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viernes, 14 de noviembre de 2014

Eclesiales


A PROPÓSITO DEL
“CASO ANGELELLI”
 
En general, todos los argentinos contestarían igual si le preguntasen por el origen de la fortuna K, aunque lo hicieran desde distintos puntos de vista: con aplauso aquellos K creen que hay que aprovechar cualquier oportunidad para quedarse con lo ajeno; con envidia, otros que no tuvieron esas oportunidades que brinda el Poder Ejecutivo; y con reprobación las personas decentes.
 
Es típico de los piojos resucitados, cuando ascienden a puestos expectables, hacer quemar incienso a los chupamedias o pelotilleros, como imaginan falsamente que harían los nobles de sangre o los conquistadores, porque no se les ocurre que el poder pueda ser para otra cosa que usufructo personal. (No está demás recordar que, con ocasión del primer gobierno elegido por sufragio universal en 1916, se popularizaron las expresiones “genuflexo” y “adulón”, más castizas que el lunfardo “chupamedias”).
 
Y si preguntamos por Boudou, cabeza del Legislativo (digo “cabeza”, no en el sentido intelectual, sino porque lleva pelo), la respuesta estaría matizada entre la indignación de muchos y las carcajadas de burla de los legisladores, haciendo pito catalán a la decencia.
 
Pero es de justicia reconocer que no se quedan atrás algunos de los Jueces o magistrados del Poder Judicial, para completar las pruebas de que, al menos entre nosotros, democracia es corrupción. Y para eso se hizo la Constitución… si no, ¿para qué? Como denuncia Martín Fierro, no se hizo para felicidad del pueblo argentino, pero sí para provecho y fiesta de los magistrados, como el primer presidente, que se coronó —dicen— el hombre más rico de Sudamérica.
 
La política de inclusión, también incluye a esos jueces que inventan crímenes inexistentes para condenar patriotas, aunque no sepamos qué ganan con eso. Francamente, desconcertante: si de los 30.000 desaparecidos, la CONADEP reconoce a unos 8.000 muertos por los militares durante la guerra, los otros 22.000, ¿fueron asesinados por la troupe “Bonafini y sus Madres de la Plaza…”, que difundieron la cifra? Porque está claro que, si Monseñor Angelelli no murió en un accidente, lo mataron los jueces 38 años después.
 
Yo no sé, no lo termino de entender. Porque si las cuentas del enriquecimiento ilícito y las de los desaparecidos son creíbles, ha de ser porque el CONICET habrá creado una aritmética nueva, para gloria de los científicos matemáticos K.
 
Lo que sí sé, es que a fines de los años ’60, tenía un alumno protegido por los presbíteros Erio Vaudagna y “El Gato” Rivarola, que parecía enfermo de monomanía y sólo hablaba de las masas explotadas y oprimidas y de opresores, etc. De todo Marx, era lo que había entendido. Pobre, se llamaba Miguel Ángel Barrionuevo, y salió en los diarios cuando lo llevaron a un hospital riojano, herido en un campo de entrenamiento guerrillero, por lo cual la policía lo detuvo. Pero lo liberaron, bajo la palabra del Obispo Angelelli, de que no era guerrillero sino que había sido herido estando ambos en una partida de caza. Lo que no me consta, es que sea auténtica la fotografía del Obispo Angelelli celebrando misa en un altar con las insignias de Montoneros, aunque dicen que apareció en un diario de ellos.
 
Y en 1971, si no recuerdo mal, los titulares del vespertino “Córdoba” anunciaban “OCHO BOMBAS EN EL PALACIO DE JUSTICIA”. ¿Quién las había colocado y, una vez apresado, las localizó para que la Brigada Anti explosivos las desactivara a tiempo? (O sea que sabía perfectamente dónde las había puesto). Pues, ¡Miguel Ángel Barrionuevo!
 
Unos años después, un día, el oeste de la ciudad de Córdoba quedó incomunicado con el centro, porque sobre puente en el cruce de la Ruta 20 y el Canal Maestro Sur, se libraba una batalla entre fuerzas terroristas y la Policía Federal. Después, me dijo un colega, que uno de los muertos era Miguel Ángel Barrionuevo, amigo, compañero de cacerías y protegido del Obispo Angelelli.
 
