sábado, 9 de agosto de 2008

Como decíamos ayer


LA PARTIDOCRÁTICA
COMPLICIDAD

Cuando en 1973 la partidocracia íntegra reunida en el Congreso Nacional como mandataria de la soberanía del Pueblo, tuvo a bien disponer que su primer acto legislativo consistiera en amnistiar a los delincuentes subversivos que venían de incendiar al país, no sólo realimentó al terrorismo del modo más eficaz. Hizo algo más y, si cabe, más grave y repugnante: le dio status político al marxismo armado, le concedió o, mejor dicho, le ensanchó un espacio en el interior del cuerpo social de la Nación del que antes carecía. Es decir, le proporcionó al terrorismo el instrumento, el método y el elemento que le son indispensables para su triunfo, según la enseñanza de Mao.

A partir de la sanción de aquella ley de amnistía, por la cual esos homicidas sin inhibiciones retornaron al seno de un país al que habrían de ensangrentar como en una guerra civil, la Revolución dispuso de un principio de legitimidad. Esto es esencial, fundamental, inapreciable para la subversión, tanto política como dialéctica, sociológica y éticamente. Todo su esfuerzo inicial se dirige y se concentra en erigir un rudimento y una parodia de legitimidad, al lado y paralela a la establecida. Se trata, claro, de la legitimidad revolucionaria desde la cual reclamará el apoyo y la colaboración del ciudadano común que no entiende qué está pasando ni de qué se trata, pero que vislumbra que junto al Estado en el que nació y al que conoce, se está desarrollando otro que también le ofrece o le puede ofrecer lo que busca en su vida dentro de un poder: la seguridad y, quizá, la paz. En todo caso, a partir de esa vuelta de tuerca el enfrentamiento armado se le aparece como una lucha entre dos poderes más o menos igualmente legítimos.

De esta manera, al contar la guerrilla montonera —con una usina de alimentación en Cuba y con su epicentro en Moscú— con un verdadero “bill” de indemnidad consiguió, como en un monstruoso golpe de yudo, todo el poder ejemplificador y paradigmático que otorga la autoridad. En otras palabras, los legisladores de 1973 —que, nombre más, nombre menos, son los mismos que luego del 30 de octubre de 1983 se abalanzaron sobre sus bancas— incorporaron al terrorismo a la convivencia nacional. Entonces se produjo la alteración más profunda y repentina de los valores tradicionales de la Argentina; entonces se supo que se podía matar y vejar para hacer política, y que la vesania era una forma admitida de ella.

Pero los diputados y los senadores de todos los sectores dieron todavía un paso más, que habría de completar y de culminar al anterior porque disolvieron el tribunal creado para juzgar a los terroristas; esto es, destruyeron simultáneamente el margen y el marco de legitimidad en el que la violencia marxista estaba siendo combatida. El Estado, al tiempo que declinaba su autoridad y que accedía a compartir su legitimidad, disolvía la propia, se cerraba todas las vías de solución y arrastraba al problema de la subversión a un callejón sin salida. Todo el desafío recaía a partir de entonces sobre las Fuerzas Armadas porque el Estado de Derecho se había rendido y abandonado sus obligaciones. Todo se tornaba irracional.

En 1983 la historia se volvió trágicamente recurrente. Los que perdonaron contra derecho y equidad una década atrás, se encargaron también de demoler, golpe a golpe, el aparato montado precipitadamente para defenderse de los bárbaros y ocupar el vacío dejado por la autoridad que se había subsumido en sí misma y disuelto por propia decisión. No sólo no se mostraron arrepentidos de sus equivocaciones ni de sus concesiones ni alarmados entre las consecuencias de unas y otras, sino que parecieron dispuestos a reincidir en los yerros y en las traiciones. Pecaron contra el espíritu al cerrar los ojos a su luz, puesto que no se podía esperar un resultado distinto al que se había producido diez años antes, con el incremento demencial de la ola de terror hasta llegar al desgobierno. Una vez más, pues, la partidocracia argentina optó por la complicidad con la Revolución nihilista, con cuya presencia y ante cuya vista la vida política se hace imposible y la ciudad irrespirable.

Por supuesto, cualquiera sea el resultado de sus esfuerzos para destruir la represión (a la que odian no por sus abusos sino sus usos), su culpa permanece y es inmemorial. Ayer liberaron las energías de la locura, del odio, del mal y de la irracionalidad; hoy anulan, amenazan y neutralizan las fuerzas que —con sus excesos y sus yerros y a pesar de ellos— lucharon y lucharán para que la Patria no se hunda en la anarquía contemporánea. Una anarquía de la que los guerrilleros son sus soldados y esos políticos sus abogados.

Nota: No, este Editorial no fue escrito hace quince minutos. Pertenece a “Cabildo”, pero de la segunda época, del año… 1983.

viernes, 8 de agosto de 2008

Santo súbito


LA FECUNDIDAD ESPIRITUAL
DE LA IGLESIA
EN EL MUNDO


Hemos hablado suficientemente de las oposiciones y las tristezas. Evoquemos recuerdos más alegres, no estemos atentos sólo a las tristezas, y no presentemos una imagen falsa de la Iglesia actual: una, católica y apostólica, sin duda, pero también santa, y madre fecundísima de santidad, que engendra perpetuamente una muy noble prosperidad de santos.

Durante este Año Santo, no solamente notemos esas espléndidas luces que han sido propuestas al mundo entero como ejemplo y protección, sino también esa santidad difundida por todo el género humano, atributo de todos los estados de vida y de todas las edades, que guarda la prudente vejez y la edad madura, la infancia inocente y la joven edad, que —cosa casi milagrosa— defiende de las llamas de la concupiscencia a la juventud arrojada a una verdadera hoguera babilónica, y nos arranca esta exclamación: “¡Oh!, qué hermosa es la casta raza con su brillo!” (Sabiduría, IV, 1).

Esa juventud, la mejor muralla de la Acción Católica, remarcable por su piedad y por sus obras, está colocada bajo el patronazgo de la Virgen, la cual, como se dijo, es bella como la luna y brillante como el sol, pero también es terrible como un ejército ordenado para la batalla.

¿No vemos (…) renovarse los ejemplos de santidad que, en tiempos de la primitiva Iglesia, han brillado en las cárceles, en los anfiteatros y en la sombra de las catacumbas? Recientemente, ¿no han elevado, por medio del testimonio de su sangre, un monumento a Cristo Rey más durable que el bronce? Son verdaderamente imperecederos y están por encima de toda alabanza estos mártires que, por la defensa de los derechos del Cristo eterno, han caído gloriosamente al grito repetido de “¡Viva Cristo Rey!”

Recuerden esto sobre todo los hombres dedicados a Dios, que son discípulos de Cristo y de Cristo crucificado, que han seguido el camino de los consejos evangélicos y que, espirituales en su vida y en sus modos, han quebrado su cuerpo, con sus vicios y concupiscencias por unas mortificaciones voluntarias.

¡Quién podrá enumerar a esas vírgenes puras que, esperando la venida del Esposo celestial, han llevado en la carne una vida comparable a la de los ángeles!

Quién sabrá el número, mejor conocido por Dios que por los hombres, de aquellos que, aún entre los laicos, tienen sed de justicia, y van transcurriendo con celo el camino de los mandamientos divinos hasta alcanzar las cimas de la perfección.

Por eso, todo bien pesado: por un lado, la gran multitud de hombres ajenos a Cristo, y por el otro, la fecundidad magnífica de la Iglesia, que regada con la Sangre del Salvador produce frutos muy abundantes de santidad, debemos sentirnos apremiados por cultivar generosamente, al precio de nuestros sudores, el campo del Señor, y también apremiados —porque nuestro esfuerzo por recoger una mies tan grande no bastaría— por rezar con instancia al Señor de la mies, a fin de que envíe obreros a su campo.

