarios a la lógica y a la ética se vale el Padre Iraburu para atacar mi artículo.  Por eso, asocia un fragmento del mismo a un concepto de Monseñor Lefebvre, vertido en 1987 o a unas declaraciones del Padre  Bernard Fellay –Superior General de la F.S.S.P.X– del año 2012. No importa que en estas declaraciones se sostengan verdades evidentes, o se mencionen los mensajes de La Salette, sobre los cuales, el mismo Papa Juan Pablo II se expidiera en inmejorables términos en 1982. Lo que importa es no andar en “malas compañías”. Que alguien le avise al Padre Iraburu que estoy un poquito grande para asustarme por El Coco, aunque lo pinte el maestro Goya.

La Sede Vacante

         El punto culminante de la inadmisible falsificación y mutilación de mi escrito hecha por el Padre Iraburu es cuando escribe que “el autor no afirma estar en sede vacante, pero sugiere la posibilidad. Si realmente la Iglesia pasa por ese misterioso «Eclipse» que señala como posible, si la Sede de Pedro ha caído bajo el poder del Anticristo, éso significa que la Cátedra romana está sede vacante, pues un Papa hereje no es verdaderamente el Papa”. Recurro nuevamente al esquema expositivo para aclarar mi posición:

         a) No he afirmado ni he sugerido la vacancia de la Sede Romana. Otros lo han hecho, y tendrán sus motivos, pero no es mi posición. Llamo Papa a Francisco, señalo con objetividad y gozo las cosas buenas que ha dicho, quiero confiar en que podrá sanear la Iglesia, declaro esperar “que todo lo santo y sabio sepa hacer”, y pido rezar por él. Cito uno de los fragmentos de mi nota escamoteados por el Padre Iraburu: “No estamos llamando a la rebeldía ni a la desobediencia, ni a dar por nula la autoridad pontificia, sino al recto discernimiento. Sin palabras crípticas digámoslo ya todo: no podemos ni debemos seguir al Cardenal Bergoglio. Si transfigurado en cambio por la plenitud de la gracia de estado, ese pastor que conocimos se ha convertido ya en el dulce Jesús en la tierra, se nos conceda el privilegio de prosternarnos ante él”.

         b) La metáfora del eclipse para aludir a la crisis de la Iglesia, no es mía sino de Paulo VI, en una famosa Alocución del 30 de abril de 1972. El Padre Iraburu no puede ignorarla, pues la cita expresamente en su libro Infidelidades de la Iglesia, Pamplona, Gratis Date, 2005, p. 7. Y la vuelve a usar en la página siguiente, tomada esta vez del Informe sobre la Fe del Cardenal Ratzinger, para hablar del eclipse de la teología mariana. La imagen, además, con o sin variantes, con la literal palabra u otras análogas, fue repetida en infinidad de ocasiones, y la usó Juan Pablo II en la Evangelium vitae (nº 23). Cosas muchísimo más graves que “eclipse” se dijeron, por boca de los pontífices, para explicar la tensión que sacude hoy a la Barca. Recuérdese, a modo de ejemplo desgarrador, el texto del Via Crucis del 2005, en el cual, el todavía Cardenal Ratzinger y poco después Benedicto XVI, sostuvo que “la Nave de la Iglesia hace agua por todas partes” y que “la cizaña parece prevalecer sobre el trigo”. Similares palabras usó en su alocucíon al clero romano, pocos días antes de que abandonara el sitial pontificio, en febrero de 2013.

         c) No he dicho –como torcidamente vuelve a interpretar Iraburu– “que  si la Sede de Pedro ha caído bajo el poder del Anticristo, éso significa que la Cátedra Romana está sede vacante, pues un Papa hereje no es verdaderamente el Papa”. Midiendo y pesando una a una las palabras que utilizaba para mi escrito, dije y sigo pensando que, en el peor de los casos, se podría cumplir en y con el Pontificado de Francisco, la revelación apocalíptica que habla de un Antiprofeta o Promotor del Anticristo. Me rectificaría ahora en una sola palabra: peor. Porque si ha de manifestarse el Anticristo en plenitud, de una vez por todas, y esa es la voluntad de Dios, seguida de la promesa final de su victoria, éso no puede ser lo peor. Sino lo malo previsto y necesario para que, al fin, irrumpa el Bien Supremo e Invicto.

         Hay una diferencia de grado, que en terreno tan delicado conviene respetar. No es lo mismo declarar la vacancia de la Sede y anunciar su caída bajo el poder del Anticristo (interpretación Iraburiana), que sostener la posibilidad de que estemos viviendo la revelación anunciada respecto del Falso Profeta, cuya misión sería propedéutica respecto de la Bestia, pero no la Bestia misma(interpretación mía).
        
         No estoy sólo en esta torturante encrucijada. Monseñor Eugenio Pacelli, quien luego  sería Pío XII, dijo en 1938: Escucho a mi alrededor a los innovadores que quieren desmantelar la capilla sagrada, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, hacer que se arrepienta de su pasado histórico [...]; vendrá un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en que la Iglesia dudará como San Pedro dudó”.
         Pero para mi sorpresa absoluta, no estoy solo en estas cavilaciones mías, porque de pronto entre la urdimbre de ignorancias sobre Bergoglio y de descalificaciones a mi persona que el Padre Iraburu permite que se reproduzcan en su blog el mismo Padre Iraburu, el 25-3-13 a las 4.46 AM, postea lo siguiente: “Desde las hondas profundidades de mi ingenuidad le diré que si en un Cónclave los electores eligen a uno que es hereje, cosa que puede permitir Dios, no se produce un Pastor necio, falso, precursor del Anticristo: sencillamente la votación, aunque haya sido unánime, es nula e inválida. Hay ‘error in persona’. No hay Papa. Hay sede vacante. Y ya la providencia de Dios verá los medios para remediar el desastre, y asegurar un Papa verdadero en la Sede de Pedro, que es la Roca indefectible, sobre la que Cristo edifica su Iglesia, aunque las fuerzas infernales atenten contra ella”.

         La variante introducida súbitamente por mi impugnador, difiere en algo substancial, pero concuerda en otra substancialidad que avanza mucho más lejos de mis conjeturas, hasta ahora presentadas como reprensibles y pecaminosas por el José María Iraburu. La discrepancia es que el Profeta de la Bestia, según el padre, no pueda ser el más eminente de los dignatarios religiosos. Pero la dramática coincidencia es que se pueda formular como hipótesis indeseable el “error in persona”, causado por los Cardenales en el Cónclave, y que, en ese caso, haya un usurpador o falsario en la Silla de Pedro. Pero entonces, dos interrogantes al menos, se hacen patentes. El primero es personal: ¿a cuento de qué tantísimos retos, admoniciones, reconvenciones e injurias, si resulta que al final estamos coincidiendo por donde comencé mi planteo? El segundo interrogante es de neto cuño iraburiano, y reviste la forma de un irónico boomerang.  Si “no hay Papa, hay sede vacante, y ya la providencia de Dios verá los medios para remediar el desastre”, ¿cuánto tendremos que esperar para que llegue el remedio reparador? ¿Cuándo nos daremos cuenta del fatal equívoco in persona?, ¿acaso el día que se obligue a circuncidar a nuestros hijos, o el que se promulgue como undécimo mandamiento ayunar en Ramadán?

Las herejías y el milagro

         Según el Padre Iraburu es inadmisible afirmar que el Cardenal Bergoglio era un promotor de herejías, y que hará falta un milagro para que sea un buen Papa Francisco [...]; el Autor, [...] difunde públicamente su convicción de que hará falta un milagro para hacer del Papa Francisco un auténtico Sucesor de Pedro, fiel Vicario de Cristo. Y eso es una falsedad intolerable”. Agrega después: La Iglesia no pasa por un eclipse. No hace falta ningún milagro para que el Papa Francisco sea un fiel Vicario de Cristo en la tierra, pues éste es justamente el don de gracia que Simón recibió de Jesús hace unos días para venir a ser Pedro [...]. Dentro de la economía normal de la gracia está que Cristo, eligiendo a Simón como cabeza del colegio apostólico, lo transforme en Pedro. Por eso mismo, no se necesita tampoco que el pueblo cristiano haga un discernimiento acerca de la autenticidad del Papa Francisco [...]. La oración por el Papa y los Obispos está situada en el centro de la Eucaristía y del corazón del pueblo cristiano. Y estamos absolutamente seguros –sin necesidad de hacer discernimiento prudencial alguno– de que el Señor nos escucha y nos concede lo que le pedimos, porque así lo ha prometido: ‘lo que pidiereis [al Padre] en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo’ (Jn 14, 13)”.
         Demasidos errores en párrafo tan prieto, obligan nuevamente al recurso escolástico.

