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miércoles, 20 de febrero de 2019

Otra vez el feminismo


Imaginería del ´acoso´
y propaganda feminista

“Viajar en tren, es de lo mejor” recitaba una no tan arcaica canción infantil que cantábamos a nuestros hijos pequeños. Conservaba un tono festivo que evocaba los viejos trenes argentinos y que poblaba la imaginación de inocua fantasía.

Lejos estaban aquellos trenes de semejar los flamantes “trenes de Randazzo” con los que el ex ministro aspiraba a heredar el legado de Cristina ganando una elección nacional, al mismo tiempo que pretendía corregir los déficits del modelo kirchne-cristinista.

No es propósito de estas líneas abundar en detalles acerca de trenes, de ministros en retirada, del izquierdoso modelo continuista del Régimen, ni de ninguna otra fruslería política argentina actual.

¿Y entonces? Sí, algo tienen que ver los trenes, pero como sujetos pasivos, cristinismo mediante, de una campaña publicitaria contra el acoso que se escucha, con repiqueteo constante, toda vez que uno aborda cualquiera de dichos convoyes. Me toca a mí, en suerte, abordar el servicio del tren Mitre que o bien me deposita en Retiro desde estación Villa Pueyrredón, o en sentido contrario, aquí me deja viniendo de Ministro Carranza o alguna otra recordada estación de mis años en Buenos Aires.

Como digo, en estos tiempos feministas, de “sororidad”, de “empoderamiento de la mujer”, de “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, o aquella odiosa y brutal, como la abominación feminista, “ni puta por coger, ni madre por deber, ni presa por abortar, ni muerta por intentar”, la propaganda no deja espacio para la duda, la reflexión o la inquietud. Todo debe llenarlo, con medias verdades, o con mentiras, o peor todavía, con “mentira la verdad”, parloteara el programa del judío Darío Sztanjnszrajber.

Así, retornando hace pocos días de la costa atlántica, y viajando en el servicio Mitre-José León Suárez, no tuve otra fatalidad mejor sino escuchar a Viviana Mónica Nelli, voz institucional en off de anuncios y campañas en subtes y trenes, quien más o menos sentenció así:

 “El 100% de las mujeres sufrió acoso callejero en algún momento de su vida. (…) El acoso existe. Para reporte y contención mandá un SMS al 22676 (acoso)”.

Los puntos suspensivos son producto o bien de mi deficiente memoria, o bien de mi peor oído pues no tengo certeza de que en el anuncio se diga lo que sí suele leerse en los afiches de vía pública, a saber, “ni loca, ni perseguida, ni histérica. El acoso existe”, etc. Quizá me equivoque en el número y sea en cambio un 0800, pero sustancialmente ese era el esquema retórico-discursivo del anuncio social-solidario para la mujer acosada, o en vías de serlo…

Quiero advertir, a los poco avisados, que mi sencillísima faena analítica no pretende mímesis alguna con los ejercicios que propone Roland Barthes en sus Mitologías, autor por quien no profeso ninguna devoción, excepto claro está el reconocimiento a su talento y su pluma para “desmontar los mitos contemporáneos”, uno de los cuales es la publicidad. Menos aún intento ponerme la “bota e potro” de la jocunda pluma del P. Castellani de Las canciones de Militis o las Notas a caballo de un país en crisis desvelando los entuertos de la Patria. Para ello no tengo ni las letras, ni el talento, ni la erudición del cura argentino; sí, tal vez, me arrime un poco compartiendo su “amor dolorido” por esta tierra abatida.

La brevedad esquemática del anuncio no llama la atención particularmente; menos todavía buscaría uno enjuiciar la buena intención que parece orlar semejante campaña en beneficio de las mujeres; con todo, y aún fatigado de tanto sol, arena y mar, reparé un poco en dicho esquema “tripartito”. Me vino a la mollera algo así como una “epifanía”, como impropiamente suele decir mi hijo menor si alguna idea cae de su cabeza, y pensé que algo decía dicho anuncio. Para decirlo técnicamente, y con cierta pedantería, hay un meta-mensaje en el mensaje; el discurso contiene algunos implícitos que tal vez no sean tan implícitos y tampoco tan verdaderos no obstante la “representación” de verdad que ambiciona.