Cardenal Eugenio Pacelli

Nota: Este bello texto ha sido tomado de su “Hora Santa sacerdotal”, del 26 de abril de 1935.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Conferencias selectas


EL SENTIDO CRISTIANO
DE LA VIDA

El Profesor Jordán Bruno Genta es el autor de la conferencia cuyos párrafos más salientes reproducimos a continuación, y fueron pronunciados en la localidad argentina de Rosario, en la Provincia de Santa Fe, en el mes de agosto de 1972.
El Profesor Genta fue el formador de más de una generación de hombres de armas que supieron darlo todo, hasta sus vidas, en la guerra contra la subversión marxista que se desató durante la segunda mitad de la década del ’70.
La palabra esclarecida, valiente y enérgica del Profesor Genta fue una antorcha que iluminó el camino de la Verdad en tiempos donde muchos corren tras las fábulas. Su sangre (que derramara generosamente en aquella mañana del 27 de octubre de 1974, fiesta de Cristo Rey, cuando los subversivos al servicio del comunismo internacional lo asesinaron a la salida de Misa) refrendó, definitiva y virilmente, el testimonio de una vida que podría resumirse en una frase de San Pablo: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir ganancia” (Filipenses, I, 21).


Hoy vamos a hablar de dos programas de vida que tienen una meta, las cuales difieren del uno al otro de un modo tal que son exclusivas y excluyentes entre sí. Uno de los caminos, unos de esos programas de vida está hoy en pleno auge y en pleno desarrollo triunfal en el mundo: es el que se define en el materialismo ateo, o sea los caminos del marxismo.

El otro es el camino del cristianismo, el sentido cristiano de la vida, que humanamente pareciera estar en derrota. Hay un hecho que es evidente. Si el éxito fuera la prueba de la verdad de un sistema, de una concepción del mundo y de la vida, de un programa político, es evidente que el marxismo es el acontecimiento más exitoso de todos los tiempos.

Si uno piensa que el “Manifiesto Comunista” fue publicado a comienzos de 1848, ha pasado apenas un siglo y unos cuarenta años, y en ese tiempo ese manifiesto ha configurado un movimiento ideológico y político que domina la mitad del mundo y que tiene a la otra mitad entre sus garras.

No hay acontecimiento que tenga, digamos así, una extensión mayor que este, dimensiones tan grandes considerado en el plano humano temporal, como el marxismo comunista. El movimiento del comunismo ateo.

Cuando hoy la Iglesia insiste en que el ateísmo es el fenómeno más grave de nuestro tiempo, ese fenómeno está configurado en ese ateísmo sistemático, que es justamente el comunismo, y el comunismo es el éxito, es el triunfo; por eso vemos, inclusive, que hasta en el seno mismo de la Iglesia se suscitan movimientos, como por ejemplo el de los “Sacerdotes para el Tercer Mundo”, los cuales de un modo u otro aparecen con una afinidad, con el afán de asimilarse, de conciliar, de encontrar de algún modo la coincidencia con el movimiento marxista.

Que se llame “Socialismo Cristiano” es lo de menos: objetivamente considerado, el socialismo es exactamente lo mismo que el comunismo, porque en política o en la historia no cuentan para nada las intenciones subjetivas de las personas: lo que interesa son las grandes líneas de fuerza, los grandes movimientos efectivos, objetivos que van cumpliendo sus etapas y realizando sus objetivos. Todo lo demás, es arrastrado, es llevado en ese proceso, en ese impulso, de manera que el éxito, que es evidentemente la prueba de validez, en el terreno de las ciencias exactas y experimentales, no lo es de ningún modo en el terreno social y político, que es del orden moral. La política es moral o inmoral, pero no puede ser una cosa diferente como una piedra o un fenómeno físico.

Es evidente que en el terreno de las ciencias exactas y experimentales, en el terreno de la técnica y de la industria, el éxito es la prueba de la verdad. Si un cálculo está mal hecho, el experimento no sale, si las condiciones en que ha de realizarse un experimento son equivocadas, el experimento no se realiza, hay que rectificar, hay que revisar de nuevo, hasta llegar al cálculo exacto y a las condiciones experimentales precisas para que se produzca esa transformación en el plano de los fenómenos físicos.

En cambio, en el mundo moral, en el mundo del hombre, en el mundo de la sociedad y de la historia, el error y el mal, la mentira y la falsedad, tienen su eficacia. Obran consecuencias, a veces consecuencias irreparables, tanto para la vida de una persona, como para la vida de una nación, porque aquí el éxito no prueba nada: el éxito simplemente puede ser la consagración de la cosa más inhumana, de la cosa más contraria a la naturaleza misma del ser.

Y la mejor prueba de que es así, es que nosotros, los cristianos, adoramos a un Dios hecho hombre en la figura de la derrota, en la figura de la crucifixión.

Aparece en esa figura como derrotado por el mundo, y no olvidemos ese plebiscito tan ampliamente democrático que se produjo cuando Pilatos, en un esfuerzo supremo, quiso salvar a Cristo y entonces lo presentó a la multitud junto al criminal más conocido, el más perverso de Jerusalén. Lo presentó ante la multitud para que ella decidiera quién debía ser eximido de la crucifixión, y la multitud, sin una sola excepción (pues de lo contrario, estaría reflejada en los Evangelios), pidió la muerte para Jesucristo y la libertad para Barrabás.

Ahí tienen ustedes lo que es el éxito en el plano temporal; por eso, para nosotros los cristianos el resultado de nuestros empeños no cuenta principamente. Cuando somos fieles al testimonio de la verdad y cuando combatimos resueltamente el error, podemos caer, podemos perder y eso no ha de contar para nada en nuestra definición y en nuestras decisiones, porque lo que interesa es el testimonio, y no los resultados, aunque los resultados también cuentan y uno lucha para que esos resultados lleguen, pero pueden no llegar, porque además la historia la hace principalmente Dios, y después de Dios, el diablo; y ahí estamos nosotros, como una apuesta entre las dos acciones que gravitan sobre nosotros, y en las cuales se decide nuestro destino.

Ahora bien, hay algo que es evidente en nuestro tiempo, porque tenemos que considerar que la inteligencia es el principio de todo, incluso la creación. El mundo ha sido creado por la virtud del Verbo, de la Inteligencia Divina, y en el orden humano en la inteligencia comienza todo lo grande y todo lo miserable y ruin. Todo principia en la inteligencia: una revolución o una restauración.

Y nosotros tenemos que considerar que el día de hoy, digamos así, se estudia al hombre a través de las ciencias que configuran la antropología, la psicología, la sociología, la economía, el derecho, la historia: todas estas ciencias se han secularizado totalmente. Se estudian prescindiendo absolutamente de Dios, sobre todo del Dios vivo, Nuestro Señor Jesucristo, e incluso se considera que no es científico estudiar por ejemplo el alma, como la estudia San Agustín en el “Tratado de la Santísima Trinidad”, que es un tratado realista acerca del alma.

¿Cómo estudia el alma San Agustín? La estudia desde Dios, porque el alma, aún para los grandes maestros del pensamiento pagano, como Platón o Aristóteles, el alma humana es un principio inmaterial e inmortal, y además nuestra fe nos enseña que el alma de cada uno de nosotros está hecha a imagen y semejanza de Dios, pues San Agustín estudia el alma del hombre desde Dios, como semejanza, como reflejo, como imagen de Dios.

Estudia las grandes facultades y potencias del alma, como la memoria, la inteligencia y la voluntad en analogía, como semejanza de las Personas Divinas. La memoria fiel, la memoria que es algo así como el testimonio permanente de la verdad que hemos ido atesorando en nosotros, en la experiencia y en el estudio, la memoria fiel es como una especie de reflejo del Padre.

La inteligencia que piensa, que define, que concibe, que dice lo que las cosas son, que llama a las cosas por su nombre, es como una imagen y un reflejo de la persona del Padre y del Hijo y todo el desarrollo del “Tratado…”, es desde esa visión. Desde Dios estudia el alma: ¿quién se atrevería, inclusive a hacer ciencia del alma, según este criterio? Estoy hablando de cristianos, no de paganos o de ateos.

Casi toda la psicología que hoy se estudia, incluso en los medios católicos, es zoología pura, porque no se estudia al alma según Dios, la estudian desde el animal. Si la ciencia no es teológica y metafísica, la ciencia del alma necesariamente es zoología pura. Y este punto de vista zoológico de la psicología tiene primacía total.

Sea la psicología, la reflexología, el propio psicoanálisis, la psicología entendida como ciencia experimental, de test, de cuestionario; en general, esa ciencia está encarada para derivar una técnica que maneje las cosas del alma, como la técnica en el orden del mundo físico y material maneja las cosas materiales.

Lo mismo pasa con el estudio de la cosa social y de la cosa política, no se radicalizan los problemas sociales y políticos, reconociéndoles ante todo como problemas religiosos.