         a) Lejos de ser “inadmisible afirmar que el Cardenal Bergoglio era un promotor de herejías”, es un hecho tristemente admisible y dolorosísimamente probado. Me siento eximido de fundar aquí aserto tan duro, por haberlo hecho minuciosamente en mi libro La Iglesia Traicionada, aparecido en 2010, y durante casi 14 años, sistemáticamente, desde las páginas de la revista Cabildo, que tengo el honor de dirigir. A estas múltiples pruebas que aporto no pueden ponerle freno ni el voluntarismo cerril del hombre de Pamplona, ni su método sofístico del wishful thinking, ni la falacia de la petición de principios. Si no fuera inapropiado introducir un sarcasmo, diríase que la criteriología del Padre Iraburu es la de aquel marido infiel del chascarrillo popular, que sorprendiendo a su mujer in fraganti adulterio, lo niega enfáticamente diciendo: ¡cómo mi esposa me va a hacer infiel si es mi esposa! Estar enemistado con la realidad se paga caro.
         Sólo me limitaré a poner un ejemplo para los amigos de mi amada España, primeros destinatarios del brulote iraburiano y que no tienen porqué estar al tanto de los penosos detalles domésticos de nuestra apostasía clerical. El 11 de octubre de 2012, la Universidad Católica Argentina, presidida por el Cardenal Bergoglio, le confirió el Doctorado Honoris Causa al Rabino Abraham Skorka, amigo personal del alto prelado, a quien ya visitó y abrazó afectuosamante en Roma, una vez convertido en Papa Francisco. Este rabino se presenta como discípulo de otro, llamado Marshal Meyer, cuya “bendita memoria” (sic) exaltó en el mentado acto académico, y exalta de continuo. Marshall Meyer, a su vez, fue un personaje cuya condición de pederasta y corruptor de menores, no sólo fue probada en los estrados judiciales (Buenos Aires, año 1971, causa 26.176, Sala V de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional), sino que, y por lo mismo, significó la expulsión y el repudio del reo por parte de las mismas comunidades judías del país. A la hora de agradecer el doctorado, Skorka, quien también en su momento justificó la legalización de las uniones sodomitas, agravió de diversos modos sutiles a la Iglesia Católica y negó que Cristo fuera el Mesías. Todo sucedió con la anuencia, la promoción y el aplauso del Cardenal Bergoglio, con quien acabó el deicida confundido en prolongado abrazo. Pueden verse los detalles de este funesto episodio en http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/search?q=Rabino+Skorka . No sé qué nombre recibirá en España este episodio. Aquí, y por lo pronto, no podemos sino consignarlo como blasfemia contra la Fe Católica, causado por  la heterodoxia insensata del judeo-cristianismo.

         b) San Agustín define: “Milagro llamo a lo que, siendo arduo e insólito, parece rebasar las esperanzas posibles y la capacidad del que lo contempla” (De utilitate credendi, 16, 34). Santo Tomás completa: “milagro es algo hecho por Dios más allá de las causas conocidas por los hombres ( Suma teológica, I parte, q. 105, a. 7). A esto me refiero, a esto apelo, a esto me entrego y en esto confío, cuando impetro y reclamo de hinojos que haga Dios el milagro para que Bergoglio “sea el buen Papa Francisco”. No estoy pidiendo que los muertos resuciten, ni estoy desconociendo el carácer milagroso que tiene de suyo la trasmutación de Simón en Pedro.
         Hace muy mal el Padre Iraburu al negarse a pedir el milagro de  tan magna conversión. No sólo por el bien inherente que toda conversión conlleva, ( y tanto más conllevaría en este caso), sino porque, como bien enseña el Catecismo (nº 548), “los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre, éstas testimonian que Él es Hijo de Dios”.
         El Padre Iraburu se rehusa a distinguir entre el milagro como don de la gracia que lo transforma a Simón en Pedro; (y que nosotros no sólo no negamos sino que afirmamos expresamente en nuestro artículo, en uno de esos párrafos que nos fueran omitidos), y el milagro en la acepción que acabamos de ver, de las manos seguras del Aquinate y del de Hipona. Se rehúsa a distinguir entre el milagro que conlleva la gracia de estado –y en cuya creencia, en este caso concreto de Francisco, insistimos en afirmar y el milagro de la metanoia, por el que un corazón de piedra puede convertirse en uno de carne, según el Profeta Ezequiel (11, 19). También la Eucaristía es un milagro per se, la celebre el sacerdote que la celebrare, en virtud de ese otro milagro –bellamente expresado por Hugo Wast de que esas manos consagrantes se transformen en manos de oro por la gracia de estado. Pero si nos consta que el sacerdote está empecinadamente extraviado y subvertido en su doctrina, nada mejor podremos hacer que rezar por el milagro de su conversión.
         Sí; hace mal el Padre Iraburu en negarse a rezar por la plena conversión del Cardenal Bergoglio. Unas páginas del notable Papini, a propósito de un poema de Roberto Browning, y tituladas sugestivamente La conversón del Papa, refieren el caso literario de Aureliano, quien arribado al trono de Pedro tras largos años de fingimiento y con posterioridad al engaño al que sometió al Colegio Cardenalicio todo, fue sujeto, de pronto, del milagro personalísimo de su conversión. “Y en aquel instante”, relata Papini, “en aquella sala donde el nuevo Papa se había encerrado, solo, para concentrar sus pensamientos y sus fuerzas, sucedió algo que jamás fue conocido por otros, se realizó el inesperado y providencial milagro: el pensamiento de toda aquella pobre gente que corría hacia él, que creía en él porque había creído en sus palabras, ese pensamiento lo burló, lo conmovió, lo sacudió y arrastró consigo. Experimentó un escalofrío, se sintió agitado por un temblor, le pareció que una luz jamás vista invadía la gruta oscura de su alma. Repentinamente se sintió inundado y vencido por una dulzura aniquiladora jamás experimentada en su larga vida, por una ternura infinita hacia todas aquellas almas simples, infelices y sin embargo felices, que creían en Cristo y en su Vicario, y súbitamente, el nudo negro y gravoso de la anhelada venganza se deshizo, se cortó, se disolvió en un llanto continuo, desesperado, que le quemaba los ojos y el corazón, que consumía su interior más que una llama viva. El nuevo Papa se postró sobre el mármol del pavimento, y oró de rodillas, oró por vez primera con abandono total del alma, con toda la sinceridad de la pasión, como nunca había orado en toda su vida. El viento impetuoso de la Gracia lo había derribado y vencido en el último instante. Hasta el mismo dolor del remordimiento por su infame pasado de fingimiento, de engaño y duplicidad, le parecía un consuelo inmerecido, un consuelo divino. Aquel dolor quemante lo podría acompañar hasta la muerte, pero purificándolo, salvándolo de la segunda muerte”. Dios es todopoderoso; y nosotros, repetimos, creemos en los milagros.

         c) Es mentira que la iglesia no pasa por ningún eclipse, como entrando en burda contradicción consigo mismo sostiene el Padre Iraburu, al sólo objeto de descalificarme y de afianzar su optimismo vacuo. La Iglesia vive un proceso de autodemolición, con el humo de Satanás merodeando sus entresijos, que es mucho peor que un eclipse. La Iglesia recibió, aún desde mucho antes del Concilio, la advertencia de que ya podría habitar en este mundo el hijo de la perdición, acechando nuestras vidas creyentes. Lo dice San Pío X en su primera encíclica, del año 1903, E Supremi Apostolati. ¿Cómo llamar a un sacerdote, que al solo objeto de imponerse en un debate, afirma y niega a la vez la existencia de gravísimas infidelidades en la Iglesia?

         d) Es contradictorio asimismo que el Padre Iraburu lance, con buenos fundamentos teológicos, la posibilidad in genere de una elección nula en un Cónclave amañado o torvo, y sostenga después que no se necesita tampoco que el pueblo cristiano haga un discernimiento acerca de la autenticidad del Papa Francisco”.
         Por lo pronto yo nunca he pedido esto último, limitando mi ruego de un discernimiento a los textos apocalípticos que podrían arrojarnos señera lumbre en medio de tan inédita travesía. Pero así como aturde que el Padre Iraburu se oponga a pedidos de conversiones y de milagros, no causa menos estupor la negativa a pedir y a cultivar ese don preciosísimo del Espíritu Santo, llamado entendimiento y que, según Santo Tomás (S.T, II, II, q. 8), es el que permite que la inteligencia humana, bajo la acción iluminadora del Paráclito, se haga apta para una penetrante intuición de las cosas reveladas y aún de las naturales en orden al fin último sobrenatural. Si algo necesitamos hoy es discernir, conjugando el verbo en esta acepción teológica.
            El Padre Iraburu, niega la necesidad “de hacer discernimiento prudencial alguno”; esto es, y dicho sin ambages, niega en tamañas circunstancias aciagas como la que no toca vivir, la práctica de una virtud y la recepción de un don de la Tercera Persona; y manifiesta su seguridad absoluta “de que el Señor nos escucha y nos concede lo que le pedimos”.  Por supuesto, pero siempre y cuando, y como también lo enseña Santo Tomás, nuestra oración sea “segura, recta, ordenada, devota y humilde”.  Medio difícil de aunar todos estos requisitos, si mi plegaria consiste en decir: “Te pido Señor que no imploremos ni el milagro ni la conversión de un vicario tuyo crispado de extravíos en su reciente y abultado ministerio público. Te pido además que no nos obligues a discernir ni a recordar que tu Barca hace agua por los cuatro costados;¡ah!, y de paso, Señor, te pido que acabes con el siniestro objetivo de un tal Caponnetto, que se permite recordar tu revelación apocalíptica, tan luego cuando se acaba el eclipse y asoma la primavera de la Iglesia”.

