domingo, 21 de septiembre de 2008

Lecturas dominicales


DE LA IGLESIA,
DEL PAPA
Y DE LA MISA


PRINCIPIOS

1. La Iglesia Católica es divina. “Para que pudiéramos cumplir el deber de abrazar la fe verdadera y perseverar constantemente en ella, instituyó Dios la Iglesia por medio de su Hijo unigénito, y la proveyó de notas claras de su institución, a fin de que pudiera ser reconocida por todos como guardiana y maestra de la palabra revelada” (Concilio Vaticano 1, Denz. 1793).

2. La Iglesia Católica es la única arca de salvación. “[La Iglesia] firmemente cree, profesa y predica que nadie que no está dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella” (Concilio de Florencia, Denz. 714).

3. La Iglesia Católica es visible e indefectible. “Ahora bien, lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos” (Concilio Vaticano I, Denz. 1824). “La única Iglesia de Cristo es visible para todos, y permanecerá, según es voluntad de su Autor, exactamente tal como él la instituyó” (Pío XI, Mortalium Animos, nº 15).

4. La Iglesia está fundada para siempre sobre Pedro y sus sucesores. “Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (Concilio Vaticano I, Denz. 1825). “Así pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe (…) sea anatema” (Concilio Vaticano I, Denz. 1831). “Pero es algo opuesto a la verdad, y en evidente contradicción con la constitución divina de la Iglesia, sostener que cada obispo está individualmente obligado a obedecer a la autoridad del Romano Pontífice, pero que colectivamente considerados los obispos no tienen esa obligación” (León XIII, Satis Cognitum).

5. El Papa sólo tiene poder para edificar y no para destruir (cfr II Cor. 13 10) la Iglesia de Cristo. “Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe” (Concilio Vaticano I, Denz. 1836). “Ni tampoco en el decurso de los siglos sustituyó o pudo la Iglesia sustituir con otros sacramentos los instituidos por Cristo Señor, como quiera que, según la doctrina del Concilio de Trento, los siete sacramentos de la nueva Ley han sido todos instituidos por Jesucristo Nuestro Señor y ningún poder compete a la Iglesia sobre la sustancia de los sacramentos, es decir, sobre aquellas cosas que, conforme al testimonio de las fuentes de la revelación, Cristo Señor estatuyó debían ser observadas en el signo sacramental” (Pío XII, Sacramentum Ordinis, Denz. 2301). “El gran cuidado y la extremada vigilancia pastoral con que los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, han cumplido el ministerio y las obligaciones que les fueron confiados por el mismo Jesucristo en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, de apacentar a los corderos y a las ovejas, son de todos y principalmente de vosotros, venerables hermanos, bien conocidos. Nunca han cesado los Sumos Pontífices de alimentar cuidadosamente con las palabras de la fe y con la doctrina de la salvación a todo el rebaño del Señor, apartándolo de los pastos envenenados. Porque nuestros predecesores, depositarios y defensores de la augusta religión católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por la salvación de las almas, han procurado por encima de todo, por medio de sus encíclicas y constituciones, monumentos de sabiduría, el descubrimiento y la condenación de todas las herejías y de todos los errores que, contrarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia Católica, a la sana moral y a la salvación eterna de las almas, provocaron frecuentemente violentas tempestades” (Pío IX, Quanta Cura, nº 1).

6. Las enseñanzas de la Iglesia no pueden cambiar. “La revelación que constituye el objeto de la fe católica no quedó completa con los apóstoles” (San Pío X, proposición condenada nº 21, Lamentabili, Denz. 2021). “Ahora bien, deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio” (Concilio Vaticano I, Denz. 1792). “De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia” (Concilio Vaticano I, Denz. 1800). “Las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia” (Concilio Vaticano I, Denz. 1839).

7. Los protestantes y demás acatólicos no tienen la fe. “Quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe (…) Si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad (…) Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo articulo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3).

8. La ley humana está ordenada a la ley divina. “Y para los gobernantes la libertad no está en que manden al azar y a su capricho (…) sino que la eficacia de las leyes humanas consiste en su reconocida derivación de la ley eterna y en la sanción exclusiva de todo lo que está contenido en esta ley eterna, como en fuente radical de todo el derecho” (León XIII, Libertas, nº 7).

9. Las leyes malas no son leyes. “Si, por consiguiente, tenemos una ley establecida por una autoridad cualquiera, y esa ley es contraria a la recta razón y perniciosa para el Estado, su fuerza legal es nula, porque no es norma de justicia y porque aparta a los hombres del bien para el que ha sido establecido el Estado” (León XIII, Libertas, nº 7). “Pero cuando no existe el derecho de mandar, o se manda algo contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, es justo entonces desobedecer a los hombres para obedecer a Dios” (ibid., nº 10).

10. Las leyes eclesiásticas no obligan:
a) cuando son dudosas: “las leyes, aunque sean invalidantes o inhabilitantes, no obligan en la duda de derecho” (CIC [1917], can. 15; CIC [1983], can. 14);
b) cuando son retroactivas: “las leyes se instituyen cuando se promulgan” (CIC [1917], can. 8, cfr. can. 17.2; CIC [1983], can. 7, cfr. can. 16.2);
c) cuando existe imposibilidad física o moral. Es un principio de teología moral que ninguna ley positiva obliga cuando existe una grave inconveniencia (cfr. CIC [1917], can. 2205.2 y CIC [1983], can. 1323.4). Y sin duda constituye una grave inconveniencia que la observancia de la ley vaya en detrimento de las almas, o de la salvación de las almas, “que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia” (CIC [1983], can. 1752).

11. La Misa NO ES esencialmente una comida. “Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 948).

12. La Misa ES la renovación del Calvario, y no sólo una narración de la Última Cena, que es un preludio del Calvario. “Así pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz (…) como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte, en la Última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la Cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (…) ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino” (Concilio de Trento, Denz. 938).

13. La Misa no es una asamblea. “Si alguno dijere que las misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y deben ser abolidas, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 955; cfr. P141).

14. “Si alguno dijere que el rito de la Iglesia Romana por el que parte del canon y las palabras de la consagración se pronuncian en voz baja, debe ser condenado; o que sólo debe celebrarse la misa en lengua vulgar (…) sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 956).

15. “Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 885).

16. “Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo (…) sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 888).

17. “Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como señal y figura o por su eficacia, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 883).

18. “Si alguno dijere que con las palabras: Haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 23) Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 949).

19. “Si alguno dijere que la Santa Iglesia Católica no fue movida por justas causas y razones para comulgar bajo la sola especie del pan a los laicos y a los clérigos que no celebran, o que en eso ha errado, sea anatema” (Concilio de Trento, Denz. 935).

sábado, 20 de septiembre de 2008

Económicas


SE ACERCA
EL FIN DE LA FIESTA


Como ocurre en toda situación opinable, el cortejo de analistas, periodistas y operadores económicos se divide entre los optimistas y los pesimistas. Entiendo que contando con instrumentos de análisis, cuya eficacia está más que comprobada, no se justifica esa división. Es más, el esfuerzo honesto que exige contemplar la realidad, sumado a la aplicación adecuada de las herramientas de análisis económico a los que me he aludido es suficiente para entender —aunque más no sea por aproximación— en qué condición se encuentra la economía nacional.

Eso sí, creo que el análisis debe estar despojado de toda motivación que justifique intereses creados o cualquier ideología, venga de donde viniere.