Hay que rezar también por la conversión de esos jueces, con oraciones inclusivas, agregándolos a las extensas enumeraciones de los gobernantes ladrones, cuando se reza por los enemigos. Que Dios les permita arrepentirse y los perdone, si ellos le piden perdón e indemnizan a los encarcelados injustamente. Y a los otros, previa restitución de lo robado.
 
¿Y, no sería posible, que Dios permitiera al fantasma del Obispo Angelelli, aparecerse a esos jueces para que se arrepientan de haberlo asesinado en los papeles, a fin de condenar militares inocentes de ese crimen? Siendo tan bueno, ¡cómo no los ayudaría a arrepentirse!
 
Y así también nos ayudaría a librar la Patria de corruptos poderosos. Amén.
 
Marcial Castro Castillo
 

martes, 8 de mayo de 2012

Inseguridad

CÓRDOBA DEMOCRÁTICA
   
El amigo Marcial Castro Castillo nos ha hecho llegar este crudo retrato de los múltiples males padecidos por la querida provincia de Córdoba. Como desde otros pagos —incluyendo Buenos Aires— nos llegan noticias similares, valga publicar esta nota con carácter de triste y veraz caso representativo. Nuestra  plena solidaridad con los castigados cordobeses.

Puede ser que pase en otras partes, pero yo vivo en Córdoba. En Córdoba, la Insoportable. Cierto que no es la primera vez que los ciudadanos somos atormentados por el gobierno y por el desgobierno, aunque pocas veces se acumulan tantos males simultáneos:
  
* Emergencia hídrica: no hay reservas de agua por falta de previsión y de inversión: verano en seco.
  
* Emergencia energética: no hay electricidad por falta de previsión y de inversión: seis horas diarias programadas sin luz, día tras día, semana tras semana.
  
* Emergencia sanitaria: muy restringidos los servicios hospitalarios, por ilegalidad de contratos y empleos, y por falta de compras de insumos.
  
* Emergencia educativa: no hay clases por falta de aumentos a los docentes, sobre todo a las docentas (Aunque yo pienso que el cierre de estas escuelas y la huelga de estas docentas, son un gran beneficio para los niños. Pero la gente tiene el prejuicio de que la escuela educa).
  
* No hay transporte por falta de garantías contra el vandalismo popular o por demora en los aumentos del boleto.
  
* No hay servicios públicos por huelga municipal: meses y meses sin prestar servicios a los vecinos, semanas enteras dedicadas a demoler instalaciones y equipos, destruir oficinas, amedrentar transeúntes, apedrear comercios, y otras manifestaciones del derecho constitucional de huelga.
  
Cada día peor, ya estamos a punto de superar la desesperación de Córdoba hundida por los radicales Angeloz, Mestre y cía.
  
Todas las sinrazones, los abusos, los abandonos, las carencias y los aumentos de precios, están de moda en los informativos de “los medios”. Todas las críticas, todas las denuncias, todas las puteadas, están de moda en cualquier parte donde se reúnan dos o más vecinos. Nunca el humor popular fue tan malo, tan exasperado: quienes vivimos el “cordobazo”, sabemos que el odio ideológico se concentraba en la militancia marxista y en sus simpatizantes, pero que gran parte del pueblo lo miraba pasar desde su indiferencia. Ahora no: han desaparecido todas las voces progubernamentales o las que muestran moderación: sólo se escucha el insulto.
  
Y yo me pregunto: ¿quién votó a estos infelices que ocupan cargos de gobierno, pero no gobiernan? Quizá sean absolutamente inútiles: no sirven ni para rellenar agujeros en las calles (digo, no que ellos trabajen en taparlos, sino que los funcionarios fueran usados de relleno). Pero la gente no lo cree: aseveran todas las voces que, esta realidad espantosa se debe a la rapiña de los gobernantes. En esta democracia y “estado de derecho”, gobernar es hurtar, y ocupar cargos públicos es cobrar sin cumplir obligaciones. En todo caso, jorobar al pueblo y engordar el mal común.
  
Quienes trabajan o se relacionan con las oficinas públicas, acumulan relatos de compras fraudulentas, coimas, maltratos, abusos de poder, prepotencia desobediente de empleados que amedrentan a sus jefes, sabrosos asados diarios en horas y lugares de trabajo, con guitarreadas y bailongos, inclusive; etc. etc. Que dijo Cervantes: “P… la madre; p… la hija; p… la manta que las cobija”. (Aclaro: la manta es la constitución).
  