La humildad y la desconsagración

         El Padre Iraburu dice haber escrito en ocasiones, y es cierto, lamentando “grandemente las pésimas consecuencias que trae la secularización del sacerdocio ministerial, también en su apariencia exterior”. Pero como en el caso del eclipse, no es momento éste para andar recordando esas cosas. ¡Nadie se atreva a tocar a Bergoglio! De modo que otras enseñanzas se imponen, más bien de cuño historicista y relativista. Por ejemplo, que “se pueden eliminar tradiciones pontificias”, que se puede dar “una cierta evolución de los signos sagrados” y que “modos y gestos tradicionales en la vida de la Iglesia pueden y deben cambiar o eliminarse en el tiempo histórico oportuno”, estando atentos, como vimos, “a las circunstancias del mundo”. Las circunstancias del mundo y el tiempo histórico –el Siglo, diría Hello– son ahora nuestros guías para medir el uso o el desuso de los signos pontificales.  El que piense lo contrario –y según el Padre Iraburu, que no entiende nada al respecto, ése sería mi caso– es un malvado que “formula críticas  crueles y falsas [que] sólo sirven para denigrar al Papa Francisco gratuitamente”.
         Vuelve a ser curioso el criterio del Padre Iraburu. La crueldad y la falsía no estarían del lado de quien irrumpe en la silla petrina trocando abruptamente la pulcrísima majestad y dignidad litúrgica procurada por su antecesor, y poniendo así en evidencia, de modo casi ingrato, que lo anterior le resulta desdeñable. La crueldad y la falsía no estarían en quien introduce tintes plebeyos y populistas en su conducta pontificia, incluyendo la de sostener la camiseta futbolera del club de sus predileciones, o juntarse el 20 de marzo, en plena Cuaresma, “a comer algo” en un salón contiguo a la Sala Paulo VI, “y cantar tangos todos juntos”, intercambiando regalos, risas, confianzudismos  y fotos “con el gordo” Juan Manuel Olmos, político vil, integrante en el año 2011 de la lista kirchnerista Filmus-Tomada, que propiciaba abiertamente un ideario pro cultura de la muerte y revulsivamente anti católico. No; nada de eso –que puede constatarse en todos los medios locales del 21 de marzo– es crueldad y falsía. Sólo lo mío.
         Le diré algo al Padre Iraburu, si está en condiciones de comprenderlo. Mi preocupación no es la silla gestatoria, el palio, la museta o el camauro. Tenemos por seguro que por ningún cambio accidental, como bien dice, se desmoronará la Roca; y en lo personal, de mí sé decir que en materia de gustos prefiero la augusta y solemne austeridad monacal al desborde barroco. Tampoco creo que el semper idem de la Iglesia consista en mantener perennemente los flabelos, la capa magna con una cola de cuatro o cinco metros, sostenida por un caudatario, el besapiés del Papa”. Todo esto que Iraburu enumera como modificable, y que –sobre todo el besapiés más se adapta a su actitud mental de idolatrar a la persona del Papa, que a la mía, no es el motivo central de mi combate.
         Mi preocupación es teofánica y parusíaca a la vez. Con lo que queremos decir que si se multiplican los gestos de aseglaramiento, secularización, minimalismo simbólico, disminución de la majestad regia, desjerarquización y populismo, la conducta pontificia más se asemejará a una ceremonia de auto-desconsagración que a una Vicaría terrena del Rey de Reyes. Si tanto le incomodan a Francisco los atuendos preñados de sacralidad , los legítimos talantes regios o los ritos más raigales, no es al pueblo fiel al que dejará conforme. Porque ese pueblo fiel –aunque hoy esté compuesto por una puñado ínfimo de hombres lúcidos– no quiere que el Papa sea uno más que tome el colectivo con ellos. Quiere que sea un egregio. Un Papa democrático –y he aquí el sentido parusíaco de nuestra inquietud– más se acomodaría aún a la figura del Falso Profeta.
         No sabemos, además, a quién se quiere impresionar con esta seguidilla de gestos abruptamente diferentes a los de sus antecesores. Si es al mundo y a los multimedias, ya están arrobados desde el minuto inicial en que inclinó la cabeza ante la multitud pidiendo rogativas antes de bendecirla; esto es, horizontalizando antes que verticalizando. Pero si es a los católicos serios y formados, cuanto ha hecho hasta ahora Francisco en materia de humildad y de arrojo  es nada, comparado con un León Magno, en sandalias, desafiando con su solo pellejo al energúmeno de Atila o de Genserico, en las puertas de Roma, o a San Ponciano Papa, desnudo y sangriento, trabajando como un galeote en las minas de Cerdeña, para morir después martirizado.
         Acaso sea el momento de repasar aquel consejo dado a San Francisco Javier, que en el El Divino Impaciente, José María Pemán puso en la boca de San Ignacio:
"...No exaltes tu nadería,
que entre verdad y falsía
a penas hay una tilde,
y el ufanarse de humilde
modo es también de ufanía”

El último sofisma del Padre Iraburu

         Ya usó unos cuantos el hombre, como hemos visto; de modo que uno más, a modo de estrambote, no podía  faltar. “El sr. Caponnetto” –sostiene- “por muy católico e intelectual que sea, no es quién para afirmar en público que tal obispo es un hereje”. Lo que ha hecho “es una barbaridad nefasta [...] y he argumentado suficientemente mi posición, que no es puramente ‘mía’, sino compartida por la inmensa mayoría de la Cristiandad, Obispos y fieles católicos”.
             Falacia ad hominem potenciada con la del mayoritarismo. Combinacion más revolucionaria imposible.
         Pero tiene razón el Padre Iraburu: yo no soy quién. No soy como él, nimbado de dones preternaturales para decir cuanto se le ocurra. Falla en la homousia que no puedo subsanar.
         Por cierto que no soy quién. El pequeño inconveniente de este burdísimo sofisma ad hominem es que aquí no está en debate ni mi rango ontológico ni el de él, sino la Verdad.  Y Veritas, a quocumque dicitur, a Deo est. Mientras no logre probar que falto a la Verdad, y no lo ha logrado en ninguno de los puntos en cuestión, no intentaré defensa alguna de quien soy yo. Por lo demás, celebro que el Padre Iraburu haya ganado las últimas elecciones democráticas de la Cristiandad, gozando de los favores de “la inmensa mayoría”.  Como yo soy católico no voto ni me hago votar, de modo que estoy fuera de la competencia, derrotado de antemano.

Consejos para los amigos

         Les diré al menos, y por si sirviera de algo, lo que yo estoy haciendo y pienso hacer:

         1) Mientras no se pruebe de modo fehaciente la nulidad del Cónclave –y en principio no parece probable tal alternativa, siendo delicadísimo que así sucediera– Francisco es Papa, y se debe proceder ante él como ante todos los Vicarios de Cristo: veneración y obediencia. Si algo malo se supiera mañana al respecto, no me ha de alegrar la noticia, ni el haber conjeturado desde el principio tan espantosa hipótesis. Se me dirá que estoy condicionando mi adhesión al Pontífice. No, porque creo en el Espíritu Santo, como repito cada mañana. Pero tampoco dejo de repasar aquellas palabras de Jesucristo dirigidas a los fariseos: “Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis! (Mt. 16, 2). Que el mundo, empezando por el “católico”, festeje los arreboles falsos. Nosotros tratemos de estar atentos a las señales de los tiempos.

         2) Si alguien se preguntara cómo un prelado tan visiblemente ligado por sus antecedentes a la promoción de la herejía, pudo haber sido elegido Papa, no encontramos otra respuesta más que lo dicho en la Primera Carta de San Juan, capítulo 2, versículos 18 y 19. Léase atentamente su contenido con longanimidad, fortaleza y confianza en Dios. Y Dios permita que nos sea dado ver muy pronto que son ellos, los heréticos, quienes tendrán que decir de Francisco: salió de nosotros pero no era de nosotros. He aquí el texto de Juan: “Hijitos míos, es la última hora. Se les dijo que tendría que llegar el Anticristo; pues bien, ya han venido varios anticristos, por donde comprobamos que esta es la última hora.  Ellos salieron de entre nosotros mismos, aunque realmente no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros se habrían quedado con nosotros. Al salir ellos, vimos claramente que no todos los que están dentro de nosotros son de los nuestros”.

         3) Rezaré y rezaré intensamente; rezaré como nunca antes en mi vida, pidiendo el milagro de que Francisco se convierta de sus errores pasados y de sus conductas crapulosas, constituyéndose en el Papa santo y sabio que necesita la Iglesia para ser restaurada. Será un honor servirle entonces. Defenderé y predicaré pública y gozosamente cuanto de bueno, bello y verdadero sostenga y obre desde su sede, sin confundir cualquier opinión vertida por él a lo dicho ex cathedra, si lo hubiere, que bien sabemos obliga a otra conducta. Y desde ya que me place y conforta haberle escuchado decir en estos días algunas de esas verdades simples que solía decir en privado, cuando era apenas Monseñor Bergoglio o el Padre Jorge.

         4) Seguiré insistiendo, y con más énfasis que lo habitual, en el deber que tenemos lo súbditos de resistir los errores, las confusiones y las felonías de los Pastores, y aún las del mismo Sumo Pontífice, llegado el durísimo trance. Esto es doctrina católica y no su contraria; y tiene una antiquísima tradición dentro de la Iglesia. Nos asistan en esta tarea Santa Catalina de Siena, San Atanasio, San Sofronio, San Norberto, San Césareo de Arlés, y cuantos varones y mujeres extraordinarios han tenido que obrar o enseñar que la opugnación filial, amorosa y respetuosa al Papa, puede ser un acto de servicio para custodiar a la Iglesia de su derrumbe, y hasta al  mismísimo Santo Padre.

         5) Insistiré oportuna e inoportunamente en la obligación moral que nos asiste a “los súbditos de celo y libertad, para que no teman corregir a los prelados, especialmente si el crimen es público y corre peligro la mayoría de los fieles”. Es enseñanza de Santo Tomás de Aquino (In Gal. 2, 11, nº 76-77), pero podríase sobre el particular citar una multitud de textos escriturísticos, patrísticos, escolásticos, conciliares, canónicos y pontificios de todos los tiempos, conformando todos ellos un corpus doctrinal, que en buena hora redondeó admirablemente Melchor Cano teólogo de Carlos V en Trento diciendo: “cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar”.

