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miércoles, 16 de enero de 2013

Mandatos

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EL REVISIONISMO HISTÓRICO,
UN MANDATO PATRIÓTICO


“Cada pueblo, como cada hombre, tiene en la historia su destino, su carga, su misión” (Federico Ibarguren)
              
En el nº 1 de la revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Ernesto Palacio escribió un articulo titulado “La historia oficial y la historia”. En su introducción este notable historiador se preguntaba por qué los alumnos de las escuelas manifestaban tan poco interés por la historia patria. La respuesta esbozada fue que ello no se debía a una falta de patriotismo de los mismos sino a que los escolares intuían que en esta materia existía una “enorme mistificación” por lo que la misma no servía para solucionar los grandes problemas nacionales.

En efecto, la historia oficial que durante más de un siglo se enseñó a generaciones de argentinos se construyó para cumplir la función de un mito, o mejor aún, para crear una falsa tradición que sea capaz de sostener un proyecto político, económico y cultural de matriz antinacional. Por ende no le permitió a nuestro pueblo tener conciencia de su identidad y proyectar su continuidad histórica como nación. Es decir, no le permitió a la Argentina salir del estado de postración y de fracaso en el que  cayó desde que dejó de ser soberana. El mencionado autor lo decía claramente en otro de sus trabajos: “no hay Patria sin historia, que es la conciencia del propio ser… no sabemos que hacer por que no sabemos lo que somos”.

Y todo ello fue consecuencia de un hecho trágico en nuestro devenir, la derrota nacional de Caseros. A partir de entonces quienes derrocaron a Rosas comenzaron con la falsificación de nuestra historia.

Los primeros que se abocaron a esa innoble tarea fueron Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y lo hicieron con una flagrante deshonestidad heurística, seleccionando maliciosamente las fuentes documentales, ocultando o prescindiendo de todo aquello que no les convenía; y sobre todo aplicando una hermenéutica falaz y antinacional que interpretaba los hechos conforme a una ideología y a unos intereses espurios.

Ese relato que hicieron, lleno de “mentiras a designio” como quería Sarmiento; e inspirado en los “nobles odios” que recomendaba Mitre, se impuso a los argentinos de manera absoluta, y constituyó la versión consagrada y canónica de nuestro pasado, con más cualidades que en el derecho tiene la “cosa juzgada”.

Toda crítica o disenso con esta historia oficial fue tomada como si se tratase de una herejía o una injuria a los “próceres”; tal es así que el mismísimo Juan B. Alberdi —volviendo de su liberalismo apátrida— supo decir con razón que  “en nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento o cía., han establecido un despotismo turco en la historia”.

Con esta historia falsificada se pretendió ocultar el accionar del imperialismo en nuestra patria y justificar todas las traiciones perpetradas por los enemigos del Caudillo, sobre quienes pesaba la ignominia de haber actuado en permanente connivencia con las potencias extranjeras.

Por otro lado, con este relato se procuró legitimar el nuevo modelo de país a instalar, a saber, un modelo centralista, oligárquico, laicista y agroexportador dependiente.

Ese modelo de país se inspiró básicamente en las ideas de Alberdi y Sarmiento, resumidas en la dicotomía “Civilización o barbarie”; y según la cual lo “bárbaro” era todo lo autóctono, lo criollo, lo americano con todo el bagaje cultural hispano-católico. En cambio lo “civilizado” era lo extranjero, lo europeo y especialmente lo anglosajón.

Esa dialéctica que en definitiva repudiaba todo lo que fuera nuestro, originó un sentimiento de autodenigración en los argentinos, y una falta de confianza en nuestras fuerzas que aún perdura.

Fue ese pensamiento base el que permitió la subordinación de nuestra Patria a la potencia hegemónica que desde siempre quiso dominarnos.

Y es que, como diría Julio Irazusta en “Balance de siglo y medio”: “los dirigentes formados por Sarmiento y Alberdi, responsables de la tradición que prevalece en el país, no podían recibir de aquellos maestros, ni de sus obras ni de sus vidas, las enseñanzas necesarias para tener fe en el país y voluntad de engrandecerlo”.

Por eso la historia fundada sobre esa dialéctica y sobre la ideología liberal, no sirvió ni para consolidar nuestro Ser Nacional, ni para tener una política auténticamente soberana. Sólo sirvió para aquello para lo cual en realidad fue concebida; para  ocultar al pueblo que teníamos una clase dirigente cipaya, que cometió incontables crímenes, que descristianizó nuestra cultura, que acabó con el federalismo, y que arruinó la economía del país, para beneficio propio y del extranjero.

En definitiva la historia así escrita solo resultó funcional para los intereses de la oligarquía, de la masonería, y del imperialismo.

                       Como reacción a esta amañada y nefasta historia oficial surgió, alrededor de los años 30, el revisionismo histórico.

