domingo, 17 de febrero de 2013

Eclesiales


ANTE UNA RENUNCIA
QUE NOS DUELE
  
  
El riesgo de lo demasiado humano
  
Si en la historia de la Iglesia han existido casos de pontífices abdicantes -algunos de ellos, incluso, formalmente elevados a los altares, sin que la tal dimisión, al parecer, resultara obstáculo-; y si el mismo Derecho Canónico prevé la posibilidad de tan excepcional resolución, lo primero que con cierta simplicidad podría decirse es que la Iglesia seguirá su curso bajo un nuevo Papa, próximo a elegirse; y que nosotros, los fieles de a pie, continuaremos aportando lo nuestro hasta que Dios nos llame. No habría lugar para la aflicción o el enojo.
  
Pero no estamos seguros de que corresponda tanta simpleza de análisis. Por lo pronto, por el texto mismo en que Benedicto explica su actitud. Nos duele como propio el abatimiento que confiesa. Sangra nuestra misma herida al saberlo preso de la infirmitas. Desvélanos el mismo insomnio ante la encrucijada y la peripecia, y nos admira que aún así, ofrezca sus últimas fuerzas para servir a la Iglesia con la oración y la clausura. Pero todo esto es demasiado humano, y si se nos permite la franqueza, podría resultar más cálculo que pálpito, más desconfianza en la fragilidad de los años que abandono confiado a la Divina Providencia. Tal vez, incluso, podría resultar demasiado común y corriente para tratarse del Vicario de Cristo. O excesivamente ordinario para quien sabe que la silla petrina antes tiene la forma de una cruz testa al piso que la de una mecedora. Importa nada lo que piense el mundo, pero importa todo no pensar u obrar como el mundo.
   
Acaso por esta distinción que enunciamos se explique que dos voceros de la nadería progresista pudieron traducir a términos inequívocamente modernos y mundanos cuanto ocurre. Mejía, hablando de stress; y Bergoglio celebrando el “gesto revolucionario”, ante quienes, hasta ahora, lo acusaban de conservador a Benedicto XVI. Si el uno psicologiza y el otro ideologiza lo sucedido, no es únicamente por las sendas y burdas deformaciones doctrinales que padecen, sino por la naturaleza misma del hecho que, como decimos, trasunta una cierta perspectiva demasiado humana. Es un trono bendito el que se está abandonando. No puede ser considerado como una jubilación por invalidez. Tampoco como quien declara clausa una oficina el último día hábil de mes, en el horario de cierre, tras una despedida con aplausos y emociones a granel.
  
  
Extraños encomios a la debilidad
  
El segundo factor que conspira contra la llaneza del análisis es la larga serie de conjeturas que se han echado al ruedo, sin que puedan ser sofrenadas con alguna prueba contundente en sentido contrario.Diríase que a dos campos se acomodan las tales hipótesis.
  
En uno surge la inevitable posibilidad de una oscura maquinación palaciega que haya forzado la dimisión. Sobran las razones para pensarlo, pues en todos estos años los sectores progresistas no han hecho otra cosa más que pedirle al Papa la caducidad de su mandato. El tenebroso manifiesto de Hans Küng y los suyos, lanzado formalmente hacia el 2010, ha visto sus cláusulas cumplidas con esta penosa noticia anunciada en la festividad de la Virgen de Lourdes. ¿Era inevitable entregarles tamaño trofeo al coro enorme de tránsfugas que no cesan de festejar lo acontecido? ¿No había, no hay, entre la grey y los egregios, fuerzas suficientes para evitar el atropello? ¿No se supone, por sobre todo, que el heredero de Cefas, el fiel y rudo Pescador de Galilea, debe conducir la Barca tanto más cuanto las tempestades del mundo lo sacuden “por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe”, como reza el mismo y doliente texto del desistimiento?
  
¿Coopera a contrarrestar este “eclipse del sentido de lo sagrado”, y estas divisiones “que desfiguran el rostro de la Iglesia y ponen en peligro su unidad”, males ambos de los que habló el pasado Miércoles de Ceniza, el que se presente el mismo Santo Padre eclipsado o doblegado por los achaques de un tiempo convulso y de una ancianidad avanzada? ¿Guarda congruencia tamaño reconocimiento, con lo dicho dos años atrás a Peter Seewald, cuando desde las páginas de la obra Luz del mundo sostuvo que "no se puede escapar en el momento de peligro y decir: que se ocupe otro? ¿Hay acaso peligro mayor que constatar el eclipse del sentido de lo sagrado?
  
Se equivocan quienes deifican al Papa -quienquiera sea- o quienes lo suponen nimbado de los atributos de los antiguos titanes. Se equivocan además quienes lo conciben al modo de un soberano hiératico, cuyo ánimo sería tan inconmovible y rígido como ciertos barrocos oropeles. Y rechazo grande sentimos por cuantos reclaman duro calvario al Pontífice desde el carnaval en que habitan. Los corajudos en pellejo ajeno nunca sirvieron de mucho. Pero vaya si yerran cuantos lo pretenden o justifican como al uomo qualunque, desvinculando su persona, necesariamente frágil, al igual que la de todos nosotros, de la misión que le cabe, necesariamente férrea y acerada, como la de ninguno de nosotros. Por algo decía el monje San Norberto de Magdeburgo, que “la silla de Pedro exige la conducta de Pedro”. El Papa no tiene dos naturalezas, como Aquél de quien es vicario. Pero tal vicaría, libremente aceptada, lo obliga al heroísmo. Al heroísmo cristiano, entiéndase; no al del Olimpo o el Walhalla. A un heroísmo que no busca el protagonismo o el resplandor personal, pero sí el de la Divina Persona, cuyos nudos le tocó atar y desatar en la tierra. No somos niños para ilusionarnos con  un pontífice repartiendo tiarazos al galope. Pero dado que no la calma sino la tempestad arrecia -intensa y dañina, como pocas veces- tampoco puede ser lo más aconsejable andar desmontando la cabalgadura.
  