         6) Distinguiré, en la medida de mis posibilidades, la vera realidad de las horribilísimas campañas multimediáticas puestas ya en marcha sobre el nuevo Pontificado. No lo que digan los medios, sino lo que diga y obre el Papa deberemos analizar. La mayor restricción que hagamos al influjo de los medios masivos, será para nuestro bien. También lo será el mayor uso que hagamos de los diálogos y pedidos de consejo entre los sabios. No vale aquí ningún argentinismo, ninguna papolatría, ni menos aún ninguna papoclasia. Pero que tampoco aparezca un extranjero a querer enseñarnos quién es Monseñor Bergoglio. Veamos los frutos de Francisco, pues ya se sabe que el árbol se conoce por sus frutos (Lc. 6, 39-45). No nos fijemos un tiempo cronológico sino un lapso espiritual. Midamos la espera en maitines y en vísperas, no en horas calendáricas.

         7) Estaré atento a las enseñanzas de Libro del Apocalipsis, explicadas principalmente por los Padres y nuestro cura Castellani; y a las pocas revelaciones marianas aceptadas formalmente por la Iglesia. Depuremos nuestro diagnóstico de la multitud de aparicionismos, videntes o revelaciones privadas.  Más conducen a la demencia que a la salud. Pero no olvidemos  la necesidad de una perspectiva parusíaca, sobre todo ante esta extraña situación de dos Papas  conviviendo en Roma. Orante y monástico el uno, activista y pragmático el otro.

Avisos parroquiales

         1º. Hace unos años, en el 2005 –Dios sabrá por qué– Bergoglio fue causa de la ruptura de la amistad con el Padre Torres Pardo. Ahora, ya devenido en Francisco, es causa de ruptura con el Padre Iraburu, con quien ninguna amistad tenía, pero sí amigos y conocidos varios en común.

         Al Padre Iraburu; aunque pensándolo mejor más que él a mis amigos, discípulos y lectores, quiero recordarles literalmente –con algún levísimo retoque– lo que dije en aquella respuesta del 2005, como cierre de mi carta:

         Conozco la naturaleza humana, de puro viejo nomás. Sé que el Padre [José María Iraburu] querrá quedarse con la última palabra. Se la cedo. La última y la penúltima y el post scriptum. Mis energías, pocas o muchas, las que me queden, no se gastarán sino en lo que siempre he querido quemarlas: luchando por Dios y por la Patria. Quiero decir que no admitiré más polémicas con él, pues lo esencial que tenía por decir ya fue dicho, sólo Dios sabe al precio de qué amargura, en plena Semana de Pasión. Además, conozco la tópica, gracias al maestro Aristóteles. Sé cuándo se sabe argumentar y cuándo no, y por consiguiente, cuándo y con quien vale la pena sostener una polémica. El Padre [Iraburu] ha cometido todos los extravíos de una tópica sin sustento, de una razón sin timonel, de una inteligencia sin circunspección.”

“Una aclaración postrimera me queda en el tintero y he de hacerla. No me causa ninguna gracia andar de desencuentro en desencuentro con curas,  obispos, y Pontifices. No he sido educado para tener que rebelarme contra  las autoridades de la Iglesia, sino para arrodillarme frente a la Jerarquía, orgulloso de mi vasallaje, y ofrecerle mis servicios. Me lastima hasta la fibra más honda del alma constatar que, en líneas generales, nuestros pastores y clérigos son medrosos, ambiguos, heresiarcas y hasta poco viriles, como diría Santa Catalina de Siena. Tal situación me provoca una desazón y un tormento que, repito, sólo Dios conoce, y sólo Él sabrá porqué lo permite. Pero no debo callar. En mi nombre, en el de los tantos y tantos que padecen conmigo similar dolor, en el de mis maestros mártires y en el de mis discípulos. No debo callar, porque la esperanza está puesta en el triunfo de la Verdad Crucificada, oportuna e inoportunamente testimoniada. No debo callar ni retroceder, porque a pesar de la jerarquía prevaricadora y de sus inesperados obsecuentes, alguien tiene que decir la Verdad”.

2º. Mi repudio mayor en estas lides se lo llevan esos personajillos anónimos, cobardes, arteros y encanallecidos, que se llaman posteadores o simples navegantes de internet. Agradezco a Dios que por mi edad, mi impericia técnica y mi falta de tiempo, sólo sea eventual y fugacísimo el anoticiamiento que tengo de sus fechorías. Pero así las cosas hoy, con esta cybermanía, cualquier imbécil que jamás se acercó a mi alma ni a mi trato, ni a mi familia ni a mi casa ni a mi vida, se cree autorizado a acusarme de lo que se le ocurra.

He perdido muchas cosas por dedicarme a lo que me dedico. Vivo orgullosamente con lo puesto. Pero siempre me preocupó perder algo más: la vida eterna. Y la vida eterna la perderé si enmudezco como un pusilánime, si disimulo como un oportunista o si miento como un patán. Sepan, pues, los nuevos pendolistas anónimos, pseudónimos o encubiertos; sépanlo los calumniadores ociosos y los que, por ser ladrones, creen que todos son de su condición. Seguiré en batalla, hasta que el Señor me llame. Y sépanlo asimismo aquellos que bien me quieren me consta pero me aconsejan prudencias que no van con las urgidas perentoriedades, postergaciones que terminan siendo renuncias y subterfugios impropios del testigo. En esto al menos, procuro hacerle caso a Borges:

“Entre las cosas hay una
de la que no se arrepiente
nadie en la tierra. Esa cosa
es haber sido valiente”.

3º. Guardo en mi corazón –y también en mi archivo un sinfín de cartas de amigos, de discípulos, de maestros, de hombres prestigiosos, de familias y de gente común de toda edad y condición, que me manifiestan su gratitud por cuanto he escrito al respecto. Estoy contando los hechos como son, y nada gano en mentir. Son cartas que me agradecen y ponderan sin lisonjas, en el tono coloquial que se suscita entre almas afines, ajenas a toda negociación de vanaglorias, a todo estúpido e inexistente posicionamiento curricular. No; ya no hay tiempo para las majaderías entre nosotros.

Pero hay una clase especialísima de esas cartas a las que quiero dedicar un párrafo aparte. Son las de aquellos sacerdotes que no pueden hablar porque es mucho o es todo lo que perderían si así lo hicieran. En privado me felicitan, me apoyan, me sostienen, me alientan a decirlo todo, me aportan elementos de juicio, y a veces me enmiendan con caridad y ciencia. Entiendo las razones de su silencio. No les formulo el más mínimo reproche. No quisiera herirlos con una línea siquiera que pudiera rozar sus nobles decisiones. Les pido perdón sinceramente y de antemano si estos renglones pudieran embretarlos. Pero ellos saben más que yo. Es cierto. Han estudiado disciplinas arduas cuya plena posesión me es ajena. Harían un bien inmenso si salieran a hablar con sus rostros y voces y nombres y títulos, a plena luz del día, desde los tejados. Harían un bien inmenso incluso, si ante estocadas arteras como ésta que me toca hoy responder, dijeran en público lo que me dicen en privado: que tengo razón.

 A ellos, pues, a estos sacerdotes a quienes tanto admiro y debo, sólo quiero formularles unas preguntas, cuyas respuestas ignoro: ¿Cuál es el límite de ese silencio? ¿Cuál es el borde de la fingida conformidad? ¿Cuándo habrá que quemar las naves? ¿Cuándo es el día del viaje desasido, sin regreso, sin orillas amigas que nos esperen, sin lechos familiares en que reposar seguros las osamentas? Sólo el desierto, el páramo, el peregrinaje arduo y combatiente. ¿Cuál es el día para decir ¡basta! y gritar desde los tejados? ¿No sería menos desolada la soledad, menos apenada la pena, menos desangelado nuestro Ángel, si ellos hablaran de consuno, con la facundia y la sabiduría que el Señor les ha prodigado?

Me uno a ellos con afecto entrañable en vísperas de este nuevo Viernes de Pasión en que termino mi escrito. Me aferro como amigo y penitente  a sus manos que saben bendecir y perdonar .Me permito pedirles un sitio en el Via Crucis, para decirles que, tal vez por nuestro mutismo o indiferencia, Jesús se está cayendo por cuarta vez:

La tarde huele a sangre y a gemido,
arriba espera el monte abovedado,
más hondo que la huella del arado,
más seco que el ahogo de un latido.

Ya estaba terminado el recorrido,
pronto estaría todo consumado
pero advertiste el rostro de un pecado
venidero y final como un crujido.

La Nave quiebra un mástil, se te aparta,
¡Navega hacia alta mar!, le gritas mudo
y caíste la vez número cuarta.

Mañana sonarán repiqueteos
pero hoy, tu viernes desolado y rudo,
Aquí estamos, Señor, tus cireneos.

Antonio Caponnetto

lunes, 25 de marzo de 2013

Mirando pasar los hechos

¿POR QUÉ NO TE CALiAS?
                  
Cabría pedirle su mejor acento a Juan Carlos I, para aconsejarle con todo respeto al viejo general…
    
“La Nación” (17/03/13) acaba de publicar nuevas declaraciones del “dictador” Jorge R. Videla a la revista española “Cambio 16”. Gravísimas, en cuanto se lean como un llamado a la rebelión armada. Por supuesto  a nadie escandalizaría una instancia a cumplir el mandato  constitucional de armarse en defensa de la Patria. Pero a ninguno se le escapa tampoco,  que las turbas están buscando la ocasión de ampliar sus ya comenzadas razzias terroristas, conforme a la archisabida dinámica cubana.
      