Si se intenta comprender la realidad, comparada con la administración pública de treinta años atrás, se concluye en que los fraudes, las coimas, los asados y la prepotencia, son parte del casi el único ámbito de poder de decidir que tienen los que se dicen gobernantes, porque cualquier decisión que afecte realmente el orden público les está vedada: sus mandantes no les permiten decidir en nada que pueda afectar sus intereses.
  
El más tonto prejuicio que ciega a los pobres argentinos, víctimas y cómplices de sus propios males, es creer que la mayoría —o al menos, la primera minoría— otorga mandato a quienes van a “gobernar”. Que el “poder” se asienta en “las bases”, es decir, que cuantos más sean cuantitativamente los votos favorables, mayor será la autoridad del que gobierne. Que cuantos más sean los que no tienen ningún poder y transfieran tal ningún poder al gobernante, mayor será el poder recibido por éste (?). Pero como el absurdo y la contradicción no salen en los diarios ni por la TV, nadie se da cuenta.
  
¿Cuándo entenderemos que las “autoridades” constitucionales, nada deben al pueblo, porque el pueblo nada les da ni tiene para darles, más que su esclavitud mental y laboral? ¿Cuándo pensaremos que los votantes tontean entre los candidatos impuestos por las mafias partidarias? ¿Cuándo advertiremos que no podemos votar o elegir a quien queramos, sino que hemos de optar entre los títeres que los auténticamente Poderosos imponen a los partidos?
  
Nada más ajeno a la real voluntad del pueblo que esta democracia.  Gobierno de mafiosos, por las mafias y para las mafias internacionales. Recuerdo que ya los gobernantes militares del Proceso (1976 – 1983), cuando veían una medida de gobierno que servía al bien común, decían: “¡Esto es lo que hay que hacer!… Pero no se puede.  ¿Se imaginan la que se armaría?  ¡No quedaría nadie!” El gobierno militar temía las represalias de la prensa, de los gerentes de empresas extranjeras, de los banqueros, de los representantes internacionales, de las organizaciones de “derechos humanos”, etc. Únicamente no temía a los pobres argentinos.
  
Y los gobernantes democráticos, ¿a quién pueden temer? No a la “Justicia” o lo que hace sus veces, porque es parte del régimen. No a los votantes, porque todo voto puede ser comprado, y cuanto más crece la miseria, los votos se venden más baratos. No a la oposición, cuyo máximo interés no es gobernar, sino conquistar un sitio para, desde él, vender su apoyo a la delincuencia gobernante… ¿Y?
  
El “gobernante” democrático solamente puede temer a los Financistas de la Deuda externa, porque de ellos reciben el mandato. La máquina de poder y control mental de poblaciones, es la que administra el mundo y designa a sus títeres como “gobernantes de estados soberanos”. Soberanos en el papel, único soporte real de las constituciones. Y la Máquina los pone para que jueguen de bomba aspirante impelente, extrayendo el beneficio del trabajo argentino para sus propias arcas.
  
Nada más estúpido que repetir idioteces como “soberanía popular”, “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Más allá de las contradicciones y los absurdos teóricos de tales espantapájaros, ¿nada vale la experiencia de los pueblos? ¿Cuándo los argentinos hemos estado peor que tras veintiséis años de democracia constitucional? ¿Nadie se da cuenta? ¿Nadie conecta el efecto con la causa? ¿Siempre contumaces en el error, “como el perro que vuelve a su vómito”?
  
¿Córdoba está maldita? ¿No hay más salida que aconsejar a los hijos que se exilien, que se radiquen en otro país, que se fuguen de esta democracia insoportable?
  
Refrán y ciencia Ética dicen que “en el pecado está la penitencia”. No son dos cosas separadas: uno solo es el bien que se pierde al pecar, y su falta nos atormenta. Pero el sufrimiento resultante no es purificador y reparador, a menos que sea confesado el pecado con arrepentimiento y retractación, y que se acepten las dolorosas consecuencias como expiación. Eso lo sabían los pobladores de la Córdoba cristiana, por lo menos, antes de la “Reforma Universitaria del ’18”, epígono de la Revolución Bolchevique de Rusia en el ’17. Y lo temían los argentinos cuyas conciencias procuró tranquilizar Esquiú, tras el pecado nacional de apostasía en la Constitución de 1853.
  