Desconcierta un poco, en consecuencia, este elogio de la debilidad o de la rendición que algunos plantean. No nos resulta posible imaginar a un Cristo que se pone tres caídas como plazo máximo para subir al Gólgota. Y si amamos estremecidos aquellas desplomaduras gloriosas, es porque de todas ellas, el Caído, recuperó la vertical del cielo. Ha sido el Padre Diego de Jesús, en su notable libro Mito, plegaria y misterio, el que nos recordó un texto de Lewis, según el cual, “Dios es más que un dios; no menos”. Y comentándolo acota: “el majestuoso Logos eterno, al ingresar a nuestro opaco mundo fáctico, lo hace sin dejar colgada su divinidad en el perchero del zaguán trinitario”. Los intérpretes de esta renuncia petrina como el triunfo de la relativización del Pontificado, de la kénosis del vicario para que sólo quede la guía de Jesús, parecería que quieren dejar colgada la irrepetible y singularísima y exigente majestad de la vicaría en algún perchero sin brillo de los despachos vaticanos.
  
  
Lo estratégico por encima de lo sobrenatural
  
En el otro campo se mueven las conjeturas de quienes ven tras la renuncia una cuidada  estrategia  ajedrecística para asegurar la continuidad de “la misma línea”, pero en manos de un joven y vigoroso timonel. Estamos escuchando demasiado esta especie, con tanto desagrado como la de los apologistas de la responsabilidad petrina reducida no más que a la de ese hombre que cruza la calle, del que hablara Merleau Ponty.
  
Haría falta la capacidad y la ciencia de Malachi Martin para descifrar esta segunda clave de la renuncia pontificia. Y aunque las novelas del célebre irlandés poseen entramados auténticos y veraces, aquí la crasa realidad sobrepuja cualquier legítima figura literaria. A fe nuestra hemos de sostener que no vemos en la personalidad del Papa Benedicto XVI ningún rasgo dominante que lo acerque al perfil de un diestro maniobrador de poderes. Antes bien, sus fragilidades y defectos, con repercusiones incluso en el delicado terreno de la integridad doctrinal, más resultan ser la consecuencia de una inhabilidad para el gobierno, que de una destreza para hacerse continuar. Se lo ve tan honorablemente ajeno a la problemática del poder, diría Guardini, como puede estarlo un hombre de contemplación y de seriedad en el estudio.
  
Pero aún así, y si fuera cierta esta maniobra sucesoria tramada con un puñado de seguidores,el Santo Padre no puede ignorar que su retiro desata entonces algunos de los demonios de la democratización de la Iglesia, convirtiendo un sitial tradicionalmente monárquico en un puesto sujeto al voto arreglado. Una especie de fraude patriótico, reemplazando los atrios de Balvanera o Pompeya por los corrillos de Roma, de donde nunca se dijo que el humo de Satán se retirara. No queremos que suba Pío XIII por haber ganado las internas, tras estudiada táctica de Ratzinger. Queremos que el Espíritu Santo impere, sane, salve y vivifique.
  
Algunos entendidos, que no es nuestro caso,han hecho notar que uno es el poder del orden y otro el poder de jurisdicción; y que si el ordinis potestas fuera indeleble, y por tanto inabdicable, como todo lo indica, tendríamos, tras el próximo cónclave, el caso potencialmente anómalo de un doble pontificado virtual. Si el sucesor de Benedicto lo hereda espiritualmente, será una cosa. Si lo contraría, la bicefalidad se hará notoria, siquiera por tácito contraste. Otra vez los interrogantes nos asaltan: ¿Era necesario, en medio de tamaña crisis eclesial, como pocas veces grave y confusa, someter a la Esposa y a sus hijos a tamaño estremecimiento? ¿O es que el verdadero nombre de la crisis -y ahora se nos revela- es el estremecimiento de la Esposa, que no puede evitar siquiera su Pastor Universal? ¿O es que el otro nombre de la crisis, no menos intranquilizante, es que, a fuer de habituamiento, los bautizados crean que ella no existe y que sólo es un exageración de algunos tradicionalistas?
  
  
No ha dicho aún las últimas palabras
  
Conocido y útil es el principio que nos dice: interius non iudicat Ecclesia. Nadie sino Dios puede saber y pesar con justicia lo que acontece en el alma atribulada del Cardenal Ratzinger. Que se bajó de la Cruz, no podría decirse sin liviandad manifiesta. Su cuerpo y su alma, hace largo tiempo, que semejan la convexidad y la concavidad del Leño. Pero que la llevó hasta el final, tampoco podríamos decirlo; entre otras cosas, porque aún no ha sucedido ese final.
  
En efecto, mientras trazamos estas líneas, el Papa sigue hablando como tal; y parece querer decirnos cosas que antes no había dicho. El 14 de febrero, en el Aula Paulo VI, improvisó una jugosísima charla ante el clero de Roma, cuyo núcleo central fue el Concilio Vaticano II. Daría la misma para un análisis aparte, si estuviéramos en condiciones de hacerlo. Porque, por un lado, describió y ratificó su entusiasmo puesto desde el principio en aquella discutida asamblea. Entusiasmo provocado por objetables razones, digamos de paso. Por otro, desenmascaró valientemente la  maniobra periodística iniciada conjuntamente con el Concilio para desnaturalizarlo y tergiversarlo, hasta el punto de que el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real”. Pero a modo de corolario, selló sus palabras diciendo: Me parece que después de cincuenta años, vemos cómo este Concilio virtual se rompe, se pierde y aparece el Concilio auténtico, con toda su fuerza espiritual”.
  