Aunque ya nos tengan  acostumbrados, es increíble la complicidad o ingenuidad de los medios. Sea prestándose a la trampa, o sin advertir al menos la sugestiva curiosidad de que a un condenado varias veces a prisión “mortal”, se le permitan repetidas y extenuantes conferencias de prensa. Precisamente desde mazmorras manejadas con rigidez soviética, aun para las magras entrevistas de auxilio o de cercanos familiares. El mismo prisionero conferenciante, reconoce que con motivo de sus anteriores manifestaciones decidió llamarse a silencio, como actitud más conveniente; pero que las actuales circunstancias lo llevan a cambiar de actitud. Es evidente que con toda buena fe, nunca ha advertido la burda trampa tendida  desde el primer momento. No sólo sin aliviar la situación, sino en todo caso agravándola. Vaya a saber hasta qué punto ahora…
    
Casimiro Conasco
Marzo de 2013
 

domingo, 24 de marzo de 2013

Padres de nuestra Patria

   
LEONARDO CASTELLANI:
MAESTRO DE LA FE
   
Los años transcurridos desde la muerte del Padre Castellani, son posiblemente el lapso en que frecuentamos su trato con mayor asiduidad. Decimos “trato” y no “lectura”, porque un libro de Castellani es una lección dialogada entre autor y lector, un coloquio que va desarrollándose inadvertidamente, hasta que —de pronto— las intuiciones y sentimientos que suscita la lectura irrumpen en forma de diálogo ameno y chispeante.

El alma de ese diálogo personal, directo y confiado, consistía en su propósito de cumplir con el oficio que Dios eligiera para él, esto es, enseñar la Fe, poniendo a su servicio los medios más aptos del que él eligiera para cumplirlo: nos referimos a su vocación de sacerdote y su idoneidad de hombre de letras. Porque este escritor singular, profundo, sabio y disciplinado como pocos en su trabajo; este lector de oficio —que ejercía como un deber de estado en que se juegan la vida o muerte eternas— este sacerdote que amó a la Iglesia “a pesar de los pesares” y, sobre todas las cosas, amó a Cristo presente en la Iglesia, era, sobre todas las cosas también, un hombre de Dios, un hombre elegido por Dios.

Dice bien Calderón Bouchet en su Estudio Preliminar a “Las Canciones de Militis” (Ed. Dictio, Bs. As., 1974) que “…sin ser dominico, hizo suyo el lema de aquella Orden: Contemplari et contemplata aliis tradere”. Bien dice, porque de esta contemplación y transmisión de lo contemplado, puede afirmarse que fue el primer motor de su obra. Y bien dice, cuando explicitando el concepto, agrega: “…si hay algo que distingue a Castellani de otros doctos en sagradas ciencias, es su idoneidad para hacerse entender y provocar en la inteligencia un movimiento de profundo goce intelectual sostenido por dos estímulos aparentemente antagónicos: el descubrimiento de la verdad y la asombrosa comprobación de la insignificancia de las mentiras que la ocultaban…” (subrayado nuestro).

Conocer, en sentido cristiano, es contemplar y luego obrar en orden a lo contemplado. La virtud de la caridad, en este caso, consiste en participar a los demás de la Verdad contemplada: esa “caridad de la Verdad” que debemos al prójimo, antes y mejor que cualquier otro bien material o moral.

“El problema del aeronauta (dice Castellani), no es sólo volar alto, sino volar alto con pasajeros y carga, que de otro modo le puede sacar ventaja cualquier globito de hidrógeno”.

Castellani voló alto y dotado de un instrumental de vuelo excepcional: Teología, Filosofía, Lingüística, Psicología, latín y griego, seis idiomas modernos, preceptiva literaria, arte y sensibilidad de poeta. Voló alto hacia Dios, por amor de Dios, llevando en el “anca” de su vuelo a la Patria, que al decir de Verlaine en los inolvidables versos que Castellani tradujera “…ya son un solo amor, ya no son dos”. Y voló alto para salvar su alma y la nuestra en un vuelo del que algunos fueron pasajeros y otros fuimos carga. Dicho en cristiano, unos pocos fueron Cireneos y otros, cruz.

Se ha dicho de él que fue el escritor religioso más original de este tiempo. Es verdad, pero vale la pena detenernos a considerar en qué consistía esa originalidad. Por una parte, originalidad de estilo, innegable, evidente, casi única. Pero por otra, o mejor dicho, subsumiendo aquélla, la originalidad de las almas en gracia, la santa originalidad de los fieles a las mociones de la Gracia.

¡Qué más le daba al Padre una palabra, un giro idiomático más o menos pulido, si expresaba claramente la idea que trataba de enseñarnos, la verdad que defendía, el punto de la Fe en que podíamos vacilar, tropezar o escandalizarnos! Castellani fue un maestro en la más amplia y pura acepción de la palabra, un maestro de la inteligencia, pero también un maestro de los corazones, porque movía la voluntad a la enmienda y a la vida virtuosa: porque edificaba, en suma, poniendo la inteligencia al servicio de la Fe.

Este servicio de la inteligencia en obsequio de la Fe, esta subordinación de grado de la razón a la Providencia, puede parecernos fácil a los que obramos sin mucho miramiento respecto de ambas. Pero en los hombres del talante (y del talento) de Leonardo Castellani, implica un esfuerzo y un vencimiento de valor excepcional: es fácil renunciar a las riquezas que no se tienen, lo tremendamente difícil es renunciar a las que se tienen.

En obsequio de la Fe, Castellani vendió, como el mercader de la parábola, todos sus bienes. Por cultivar el pequeño grano de mostaza, por hallar el tesoro escondido, por adquirir la perla única, gastó su vida, “…al servicio de Dios y de los hombres, en las cosas que miran a Dios” (San Pablo, ad Heb.).

Dice Bloy, parafraseando a San Pablo, precisamente, que la Fe “…es la sustancia de nuestra Esperanza”. Castellani vivió como pocos esa verdad; como pocos nutrió su Esperanza de la Fe y como pocos la esparció generosamente, como la buena semilla del Evangelio. Algunas cayeron sobre el camino, otras a su vera. Algunas fueron asfixiadas por los abrojos, pero alguna cayó en buena tierra. Y germinó, y dio frutos en abundancia.

En esta patria enferma, tan melancólica, tan doliente, es preciso volver a ver la patria bella, tan oculta, que solo los ojos de la Fe intrépida, de la Fe que mueve montañas, serán capaces de descubrirla.


Jorge Mastroianni
(Publicado en “Cabildo” 98, año X, segunda época)

martes, 19 de marzo de 2013

Editorial

RECEN POR MÍ
A propósito del Nuevo Pontificado


            Dios primero y mi hogar después, son testigos de la cantidad innúmera de personas que me solicitan alguna opinión orientadora sobre lo que acaba de suceder en la Iglesia. Esos requerimientos, en algunos, toman el modo de una dolorosísima y apremiante necesidad de discernir cuanto ocurre y de obrar en consecuencia. En otros bordea la desesperanza y la angustia, desaconsejables compañías si las hay. Y aunque en todos los casos he recomendado oración, espera silenciosa, vigilia cauta y fortaleza –y sobre todo, aguardar con paciencia el curso de los primeros tiempos del nuevo pontificado- tanto desasosiego junto percibido en unos y en otros me obligan a hablar, siquiera provisoriamente y sin mengua de futuros retoques a cuanto ahora escribimos.

            Sé bien que la razón principal de esta demanda amistosa de la que soy objeto, no se debe a ninguna especial facultad mía, ni a contarme yo entre los especialistas en la disciplinas propias de los clérigos; sino al hecho por todos conocido de haberme visto obligado a mantener con el Cardenal Bergoglio un doloroso y sistemático disenso, dejando documentadas mis acusaciones a sus múltiples desvaríos y yerros en un libro editado en Buenos Aires, en el año 2010, bajo el título La Iglesia Traicionada. Si ésta es la causa singular por la que puede revestir algún interés que haga públicas mis primeras reflexiones, queden asentadas a continuación.

+  +  +

         1º) Será tarea de los teólogos de la historia más eminentes, discernir con solvencia si el Cónclave que eligió al Papa Francisco estuvo  iluminado y movido por la inspiración del Espíritu Santo, como la fe nos lo señala; o si por alguna razón que ahora ignoramos, los Cardenales electores fueron engañados, resultaron objeto de alguna extraña manipulación, o cerraron su entendimiento a la lumbre del Paráclito. “La nube cubrió el Tabernáculo de la Reunión, y la gloria de Yahvé llenó la Morada”, dice el Libro del Éxodo (40,34). Pero esa nube sólo puede ser vista cuando los ojos son el espejo que reflejan “el fuego de la noche” que pone en marcha a los creyentes fieles. La Nube, según la metáfora veterotestamentaria, puede hacerse visible, pero no todos los ojos pueden tener la misma visibilidad.



          San Ignacio de Antioquía ve a la Iglesia como una casa, en la cual, el maderamen que la sostiene es la Cruz de Cristo, y el Espíritu Santo como la maroma que la alza (Carta a Éfeso, IX,1). Mas para contemplar dócilmente a la maroma dulcis hospes animae— el alma debe estar a la escucha (1 Sam 3,10), existiendo la dramática posibilidad de que no se perciban las cosas del Espíritu, como lo notó San Pablo en el capítulo segundo de la Primera Carta a los Corintios. Son, pues, cosas diversas las que conviene distinguir desde el comienzo. Una la presencia del Espíritu Santo, que no osaríamos negar. Otra la recepción del mismo por parte de los electores, que pudo haber estado parcialmente eclipsada, por los motivos que la misma Escritura advierte. Por eso Malachi Martin, desde los renglones iniciales de su obra El Cónclave Final,advierte con el Libro de la Sabiduría (9,14-17), que si no se está atento al Espíritu, “las deliberaciones de los hombres son indecisas y sus resoluciones precarias”.