Además, debe respetar el vocabulario que la misma ciencia económica ha adoptado, diría con uniformidad pacífica. Esta acotación viene al caso porque es dable observar cómo acerca de estos temas se está colando de rondón un conjunto, cada vez más numeroso, de verdaderos ignorantes autotitulados y agrupados bajo el rubro de ¡intelectuales progresistas! Este proceso lo está padeciendo la historia y la ciencia política. Sobre este último aspecto volveré en otra ocasión, más adelante.

Desde ya advierto que trataré de simplificar esta nota llevando la exposición al nivel de los manuales introductorios de la disciplina, que sin duda los hay y muy buenos.

Por cierto no puedo obviar una breve referencia a lo que todos conocemos: el estado de la economía nacional a comienzos del siglo que corre.

Fueron tantos y tan grandes los desatinos que nos llevaron a una situación caótica que hasta hizo dudar sobre la viabilidad que tenía la nación de continuar existiendo como tal. Creo que estas líneas son suficientes a los fines que me propongo.

En tales circunstancias llegamos al año 2003, año en el cual asume la actual administración que, al comienzo de su gestión, se encontró con una política económica diseñada y puesta en marcha por su predecesor, bien es cierto que lentamente o de a poco. Los pilares que sustentaban aquella política eran pocos y simples: una legislación de emergencia que comprendía medidas como el control de la masa monetaria —corralito y corralones mediante— y congelamiento de tarifas de servicios públicos, sustituidas por subsidios a los prestatarios, entre otras.

Paralelamente el conjunto de medidas tendió a combatir el déficit en las cuentas públicas e incrementar el superávit de la balanza de pagos. En este último aspecto se adoptó un tipo de cambio alto, con la finalidad de que el resto del mundo considerara atractiva la oferta de productos argentinos que por entonces habían perdido casi todos los mercados tradicionales, mientras el Banco Central tenía a su cargo tomar las medidas oportunas para esterilizar eventuales excesos en la masa monetaria.

Objetables, pero aparentemente necesarios, resultaban ser los mecanismos dispuestos para enjugar el déficit presupuestario doméstico: el impuesto al cheque y la extensión del gravamen al valor agregado (IVA).

A estas medidas, que no son todas, se sumaba la facultad de dictar decretos de necesidad y urgencia. Dejando a salvo que este conjunto de disposiciones pudo haber sido necesario, no cabe duda que debió limitárselo en el tiempo: hoy, ya avanzado el corriente año 2008 casi todo el paquete de medidas debió haber sido derogado y paulatinamente sustituido por los mecanismos legislativos previstos en la Constitución Nacional, a la que dicen respetar.

Sin pretender ignorar las tasas de crecimiento del PBI alcanzadas, así como negar los superávits doméstico y de la balanza de pagos, aun sin cuantificarlos, es aquí adonde quería llegar. Esto es: estábamos y estamos dentro de distintas fases de las tan conocidas fluctuaciones económicas. Este fenómeno, sin olvidar “le tableau economique” de Quesnay que lo precedió, ha sido el de mayor tradición dentro del conjunto de estudios macroeconómicos. Se lo conoció como estudio de las crisis, posteriormente se lo llamó de los ciclos económicos y más recientemente por la denominación que he consignado más arriba.

Se me preguntará el por qué traje a cuento este capítulo de la economía. Muy simple: el análisis económico aprendió a prever y manejar las fluctuaciones, lo que no pudo hacer es eliminarlas: pueden encontrarse, como un fenómeno recurrente y no periódico, en las naciones con economías más desarrolladas. Se habrán atenuado las consecuencias negativas, así como habrá disminuido la amplitud de la onda de cada fase, pero están aquí. Hoy como ayer.

Por qué lo digo: para dejar en claro que en lo más profundo de las simas comienzan las economías a experimentar un fenómeno de rebote y comienza la fase de expansión; nadie tiene mérito en el arranque, pero una política atinada podría imprimir mayor extensión en el tiempo a esta fase y significaría la recuperación de las tasas de crecimiento.

Sería misión de esa misma política postergar el advenimiento ineludible del fin de la expansión y que la depresión que le sucediera tuviera el menor costo económico-social. En síntesis: los mayores méritos que se adjudica la administración del matrimonio gobernante deben atribuirse a causas externas. El resto es demérito, pues en el orden doméstico poco o nada se ha logrado.

Hoy es innegable que nos encontramos con expectativas nada promisorias. Otra vez será la inflación el origen de los aciagos momentos que nos toca y tocará vivir. Es más, nada se ha hecho para prevenirla; antes bien la ineptitud, la avidez y el descuido de los principios elementales de la ética pública, precipitan y precipitarán con inusitada gravedad las consecuencias que acarreará el peor de los impuestos regresivos que puede imponérsele a una población.

Este extremo se halla en las antípodas de la tan declamada redistribución del ingreso que se presenta como el objetivo prioritario de la política económica de la señora Presidenta.

Ella todavía cree estar a tiempo de maquillar ante sus gobernados y ante el mundo toda la cara horrible que dentro de poco mostrará nuestra amada patria, pero adviértase también el por qué del título de mi nota.

Los medios en circulación dan cuenta de los hechos negativos más importantes; ello me exime de entrar en detalles, pero no puedo dejar de señalar que el resto del mundo no está ya en condiciones de producir nuevamente condiciones externas que nos transporten hacia los tramos más altos de una nueva fase de expansión.

Esto podría lograrse —con mucho esfuerzo y dolor— pero para ello, la presidenta debe recordar que su misión es la de conducir a la Nación al logro del bien común temporal. Algo que no está en sus planes.

Alejandro Vera Barros

viernes, 19 de septiembre de 2008

Interrogantes


¿EL DIÁLOGO
ES UNA SOLUCIÓN?

Ante los males nacionales, todos las voces de los que no son gobierno nacional, piden “el diálogo”. ¿No sería mejor y más claro pedir justicia en vez de insistir con un diálogo que no se sabe para qué pueda ser usado, vistos los resultados de todos estos meses? ¿Puede el diálogo resolver los problemas?

El diálogo no es ni bueno ni malo, es un medio, que puede servir para esclarecer como para engañar. Nunca dio resultado con la soberbia de los doctores del Templo ni con los dignatarios de Israel, o los fariseos, etc. Sí fue luz para la humildad de la Samaritana junto al Pozo de Jacob. Yo me pregunto por qué no intentó el Señor practicar el diálogo con los verdugos que lo azotaban o lo crucificaban.

Hay diálogos que alcanzan el consenso: negociando y cediendo ambas partes en algo sus pretensiones. ¿Pero eso siempre es justo? Si encuentro al ladrón y me pongo a dialogar, partiendo la diferencia, yo podré recuperar la mitad de lo robado, y el ladrón se irá con la otra mitad.

La validez del diálogo como medio hacia la paz, depende de la voluntad de justicia de las partes. Si no hay voluntad de justicia, el diálogo es una telaraña del injusto para que la víctima pierda el tiempo y no pueda evitar la infamia, o para hacérsela aceptar, consintiendo en el delito que sufre. Pero el consentimiento forzado no borra el pecado del opresor injusto.

La justicia es parte integrante de la paz. Si no hay justicia, no hay paz, aunque exista su apariencia, como enseñó siempre la Iglesia: Opus justitiæ pax (Isaías, 32, 17), hace años con motivo de las Jornadas de la Paz: “Si quieres la paz, busca la justicia”… “La paz no es una insidia. La paz no es un engaño sistemático. Mucho menos es una tiranía totalitaria y despiadada, y de ninguna manera violencia; pero al menos la violencia no osa apropiarse el nombre augusto de Paz” (Paulo VI: Mensaje en la Jornada Mundial de la Paz de 1972).