Un primer antecedente —a fines del siglo XVIII— de lo que sería esta escuela lo dio Adolfo Saldías, un hombre salido de la misma riñonada del liberalismo pero de notable honestidad intelectual.

Luego vendrían los brillantes historiadores que dieron origen y nutrieron al Revisionismo, Carlos Ibarguren, Alberto Ezcurra Medrano, Julio Irazusta, Roberto de Laferrere, Vicente Sierra, Ernesto Palacio, Manuel Gálvez, Federico Ibarguren,  y Ramón Doll, entre otros.

Estos autores sufrieron desde el comienzo lo que se dio a llamar la conspiración del silencio; y a pesar de la innegable calidad científica de su producción historiográfica fueron marginados de los ámbitos culturales, excluidos de las cátedras, ignorados por las editoriales, y perseguidos por el Estado liberal.

Sin embargo no fue el rédito personal o la vanagloria lo que buscaban los revisionistas, el solo hecho de adherir a esta escuela era la renuncia expresa a ello.

Los principales objetivos que tenían quienes adhirieron a aquel revisionismo fundacional fueron dar a conocer nuestra verdadera identidad, develar la verdad histórica, e interpretar los hechos conforme al interés nacional; concientes de que con esos objetivos la historia cumpliría con su función de ser maestra de vida.

Lamentablemente dentro del revisionismo no hubo desde el principio una unidad doctrinal, y algunos de sus exponentes dieron origen a una expresión populista y clasista que encontró un gran impulso ligada al fenómeno político del peronismo. Tampoco faltaron los autores confesamente marxistas que se autotitularon revisionistas sin serlo en realidad.

Antonio Caponnetto, en un reportaje publicado en la revista “Verbo” Nº 297, se refiere a estas cuestiones con claridad y contundencia: “El revisionismo original procuró en todo momento, mediante la rectificación de los errores a designio, el redescubrimiento y la consiguiente revalorización de nuestra estirpe hispanocatólica… los móviles políticos eran inocultables pero enteramente legítimos. Por la rehabilitación de la verdad histórica llegar a la reivindicación de la política cristiana al servicio de la identidad nacional… Pero llegó el populismo y las aguas se enturbiaron. Enancado en él el socialismo nacional y el tercermundismo, el análisis marxista de los hechos y el ideologismo más craso campeando a sus anchas. Llegaron los Ortega Peña y Duhalde, los Cooke y Hernandez Arregui, los Artesano y los Puigróss. Llegó Abelardo Ramos y José María Rosa. Y no quisieron dejar de llegar Jauretche o Fermín Chavez”.

Efectivamente, el revisionismo al develar la verdad sobre el significado de Juan Manuel de Rosas en nuestra historia, encontró en él al máximo exponente de una política cristiana al servicio de los intereses nacionales.

Rosas es el César de las pampas, es el príncipe cristiano, el dictador honrado, que impone el orden, que reivindica nuestra identidad, y defiende los intereses de la nación. Por ello Rosas fue el hombre más odiado por el liberalismo y la masonería; por eso su obra y su significado se tergiversó; y por ello también el revisionismo se centró en el estudio de su figura.

De ahí el radical rechazo y el desdén de los historiadores “profesionales” por el verdadero revisionismo histórico. Enfeudados con el poder establecido y las ideologías dominantes, les espanta la posibilidad de que el “tirano” gane batallas después de muerto. Como dice Caponnetto en el tomo I de su obra “Los críticos del revisionismo histórico”, “moléstales… que se pueda colegir del revisionismo la licitud de un gobierno fuerte y aristocrático…”

Pero no sólo desde la historia oficial se desfiguró la imagen del Restaurador. El revisionismo populista cometió el grave error de adulterar al verdadero revisionismo, haciendo de Rosas un demócrata, un adelantado del socialismo, un emergente de las masas populares que interpreta y ejecuta los deseos de ésta.

Aquellos vientos trajeron las actuales tempestades. Del revisionismo ideologizado que desvirtuó a Rosas para hacerlo compatible con las políticas populistas y clasistas; llegamos al engendro historiográfico que promueve el gobierno actual.

En efecto, hoy el kirchnerismo ha exacerbado las heterodoxias dando origen a un pseudo y falso revisionismo que abreva directamente en el marxismo, el indigenismo, y paradójicamente en la misma historia oficial mitrista.

Ocuparnos de él excede el propósito de este artículo, sólo dejamos aquí consignado que eso no tiene nada que ver con el revisionismo en ninguno de sus matices.

Y volviendo al principio digamos que si la Argentina quiere reencontrarse consigo misma, sacudirse el yugo que la agobia, y recuperar su destino de grandeza, debe empezar por conocer su verdadera historia.

Una verdad dijo Miguel Cané en “Juvenilia”, cuando en las primeras páginas del libro describió a un personaje triste, apodado “Binomio”, ducho en las matemáticas pero ignorante en cuanto al conocimiento histórico, cuyo destino terminó siendo el trazado manual de las líneas de los cuadernos que los alumnos usarían. “El que no sabe historia, no hace camino”, diría el novelista liberal; como alertándonos sobre lo que hacían sus conmilitones. Y es cierto, un país que no conoce su historia, que vive creyendo en mentiras, tiene un triste final, como Binomio.