         Entiéndase que la duda aquí planteada que bien quisiéramos que no fuera duda alguna— tiene su razón de ser, no en el cuestionamiento de la asistencia de la Tercera Persona Trinitaria en el Cónclave, ni en la valía moral de quienes se aprontaban a ser movidos por Él, sino en la incertidumbre sobre la ciencia, la serenidad y la prudencia de este específico Cardenalato para signar a la persona indicada. Humanamente consideradas las cosas —y no es ilegítima esta consideración— la conducta de los electores estuvo condicionada por la circunstancia inédita y atípica de tener vivo al Papa al que había que reemplazar. Y reemplazar tras una decisión abdicatoria que aún hoy siembra inquietudes, suspicacias e interrogantes. Ponerle fin a la vacancia de la sede, con un Papa honorario o emérito que orando vigila y aguarda, no es ni ha sido hasta hoy el clima habitual de los Cónclaves.



         Al tiempo que escribimos estas líneas, el 15 de marzo, el Papa Francisco le ha dicho a los miembros del Colegio Cardenalicio en la Sala Clementina: “Es curioso: yo pienso que el Paráclito da todas las diferencias en las Iglesias y parece como si fuera un apóstol de Babel”. Estremece tamaña denotación y referencia al Paráclito, a escasas horas de una acción directa del mismo sobre el cuerpo colegiado que lo invistió sucesor de Pedro. Si cabe la posibilidad de que algunos o muchos perciban a la Tercera Persona como apóstol de Babel, no se pecaría de audacia concluyendo en que, entonces, algo soterrado y anómalo pudo suceder en este Cónclave. Permita el Señor que muy pronto tengamos que disipar este dilema con la certidumbre de que no hubo yerro alguno entre los Cardenales. Lo permita el Señor, trayendo frutos benditos de este nuevo pontificado, pero no cerremos los ojos los hombres porque la realidad sea dura de contemplar. Negarse a una lectura parusíaca de lo que acaba de suceder, por temor a quedar como un orate de exégesis privadas, puede conllevar el riesgo de negar la existencia misma de los Ultimos Tiempos, y de los sucesos especiales que los caracterizarían.



         2º) Haga lo que hiciere a partir de este momento el Papa Francisco —y esperamos que todo lo santo y sabio sepa hacer— es imposible omitir o ignorar que el hombre que acaba de llegar a la silla petrina arrastra concretos, abultados y probadísimos antecedentes que lo sindican como un enemigo de la Tradición Católica, un propulsor obsesivo de la herejía judeocristiana, un perseguidor de la ortodoxia y un adherente activo a todas las formas de sincretismo, irenismo y pseudoecumenismo crecidas al calor de la llamada mentalidad posconciliar.



         Si a quienes no han tenido ocasión de verificar estos graves cargos —sumables a otros, largos de enunciar— lo antedicho pareciera desmesura o apriorismo, sirvan de inocultables pruebas a posteriori las adhesiones a su pontificado llegadas en estos mismos días desde los cabezales del Modernismo, desde las altas y siniestras logias hebreas, como la B’Nai Brith, o desde el templo mayor de la masonería argentina. Documento único en su género este último, en el que la sede local de la Sinagoga de Satanás, con la firma del Gran Maestre Ángel Jorge Clavero, y fechando lo dicho el 13 de marzo, por primera vez se congratula con el nombramiento de un Obispo de Roma. Que rabinos, cabalistas y masones estén de parabienes, y hasta compitan en prontitud por hacer llegar sus adhesiones al nuevo Pontífice, es un aval indeseable que debería preocupar a todo bautizado fiel. Tampoco es una señal tranquilizadora que ministros del culto israelita llamen “mi Rabino” al Papa Francisco, mientras reconocidos representantes del progresismo religioso más radicalizado —como Küng o Boff— ofrezcan su beneplácito en forma ostensible. Si la complacencia o el silencio de Roma es la única respuesta a este sinfín de adhesiones tenebrosas, la responsabilidad no está sólo en quien respalda sino en quien se deja respaldar.



         En consecuencia, no se necesita acudir a ninguna teoría conspirativa para dar como hipótesis razonablemente válida que estas fuerzas, sempiternamente comprometidas en la disolución de la Fe Verdadera, pudieron haber tenido algún papel protagónico, tanto en la abdicación de Benedicto XVI, primero, como en la elección del Cardenal Bergoglio, después. De hecho, durante su largo ministerio como Pastor de la Argentina, dichas fuerzas antagonistas de la Cristiandad fueron sus públicas y visibles amistades, a la par que se marginaba, menospreciaba y castigaba a la filas defensoras de la ortodoxia católica. La comprensible debilidad humana hará que muchos de estos perseguidos y damnificados por el Cardenal Bergoglio, callen ahora; o algo más serio: simulen congratulaciones. En esto, al menos, nosotros no podemos callar ni fingir. Otros dirán que nada se gana con recordar ahora las muchas inconductas pasadas del prelado en cuestión. No es cierto. En su Introducción a la monumental Historia de los Papas, Ludovico Pastor, enseña con la autoridad que le compete, que “no hay conflicto con la ley de la fama, al escribir [sobre los Pontífices] las cosas malas pero verdaderas que en su tiempo fueron públicas”, mientras se sostenga “con suficiente causa, a saber, en cuanto lo requiere la integridad de la historia”.



         3º) Si como bien se ha repetido en estos días, el Cardenal Bergoglio ha muerto para dar paso al Vicario de Cristo, llamado escuetamente Francisco; si Dios opera el milagro —tantas veces mentado— de sacar agua de las piedras y de convertir, una vez más en la historia, a Mastai Ferreti en el insigne Pío IX; si el Señor sabe escribir derecho con renglones torcidos; pues todo esto lo creemos, esperamos y rogamos, sin ceder a tentaciones extremosas ni a posturas eclesiológicas extravagantes. Todo esto lo pedimos con fe inquebrantable, puesto que el milagro y el misterio están en la vida misma de la Barca. Nosotros creemos en el milagro. Pío  IX, renunciando virilmente al escandaloso daño que hizo en sus primeros tres años de pontificado, supo al fin forjar “una página de historia escrita a los pies del Crucifijo”, según sintetizó Jacques Crétineau-Joly. No hay porqué suponer que Dios declaró clausa esta posibilidad histórica.



         Pero también es católico leer el Libro del Apocalipsis. Y en el capítulo trece se describe a dos fieras, del mar la una, de la tierra la otra, que a su turno, y desde ámbitos distintos aunque complementarios, coadyuvan al triunfo del Anticristo. Contestes están los hermeneutas, y citamos por lo pronto a Straubinger —quien a su vez remite a los Padres— en que esta fiera terrena tiene mucha semejanza con el pastor insensato del que habla Zacarías (Zac. 11,15); en que podría tratarse de “un gran impostor que aparece con la mansedumbre de un cordero”; en que no sería otra cosa, al fin, más que un falso profeta al servicio de la Bestia.



         Pieper dice que esta fiera representa la Propaganda Sacerdotal del Anticristo; y de sobra es sabido que el padre Castellani sostiene que tiene un carácter religioso, sin excluir la dolorosa posibilidad de que se trate de un personaje individual mitrado, un Pseudoprofeta de una Religión Adulterada. Recientemente, y entre nosotros, fue Federico Mihura Seeber el que le dedicó pensadas páginas a escudriñar la naturaleza de esta Fiera, considerándola como aquella que le sirve de profeta, o propagandista o maestro de ceremonias, o Sacerdote o Pontífice de El Anticristo. Está dicho en su libro homónimo, que tuvimos ocasión de presentar durante al año 2012.



         Expliquémonos sin elipsis en tema tan arduo. No estamos diciendo ni sugiriendo que el Papa Francisco sea la Fiera Terrena que columbró San Juan. Estamos diciendo que tan católico es confiar en que la Divina Providencia puede hacer de un heterodoxo al Papa del Syllabus, como tener en cuenta que, alguna vez, un Falso Profeta puede acarrear a la perdición desde un alto sitial religioso. Y que ese “alguna vez” no puede excluir nuestro presente, sólo porque nos aterre la sola idea de protagonizar el final. Quienes quieran confiar en la conversión del Cardenal Bergoglio, y consecuentemente a la rehabilitación de la Esposa, tan maltrecha hoy, nos encontrarán entre los suplicantes confiados y firmes. Es más, si como es deseable y previsible,tal conversión se probara por los frutos, nos encontrarán entonces al servicio incondicional y gozoso de Francisco. Pero si los frutos trajeran la desgarradora noticia contraria, no habremos dejado de ser católicos por recordar la profecía joánica, y obrar en consecuencia, resistiendo al mal desde el pequeño rebaño. Como no dejó de ser católico el Padre Julio Meinvielle cuando, en su obra La Iglesia y el Mundo Moderno, retrató los pasos de la Revolución Anticristina dentro de la Iglesia, anunciando su penetración en las obras y el pensamiento, hasta provocar una verdadera dislocación interior.