La epifanía mentada me sugirió la siguiente hermenéutica, que pongo a consideración de quien tenga la bondad de no abandonar esta plomo-nota.

A decir verdad, o se trata de un improbable, o, llanamente, de una falacia el afirmar que “el 100% de las mujeres sufrió acoso callejero en algún momento de su vida”. Es un acto de fuerza de la imaginación desbordada, incluso morigerando la quimera con el recurso a la temporalidad de “(…) algún momento de su vida”. Nadie en sus cabales pensará que los investigadores de campo de la campaña están en posesión de los datos estadísticos necesarios como para concluir semejante disparate.

En rigor, se trata de una afirmación típicamente propagandística, es decir, un sofisma arrojado al viento para sostener por la fuerza figurativa del lenguaje una posición de “empoderamiento”, como malamente se dice ahora. ¿Es acaso posible conducir estudios longitudinales sobre el universo completo de las mujeres para descifrar el 100% de los casos?

Sostengo el ataque. Son rústicos pues ni siquiera en la campana de Gauss es razonable predicar un 100% de frecuencias para la distribución normal de una variable. Siempre queda un resto, todo lo insignificante que se quiera, en los extremos de la distribución que representa la campana. Para decirlo anti-feministamente, siempre habrá una anciana achacosa, una niñita angelical, o endiablada, y algún adefesio intolerable que jamás serán sujetos recipiendarios de predicación de ´acoso´ alguno, sea cual fuere la forma que este adopte.

Recuerdo que hace años una tenaz profesora de matemáticas me prestó un libro con este sugestivo título “¿Cómo mentir con estadísticas?” que daba cuenta de las sutiles estrategias para organizar números y porcentajes con el fin de que representasen lo que uno quisiere, so pretexto de que los números son “datos duros” y alejan toda subjetividad. ¿Habrán leído con provecho el manualito los publicitarios de la campaña en los Randazzo-trenes?

El segundo elemento de la “trilogía” proviene de la última afirmación, que reza “para reporte y contención mandá un SMS al 22676 (acoso)”. Es más arduo probar aquí los pretendidos efectos retórico-ficcionales que se procuran. Precisamente, y en sentido contrario, puede pensarse con suficiente grado de certeza que lo que se propone es una ayuda legítima, transparente y al alcance de la mano para un grupo de personas (mujeres) afligidas por un mal actual o potencial y presuntamente en aumento.

Sin embargo, se trata de una campaña propagandística que custodia su lógica y quiere asegurar sus efectos, aun salvando las piadosas intenciones sociales. Mucho he empleado la palabra efectos y tiene propósito que lo haga pues la propaganda y la publicidad son discursos que se proponen “efectos de verdad”, o efectos de realidad como escribiera el citado Roland Barthes. No la verdad sino un ´efecto de verdad´, que no es lo mismo. No la realidad sino un simulacro y cuanto más logrado, mejor. Mientras más acabado sea el simulacro, mejor es su aproximación ficticia a la verdad, y, por lo tanto, más recóndita su falsedad.

Algunas investigaciones en psicología social sobre efectos persuasivos de campañas publicitarias en torno a “causas sociales” han demostrado que si los receptores de un mensaje inductor del miedo advierten que no hay forma de lidiar eficazmente con la amenaza, no es probable que reaccionen ante el estímulo de miedo, y lo único que harán será, sencillamente, sepultar la cabeza bajo la arena. Por el contrario, se ha visto que si se elabora un mensaje que contenga instrucciones claras, concretas y optimistas, quizá podría potenciar en los individuos que lo escuchan la sensación de que son capaces de hacer frente a sus temores y salir al paso del trance. De otro modo, los mensajes inductores de temor que contienen instrucciones concretas sobre cómo, cuándo y dónde pasar a la acción son mucho más efectivos que aquellas recomendaciones que omiten esas indicaciones.

