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miércoles, 29 de enero de 2014

De pluma ajena


Noticias de última hora
 
COMUNICADO DE FUERZA NUEVA EDITORIAL
TRAS EL FALLECIMIENTO DE SU FUNDADOR,
BLAS PIÑAR
 
En la madrugada de ayer, Día de Santo Tomás de Aquino, murió a los 95 años Blas Piñar López, fundador de esta casa en 1966. En la mañana de hoy ha recibido cristiana sepultura en el Cementerio de su Toledo natal rodeado de su mujer, hijos, nietos y bisnietos. En primer lugar, queremos agradecer las innumerables condolencias y muestras de afecto recibidas desde todos los continentes recordando sus valores y su persona.
 
Han sido muchos años en los que hemos tenido el privilegio y la responsabilidad de formar parte junto a él de Fuerza Nueva Editorial. Casi 50 años de trabajo constante, de 1433 números de la revista editados sin fallar nunca en cualquier situación, de decenas de libros, de cientos de actos políticos, culturales y conferencias, y de miles de vivencias juntos hasta el último momento. Inclusive el viernes pasado, siendo totalmente consciente de la actualidad, nos escribió su último artículo que verá la luz en el próximo número especial de nuestra revista dedicado a nuestro fundador. Alguien cuya formación, integridad y cercanía profesaba admiración a propios y extraños. Una persona que no entendió de conveniencias, sino de coherencia, honestidad y familia. Un caballero español.
 
Así las cosas, hoy más que nunca estamos seguros de que desde ayer un amigo de verdad nos guarda sobre los luceros. Que aquellos principios sobre los que hace 48 años comenzó a andar Fuerza Nueva son eternos, y por ello están más vigentes que nunca. Asimismo, emplazamos a todos los interesados a la Misa que tendrá lugar en Madrid en los próximos días por su eterno descanso, y de la cual avisaremos con tiempo a través de nuestros medios. Rogamos una oración por su alma. Su ejemplo y su memoria nos contagian para seguir adelante. En el lugar habitual, con lealtad frente a la adversidad, y con nuestros valores de siempre: Dios, Patria y Justicia.
 
DESCANSE EN PAZ
 
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martes, 19 de noviembre de 2013

En la semana del 20-N


ANTE UN NUEVO ANIVERSARIO
  
  
Mañana, Dios mediante, hará veinte años de la muerte de Francisco Franco. El pueblo español, a esta distancia en el tiempo, puede y debe reflexionar y comparar entre la España de entonces y la España de hoy. Frente a la manipulación y al falseamiento de la verdad, que el nuevo Régimen impuso como norma y objetivo, nosotros, los que no hemos cometido perjurio, disimulado de habilidad politica; los que hemos sabido mantener nuestras lealtades; los que no hemos sucumbido ni a la tentación del abandono, ni a las seducciones del poder, recordamos públicamente y sin rubor la obra excepcional del Caudillo: el que en la guerra ganó la Victoria contra el comunismo y sus cómplices; el que en la paz logró la reconciliación auténtica entre los españoles que varonilmente se habían combatido; el que hizo de España una nación rica y próspera, unida y en orden, con paz y trabajo, que hoy, sedienta de agua y hambrienta de justicia, se encuentra en trance de ruina económica, de envilecimiento moral, de fragmentación política y de renuncia histórica.
 
La Providencia quiso que otro 20 de Noviembre cayera José Antonio. Las balas del rencor y de la envidia atravesaron su corazón, pero no pudieron terminar con su espíritu; y fue su espíritu joven, enamorado de la España que él llamó metafísica, el que, arrancando de la Tradición, afloró una doctrina para su época; una doctrina que movilizó a la juventud; una juventud que no vaciló, al servicio de la gran empresa restauradora de la Patria, ante el sacrificio heroico del sacramento de la muerte.
 
Creo que hoy urge más que nunca valorar y ensalzar a quienes como José Antonio y Franco son figuras ejemplares, no sólo en la perspectiva de un tiempo que pasó, sino en la perspectiva de futuro. No se trata de copiar y repetir, sino de identificarse con su pensamiento y su quehacer, para pensar y actuar como ellos lo hubieran hecho en el día de hoy. Si José Antonio elaboró una doctrina, fue Francisco Franco el que la puso en acción. Uno y otro nos son precisos, y no pueden ni deben ser enfrentados jamás, porque la doctrina sin acción es un sueño narcisista y evanescente, y la acción sin doctrina no hubiera sido otra cosa que epilepsia y barbarie.
 