Es difícil ver los bienes que se han seguido de esta supuesta irrupción del Concilio auténtico, cuando es el mismo Papa el que se despide retratando con agobio que la la cizaña ocupa mayor lugar que el trigo dentro de la Iglesia. Y cuando con una lucidez llamativa reconoce ésto, que no debemos perder de vista como objeto de reflexión: “En retrospectiva, creo que fue muy bueno comenzar por la liturgia [en el Concilio]. Así se mostraba la primacía de Dios, la primacía de la adoración [...]. Luego estaban los principios: la inteligibilidad, para no estar encerrados en un idioma que no se conoce y no se habla; y la participación activa. Por desgracia, estos principios a veces se malinterpretaron. La inteligibilidad no quiere decir trivialidad, ya que los grandes textos de la liturgia -aún cuando estén, gracias a Dios, en la lengua materna- no son fácilmente inteligibles; necesitan una formación permanente del cristiano para que crezca y entre más profundamente en el misterio, y así pueda entender”.
  
Si el sucesor recoge este breve programa: no al falso participacionismo litúrgico y a la trivialización de la inteligibilidad mistérica, no será en balde su legado. Pero si esto se pensó desde siempre, ¿por qué no se fue más categórico para impedir el conjunto de “calamidades, problemas y miserias”, como llama el mismo Santo Padre en su coloquio, a los efectos de ese predominio del “Concilio virtual”? ¿Por qué no se tiene en cuenta la posibilidad de que tales males no hayan sido sólo ni principalmente causados por los medios distorsionadores, sino por algunos de los mismos padres conciliares y del apartamiento de la ortodoxia?
  
  
Te acordarás del Viento ingobernable
  
Lo que juzgamos aquí, con amor filial y respeto de súbditos, son hechos; tomando la palabra juicio, principalmente en su acepción lógica. Y ese enjuiciamiento lógico de lo que sucede nos embarga de inquietud y de perplejidad.  Hubiéramos anhelado que ciertos y valiosos pasos que se dieron bajo el pontificado de Benedicto XVI para hacer respetar la Tradición, hubieran sido completados y conducidos a su plenitud. Hubiéramos deseado, simétricamente, que aquellos otros pasos vacilantes o erráticos o desencaminados, se revirtieran definitivamente. Sobre todo, porque no fueron leves esos pasos torcidos, y un fruto al menos de los mismos hoy se torna patente.  Pues es muy raro que la renuncia de un Papa sea más llorada en el Estado de Israel que entre el clero católico. Ahora sólo queda confiar en el Paráclito. Confiar y rezar intensamente; y pedir perdón por nuestros pecados, sin excluir el que podría constituir el no haber hecho lo suficiente para que las fuerzas del Pontífice no llegaran a esta extenuación.
  
A falta de mejores acentos, golpeados por la tristeza doblemente cuaresmal del momento, nos alimenta en algo la esperanza, el canto dedicado a Pedro del inolvidable fraile Antonio Vallejo:
  
 “No siempre navegaba
según su arbitrio: alguna vez, un viento
de incierto origen y de humor venático,
lo arrastró a imprevisible derrotero [...].

Siendo viejo,
a punto, ya, de coronar la suma
autoridad con el honor supremo,
se acordará del Viento ingobernable [...].

Lo sentirá cimbrar; y oirá un revuelo
de águilas y de togas; y la infame
algazara del circo. En el recuerdo
adorable, también oirá, concreta,
clara, la obscura frase del Maestro:

-En verdad, en verdad te digo,Cefas:
cuando más joven, eras tú muy dueño
de ceñirte y de andar por dondequiera;
extenderás, un día, siendo viejo,
tu diestra y tu siniestra;
y otro, no tú, te habrá ceñido y puesto
donde tú no quisieras.

Dios le dé a Benedicto, “siendo viejo”, y a su sucesor, siendo quien fuere, la gracia de no desertar del Viento, ni del Duc in altum, ni de la pesca milagrosa. La gracia de no ser dueño de “andar por donde quiera”, sino de preferir la diestra y la siniestra ceñidas al Madero, para salvar con sangre el honor de la Verdad.

Antonio Caponnetto

domingo, 10 de febrero de 2013

Sermones y homilías


DOMINGO DE
QUINCUAGÉSIMA


Y tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía.
Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.


Dentro de esta semana de Quincuagésima se abre la puerta sacra del santuario cuaresmal. El próximo miércoles asistiremos a dicha ceremonia.

Jesús nos entreabre el secreto que se encierra la Cuaresma y nos muestra, ya hoy, el camino que con Él debemos recorrer en este santo tiempo; nos señala, hoy mismo, los misterios que van a desarrollarse ante nuestros ojos en los luctuosos días de la Pasión y los alegres de Pascua: El Hijo del hombre será entregado en manos de los gentiles..., le darán muerte, y al tercer día resucitará.

Las palabras de esta lección evangélica contienen una gran revelación, muy útil para todos. Jesús se dirige a Jerusalén, en los días próximos a la última Pascua. Camina delante de los discípulos y parece embargado por graves pensamientos. Sabe que camina a la muerte. Los Profetas habían anunciado de muy variadas formas la gloria del Mesías, pero también habían predicho la Pasión del Siervo del Señor.

Israel entendía muy bien lo primero; pero no tenía ojos para ver lo segundo. Por dos veces había hablado el Maestro a los discípulos sobre su Pasión, sin que tampoco ellos entendiesen.