¿Entonces, qué tiene que ver con el SMS y el 22676 (acoso)? Ahí está, pues. El miedo, presunto o real, que suscita el enunciado “el acoso existe” y el peligro que representaría para cualquier mujer la probabilidad de ser víctima de acoso callejero, se mitiga con el acceso relativamente fácil a una herramienta de ayuda y contención. Lo que se desea, al menos como implícito discursivo, no se resuelve solo con un SMS y el discado de cinco números; tampoco concluye solo en el incremento de la auto-estima personal-individual; con audacia, se dirige imaginariamente a la mujer como un ´colectivo´ de igualación y de empoderamiento (empowerment).

En efecto, si todas pueden ser víctimas del acoso; también todas son representadas simbólicamente como competentes para decidir cómo, cuándo y dónde pasar a la acción de manera efectiva. En mi opinión, esta suerte de colectivización simbólica de la mujer, y de las mujeres vigorizadas, es el probable efecto de verdad que procuraría el anuncio.

Una cosa más se me ocurre conjeturar y con esto concluyo mi ejercicio analítico. “Paradigma del grupo mínimo” se denominó hace años a una técnica de persuasión de apreciable eficacia en el plano afectivo-emocional y su utilización en campañas publicitarias. Los creadores de esta técnica se proponían la formación de grupos integrados por gentes que no se conociesen en absoluto, utilizando los criterios más banales e incongruentes que imaginarse pueda. Lo notable de los “grupalones”‒denominación de esos grupos incongruentes– fueron, y son hasta hoy, los resultados obtenidos.

Sería largo y tedioso dar toda la explicación técnica. Digámoslo así. Lo que se proponía con esos grupos era la constitución de una recia conciencia grupal, más bien endogrupal –una suerte de “Nosotros”, así con mayúsculas‒ que potenciase en los miembros del grupo dos procesos psicológico-sociales básicos; el primero, de carácter cognitivo, consistente en estar convencido de que si pertenezco a este grupo, comparto y sostengo la misma representación de la realidad, intereses, valores, que el grupo sostiene y es bueno que así sea.

De este modo, y mediante ciertos entrenamientos grupales, se advertía un robustecimiento de las semejanzas entre los miembros del endogrupo ‒porque “es mejor como somos y como lo hacemos nosotros”‒ al mismo tiempo que se exageraban las diferencias entre grupos (el exogrupo, Ellos, los otros). No solo se exageraban sino que en ciertos casos se “deshumanizaba” a los sujetos extraños al propio grupo con atribuciones despectivas y estereotipadas.

El segundo proceso, de carácter motivacional-emotivo, estribaba en la generación de una sólida autoestima y valía grupal, que alcanzaba, como efecto querido, la mejora de la estima personal. Y para materializar la propia estima que la pertenencia al endogrupo proporciona, los miembros han de defenderlo y adoptar sus creencias, símbolos y rituales. En todo esto radicaría el secreto de la capacidad persuasiva del ´grupalón´. A medida que las convicciones y la estima personal se supeditan más y más a estos grupos se fortalecen también los motivos para alzarnos en defensores del grupo e ir con orgullo y decisión hasta donde haga falta para sostener sus posiciones.

¿Adónde quiero llegar con este fárrago inextricable? Es más simple de lo que parece aunque no me fío de que ´la mia interpretazione´ no violente un poco el alcance del anuncio. Un crítico me preguntaría, entre escéptico y desanimado, si es creíble que vea todo eso que acabo de explicar detrás del “para reporte y contención mandá un SMS al 22676 (acoso)”. No lo sé. Pero ensayaría esta analogía.

Estimo que la persistente y bien orquestada publicidad feminista ha ido conquistando las conciencias de mujeres y de varones dispuestos a sostener creencias, símbolos, imágenes, rituales y prácticas en defensa de la ´mujer vulnerable´ y necesitada de empoderamiento - ¡es la última vez que escribo esto! – contra un ´enemigo´ al que lenta y miserablemente ha ido re-significando, primero, y demonizando, después.

