viernes, 17 de mayo de 2013

Aniversarios

  
1973 - 17 de mayo - 2013
   
Cuarenta Años
Por la Nación contra el caos.

40 años de
testimonio de la Verdad.

Nuestro homenaje a Ricardo Curutchet,
y a cuantos con él hicieron posible
aquella patriótica iniciativa,
que aún se empeña en pervivir.
 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Penosos aniversarios

30 AÑOS DE DEMOCRACIA
 
 
Si el Señor de los destinos de las naciones no tiene a bien detenerlo a tiempo, este año se celebrará el luctuoso trigésimo aniversario del clamoreado retorno de la democracia en nuestro país.
 
Será, claro, como celebrar un enfermo su galopante agravamiento; será un gritar de júbilo entre las llamas, en la inminencia del postrer torrente ígneo y vengador.
 
Omitido el dato escenográfico, el vestuario y aún el papel provisional e intercambiable que adoptan los actores de esta ficción de pésimo gusto, y atendiendo a la fisonomía más crudamente veraz de la nación en esta hora de su sepultura, habrá que admitir que tal advenimiento, lejos de imprimir un cambio de rumbo o de “proyecto”, no hizo sino profundizar el doble designio que la tiranía orbital formuló para con nosotros, como para con muchos otros pueblos, hace ya bastante más de treinta años, con gerentes de jure o de facto: la pérdida amnésica de la identidad cultural e histórica y, con ella, la entonces más expedita cristalización de un destino puramente tributario.
 
Porque es tonto arrogarse una supuesta rebeldía al imperialismo de las finanzas omitiendo el diagnóstico de aquella premisa táctica de Plutón, consistente en borrar toda pertenencia histórico-cultural en los pueblos sometidos.
 
Una obra de ingeniería comparable, si ésta pudiese realizarse, al desvío o entubamiento del Plata y sus afluentes para hacerlos verter en el Hudson.
 
Esta de la democracia, se sabe de sobra, no es monserga que se reduzca a la consagración de una mera forma de gobierno. Todos advertimos que, por un juego de transiciones imperceptibles, en la órbita de su discurso resultan pronto incluidos los derechos humanos, las libertades cívicas, el pluralismo, el respeto de las minorías, y tantos otros demonios menores cuyos solos nombres, como en el Panteón helénico, pueden ser invocados alternativamente en las diversas coyunturas de la vida civil.
 
Al forastero le pica, con todo —rigor éste consonante al ejercicio de la cosa pública—, el comprobar algunas notorias incongruencias en la mitología al uso, por lo que es admisible que ose inquirir.
 
Primero: llama la atención la recurrencia a un concepto como el de libertad, negado de consuno por los múltiples determinismos que están en la base de la filosofía moderna y del pensamiento político que resulta de ésta.
 
Siendo la libertad una propiedad del espíritu que introduce la contingencia en el entramado de leyes de natura, ¿cómo logra albergarla en su sistema el férreo mecanicismo que pone el bien sólo en lo deleitable, y hace al hombre invariablemente orientado a su satisfacción personal?
 
¿Cómo la subsume en sus negocios el naturalismo, al que repugna esa indeterminación —la libertad— que rompe las costuras de la pura inmanencia?
 
La tesis del progreso indefinido, para el que todo concurre inexorablemente a un fin en el que no cuenta la voluntad de las personas, ¿cómo la admite sin sonrojarse?
 
(Y no se acuda al cómodo efugio de que la democracia trata de las libertades públicas y no de la libertad personal, como si entre ambas hubiese no más que una vaga analogía, y aquéllas no dimanasen más bien de ésta.
 
Las libertades públicas, históricamente, han supuesto un dinamismo ascendente, esto es: emergieron de las costumbres previamente depuradas de los particulares, de las familias, de las asociaciones primeras, para extenderse finalmente y por asimilación a ese conjunto de garantías que el poder público le reconoce —como a cosa propia e inviolable— a cada ente social.
 
Así ocurrió en la Edad Media. Allí donde las costumbres decaen sufre mella el albedrío, y la letra de la ley que concede un vasto elenco de libertades se torna vana e insultante si la población es coaccionada por sus propios vicios, por la propagada malsana y las amenazas a raudales. Las libertades civiles, menos declamadas que vigentes, devienen del influjo que en la vida social ejerce el ejemplo de quienes gozan de la libertad de espíritu por la adhesión voluntaria y perseverante al bien).
 