Para salvarnos de ese oprobio vino el verdadero revisionismo, y aunque la obra que nos dejaron sus principales expositores sea suficiente para derribar todas las falacias de la historia oficial, el combate aún continua.

Edgardo Atilio Moreno

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Buscado


URQUIZA SE BUSCA…
PARA RENDIR CUENTAS
  
  
En un artículo titulado “Urquiza se busca”, el escritor liberal Alejandro Poli Gonzalvo hizo un encendido panegírico del General Justo José de Urquiza.
  
La nota de marras fue publicada en el diario “La Nación” del 26 de octubre de 2010, y en ella el autor sostiene que el caudillo entrerriano tuvo “la grandeza de acordar con el oponente en beneficio del valor superior de la nación”; que fue un “verdadero estadista”; que en pos de sus ideales abandonó su posición partidista; que superó las discordias que aquejaban a nuestro país; y que estaba exento de revanchismos hacia quienes fueron sus enemigos”; entre otros elogios similares.
  
Lo insólito es que toda esta glorificación viene al caso por el hecho de que Urquiza derrocó a don Juan Manuel de Rosas, y se arregló con Mitre y los liberales. Obviamente el autor no tiene en cuenta que al hacer esto el entrerriano, primero traicionó a su Patria, uniéndose a un enemigo exterior; y luego abandonó a un destino de muerte y padecimiento a aquellos que confiaban en él.
  
Es decir el elogio es completamente improcedente, y la realidad es que Urquiza fue todo lo contrario de lo que se quiere retratar.
  
Este caudillo cuando se pronunció en contra de Rosas no lo hizo teniendo en cuenta el interés supremo de la Nación, sino sus intereses personales. Lo que buscó fue conservar su inmensa fortuna, amasada en gran parte con negocios turbios, y conservar el poder omnímodo que tenía en su provincia. Su mismo secretario personal, Nicanor Molina, dio testimonio de ello al decir que “al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”.
   
Por otro lado Urquiza no abandonó su posición partidista —como dice Gonzalvo— movido por ideales sino por los patacones con que los brasileños lo compraron. Y esto no es algo que afirmen gratuitamente los revisionistas sino que lo reconoce expresamente un antirrosista como Domingo Faustino Sarmiento en una carta que le envió al entrerriano, el 13 de octubre de 1852, en la cual le enrostra que conocía las razones por las que entró en la alianza en contra de Rosas, y que se le cayó la cara de vergüenza cuando los brasileños le dijeron "¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar a Buenos Aires quería que le diese los cien mil duros mensuales mientras oscurecía el brillo de nuestras armas en Caseros para  atribuirse él solo los honores de la victoria.”
  
Y lo más grave es que Urquiza fue plenamente conciente de que lo que hizo configuraba el delito de traición, pues en una oportunidad anterior —en 1850— cuando los brasileños lo tentaron para que fuera neutral en la guerra contra la Confederación les supo contestar que hacer tal cosa era traición a la Patria, y que llegado el caso estaría “al lado de su honorable compañero el gran Rosas”.
  
Por otro lado tampoco es cierto que Urquiza, luego de perpetrada su infamia haya superado las discordias y estuviera exento de revanchismos. La prueba está en lo que hizo después de Caseros.
  
Luego de esa batalla, por orden suya fueron ejecutados todos los prisioneros del regimiento de Aquino; él mismo mandó a fusilar al coronel Chilavert (un héroe de Ituzaingó y Vuelta de Obligado); y con su consentimiento degollaron al coronel Santa Coloma; por citar algunos de los tantos crímenes de los cuales es responsable.
  
Y sobre esto también hay muchos testimonios, entre ellos esta el de un general de su propio ejército, Cesar Díaz, quien en sus memorias relata que: “Un bando del general en jefe había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino, y todos los individuos de ese cuerpo que cayeron prisioneros fueron pasado por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos… Los cuerpos de las víctimas quedaban insepultos, cuando no eran colgados de algunos de los árboles de la alameda que conducía a Palermo. Las gentes del pueblo que venían al cuartel general se veían obligadas a cada paso a cerrar los ojos para evitar la contemplación de los cadáveres desnudos y sangrientos que por todos lados se ofrecían a sus miradas; y la impresión de horror que experimentaban a la vista de tan repugnante espectáculo trocaba en tristes las halagüeñas esperanzas que el triunfo de las armas aliadas hacía nacer.”
   
¿Y qué ganó con todo esto el “gran estadista”? que el Brasil logre sus objetivos estratégicos; que nuestro país pierda la soberanía sobre sus ríos interiores; que se destruya nuestra industria con la derogación de la Ley de Aduanas; que se desate una tremenda crisis financiera; que se rompa la unidad nacional con la separación de Buenos Aires de la Confederación; y que por todo nuestro territorio se instale un régimen de terror y sangre.
  