¿Y cuál fue la doctrina que hizo posible, al ponerla en acción, que una España, pobre y triste, zaragatera áspera y tullida, se transformase, a pesar de la devastación de la guerra y del cerco internacional, en la España una, grande y libre, que conocimos y en la que vivimos?
 
Son cinco, a mi modo de ver, las líneas maestras del pensamiento de José Antonio, que revelan por un lado, una concepción original de la Política, en el más noble sentido de la palabra, y,  por otra, la apelación a cinco factores que por vez primera, fueron convocados para servirla con eficacia: el factor teológico, que contempla al hombre, no como un ciudadano que vota, o como un sujeto que produce y consume, sino como un ser trascendente, hijo de Dios, portador de valores eternos; el factor épico y lírico, que intuye que a los pueblos sólo los mueven los poetas; el factor histórico, que dada la configuración de España, la define como unidad de destino en lo universal; el factor económico, que estructura al país como un gigantesco Sindicato, en el que el trabajador, el técnico y el patrono no se enfrentan sino colaboran en la verticalidad de un objetivo: la seguridad en el empleo y la calidad del producto o del servicio; y el factor personal, que pretende devolver a los españoles el orgullo de serlo, y aspira a que se sientan mitad soldados y mitad monjes: soldados de la patria de la tierra y monjes para la patria del cielo.
 
Son estos cinco factores convergentes los que asumió Francisco Franco, y los que se dieron cita para la creación del Estado nacional, orientado al bien común; y porque el hombre, al que la Política se ordena, escapa al corsé del tiempo, la textura jurídica del Estado se inspiró en el Evangelio; y porque el hombre fomentó el bienestar económico y la calidad de vida, de tal manera que no hubo ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan; y porque el pueblo, para no diluirse en el anonimato o convertirse en colonia, debe reconocerse a sí mismo, la Política, que se ordena a una comunidad de hombre, fortaleció la conciencia nacional de España.
 
La desaparición del analfabetismo y la permeabilización cultural; la concentración parcelaria y las unidades mínimas de cultivo; la fabricación creciente de fertilizantes; la renovación ganadera; la revolución industrial (desde la siderúrgica a la construcción de automóviles y camiones); el fomento de la natalidad y la ayuda a las familias numerosas; el ordenamiento del trabajo y la seguridad social; el plan hidráulico, que dio origen, no sólo a la red de presas y pantanos, sino al trasvase Tajo-Segura; la repoblación forestal, que cubrió de arbolado los páramos y las montañas; y la edificación de tal número de viviendas que el 46% de las que hoy existen se construyeron entre 1939 y 1975, en la mayoría de los casos protegidas oficialmente, que podían adquirirse pagándolas en 50 años y por cien pesetas al mes.
 
Y comparemos esta política orientada al bien común con la política del Sistema nacido de la transición, en el que lo importante es la palabrería, el cotorreo y el insulto recíproco de las campañas electorales, el despilfarro, la corrupción y la hipocresía, que ignora o se desentiende de los graves problemas a los que, por su carácter prioritario, es preciso sacrificarlo todo. Se ha hecho de la democracia liberal un ídolo, olvidando que el liberalismo destruye la verdadera democracia y que el socialismo, que en el Sistema asciende al poder, lacera, gangrenándolo, el tejido social. De aquí, que mientras los políticos de ahora siguen su parloteo inútil, las empresas cierren o reduzcan su plantilla; el paro crezca y la bolsa de pobreza aumente; la flota pesquera amarrada durante siete meses se halle amenazada de desguace; los bosques queden reducidos a ceniza por el fuego; el número de trabajadores que mueren en las minas sea mayor cada año; la construcción naval se debilite, y estemos a punto de vender al más audaz o que ofrezca más altas comisiones, una Compañía aérea, como Iberia, que era rentable y cuyo prestigio era universal.
 