Pero aunque el pecado está presente y sufrimos sus consecuencias, nadie se acuerda de confesarlo, de arrepentirse y de pedir perdón. Así no vale como penitencia, se desperdicia este anticipo del Purgatorio, y se encamina, cada vez más parecido, hacia el Infierno. ¿Por qué Dios no nos ayuda en la guerra que nos hace el gobierno constitucional?  A Santa Teresa respondió Jesús: “Teresa, Yo quise: los hombres no quisieron”.
  
Marcial Castro Castillo
  

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sinonimia


DEMOCRACIA Y CORRUPCIÓN
  
  
Del último Campeonato de Corruptos, no discutiré los porcentajes resultantes, más que dudosos, porque otros se ocuparon con mayor solvencia.
  
Ya hemos dicho que, como la democracia nada tiene que ver con el Poder, las elecciones solamente procuran determinar qué traidores a la Patria la venderán en años próximos. Naturalmente, siempre obedecerán a los mismos mandantes, encarnados en los vencedores de la batalla de Malvinas. Porque nunca hay que olvidar que la democracia es el castigo que nos impusieron por el atrevimiento de querer una Patria soberana. Y todos los “gobernantes” constitucionales son cómplices del sistema, en calidad de verdugos del pueblo de la Nación condenada por los verdaderos Poderes. Y nada hay que esperar de las Fuerzas de Ocupación que cambiaron de bando el 14 de junio de 1982.
  
Pero está claro que este es un año muy deportivo para los verdugos y aspirantes a verdugos de la Argentina. Un auténtico campeonato de corruptos. Porque es sabido que, mientras sigan siendo siervos útiles a los Poderes, todos los crímenes serán impunes y los argentinos pagaremos otras veces la deuda externa, enriquecimientos ilícitos, prevaricatos judiciales, encarcelamientos ilegales, silencios y mentiras de los medios, Madres y Abuelas de hijos de… ellas, aviones de parricidas e indemnizaciones de desaparecidos-aparecidos, jueces prostibularios de todo “género”, legisladores de leyes inmorales, etc., etc.
  
Todas calamidades que han de quedar necesariamente impunes, porque son partes del castigo al que estamos sometidos.
  
No se piense que únicamente son delitos las variadas formas de hurto o de peculado y la persecución de los disidentes. Hace tiempo sabemos que no hay aberración prohibida, aunque sí estén prohibidas muchas verdades y virtudes; y sabemos que hay pecados que “claman al cielo” que son alabados, y justicias perseguidas. Delitos más graves aún son los atentados al Bien común en cuanto ordenamiento moral de la sociedad, como escandalizar a los niños legislando la educación pornográfica en “salud reproductiva”; o pretender separar lo que Dios ha unido, mediante la estafa del divorcio; o permitir depravaciones contra  todo orden natural y sobrenatural, y, como cifra de todo, atentar contra la Realeza Social de Cristo, negándola o desafiándola.
  
Y tal como ya Aristóteles apuntaba, los malos gobiernos corrompen al pueblo, porque un pueblo corrupto es el negocio del Tirano. En este último Festival de la Delincuencia, ha quedado demostrado que a la mayoría de las masas que devoran los restos de Argentina, no hay corrupción que le moleste. Nada hay reprobable que repugne a la mayoría electoral. Todo el listado de crímenes contra la virtud de la Justicia, es aceptado festivamente por la mayor parte de votantes, probablemente confiando en aquello de “Hoy por ti, mañana por mí”.
  
Es que, aceptada la rebelión contra Dios que se impusiera en aquel Artículo 33 de la Constitución apóstata de 1853, que ahora reformada se completa con el 37 y otros; y aceptada la tiranía de la partidocracia por el 38, no hay donde hacer pie para fundar la justicia de las leyes.
  
Para colmo, el artículo 36 nos condena a un castigo perpetuo, ya que no habría modo constitucional de corregir los errores y mejorar el sistema. Entonces no hay más fuente de legalidad que la soberanía popular, expresada por la mayoría electoral manipulada por los partidos, para llamar bien al mal y mal al bien, y resultar la supuesta ordenadora de la moralidad social y las costumbres. Las leyes sin justicia expresan la calidad de la soberanía popular.
  
Y así tiene que ser. Porque, si Democracia es soberanía popular y no Soberanía de Cristo, Democracia es subversión moral. Si la realidad es un orden jerárquico esencial que empieza en el Acto Puro y desciende gradualmente hasta la materia informe, pasando por ángeles, hombres, bestias y vegetales, también los espíritus están jerarquizados de Dios para abajo, del Uno hacia lo múltiple. Así que si damos el máximo rango a la multitud atribuyéndole la Autoridad de regir, legislar y juzgar, propia del concepto opuesto, se la estamos negando a Jesucristo, “Judex noster, Legifer noster, Rex noster”.
  