Segundo, y ya que puestos a destapar inconsecuencias: ¿cómo cabe la promoción rimbombante de los derechos humanos en el marco de concepciones que niegan la existencia de una “condición” o “naturaleza” humana o que postulan, al menos, su incognoscibilidad?
 
Tercero, y sin el menor ánimo de agotar la ringlera de dificultades: ¿por qué el hombre, animal de intereses y manopla de apresar lo real, se verá limitado en su actuación por los intereses ajenos?

Triste aporía del subjetivismo ésta de la existencia de la conciencia ajena, muy expresiva de la vergonzosa debilidad de sus postulados: ¿por qué no reducir al no-yo, incluidos los sujetos, a la esfera cartesiana de las res extensae?
 
En un mundo de vertiginosos cambios, la justicia, vuelta mera institución humana, producto e intérprete del consenso de época, sin inherencia alguna en las cosas y en sus relaciones, ¿no se volverá tiránica y, por lo mismo, injusta, negándose a sí misma, al obligar a los ancianos, remanentes de otra época y otros consensos?
 
Como vemos, el conflicto no se da entre lo que se profesa y lo que se vive, cosa ¡ay! demasiado frecuente para la debilidad de los hombres, sino, y lo que es peor, entre lo que se dice y lo que se piensa, e incluso entre lo que se piensa y lo que se piensa, en un inacabable desmentirse el pensamiento a sí mismo, esto es, en una trágica autodemolición mental. Ocurre que la modernidad tardía vive de reliquias de conceptos de los que pretende aprovechar sus virtualidades sin rendirse a sus principios, con lo que los falsifica sin más, cuando no acaba usándolos para mentar a sus contrarios.
 
Así como ocurre con las tormentas, que cuanto más se demoran en venir suelen hacerlo con mayor violencia, así la mitología inaugurada por la Ilustración —que debió resignarse a morir con las dos guerras mundiales, en las que halló su Némesis y su ordalía— se obstinó en prolongar sus días para que su fin, aún hoy pendiente, se produzca con el mayor estruendo y daño.
 
En el período de entreguerras, a propósito del desprestigio de las instituciones establecidas y del ascenso del fascismo, Ortega describía a la edad que entonces parecía cerrarse como “dotada de la más extrema hiperestesia jurídica; un tiempo de fervor, casi de misticismo legalista; la etapa humana que ha vivido más intensamente del «constitucionalismo», es decir, del legitimismo”.
 
Descontado que legalismo no se asimila a legitimismo, y que contra éste fue aquél el que prevaleció para mayor (y aparente) decoro del Leviatán, lo cierto es que sorprende cómo el contubernio de Yalta —merced al “hecho consumado” de la victoria, merced a las bombas atómicas, y pese al íntimo escepticismo que engendraba la ya decrépita ideología iluminista en sus mismos promotores— sacó a cabalgar, a guisa de otro Cid, el cadáver enhiesto de la democracia para susto y castigo de sus detractores.
 
Estrategia de timadores, desde entonces hemos entrado en otra fase del democratismo, y ésta es la que extenúa el alcance y el alarde de los derechos, incluso los no lealmente conquistados, incluso los contrarios a razón, con el fin de rendir toda resistencia que el orden y el buen senso puedan oponerle a la anarquía a que se nos induce. Y se ha logrado imponerle vertiginoso ritmo a la putrefacción.
 
El zóon politikón devenido bestia incivil, y el demos mutado en piara: tal la consecuencia deliberadamente perseguida por el programa libertario-igualitario en sañudo vigor.
 
En los estertores del pasado año de 2012 se atrajo la atención de las masas a la melodramática puja entre el gobierno y sus antaño compinches de “Clarín”. Hubo un slogan de neto regusto jacobino que se amasó como a proyectil de barro y se lanzó, en esa escogida sazón, al rostro del presunto antagonista. Decía: con la democracia no se jode. Entiéndase el “joder” a la argentina o según más castiza acepción, ora como “bromear”, otrora como “fornicar”, lo cierto es que el publicista entonces contratado demostró no desconocer las bondades de la ironía.
 
Porque si con algo se ha bromeado es con las promesas de la democracia, y pocas consignas sufrieron, por lo inverecundas y fácilmente sobornables, mayor deshonra. Testigos las costumbres, degradadas como en tobogán: con la democracia se jode y se ha jodido hasta el hartazgo, al punto de que no se ha encontrado guasón más consecuente ni buscona más descarada y solícita que ella.
 