Esta es la tercera vez. Aquel mismo, a quien ellos confesaron Mesías e Hijo de Dios vivo, va a Jerusalén, donde será puesto en la cruz por los gentiles, instigados por los hijos de Israel. Pero al tercer día resucitará glorioso.

Una vez más insisten los Evangelistas en que los discípulos no entendieron el misterio. La doctrina de Jesús no había logrado disipar sus prejuicios nacionales.

Nosotros sí que entendemos el misterio de la Cruz redentora, pues hemos creído en Ella y la imagen de Cristo crucificado es la más venerada por nosotros. Pero lo que no entendemos es el misterio de nuestra propia pasión.

Que Cristo, Hijo de Dios, haya muerto por nosotros, para abrirnos las puertas del Cielo, es la gran manifestación del amor misericordioso de Dios hacia nosotros. Pero que esta Cruz del Señor nos señale el camino de la vida es lo que no entendemos.

Jesucristo es el modelo de los predestinados, y Él mismo ha dicho que quien quisiera ir en pos de Él debe empezar por negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirle, llevándola como Él lleva la suya. El discípulo no puede ser de mejor condición que el Maestro. Si a Él le persiguió el mundo, sus discípulos no pueden estar exentos de persecuciones.

San Pablo, que tan bien entendió este misterio, hasta gloriarse en las persecuciones que pasaba por Cristo, nos ha dicho que en la medida en que seamos participantes de la Pasión de Cristo, lo seremos de su gloria, y que por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios.

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De este modo, comprendamos que la devoción a la Pasión es un deber del corazón.

Se necesitaría no tener corazón para olvidar tan gran beneficio, para mirar con indiferencia el crucifijo, trofeo victorioso de la caridad de un Dios, invención admirable de las entrañas de su misericordia, Cruz a la cual se lo debemos todo: la adopción de hijos de Dios, la gracia en la presente vida y la gloria en la eternidad.

Si un amigo hubiera dado la vida por nosotros y hubiera muerto en lugar nuestro en ignominioso suplicio, nos acordaríamos con emoción todas las circunstancias de su agonía; besaríamos con lágrimas de ternura el cuadro que nos lo representa en el momento en que padecía y moría por nosotros.

¡Cuánto más debe enternecernos el amor de Jesús crucificado!

No por amigos murió Jesús, sino por aquellos que se habían hecho sus enemigos. Y este amigo generoso, que se ha inmolado por nosotros, que somos indignos de tanto amor, es el divino Crucificado.

Con razón dice San Agustín: Si aquel que olvida el beneficio de la creación merece el infierno, mil infiernos más merece el que olvida el beneficio de la redención.

Sin embargo, ¡cuántos hay que piensan rara vez y quizás nunca en tal favor! Acostumbrados a tener el crucifijo delante de los ojos, se hacen a él insensibles; a fuerza de ver las pruebas del divino amor, se hacen ingratos.

Esa es la causa de la angustia en que vivía San Francisco de Asís, fervorosísimo amante de Jesús crucificado. Día y noche vertía lágrimas por la ingratitud de los hombres con la Cruz del Salvador, y cuando querían consolarle decía: no, toda mi vida estaré inconsolable, porque, habiendo un Salvador que les ama tanto, los hombres le aman tan poco.

No seamos del número de aquellos por los cuales lloraba el santo patriarca.

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Todo, en la religión, nos enseña la devoción a la Pasión del Salvador.

La santa Misa, que es el acto principal de la Religión, no es sino la renovación del Sacrificio del Calvario.

¡Cosa admirable! Jesucristo, queriendo inspirarnos una devoción constante a su Cruz, instituyó para hacerla imperecedera, no un Sacramento pasajero como los otros Sacramentos, sino el único Sacramento que tiene el privilegio de ser permanente; un Sacramento que poseemos día y noche en el sagrado Tabernáculo, en donde el adorable Salvador permanece en un estado continuo de víctima

Correspondamos a los deseos de un Dios que nos pide que no le olvidemos y nos lega un testamento de tan alto precio en aquellas últimas palabras que todos miramos como sagradas: Acordaos de mi muerte en el santo sacrificio.

Todo lo que vemos en la Iglesia nos predica igual devoción. La cruz está delante del tabernáculo, como el lugar que más le conviene y que más atrae nuestras miradas. Se lleva en las procesiones, corona las torres de las iglesias, se la representa en las vestiduras sagradas y se emplea como signo augusto en todas las ceremonias del culto.

El Vía Crucis atrae constantemente la devoción de los fieles.

Los Santos, en quienes se encuentra la plenitud del espíritu cristiano, han hecho de la Cruz el objeto más habitual de su piedad.

San Pablo no se gloriaba más que en la Cruz, vivía siempre unido a la Cruz y no quería saber otra cosa sino la Cruz.

San Agustín nos dice que alimentaba su alma con la meditación de la Cruz.

San Francisco de Asís no quería que los suyos tuviesen otro tema de meditación que la Cruz, y la había colocado en el lugar de reuniones de la comunidad.

San Buenaventura moraba en las llagas del Salvador. Es allí, decía, donde velo, donde tomo descanso, donde leo, donde converso, donde quiero estar.

San Francisco de Sales, a propósito del Santo Doctor, decía: Parece que cuando este gran santo escribía las efusiones celestes de su alma, no tenían otro papel que la cruz, más pluma que la lanza que había atravesado el costado de su Maestro, ni otra tinta que su preciosa sangre.

Avivemos nuestra fe y encendamos nuestro amor hacia Jesús crucificado.

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Entre las prácticas cuaresmales se destaca la del Miércoles de Ceniza.

Esta ceremonia nos invita a santificar la Cuaresma por la penitencia, la mortificación y el pensamiento de la muerte.