Por su culpa se acabó con la paz y la unidad que había logrado conseguir Rosas. Por su defección los unitarios y liberales arrasaron la campaña de Buenos Aires, e invadieron las provincias masacrando a todos los opositores, ya sean jefes prestigiosos o simples gauchos pobres.
  
En Jujuy, fusilaron al gobernador rosista José Mariano Iturbe, a pesar de que había renunciado a su cargo tras enterarse de la victoria de Urquiza.
  
En 1856, el gobernador de Buenos Aires, Pastor Obligado, ordenó a Mitre “pasar por las armas” sin juicio previo al general Jerónimo Costas y a más de un centenar de sus hombres, por haber intentado reintegrar esa provincia a la Confederación.
  
En San Juan asesinaron al general Benavides, a quien tenían preso, en medio de todo tipo de suplicios. El mismo destino tuvo el gobernador Virasoro, derrocado y asesinado por instigación de Sarmiento y Mitre en 1860.
   
Y lo peor vino después de Pavón. Cuando victorioso Mitre, gracias a que Urquiza le entregó la victoria cumpliendo un pacto masónico; los liberales sembraron el terror por todo el país.
  
De esos tiempos es la famosa carta en la que Sarmiento le aconsejaba a Mitre que no economizara sangre de gauchos, que era lo único que estos tenían de humano.
  
Cumpliendo esas indicaciones, Venancio Flores degolló a cientos de federales en Cañada de Gómez; y a ese hecho le siguieron atrocidades similares en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja.
  
Por ello es que reaccionaron el Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Y pagaron muy caro hacerlo. La Rioja fue asolada y el Chacho asesinado, para felicidad de Sarmiento. Las tropas “civilizadoras” pasaron por las armas a todo prisionero que tomaron en aquella provincia, y vejaron a toda la población civil que sospechaban hostil.
  
Y mientras las tropas mitristas —en plena vigencia de la Constitución—, desataban este baño de sangre en el país, Urquiza les dio la espalda a quienes confiaban en él, y se quedó en su palacio cuidando de sus negocios.
  
Sobre la paz de este cementerio se instaló el Estado anti-nacional que querían el liberalismo, la masonería y el capitalismo internacional.
  
Y ese es el hombre que Gonzalvo exalta, y al que considera un verdadero federal. Por algo José Hernández supo decir: “Urquiza, era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el jefe traidor del gran partido Federal, y su muerte mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él”.
  