Es decir que si habría formas de democracia jerárquica y respetuosa de un orden moral objetivo quedan fuera de la Constitución y prohibidas de hecho por inconstitucionales. Por eso no queda más remedio que definir a esta democracia como subversión, como sistema de corrupción y delincuencia institucionalizada. No es que todo aspirante a ser electo sea inmoral, pero si tiene éxito, no le será fácil permanecer decente, sin pactar con la delincuencia mayoritaria y gobernante, y sin hacerse cómplice de la corrupción del pueblo.
  
No hay otra solución política que la sanmartiniana. Desde los crímenes unitarios y las tiranías liberales, esta es la historia constitucional argentina, resumida por el General San Martín, mejor que por ningún otro: “Veinticinco años en busca de una libertad que no sólo no ha existido, sino que en este largo período de opresión, la inseguridad individual, la destrucción de fortunas, desenfreno, venalidad, corrupción y guerra civil, han sido el fruto que la Patria ha recogido después de tantos sacrificios” (Carta a Tomás Guido, 17 de diciembre de 1835).
  
Según San Martín, la causa de estos males no eran tanto los gobernantes que cambiaban, como  las ideologías y constituciones liberales: “No en los hombres es de donde debe esperarse el término de nuestros males; el mal está en las instituciones, y sí solo en las instituciones”.
  
De nada serviría llamar a elecciones para cambiar otra vez de personas, si no se cambia la Constitución: “Hace cerca de dos años escribí a Ud., que yo no encontraba otro arbitrio para cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra, que el establecimiento de un gobierno fuerte, o más claro, absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer. Yo estoy convencido que cuando los  hombres no quieren obedecer a la Ley, no queda otro arbitrio que la fuerza”… (idem, del 17 de diciembre de 1835).
  
“El hombre que establezca el orden en nuestra Patria: sean cuales fueren los medios que para ello emplee, es el solo que merecerá el noble título de su Libertador” (id., 1° de febrero de 1834).
  
A partir de 1835 empieza la Dictadura de Juan Manuel de Rosas. Y cambia el humor del Padre de la Patria, que ve realizado su proyecto.
  
Aunque hayan nacido en este suelo, no tienen alma argentina quienes rechazan el juicio de San Martín sobre el ejemplo patriótico de Rosas, poniendo una accidental y discutible forma de gobierno por encima del bien común de nuestra Patria.
  
Los desastres de esta democracia tampoco nos hacen felices. Vendimos la Patria por un plato de lentejas que, encima, son amargas y venenosas. Y no nos arrepentimos ni hacemos penitencia por adoptar un sistema extranjero y por renegar de “la defensa de la Religión Católica Apostólica y Romana” que se enunciaba en todo estatuto o proclama institucional hasta Caseros, como lo más constitutivo y constitucional de la Nación.
  
Aunque la destrucción de lo humano siga siendo presentada como un “progreso” y el encierro de la libertad como el derecho, la inflación como un éxito, el saqueo como “redistribución”, etc., etc., la infelicidad y los sufrimientos argentinos no tendrán valor de penitencia, si no hay arrepentimiento y no hay propósito de enmienda.
  
Hay salvación, pero empieza por el arrepentimiento, la penitencia y la enmienda que es aceptación del Salvador, también en las instituciones secularizadas.
  
Marcial Castro Castillo

jueves, 26 de mayo de 2011

Cambiame la música

HAY QUE RESTITUIR
LA PROPIEDAD AJENA
    
    
Antes, la catequesis enseñaba que no era suficiente confesar el pecado de robo o de hurto, porque no se hacía efectivo el perdón si no se cumplía la condición de devolver lo hurtado o de pagar o indemnizar al dueño. Es de justicia elemental: tanto te quité, lo mismo te devuelvo, antes de pedir perdón a Dios.
    
Yo me pregunto si las iglesias aggiornadas pagan a SADAIC los derechos de autor de la música profana que han hurtado para cantar con letras de pretensión religiosa, y que son ejecutadas durante los espectáculos danzantes eclesiásticos, entre los que el sacerdote intercala partes de la Misa. (Dudé poner pretensión “religiosa”, porque en la primera redacción había escrito “piadosa”; pero lo cambié porque las canciones suelen ser impiadosamente ejecutadas). Más allá de la ofensa al autor por la crueldad de la ejecución, está la cuestión moral y legal de los derechos de autor.
    