Hay algo que es evidente: la presencia del mal en el mundo, las injusticias, las calamidades, las explotaciones del hombre por el hombre, la violencia del hombre hacia el hombre, todas las manifestaciones del mal social, histórico, no se interpretan desde su raíz en el pecado original.

El pecado original ha sido desterrado del campo de la ciencia y de la práctica humana, aún entre los cristianos; y cuando en el siglo XVIII fue sustituido el dogma del pecado original en la conciencia, digamos así, pública y oficial, y eso se ha ido generalizando, a través de las universidades, de las ciencias, de los estudios en el desarrollo de los últimos dos siglos; ese dogma del pecado original fue sustituido por el falso dogma de la inmaculada concepción del hombre.

“El hombre nace bueno, dice Rousseau, y la sociedad lo corrompe”. Entonces, ¿cómo se remedia el mal? Arreglando la sociedad, cambiando las estructuras, como se dice ahora. Es un problema de estructuras sociales. Así como todas las estructuras históricas han sido negativas, funestas, distorsionadoras de ese germen inmaculado, de ese ser inmaculado que es cada hombre al nacer, entonces ahora se trata de modificar esas estructuras, de cambiarlas ajustándolas de tal modo que preserven ese germen bueno del hombre.

Y todo el mundo está en eso, inclusive están en eso los hombres que profesan la fe de Cristo. Cuando el problema del mal no es un problema de origen histórico-social, al menos no para un cristiano que sea consecuente con su profesión de fe. El problema del mal no es un origen puramente humano, surgido de las relaciones entre los hombres. El problema del mal no comenzó con el problema entre Caín y Abel: Caín lo mata a Abel por envidia. ¿Adónde está la raíz de esa inclinación perversa, de esa decisión final de destrucción y de muerte? La raíz está en el pecado del hombre a Dios, frente a Dios, contra Dios. El problema del mal tiene una raíz teológica, el problema del mal tiene un origen teológico, es un problema del hombre con Dios.

Y la consecuencia de esa desobediencia del hombre a Dios, de ese haberse quedado el hombre separado de Dios, dividido de Él y a sus espaldas, librado a sí mismo y volcado hacia la nada, justamente todos los males entre los hombres son la consecuencia de este mal original, porque el hombre se vuelve inhumano para con los demás hombres y para consigo mismo, en cuanto él pierde la unidad con Dios.

Entonces: ¿dónde está la solución posible, concreta, real, de los problemas sociales y económicos del mundo? Ante todo en la cuestión religiosa; y la solución de la cuestión religiosa es Cristo, por eso cuando se desterró el dogma del pecado original se empezó a promover con aparato científico, el falso dogma de la inmaculada concepción del hombre.

Cristo fue progresivamente eliminado de las ciencias y de la praxis humana, fue eliminado porque si no hay pecado original, y si ese pecado no es una cuestión suscitada entre el hombre y Dios, aunque haya habido un seductor, aunque ahí esté el padre de la mentira incitando al hombre a la desobediencia y a cambiar las cosas, a cambiar esto, a cambiar el hecho de que si Dios, en los planes de Dios, está la deificación del hombre.

Él es el que santifica al hombre, el que en alguna medida lo diviniza, haciéndolo partícipe de su propia vida divina y finalmente de la visión del mismo Dios en la Gloria. El diablo sugirió al hombre que él, desacatándolo, desconociendo a Dios, podía ser Dios él mismo, deificarse a sí mismo.

Si uno analiza lo que está ocurriendo, es lo que dice Paulo VI: “El humanismo laico y profano ha aparecido finalmente en toda su horrible dimensión. La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión del hombre que se hace Dios”. Que se pretende hacer Dios, que se coloca así en el lugar más avanzado, en la iniciación de todo un proceso evolutivo ascendente que llega hasta él y luego en él el progreso, la evolución se convierte en algo que él protagoniza, que realiza desde sí mismo, por sí mismo, y que lleva adelante como si él fuera el mismo Dios.

“En la cumbre del evolucionismo profano —agrega el Papa— el hombre termina por transformarse en Dios. Hoy el hombre busca su propia gloria y no la Gloria de Dios. La negación de Dios, de pura teoría, se está convirtiendo en práctica pura, en mito de las multitudes. El ateísmo racionalista y escolástico se va siguiendo por el ateísmo materialista y social, es decir, por el comunismo ateo. El hombre sin Dios lo puede todo… y acaba por perderse a sí mismo”.

Como ven, en la psicología que se estudia en cualquier facultad y se encuentra en cualquier tratado, están ausentes el pecado original y el remedio de ese pecado, la consideración de las consecuencias o de los efectos producidos en el hombre, como causa de la Justicia que Dios le aplicó como sanción por su desobediencia y alejamiento.

El debilitamiento, oscurecimiento de la mente, debilitación de la voluntad para obrar el bien aún queriéndolo, la temporalización de la vida del hombre que termina en decrepitud y muerte: toda esta proclividad y mal que hay en nosotros, son consecuencias reales, efectivas. ¿Cómo es posible que una ciencia que estudia el alma no estudie dichas cuestiones y problemas? Hablo de la ciencia profana misma: ¿cómo es posible que prescinda de estas realidades indiscutibles? Como dice Agustín: “Puedes no aceptar el dogma del pecado original, pero no puedes dejar de reconocer la presencia en ti de la inclinación y la proclividad al mal”.

Esto es algo evidente, y sin embargo la ciencia del alma desconoce el pecado original, que el alma es imagen de Dios, que el pecado la ha deshecho y que Cristo la rehace en nosotros al unirla de nuevo a Él. Frente a las ciencias sociales y políticas resulta que se prescinde totalmente del pecado original y de sus consecuencias, del significado profundo de las injusticias sociales por las cuales hoy clama el mundo.

Ese problema no cuenta; ¿qué queda de los fenómenos del hombre, sean personales o sociales, si prescinden de las realidades fundamentales, que llevan necesariamente al plano metafísico y al religioso?

Así se explica la mentalidad dominante, especialmente en el campo superior, en el nivel universitario, la mentalidad de los profesionales y de los estudiantes, aún en los institutos católicos: la ciencia del hombre que se enseña no considera al hombre en su realidad, ni al hombre del pecado, ni al hombre redimido. No considera la incidencia de lo divino en lo humano, y ha sustituido la historia santa por una historia puramente exterior y material.

¿Cómo hemos aprendido historia, desde la primaria hasta la universidad? A través de las ciencias, las técnicas y los medios instrumentales de cada época, y el nombre de cada época es el de su técnica, el de sus instrumentos. Las edades se llaman: de piedra, la del paleolítico y del neolítico, y luego la del cobre y del bronce, la del hierro y hoy estamos en la atómica. ¿Cómo no se nombran las edades del hombre según lo que hace a la ciencia y a su fin último?

El alma que forma, que vivifica, que organiza al cuerpo y con él siente, que se mueve con sus impulsos, es capaz de sobrepasarlo con sus actos de pensamiento y de voluntad.

Entonces, esto nos permite comprender el auge y desenvolvimiento de las generaciones que van llegando, este pensamiento zoológico del hombre, su punto de vista zoológico de las ciencias. Así, claro está, Cristo va siendo desterrado hasta por los mismos que lo confiesan.

Recuerdo un congreso realizado en Entre Ríos, organizado por tres Obispos de allí. El que lo dirigía era un dominico llamado Ramblón, que actuaba con un asistente, el profesor Hander. La última conferencia, en un auditorio con más de 500 asistentes, gran parte de los cuales eran religiosos y sacerdotes llegados de toda la provincia, versó sobre los tiempos actuales, con el problema de las rebeldías de los obreros, de la juventud, de la mujer. Y se llegaron a decir cosas como ésta: que recién ahora, recién en este momento, la mujer había tomado conciencia de qué es ser mujer, ya que hasta ahora la mujer había vivido en una especie de oscuridad acerca de su ser, de su misión, de su presencia en este mundo, que había vivido sometida a esquemas y dictámenes procedentes del varón. Lo más asombroso es que esos cientos de religiosos aplaudían frenéticamente. Ellos, que rezan todos los días el Ave María, que invocan todos los días al Modelo, al Arquetipo de mujer, a la excelencia de todo lo femenino, de todo lo delicado, de todo lo distinguido, de toda la aristocracia y el señorío que comporta la mujer, la mujer que es Señora, que es Reina y que es Madre, resulta que recién ahora están aprendiendo lo que significa el ser mujer.