         Tanto se peca contra la mirada sub specie aeternitatis si nos negamos a considerar que la gracia de estado puede hacer prodigios, aún en un hombre contrahecho; como si nos negamos a considerar que la revelación divina contenida en el Apocalipsis es tema que no nos compete aquí y ahora. Por eso nos sobresaltó tanto una noticia menor, aparecida en la página segunda del periódico La Nación, del día 16 de marzo. Según el relato, Francisco llamó a la Curia de Buenos Aires para cumplir con algunas salutaciones y recados pendientes. Atendido por la secretaria habitual, y anonadada la misma, le preguntó perpleja cómo habría de llamarlo. “Llámeme Padre Bergoglio”, fue la respuesta. El primero que debe creer y aceptar que Bergoglio ha muerto para dar lugar al Santo Padre Francisco, es el mismo Cardenal Jorge Mario Bergoglio. La Gracia también supone la gracia.



         4º) Más de una vez hemos distinguido con García Morente, entre el estilo y las maneras. Propio del caballero, aquél; impropias del mismo éstas últimas. Aplicando a lo que ahora incumbe, no debe confundirse la virtud de la humildad con su parodia, ni el estilo genuinamente humilde —que brota del señorío interior— con las maneras sobreactuadas de la modestia. Una cosa es la posesión de un estilo y otra distinta el amaneramiento. En nada se analogan el abajamiento ascético y el plebeyismo gestual. Y si es cierto que la captación del primero supone un espíritu entrenado, mientras el segundo es fácilmente captable por las masas, mal camino elegimos si en vez de propender la elevación y el afinamiento de las almas hacemos ademanes gratos a las tribunas aplaudidoras. Sobre todo, si entre esas tribunas se haya la prensa internacional, culpable en grado sumo de las agresiones más viles contra la Iglesia.

         Lo primero que debería hacer un hombre auténticamente humilde es impedir que el mundo entero cantara loas a su humildad. O por lo menos, protestar que tales encomios violentan su carácter. Si como bien enseña Santo Tomás (Sum. Th., II.IIae, q. 113), no se debe cometer un pecado para evitar otro, en mucho ha de cuidarse el que no quiera incurrir en soberbia, de faltar a la caridad hacia el prójimo, obrando por contraste, de modo tal, que dicho prójimo pudiera ser tildado de presuntuoso. Calzar por humildad zapatos ordinarios de calle, cuando hasta ayer se usaron otros en consonancia con los colores litúrgicos y la dignidad del Divino Peregrino a quien esos pies representan en la tierra, es ofender, o al menos poner en duda, precisamente por contraste,  la humildad de quien hasta hace instantes calzó de ese modo. Es inexplicable —por no cargar los adjetivos— que a la par que se alaba a Benedicto XVI públicamente, no se quiera columbrar el destrato que se le inflige con estas promovidas comparaciones patéticas.

         Ejemplo nimio, se dirá; pero se potencia hasta el extremo cuando se dice —como lo ha hecho Francisco el sábado 16 de marzo— que él bien “quisiera ver una Iglesia pobre y para los pobres”, como si hasta hoy ambos bienes le hubieran resultado ajenos u hostiles a la Esposa del Redentor. Como si no hubiera existido, por caso, un San Pío X, venerado por el pueblo llano, sin necesidad de bajarse de su trono. Extraña humildad la de tenerse por axis mundi de una iglesia que recién con uno mismo tomaría conciencia del bien de la pobreza; y extraña paradoja la de optar por los pobres pero contar con las fervorosas adhesiones de masones y judíos, que amén de lo más grave —su condición de cristofóbicos— son los titulares de la usura internacional. Incluyendo al gran Rabino de Roma, a quien invocando el Concilio Vaticano II, invitó expresamente a “la misa solemne de inauguración de mi Pontificado”, pero no a donar sus finanzas para los más necesitados.


         Tampoco debe confundirse el siempre necesario homenaje a la investidura, y en este caso, nada menos, que a la del Vicario de Cristo, con la superflua pleitesía a la persona o al funcionario. Bien estará que eliminemos todo signo exterior de servilismo a la persona, aún el que pueda tener cierto arraigo o acostumbramiento por el mero paso de los años. Pero no estará bien suprimir el ceremonial tradicional y digno, con sus signos, sus gestos, sus pasos demarcados y significativos, porque dicha supresión no comporta incremento de la humildad sino abolición de los ritos y de los símbolos. La Iglesia no es la limusina ni los uniformes de los guardias suizos. Pero bien ha explicado Guardini la pervivencia del espíritu eclesial en los signos sagrados. Si en nombre de la austeridad quedasen abolidas o relegadas todas aquellas hierofanías que comporta el canto, la museta, la estola o la bendición melismática, el Papado no habrá ganado en pobreza evangélica. Se habrá vaciado de mytos, como diría el fraile Diego de Jesús. Se habrá inmanentizado y rebajado, para hablar sin metáforas.



         Mucho nos tememos, por lo que ya llevamos visto, que el Papa Francisco esté en tamaño terreno tan completamente desprovisto de un recto criterio, como transido de malos hábitos porteños, fanatismos futboleros incluidos. El franciscanismo del Poverello de Asís es garantía de santidad probada; el de Paolo Farinella, con su novela Habemus Papam, apenas si conduce a la risotada zafia. Pero hay un franciscanismo aún peor que registra con llanto la historia de la Iglesia. Es aquel que bajo cierta influencia gnóstica de Joaquín del Fiore produjo reformas eclesiales que adulteraron la mismísima doctrina católica, incurriendo, entre otras, en la amenaza del utopismo, la herejía perenne, según recordada definición de Molnar. Capítulo  extraño éste del descalzismo o de la descalcez extraviada en la vida de la Iglesia, que ha sido estudiado,entre otros, por Fidel de Lejarza, José Antonio Maravall o Georges Baudot. Por eso, bien recuerda el fraile Miguel Padilla que la pobreza de San Francisco es de índole teologal, no sociológica; y que expresamente dispensaba de la pobreza lo tocante a la Sagrada Liturgia y a la Santa Misa. “Los Vasos Sagrados, los Ornamentos y los Libros donde están las Palabras de Jesús deben ser esmeradamente cuidados”.



         Hagamos votos para que el franciscanismo del Papa Francisco, en las antípodas de toda corriente desviada, signifique el retorno a aquella desnudez que alegorizara Juan Ramón Jiménez: “desnudez malva de estrellas mojadas”, como “la túnica de una inocencia antigua”. Hagamos votos porque este franciscanismo restaure a la Nave, defenestrando de su seno a sodomitas y a fenicios, a los adúlteros espirituales y carnales, a todos cuanto el de Asís les enrostraba, “¡El Amor no es amado!”, porque se amaban ellos, henchidos de fariseísmo y de poderes carnales.



Que lo cuide Dios al Papa Francisco de no confundir el camino. Porque hay confusión cuando se hace bendecir por el pueblo; hay confusión al pedir “una gran fraternidad” omitiendo al Padre en que tal comunión fraterna se vuelve legítima; también la hay si hace prevalecer los supuestos derechos de las conciencias no creyentes al deber pontificio de bendecir cruz en ristre, como si esa cruz, trazada siquiera en el aire por la mano consagrada, pudiera ofender a los incrédulos. Confunde asimismo el proponer como modelo sacerdotal la figura inequívocamente progresista del padre Gonzalo Aemilius, como sucedió el domingo 16 de marzo. No; no son señales que puedan suscitar una especial tranquilidad.



         Hay también otra confusión, que de extenderse fuera del campo acotado en que se manifestó, puede acarrear acciones gravemente desacertadas. Querer viajar a la Ciudad Eterna para postrarse ante el Vicario de Cristo, no es un dolo que deba reprimirse, dando el monto del pasaje a los pobres, sino una virtud llamada magnificencia: ponerse en gastos y esfuerzos, precisamente por aquello que es santo, sacro o heroico. Algo nos quiso decir el Señor al respecto, cuando no avaló al Iscariote que le pedía a María trocar el rico perfume con que adoraba al Divino Hijo, por su equivalente en metálico para ayudar a los necesitados (San Juan, 12, 1-11).



         Tampoco nos tranquiliza el cuasi unánime aplauso del mundo que, arrobado por su campechanía, ha dejado de tenerlo como piedra de escándalo y signo de contradicción. ¡Es uno más del mundo, como ellos y como todos!, festejan los multimedias. Pero el mundo no necesita que la Silla de Pedro esté ocupada por un austero fatigador de los transportes públicos, sino por un alter Christus vigoroso que, báculo en mano, entre en franca y aguerrida confrontación con él, amonestándolo y enmendándolo. Precisamente ésto enseñaba San Francisco, que la pobreza es el muro que nos separa del espíritu del mundo.



         Cuidado —suplicamos contritos— con equivocar el camino. Pues haber recomendado la lectura del Cardenal Kasper —llamándolo “un teólogo in gamba”— en el Primer Angelus del V Domingo de Cuaresma, tampoco nos ayudará a recuperar la iglesia de los pobres. La evidencia se impone. Kasper —junto con el entonces Cardenal Bergoglio— es uno de los que en julio de 2004, en el lujoso hotel cinco estrellas Intercontinental de Buenos Aires, organizaron el Foro Judeo Católico, auspiciado por importantes organismos hebreos de la plutocracia americana y europea. En aquella ocasión, el ahora recomendado autor propuso lisa y llanamente la amalgama de las religiones judía y católica, porque “ambas son mesiánicas y el mesianismo tiene que ver con la esperanza”.