Me responden que toda música que se haya o hubiere cantado durante los actos litúrgicos, debe tener algún autor, porque no hay efecto sin causa. Y es así. Sólo que los monjes o autores anónimos debieron donar a la Iglesia su creación; (hasta en ese sentido es más barato cantar gregoriano o polifonía clásica, porque ya venció el plazo para cobrar derechos de autor). Y me parece improbable que un rockero judío como Robert Zimmerman (Bob Dylan), haya compuesto música hippie para donarla a la Iglesia, como es dudoso lo hayan hecho otros rockeros cuya intención evidente ha sido componer eso para bailes comerciales y no para bailes eclesiales…
    
Sospecho que si los eclesiásticos no consiguen mostrar tales supuestas actas de donación de los derechos de autor, la Iglesia debería pagar a SADAIC.  Me temo que si no lo hace, no obtengan perdón por ese aspecto parcial del pecado contra la propiedad, sin entrar a considerar otros más graves, —para juzgar los cuales no tengo autoridad—, como podrían ser quizás la impiedad antilitúrgica, la desobediencia al mismísimo Concilio Vaticano II, a las normas pontificias contra la “liturgia show”, la ofensa a la Belleza Suprema, etc.
    
Y para no pagar, no vale la excusa de que el canto sea horrible, una verdadera ejecución, lo cual empeora el agravio antes de atenuarlo.
    
Marcial Castro Castillo
    

martes, 2 de diciembre de 2008

¡Último momento!


MONSEÑOR RADRIZZANI
DEFIENDE AL PADRE
VON WERNICH


Los hechos hablan por sí mismos. Y, en todo caso, los hechos de un Obispo de la Iglesia Católica, no pueden ser entendidos si no es a la luz de los Evangelios y de los criterios pastorales que impuso Nuestro Señor con su propio ejemplo. Veamos primero el hecho.

En una visita pastoral al penal de Marcos Paz, donde está preso el Padre Christian von Wernich, el Obispo de Mercedes Luján, Monseñor Radrizzani, recorrió los pabellones, atendiendo espiritualmente a quienes la justicia humana condenó por homicidios, violaciones, robos o multitud de crímenes; e incluso administró el sacramento de la Confirmación a quienes no lo hubieran recibido. Pero no visitó el Pabellón donde están recluidos el Padre von Wernich y otros que fueron condenados por haber combatido al terrorismo.

Cualquier interpretación periodística de las que se usan, de las que creen a la Iglesia una entidad política en busca de acrecentar su poder, o de los delirantes que creen en “las riquezas” de la Iglesia y en los afanes crematísticos del clero, podría atribuir al Obispo una conducta “políticamente correcta” de rechazo al hermano en el sacerdocio, para “hacerse amigo del juez, no darle de qué quejarse”, y así hacer méritos para recibir fondos gubernamentales, naturalmente, destinados a Cáritas y a otros organismos de beneficencia; y que no le fuera a pasar como al pobre Monseñor Basseoto, por disgustar al Gobierno. Pero eso sería confundirlo con el Viejo Vizcacha, o con Anás y Caifás u otros miembros del Sanedrín, saduceos acomodaticios con el Poder de Poncio Pilato, que preferían sacrificar injustamente a Jesucristo para quedar bien con Roma.

Y esa interpretación solamente mostraría cuán ignorante de la religión católica, es el escriba. Una conducta tan monstruosamente alejada del espíritu evangélico, es impensable en el Obispo y sería insultante para cualquier Pastor, a quien, entonces, se aplicaría el “Apartaos de mi, malditos… Porque estuve (…) en la cárcel y no me visitasteis”, que dice San Mateo en 25, 41-43. Imposible solo pensarlo.

Es evidente que el criterio de interpretación del hecho es otro, totalmente diferente. Y está en San Mateo 9, 12; o en San Marcos 2, 17; o en San Lucas 5, 31.

Los Evangelios dicen: “No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos, ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores”. En el contexto del hecho, “enfermos” o “pecadores”, equivalen analógicamente a “delincuentes culpables” o “criminales”, mientras que lo de “sanos” y “justos”, ha de entenderse como “inocentes de los crímenes que se les imputan”. Pura lógica elemental. Y verdadero espíritu pastoral.