Es bueno que, quien no tiene autoridad para hacer justicia, pida a los enfrentados que no se peleen y busquen una forma de arreglo pacífico. Pero no será pacífico si no es justo. La justicia es responsabilidad de quien tiene autoridad. Pero hay que cuidarse de confundir moralmente al público, como si fuera lo mismo lo justo que lo injusto. En materia moral, hay que llamar a los principios por su nombre: justicia a la justicia, engaño al engaño e injusticia a la injusticia. De lo contrario, la gente aprende que es lo mismo ser justo que injusto.

En algún momento Nuestro Señor, que dialogó con los doctores a los doce años, y con los fariseos, sacerdotes y doctores hasta la Pasión (diálogo que ya debió ser un anticipo de sufrimientos), optó por correr a latigazos a quienes “desacralizaban” el templo, ofensa al Padre que el Hijo no puede perdonar; porque es mejor el hacer uso de la fuerza que una injusticia; o, cuando pudo dialogar con el Gobierno, respondió: “¡Id y decid a esa zorra…” (San Lucas, 13, 32). Jesús dijo zorra o raposa, en referencia a Herodes, no se confundan). O bien, simplemente, ni siquiera respondió a todas las preguntas del depravado Herodes. No aceptó el diálogo con él.

Los interminables diálogos con los sacerdotes, los escribas, los fariseos, ineficaces desde el punto de vista de la conversión de los principales, no carecen de sentido: ahí, el diálogo tiene por objeto, llamar a la conversión o agravar la culpa del protervo pertinaz. Poner fuera de duda la responsabilidad de los canallas.

Ésa ha de ser la intención del llamado al diálogo que tantas voces autorizadas hacen hoy a los ruralistas y a los gobernantes. Los ruralistas aceptaron la propuesta y levantaron todas las medidas de defensa. Si los gobernantes no encuentran una solución justa, ellos serán los injustos agresores destructores de la paz social y los responsables de todas las consecuencias provocadas.

Marcial Castro Castillo

jueves, 18 de septiembre de 2008

Teología de la historia


¿HAY QUE DESESPERAR?

El misterio de iniquidad está en marcha desde ahora”, le escribía San Pablo a la joven cristiandad de Tesalónica, hace veinte siglos.

Lector, que entiendes —no sin angustia— el significado actual de estas palabras del Apóstol, es para ti que he compuesto estos capítulos. Pero primeramente he compuesto para mí mismo estos capítulos de especulación y de exhortación.

No ignoro que es fácil perder pie, dejarse abatir al ver las potencias de apostasía universalmente invasoras que, a veces manifiestas y a menudo disfrazadas, se aplican por tantos medios en enceguecer los corazones, corromper las instituciones de la ciudad, y que han penetrado desde ahora hasta en el seno de la Iglesia de Dios.

Para no caer en el desánimo, para permanecer de pie y hacerles frente, he meditado de nuevo la enseñanza de la fe con respecto a la historia de los hombres, dejándome esclarecer y reconfortar por esa viva luz.

En esta reflexión teológica, he considerado primero un misterio central: desde la Anunciación y el Calvario, Pascua y Pentecostés, hemos entrado en la plenitud de los tiempos (Gálatas, IV; Efesios, I, 10). Es decir, que el Padre amó al mundo hasta darle a su propio Hijo Unigénito, y con Él, todos los bienes (San Juan, III, 16; Romanos, VIII, 32). Por otra parte, la Iglesia siempre santa está fundada, para siempre con sus poderes jerárquicos definidos e indestructibles, para hacernos participar de los tesoros inefables de sabiduría y de gracia que están escondidos en el Corazón del Señor Jesús.

El hecho de conocer esta primera verdad, nos pone al abrigo de las vanas ilusiones sobre las “superaciones” de toda clase, de las que tanto se nos habla hoy en día.

Como estamos en la plenitud de los tiempos, no tenemos el riesgo de superar la encarnación redentora; por el mismo motivo, no está en cuestión el liberar a la Iglesia de la constitución inmutable que el Señor quiso asignarle.

San Pablo, sin duda, libró a la Iglesia naciente del judaísmo, pero fue para permitir que la Iglesia se afirmase tal como es: Iglesia de Jesús y de la Ley Nueva, no una iglesia de la ley mosaica, que ha caducado para siempre desde el día de la Pascua y de Pentecostés.

Entonces, sería una siniestra broma emular, por ejemplo, a San Pablo, para pretender liberar a la Iglesia de no sé qué supervivencias arcaicas, cuando se sabe que estas supervivencias no son más que las estructuras de la Iglesia, queridas por el Señor: doctrinas definidas y sacramentos determinados. Esta broma siniestra tiene un nombre: es el ecumenismo posconciliar. Libera a la Iglesia del peso de veinte siglos de tradiciones, sobrepasa veinte concilios dogmáticos. Hace acuerdos (…) para que los dogmas sean igualmente aceptables por aquellos que creen y por los herejes, y para que los sacramentos sean intercambiables entre aquellos que creen en éstos —y para quienes han sido instituidos—, y aquellos que niegan su validez. Esta superación es un engaño.

La segunda consideración decisiva en una reflexión teológica sobre la historia es acerca de las realidades que se encuentran comprometidas en ella, sobre las sociedades de pobres humanos sujetas al desarrollo del tiempo. Primero, la ciudad de Dios, tal como Jesús la ha hecho para siempre: santa, inmaculada, invencible, destinada a serle configurada por la cruz y por el amor; destinada a llevar la cruz todo el tiempo que dure su peregrinación, pero igualmente segura de su victoria infalible, por la cruz.

Por otra parte, su enemiga irreductible, la ciudad de Satanás, con sus falsas doctrinas y sus prestigios innumerables; se ensaña contra la ciudad de Dios, pero sus tentativas se saldan siempre con sendos fracasos; las “ciudades carnales”, las patrias y las civilizaciones que, por definición no deben durar más que los tiempos históricos, tienen una finalidad terrenal, no son nunca neutrales: queriéndolo o no, están bajo la dependencia de la ciudad de Dios, o de la ciudad de Satanás.

Si aceptamos estas distinciones y si, por otra parte, reconocemos el estado de hecho que es el de la Iglesia y de la ciudad humana, estaremos inmunizados contra el milenarismo. En efecto, entenderemos que no vendrá un tiempo en que la Iglesia no contará más pecadores, que estará al abrigo de los traidores, que no tendrá que llevar más la cruz con su Esposo. Tampoco se levantará sobre las ciudades perecederas una aurora de paraíso terrenal; siempre, de una u otra manera, estarán inficionadas por los venenos diabólicos, que la Iglesia sin embargo, incansablemente se esforzará por curar, no cesando de inspirar su restauración conforme a sus leyes propias, en Cristo Jesús.

¿Por qué la duración de los tiempos, la sucesión de los siglos? En el interior mismo de esta plenitud de los tiempos en la cual hemos entrado para siempre, ¿por qué la continuación de la historia, las pruebas y las victorias de la Iglesia, los esfuerzos de la cristiandad? En vista del perfeccionamiento del Cuerpo Místico, para el bien de los elegidos, “propter electos”. A fin de que la Santa Iglesia alcance su perfección última por el número y el mérito de sus hijos; a fin de que los dones inagotables del Corazón de Jesús sean participados por los Santos hasta el día deseado en que ante la fidelidad de la Iglesia, consumida en las tribulaciones del final de los tiempos, el Señor haga cesar la historia, introduciendo a su Esposa en la Jerusalén celestial, encierre al demonio y a sus secuaces en el “lago eterno de fuego y de azufre, en el lugar de la segunda muerte” (Apocalipsis, XX, XXI).