         5º) Algunos, no sin razones, sostienen que lo bueno del Pontificado de Francisco es la impugnación que su figura representa del gobierno tiránico kirchnerista, indignándose con los rastreros ataques que le han propinado en estos días un puñado de sicarios del oficialismo. Va de suyo que asomarse a la pasquinería izquierdista causa repulsión y espanto. Y que al constatar la naturaleza teológica del odio a la Fe que esos miserables ejecutan, no se puede sino estrechar filas junto al Santo Padre. Callar toda reticencia y ponerse de su lado, codo a codo.



         Pero también aquí el simplismo dialéctico puede jugarnos una mala pasada hermenéutica. Si Francisco hubiera querido diferenciarse del gobierno argentino, y confrontar abiertamente con los criminales marxistas que lo secundan por doquier, no sólo debió haberlos descalificados públicamente por sus múltiples aberraciones, que bien le constan han cometido y cometen, sino que era la precisa ocasión de proclamar urbi et orbi la falsificación sistemática de la historia reciente que se viene llevando a cabo, con el agravante inicuo de miles de personas cautivas, y centenares de ellas muertas en cautiverio, ofrecidas todas en el altar del revanchismo comunista. El mundo entero podría haberse enterado de la ignominia y de las muertes que, en nombre de los derechos humanos, se cometen hoy en nuestra desfigurada patria. El mundo entero podría haber conocido, por boca del Pastor Universal, que en la Argentina hubo mártires católicos, de la talla de Genta, Sacheri o Amelong, asesinados por los mismos que ahora ocupan el poder.



         En lugar de eso, un comunicado oficial del Vaticano, firmado por el Padre Federico Lombardi, el 15 de marzo, aclaraba que “Jorge Mario Bergoglio hizo mucho para proteger a las personas durante la dictadura” y recordó que una vez nombrado arzobispo de Buenos Aires “pidió perdón en nombre de la Iglesia por no haber hecho bastante durante el período de la dictadura”. En vez de desmontar la falacia, la convalida elípticamente. Lo bueno del actual Pontífice, entonces, sería lo mismo que siendo Cardenal se ocupó de probar minuciosamente en su libro “El Jesuita”: su condición de colaboracionista de la guerrilla marxista y clero asociado, con diversos y creativos medios a su alcance. Le reprobable, paralelamente, y por eso mismo objeto de su pedido de perdón, habría sido no poder cooperar más con aquellas “personas” que, sin motivo alguno, claro, un buen día las Fuerzas Armadas Argentinas se decidieron a combatir. Es la mentira de lo sub-implicado.



          Se trata de una campaña difamatoria, bien conocida”, advirtió Lombardi. La difamación no consiste en tergiversar horrendamente los acontecimientos sucedidos en la década del ’70, sino en pretender que en aquellos turbulentos años, el Cardenal Bergoglio haya podido estar del lado de los represores del terrorismo rojo. Así, imprevistamente, la impostura basal de todas izquierdas vernáculas y mundiales, ha quedado convertida en versión canónica, con el aval de la Santa Sede. Y sellada con el pacto de cortesía recíproca que presidió el encuentro entre Francisco y la comitiva oficial del Gobierno Argentino, el mediodía romano del 18 de marzo. Ni Francisco condena la tiranía marxista que nos asfixia, ni Cristina avanza en su descalificación del reciente Obispo de Roma; antes bien descubre coincidencias y comparte regalos. Entente cordiale para todos y todas.



         Algún día habrá que hallar una palabra exacta para rotular la conducta de la actual dirigencia política —oficialismo y oposición, presidenta y escoltas, lo mismo da— que satánicamente hostiles a la Iglesia y al Papado hasta hace minutos, pugnan ahora por derrocharse en majaderías, remilgos y solícitas condescendencias. Pero si no hallamos esas palabras, repetiremos las de Pármeno a Calisto, en el acto cuarto de La Celestina, refiriéndose a la inmunda buscona: ¡puta vieja!. Y aunque lo nieguen, dice Pármeno, así lo repiten los ladridos y las aves, los ganados y las bestias, los herreros, los armeros, los caldereros y arcadores. Todos a una le gritan el mote infamante y redondamente verídico.



         6º) Ante la renuncia de Benedicto XVI, escribimos una nota diciendo claramente que la misma nos dolía. Y tras explicar los motivos, asentamos, entre otros, el hecho de que, guste o disguste, la Iglesia, en la práctica, quedará sujeta a una bicefalía. Tanto más si, como está a la vista, el heredero del Cardenal Raztinger parece querer diferenciarse de él, y de sus predecesores, con una seguidilla intempestiva de actitudes externas que, o buscan presentarse como revolucionarias, o si no lo son, resultan pasibles de ser leídas así por el mundo. No creemos que se explicite ninguna hermenéutica de la ruptura, y tal vez todo acabe en la argentina teatralidad de los mocasines gastados. Más que no creerlo, no lo esperamos, pues confiamos en que la Divina Providencia resguarde a la Cátedra de la Unidad. Pero lo sucedido en estos escasos días pontificales de Francisco está siendo tomado y exigido por muchos como una ruptura, sin que hasta ahora se le haya puesto un freno severo y categórico a tamañas conjeturas. La homilía del día de la asunción formal del Pontificado era una ocasión propicia para ello. Se la utilizó en cambio para dar consejos píos sobre la ternura y el cuidado del medio ambiente.



          Quienes se entusiasman hallando en Francisco muy buenas y oportunas expresiones de recio cuño católico, están en todo su derecho. Nos sumanos con renovada esperanza a tan honesto entusiasmo. Porque esas muy buenas expresiones, es cierto, las ha proferido. Pero muy avanzada está entonces la descomposición causada por la guerra semántica en la Iglesia —por ese pendularismo que denunciara Romano Amerio— si hemos llegado al punto en que la sorpresa gozosa de nosotros, los fieles, es escuchar a Pedro hablar como Pedro.



         Aquella abdicación de Benedicto nos dolía, supimos decir. También nos duele esta designación. Es un dolor indescriptible y hondo, amasado en el recuerdo vivo y fresco del sinfín de actitudes opuestas a la Verdad que le vimos protagonizar cara a cara al entonces Jorge Mario Bergoglio. Es un dolor que no se parece a ningún otro, y que sólo puede cauterizar la espera esperanzadora y longánima de los frutos.



         En esa espera tensa nos acompaña una promesa, un pedido y un ejemplo. La promesa es de Nuestro Señor Jesucristo. “Yo rezaré por tí para que no desfallezca tu fe”, le dijo a su primer vicario, y en él a todos sus sucesores. Si la Fe no le desfallece y la conversión lo reviste con su gracia, habrá un bien para la Barca y aún para la Argentina.



         El pedido es el del mismo Papa Francisco, en su primera aparición; quien sin olvidar su clásico “recen por mí”, agregó además el recemos los unos por los otros. Oremus ad invicem. Eso hagamos. Recemos recíprocamente para sostenernos en estos tiempos, tal vez apocalípticos, sin el uso hiperbólico sino estricto de la palabra; y elevemos en común la plegaria a la Trinidad Santa para que nos permita discernir, sirviendo siempre a lo que es de Dios y combatiendo con ahínco cuanto se le oponga, proceda de donde procediera. Si fuera la hora de la luz, que nos dejemos envolver por ella, olvidándonos de las tenebrosidades del pasado. Si en cambio éstas persistieran, que no desertemos de la luz, como diría Thibon. No estamos llamando a la rebeldía ni a la desobediencia, ni a dar por nula la autoridad pontificia, sino al recto discernimiento. Sin palabras crípticas digámoslo ya todo: no podemos ni debemos seguir al Cardenal Bergoglio. Si transfigurado en cambio por la plenitud de la gracia de estado, ese pastor que conocimos se ha convertido ya en el dulce Jesús en la tierra, se nos conceda el privilegio de prosternarnos ante él.



         Una promesa, un pedido y un ejemplo, decíamos. El ejemplo es el de San Francisco de Asís. Así lo contempló Anzoátegui, con su pluma señera:

“Juglar de Dios, rotoso

Príncipe y paje de Nuestra Señora,

¡Qué dulce, qué gozoso

aquel ritual que otrora

te abría las compuertas de la aurora!”



         Imaginémoslo —como lo hizo Rubén Darío— saliendo a la búsqueda del lobo para quitarle el demonio del cuerpo. O mejor aún, como lo describe la hagiografía, recibiendo en el monte Alverna los estigmas de Jesucristo, después de lo cual quedó transido de un maravilloso fuego de amor.



         No los halagos de los más perversos enemigos de la Cruz, que hoy forman fila para congratularse y encomiarlo, sean los adornos del Papa Francisco. Sino quellos rituales “que otrora abrían las compuertas de la aurora”. Y mejor aún: las señales cruentas, abiertas y sangrantes del Madero. Porque la única revolución que necesita la Iglesia es en la acepción que hiciera Chesterton de la odiosa palabra: dar la vuelta entera; que en este caso no sería otra cosa más que regresar a las fuentes vivas, primeras y fundantes de su Gloriosa Tradición.

Antonio Caponnetto

martes, 12 de marzo de 2013

Poesía que promete

ORACIÓN CUARESMAL


Una llama adornando el candelero

-serena, diminuta y silenciosa-

lumbrera matinal donde reposa

la plegaria frugal del jornalero.




Tu fuego en los contornos del madero,

el amor en un hálito de rosa,

la Palabra que gime y se desposa

con el hombre desnudo y prisionero.



Con un sayal de nubes, la mañana

presagia romería y penitencia,

tímidamente, desde la ventana;



para volverse a Dios hecho una herida,

para esperar de nuevo Su clemencia

retoñando del Árbol de la Vida.

José Ferrari
Mendoza