Aquí están escuetamente figurados los elementos esenciales de la técnica y de la publicidad contra el acoso, a saber, la formación de un ´endogrupo feminista´, con todos sus ´géneros´ y orientaciones sexuales; sus clases e individuos; también con todas sus idiosincrasias, diferencias, colores y pañuelos; sin olvidar sus consignas, batallas y ansiadas conquistas. Se trata de un endogrupo transversal que perpetra una suerte de comunidad heteróclita pero visible y bastante compacta. Pues hay mujeres católicas que no llevarán el pañuelo verde pero postearon en la campaña “mirá cómo nos ponemos”.

¿Y el exogrupo? Ese es menos heteróclito y mucho más homogéneo, aunque varíen un tanto las nominaciones. Se sabe que es el hombre, el varón, el macho, el patriarcado con sustantivación universal y abstracta y con la debida calificación despreciativa. Es claro, pues se trata del exogrupo machista, el aberrante enemigo que mencioné un poco más arriba. Por lo demás, la acotadísima teoría psico-social que sobre grupos expliqué en párrafos precedentes, se aplica perfectamente al anuncio y a la campaña.

‘¿Perfectamente al anuncio?´ objetaría mi imaginario crítico. Bueno, no tanto. Concedo. Pero los implacables demonios que no estarán detrás del “mandá un SMS al 22676”, sí están convocados, y son legión, en la publicidad feminista.

Por fin, redacto estas notas para gloria de Dios Padre y del Verbo, Sabiduría Encarnada; para bien y restauración de nuestra Patria querida, y para rememorar que alguna vez existió la Cultura Católica. Comenté que retornaba de la costa ´fatigado de tanto sol, arena y mar´. Cierto, pero ni sol, ni arena, ni mar malearon mi cabeza desde Retiro hasta mi casa en Villa Urquiza.

Ernesto Alonso

lunes, 18 de febrero de 2019

Intolerantes


EL FEMINISMO INTOLERANTE.
ROXANA KREIMER
 Y UN ENSAYO DE CRÍTICA

Y es verdad, nomás…

De sopetón, me encontré con una columna-tribuna en Clarín-Miente el pasado viernes 4 de enero. Roxana Kreimer es la autora de la nota cuyo título exacto, no retórico, enuncia el asunto como el feminismo intolerante cuestiona sus propias bases.

Al principio, la nota articula una casuística sumaria, intentando mostrar mediante tres ´casos-ejemplo´ que feministas y militantes del género “pasan la raya” de la justicia y hasta del sentido común.

“Feministas escrachan públicamente a varios hombres por día (…) sin esperar una sentencia judicial”, advirtiendo al lector de esta nota que las negritas están en el original. A continuación, se dice que “un académico, líder en su área de investigación, no adhiere al discurso hegemónico de género y es obligado a renunciar a su puesto en una universidad pública por pedido de unos alumnos y en virtud de la crítica despiadada que recibe de colegas que ocupan posiciones de poder”.

Y para rematar esta arbitraria enumeración, Kreimer asevera que “investigadoras de la problemática de género que ocupan primerísimos cargos de poder se niegan a revisar los innumerables trabajos científicos que muestran la inexistencia de desigual paga por el mismo trabajo en hombres y mujeres – la llamada brecha salarial – apelando a su mera convicción al responder ´te puedo asegurar que no es así´”.

Inconcluso quedaría esta suerte de ´ajuste de cuentas´ con el feminismo radical y su ´política de género´ si las complacientes prácticas de correr siempre detrás de lo ´políticamente correcto´ no fustigara como en justicia corresponde a los medios de comunicación social. Entrevistando a mujeres que han formulado denuncias públicas sobre violencia sexual, una compacta y segura mayoría de comunicadores adopta el punto de vista de esas ´víctimas´ por temor a la marginación profesional o la llamada ´muerte social´. “Uno incluso sostuvo – acota Kreimer – que está dispuesto a creer a una denunciante por el impacto emocional que le genera su mirada”.

En el cuerpo de la nota, Kreimer se ocupa de argumentar en torno a la ´industria´ de falsas denuncias por ´violencia de género´ que han llenado fiscalías y tribunales, desestimadas muchas de ellas por falta de pruebas o de mérito.

Es claro que el lobby mediático-político-jurídico jamás se molestará en dar cuenta de las estadísticas que prueban dicha falsedad y menos todavía evidenciaría el móvil que potencia el repugnante ataque a que son sometidos los esposos y padres por parte de mujeres con voraz apetito de dinero o propiedades, debidamente asesoradas por abogadas feministas.