Aunque haya una finalidad terrestre en la sucesión de los siglos: permitirle a la naturaleza humana que despliegue sus virtualidades en la obra de la civilización, sin embargo, esta finalidad permanece en un lugar secundario.

La finalidad suprema de la historia, aquella a la cual todo le está subordinado, no es temporal sino eterna: es la manifestación, por la Iglesia, de la gloria de Cristo y de la virtud de su cruz en todos los Santos y todos los espíritus bienaventurados.

Como el Señor quiso darnos la luz acerca de los últimos días, y las circunstancias extraordinarias que los ponen aparte, no nos hemos sustraído a mirarlas de frente.

Más que por el carácter extraño, temible, de estos años del ocaso definitivo, nos conmueve su carácter común con los siglos que los preceden y los preparan.

Estos años del fin vienen a injertarse en la plenitud de los tiempos, como los demás años, desde la Encarnación. El don que ha sido hecho al mundo por la Encarnación del Verbo no será retirado; el poder con el cual está revestido Cristo no será atenuado; el caballero del Apocalipsis que se lanzó como vencedor montando un corcel blanco seguirá recorriendo la tierra y llevándose la victoria (Apocalipsis, VI, 2).

Es por un designio de amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión, que haga —en cierta medida— la experiencia de las tinieblas y de la agonía del Huerto.

Debe sentir a su medida, el alcance misterioso de este “sinite usque huc” (San Lucas, XXII, 51) que Jesús pronunciaba en su santa agonía.

Si el Señor quiso para su Esposa, en ciertas épocas, una experiencia más profunda de los dolores del Viernes Santo, es también porque quiso darle pruebas todavía más profundas de la eficacia de su poder y de la intensidad de su amor.

Y creemos que la Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires y Madre de la Iglesia, nos rodea con una ternura tanto más fuerte, tanto más atenta, cuanto más y más seamos como niños hostigados y desamparados.

Pero la Virgen del Calvario, de la Asunción, de las grandes visitas milagrosas sobre nuestra tierra miserable es para siempre según la magnífica palabra de Pío XII: “La Virgen victoriosa de todas las batallas de Dios”.

Que estas reflexiones sobre la historia humana en presencia de Jesucristo, que es el Soberano Señor de ella, nos persuadan de que somos amados y guardados por Dios.

Que, a través de todas las contingencias de la vida y las vicisitudes del mundo, nos sea dado el ser vencedores en Jesucristo por su cruz.

“Diligentibus Deum omnia cooperantum in bonum”.

R.P. Roger Th. Calmel

Nota: Este texto es la introducción a su libro “Teología de la historia”, págs. 9 a 13, ed. DMM, año 1984.

martes, 16 de septiembre de 2008

En lo alto la mirada


POR ESTO Y
MUCHÍSIMO MÁS…

“El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan”
(2 de agosto de 1946).


“Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quién cuelga a quién”
(13 de agosto de 1946).


“A mí me van a matar peleando”
(13 de agosto de 1946).


“Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre”
(24 de junio de 1947).


“Esa paz tengo que imponerla yo por la fuerza”
(23 de agosto de 1947).


“Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores”
(8 de septiembre de 1947).


“Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ni los hijos de ellos”
(8 de junio de 1951).


“Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”
(31 de agosto de 1951).


“Para el caso de un atentado al presidente de la Nación… hay que contestar con miles de atentados”
(Plan Político - año 1952).


“Objetivo: Lista de dirigentes opositores; lista de instituciones reconocidas como desafectas al gobierno; lista de opositores o de casas comerciales dirigidas o ligadas a los opositores; lista de representaciones cuyos gobiernos realizan campañas opositoras al nuestro. Personal: Serán empleados grupos previamente instruidos y seleccionados de las organizaciones dependientes de la CGT y del Partido Peronista Masculino. Misión: Atentados personales; voladuras; incendios”
(En el mismo documento).


“Se lo deja cesante y se lo exonera… por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno; eso es suficiente”
(Tercera Conferencia de Gobernadores, pág. 177).


“Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo”
(16 de abril de 1953, horas antes del incendio de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Nacional y el Jockey Club).


“Leña… leña… Eso de la leña que ustedes aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?”
(El mismo día).


“Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol”
(El mismo día).


“Compañeros: cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar. Pero entonces, si eso fuera necesario, la historia recordaría la más grande hoguera que haya encendido la humanidad hasta nuestros días. Los que creen que nos cansaremos se equivocan. Nosotros tenemos cuerda para cien años”
(7 de mayo de 1953).


“A unos se los conduce con la persuasión y el ejemplo; a otros con la policía”
(15 de mayo de 1953).


“Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades… puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten”
(31 de agosto de 1955).


“Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”
(31 de agosto de 1955).


“Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado"
(31 de agosto de 1955).


“Nuestra nación necesita paz y tranquilidad… y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no a palos”
(31 de agosto de 1955).


“Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, ¡pobres de ellos!”
(31 de agosto de 1955).


“Yo pido al pueblo que sea él también un custodio del orden. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden”
(31 de agosto de 1955).


“¡Al enemigo, ni justicia!”
(Memorando reservado “para el doctor Subiza”. De su puño y letra, con triple subrayado).
(Esta misma frase la vuelve a repetir desde el exterior en junio de 1972, y se difundió por televisión a todo el país los días 21 y 22 de junio de 1972).


“¡Ah… si yo hubiese previsto lo que iba a pasar… entonces sí: hubiera fusilado al medio millón, o a un millón, si era necesario. Tal vez ahora eso se produzca”
(9 de mayo de 1970).


“Si yo tuviera cincuenta años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora, colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano”
(30 de diciembre de 1972).


“Los militares son todos unas bestias”
(5 de febrero de 1973).


…CRISTO VENCIÓ AQUEL 16

lunes, 15 de septiembre de 2008

15 de Septiembre:


DÍA DE LOS CAÍDOS DEL
NACIONALISMO ARGENTINO


"Jacinto Lacebrón Guzmán. Cayó en Cumplimiento del Deber”. Fue el título que sus camaradas colocaron en el obituario al fin de una movediza jornada. Ni una palabra de lamentación para quien había caído en combate. Mejor aún, lo consideraban dichoso y privilegado, y desde entonces su nombre fue invocado cada vez que el olor a pólvora surcaba los aires.


A poco de comenzar el Congreso Eucarístico Internacional de 1934 los grupos izquierdistas de la variedad mas disímil quisieron adueñarse de las calles porteñas. La agitación no tuvo pausa, pero el nacionalismo plantó a sus milicias para contener lo que la derecha conservadora no acertaba a detener.


El 15 de septiembre la zona de Plaza Italia se convirtió en un gran campo de batalla: un importante mitín extranjerizante terminaba a palos y tiros. Uno de los tantos episodios sucedió sobre la avenida Las Heras. Dos oficiales del Ejército fueron atacados por una horda de comunistas que los superaban ampliamente en número. Desenvainados sus sables sólo lograron contenerlos por algunos segundos. A pocos metros se encontraba Jacinto Lacebrón Guzmán con un par de sus camaradas. Formaban en la denominada Legión Nacionalista. Y no dudaron un instante. Sin medir el número ni la catadura de los atacantes tuvieron el enorme valor cristiano de defender a quienes se encontraban en inferioridad de condiciones. Un certero proyectil lo traspasó en plena refriega. Llevado al Hospital Fernández falleció pocas horas después con los auxilios espirituales de rigor.


Todo el Nacionalismo, que en aquellos años contaba a miles y miles entre sus filas, desfiló por la capilla ardiente. Su féretro llevado a pulso recibió el saludo de cientos de brazos. Y lo que es más significativo: fue unánime la voz que lo consideró como el primer caído del Nacionalismo Argentino pese a no ser la primera sangre que se derramaba por la causa. La razón exige conocer el porqué de esta consideración.