Edgardo Atilio Moreno
  

domingo, 28 de agosto de 2011

Réplicas


 LAS FALACIAS DE ROBERTO AZARETTO SOBRE LA VUELTA DE OBLIGADO

En el Nº 45 de la revista “La Fundación Cultural”, se publicó un articulo titulado “La batalla de la Vuelta de Obligado y la supremacía porteña”. Su autor, el recientemente incorporado a la Academia Argentina de Historia, Roberto Azaretto, tiene editados varios libros; entre los cuales se destacan “Historia de las fuerzas conservadoras”; “Ni década, ni infame” y  “Federico Pinedo, político y economista”. Obras estas que, por sus títulos nomás, nos dan una idea del pensamiento político de dicho escritor y de la escuela historiográfica a la que adhiere.
En efecto, Azaretto es un historiador tributario de la llamada Historia Oficial. Aunque a decir verdad trata de disimular su filiación siguiendo la línea inaugurada por Emilio Ravigniani con su Nueva Escuela Histórica. Es decir,  toma distancia de los liberales mas extremos y de la historiografía canónica que nos legara Mitre, Levene y compañía, sin dejar de lado su ideología y su aversión por el revisionismo.
Esta estrategia, que le permite a los autores liberales pretender ser mas ecuánimes, honestos y abiertos, los habilita también para abordar temas que hoy por hoy resultan imposible seguir ocultando. La trampa esta en que al hacerlo conservan intacto el mismo enfoque antinacional de siempre; por lo que en definitiva la postura es la misma, solo que matizada y camuflada.
Ciertamente, en estos relatos ya no campean las mentiras más groseras de antaño, ni el odio desembozado a la figura de Rosas; no obstante ello la historia que se nos cuenta sigue estando al servicio de intereses foráneos y partidarios ajenos al bien de la Nación.
Y es que el eje de esta historiografía se ha desplazado. Ya no descansa tanto sobre el ocultamiento o falseamiento de los hechos, sino más bien sobre los sofismas y los razonamientos falaces. Es decir –y hablando más “científicamente”- las falencias más notorias que ahora exhiben son más de índole hermenéutico que heurístico.
Conforme a ello, el autor que comentamos, puesto en el brete de hablar sobre un tema que es “caballito de batalla” del Revisionismo Histórico, recurre al ardid de minimizar su importancia y hacer una interpretación falaz que no resiste el menor análisis lógico ni  historiográfico.
Así entonces, en el articulo de marras, Azaretto nos advierte que “comparar, como lo hace Pacho O Donnell, los sucesos de 1845 con la gesta de San Martín y el cruce de los Andes es ridículo”. Es mas,  considera que la decisión de Rosas de hacer frente a las incursiones extranjeras fue un “disparate”, y que el general Mansilla solo aceptó ponerse al mando de las tropas de la Confederación por “el gran amor a su esposa”; Agustina Rosas, la hermana menor del Restaurador.
Para mayores antecedentes agrega que Rosas ya había demostrado su “ineptitud” militar cuando hizo la campaña al desierto, pues en la misma “solo se cumplió la parte que le interesó a su provincia, dejando a las provincias cuyanas y a Córdoba con la indiada amenazando las estancias y poblados como antes.”
Luego -y dejando de lado estos detalles menores-, Azaretto pasa a lo que más les importa a los liberales, es decir, a cuestionar la política económica que llevó adelante don Juan Manuel.
Así sostiene que Rosas “montó un aparato militar para someter a los pueblos del interior a la hegemonía porteña, financiado con las rentas del monopolio portuario porteño”, y que  “La famosa Ley de Aduana no tuvo efectos en el interior y los aportes a las provincias fueron mezquinos…”
Fundamentando su concepción económica afirma que el progreso requiere la apertura de los mercados y la incorporación del mundo a la producción”; y se pregunta si ¿es nacional prohibirle a las provincias que utilicen sus puertos para exportar e importar sus productos?
Finalmente, y para rematar su crítica afirma maliciosamente que los intereses del Restaurador “están vinculados a los ingleses” y que “en su momento negoció el pago de la deuda por territorio, ofreciendo el reconocimiento de la soberanía inglesa en las Malvinas a cambio de la cancelación del empréstito contraído con Barings Brothers”.
Con las citas hasta aquí transcriptas basta ya para mostrar que este artículo no es más que una repetición de los viejos lugares comunes del antirosismo,  y de los caducos sofismas del liberalismo; más algún otro de renovado cuño. En consecuencia todo lo dicho ya fue refutado prolijamente por los historiadores revisionistas. No obstante ello, y a riesgo de ser tediosos, digamos lo siguiente:
En primer lugar, no nos sorprende para nada que el autor, al igual que todos los adalides de la “Civilización” y el “Progreso”, insista en hacernos creer que la acción del imperialismo -que se encubre con el eufemismo de la apertura al mundo-, es en realidad una influencia benéfica para nuestra Patria; lo que si indigna es que se sugiera que la defensa de la soberanía que llevó adelante el Ilustre Restaurador fuera en realidad una impostura, atento a que este tenia negocios con las potencias en cuestión. Incalificable acusación formulada en contra un hombre que no solo no se enriqueció en la función publica sino que por el contrario se empobreció merced a ella. Ejemplos de cómo sacrificó su peculio por el Bien Común los hay a montones; aunque la mentalidad crematística y egoísta de los liberales no los comprenda.
Para colmo Azaretto -en una concesión al marxismo- pretende adscribir a Rosas a la oligarquía; entendiendo por oligarquía a la clase terrateniente; sin percibir que la oligarquía mas que una clase social, es un estado espiritual y mental producto de la adhesión a una ideología antinacional, que trae consecuencias de distinta índole.