Flavio Infante
 

lunes, 13 de mayo de 2013

Mirando pasar los hechos


CONFUSIÓN OBSEQUIOSA
  
  
En estos días se ha difundido un encuentro muy llamativo, por su tinte religioso  y el protagonismo  de Cristina Kirchner con Nicolás Maduro. Desconcertante, al tratarse de dos puntales de la campaña anticristiana en América. Conforme lo acredita en la primera, su política persecutoria —contra Dios y natura— que cierta vez le valió sonreírse de su propia excomunión. Y en el venezolano, sus continuas pruebas de religiosidad comunista con pantomimas piadosas —manos juntas, ojos para arriba— y visiones de pajaritos celestiales. Para proclamar la santidad de su antecesor y predilecto discípulo del cubano sanguinario. En ambos casos, una mezcolanza ultraterrena que hubiera sorprendido al mismo Gramsci.
 
No hace falta repasar que la ideología de ambos mandatarios ha multiplicado el martirologio cristiano. Pero viene al caso una instrucción muy hipócrita que sin duda inspiró la farsa, proveniente del máximo ejecutor del comunismo en América. Fidel Castro según se sabe, con alarde  sacrílego de aventajado vástago del Padre de la Mentira, le aconsejaba a Chávez “referirse a Cristo y hablar siempre en su Nombre…”
 
Ahora el diario “La Nación” (9.5.13) trae un gráfico de la escena comentada al principio, donde se los ve a Cristina y a Maduro con gesto devoto frente a una imagen de la Virgen de Luján, obsequiada a este último. Junto a ellos aparece el Arzobispo de Mercedes-Luján, quien fue su portador. Irrumpe de tal manera una fuerte inquietud sobre el incremento de la confusión religiosa que acarreará semejante teatralidad; justo al tiempo que se insta a fortalecer la fe verdadera. Sumándose el temor de que la escenografía comentada pueda ejemplarizar la contrafigura del martirio. En lugar del recio testimonio de la Verdad, un blando obsequio a la simulación.
 
Acaso se podría pensar que ya somos expertos en resbalones (incluso con encumbramiento de modelos escabrosos y menosprecio de figuras respetables), pero lo cierto es que a más de no quedar ilesos, se va acentuando localmente la turbiedad. También en el plano terrenal de las instituciones republicanas —que tanto suele preocupar a los prelados— con el efecto mortífero para la república ya descubierto hace siglos por el vate visionario.
 
Casimiro Conasco
 Mayo de 2013

domingo, 12 de mayo de 2013

Sermones elegidos


DOMINGO INFRAOCTAVA
DE LA ASCENSIÓN


Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

Jesucristo ha entrado glorioso en el Cielo. La Iglesia que Él ha dejado en el mundo clava su mirada en las alturas, nostálgica, anhelante, esperando el momento de volver a verlo y poseerlo.

A Él pertenecen su corazón y su amor. Sin Él se siente como desamparada, y una dulce melancolía invade su corazón. En esta disposición de ánimo clama hoy, con el Introito, al Esposo lejano: Busco tu rostro, Señor; no apartes tus ojos de mí. Aleluya. El Señor es mi luz y mi salvación.

Busco tu rostro; esto mismo es lo que buscamos, y nuestra vida no debe ser otra cosa que la expresión de nuestra entrega a Dios y de nuestro deseo de ir a Él con toda pureza de corazón, desprendidos de todo lazo y apego terrenos que a Él le desagraden.

Busco tu rostro, en una fervorosa oración, en una sufrida y generosa caridad, en una entrega desinteresada, abnegada, por amor de Dios.

El alma que esté llena de estos sentimientos no buscará en vano el rostro de Cristo: No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros.

Respondamos a esta promesa con un alegre y agradecido Credo, y nos convertiremos en un vivo e irrefutable testimonio en favor de Cristo, en una personificada confesión de Cristo: Vosotros daréis testimonio de mí. Seréis expulsados de las sinagogas. Y llegara una hora en que, todo el que os mate, pensará prestar un servicio a Dios.

+ + +

El Señor ha subido a los Cielos... La Iglesia llena, de nostalgia, dirige sus miradas hacia arriba y busca su rostro... Antiguamente, la Misa de hoy se celebraba en la iglesia de Santa María ad Martyres, en el antiguo Panteón de Roma.