Con las inversiones fabulosas a nivel faraónico de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de la Exposición de Sevilla, del tren de alta velocidad, y los préstamos sin retorno al exterior, admisibles con una economía holgada y estable, se hubieran podido paliar los efectos de la falta de lluvias, que está desertizando a Andalucía, y que puede convertir en dunas las huertas magníficas de Murcia y Valencia. Y sin agua no hay vida, y sin vida la patria se convierte en cementerio.
 
Y a eso es a lo que consciente o inconscientemente nos lleva de un modo inexorable la política del cambio, a la que se une y abraza la política del mal menor, que va debilitando, a base de cesiones, concesiones y dejaciones, la capacidad de un pueblo, que, cuando permanece sano, tiene empuje y coraje para reaccionar. Lo que importa no es España, sino que haya partidos políticos que se enzarcen entre sí, que pacten con los terroristas, que absorban una parte gruesa del presupuesto del Estado para mantenerse, que no se opongan al corte de vides y olivos que nos impone la Unión Europea, que legalicen con el aborto el homicidio, que se comprometan a reconocer el matrimonio de los homosexuales, que permanezcan impasibles ante el drama del sida o de una juventud drogada, que enferma y se pervierte en el itinerario suicida de las famosas “rutas del bacalao”.
 
No creo haberme alejado de la realidad: una realidad profundamente dolorosa para los que tenemos conciencia de la misma, y  de lo mucho e importante que se halla en juego y a plazo breve. Porque un sistema político sin valores, en el que decide sobre cosas fundamentales el voto de los indecisos, que no tienen criterio; en el que los votos de una minoría parlamentaria condicionan al gobierno de un partido mayoritario, de tal modo que la minoría, y no la mayoría, es la que de verdad gobierna; en el que la Constitución declara abolida la pena de muerte y luego se aplica a través de instrumentos que se financian con fondos reservados; en el que la misma Constitución exalta la unidad de la Patria y después fomenta su fragmentación, hablando de nacionalidades y entregando el poder a los que oficialmente piden la independencia, no sólo no puede contener el proceso de liquidación de España, sino que lo fomenta sin escrúpulos, porque es muy poco lo que España les interesa.
 
Por eso es sumamente importante el recuerdo y la presencia espiritual de José Antonio y de Franco, acicates uno y otro para sobreponernos a la indiferencia egoísta: para convencernos que de nada sirve —salvo para caer en la desesperación— la protesta individual; para,  con sentido común, y con espíritu de sacrificio, no derrochar las energías restauradoras con la atomización de grupos —nobilísimos, ciertamente, en su intención— que permanecen aislados y dispersos, carentes de la fuerza necesaria para —haciendo confluir ideales e intereses, y hasta el instinto de supervivencia—, resultar operativos a finj de rehacer una Patria que se convierte en escombros.
 
Son muchos, por desgracia, los que dicen: No hay nada que hacer, hay que resignarse y entregarse a la transformación social y cultural que exige el despegue de una civilización basada en la fe religiosa, el amor a la Patria y el pilar de la Familia. Olvidan los que así lo entienden que la sociedad fruto de esa transformación sería —y donde se implantó lo ha sido— totalmente inhumana, con la tiranía en el poder y la esclavitud en el pueblo.
 
Nosotros, ni nos resignamos ni nos entregamos. Hay que continuar la siembra, a pesar de que el campo parezca el sueño de una pocilga o de un muladar, porque la basura, al pudrirse, abona la sementera. Lo que hace falta es que no ingresen los sembradores, voluntariamente y desesperanzados, en la estadística del desempleo. La desesperanza se evita y suprime con el amor. Mientras haya un puñado de hombres y mujeres, de jóvenes y menos jóvenes, que amen a Dios y a la Patria habrá apóstoles que evangelicen y soldados que combatan, hasta el martirio unos y hasta el heroísmo otros. No hay mejor antídoto contra la deserción o la complicidad que el testimonio de la sangre. Sólo mueren las ideas por las cuales no hay quien esté dispuesto a morir. Las naciones no desaparecen por pequeñas o débiles sino por viles.
 