Además no se entiende como desde el liberalismo se puede criticar las negociaciones por el pago de la deuda externa, cuando son sus representantes los principales gestores del sometimiento a la usura internacional. Por otro lado, si bien Rosas se ocupó del tema, sin embargo no pagó un solo peso a los usureros y es bien sabido que la oferta de vender las islas Malvinas era al solo efecto de que el usurpador reconociera que no era el legitimo propietario de ese territorio irredento.
La otra cuestión, es decir, la del supuesto sometimiento de las provincias al gobierno porteño, realmente es antojadiza. Rosas, a diferencia de los unitarios y los liberales, siempre respetó las autonomías provinciales y nunca impuso por la fuerza gobernadores ilegítimos que le  fueran adictos. Si así hubiera obrado, los pueblos del interior no lo habrían respaldado cuando se enfrentó a la agresión externa. Actitud esta que no solo se explica por el patriotismo de aquello hombres sino también por que la política proteccionista de Rosas con su ley de aduanas les garantizaba la prosperidad económica.
Además el Restaurador permitió a las provincias que  manejen sus propias economías, que recauden sus propios impuestos, y  que dispongan de sus propios recursos financieros; acudiendo en su ayuda cada vez que fuera menester. Todo ello en armonía con el Bien Común de la nación; al cual también se subordinaban los intereses legítimos de la provincia de Buenos Aires; no como los unitarios que aprovecharon los recursos aduaneros en exclusivo provecho propio.
Pero yendo a la hipótesis del articulo, es decir, a la peregrina idea de que la batalla de Vuelta de Obligado carece de importancia alguna; seamos honestos, no es Pacho O Donnell quien compara este hecho histórico con la gesta de San Martín; es el propio San Martín quien lo hace cuando en carta a Guido expresa que dicha contienda es “de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”, manifestando además su deseo de ponerse al servicio de la Confederación que presidía don Juan Manuel.
Y esto lo sabe cualquier aficionado a la historia desde que el revisionismo difundió sus hallazgos historiográficos. Y decimos desde entonces por que no es como dice Azaretto que siempre se enseñó en las aulas la batalla de Vuelta de Obligado; eso es falso, nunca –antes del accionar revisionista- escolar alguno escuchó hablar de aquella gesta y de su valor; por el contrario solo se les inculcó dogmáticamente una retahíla de mentiras sobre aquella época gloriosa.
Sin embargo este autor, en su afán de escamotear meritos a Rosas aborda el tema obviando la postura que nuestro máximo héroe, el gral. San Martín, tenía al respecto. Es mas tiene la osadía de calificar de disparate a la decisión de hacer la guerra al invasor. Da la impresión que ignora que la política y la guerra van de la mano, parece que desconoce el viejo axioma según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si su hermenéutica fuera correcta comprendería que la decisión guerrera del Restaurador, en el marco de su estrategia política, fue acertadísima.
Pero claro, el animus injuriandi  nubla la visión. Por eso pretende abonar su falacia trayendo a colación una supuesta ineptitud de Rosas, demostrada ya en  ocasión de organizar la Campaña al Desierto. Como si no fuera sabido que aquella empresa tan necesaria, en la que don Juan Manuel puso tanto esfuerzo, quedó incompleta no por su culpa sino por el sabotaje de sus enemigos políticos.
Y de esta crítica denigratoria no se salva ni el bravo Mansilla. Azaretto lo hace marchar a la guerra por “obediencia debida” a su esposa, cual si fuera un pobre “varón domado”. Por poco no dice que la vibrante arenga que este pronunció al comenzar la batalla se la obligaron a decir.
A estos extremos se llega en el afán de ocultar que la batalla de Obligado marca un hito en el empeño de los argentinos de ser una nación soberana.
Y aunque el resultado final de aquella gesta demuestra que el plan de Rosas fue un éxito, nuestro historiador liberal no se amedrenta y atribuye el fracaso de la expedición pirata a otras causas. Sostiene que se debió a las dificultades en la navegación del Paraná, “pues es un río sin obras de dragado ni señalización”, y a que las poblaciones tenían “poco poder de compra”. Concluyendo  que la batalla fue “un derroche de heroísmo”, es decir que se luchó al cuete, igual que en Malvinas, esa aventura absurda  hija del nacionalismo fascista, según sus palabras.
Y aquí mostró ya la hilacha Azaretto. Efectivamente, como se sabe impugnado y refutado de antemano arremete contra el revisionismo con el gastado pero siempre efectivo recurso de vincularlo al nacionalismo fascista. Y así dice que “el crimen del viejo revisionismo es que dio sustento intelectual a las corrientes antidemocraticas, pro militaristas y clericales que admiraban a países atrasados como la España y el Portugal de Franco y Salazar”.
Ya Antonio Caponnetto en su monumental obra “Los críticos del revisionismo histórico” refutó magistralmente este lugar común, así como todas las acusaciones que lanzaron los enemigos del revisionismo; y probó mas allá de toda duda que el revisionismo histórico argentino no necesariamente se identifica con el nacionalismo, y menos con el fascismo, el cual es anterior e independiente a el.
Además el nacionalismo católico jamás se manifestó contrario a la verdadera libertad, o a la forma republicana de gobierno. Nunca apostó al totalitarismo, y ni siquiera de la dictadura como forma permanente de gobierno. Todo esto debería saber Azaretto si conociera los textos de los autores revisionistas o al menos si se hubiera tomado el trabajo de leer la silenciada obra de Caponnetto.
Pero no queremos terminar estas líneas con un autor favorable sino con uno más del agrado de los liberales que sorpresivamente hecha por tierra las pretensiones escamoteadoras de la verdad histórica de la Historia Oficial, cosa que Azaretto niega. El mismo Juan Bautista Alberdi en sus “Escritos Póstumos”, dirá: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”. Y ese despotismo turco en nuestra historia aun sigue vigente.