Este es el grado de confusión, el grado de subversión. Cuando vamos desenvolviendo nuestra conciencia histórica, nacional o universal, los desarrollos son principalmente a través de aquellas actividades del hombre que tienen que ver precisamente con el orden material y temporal de la existencia.

Las edades no se miden por la elevación del hombre o por su degradación, se miden por las ciencias y las técnicas que tienen que ver con el uso de las cosas.

En una época en que son tan extraordinarios los prodigios de la técnica y la organización racional de la producción, ¿acaso habrá ciencia o técnica, habrá máquina o inventos que puedan liberar al hombre del esfuerzo de ser hombre? ¿Acaso el esfuerzo que se necesita para elevarse en la virtud podrá ser realizado por alguna máquina, lo que supone el vencer, doblegar, ordenar todas las pasiones que tienden a dispersarse en nosotros y poder reunir todo eso y empuñarlo para hacerlo servir a la recta razón, a la luz de Dios?

El hombre confunde el ocio que deriva del hecho material y concreto de que una máquina hace las cosas que requerirían muchos esfuerzos y fatigas humanas, y confunde esos esfuerzos con los que le requerirían las disciplinas y exigencias que se reclaman para estructurar una vida conforme a la recta razón.

Así nos vamos aproximando a toda esta falsificación de nuestra perspectiva sobre la vida del hombre y su destino, que va derivando de todas estas ciencias y disciplinas humanas que han dejado de lado a Dios, al sentido del pecado y de la culpa, a la responsabilidad, a la redención. Que han dejado de lado a Cristo y que van elaborando una serie de ficciones acerca de la condición humana y de la vida de los hombres.

Esto explica que hayamos llegado a que sea el ateísmo lo que domine y prevalezca. Para un materialista ateo el sentido de la historia es la evolución inmanente del mundo, que a partir de una nebulosa incandescente ha llegado hasta el hombre, haciendo salir siempre lo superior de lo inferior, lo más rico de lo más pobre, lo más distinguido de lo más indistinto, haciendo surgir las formas, las distinciones, las calidades mejores de las inferiores y subalternas, y así paso a paso se van dando la idea de que lo mejor sale de lo peor, que lo superior sale de lo infieror, que la forma sale de la materia, que aquello que se va elevando del ser resulta apenas una consecuencia de las instancias inferiores que lo determinan. Entonces, claro está, el mineral explica al viviente vegetal; el viviente vegetal, explica al animal, y el animal explica al hombre, que aparece en la culminación y toda la historia del hombre, no es sino la historia de esas técnicas y de esos medios instrumentales que el hombre va creando a través de las ciencias exactas y experimentales de la técnica y de la industria que derivan de ella.

Esa es la historia que nos ha conducido a la idea de que la solución final, el sentido de la felicidad, la alcanzaría el hombre el día en que, gracias a esa prodigiosa ciencia y técnica, como ya está ocurriendo, produzca tal abundancia de bienes, como para colmar las necesidades de todos.

Según Nietzsche, “la humanidad se encamina a la sustitución del sentido de la personalidad humana por el trabajo colectivo elevado a la más alta producción y se encamina hacia una felicidad de potrero verde”. Supongamos que la humanidad colmara sus necesidades materiales, ¿eso significaría la solución de los problemas reales de la vida del hombre?

No decimos que no sea necesario un bienestar suficiente, pero de suyo no lo es todo. A veces, en medio de la necesidad extrema, los hombres han dado testimonios mayores y en otros casos han hecho renuncia voluntaria de todas esas cosas para llegar a ser sobre la tierra el testimonio de la existencia de Dios, porque la verdadera historia, como la verdadera psicología y la verdadera sociología, es una historia santa, es la historia de la salvación.

La historia que despreciamos o que ya no leemos ni nos acordamos, todo cuanto se relata en el Antiguo y Nuevo Testamento, todo lo que sigue como historia religiosa, historia de la Iglesia, he ahí la verdadera historia del hombre, y no comienza con una nebulosa, sino que tiene un principio, un centro y un fin: la presencia de Dios en la tierra.

¡Cristo es su centro! En sus tres años de vida pública, en su Pasión, Muerte y Resurrección se ha consumado toda la historia del hombre.

Después de Él, de estos hechos reales, no puede haber nada nuevo en la historia. Todo se consumó en Él y en la Santísima Virgen, y toda la historia que viene después de Él es la historia de la esperanza y del cumplimiento de las promesas que le ha dejado a los hombres, así como todo lo anterior a Él fue una preparación, una prefiguración de su venida.

La historia verdadera del hombre es la historia de la salvación, que se extiende entre la creación y la resurrección final de los cuerpos de los vivos y los muertos, y no lo que dice el “Manifiesto Comunista”. Veamos esa visión de la historia: “La historia de la sociedad, hasta nuestros días, es la historia de la lucha de clases; en las primeras épocas históricas encontramos por doquier una completa división de la sociedad en diversos estamentos, una variada jerarquización social. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos. En la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, compañeros y siervos. Nuestra época, la de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado los antagonismos de clase: toda la sociedad se divide cada vez más en dos clases directamente contrapuestas y enfrentadas, la burguesía y el proletariado”.

Todo el esquema de la historia pasada es la explotación del hombre por el hombre; actualmente esa contradicción ha llegado hasta el extremo, y la síntesis final será una sociedad sin clases, ni Estado, ni propiedad privada, ni religión, porque ha sido un invento de la necesidad de los hombres, de su desesperación y angustia.

Mientras la tierra fue un valle de lágrimas, se buscó una contentación ilusoria, un paraíso más allá de la vida; el día que alcancemos la felicidad terrenal, ya no habrá necesidad de ideologías que mistifican el mundo, como la religión, y sobre todo la religión de Cristo.

En una sociedad de iguales, como quería Babeuf, en plena Revolución Francesa, sólo habrá un Estado administrador de cosas, como dice Engels en el “Antudüring”, y nada más.

Tras esta visión de la historia corre hoy la humanidad entera, y hasta las gentes de Cristo se han puesto a correr también detrás de esa promesa ilusoria, de esa cosa tan prometedora y tan radicalmente falsa.

Frente a esta historia está la historia vista como historia de la salvación, la de las grandes obras de Dios consumadas antes de la venida de Cristo, consumadas en Cristo, consumadas en la Iglesia después de Cristo. ¿Acaso las maravillas que Dios suscita en los santos, las obras santas, que tienen como protagonistas a esos instrumentos de Dios, no tienen un alcance infinitamente superior que cualquiera de los inventos, obras y técnicas que el hombre pueda producir?

Ser cristiano es, ante todo, creer en la historia santa, que es la real y verdadera, y creer que lo que Dios obra en el alma de los santos es de un orden infinitamente superior a las mayores obras de los hombres.

Los acontecimientos que se narran en el Antiguo Testamento son la preparación en la historia de la salvación, el cumplimiento pleno son los acontecimientos del Nuevo Testamento, la tercera etapa es la que se va cumpliendo en la Iglesia, la ciudad de Dios, que peregrina en medio de la ciudad de los hombres.

El misterio de Cristo llena el tiempo; todo el tiempo del hombre está ceñido por su presencia y su acción. En la resurrección de Cristo está el cumplimiento, ¿qué puede ocurrir de nuevo en la historia? ¿Qué puede ocurrir que no haya ocurrido ya en Él? ¿Qué cosa puede haber, de cualquier clase que fuere, que pueda considerarse una novedad?

Cuando consideramos la historia en la realidad, vemos que en la Resurrección de Cristo se han cumplido las dos grandes metas de la historia, la glorificación perfecta de Dios y la unión perfecta de lo Divino y lo humano en el hombre. Por esto, la meta no es el hombre total del que habla Marx, la humanidad recuperada de todas sus alienaciones, que está de acuerdo y en armonía consigo misma: la meta de la historia es el Cristo total.

El Cristo total, Él y nosotros, la vid y los sarmientos incrustados en Él, renovados y rehechos interiormente en la redención cumplida por Él, asumida en nosotros y luego proyectada en la ciudad de los hombres. Formar a Cristo en nosotros y formarlo en la ciudad; que la ciudad sea una imagen, aunque lejanamente parecida, del cielo de Dios.

Tal es la meta y camino del cristiano que camina, que transita con las virtudes sobrenaturales y naturales, a través de los dones del Espíritu Santo, y con ese programa viril que son las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña.