A fines de los años ´20 del siglo pasado los primeros nacionalistas ya se conocían como tales. No constituían un cuerpo ideológico compacto, los matices y aún las contradicciones surgían en cada charla, en cada debate, en el café y aún en las jornadas combativas que protagonizaban. Pero los unía una inquietud imparable, aquella fuerza que les daba no sólo la juventud sino el profundo amor que profesaban por la Patria. Y lo que es mejor aún, no se encandilaban con modelos extranjeros o modas pasatistas, sino que con total naturalidad conservaban un sello autóctono y original. Lo cual no significa que no abundasen en lecturas de los autores extranjeros más diversos, rescatando para sí los valores universales o los conceptos de honda significación para el caso argentino.


Es quizás por ello que recién en 1934, al caer asesinado Jacinto Lacebrón Guzmán, se le considera como el primer caído del nacionalismo argentino. Para entonces una decena de muertes jalonaba el camino de la sangre. Muertes lamentadas, aún homenajeadas, pero que aquellos patriotas no sintieron como propias. En efecto, aunque cercanas en tiempo y espacio, inclusive en aspiraciones, creían tener motivos para no contarlas en el inventario propiamente nacionalista.


En 1928 varios fascistas italianos caen destrozados bajo un explosivo colocado por anarquistas en el Consulado de Buenos Aires. En octubre de 1931 José Manuel Salas, de la entonces uriburista Legión Cívica, es asesinado por elementos del radicalismo. En 1933 es abatido en Córdoba el fascista argentino Anselmo Pro, en Buenos Aires el legionario suizo Wendelín Kaslín y en Avellaneda los fascistas italianos Leonardo Simone y Gerónimo Pugliese. Todos ellos eran fervientes militantes, pero a ninguno se le considero como el Primer Caído. Y la razón sustancial para ello es simple, histórica e indudable: nuestros nacionalistas consideraban al fascismo como un fenómeno extraordinario, pero italiano. Y razón colateral pero de importancia era esta otra: no creyeron oportuno que ningún extranjero fuera precisamente el Primer Caído del Nacionalismo Argentino.


Hoy ciertamente podemos incluir en la nómina de los caídos a todos ellos. La distancia y el devenir de la historia mundial ha demostrado que lucharon precisamente por aventar lejos de la tierra al comunismo y al liberalismo. Pero entonces los matices estaban muy marcados y ni unos ni otros querían estrechar en demasía los vínculos. Años más tarde, hacia fines de los años ´30 o comienzos de los ´40 los propios compañeros de aquellos caídos se confundirán en la lucha de la Alianza Libertadora Nacionalista.


Sin embargo creemos positivo mantener aquel título con que se honró a Lacebrón Guzmán como el Primer Caído. Y precisamente por esta razón es que la fecha de su deceso tiene para todos los nacionalistas del país un significado muy particular. El 15 de Septiembre debería ser la jornada en que, desde cualquier rincón, nuestro espíritu se regocijara en el recuerdo del héroe. Y recordándolo a él, supiéramos traer a la memoria los más de treinta muertos que nos han marcado en el camino. Los que mató la izquierda o los que asesinó la derecha liberal y regiminosa. No importa su autor, lo que interesa es la decisión, la firmeza y la ofrenda personal con que cada uno de ellos decidió entregarse por Dios y por la Argentina.


Por todo ello y mucho más nuestra propuesta: 15 de Septiembre, Día de los caídos del Nacionalismo Argentino.


domingo, 14 de septiembre de 2008

Los números mandan


Fuente: Declaración jurada presentada por Néstor Kirchner al fiscal Eduardo Taiano, de la Oficina Nacional Anticorrupción, el 15 de enero de 2008.

Publicada por Gabriel Sued en el diario “La Nación” el 17 de enero de 2008.

Esta renta, obtenida en cinco años, representó para el matrimonio presidencial un incremento medio del 675,8 % anual.


Se ignora lo que han destinado para los pobres en redistribución de su riqueza.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Nacionales


EL BOMBERO LOCO

Un respetado amigo, que podría ser mi padre, comentaba hace pocos días que nunca —en sus muchos y ricos años vividos, y habiendo recorrido el mundo— había visto nada parecido a lo que es hoy nuestra realidad; y que solamente los argentinos, anestesiados crónicamente por la información-basura y ocupados en el sobrevivir de cada día, podíamos tolerar a toda esta clase política. “Nunca he visto nada peor”, fue su lapidaria síntesis.

Personalmente coincido con el aserto, pero agregándole algo más: ¿qué será del “después” de este infame conventillo de la paloma, de sus responsables actuales y de los que tendrán que intentar “arreglar” semejante desastre? ¿Habrá argentinos de estatura moral?

La dupla reinante, que aparenta cumplir distintos roles según las necesidades más inmediatas, pero que prueba fehacientemente aquella máxima psiquiátrica según la cual solamente los pájaros del mismo plumaje vuelan juntos, continúa impertérrita con su labor destructiva.

Como se recordará, desde el año 2003, el audaz pingüino confrontó incesantemente con todos aquellos que “pensaran feo”, es decir distinto, y no vaciló en utilizar recurso alguno —por inmoral que fuera— cuando lo creyó necesario (léase agresión directa, descalificación, burla, apriete, compra, venta, “borocotización” o la implacable “persecuta”).

En apretada síntesis digamos que los Kirchner, por obra y gracia de las circunstancias siempre mudables, heredaron una capacidad ociosa que permitía crecer sin inversiones, una devaluación que había permitido un tipo de cambio alto, una inflación que estaba lejos de ser una amenaza, un mercado internacional favorable, unas cosechas generosas, etc.

Sin embargo, solamente se limitaron a los que podríamos llamar “efectos de superficie”, subsidiando casi todo, ocultando lo que no se podía subsidiar y manteniéndonos en la situación de Alicia en el País de las Maravillas, absurdo al que somos tan propensos los argentinos y en el que caemos una y otra vez. Les sobraron oportunidades, les faltó grandeza y estatura de estadistas; fueron solamente más de lo mismo, pero peor.

La falta total de inversiones, por no existir reglas claras y estables de juego, detuvo el crecimiento, la inflación acabará ahora por devorarnos, la crisis energética es terminal, la presión sindical crece y amenaza salirse de madre, el gasto público no puede mantenerse porque ya se ha llegado a la cota máxima de presión fiscal (60% en valores reales), mantener el dólar alto destruye inexorablemente nuestras reservas, el ahorro ya no existe pues genera pérdidas, los créditos regalados ya no son tales y los errores o barbaridades cometidos contra el sector que más ha invertido —el campo— han iniciado la cuenta regresiva al comprometer totalmente la supervivencia de todas las actividades que de él dependen; esto es, más del 35% del total de la economía.

Pese a la descarada mentira oficial todo se cae, desde la capacidad adquisitiva del salario (aniquilada por una inflación imparable) a la venta de electrodomésticos y automotores, uso de los servicios, combustibles (de todas maneras cuesta conseguirlos y casi nunca al precio oficial), las transacciones inmobiliarias, la demanda de trabajo… ¿Quieren que siga?

Asistimos a un fenómeno de parálisis total y así, mientras los bárbaros golpean las puertas de la ciudad adentro ruge la bacanal. El poder gobernante ignora o pretende ignorar la existencia de esta crisis terminal y el árbol de las bestialidades en manos de la claque Fernández produce —incansablemente— nuevos retoños, como nuestro Ministro del Interior, encargado de mantener a la “plebe” en la más absoluta confusión.