“Persecución autoritaria”

Bien aceitados intereses feministas presionan a fin de que la ley argentina invierta la carga de la prueba en los casos de ataques sexuales, de suerte que se consolide algo así como un criterio más político que jurídico por el cual los hombres acusados serían culpables hasta que no demuestren su inocencia.

Se queja Kreimer de esta indebida presión pues, desde el punto de vista jurídico-constitucional, de afianzarse en la jurisprudencia vendría a echar por tierra la presunción de inocencia, uno de los pilares del llamado ´estado de derecho´. Fastidiada la Kreimer, expresa con enojo que tendrá más validez y legitimidad el aullido feminista ´hermana yo sí te creo´ que los principios del derecho que ofrecen garantía a la imparcialidad de nuestro sistema constitucional y penal.

Con contundencia, afirma esta licenciada en filosofía y doctora en ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires que “es falso que la Justicia sea ´machista´ y que los ataques sexuales a mujeres no sean juzgados”. Sí lo son y aporta alguna estadística del 2017, con fuente en el Ministerio de Justicia, que indicaría la eficacia de las instituciones de defensa y protección reales de la mujer contra abusos constatables.

Por cierto, y es el tono de denuncia que recorre toda la argumentación de Kreimer, la amenaza corre más bien por cuenta del “dogmatismo que se ha adueñado de vastos sectores del feminismo (…) desplazando el foco en la defensa de las minorías hacia la defensa de ´posverdades´ ideológicas y la persecución autoritaria en nombre de lo políticamente correcto”.

Sería necio si creyese que en la sesera de Kreimer acabado y transparente es todo juicio y apegada a la verdad contrarrevolucionaria su argumentación. Pues no lo es y puede constatarse un penoso juridicismo del que su queja finalmente no sale ni puede salir. Además, debe reprochársele una viciosa ´corrección fraterna´ pues le enrostra al “progresismo” haber desviado su potencia revolucionaria en favor “de las minorías” para entretenerse en “la defensa de ´posverdades´ ideológicas”. Imposible abonar un tributo más grande a los errores modernos.

No concluye mal, empero, el brulote contra el feminismo intolerante porque, aunque no lo quiera, desvela el auténtico mal del feminismo cual es el de ser una ideología por más ´posverdad´ que pueda predicarse.

Que la autora se desempeñe en la UBA y Clarín haya decidido publicarlo; en fin, suma un moderado punto a favor de Kreimer, aguardando para un tiempo áureo la plenitud ostensible de la verdad, que seguramente procederá de una pluma católica.

Ernesto Alonso

martes, 20 de noviembre de 2018

En un Louvre de ensueño

UNA DISTINCIÓN PEREGRINA
EN UN TEXTO ANODINO

Distinguir para confundir

No me siento precisamente feliz de tener que habérmelas con los Obispos argentinos cuando como Pastores se expresan sobre temas de particular gravedad como es el caso que aquí me ocupa. Confieso que me aflige un poco abandonar mi burguesa comodidad cincuentona y exclamar con contundencia, “Yerran Señores Pastores y confunden seriamente al rebaño”.

Se trata de la Declaración titulada “Distingamos: Sexo, Género e Ideología” emitida por las Comisiones Episcopales de Laicos y Familia, de Catequesis y de Pastoral de la Salud, el pasado viernes 26 de octubre. El título suscita los primeros temores al sostener la distinción entre “sexo” y “género”, por un lado, separando de ambos la noción de “ideología”. Y el desasosiego se instala definitivamente en el ánimo cuando se advierten los subtítulos que temáticamente dividen el texto, a saber, “perspectiva de género” e “ideología de género”.

Justificase la separación pues se discierne “sin separar, el sexo biológico del papel sociocultural del sexo, es decir, el género”, citando el número 56 de Amoris Laetitia, la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco. “Sexo y género son realidades profundamente conectadas, pero no son exactamente lo mismo”, se dice completando el punto.