Con el significado y el sentido de cada una de las virtudes naturales y sobrenaturales vemos que están íntimamente relacionadas con la verdad, o sea con el ser, con lo que es, porque de lo que se trata es de ser fiel a lo que es y al ser por excelencia en el nivel absoluto y trascendente, Dios.

¿Qué es, por ejemplo, la suprema de las virtudes, la virtud de la caridad? Es amar la verdad con el amor de Dios, es amar al otro en ese amor, que es amor de la verdad, porque no hay amor fuera de la verdad. ¿Quién puede amar lo que no conoce? Del conocimiento irradia el amor, y el conocimiento se hace más lúcido y pleno.

La caridad es amar a Dios en la verdad de Dios y amar al prójimo en la verdad de Dios, y no como se dice ahora, que se separa del precepto evangélico la parte de amar a Dios sobre todas las cosas y se deja exclusivamente el amor al prójimo, desgajándolo de su raíz, que es el amor y la caridad de Dios.

¿Qué es la esperanza sobrenatural? Es aquella virtud por la cual Dios urge en nosotros la expectación de esa unión definitiva con Dios en la Eternidad.

¿Qué es la Fe sobrenatural? Esa virtud por la cual conocemos la verdad de Dios en su intimidad, la Encarnación del Verbo, la Santísima Trinidad y la Resurrección y el sentido que representa para nosotros la Vida Eterna.

¿Qué es la virtud de la Prudencia? Es todavía relación con la verdad, es obrar en la verdad, según el ser, es obrar la realidad en todo.

¿Qué es la virtud de la Justicia? Vivir en la virtud con el prójimo.

¿Qué es la Fortaleza? Defender la verdad hasta la muerte.

¿Qué es la Templanza? El ordenamiento interior de las pasiones y de los apetitos a fin de que en el hombre queden removidos los obstáculos interiores, para la contemplación de la verdad.

Y luego vienen los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan esas virtudes y permiten la acción en nosotros del espíritu de Dios, de la fuerza de Dios en nosotros.

Una vez en este camino, se nombran las bienaventuranzas, este programa de Dios a los hombres, por el cual Cristo llama a seguir su camino. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos les pertenece (así, en presente) el Reino de Dios”. ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Son los que se han hecho pobres de su propio espíritu, de su propio juicio, de su propia voluntad, son los desprendidos de todos los bienes terrenales y de sí mismos. Desprendidos no quiere decir despreciadores, se trata de no ser esclavos de ninguna cosa terrenal, de juzgar las cosas no con nuestro juicio individual sino con el juicio de Dios.

Pobre de espíritu es ser humilde, que como decía Teresa, es el único que puede estar en la verdad, el desprendido de sí mismo, el que sabe escuchar, el que tiene memoria fiel y es dócil para acatar lo que son las cosas y llamarlas por su nombre propio.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”. ¿Quiénes son los mansos? Son los que no corren desesperados detrás de las cosas, codiciosos, lujuriosos, desaforados por tenerlas. Y no corren no porque no las sepan apreciar, sino porque saben que las cosas no son objeto de la codicia sino de la generosidad y disposición de los hombres. Entonces, a esos hombres, a esos mansos, les pertenecerán justamente las cosas de la tierra.

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”. Son los varones y mujeres de dolor. ¿Quién que ame en esta vida no es fuente de dolor, como lo fue Nuestro Señor Jesucristo? ¿Qué amor se puede vivir realmente si ese amor no significa, por lo mismo que se vive pendiente y en donación y en entrega total del ser amado? ¿Cómo no se va a sufrir de su sufrimiento, de su muerte, de todo lo que lo pueda afectar? Hasta Cristo lloró en la muerte de Lázaro, a quien iba a resucitar al momento.

“Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Esta sí es un hambre que hay que tener, hambre sin límites de justicia. Y esos serán saciados.

Y bienaventurados los misericordiosos, los que han tratado con misericordia, con caridad, con honor a los demás: a ellos los espera la misericordia de Dios.

Y bienaventurados los puros de corazón, los limpios, los despreciados, los que han sosegado y moderado sus pasiones, que son cosas buenas, siempre que estén ordenadas como Dios quiere. Ellos verán a Dios, los limpios; para ellos, la contemplación, el ocio contemplativo.

Y bienaventurados los pacíficos, no los pacifistas, los pacíficos, es decir, aquellos que son portadores de paz, porque la llevan en sí mismos y la irradian como Cristo. Por eso serán llamados hijos de Dios.

Y finalmente, bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, por causa de la verdad, por causa de Cristo. A ellos les pertenece, en presente, el Reino de Dios, ya están en el Reino.

Éste es el programa para el hombre, frente al programa de la felicidad de potrero verde. Éste es el programa de los varones y las mujeres de Cristo, éste es el sentido cristiano de la vida: es la transformación de la vida toda en el ser, en la verdad, de todo eso en Dios en el grado eminente, en el grado absoluto y trascendente.

Prof. Jordán Bruno Genta

lunes, 4 de agosto de 2008

Ayuda humanitaria


LA CIA, EL MOSSAD Y KIRCHNER

El señor Joaquín Morales Solá, en una nota publicada en una edición del diario “La Nación” bajo el título de “Tensiones de Kirchner con Washington y el G-7”, texualmente nos dice: “La CIA y el Mossad (la inteligencia israelí) ayudan mucho a la Argentina, incluso en el combate del delito común, aseguran los que conocen las cosas secretas del Presidente”.

Ahora bien, si la CIA y el Mossad —leáse Estados Unidos y el Estado de Israel a través de sus servicios de inteligencia— colaboran con el gobierno argentino, como dice sin el menor rasgo de indignación el columnista, no es por medio de la provisión de una línea de créditos o con un intercambio de estudiantes, sino con el suministro de inteligencia.

Y si esa inteligencia colabora en “el combate del delito común”, como la cuasi totalidad de los “delitos comunes” de la Argentina se producen en nuestro país, la inteligencia que proveen el Mossad y la CIA es inteligencia interna, o sea que ambos servicios pertenecientes a potencias extranjeras realizan tareas de recolección de información y análisis en el territorio argentino, con el conocimiento y complicidad del “contestatario”, “rebelde”, “izquierdista”, “montonero-erpiano”, “prochavista”, gobierno de Kirchner.

Ahora se explica por qué las Fuerzas Armadas argentinas tienen estrictamente prohibido hacer inteligencia, bajo la terrible pena de ser incriminadas en delitos aberrantes y de lesa humanidad, retroactivos, imprescriptibles e incombustibles, castigados por Hebe de Bonafini, Zaffaroni, la Carlotto y la Srta. Argibay y por el coro estable de alcahuetes, cipayos, ONG's y fundaciones financiadas por la Ford Foundation o engendro similar (es decir, la propia CIA) y el Gobierno Británico (es decir, el invasor de Malvinas).

Entonces, señores militares… ¿qué digo?… señores argentinos, a meter violín en bolsa y nada de pretensiones de hacer inteligencia. Acá el único que hace inteligencia es el Nuevo Orden Mundial. A nosotros nos prohiben tener ojos y oídos, debemos ser ciegos y sordos. Nuestros lazarillos, que nos guiarán alegremente por el mundo, serán la CIA y el Mossad, que como dice el Sr. Morales Solá, gentil y filantrópicamente nos ayudan.

Y mientras eso ocurre, a nuestro grotesco pagador del FMI se le permitirá tener pretendidas y simuladas tensiones con Washington, Nueva York, el G-7, el G-70 y el 100 también.

Un día antes de esta noticia que comentamos, se cumplieron doscientos años de la jornada en la cual el Pueblo y el Ejército le dieron un rotundo escarmiento al invasor de nuestra Patria, el mismo que en Malvinas continúa mancillando nuestro suelo y mantiene operando en el territorio continental, como cabeza de puente, una red de ONG defensoras de los derechos humanos, la ecología, el indigenismo, la contranatura y el abortismo. Variado cóctel con una sola finalidad: la putrefacción nacional en todos los frentes.

Por el triste estado de sometimiento en que nos encontramos hoy, es tanta la lejanía con aquellos felices y heroicos tiempos de 1806 que parece que hubieran pasado más de dos mil años, en vez de doscientos.

Fernando José Ares

domingo, 3 de agosto de 2008

Don Julio en la Casa del Padre (y II)


EL PADRE JULIO MEINVIELLE:

SACERDOTE PARA SIEMPRE

Si algo marca dolorosamente la desacralización del mundo moderno es la pérdida de la identidad sacerdotal. Del pastor, cenobita, sabio o padre protector, se ha pasado al funcionario de carrera u obrero manual, al agitador social, partisano o ideólogo, al activista o componedor de vacuas temporalidades, por mencionar las formas más frecuentes —aunque no las únicas— que toma este dramático desdibujamiento.