El conflicto con el campo debido al aumento de las llamadas retenciones —que vulneran nuevamente a la declamada Constitución Nacional y conforman un palmario ejemplo de la ajuricidad total reinante— fue la chispa final que demostró hasta dónde es capaz de llegar el tristemente célebre dúo en su afán por conservar el poder y continuar la implacable rapiña que llevan a cabo ya sin disimulo alguno.

Empeñados en enfrentar a unos con otros en una lucha fraticida, apoyados y defendidos solamente por la piara de sus secuaces, sin el apoyo de las clases medias y altas de las ciudades y del total del interior de país, y “fortalecidos” por esa burla en que han convertido al par-tido justicialista, pretenden apagar el fuego con gasolina, al mejor estilo de un bombero loco. Están acorralados por sus propios errores y su soberbia sin límites.

Han redoblado la apuesta por cinco razones que Usted, amable lector, puede poner en el orden de prioridad que quiera:

a) se les terminó la plata,

b) sin ella no pueden alimentar al gran tiburón blanco, es decir a la inmensa clientela política que ellos mismos prohijaron y que ahora exige más y más,

c) se empeñan en desconocer la magnitud de esta crisis terminal y no quieren retroceder en sus decisiones y perder lo que ya perdieron, esto es el poder político,

d) precisan a alguien para hacerlo responsable de la debacle económica que viene en los dos próximos meses y

e) el único sector al que todavía pueden sacarle algo y echarle la culpa de todo es al campo.

Parecen dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. Dios no se los permita. Tampoco nosotros.

Justo Pastor Ayarza

viernes, 12 de septiembre de 2008

Libertades de perdición


DIOS Y LA
LIBERTAD
RELIGIOSA


Corren ríos de tinta describiendo la angustia del hombre moderno, y la crisis de valores del planeta.

Como el alejamiento absoluto de Dios es el infierno, no debe sorprendernos el encontrar los rasgos infernales anticipados en un alejamiento relativo. Desconocemos los derechos de Dios sobre el mundo; desconocemos nuestra condición creatural; negamos a Dios su condición de Padre y Señor.

El Protestantismo negó a Dios el derecho a hablar, y sólo le autorizó a balbucear palabras ininteligibles; no otra cosa es el libre examen. El catolicismo liberal no niega a Dios el derecho a hablar, pero sí le niega el de mandar en su mundo.

Dentro del catolicismo liberal el Humanismo Integral erige el derecho de la persona humana a forjar su mundo propio, enteramente profano, sin referencia a lo sacral, concediendo a Dios apenas cierta audiencia en el fuero interno de la conciencia. La Iglesia, dice, no tiene ninguna jurisdicción externa y visible en la realidad social pues su principio normativo es la libertad de la persona humana.

La dialéctica de la libertad absoluta con la negación implícita de nuestra condición de creaturas y negación de los derechos de Dios sobre el mundo reapareció muchas veces. En forma más larvada pero no menos real es el tema del Humanismo Integral que llenó las páginas de nuestra literatura católica actual, y de vanos escrúpulos las cabezas de los católicos, paralizando su acción en el campo social.

Estos católicos quieren la separación de la Iglesia y el Estado, el laicismo educativo, la paridad de los cultos ante la ley, la tolerancia religiosa como el derecho del individuo a practicar cualquier culto; la libertad del acto de fe requiere que el Estado no se pronuncie en materia de religión. Nos abstenemos de mencionar a nadie y citar textos. Se desconocen así los derechos de Dios al culto verdadero fundado en la integridad de la fe y realizado por los organismos que Él creó y el derecho que Dios posee a la obediencia de su creatura racional, como ser individual y ser social. Esto importa poner de relieve.

El dominio de las relaciones del hombre con Dios es materia de la Justicia. La materia de Justicia es una deuda; la relación de deudor a acreedor según estricta obligación.

En las relaciones del hombre con Dios tenemos por consiguiente un plano de estrictas obligaciones morales, de justicia, y no algo meramente facultativo.

Si la libertad de cultos fuera justa, la elección del culto sería algo facultativo. Por el contrario, es materia de la justicia, quiere decir que entraña con respecto a Dios una serie de deberes y obligaciones de las cuales el hombre no puede prescindir.


La opción religiosa, presupuesta en la llamada libertad de cultos, olvida la esencia del acto religioso y lo reduce a la piedad o a la observancia.


Probamos esto por la estructura del débito religioso. El hombre debe todo a Dios, y Dios no debe nada al hombre. Esta verdad tan simple ocupa un lugar excepcional en nuestro asunto; debemos traerla de nuevo, precavernos de dejar un vacío que poblarían los fantasmas del sueño de la razón.

Si Dios no le debe nada digámoslo enseguida, no tiene ningún derecho ante Dios; si debe todo a Dios, Dios puede exigir todo de él. Si debe todo a Dios, la dependencia es total; esa dependencia total es lo que se expresa en la virtud de religión.

La religión pertenece a la Justicia; quiere decir que la forma justa como el hombre puede dirigirse a Dios es el culto, la reverencia, la obediencia, el acatamiento a su voluntad, que es la devotio. Esta obediencia y acatamiento se extiende también a la revelación, a la obra de Dios en la historia humana.

Con respecto a Dios, el hombre como creatura es sujeto de obligaciones, de deberes; no tiene derechos. Esto distingue el débito religioso, del propio de la piedad o el de la observancia. En estos últimos el hombre conserva sus derechos personales.


La estructura del débito religioso que liga al hombre con Dios, es diferente del débito social según que liga los hombres entre sí o con el Estado. El débito religioso es debitum servitutis, de servicio, el débito social es un debitum inter pares, entre iguales. El primero se funda en la distinción de naturaleza, y en la dependencia total de la naturaleza humana con respecto a Dios. El segundo supone la igualdad de naturaleza, y un sistema de jerarquías dentro de la misma naturaleza. Pero, la distancia entre Dios y el hombre es infinitamente mayor que la distancia entre el príncipe y el súbdito; igualmente en cuanto a la dependencia. Por eso el débito religioso es más estricto que el de la observancia.

Santo Tomás habló de esta dependencia absoluta del ser creado, al tratar de la creación, de la providencia del gobierno de Dios. Para entender bien las verdades de orden práctico, nada mejor que dar audiencia a los grandes dogmas que proyectan su luz sobre aquéllas. Las doctrinas sociales y políticas deben iluminarse con aquéllos para contemplar las exigencias del estado creatural del hombre.

Sería superfluo mencionar los textos que nos hablan de la creación ex nihilo, nulla presuposita materia, la creación saliendo toda de la potencialidad creadora del Ser. Dependiendo de su Causa en el ser y en su persistir, la creatura vive en estado obediencial con respecto a Dios, como algo primario y extensivo a todas las modalidades de ser.
En otros lugares bien conocidos tenemos que el hombre no es dueño de las cosas en cuanto a su naturaleza: “Non subjacet humana potestati sed divinæ, cui omnia ad nutum obediunt” (IIa. IIæ., c. 66, a. 1).

No es dueño tampoco de su vida: “vita est quoddam donum divinitus homini attributum” (IIa. IIæ., c. 64, a. 5). La razón estriba en que el hombre “non est institutor naturæ” (Ia., c. 22, a. 2 ad 3). No es el creador de la naturaleza; puede solamente usar de ella para su utilidad. Hemos perdido respeto por la naturaleza; no vemos en ella la creación. La obra de Dios desaparece a nuestros ojos tan soberbios como cargados de idiotez; no vemos más que una mole con la cual tropiezan nuestros sentidos.