Bendigamos la bondad de Dios, que inspiró a la Iglesia la ceremonia de la Ceniza, para enseñarnos las disposiciones piadosas con que debemos pasar el santo tiempo de Cuaresma. Agradezcámosle tan sabia instrucción y reguémosle que nos la haga comprender y poner en práctica.

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La ceremonia de la Ceniza nos predica la penitencia y la mortificación. Desde los tiempos más antiguos, la ceniza puesta en la cabeza ha sido un emblema de penitencia y de dolor.

Nuestro Señor Jesucristo presentó la ceniza como un símbolo de penitencia cuando dijo que, si los habitantes de Tiro y de Sidón hubiesen visto los milagros obrados por Él en el seno de la Judea, habrían hecho penitencia con el cilicio y la ceniza.

Eso es lo que explica por qué la Iglesia primitiva distinguía por la ceniza a los penitentes, de los fieles, y el primer día de la Cuaresma cubría la cabeza de todos sus hijos, sin distinción ninguna, por la razón de que todo cristiano ha nacido para vivir la penitencia.

La ceremonia de la Ceniza es como un sello que nos lleva a la penitencia, de tal manera que recibir la ceniza en la cabeza sin tener la contrición en el corazón, es aparentar un sentimiento que no se tiene, es una hipocresía.

Entremos, pues, con gusto en el espíritu de penitencia desde el primer día de esta santa Cuaresma. El interés de nuestra salvación lo exige; Jesucristo lo declara formalmente con estas palabras: Si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis; y nos lo enseñó aun mejor con su ejemplo, porque toda su vida no fue sino una penitencia continua.

Todos los santos, a su imitación, han hecho penitencia, y nosotros no tenemos derecho de dispensarnos de ella. Hemos pecado mucho, y todo pecado, aunque perdonado, exige penitencia. Tenemos pasiones que vencer tentaciones que combatir, y la penitencia es el preservativo más seguro contra las unas y las otras.

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Además, la ceremonia de la Ceniza nos trae a la memoria el pensamiento de la muerte.

Nos dice hoy la Iglesia: ¡Mortales, acordaos que sois polvo y que en polvo os convertiréis!

El cristiano que oye estas palabras a los pies del altar, se presenta allí como la víctima que, sometida al fallo, viene a ofrecerse para ser, cuando quiera el soberano Árbitro de la vida y de la muerte, reducida a ceniza y sacrificada a su gloria.

Por este acto parece decirle a Dios: Señor, vengo a cumplir en espíritu lo que acabaréis en realidad. Habéis resuelto, en castigo de mis pecados, reducirme un día a ceniza. Vengo pues yo mismo a hacer el ensayo, porque desde hoy preveo el fallo de vuestra justicia y lo ejecuto.

La Iglesia, haciéndonos principiar la santa Cuaresma por esta aceptación solemne de la muerte, por el gran sacrificio de todo lo que tenemos y de todo lo que somos, nos da a entender que mira el pensamiento de la muerte como lo más a propósito para hacernos pasar santamente la Cuaresma, es decir, en el alejamiento del mal, en la práctica de la penitencia y de todas las virtudes.

En efecto, ¿quién puede pensar seriamente en la muerte y no estar siempre pronto para comparecer delante de Dios, y no velar sobre sus acciones y sus palabras, y no mortificarse para expiar sus faltas pasadas y satisfacer a la justicia divina, y no multiplicar sus buenas obras y acrecentar sus méritos, y no desprenderse de todo lo que puede durar tan poco y tener presente a cada momento las palabras de San Bernardo: Si muriera después de esta Confesión, ¿cómo lo haría?, después de esta Comunión, ¿cómo me dispondría?, después de esta conversación, ¿cómo hablaría? al fin de esta semana, de este mes, ¿cómo me conduciría?

Pidamos a Dios nos haga comprender bien esta lección de la muerte y deducir las consecuencias prácticas, propias para la santificación de la Cuaresma.

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Al mismo tiempo, la Santa Iglesia nos da una lección de humildad en la ceremonia de Ceniza

Si la Iglesia pone sobre nuestra cabeza, que es el asiento del orgullo, la ceniza, símbolo de la nada de las cosas humanas, no es únicamente para exhortarnos a la penitencia y al pensamiento de la muerte; es, sobre todo, para decirnos: Hombre orgulloso, no te vanaglories de cosa alguna; acuérdate de que eres polvo y ceniza, y que en polvo te convertirás. Del polvo y la ceniza vienes; ese es tu origen.

Y ¿será el barro digno de vanagloriarse de lo que es? ¿Podrá alzarse por su orgullo contra Aquél que, animándolo de su espíritu, lo ha elevado por su misericordia a una esfera superior a lo que fue?

Polvo y ceniza seremos bien presto, pues nos volveremos polvo; y nos volveremos, a pesar de esa susceptibilidad que de todo se ofende, de esos pensamientos de amor propio y de complacencia en nosotros mismos, de esos deseos de lucir y aparentar.

Todo esto algún día quedará reducido a un puñado de ceniza, se perderá en la ceniza y desaparecerá como la ceniza arrojada al viento, después de haber sido vil como ella, estéril e inútil como ella.

¡Qué lección de humildad tan buena para desengañarnos de todos los encantos del amor propio y hacernos entrar en estos humildes sentimientos que debemos siempre tener de nosotros mismos! ¡Qué locura querer ser estimado, honrado y glorificado, para venir a acabar al fin de todo en un poco de ceniza!

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La Iglesia nos da esta lección al principio de la Cuaresma porque sin humildad todas las mortificaciones de Cuaresma serían sin mérito.

Los fariseos ayunaban, pero como lo hacían para captarse la estimación de los hombres, lo hacían sin mérito y recibían su recompensa aquí en la tierra.