Franco y José Antonio nos ofrecen hoy —época de oscuridad y nubarrones— el testimonio viril de sus vidas. Nuestra obligación no es otra que dejarnos iluminar por ellos; no regresar al pasado, pero sí acceder al agua viva de los grandes principios dinamizantes que hicieron posible España. Nos sentimos orgullosos de ser, como alguien nos ha llamado despectivamente en letras de molde, “los hijos del 20-N”, porque lo somos; y con la herencia, la responsabilidad y el honor que ello supone seguiremos cantando a la intemperie, sin ningún complejo de inferioridad y sin un solo gramo de cobardía:
 
“Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar, el caminar del sol”.
 
Blas Piñar
(Discurso pronunciado el 19 de noviembre de 1995, desde la tribuna de oradores en el acto conmemorativo de la muerte de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera)
 

martes, 23 de noviembre de 2010

Feliz cumpleaños, Don Blas

PALABRA DE BLAS PIÑAR
              
Yo no soy ni historiador, ni periodista ni profeta, pero sí soy un español que tiene conciencia de serlo, que no se ha refugiado de un modo egoísta en su propia celda, y que tampoco, desilusionado por la aparente esterilidad del combate ideológico, abandona la trinchera y se retira, amargado y entristecido, para adormecerse en su hogar.
                   
Por ello, aunque no soy ni historiador, ni periodista, ni profeta, voy a deciros de qué modo el pasado me alecciona, el presente me conturba y el futuro me inquieta.  Naturalmente que me refiero al pasado próximo de España, al presente que nos circunda y en el que estamos inmersos, y al futuro lleno de interrogantes, de oscuridad y de graves e inminentes peligros.
                  
El pasado próximo me alecciona al enseñarme que ha sido necesario el sacrificio de una generación heroica y martirial para que nuestra España, sumida en el caos, no desapareciera como sujeto histórico colectivo.
                 
En ese pasado próximo hay dos arquetipos excepcionales que no olvidaremos nunca.  Me refiero a José Antonio Primo de Rivera y a Francisco Franco Bahamonde, el Caudillo de la última Cruzada.
                      
Si el primero nos ha dejado una doctrina y el ejemplo de su muerte, el segundo ha reconciliado a los españoles, reconstruyó España, e hizo posible que —a impulso de su continuidad histórica— fortaleciera su unidad, recobrase su grandeza y fuese, repudiando toda clase de servilismo, verdaderamente libre.
                          
Ya sé que hoy, con la palabra o con la pluma, servidores y mandatarios bien conocidos y súbditos del reino de la mentira, pretenden, de un modo especial, ofender, mancillándola, la figura de Francisco Franco.
                    
Por eso, a la vera del Palacio desde el que tantas veces nos habló y tuvimos la dicha de oírle, yo, argumentando en contra de quienes calumniándole le insultan, proclamo con la máxima energía que Francisco Franco, católico practicante fue, en frase de Pío XII, de todos los jefes de Estado el más querido de la Iglesia; que, como militar, fue el centinela de Occidente y la espada más limpia de Europa; y que, como gobernante, hizo de España, modernizándola, en el mejor sentido, la novena potencia industrial del mundo, haciendo también real y palpable que entre nosotros no hubiera ni una familia sin hogar, ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan.
            
Si ésta es la lección del pasado próximo, veamos ahora, sin obcecación y como testigos del momento, las secuencias sobre el presente de la película que visionamos.  Estas son las imágenes: descristianización de nuestro pueblo, que llevado de un ímpetu suicida ha ingresado en “la cultura de la muerte”, con los cuatro millones cien mil abortos de que nos habla el libro “España social”; la ruptura por el divorcio de uno de cada cuatro matrimonios, la creciente equiparación al matrimonio legítimo de las convivencias maritales de hecho y de las parejas de homosexuales, incluso en los cuarteles de la Guardia Civil; la siembra de inmoralidad a través de los medios informativos; los crímenes pasionales y la inseguridad ciudadana —solo semejante a la de Chicago cuando la Ley Seca—, y la impunidad de las blasfemias con que se atreve a anunciarse, por ejemplo, una exposición en Barcelona.
             