Sin embargo contemplada la obra de Dios, aparece claramente la dependencia total que funda el débito religioso como servicio reverencial. “Manifestum est autem quod dominium convenit Deo secundum propriam et singularem quandam rationem; quia scilicet ipse omnia fecit, et quia summum in omnibus rebus obtinet principatum; et ideo specialis ratio servitutis ei debetur” (Ia. IIæ., c. 81, a. 1, ad 3).

Cuando el personalismo cree en un derecho de la persona a la opción religiosa, desvirtúa el débito religioso bajándole al nivel de la virtud que regula el homenaje a las personas constituidas en dignidad, o sea la observancia. Dios es identificado con un jefe de Estado o como una persona dotada de cierta dignidad. En el honor debido al príncipe, la personalidad mantiene los derechos propios de su perfección humana: el súbdito tiene derecho a la vida, a la buena fama, etc. Santo Tomás pone una escala de virtudes según la excelencia de las personas a las cuales debemos el “bonum” del homenaje. Primero la Religión; la deuda para con Dios es absoluta, como hemos dicho. Después con los padres: piedad; el padre participa de la razón de principio. Por último, la observancia, para las personas constituidas en dignidad (IIa. IIæ., c. 102, a 1).

En esta última esfera el débito moral es más lábil; en cambio, es más fuerte en religión. Eso explica que las relaciones entre príncipe y súbdito están llamadas a tolerar mucho más una adaptación a los usos y formas históricas concretas que las relaciones religiosas o cultos.

Comparando la observancia con la piedad, Santo Tomás explica cómo el vínculo en ésta es más exigente que en aquélla. En virtud de ello las obligaciones del hijo para con el padre son más graves que las del ciudadano frente al Estado. El hijo tiene menos “libertades”, menos derechos subjetivos frente al padre, que el súbdito frente al Estado, o que el obrero frente al patrón.

Por eso siempre se ha planteado la cuestión en qué medida puede el Estado intervenir en la vida religiosa de los ciudadanos. Casi siempre la intervención del Estado fue funesta: las sectas protestantes se mantienen en algunos países, porque son religiones de Estado. Respetando la libertad individual debe la comunidad promover la fe católica, respetar el débito religioso que tiene para con Dios.

Lo que a nosotros nos interesa por el momento es destacar el dominio absoluto de Dios con respecto al hombre, y como la religión es un derecho, Dios tiene derecho al culto verdadero y a prescribir las condiciones y modalidades de ese culto. Habiendo Dios ejercido ese derecho, habiendo instituido sus elementos fundamentales, el hombre no tiene un derecho a modificar o cambiar. El hombre, no puede optar por otra cosa, porque carece de valor.

La vida religiosa del hombre no puede tener su epicentro en la libertad personal, aunque esto pudiera adular nuestra vanidad. Tenemos derecho a buscar la verdad; derecho a practicar un culto erróneo si estamos de buena fe en el error. Pero no porque el culto sea algo optativo, sino porque la conciencia, incluso errónea, me exige el cumplimiento de un deber.


Alberto García Vieyra, O. P.

Nota: el presente texto ha sido tomado de “Estudios teológicos y filosóficos”, año 1959, págs. 87 a 89.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Agradecimientos


LOS DESPRECIADOS
POR LA MUERTE


Van varios siglos en los que —salvo raras excepciones— han dejado de existir causas que muestren una claridad de cruzada a las que se pueda entregar el cuerpo y el alma en la confianza de estar en el bando correcto; gestas que rodean la muerte de gloria y que hacen de los sobrevivientes héroes ejemplares. Que hacen inmortales los nombres de sus capitanes. No es necesario entre nosotros aclarar que esto ocurre solamente cuando Cristo es la Causa, pero de cierta manera y por carácter transitivo, aunque con diferencia de grado, también ocurre en las causas justas en defensa de intereses reales… mis pocas cosas… una mujer… un amigo… y hasta la Patria, y esta última siempre en la medida que exista y exista dentro de un equilibrio cristiano sin ser una deformación de la soberbia política o ya solamente una manipulación retórica.

Sin embargo durante esos siglos plagados de guerras, muchísimos hombres debieron necesariamente participar en luchas de oscuras y veladas intenciones —nunca seguros de estar en el bando correcto y nunca seguros de que dicho bando existiera— y desde esa terrible perspectiva moral afrontar el cumplimiento del deber como un asunto de protección de los escasos intereses de una vida pensada en singular; o —ya casi en el límite de la cordura— hacer del asunto un tema de camaradería o de dignidad personal, ajeno y extrañado del sentido general del hecho histórico que se esconde en los entresijos de un complot universal cuya sola mención nos hace acreedores del paredón o del manicomio. Péguy, Saint Exúpery, Junger y muchos otros han dado su testimonio. En todos los casos el soldado combatiente queda divorciado del mando, que al no participar del riesgo y el sufrimiento carece de toda posible justificación moral, produciéndose una fractura incurable que acaba con la institución.

“Felices los que han muerto…” decía Péguy. No son ya felices los que sobrevivieron —como en las viejas guerras— para ver crecer a sus nietos llenos de orgullo al recibir un apellido con gloria. En estos modernos asuntos sin duda morir es la única salida elegante. Un tiro en la cabeza mientras rezas el Rosario en un campo de remolachas te evita las explicaciones. Sin embargo la muerte que acude presta a buscar al “amado de los dioses” suele dejarte en la terrible coyuntura de haber sobrevivido a una de estas rabietas de la historia, a unos de estos “procesos digestivos” que en el mejor de los casos son malignos —o sólo torpes— y entonces te queda enfrentar por el resto de tu vida la desdicha de haber sido despreciado por la muerte y ver con el tiempo aparecer a flote, como en una sentina, los sólidos y hediondos motivos que manipularon tu suerte. De los tres autores citados estoy seguro que sólo con el último caben al lector ciertos reproches. Porque vivió.

Sin duda… felices los que han muerto. Para los que la muerte desprecia, el resto de sus vidas transcurre en la tortura de lo que pudo ser. Más allá del odio del enemigo, recibiendo la crítica permanente de los bien intencionados e imparciales que un rato después saben exactamente cómo se tuvo que haber hecho; los tipos que dictaminan bajo qué cánones morales debían ejecutarse las decisiones una vez que ellas han salido de la urgencia de aquella coyuntura histórica. Pero hay algo todavía peor… el no saber si has ganado o has perdido, y probablemente encontrarte con que ganó tu bando pero tu has perdido. El tomar conocimiento que tu bando no era el tuyo y que ya no tienes ninguno.

No me caben dudas que sólo es héroe quien en medio de las más confusas circunstancias sabe ver y elegir el bien del orden. Aquel a quien las oscuras maquinaciones del engaño no le tapan la visión y con la fuerza de su virtud disipa la niebla pestilente del fraude para señalar la vía correcta tanto en tiempos bélicos como en las solapadas marismas de callada violencia en que ejercen su usura los infames aleves llamándola PAZ… tiempo de oculto contubernio en confortables cuevas urbanas —calefaccionadas por dulzones pedos de demonios contables— donde se sisan las vidas y bienes de las pobres gentes sembrando en ellos el espíritu fatal del resentimiento que anuncia la revancha homicida irracional (inseguridad le dicen ahora).

Pero hoy nos toca, no hablar de héroes, sino de soldados. De quienes tuvieron que enfrentar la circunstancia malhadada de su tiempo desde el puesto que la providencia les asignó en su condición de hombre común de bien, y a los que la muerte no dio el alivio de serenar su conciencia con un solo acto de arrojo para el que estaban tranquilamente preparados por oficio, por talante y condición.