Edgardo Atilio Moreno

viernes, 14 de noviembre de 2008

Culturales


FALSIFICANDO
A ORESTES DI LULLO


Entre los pocos intelectuales que puede exhibir Santiago del Estero se destaca la figura de Orestes Di Lullo; a quien Marcelo Sánchez Sorondo llamó con justicia, “el Lugones santiagueño”.

Orestes Di Lullo formaba parte de una asociación cultural denominada “La Brasa”, fundada en el año 1925 por Bernardo Canal Feijóo, a la cual se le integraron pensadores de diferentes orientaciones ideológicas.

El objetivo de aquel nucleamiento fue reflexionar sobre los problemas de la provincia, la región y el país, frente al modelo oligárquico liberal.

Durante mucho tiempo estos hombres estuvieron olvidados; sin embargo ultimamente, desde ciertos ámbitos oficiales, surgió la idea de rescatar los aportes que estos pensadores hicieron a la cultura en Santiago del Estero. En ese marco, durante los días 4, 5 y 6 del mes de septiembre pasado, se realizaron unas jornadas sobre el pensamiento de Orestes Di Lullo.


En dicha oportunidad, quienes se abocaron a estudiar al prolífico autor tuvieron que enfrentarse con un problema. Resulta que Di Lullo perteneció claramente a aquella corriente política que se conoce como “el nacionalismo católico”; circunstancia que obviamente vino a colocar en una incomoda situación a sus pretensos reivindicadores, identificados en general con el pensamiento progresista.


La solución que encontraron fue la más fácil: recurrir al expediente típico de escamotear parte de las ideas del autor y hacer una interpretación “políticamente correcta” del resto.

Así fue que el Di Lullo, nacionalista convencido, católico fervoroso, hispanista declarado, revisionista histórico y defensor del corporativismo; se convirtió por obra y desgracia de estos malabaristas en una especie de demócrata cristiano, progresista y cuasi indigenista.

De esta innoble tarea falsificadora se ocuparon principalmente los filósofos putativos Gaspar Risco Fernández y Alejando Auat. Tan solo se sustrajo de ese afán el historiador Luis Alén Lascano y algún otro panelista que se ocupó de aspectos puntuales de la vasta obra de Di Lullo.

En general, la estrategia consistió en reconocer lo que sostenía el autor para inmediatamente hacer aclaraciones contradictorias salidas del caletre de los comentaristas. De manera tal que no habló el autor, sino los falsificadores. Así —por ejemplo— se dijo que era hispanista pero que no dejó de lado lo étnico; como si Di Lullo pensara que cultura es cualquier cosa y no la labor de la inteligencia llevando una cosa a su perfección según su naturaleza.


Se puso de manifiesto su defensa de la postura católica frente a los partidarios de la educación laica, pero se pretendió que el relato que hizo de leyendas y mitos del monte santiagueño fuera una especie de aval al paganismo. Se reconoció que supo exaltar al caudillo Felipe Ibarra, pero se aclaró que no fue porque adhiriera al revisionismo, sino porque Ibarra amó a su tierra, como si ése no fuera el motivo de los revisionistas para reivindicarlo. Etc, etc.


De todo esto, lo más grave fue la permanente deformación del concepto de identidad que manejó el autor.


Di Lullo, al igual que otros nacionalistas de aquellos años, se abocó con ahínco a develar nuestra identidad nacional; para ello hizo lo lógico, se enfocó en nuestro nacimiento como Nación —pues para saber lo que algo es hay que ir a su origen— de modo entonces que penetró en el plexo axiológico de nuestra cultura fundacional para encontrar los caracteres fundamentales de nuestro Ser nacional.


El método que utilizó fue novedoso y, por ende, fue uno de los pioneros en utilizarlo (el otro fue Carrizo); consistió en interrogar a los paisanos del campo santiagueño acerca de las coplas que conocían de sus mayores. De aquellas canciones se desprendía toda una cosmovisión reveladora de nuestra identidad hispanocatólica. Hoy esto se llama estudios etnográficos y trabajos de campo; Di Lullo lo llamaba simplemente “visitas”.


Además, Di Lullo no sólo registró los vestigios de nuestra cultura fundaciona: a la par, comprobó también la acción negativa de la modernidad materialista y utilitaria, es decir, la devastación que ella significaba para nuestra economía y nuestro estilo de vida. Ante estos males propuso el rescate del proyecto de cristiandad hispánica como un pivote a partir del cual construir un proyecto de nación.


En definitiva, toda la obra de nuestro autor puede ser resumida en un afán de autoconocimiento y de autoafirmación del Ser, con el objeto de encontrar respuestas sobre el camino a seguir en plena fidelidad con ese Ser. No fue más que una aplicación del viejo principio que aconseja conocer quienes somos, de donde venimos, para saber adónde debemos ir.

Ahora bien: toda esta reflexión filosófica la hizo obviamente desde la filosofía del Ser; es decir, concibiendo a la identidad como algo fijo, algo que permanece a pesar de los cambios y que nos hace ser una cosa y no otra. Sin embargo, sus comentaristas se empeñaron especialmente en deformar esta visión diciendo que la identidad no es una esencia inmutable, que es algo que fluye, que se construye, que conlleva la conflictividad, la diversidad, etc. Es decir, dieron vuelta el pensamiento del autor.

Con ese criterio la obra de Di Lullo y en general todo intento de reafirmación de nuestra identidad no tiene sentido. ¿Para qué indagar sobre algo que cambia? ¿Para qué tratar de conocer nuestro Ser, si se postula su traición y se reivindican culturas alejadas del orden natural?