La razón es, porque estimarse uno mismo es prevaricar contra la verdad, que nos dice que somos nada, y querer ser estimado es prevaricar contra la justicia, que nos dice: A Dios sólo el honor y la gloria, para nosotros la confusión.

Sin la humildad no hay verdadera penitencia. La verdadera penitencia tiene por base el sentimiento de nuestra miseria: de allí viene la humillación del alma que, confesándose culpable, se reconoce obligada para con la justicia divina a toda clase de reparaciones y satisfacciones.

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Para ayudarnos a santificar este tiempo de Cuaresma, contemplemos a Nuestro Señor. Él, desde luego, nos lo enseña con su ejemplo. Aunque su vida fue siempre eminentemente santa, le da durante estos cuarenta días un carácter exterior de santidad completamente especial.

En efecto, pasa sus días en retiro; con lo cual quiere decirnos que pasemos nosotros un santo recogimiento, condición necesaria para oír a Dios en el fondo del corazón, estudiarle y conocerle, amarle y gozarle; y al mismo tiempo, con un espíritu de reflexión, condición no menos necesaria para conocernos a nosotros mismos y reformarnos.

Nuestro Señor dedica este tiempo a la oración, para decirnos que debemos ser más fieles en nuestros ejercicios de piedad y orar más y con más fervor.

Lo vemos someterse en este tiempo a la mortificación más rigurosa, para hacernos comprender que es necesario, durante la Cuaresma, morir a la sensualidad y a los goces y placeres, aceptar las privaciones impuestas por la Iglesia y hacer verdadera penitencia.

De esta manera, Nuestro Señor con su ejemplo nos enseña la santidad del tiempo de Cuaresma; y esta enseñanza del Salvador está confirmada con la de la Iglesia. Pues ¿por qué esas privaciones obligatorias, sino para decirnos que es necesario santificar esos días por la penitencia? ¡Bendita sea la Iglesia por esta enseñanza!

En el transcurso de la vida olvidamos tan fácilmente la penitencia, que tenemos gran necesidad de que cada año se nos hable de ella, porque nos es indispensable, sea para expiar nuestros pecados, sea para evitar las recaídas, a las cuales nuestra debilidad nos lleva infaliblemente.

A estas enseñanzas sobre la obligación de pasar santamente la santa Cuaresma, añádese una razón poderosa, sacada de los grandes misterios de la Pasión y Resurrección del Salvador, para los cuales la Cuaresma sirve de preparación, pues el fruto de estos misterios debe ser la muerte a nosotros mismos y una vida nueva toda en Dios y por Dios.

Estos misterios sólo producirán estos frutos en nosotros, si la Cuaresma es verdaderamente santa.

Recibiremos la abundancia de gracias agregadas a su celebración, si llegamos bien dispuestos al fin de la santa Cuaresma; pero, por el contrario, no tendrá esto lugar, si tenemos la desgracia de pasar días tan santos en la disipación y la irreflexión, en la cobardía y la tibieza.

Comprendamos bien la santidad de este tiempo y la necesidad de pasarlo mejor si cabe que los tiempos ordinarios del año.

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Los medios indicados para santificar la Cuaresma son:

1°) Es necesario dedicarnos más a la perfección de nuestras acciones ordinarias durante estos santos días: hacer mejor nuestra oración y demás ejercicios espirituales; emplear mejor nuestro tiempo y vigilar más nuestras palabras; dar a cada una de nuestras acciones una perfección mayor y ofrecérselas a Dios en unión de la penitencia de Jesús en el desierto, en expiación de nuestros pecados y de los pecados de todo el mundo.

2°) Es necesario ser puntual en el ayuno y abstinencia que prescribe la Iglesia, o si no se puede o se ha obtenido dispensa, es necesario suplirlos por la mortificación interior, haciendo ayunar la voluntad por el espíritu de abstinencia y de privación; el carácter, por una suavidad siempre igual; el paladar, por la privación de ciertas sensualidades de ninguna manera necesarias; los ojos, por la modestia de las miradas; todo el cuerpo, por la modestia de la postura y del andar; del interior, en fin, por la supresión de pensamientos inútiles, imaginaciones vanas, deseos desordenados por los cuales el corazón se deja llevar, si no se le sujeta.

3°) Es necesario sobrellevar de buena gana las cruces que Dios nos envía, como las enfermedades, el soportar los caracteres, defectos y voluntades contrarias.

4°) En fin, nos es necesario determinar un defecto especial que trataremos de reformar durante la Cuaresma. Este es, dice San Crisóstomo, el mejor de todos los ayunos, porque sus frutos son durables, no solamente por todo el año, sino hasta la eternidad.

Tomemos, pues, la resolución de guardar mejor nuestro corazón y nuestros sentidos contra el pecado y la disipación; de dedicarnos en este tiempo a la reforma del defecto que sea más importante corregir en nosotros.

Tengamos en cuenta las palabras de San Pablo: Llegado es el tiempo favorable, llegado es el día de la salvación.

jueves, 7 de febrero de 2013

Mirando pasar los hechos

CHORROS DE CURSILERÍA


         Al contrario del príncipe desmontado en la batalla, que clamaba ¡Mi reino por un caballo!, en cierto caso podrá decirse que una soberana optó por el reino a costa de patria, familia y religión. Tremendo episodio histórico que aconsejara correr el telón piadoso, para cubrir la triste ejemplaridad y el escándalo de una monarquía envuelta en la venganza vulgar contra el antiterrorismo.
   