En esta Iglesia se conservaba entonces la imagen del rostro del Señor, el Santo Sudario de la Verónica, que hoy se venera en San Pedro.

La Iglesia busca el rostro del Señor, pero no olvida la misión que le encomendó: Vosotros daréis testimonio de mí.

La Iglesia da este testimonio de Cristo padeciendo.

La Iglesia padece: Vosotros daréis testimonio de mí. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Seréis, expulsados de las sinagogas. Y llegará el momento en que, los que os mataren, creerán hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros porque no han conocido al Padre ni a mí. Os lo digo ahora para que cuando llegue el momento, os acordéis de que ya os lo había predicho.

La Iglesia padece. Participa de la suerte de su Esposo: Me han perseguido a mí, y también os perseguirán a vosotros. San Pedro es crucificado, San Pablo decapitado; un ejército innumerable de héroes de la fe y de las virtudes cristianas: obispos, sacerdotes, seglares, hombres, jóvenes, vírgenes, incluso niños y doncellas, como Pancracio e Inés, entregan alegremente su vida en testimonio de Jesús.

Sólo en el período de los tres primeros siglos la Iglesia sufre diez terribles persecuciones. Y ello, para dar testimonio de Jesús.

Vienen después las grandes herejías de los siglos siguientes. Nuevos enemigos, nuevos sufrimientos, nuevas persecuciones, nuevos mártires.

Llegan más tarde los reyes y las potestades de la tierra, y exigen de la Iglesia que declare caducada la Ley del Señor sobre la santidad del matrimonio y pacte con las pasiones del corazón corrompido del hombre. Pero ella no lo hace; da valientemente testimonio de Cristo y de su Ley, al precio incluso de la apostasía de vastos países.

Aparecen nuevas ideas, nuevas corrientes espirituales, que aspiran a destruir el dogma y la moral cristiana. Pero la Iglesia permanece siempre inconmovible al lado de Cristo.

Padece como testigo de Cristo, de su infalible verdad y de su divina autoridad. ¡Oh Iglesia Santa! Tú has cumplido siempre la misión que tu Esposo te encomendó: Vosotros daréis testimonio de mí.

¡Tú eres verdaderamente la Iglesia de Cristo! Yo me uno a ti y quiero dar contigo, siendo fiel a ti, testimonio de Cristo. Aunque para ello tenga que perder mi crédito ante el mundo, aunque tenga que perder mi vida.

Vendrá un momento en que los que os mataren creerán hacer con ello un servicio a Dios. No debemos esperar otra cosa, ni hemos de querer tampoco otra cosa.

Os lo digo desde ahora para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había yo predicho. ¡Y nosotros no queremos convencernos de que esa hora ha de llegar! ¡Todo menos padecer! ¡Qué poco poseemos aún de la luz y del espíritu de Cristo!

+ + +

Nosotros creemos fielmente que tu Unigénito subió a los cielos. Concédenos, pues, la gracia de que habitemos también allí con nuestro espíritu.

Esta es la gran súplica que dirige hoy la Santa Iglesia a Dios. ¡Acuerdo entre la fe y la vida práctica!

Sursum corda... ¡Habitemos en el Cielo con nuestro espíritu! ¡Estemos enraizados en el mundo del más allá, en el mundo de lo supratemporal! Vivamos allí donde está Cristo glorioso, nuestra Cabeza, nuestro camino y modelo, la Verdad.

Traigamos de allí nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestras intenciones, nuestros motivos y nuestros impulsos. Coloquemos allí nuestras esperanzas, nuestros anhelos.

Sursum corda... ¡Miremos y valoremos los sucesos, los obstáculos, las eventualidades, los hombres, los trabajos, los deberes y los dolores a la luz del más allá, de la eternidad, de Dios y del Señor glorioso!

Habitar en el Cielo significa aceptar con gusto aquí en la tierra, por amor de Dios y de Cristo, lo que se oponga a nuestros designios. Más aún: significa convertirlo todo en nuestro mayor bien. Significa recibir las calumnias e injusticias a imitación y con el espíritu de Aquél que fue condenado a muerte injustamente y ejecutado del modo más escandaloso y a quien el Padre exaltó por ello sobre todos los cielos.