Lejos de todo relativismo cultural, y mal que le pese al progresismo, Orestes Di Lullo reivindicó nuestra identidad hispanocatólica y postuló ese legado como un mandato de fidelidad a lo heredado, a los fines de recuperar el honor y la gloria perdida.


Edgardo A. Moreno

lunes, 21 de abril de 2008

Cultura de la vida


RAZONES CONTRA
LA EUTANASIA

En el debate sobre la eutanasia —que quiere instalarse de prepo desde este gobierno defensor a ultranza de la cultura de la muerte— se enfrentan dos posturas antitéticas. Desde una concepción inmanentista se sostiene que el hombre posee una capacidad de autodeterminación absoluta, fuera de toda dependencia, y que, por ende, tiene el derecho a poner fin a su vida cuando ésta sufre un grave deterioro. En el polo opuesto, desde un enfoque trascendentalista, que no es otro que el católico, se entiende que la vida es un don recibido que debe ser administrado conforme al plan del Creador, y que por lo tanto no podemos disponer libremente de ella.

Los partidarios de la eutanasia sostienen que, dados cuatro requisitos, se puede justificar su legalización. Éstos son: el consentimiento del paciente, la incurabilidad del enfermo, el dolor insufrible, y el móvil compasivo (suprimir ese dolor).

En primer lugar, el consentimiento carece de eficacia para transformar en lícita la transgresión, pues el derecho a la vida es un derecho personalísimo y por ende indelegable, inderogable e irrenunciable. Lo mismo pasa con la esclavitud; el Estado no puede permitir que alguien renuncie a su libertad y se venda como esclavo. Además, el consentimiento de un paciente en una situación así, afectado psicológicamente, no puede reputarse como válido, sino viciado en su voluntad. Muchas veces el enfermo puede ser inducido a pedir la eutanasia por el ambiente que lo rodea y que lo hace sentirse como una carga inútil para su familia.

Con respecto a la incurabilidad, hay que preguntarse qué certeza tenemos de ella y quién está en condiciones de declararla. Al margen de que pueda producirse un diagnóstico equivocado, hay muchas enfermedades que son incurables con un tratamiento, pero que no lo son con otro, y sobre todo existen muchas enfermedades que hasta ayer no tenían cura, como ser la sífilis, la rabia, la tuberculosis o la diabetes, pero que hoy la tienen.

El otro elemento para justificar la eutanasia se relaciona siempre con los sufrimientos insoportables. Pues bien, gracias a los avances de la ciencia médica, hoy se los puede mitigar y hasta suprimir con las terapias antidolorosas. Por otro lado, aunque es necesario luchar contra la enfermedad y el dolor, sin embargo ellos son inevitables y tienen un sentido. Como lo afirmó el psiquiatra Victor Frankl, “el hombre no se destruye por sufrir; el hombre se destruye por sufrir sin ningún sentido”.

Nadie puede sostener que la ausencia del dolor sea una condición para que una vida valga la pena ser vivida. La realidad del sufrimiento es algo que tarde o temprano todos experimentamos y que nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad. Lo que debemos hacer es enfrentarlo con valentía y descubrir su finalidad.

Con respecto al móvil compasivo de quien practica la eutanasia, éste resulta difícil de comprobar y verificar, pues puede encubrir motivos no altruistas, como ser el deseo de obtener una herencia, el de deshacerse de una carga molesta, evitar incurrir en mayores erogaciones, etc.; y en el caso del médico, puede haber también un deseo de desentenderse de la responsabilidad profesional, tener camas libres, realizar experimentos, reducir los gastos sanitarios optimizando la relación costo-beneficio, etc.

Una ley de eutanasia podría generar desconfianza hacia los profesionales de la salud al entenderse que su aplicación no sería indiferente para la economía de una institución sanitaria. Se destruiría así la relación médico-paciente, dando lugar a situaciones de desconfianza generalizada, sobre todo para cierta clase de personas que podrían pensar: “Si me llegaran a diagnosticar una enfermedad incurable, ¿no querrán ahorrarse un tratamiento muy costoso?” El noble oficio de los médicos es salvar las vidas o calmar los sufrimientos, cuando más que ello no se puede hacer; pero jamás consistirá en poner término a la existencia.

Por otro lado, no tenemos que confundir a la eutanasia con la obstinación o el encarnizamiento médico. Este último ocurre cuando a un paciente con una enfermedad mortal irreversible se le siguen ocasionando sufrimientos inútiles mediante tratamientos excepcionales, desproporcionados e ineficaces.

Cuando se dan todos estos supuestos, la moral cristiana admite que se renuncie a dicho tratamiento, sin que por ello estemos ante un caso de eutanasia. En definitiva, así como el derecho a una vida digna se opone a su inútil prolongación artificial, el derecho a morir dignamente también se opone a adelantar la muerte con el pretexto de suprimir el dolor.
Edgardo Moreno