El olvido de la majestad y de la misión del Orden Sagrado y el descuido o postergación de lo esencial del ministerio, han suscitado —sobre todo en los últimos tiempos— esa imagen contrahecha y confusa del presbítero, cuya expresión y consecuencia más patética es el “cura guerrillero”; lejos, terriblemente lejos de la vida cultual y contemplativa, del rito y del misterio y quizás, de la misma Fe.

Ya el Concilio en su Decreto Presbyterorum Ordinis, reiteraba claramente el verdadero sentido de la vocación y de la entrega sacerdotal. Fue Paulo VI —a quien se debe la Sacerdotalis Cælibatus— el que aludió gravemente a “la traición del clero” (Al. 28-1-76); y su sucesor, Juan Pablo II, no ha dejado de reprobar las distintas infidelidades y distorsiones de la tarea apostólica. Bastaría recordar, su discurso inaugural de Puebla y la olvidada Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo de 1979, en la que les imparte esta regla de oro: “la única manera de estar al día, es siendo santos” (p. 6).

El sacerdote entonces, ha de ser un alma de oración y de vigilia; de desafío y combate frente al mal, de fidelidad renovada y firme a la Iglesia, a su Tradición y a su Cátedra de la Unidad. Estará solicitado principalmente por las cosas de Dios y por el modo de conducir hacia Él, al prójimo y a la propia Patria. La salvación será su urgencia y su cuidado. Por eso, se convertirá en testigo de la Verdad y la Grandeza, y en pregonero —oportuna e inoportunamente— de la Realeza de Cristo y de María.

Jerárquico y servicial, con amor de Caridad y la extrema caridad de la Justicia, su personalidad se hará nítida y distintiva en el ejercicio de la vida sacramental y en la capacidad de librar el Buen Combate. Pieper, sintetizando el tema con su habitual maestría, dice que tres son las esferas en que se desenvuelve la actividad sacerdotal. La primera y primordial es la celebración de la Eucaristía “in persona Christi”. La segunda, la guía y cura de almas; y la tercera, la reflexión y el estudio, la investigación serena (cfr. J. Pieper: “La Fe ante el reto de la cultura contemporánea”, ed. Rialp, Madrid, 1980, pág. 86).

Por ello, recordar al Padre Meinvielle como sacerdote en este nuevo aniversario de su muerte, no es evocarlo parcialmente, destacando un aspecto de su obrar. Es definirlo; y reivindicar a la vez la clerecía, mostrándola en quien fuera un apóstol ejemplar. Es calificarlo íntegramente con la denominación que más lo enaltece y mejor lo explica, pues por ser cabal e inequívocamente sacerdote, consagró su vida y entregó su muerte para que todo llevase el signo de la Cruz.

“Fue por sobre todo y ante todo, sacerdote. Incluso, su importante obra escrita, que para muchos, es la dimensión central de su vida, debe verse tan sólo, como un capítulo de su alma sacerdotal, centrado absolutamente en las cosas del Orden Sobrenatural y Divino” (“Mikael”: “In Memoriam”, nº 3, 1973, pág. 116).

Con razón, el Padre Carlos Buela habló “de su admirable fidelidad a la gracia del Orden Sagrado… Meinvielle era un hombre vertical, un hombre de Dios, un hombre movido por Dios y por sus dones… No iba a lo político por lo político mismo, ni a lo económico o a lo social por lo económico o lo social… Iba allí para llevar a Cristo, para llevar la Verdad de Cristo y la Santidad de Cristo también a lo temporal, porque sabía que «no hay otro nombre dado a los hombres por el que seamos salvos» (Hechos, 4, 12)” (C. A. Buela: “Perfiles sacerdotales, Julio Meinvielle”. En “Mikael” nº 9, 1975, págs. 86-87).

Sacerdote virtuoso, eucarístico y mariano, hizo del Sacrificio de la Misa el centro de sus afanes y de sus días, y porque entendió con León XIII que el destino del Estado guarda una estrecha vinculación con el culto que se le da a Dios, no pospuso nunca la celebración eucarística —su preeminencia, dignidad y unción— a las tortuosas y a veces discutibles circunstancias cívicas que le tocó vivir. Su amor de Patria y de Dios, fueron —como quería Castellani— un solo, verdadero y crucificado amor.

Pero cumplió también con su deber de conductor y médico de almas. La tarea pastoral que realizó como párroco, las iniciativas y los proyectos que emprendió y ejecutó, la protección moral y física dispensada a los feligreses y a los más necesitados, el apoyo a los jóvenes y a los grupos familiares no son solamente la prueba de su fecundidad y magnanimidad, sino un rotundo mentís a tanto activismo estéril, a tanta demagogia populista. Fue capaz de hacer porque amaba el Ser, y pudo obrar con eficiencia porque cultivaba la contemplación como un hábito señorial. Con Meinvielle quedó demostrado una vez más aquello de San Pío X de que los mejores amigos del pueblo no son los novadores o revolucionarios, sino los tradicionalistas.

Dentro de este ámbito debe ubicarse igualmente su dedicación a la enseñanza y a la formación de discípulos. “Entre sus obras de caridad, la principal fue la formación de la juventud, el tiempo dedicado a quienes venían a preguntarle todo y de todo, a querer saber la verdad que libera y unifica… Fue tan maestro como amigo y con su realismo que abarcaba tanto lo filosófico como lo político y lo cotidiano, enseñaba que la inteligencia está para servir a la Verdad” (G. D. Corbi: “Tres maestros: Billot, Jugnet, Meinvielle”, ed. Iction, Bs. As., 1980, pág. 222). Eso sí, “él nunca quiso ni tuvo —escribió Sacheri— discípulos meinviellianos, de espíritu sectario y puramente imitativo. Sólo quiso discípulos de la Iglesia y de Santo Tomás, signo éste del auténtico maestro” (cfr. “Verbo”, agosto de 1973, pág. 17).

El magisterio del Padre Julio, ofrecido como una auténtica obra de misericordia, no se agota, pues, en quienes estuvieron próximos a él. Pertenece a la Cristiandad, y por ello, es un patrimonio universal —católico, “stricto sensu”— aunque haya estado motivado muchas veces por acuciantes problemas nacionales.

Y por último, hay que hacer notar su desempeño en la esfera del estudio y de la investigación. Si por los frutos los conoceréis, no hay aquí mejor conocimiento de su valía que adentrarse en las páginas de sus libros, en los textos de sus conferencias, en los editoriales de sus publicaciones, en sus innumerables colaboraciones escritas. Su apostolado intelectual no dio ni pidió tregua. Apologista eximio, teólogo y filósofo, historiador, pensador social e investigador sistemático, fue un pertinaz “martillo de herejes” y un defensor inclaudicable de la Civilización Cristiana.

Hace poco, en ocasión de reseñar o de introducir a alguna de sus obras, hemos repasado sus escritos capitales, quedando nuevamente sorprendidos por la precisión, la hondura y sobre todo, por la penetrante visión que tenía del transcurrir de los tiempos. “Concepción católica de la Política”, “de la Economía”, “De Lamennais a Maritain”, “Crítica de la concepción de Maritain sobre la persona humana”, “El Comunismo en la Revolución Anticristiana”, “El Poder destructivo de la dialéctica comunista”… son trabajos para frecuentar y rumiar. Asimismo, vemos en “De la Cábala al Progresismo”, en “El judío en el misterio de la historia” y en sus ensayos metahistóricos como “Hacia la Cristiandad” o “Los tres pueblos bíblicos”, una guía perenne y segura para todo pensar cristiano.

Pero el autor académico y erudito, el intelectual destacado y brillante, era el mismo que organizaba y disfrutaba un campamento, que no temía en echar del templo a los protestantes comedidos e insolentes, que rezaba completo su rosario y compartía —literalmente— su pan y su bocado con los más indigentes. El mismo que fundó revistas como “Diálogo”, “Balcón”, “Presencia” y “Nuestro Tiempo”, que levantó un templo como el de Nuestra Señora de la Salud, y un Ateneo como el de Versailles. Y lo hizo todo, como dice el Padre Buela, sin confundir los campos, porque respetaba las esencias y las jerarquías naturales. “Sabio es aquél —predicaba Bernardo de Claraval— a quien todas las cosas saben como realmente son”.