Significa no querer ser agradecidos y recompensados por los hombres en este mundo, sino ponerlo todo en manos de Aquél que nos conoce a todos en el Cielo y ante el cual no se perderá ni será olvidado ninguno de los bienes que hagamos aquí en estado de gracia y con recta intención.

El que vive en el Cielo considera su misión aquí en el mundo a la luz de una predestinación eterna. No está ocioso, ni indiferente. Al contrario, mira la vida con más profundidad, con más seriedad y más gravedad; pero vive en paz con Dios.

Está elevado por encima de la vida. No se excita, como los demás. Ejecuta lo suyo con tranquilidad, con la vista puesta en el mundo de arriba. Considera los obstáculos como la cruz que Dios ha destinado para él, y marcha tras las huellas de Aquél a quien sabe ahora en el Cielo, en el trono del Padre.

+ + +

Para todo esto nos es necesaria la virtud de fortaleza. A ella pertenece confirmar al hombre en el bien de la virtud contra los peligros, sobre todo contra los peligros de muerte, y especialmente de la muerte en tiempo de persecución.

Es evidente que en el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular por parte de los perseguidores.

Por eso dice San Cipriano: La muchedumbre de los presentes vio admirada el combate celestial y cómo en la batalla los siervos de Cristo se mantuvieron con voz libre, alma inmaculada y fuerza divina.

Esto nos prueba que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.

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En el acto de fortaleza hay que considerar dos aspectos:

Uno es el bien en el que el fuerte se afianza, que es el fin de la fortaleza.

Otro es la misma firmeza, que le hace no ceder ante los enemigos que le apartan de ese bien, y en esto consiste la esencia de la fortaleza.

Ahora bien, la fortaleza infusa afianza el ánimo del hombre en el bien de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. Y en este sentido el martirio se relaciona con la fe como el fin en el que uno se afirma; y con la fortaleza como su hábito de donde procede.


El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio; no a su acto secundario, que es el atacar.

Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.

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Mártir significa testigo de la fe cristiana, por la cual se nos propone el desprecio de las cosas visibles por las invisibles. Por tanto, pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.

Ahora bien: mientras vive en este mundo, aún no puede demostrar con obras el desprecio de los bienes temporales, pues los hombres siempre suelen despreciar a los familiares y a todos los bienes que poseen con tal de conservar la vida. De donde se desprende que para la razón perfecta de martirio se exige sufrir la muerte por Cristo.


La fortaleza se ocupa principalmente de los peligros de muerte, y de los demás como una consecuencia. Por lo mismo, no se llama propiamente martirio el soportar la cárcel o el destierro o el despojo de los bienes, a no ser que de ellos se siga la muerte.


El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte. Sucede a veces, sin embargo, que después de haber recibido heridas mortales por Cristo, o cualesquiera otras tribulaciones semejantes que se sufren por la fe en Cristo, provenientes de los perseguidores, uno puede sobrevivir largo tiempo. En este estado, el acto del martirio es meritorio, y también en el mismo momento de padecer estas penas.

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Mártires es lo mismo que Testigos, es decir, en cuanto que con sus padecimientos corporales dan testimonio de la verdad hasta la muerte; no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad, que se nos manifiesta por Cristo. De ahí que los mártires de Cristo son como testigos de su verdad.

Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio.

Pero a la verdad de la fe pertenece, no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa. Ahora bien, la confesión externa se manifiesta, no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe.

Por lo tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas.

Bajo este aspecto, pues, pueden ser causa del martirio las obras de otras virtudes. Por eso, por ejemplo, se celebra en la Iglesia el martirio de San Juan Bautista, que sufrió la muerte no por defender la fe, sino por reprender un adulterio.

+ + +

El Espíritu Santo, Espíritu de fortaleza, quiere venir a nosotros para enriquecernos con sus dones; pero quiere ser deseado, pedido, solicitado con insistencia.

Excitemos, pues, esta semana en nuestro corazón santos deseos, tanto más ardientes cuanto que el divino Espíritu quiere colmarnos de sus gracias en proporción a nuestro entusiasmo y nuestros deseos.

Intentemos durante esta semana hacer mejor nuestros ejercicios espirituales, reservarnos algunos momentos en el día para rogar y enviar al Cielo suspiros más ardientes.