Resulta necesario, sin caer en el reproche, señalar que el peor pecado que puede cometerse en una lid que carece de sentido sagrado es la derrota. Esta nos da en su dictamen inapelable la medida de la imprudencia. Sólo Cristo puede ganar al perder, y sólo en Cristo se puede ganar al perder. Para el resto de las humanas cuestiones, “no emprendas empresas inútiles” decía el aquinate. Y es virtud primaria en el soldado la obstinación en la victoria y la tenacidad en el sostenimiento de sus resultados.

Yendo directamente al caso de la guerra contrarrevolucionaria librada contra la guerrilla castrista en la argentina de los setenta, como en todas las guerras similares que se libraron durante la guerra fría en distintos países, no se estuvo lejos del drama aquí descripto. Con aristas de cruzada en lo tocante a la defensa de los valores cristianos que claramente atacaba el enemigo marxista y que podían ser concretos intereses en algunos de los implicados (exclusivos en los mejores), no dejaba sin embargo de ser la defensa de un mundo burgués al que estos valores ya le importaba un higo y que azuzaba desde su astuto panzismo al espíritu quijotesco para mandar a otros a realizar una tarea ingrata mientras se llenaban el bolsillo (o simplemente cumplían su vocación de boludos a sueldo), asegurándose desde el vamos la traición al final del recorrido. (Mi padre dice que los masones aprendieron la lección con Napoleón y desde aquel momento, cada vez que llaman a un milico para salir del apuro, se aseguran antes la forma en que lo llevarán al abismo).

Ni hablar de la traición sufrida por los combatientes del campo revolucionario, infame como pocas. Sus jefes, agitadores e instigadores los mandaron al suicidio para terminar ellos negociando sus salidas contentados con “las sobras del banquete sucio”. Peor que burgueses; mandatarios y corredores infieles de burgueses, incapaces de producir con el trabajo, sirven al capitalista en la coima de la misma manera que lo sirven con desprecio sus rameras; ora alcahuetes ora fallutos y siempre amparados por la falsa excusa gramsciana del entrismo.

En esta nefasta suerte final se comparan los dos bandos; en el haber trabajado para burgueses. Pero no resultan comparables en el sentido de su sacrificio; el timo hacia los muertos de la izquierda fue total. Daban la vida por lejanos “ideales” concebidos en una ideología llena de odio que buscaba una demolición irracional para luego no construir nada fuera de las sucias negociaciones de un poder extranjero, tiránico y vacuo; donde el espíritu de sus soldados en medio de la refriega, jinetes voluntarios de un Apocalipsis, se contentaba con —y se conformaba a— dar ese primer paso cruel —la demolición— quedando de ellos la admiración del coraje, la fiereza y el desinterés, como se alaba de un tigre y no de un hombre. Cuando los militares —aún igualmente timados y traicionados— pueden encontrar el sentido de su faena en el concreto interés social de detener una loca destrucción; desde lo minúsculo hasta lo más grande, y con ello haber sido útiles en el mejor sentido del término. Pero como dijimos más arriba, el sentido ya no viene de la causa, lo da la persona en la profundidad o superficialidad de su espíritu, porque la causa ya no es común. No es ni siquiera reconocible. Y ambos bandos, producto de ese mimetismo que se establece entre el cazador y su presa tienen en lo concreto de la batalla, como único motivo visceral y palpable, la suerte del camarada; y como única metodología de acción el mutuo asesinato en los fondos sin luz de una sociedad que no quiere heroísmo. Quiere dinero. Una camaradería basada en el desgraciado destino común, pero que finalmente es lo más rescatable de la hora. Dar la vida por los amigos termina siendo siempre un asunto respetable.

Resulta reiterativo pero no inútil recordar que cuando uno realiza la manda de un burgués, no debe esperar agradecimiento, eso era con los reyes, y ese agradecimiento constituía el Honor. Enriquecerse reclama y exige la ingratitud; no se puede amontonar una pila de dinero si tienes conciencia de una deuda infinita con Dios, de otra impagable con la sociedad y de una concreta con tu prójimo. Cuando no te queda otra y trabajas para ellos debes asegurarte la paga porque nunca tendrás honor (todavía los abogados hablamos de honorarios)… y la más de las veces tendrás que ir a cobrar con un revolver al cinto ( sin entrar en juicios, entiendo a los que de ambos bandos reclamaron el botín y admiro a los que no lo hicieron). No olviden que esos tipos inventaron los derechos humanos, ese asunto de mirar la política partiendo de mis intereses personales establecidos como nuevas tablas de la ley de la salvación humana. Y también inventaron el socialismo: una buena manera de sacarse de encima a quienes los sirvieron bien y entregarlos a la previsión social debidamente saqueada y malamente administrada por sociólogos de izquierda. Cuando lograron terminar con una ciudad fundada sobre las virtudes se encargaron de impedir que cuaje una fundada sobre las pasiones. Su fundamento debe ser el vicio.

El mundo burgués está para acumular y conservar sus bienes materiales. Es capaz de entregar su religión, su ejército, su nación, la educación de sus hijos y muchas otras cosas indecibles sin que nada impida el ritmo de sus vidas con vacaciones en la playa; pero resulta heroico en la defensa de sus porcentuales de rentabilidad. Allí sacan a pasear la Virgen, asaltan la Bastilla, adornan su pecho con escarapelas y entonando himnos patrióticos hasta son capaces de aumentar el sueldo de sus custodios.

Todo este cuento es para poder, en medio de la confusión, ser certero y no ser ingrato con aquellos generales con los que no estuve ni quise estar cuando tenían el poder pero con los que quiero estar en esta su peor hora en que la chusma izquierdosa los está linchando (ya sea por alimentar su odio connatural o en su caso, por lamer —a cambio de un salario— las nalgas de un poder corrupto que ha tomado el asunto como cortina de sus desmanes económicos). Agradecerles que los semáforos siguieron andando, que tuve una universidad, que no olvido que de no ser por ellos y a disposición de una policía revolucionaria a cargo de algún Gorriarán Merlo, seguro mi viejo… y quizá yo también, estaríamos en una mazmorra o dos metros bajo tierra. Que con mis hijos —que probablemente ni hubieran nacido— la estaríamos pasando bastante peor y que lo mismo hubiera pasado con casi todos los que amo. Para agradecer sin recordar ni juzgar, porque sin engaños, los grandes valores ya se estaban negociando en otras esferas más poderosas y más abyectas, de las cuales luego todos seríamos actores secundarios y creo que, de no ser por la promesa del “no prevalecerán”, estaban irremediablemente perdidos antes que ellos enfrentaran un asunto que les superaba con mucho la talla. Los “macro” resultados (como gustan decir los economistas) saliera pato o gallareta serían muy parecidos, salvo en lo personal para aquellos a quiénes les tocó durante la sucia jugada ser carne de cañón; que de eso fui salvado. Con o sin ellos hubiéramos desembocado en una parecida y fundida democracia de mierda.

Quiero agradecerle también a los simiescos y rastreros verdugos de hoy el haber atacado por lo bueno y no por lo malo, y con ello redimido muchos errores y permitido gestos que engrandecen más allá de la voluntad de los actores, ya que el sufrir un daño injusto, aún siendo siempre nosotros culpables, convoca al Divino Sufriente. Agradecerles porque de no ser por su saña y su bajeza nada se habría salvado de la ignominia. Quedará sin embargo el dolor, paradoja del misterio cristiano.

Como no me educaron como un burgués, quiero reconocer esa deuda impaga; y como me educaron como un cristiano no quiero dejar de ver en cada hecho la perspectiva esperanzada de Aquel que todo lo eleva.

Dardo Juan Calderón