Por lo dicho incompleta e imperfectamente, por lo que deberíamos decir con más espacio y tiempo, por lo que ya han afirmado quienes mejor lo conocieron, hoy, a treinta y cinco años de su muerte, cuando la Iglesia en la Argentina, la Argentina y la Iglesia, viven momentos de apenante crisis, no podemos sino evocarlo con admiración y gratitud.

Antonio Caponnetto

viernes, 1 de agosto de 2008

Don Julio en la casa del Padre (I)


PADRE JULIO MEINVIELLE

Todo tiene su tiempo y su decoro,
como decía el sabio en la Escritura,
para este templo con su arboladura,
el monaguillo, el sacristán y el coro.

Para entregar limosna sin desdoro
o enseñar la doctrina más segura
contra Rähner, Teilhard y la juntura
de Lammenais con el becerro de oro.

***

Para el pobre, esta cama que valoro,
al difunto, cristiana sepultura,
y en la zozobra de la singladura
la ciencia indocta en Maritain deploro.

Uno y Trino es Aquél, el Dios que adoro,
una siempre la Fe, en la noche oscura,
una la patria que en silencio lloro,
rota por el pecado y por la usura.

***

Es invierno en Versalles, de memoria
responde a Garrigou, lee el Oficio,
devela el gran misterio de la historia

o el campamento scout en el solsticio.
a la tarde predica un Ejercicio,
atiende una visita perentoria.

Después el Padre lo llamó al servicio.

Antonio Caponnetto

Nota: El R. P. Julio Meinvielle fue llamado a Dios el 2 de agosto de 1973.

jueves, 31 de julio de 2008

San Ignacio el Grande


SAN IGNACIO
Y HITLER

Vino días pasados un amigo blandiendo un diario atrasado con un artículo sobre San Ignacio de Loyola y los comedores de caracoles, del caduco novelista español Pío Baroja, con el cual entablamos el diálogo siguiente:

— ¿Ha visto lo que hace su amiga La Nación? —me dijo mi amigo con retintín y sorna.

— ¿Qué hace?

— Hace tres meses publicó un artículo de Anzoátegui sobre San Ignacio, que era todo un ditirambo; ahora publica esto sobre nuestro Padre que es un vilipendio…

— ¿Y qué hay con eso?

— Hay que si lo que dice Anzoátegui es verdad, lo que dice Baroja es falso. O bien, si lo que dice Baroja está bien, lo que dice Anzoátegui es una ignominia. Y La Nación no puede creer las dos cosas juntas… a la vez no puede afirmarlas.

— ¿Por qué no?

— Porque sería una verdadera chanchada.

— Quizá. Pero el nombre propio que tiene no es ése. Se llama liberalismo. Antiguamente se llamó libre examen. Para acabar con eso nacieron San Ignacio de Loyola y… Hitler.

Al oír esta palabra, mi amigo saltó de la silla, se le agrandaron los ojos, y toda su indignación contra La Nación se disipó por ensalmo, para dar lugar a otra más grande; supuesto que mi amigo es aliadófilo y democrático —dos palabras que ya dicen lo contrario de lo que suenan, como aquellos “leales” de la guerra española—, y todas las mañanas ingenuamente reza por la muerte de Hitler.

— ¿De modo que usté pone juntos esos dos nombres? —me dijo, subrayando mucho.

— La Historia los pone juntos… en los dos extremos de un ciclo histórico.

— ¿Entonces para usté Hitler sería un santo?

— Lo contrario.

— ¿Un malvado?

— Un malvado no es lo contrario; es lo contradictorio de un santo. Lo contrario de un santo es un bandolero. Un bandolero, mientras es bandolero, no es santo; pero puede volverse santo en el momento que quiera, lo que no pasa ni con el malvado, ni con el virtuoso mediocre. Hitler, lo mismo que su predecesor Napoleón, es un gran bandolero de coronas, un outlaw que se ha puesto fuera de la ley, lo cual no quiere decir necesariamente que esté fuera de la justicia, por lo menos de la inescrutable y tremenda Justicia Divina.

— ¡Usté es de la Quinta Columna! —dijo mi amigo, tomando su bonete en una resolución rápida. — Es lo único que me faltaba por oír, que Hitler está cerca de Dios… más cerca de Dios que un virtuoso… que un virtuoso ¿cómo dijo?… mediocre…

— ¿Y por qué no? ¿No es el azote de Dios? ¿Y el azote no está cerca de la mano?

Mi amigo dejó de nuevo el bonete, oyéndome dar al Führer el título de Atila, con implicación de salvaje y huno —que son los calificativos que él mismo le adjudica cada día—, y nos consideró largamente, con los ojitos bailándole en la cara obesa.

— Si es poesía, puede pasar —dijo al fin, despechado.

— No es poesía, es teología. ¿No ha visto usté lo que hace un padre con su hijo? Agarra un palo, le pega una paliza, y después tira el palo al fuego y al hijo lo abraza y lo nombra su heredero. Lo mismo hace Dios con las naciones, y con esos grandes conductores, que son seres en quienes descansó su vista, según opina Manzoni. ¿No ha leído Cinque Maggio?… Ahora que Dios se diferencia del papá en esto: que hasta de un palo es capaz de hacer un hijo de Abraham.

— Si a eso le llama usté teología… —empezó mi amigo, con despecho.

— Está en San Agustín, en La Ciudad de Dios… si uno la sabe leer.

— ¡Yo la he leído!

— Por eso digo.

Mi amigo se levantó, se fue… y se olvidó el bonete en mi despacho.

R.P. Leonardo Castellani, S.J.
Día de San Ignacio, 1944

miércoles, 30 de julio de 2008

Testigo de cargo


LA IGLESIA Y
LOS CRIMINALES DE GUERRA

En “Clarín” de hace un tiempo salió el enésimo artículo acusando a la Iglesia de estar ligada a una red de criminales de guerra. Esta vez la acusación viene de la boca desbocada de “un agente secreto del ejército de Estados Unidos que operó en Roma después de la Segunda guerra mundial”.

Según este personaje, el entonces Obispo Montini (después Pablo VI) habría estado ligado —junto con “altos funcionarios vaticanos”— a la fuga de criminales nazis. Y se añaden largos y truculentos detalles sobre propiedades, participación de británicos en la acción, etc.

Alguna vez he dicho y hoy reitero que tengo la convicción (apoyada en algunos datos que conozco) que, en efecto, hubo ayuda del Vaticano y de la Iglesia en general para que muchos alemanes y nacionales de países aliados a Alemania huyeran de Europa al fin de la guerra.

La razón es obvia y evidente. La Iglesia tiene (y tenía entonces con más extensión aún) una vastísima red de informaciones a través de sus párrocos, Órdenes e instituciones. Conocía entonces cosas que los periódicos no publicaban, algunas de las cuales han ido llegando de a poco y tardíamente a las páginas de la prensa. Sabía entonces que en la Europa de 1945-1948 no se estaba llevando a cabo una tarea de justicia, sino una vasta operación de venganza, con una crueldad que nada tenía que envidiar a cualquier atrocidad que se atribuyera a los nazis.

Nadie mejor que la Iglesia Católica hubiera entendido un juicio basado en la Ley Natural (aún en ausencia de ley positiva). Pero la condición sine qua non era que tal juicio recayera sobre las acciones de todos los beligerantes. Tal como se dio, mientras en Nüremberg sesionaba un Tribunal “justiciero”, a unos pocos kilómetros se estaba expulsando a los alemanes de territorios propios que ocuparían los polacos, en condiciones tales que provocaron la muerte de seis millones de inocentes.

Y esto es sólo una parte mínima de la cuestión. Hace poco publicó la prensa española (no la Argentina) la historia de un judío que como guardián de un campo de concentración en Polonia había sometido a multitud de alemanes a un trato vejatorio y criminal. Y éste es, claro, un caso que se conoció, pero la Iglesia tenía datos de centenares de casos análogos. Para no hablar del hambreamiento del pueblo alemán que llegó a su máximo en 1947 (el “hunger jähre”, el año del hambre, en el recuerdo de muchos sobrevivientes). O de la brutal expulsión de los alemanes sudetes de la que había sido su tierra por siglos.