Cuando el texto de la Declaración afronta la distinción propuesta entre “perspectiva” e “ideología de género”, asevera paladinamente que “los estudios de género pueden ofrecer una herramienta de análisis que nos permita ver cómo se han vivido en las diversas culturas las diferencias sexuales entre varones y mujeres, e indagar si esta interpretación establece relaciones de poder y cómo las establece. No se vive igual la condición masculina o femenina hoy, que hace cien años (…) El Papa lo advierte al afirmar que «la historia lleva las huellas de culturas patriarcales» (…) En este sentido, «género» es una categoría útil de análisis cultural, un modo de comprender la realidad. Mirar la sociedad teniendo en cuenta los roles, las representaciones, los derechos y deberes de las personas de acuerdo a su género, es adoptar una perspectiva de género. Situación que es necesaria para ver que todas las personas sean tratadas según su igual dignidad”.

Se me excusará la extensión de esta cita. ¡Señores, debemos agradecer profundamente la llegada de la “perspectiva de género” pues ella ha quitado las vendas de nuestros ojos y admirablemente nos ha enseñado que las culturas son diferentes, que históricamente ha habido diferencias sexuales entre el varón y la mujer, afincadas esas diferencias en las culturas mismas; con dicha perspectiva el Santo Padre parece haber aprendido el ´arte de interpretar´ las huellas recónditas de “culturas patriarcales”, horroroso fundamento de las aún más odiosas ´relaciones de poder´, que fundan la asimetría de los géneros, cuidando, claro está, de no develar aquí que estamos parafraseando a Michel Foucault!

Sí, debemos retribuir a la “perspectiva de género” estas gloriosas revelaciones y haber descifrado para nuestros torturados caletres, y gratuitamente, verdades insondables como las nociones de rol, de representación (social), las de derechos y deberes de las personas y, más maravillosamente aún, la de “igual dignidad de las personas”, pues parece notable que ingenio humano alguno haya jamás inteligido cuestiones tan arduas hasta la novísima aparición de la “perspectiva de género”.

Debiera reprenderse tamaña ignorancia en los Obispos argentinos que no parecen leer otra cosa que no sea “Amoris Laetitia” para documentarse seriamente sobre la “perspectiva de género”. Señores Obispos, Google ha sido inventado hace años, suficientes como para que una descansada navegación arroje como resultados un par de textos de Bella Abzug, ex diputada del Congreso de los Estados Unidos en los noventa, interviniendo para explicar la novedosa aparición del término “género” en la Cuarta Conferencia Mundial de Beijing sobre la Mujer (1995).

Expresó esta feminista en aquellas jornadas que “el sentido del término «género» ha evolucionado, diferenciándose de la palabra «sexo» para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio”. Y en otra ocasión, un poco acorralada por las Delegaciones que manifestaron perplejidad por la decidida intromisión del término en las argumentaciones en torno a la mujer y las situaciones de violencia, sentenció la Abzug para despejar toda duda: “el concepto de «género» está enclavado en el discurso social, político y legal contemporáneo. Ha sido integrado a la planificación conceptual, al lenguaje, los documentos y programas de los sistemas de Naciones Unidas (…) los intentos actuales de varios Estados Miembros de borrar el término «género» en la Plataforma de Acción y reemplazarlo por «sexo» es una tentativa insultante y degradante de revocar los logros de las mujeres, de intimidarnos y de bloquear el progreso futuro”.

En dicha Conferencia, las feministas batallaron laboriosamente para asociar el término “género” a nociones tales como “hegemonía/hegemónico” (aludiendo al dominio hegemónico de la “matriz heterosexual” en la cultura occidental), “deconstrucción” (denunciando la idea de “naturaleza humana”, reguladora de la “tendencia heterosexual”), “patriarcado/patriarcal” (resistiendo la institucionalización del control masculino sobre la mujer, los hijos y la sociedad que perpetúa la posición subordinada de la mujer), “sexualidad/perversidad polimorfa” (enseñando que los hombres y las mujeres no sienten atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza sino más bien como resultado de un condicionamiento social y que, si es así, el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera), “preferencia u orientación sexual” (imponiendo como tesis científica la idea de que existen diversas formas de sexualidad, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestis, equivalentes a la heterosexualidad).