Acontecimientos para olvidar, como hicieran los criollos en absoluta mayoría. Pero el decaimiento mediático que acompaña la debacle presente, ahora está dando rienda suelta a la cursilería en grado tal, que se precia y regodea con el “salto plebeyo” a las alturas dinásticas. Abjurando del republicanismo en pleno bicentenario del Año 13, con repentina devoción monárquica.
         
Es que -según se ha dicho- son rasgos del cursi la tendencia a la falsificación y a lo inauténtico; la afectación con deseos de aparentar y el exhibicionismo de los pedantes. Pero ante todo esa forma servil del pensamiento, guiada por el temor a parecer anticuado o políticamente incorrecto. La cursilería encuentra eco en aquella clase desgraciada que está entre el orillero y el pintiparado, entre el capitalista y el mendigo. Esa clase de personajes que dicen desvivirse por el pobre y derrochan como los ricos más desaprensivos... obviamente los dineros públicos. Es decir, la apariencia como objetivo de vida, la necesidad de brillar con falsa o auténtica pedrería. El paradigma villero erigido en ídolo, sumándose a la adulación de su reina montaraz con la remera del Che.  En nuevo cursus honorum, de la hez a la prez. 
                                
Casimiro Conasco
Febrero de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

Nuevo orden

DESTRUCCIÓN PARA TODOS Y TODO

“¿Pue­de un cie­go guiar a otro cie­go?  ¿No cae­rán los dos en al­gún ho­yo?” (San Lu­cas, 6, 39)

Ro­bert Ar­drey di­ce en “Gé­ne­sis en Áfri­ca”: “El hom­bre es un ver­te­bra­do.  Y cuan­do ha­lla­mos un ca­rac­te­rís­ti­ca pre­do­mi­nan­te en to­das las ra­mas de los ver­te­bra­dos, tal co­mo es el ins­tin­to de con­ser­var y de­fen­der un te­rri­to­rio, en­ton­ces po­de­mos con­si­de­rar­le co­mo un ins­tin­to sig­ni­fi­ca­ti­vo”.  “Se­gún Cu­sa­font per­te­ne­ce­mos a los ver­te­bra­dos, y den­tro de ellos a la cla­se de los ma­mí­fe­ros, que en­glo­ban a nues­tro or­den, el de los pri­ma­tes, y a nues­tra fa­mi­lia, la de los ho­mí­ni­dos […] La so­cie­dad es el me­jor ami­go de los pri­ma­tes.  Por me­dio del me­ca­nis­mo so­cial los pri­ma­tes se han ase­gu­ra­do la ob­ten­ción del ma­yor ren­di­mien­to de su don su­pre­mo,el ce­re­bro, y re­du­cen al mí­ni­mo los in­con­ve­nien­tes de su in­he­ren­te vul­ne­ra­bi­li­dad […] El ani­mal sal­va­je no es li­bre­,se im­po­ne en su con­duc­ta el or­den de­bi­do a la su­per­vi­ven­cia de sus jó­ve­nes, que de­ben ser edu­ca­dos y de­fen­di­dos, de­bi­do a las le­yes de la exi­gen­cia te­rri­to­rial, y de­bi­do a las le­yes de pre­do­mi­nio.  Pa­ra so­bre­vi­vir se im­po­ne el or­den so­bre sus in­cli­na­cio­nes por exi­gen­cias de su so­cie­dad.  El pri­ma­te es uno de los in­di­vi­duos más or­de­na­dos.  No obs­tan­te, si en su vi­da se su­pri­me un fac­tor —el te­rri­to­rio— pue­de su­ce­der cual­quier co­sa […] Los ani­ma­les en cau­ti­vi­dad no pue­den mos­trar el cur­so nor­mal de sus ener­gías ins­tin­ti­vas.  Ni los im­pul­sos del ham­bre ni el te­mor del ca­za­dor al­te­ran la ocio­si­dad de sus ho­ras.  Ni las exi­gen­cias de la so­cie­dad nor­mal en las de la de­fen­sa te­rri­to­rial ase­gu­ran el de­re­cho de prio­ri­dad de las ener­gías con que la na­tu­ra­le­za les ha do­ta­do.  Si se ob­ser­va a un ani­mal ob­se­sio­na­do por el se­xo.  Es sim­ple­men­te por­que es el úni­co ins­tin­to que tie­ne una es­pi­ta de sa­li­da en cau­ti­vi­dad”.

Kon­rad Lo­renz, a su tur­no, nos di­ce en “Los ocho pe­ca­dos mor­ta­les de la hu­ma­ni­dad ci­vi­li­za­da”, que “exis­ten mu­chos im­pul­sos hu­ma­nos con su­fi­cien­te ho­mo­ge­nei­dad pa­ra en­con­trar una de­no­mi­na­ción en el len­gua­je co­lo­quial”, en­tre los que in­clu­ye la “ten­den­cia a la or­ga­ni­za­ción je­rár­qui­ca, sen­ti­do de la te­rri­to­ria­li­dad, etc.”.


Con­si­de­ran­do es­tas ba­ses pre­ci­ta­das, y ha­cien­do abs­tra­ción tan­to de sus au­to­res co­mo de sus erro­res fi­lo­só­fi­cos y ter­mi­no­ló­gi­cos, ¿en qué si­tua­ción se po­dría ubi­car a un go­bier­no que per­mi­te que se des­tru­yan las ins­ti­tu­cio­nes que de­be­rían lu­char por de­fen­der su so­be­ra­nía; que per­mi­te que se des­tru­ya to­do con­cep­to de au­to­ri­dad, que se en­tre­gue su pa­tri­mo­nio por na­da­, que se com­pro­me­ta a las ge­ne­ra­cio­nes fu­tu­ras, ya sea con­ta­mi­nan­do el sue­lo —co­mo en el ca­so de la me­gami­ne­ría—, sa­bo­tean­do su edu­ca­ción, o aún alen­tan­do a que ni si­quie­ra naz­can sus ciu­da­da­nos, si­guien­do las ór­de­nes de la cul­tu­ra de la muer­te im­pul­sa­da por la In­ter­na­tio­nal Plan­ned Pa­rent­hood Fe­de­ra­tion des­de la ONU, etc.?