O la criminal ofensiva comunista en Francia e Italia, en la posguerra, cuyas víctimas eran en muchos casos católicos y sacerdotes inocentes. Frente a todo eso, juraría (aunque no tengo pruebas de ello) que fue el mismo Pío XII el que dio órdenes de ayudar a todas las víctimas de esta inicua persecución, aun sabiendo que podían colarse verdaderos culpables de actos criminales, puesto que en la Europa de 1945-48 la justicia se había hecho imposible. Tengo la esperanza de que algún día —por cierto hoy muy lejano— la Iglesia podrá blanquear esta conducta que no hizo sino continuar una larga tradición de auxilio y asilo a los perseguidos.

Pero para que ello sea posible tendrá que haberse derrumbado la mentira que signa la historiografía vigente, tendrá que ser del conocimiento común la bárbara ola de venganza que desataron los triunfadores de la Segunda Guerra.

Aníbal D'Angelo Rodríguez

martes, 29 de julio de 2008

Juegos culturales


UN POCO DE
BEL CANTO

(Intérprete: Beniamino Gigli)



En treinta segundos, sin repetir y sin soplar,
deberá decir quién cumpliría años hoy.

lunes, 28 de julio de 2008

Científicas


EL HUMANISMO YANKEE

Nuestra época tiene el inédito privilegio de ser no sólo la más cruel e impiadosa de la historia, sino también la más hipócrita. Hace un tiempo fuimos varios los que nos sentimos conmovidos con una noticia escalofriante. En Irlanda del Norte, y durante más de medio siglo (!) los órganos de 361 niños fallecidos, fueron extraídos, sin consentimiento de sus padres, para efectuar una serie de investigaciones científicas. Un año antes, similares escándalos se habían registrado en hospitales de Liverpool y Bristol.(1) Unos días después, las noticias fueron aún más explícitas, y así nos enteramos de que en la década del '90, un hospital británico traspasaba a un laboratorio farmacéutico, a cambio de donaciones económicas, glándulas de niños vivos (!!) sin que lo supiesen los padres. Esto ocurrió entre 1991 y 1993, aseveró un portavoz del hospital involucrado (Alder Hey, de la ciudad de Liverpool).(2) La misma fuente admitió que, a principios de esa década, el hospital entregó a una firma farmacéutica, “desechos quirúrgicos”, tales como tejidos del timo, un órgano linfoide cercano al corazón y de gran importancia para la regulación del sistema inmunológico. Los laboratorios Aventis Pasteur, partícipes del plan de erradicación global de la Polio, de la Organización Mundial de la Salud, admitieron que en el período mencionado, donaron dinero al hospital a cambio de tejidos humanos. Pero la cosa no termina ahí.

Como una vez más informa la prensa, los cuerpos de aproximadamente 6.000 bebés nacidos muertos, procedentes de Hong Kong, Australia, Canadá y Sudamérica, fueron utilizados —sin que sus padres lo supieran— para experimentos nucleares realizados en Estados Unidos. Desde los años cincuenta, según documentos secretos, hace tiempo ya difundidos por el semanario londinense “The Observer”.(3) Hasta aquí las estimulantes noticias periodísticas. Esto para no hablar del horror del famoso experimento de Tuskegee, una localidad del estado de Alabama, Estados Unidos, donde 430 pacientes negros que padecían sífilis, fueron mantenidos sin tratamiento, desde 1932, para estudiar el curso natural de la enfermedad y cuyos últimos sobrevivientes murieron hace algunos años. Esto nos demuestra una vez más, hasta qué punto puede llegar la trenza médicos-investigadores-laboratorios, cuando hay intereses económicos o de prestigio académico en juego, un horror que no admite paliativos. Lo mismo que la clonación de embriones humanos “con fines terapéuticos”.

Por cierto que el ciudadano corriente se anestesia con el cuento de que gracias al conocimiento adquirido con estas aberraciones, se eliminarán la enfermedad de Parkinson, el Alzheimer, la senectud, la arterioesclerosis, la diabetes, la impotencia, la frigidez, el mal humor, el mal aliento, la celulitis, la pata de cabra, y hasta el empacho. Pero esto es puro verso. Estamos a años luz de poder remediar estas afecciones, y desafío a cualquier médico, o investigador, a demostrar lo contrario. El asunto es proveer carne humana a los biócratas, que no vacilan en asumir el papel de “demiurgos”, para lograr sus mezquinos y criminales objetivos de prestigio académico y beneficio financiero. Y pensar que fueron justamente los representantes de estos países, Estados Unidos y Gran Bretaña los que se erigieron en implacables jueces e impolutos doctores de moral y ética médica, en la gran farsa jurídica de Nüremberg, llegando, en su nauseabunda hipocresía, a crear un “Código de Ética Médica” (El Código de Nüremberg) para juzgar como crimen lo que ellos ya estaban llevando a cabo, durante todo este tiempo. Y esto a una escala muchísimo mayor de lo que jamás hubieran soñado los médicos “nazis”, sean cuales hayan sido sus reales o supuestos delitos.

Las malas ideas tienen consecuencias. Si uno considera que el hombre es simplemente un conjunto de moléculas ensambladas al azar —según predica la insensatez anticientífica del evolucionismo darwinista (que lamentablemente forma el núcleo de la cosmovisión del “establishment” científico)— entonces, ¿cuál sería la razón para no tratar al ser humano como material de experimentación y de comercio? Si el hombre no posee un alma de naturaleza espiritual que lo hace sujeto de un destino trascendente, ¿por qué no tratarlo como un animal más, al que se puede matar, clonar, esterilizar, y degradar, sometiéndolo a las más infames formas de manipulación, comercio y esclavitud? Aquí no hay alternativas. Todo depende de la concepción que se tenga del hombre. Lo demás es humo y discursos. Toda la charlatanería de los supuestos “derechos humanos” basados en altisonantes “juramentos” de Ginebra, Códigos de Helsinski o Declaraciones de la O.N.U. se derrumba ante la contundencia brutal de los hechos. Se engañan —a mi juicio— los bioeticistas que pretenden establecer pautas éticas y profesionales “humanas” dentro de los parámetros de la actual concepción del hombre, que son esencialmente inhumanos, para aceptar dogmáticamente una visión materialista atea de la realidad.

Para colmo, mucha gente tiene la idea del científico, como la de un sacerdote vestido de blanco, que sólo busca el bienestar de la humanidad independientemente de todo egoísmo personal.

¡Qué engaño, por Zeus! Es preciso ser muy, pero muy ingenuo, y desconocer totalmente el mundillo científico por dentro, para creer semejante disparate. No pocos científicos están más que dispuestos a experimentar con su misma madre, si con ello pudieran lograr alguna promoción académica.

Además de la generalizada falta de sentido moral de los científicos, no debemos olvidar tampoco que una buena cantidad de investigadores son seres “no sólo obtusos y de mentalidad estrecha, sino, también, simplemente estúpidos”. Si estas palabras le parecen un poco duras, lector, hago la salvedad de que no son mías, sino de alguien que conoce bien el paño, pues son nada menos que de James Watson, el codescubridor de la estructura molecular del ADN.(4) Para no recordar lo que decía Ortega y Gasset al respecto.(5) Y ya sabemos que la estupidez humana sumada a la soberbia, es una de las mezclas más peligrosas y explosivas que pueden existir. Pero el asunto principal no es éste. La verdadera cuestión es ¿hasta cuándo vamos a tolerar los ciudadanos comunes, que estos aprendices de brujo usufructúen los fondos del estado para el logro de sus ansias personales de prestigio y poder?

¡Hay que controlar a los científicos! Con esto no quiero decir por cierto que haya que controlarlos como a delincuentes comunes. Naturalmente que hay que controlarlos mucho más, puesto que la capacidad de hacer daño es infinitamente más grande. ¿Cómo puede ser que en un momento en que la sociedad pone límites a la acción de todos los estamentos sociales, sigamos bobaliconamente aceptando los pronunciamientos de los científicos como si fueran la palabra de Dios? ¿Pero somos “Homo Sapiens”, o acaso sólo “Homo Idiotensis”? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar estas atrocidades?

Raúl Leguizamón

Notas:
(1) “La Voz del Interior”, del 13 de enero de 2001, pág. 17 A.
(2) “La Voz del Interior”, del 27 de enero de 2001, pág. 13 A.
(3) “La Voz del Interior”, del 7 de junio de 2001, pág. 27 A.
(4) James Watson: “La doble hélice”, Plaza y Janés, 1978, pág. 30.
(5) José Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, ed. El Arquero, 1975, págs. 171/175.