Suficientes para no abrumar con esta enumeración incompleta de términos asociados a “género” desde hace veinticinco años, por lo menos. Y cabe agregar que la batalla feminista ha dado una abundante y tenebrosa cosecha, de la que nuestros mitrados no han tomado debita nota. Si se me permite una suerte de “analogía marxista” me atrevería a afirmar que nuestros Obispos no ven del “género” sino la “super-estructura”, pulcramente revestida de una fachada humanista, justiciera y derecho-humanista; ignorando por completo la “verdadera realidad” que sienta sus reales en la “infraestructura”, dominando el “género” despiadadamente la auténtica naturaleza del hombre, varón y mujer. Carecen, nuestros Obispos, de “inteligencia crítica” si es que no existiesen los dones de Sabiduría y de Consejo del Santo Espíritu que nos exijan hablar el lenguaje de Dios.

De la “perspectiva” a la “ideología”
en una visita guiada

La palabra “talismán”, escribiera Gustavo Corbi en “Lenguaje y Logomaquia”, y que Abzug suelta como al pasar es “construcción social”. Es palabra obligada de la Neo-Lengua disolvente que introduce el Caballo de Troya en la Conferencia Episcopal Argentina para abatirla sin demasiado derramamiento de sangre.

El constructivismo, social y pedagógico, es ideología opresora, ella sí hegemónica, y no tiene nada de útil, ni de valioso. Brillantemente lo fustigó entre nosotros un Obispo casi desahuciado, Monseñor Héctor Aguer, en una disertación del año 2007 a propósito de la introducción de la asignatura “Construcción de Ciudadanía” en la provincia de Buenos Aires, denunciando también la ideología de la transformación educativa.

En resumidas palabras, dice allí Aguer que con el término construcción “se trata de emplear un nuevo lenguaje gnoseológico, un nuevo lenguaje para describir el conocimiento humano (…) pergeñado y promovido por una escuela de pensamiento (…) de nombre constructivista” (…) Es así como suele decirse que el conocimiento se hace, se elabora, se construye; al afirmar que el objeto del conocimiento se construye se está confesando qué se piensa acerca del conocimiento humano. El objeto del conocimiento no es ya el ser, la realidad, que posee una inteligibilidad intrínseca (…) sino el resultado de un proceso de construcción, de organización, de múltiples enlaces. Una producción (…) identificándose el conocimiento como poder”. Con razón, observa Monseñor Aguer que “el antecedente histórico de este constructivismo se encuentra en la filosofía de Kant. Según Kant nosotros no conocemos la cosa en sí, la esencia de la cosa, sino que sólo conocemos fenómenos, una representación de la realidad que arma nuestra mente. Nuestras facultades producen una representación de la realidad, que es en sí misma incognoscible (…)”.

Por lo tanto si el “género” es la construcción socio-cultural del sexo, o bien la interpretación psicológica del “sexo asignado al momento de mi nacimiento”, en términos de auto-percepción, esto es, la “vivencia interna e individual del género”, o bien “la vivencia personal del cuerpo, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado” (artículo 2 de la Ley 26.743 de Identidad de Género); luego, entonces, el “género” no resulta una “categoría útil de análisis cultural” sino una categoría perversa de demolición antropológica y cultural que pretende reducir la realidad del varón y de la mujer, la de la familia y de los hijos, a los siempre “malvados” roles, estereotipos, prejuicios y discriminaciones provenientes del sexismo, del patriarcado, de la burguesía, de los curas y de la Iglesia.

Si el “género” no está sujeto sino a procesos históricos de construcción social y cultural, entonces, en buena lógica, lo que fue, no debe ser más; y lo que hoy tiene vigencia, no deberá reclamarla mañana. De allí que la “teoría queer”, como lo he dicho en otra parte, no consista sino en la evolución natural ‒¡pecado de leso constructivismo!– del “género”, pues de la reivindicación de identidades sexuales “emergentes”, homosexualidad y lesbianismo, habrá que pasar a una sexualidad dinámica y polimorfa (trans, inter, bi, queer, cyborg, etc.).