Roguemos, en unión con María Santísima, Reina del Cenáculo y de los Apóstoles; apoyándonos en Ella, rogándole nos participe sus disposiciones interiores, sus virtudes, y nos obtenga una infusión profunda de los Dones del Espíritu Santo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Como se pide - aviso


HOMENAJE AL
PADRE JULIO MEINVIELLE
  
  
Estimados Socios y Amigos:
 
Les hacemos saber que el 2 de agosto de 2013 se cumplen 40 años de la muerte del padre Julio Meinvielle. El Instituto de Filosofía Práctica organiza una serie de actos en su honor. El Infip tiene una deuda especial con este gran sacerdote, quien donó al Dr. Guido Soaje Ramos, su biblioteca para la fundación de este Instituto.
 
1) Los actos comenzarán con una Tertulia titulada “JULIO MEINVIELLE EN EL RECUERDO” dirigida por el Arquitecto Patricio Randle -integrante de nuestra Comisión Directiva- y en la cual intervendrán el Escribano Carlos Manuel Payá, Los Doctores Mario Cibeira y Augusto Padilla y el Señor Juan José Couselo. La misma tendrá lugar el Martes 14 de Mayo a las 19 hrs. y se servirán empanadas filosóficas y vino. Como el número de plazas es limitado, se ruega comunicar su reserva al 4371-3315 de 15 a 19hrs.o al mail: infip@fibertel.com.ar .
 
2) Además les adelantamos otros actos ya programados. A medida que completemos el calendario les haremos llegar su respectiva actualización.

MAYO/2013
- MARTES 21, 19 HRS. = CONFERENCIA “LA CONCEPCION POLÍTICA EN EL PADRE JULIO MEINVIELLE” dictada por el Dr. Bernardino Montejano.

JUNIO/2013
- MARTES 4, 19 HRS. = CONFERENCIA “MEINVIELLE, MARITAIN Y LOS NUEVOS MARITAINIANOS” dictada por el Dr. Luis Roldán.

AGOSTO/2013
- VIERNES 2, 18.30 HRS. =  MISA CELEBRADA POR EL Padre Alfredo Saenz CJ CON PREDICACION IN MEMORIAM DEL PADRE J. MEINVIELLE
- MARTES 13, 19 HRS. = CONFERENCIA “MEINVIELLE Y LA CRISTIANDAD” dictada por el Padre A. Saenz CJ.
- MARTES 27, 19 HRS. = CONFERENCIA “MEINVIELLE Y LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA” dictada por el Dr. Augusto Padilla.
 
SEPTIEMBRE/2013
MARTES 10, 19 HRS. = CONFERENCIA “PENSAMIENTO ECONOMICO EN EL PADRE MEINVIELLE Y SU EVOLUCION” dictada por el Dr. Ludovico Videla.
 
OCTUBRE/2013
MARTES 8 DE OCTUBRE= CONFERENCIA "MEINVIELLE: DEFENSOR DE LA IGLESIA Y DE LA PATRIA", dictada por el Dr. Antonio Caponnetto
 

martes, 7 de mayo de 2013

Declaraciones


DECLARACIÓN DEL INSTITUTO
DE FILOSOFÍA PRÁCTICA
ANTE DOS DOCTORADOS
  
  
I
 
Hace alrededor de un mes, la Universidad Católica de la Plata, en un gesto que la honra, confirió el doctorado “honoris causa” al Presbítero Doctor Alfredo Sáenz.  Poco antes, la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, confirió el doctorado “honoris causa” al rabino Abraham Skorka.
 
Estos otorgamientos dicen mucho y señala dos rumbos hace tiempo asumidos por ambos institutos de altos estudios. Estuvimos en la ciudad platense y en medio de una numerosa concurrencia, se destacaban unos cincuenta sacerdotes discípulos del homenajeado. Es una prueba que el Padre Sáenz no trabajó con su arado en el mar.  En la UCA, evidentemente no estuvimos.
 
Como estos otorgamientos, dan tema para amplias reflexiones filosóficas no podemos dejar de referirnos a ellos.
 
 
II
 
El otorgamiento al Padre Sáenz es un premio a un hombre veraz, a un sacerdote de Jesucristo, a un gran teólogo, con sed de verdad, quien desde hace muchos años viene cumpliendo acabadamente con nosotros y con muchos, una obra de misericordia espiritual: enseñar al que no sabe. Una vocación docente, asumida con generosidad, condujo al Padre Sáenz por los senderos de la moral, de las bellas artes, de la historia y hasta de la política, entendida ésta como el estudio de los grandes principios que gobiernan el obrar y el hacer en este campo, y que surgen de las exigencias de la ley natural y de la ley divina positiva.
 