Si esto es así —y nadie podrá negarlo— añadimos ahora que la unidad de España corre peligro inminente.  El desafío independentista del gobierno Ibarretxe, la propuesta de un Estado catalán soberano, y la debilidad tanto del Gobierno como de la oposición, nos obligan a presumir y temer que la amputación de España, que ya era potencial en un Estado de autonomías políticas, pueda estar próxima, y que esta amputación, que puede comenzar por la de las provincias vascongadas, sea un estímulo para el troceamiento y desgarramiento de la nación española.
             
Nosotros —lo hemos repetido infinidad de veces—, no queremos regresar al pasado, pero no renegamos del pasado; y no renegamos por dos razones.  La primera, porque la memoria histórica, es decir, la experiencia del pasado nos sirve de guía para no cometer errores y para corregirlos, pero también para detectar los aciertos y completar y perfeccionar la obra; y la segunda, porque, en la intimidad más entrañable de una estructura política pueden descubrirse unos Principios que la rebasan, que no se circunscriben a una época, sino que, aun cuando ésta cambie y se manifieste con perfiles distintos, permanecen y han de ser proclamados y definidos como fecundos manantiales de una sociedad próspera y de un Estado eficaz.
                
Como cristianos, en este domingo, fiesta de Cristo, Rey del Universo, vamos a gritar ¡Viva Cristo Rey! y, como españoles, que amamos a España y para España queremos lo mejor, ¡Arriba España!
               
(Fragmento del discurso que Blas Piñar pronunciara el 20 de noviembre de 2003)
               

viernes, 17 de julio de 2009

En la semana del Alzamiento (II)


LA ÚLTIMA CRUZADA

El 18 de Julio de 1936 sigue siendo una fecha clave y, a la vez, desencadenante. La hoja del calendario que señalaba el día, el mes y el año, fue desprendida, pero el acontecimiento que enmarcaba continúa vivo, porque fue trascendente, saltando la frontera temporal de unas horas fugitivas.

Se iniciaba un Alzamiento militar en España. Tenía un respaldo civil importante. Respondía a una exigencia biológica nacional. Contaba con una doctrina y un programa político entrañado en la Historia y con proyección de futuro.

No fue un pronunciamiento castrense al estilo decimonónico, ni una lucha entre facciones que aspiraban a la conquista del poder. No fue una guerra civil químicamente pura. Fue el planteamiento beligerante y castrense de un combate ideológico en el que se debatía lo sustancial, en el que se había hecho necesario y urgente, como había dicho José Antonio, dar la existencia para salvar la esencia.

Por eso la contienda española quedó “ab initio” desbordada. Desbordada, porque adquirió dimensiones universales; y no sólo por la presencia en uno y otro frente de voluntarios no españoles, sino porque en cada nación del planeta el enfrentamiento se produjo a nivel de la simpatía y hasta de la ayuda a uno u otro bando contendiente. Desbordada, porque los valores en juego, los que habían informado la Cristiandad, como manifestación política del Cristianismo, elevaron la lucha a la categoría de Cruzada, como la Iglesia la calificó reiteradamente.

Fe y Patria, Altar y Hogar, fueron, en síntesis, las ideas que movilizaron a una de las mejores generaciones españolas de todos los tiempos a empuñar las armas o a morir, sin una queja, victimada en parte por los enemigos, en las tapias de los cementerios, en las bodegas de los buques de carga, en las escolleras de los puertos, en lo profundo de las minas, al borde de los caminos.

Esos ideales hicieron posible mantener nuestras constantes históricas, como la resistencia de Numancia y Sagunto, renovadas en el Santuario de la Virgen de la Cabeza y en el Alcázar de Toledo, o la del patriotismo sacrificado que ahoga la voz y el instinto de la sangre, como el de Guzmán el Bueno, actualizado por el coronel Moscardó.

Con esa armadura espiritual se explican los héroes y los mártires, y los procesos de beatificación y canonización de las Carmelitas de Guadalajara y los Pasionistas de Daimiel, entre tantos otros. Y a ellos siguen y seguirán los miles que aguardan aún la pública y solemne proclamación oficial de sus virtudes ejemplares.