Si de acuer­do con los con­cep­tos de Ar­drey la so­cie­dad ar­gen­ti­na se com­pu­sie­ra de pri­ma­tes sub­hu­ma­nos, por el es­ta­do de anar­quía en que se ha­lla, se di­ría que nos en­con­tra­mos en si­tua­ción de cau­ti­ve­rio.


Con­vie­ne re­cor­dar que no hay pro­yec­to de po­der po­lí­ti­co sin pro­yec­to cul­tu­ra­l, el cual se cum­ple de va­rios mo­dos: de­sin­for­ma­ción (es­pe­cial­men­te por me­dio del au­ge de la in­for­ma­ción su­per­fi­cial, sin men­cio­nar la cau­sa de los su­ce­sos), la di­ver­sión, es de­cir, el apor­te de no­ti­cias in­tras­cen­den­tes, la sa­tu­ra­ción de con­sig­nas, tam­bién in­tras­cen­den­tes; to­do lo cual, con su in­ce­san­te bom­bar­deo, lle­va a im­pe­dir el aná­li­sis de la rea­li­dad y a con­fun­dir a la so­cie­dad, frag­men­tán­do­la y con­du­cien­do a la apa­tía ciu­da­da­na.


Es­ta es la me­ta de la que ha­bla Sa­muel Hun­ting­ton, Coor­di­na­dor de Pla­ni­fi­ca­ción de Se­gu­ri­dad en el Con­se­jo de Se­gu­ri­dad de Es­ta­dos Uni­dos: “El fun­cio­na­mien­to efec­ti­vo de un sis­te­ma po­lí­ti­co de­mo­crá­ti­co re­quie­re por lo ge­ne­ral me­di­das de apa­tía y no com­pro­mi­so por par­te de al­gu­nos in­di­vi­duos o gru­pos”.


Por eso el blan­co esen­cial del Nue­vo Or­den Mun­dial es el con­trol, y con­si­guien­te de­te­rio­ro de la edu­ca­ción.  Vea­mos: en un es­tu­dio rea­li­za­do en 2003 por la UNES­CO y la Or­ga­ni­za­ción pa­ra la Coo­pe­ra­ción Eco­nó­mi­ca y el De­sa­rro­llo, en­tre es­tu­dian­tes de quin­ce años de 41 paí­ses: “La Ar­gen­ti­na que­dó en el pues­to 33.  A la ca­be­za de La­ti­noa­mé­ri­ca, pe­ro fi­gu­ró en­tre los nue­ve peo­res paí­ses con­si­de­ra­dos […] El 44% de los jó­ve­nes de nues­tro país de­mos­tró se­rios in­con­ve­nien­tes en la com­pren­sión de tex­tos con­si­de­ra­dos sen­ci­llos […], tan só­lo el 2% de los alum­nos fue ca­paz de en­ten­der, sin pro­ble­ma de nin­gu­na ín­do­le los ma­te­ria­les de lec­tu­ra que de­bie­ron eva­luar” (Vi­cen­te Mas­sot, “La Ex­cep­cio­na­li­dad Ar­gen­ti­na”).


En 2009 fue peor: sa­li­mos úl­ti­mos, có­mo­dos.  Un ar­tí­cu­lo de “La Na­ción” del 4 de oc­tu­bre, “Edu­car, el Ma­ña­na es Hoy”, nos in­for­ma que el Ope­ra­ti­vo Na­cio­nal de Edu­ca­ción “se­ña­la que el ni­vel de ren­di­mien­tos más al­tos en ma­te­má­ti­cas de ter­cer gra­do de la Edu­ca­ción Ge­ne­ral Bá­si­ca só­lo lo­gró ubi­car­se en el 19,6% de los es­tu­dian­tes de las es­cue­las pú­bli­cas mien­tras que en len­guas só­lo lle­gó al 16,9%”.


Ca­be pre­gun­tar­se por qué tan­ta di­fi­cul­tad en lec­tu­ra y len­gua.  El Dr. Ju­lio Gon­zá­lez (“Los Tra­ta­dos de Paz Por la Gue­rra de Mal­vi­nas”, 1998), di­ce que “des­tru­yen­do el len­gua­je se des­tru­yen las ideas.  Des­tru­yen­do las ideas se des­tru­yen los con­cep­tos.  Des­tru­yen­do los con­cep­tos se des­tru­ye las con­duc­tas”.  Es de­cir, la me­ta es des­truir nues­tro “don su­pe­rior”, así co­mo nues­tros ins­tin­tos bá­si­cos an­ces­tra­les —te­rri­to­ria­li­dad y or­den je­rár­qui­co— in­dis­pen­sa­bles pa­ra la su­per­vi­ven­cia.


¿Có­mo di­ge­rir en­ton­ces la ayu­da que pue­dan pres­tar los jó­ve­nes de La Cám­po­ra a los ni­ños de es­cue­las pri­ma­rias, si ade­más se ocu­pa el tiem­po des­ti­na­do a las pri­me­ras le­tras con jue­gos y lec­tu­ras par­ti­da­rias?  ¿Y su­pues­to que el su­fra­gio uni­ver­sal fue­se la pa­na­cea, qué chi­cos sin ex­pe­rien­cia, y ane­ga­dos de de­sin­for­ma­ción, pue­den de­ci­dir so­bre el des­ti­no de la Pa­tria?


Luis Antonio Leyro