Llegados a este punto de una imaginaria “visita guiada” hete aquí que el/la guía(a) nos da la bienvenida a la sala llamada “ideología de género”. “¿Pero cómo?” –preguntarían tal vez azoradas las tres Comisiones Episcopales– “¿no estábamos en la sala de la «perspectiva de género»?” – “Bueno, es el mismo Salón apenas dividido por esa puerta minúscula, que acaban de traspasar”.

El guía ‒¡y no puedo quitarme de encima el “binarismo de género”!– adopta una pose un tanto academicista y pontifica que en la, así llamada, “ideología de género” “el género es pensado como una actuación multivalente, fluida y autoconstruida, independientemente de la biología, por lo que la identidad propia podría diseñarse de acuerdo al deseo autónomo de cada persona”.

“¡Pero eso no es otra cosa que el «género» como construcción social! ¡Lo que nos dijo usted de la tal Abzug!”, exclama entre enfático y agitado un Prelado de alguna de las Comisiones. – “Exacto, Señor, es el género como construcción social”, replica el guía. “Es el detalle un tanto inadvertido en la pintura «perspectiva de género» que acabamos de admirar en la sala que lleva su nombre”, concluyó con precisión matemática nuevamente el guía.

Nadie entendió nada más y la confusión agobió a todos los Prelados, dominados por la penosa sensación de no saber en qué sala estaban realmente parados, y, peor, incapaces de hablar de pinturas y de salas a los fieles seguidores que los aguardan.

Abandonado ya este ´Louvre de ensueño´, y queriendo poner fin a esta nota, un cielo celeste y limpio me confirman que para hablar de sexualidad, y Dios quisiera que poco debiésemos hacerlo, no necesitamos apelar al “género”, moneda cuyas caras son la “perspectiva” y la “ideología”, dependiendo todo de cómo caiga.

Más ponderado y más riguroso es el término, y la realidad por el significada, de “identidad sexual” articulado con el de diferenciación sexual mediante las beneméritas influencias que ejercen factores de naturaleza biológica y genética pero también mediante un número relevante de factores de muy diversa índole ‒educativos, familiares, comunitarios, sociales y culturales, a gran escala– que modelan el estilo comportamental con el que cada varón y mujer se hacen presentes en la realidad. Es evidente que la “natura” y la “nurtura”, la naturaleza y la cultura, el cerebro y el aprendizaje, están presenten en la constitución personal, única e irrepetible, de la identidad sexual del varón y de la mujer.

Y si es absolutamente cierto que “se nace varón o se nace mujer”, no debiera escandalizar, por otra parte, que en cierto sentido “se aprende a ser varón y se aprende a ser mujer” pues el padre y la madre han de ser “ejemplares” de imitación y de identificación para sus hijos, varones y mujeres. En efecto, ambos padres, en su genuina y bien lograda diferenciación y complementación, ayudarán a sus hijos todos a conquistar su madurez personal, psicológica y espiritual, en la que la identidad sexual habrá de estar bien delimitada en los fines y propósitos de la educación de la afectividad, del carácter y, finalmente, de la voluntad en orden al bien ético de la personalidad humana.

Bien ético para cuya consecución no precisamos de la perspectiva de género bajo ningún punto de vista; no necesitamos que se nos aleccione con la teoría de la construcción social de la sexualidad si sabemos, y estamos convencidos, que un joven, una niña, siendo lo que cada uno son por naturaleza, irán desarrollando sus propias virtualidades en el marco de un aprendizaje más hondo, más rico y más humano cual es el de “ser hombres”, sobre todo, a través de las virtudes morales y de las sobrenaturales, que sanan y elevan.

¡Género, no quiero tu “perspectiva” y resisto la “ideología” que ocultas con malicia! ¡Prelados, cesen vuestras falaces distinciones, gritad ya las rectas definiciones!

¡Y a Dios, mi Padre, ruego que sean los niños los victimarios de quienes quieren arruinarlos, esos “perversos polimorfos” que deambulan como “leones rugientes”!; lo proclama el Salmo VIII que hoy hemos rezado en Laudes: “De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde”.

Ernesto Alonso