El Estado que comenzó a construirse a partir del Alzamiento, que fue gestándose en la tensión guerrera de la Cruzada y que se perfeccionó a raíz de la victoria del 1º de Abril de 1939, quiso inspirar su ordenamiento jurídico en el Evangelio, y transformar el talante del español de tal manera, que olvidara aquella frase decadente y pesimista de Cánovas del Castillo, “español es el que no puede ser otra cosa”, y asimilar hasta el tuétano la de José Antonio: “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”. Una y otra frase simbolizan a la generación resignada y plañidera del '98 —por muchos que fuesen sus méritos literarios— y a la generación optimista y emprendedora de 1936.

España surgió de la miseria material y moral. El país fue reconstruido y “cambió de piel”. La revolución industrial se hizo con éxito, no obstante su retraso y el cerco exterior, injusto e impuesto por el triunfo aliado y su debilidad ante la presión comunista. Los españoles se reconciliaron y un largo período de paz interior, poco corriente en nuestra Historia, sorprendía a un mundo que miraba con asombro —amor, envidia, odio— la fuerza operativa de una España que se había reencontrado a sí misma.

No quiero comparar esa España con la España de hoy. El análisis de un cambio profundo a peor, como el que ahora se está produciendo, y que incide por su gravedad en la subsistencia de España como ser colectivo, el estudio de las causas que han conducido a este cambio y la contemplación de los grupos y fuerzas —no sólo políticas— que lo han respaldado y lo respaldan, exigiría un trabajo más extenso que no pasa, sin embargo, a la tierra del olvido.

La Cruzada española, la última Cruzada, está ahí —pese a la manipulación intencionada— como un punto de reflexión intelectual, pero también como una bandera alzada o una convocatoria viril para los hombres que no quieren convertirse en marionetas o las patrias que se niegan a convertirse en colonias.

Blas Piñar

sábado, 22 de noviembre de 2008

Feliz cumpleaños


EN LA FIESTA
DE BLAS

El 22 de noviembre, festividad de Santa Cecilia, llegó a sus primeros noventa años nuestro querido amigo, maestro, camarada y hermano, Blas Piñar. No cometeremos la torpeza de intentar en dos líneas una semblanza de su obra notable; ni cometeremos la desubicación de rendirle un homenaje de esos que más semejan un obituario que un festejo. Blas —que entre otros dones, ha sido tocado por el del permanente y chispeante sentido del humor— no nos lo perdonaría.
Sólo queremos decir la verdad. Y la verdad es que los noventa años de la vida de este hombre singular, estuvieron consagrados por entero a Cristo Rey y a la España Eterna. Consagrados sin reservas, sin vacilaciones, sin desmayos ni pausas. Consagrados cuando la lozanía de la juventud lo acompañaba, y cuando la enfermedad destrató su cuerpo; cuando la Iglesia y nuestra Madre Patria eran dos realidades fulgurantes, y cuando ambas cayeron bajo las desgarraduras de la traición y del dolor.
El mérito enorme de Blas —el que ni siquiera los peores enemigos han osado jamás ponerlo en cuestión— es el de la coherencia, el de la lealtad, el de la fidelidad a los ideales de la Cruzada. Por esos ideales sigue dando batalla, y nosotros profesándole nuestra admiración y nuestro afecto. Ejemplo de lucidez y de coraje, de patriotismo militante y de sentido apostólico de la vida, le llegue desde estas llagadas tierras argentinas, que alguna vez formaron el mismo Imperio con las de Iberia, nuestro saludo diestra en alto, y el inclaudicable grito de ¡Arriba España!

Un bello de texto de Don Blas, que vale la pena recordar:


HIPÓCRITAS

• Los que se amedrentan y atemorizan ante las explosiones termonucleares por vía de ensayo, y no tuvieron escrúpulos para lanzar la primera bomba atómica sobre los seres indefensos de Hirosima.

• Los que condenaron al fuego hombres y ciudades, y en Nüremberg se erigieron en jueces de los criminales de guerra.

• Los que hoy, pusilánimes y temblorosos, llaman la atención sobre el peligro comunista, y se aliaron con el comunismo entregándoles como botín patrias y culturas.

• Los que alardean, vocingleros, de anticomunistas, y, en el fondo, buscan anhelantes una fórmula de coexistencia que les permita vivir tranquilos, aunque millones de hombres continúen gimiendo como esclavos los que firman alianzas y establecen bases estratégicas de carácter militar en países a los que llaman amigos, y luego los abandonan indiferentes y mudos cuando estos países se encuentran en el momento difícil.

