Raúl Delfondín cuenta por mediados de siglo con unos treinta años, andariegos y desgastados en calaveradas ordinarias. Es un obeso achaparrado, como pasto ovillo, de andar o rondar arrastrado y mirada que fatiga el suelo en pesquisas incesantes por los senderos de las cucarachas que se bifurcan. Una improvisación feliz le ha revelado que es, por necesidad ontológica, radical, y que tiene el don, unánime entre sus semejantes, de hacer rodar párrafos circulares, redondeando el ripio cadencioso, sin una vacilación, sin una idea hasta la previsible conclusión rítmica, obvia y roma. A este arte, en otros vano, añade una ciencia certera e infusa para el mito y el timo, la trampa ladina y las agachadas relampagueantes, que perpetra con el cuerpo entero, por tener la cintura confundida con el mentón. Los trajines y el mercadeo cotidiano del comité local y las visitas a la Casa de la C.A.D.E. (Tucumán entre Montevideo y Rodríguez Peña — Capital Federal) lo han adiestrado en la actitud mimética del hombre bueno y de bien, de aspecto confiable, inofensivo casi, de una sola palabra y ésta siempre en torno a la práctica de una ética insobornable, técnicas todas aprendidas de estafadores idóneos.
Así dotado se presenta al Chino Balbiniparla, raro caudillo más afecto a la guitarra locuaz que al cuchillo convincente. Delfondín será uno de sus protegidos, aunque muy pronto, harto de oírle el rasgueo infinito de la guitarra calamitosa, trata de arrebatársela. Sólo alcanza a un intento, fallido por incompetente, pero el destino lo ayudará y podrá heredarlo.
A su muerte se hace de una de sus mujeres, Cacacracia, dama de estirpe irreparablemente plebeya, descendiente de una prostituta parisiense fecundada por un humanista helvético (otras dicen que onanista) en las bacanales que siguieron a la toma de La Bastilla. Cacacracia, que se había mantenido vagamente virtuosa hasta su pubertad, llegó al concubinato con Delfondín ajada, pero caudalosa, y hábil para retribuir los ardores postreros de este último ¡ay! compañero, con la pericia de indefinidas experiencias.
La historia aquí se abrevia. Juan Argentino, penúltimo amante de Cacacracia, traicionado por ella y por Delfondín, en un día aciago, aunque conjeturable, de fines de marzo, se ha aparecido empuñando el naranjero de la insinuante ordalía. Raúl Delfondín de pronto se siente solo y comprende antes de morir que a él también lo han engañado, que estaba condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando, el oropel y el oro, porque ya estaba muerto, porque era un muerto, el espectro de un monigote de propaganda articulado por la banda que creía capitanear.
Juan Argentino, casi con desdén, hizo fuego.
Ricardo Alberto Paz