Es decir que Monseñor Radrizzani no visitó al Padre von Wernich, proclamando así, con hechos, que cree en su inocencia y no en la inicua sentencia judicial.

Marcial Castro Castillo

viernes, 19 de septiembre de 2008

Interrogantes


¿EL DIÁLOGO
ES UNA SOLUCIÓN?

Ante los males nacionales, todos las voces de los que no son gobierno nacional, piden “el diálogo”. ¿No sería mejor y más claro pedir justicia en vez de insistir con un diálogo que no se sabe para qué pueda ser usado, vistos los resultados de todos estos meses? ¿Puede el diálogo resolver los problemas?

El diálogo no es ni bueno ni malo, es un medio, que puede servir para esclarecer como para engañar. Nunca dio resultado con la soberbia de los doctores del Templo ni con los dignatarios de Israel, o los fariseos, etc. Sí fue luz para la humildad de la Samaritana junto al Pozo de Jacob. Yo me pregunto por qué no intentó el Señor practicar el diálogo con los verdugos que lo azotaban o lo crucificaban.

Hay diálogos que alcanzan el consenso: negociando y cediendo ambas partes en algo sus pretensiones. ¿Pero eso siempre es justo? Si encuentro al ladrón y me pongo a dialogar, partiendo la diferencia, yo podré recuperar la mitad de lo robado, y el ladrón se irá con la otra mitad.

La validez del diálogo como medio hacia la paz, depende de la voluntad de justicia de las partes. Si no hay voluntad de justicia, el diálogo es una telaraña del injusto para que la víctima pierda el tiempo y no pueda evitar la infamia, o para hacérsela aceptar, consintiendo en el delito que sufre. Pero el consentimiento forzado no borra el pecado del opresor injusto.

La justicia es parte integrante de la paz. Si no hay justicia, no hay paz, aunque exista su apariencia, como enseñó siempre la Iglesia: Opus justitiæ pax (Isaías, 32, 17), hace años con motivo de las Jornadas de la Paz: “Si quieres la paz, busca la justicia”… “La paz no es una insidia. La paz no es un engaño sistemático. Mucho menos es una tiranía totalitaria y despiadada, y de ninguna manera violencia; pero al menos la violencia no osa apropiarse el nombre augusto de Paz” (Paulo VI: Mensaje en la Jornada Mundial de la Paz de 1972).

Es bueno que, quien no tiene autoridad para hacer justicia, pida a los enfrentados que no se peleen y busquen una forma de arreglo pacífico. Pero no será pacífico si no es justo. La justicia es responsabilidad de quien tiene autoridad. Pero hay que cuidarse de confundir moralmente al público, como si fuera lo mismo lo justo que lo injusto. En materia moral, hay que llamar a los principios por su nombre: justicia a la justicia, engaño al engaño e injusticia a la injusticia. De lo contrario, la gente aprende que es lo mismo ser justo que injusto.

En algún momento Nuestro Señor, que dialogó con los doctores a los doce años, y con los fariseos, sacerdotes y doctores hasta la Pasión (diálogo que ya debió ser un anticipo de sufrimientos), optó por correr a latigazos a quienes “desacralizaban” el templo, ofensa al Padre que el Hijo no puede perdonar; porque es mejor el hacer uso de la fuerza que una injusticia; o, cuando pudo dialogar con el Gobierno, respondió: “¡Id y decid a esa zorra…” (San Lucas, 13, 32). Jesús dijo zorra o raposa, en referencia a Herodes, no se confundan). O bien, simplemente, ni siquiera respondió a todas las preguntas del depravado Herodes. No aceptó el diálogo con él.

Los interminables diálogos con los sacerdotes, los escribas, los fariseos, ineficaces desde el punto de vista de la conversión de los principales, no carecen de sentido: ahí, el diálogo tiene por objeto, llamar a la conversión o agravar la culpa del protervo pertinaz. Poner fuera de duda la responsabilidad de los canallas.

Ésa ha de ser la intención del llamado al diálogo que tantas voces autorizadas hacen hoy a los ruralistas y a los gobernantes. Los ruralistas aceptaron la propuesta y levantaron todas las medidas de defensa. Si los gobernantes no encuentran una solución justa, ellos serán los injustos agresores destructores de la paz social y los responsables de todas las consecuencias provocadas.

Marcial Castro Castillo