• Los que incitan a la lucha por la libertad movilizando voluntades con espíritu de sacrificio, y después, iniciada la lucha, permanecen impasibles ante la represión brutal del enemigo.

• Los que hicieron su historia y su grandeza volando buques y atribuyendo culpas para justificar la intervención armada en beneficio propio, y ahora se escandalizan de sus mejores discípulos.

• Los que hablan de libertad de pensamiento y de libertad de prensa, y de modo sistemático, y con arreglo a prejuicios irreformables, ahogan ciertas noticias, las desfiguran o las inventan, y en vez de una censura inspirada, aunque cometa errores, en el bien común, crean tantas censuras solapadas y clandestinas como intereses sectarios o grupos de presión económica y política.

• Los que presumen de anticolonialistas, y al exigir la independencia y la autodeterminación de los pueblos subdesarrollados, pretenden uncirlos al yugo de una total dependencia económica.

• Los que quisieron o toleraron la división de Berlín, de Alemania, de Corea y del Viet-Nam, y se rasgan las vestiduras y atropellan el derecho por la división del Congo.

• Los que facilitaron armas, brindaron aliento y proporcionaron la mayor propaganda gratuita a Fidel Castro, y se estremecen ante los horrores del sistema y, lo que es más grave, ante su enorme fuerza de contagio.

• Los que mantienen relaciones diplomáticas con las naciones ocultas tras el telón de acero o el telón de bambú, y patalean si otros Gobiernos de la órbita occidental aspiran a seguir su ejemplo.

• Los que juegan a mantener gobiernos liberales sin apoyo popular auténtico y sin obra social entre las manos a sabiendas de su enorme debilidad para oponerse al marxismo.

• Los que ofrecen millones en concepto de ayuda generosa, y abonan precios de hambre por la riqueza obtenida en los países a los cuales la ayuda se ofrece.

• Los que predican los derechos del hombre, y, sin embargo, le arrancan el derecho a la vida al impedir los movimientos migratorios, condenan al hambre a millones de ciudadanos y estimulan, sin preocupaciones morales, el control de los nacimientos y el aborto.

• Los que hablan de democracia, de sufragio universal y de un hombre un voto, y después condicionan el voto al pago de un impuesto, para evitar el voto de los negros pobres, o al conocimiento del inglés, para evitar el voto de los ciudadanos de raíz cultural distinta; los que exigen el respeto a las minorías, y ahogan con hábil y paciente terquedad a las que existen dentro de las propias fronteras.

• Los que mientras favorecen las llamadas reivindicaciones territoriales de otras naciones mantienen con orgullo colonias inútiles en países soberanos.

• Los que hacen del pacifismo y de la no violencia adagio y norma de conducta, y usan la fuerza cuando así lo consideran oportuno.

• Los que a un tiempo atropellan al débil y observan una actitud cobarde respeto frente al vecino poderoso que los ofende.

• Los que se dicen defensores ardientes del mundo occidental, y abren, negociando y a espaldas de Occidente, un portillo por el cual un río de divisas occidentales contribuye a aumentar la fuerza del comunismo.

• Los que nos ofrecen su amistad y, a esas alturas y refiriéndose al descubrimiento de América, se atreven a escribir con carácter oficial: “It was no accident that the voyages which led to the discovery of America were led by an Italian. Italian seamanship was supreme. The exploration of the Western Hemisphere was a direct result of the inquiring mind of 15th century Italy”, desconociendo y despreciando así la obra de España.

• Los que eluden el vocablo Hispanoamérica y no estarían dispuestos a conseguir consentir que se hablase de África latina.

• Los que lisonjean al llamado catolicismo liberal y progresista, y buscando su colaboración y ayuda bajo el lema de comprensión, diálogo y claridad, acaban, cuando triunfan, persiguiendo y aniquilado a la Iglesia de Cristo. Pero nada es tan oculto que no se haya de manifestar, ni tan secreto que al fin no se sepa (San Lucas, XII, 2). En estos años hemos aprendido muchas cosas, tantas y tan graves, que a nuestros hermanos podemos repetir aquello de Cristo: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”.

Blas Piñar