El rector de la Universidad platense hizo una prolija enumeración de las obras escritas por el galardonado, organizándolas como si construyera una catedral.  Apabullante.
 
Todo en la vida del Padre Sáenz ha sido constructivo.  A partir de Dios y de su palabra, expresada en las Sagradas Escrituras, se consideran las realidades eclesiásticas y temporales.  La perspectiva del premiado tiene sabor de eternidad, porque su empresa ascensional comienza en la tierra y acaba en los cielos.
 
El Padre Sáenz, como nosotros, se considera heredero legítimo de los Cursos de Cultura Católica y le agradecemos, al aceptar la distinción, el haber señalado a este Instituto de Filosofía Práctica, como uno de los pocos lugares donde desde hace muchos años, gracias al magisterio de Guido Soaje Ramos, se piensan las cosas.  Porque una cosa es estudiar y otra prestar un local para conferencias.  Una pasión del Padre Sáenz, regida por la inteligencia y que compartimos totalmente es la de la Cristiandad, realidad política que consiste en la aceptación de los criterios evangélicos para gobernar a los pueblos y conducir a sus integrantes en forma inmediata al bien común político y en forma mediata a Dios, bien común trascendente.
 
Ante esto no se puede ser neutro o imparcial, porque en lo temporal se juega nuestro último destino; como está escrito en el Evangelio: “el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mateo, 12, 30).
 
 
III
 
El segundo doctorado, no recoge, sino que lamentablemente desparrama. Hace tiempo, desde la época del rectorado de Monseñor Zecca, la UCA sufre un triste proceso de descomposición progresiva.  Como lo hemos denunciado otras veces, el humo de Satanás parece haberla invadido. Grandes irresponsables prosperan sin escrúpulos, mientras demuelen lo que algún día pretendió ser una Universidad, herencia de los Cursos de Cultura Católica. Y ahora, premia a Skorka, por “su actividad sobresaliente en pro del desarrollo de la cultura”.
 
El actual rector Víctor Manuel Fernández, no deja inexactitud  por decir cada vez que habla o escribe. Así, organizó una muestra acerca de la “Dignidad de las Villas Miseria”, lugares que no dignifican a nadie sino que constituyen ámbitos de amontonamiento, masificación, promiscuidad, delito, corrupción, drogas. Podría haber leído a Charles Péguy que afirma: “antes de la instauración del mundo moderno, un hombre sin dinero era pobre, y estaba todo dicho; hoy es un ser miserable, es un ser disminuido… La miseria no sólo hace desgraciado al hombre, sino que provoca en él una decadencia; es el único mal incurable porque carece de sentido. La miseria niega la esperanza, niega el amor, niega la inteligencia; niega todos los valores espirituales a un ser rebajado a una categoría inferior a la de la bestia” (Daniel-Rops: “Péguy”, Difusión, Buenos Aires, 1946, págs. 115/116.
 
Este Rector, en su lamentable cortedad natural, parece que nunca podrá entender la diferencia entre la pobreza, que puede dignificar y la miseria que degrada. Así también, en un penoso artículo, publicado en un matutino, comparó al aborto con la conquista española en la cual afirmó que los españoles mataban a los indios por considerar que no tenían alma.
 
Y como si fuera tema de su competencia, apoyó la ley acerca de la venta de tierras a extranjeros, al ofrecer el discurso de apertura del Seminario sobre la ley de tierras, organizado por el Ministerio de Agricultura (cfr. Félix Sanmartino: “El extranjero, un nuevo depredador de nuestra fauna” en “La Nación”, Buenos Aires, 6 de octubre de 2011). Esta ley, si hubiera existido en otra época, hubiera impedido que surgieran en la Argentina los grupos CREA y la empresa modelo Flandria, entre muchas otras realizaciones forjadas por hombres llegados de Europa, que hicieron por la Argentina mucho más que tantos argentinos; así, también por gestión de extranjeros, surgió la Aeroposta Argentina, que compró terrenos y construyó aeropuertos en toda la Patagonia, región que en tiempos de Saint-Exupéry y otros pioneros, con elementos muy precarios, estaba por vía aérea mejor comunicada que en nuestros días.
 
 
IV
 
El novel doctor Skorka hizo la apología del “ideal profundo del movimiento sionista”, sin la mínima referencia a sus entuertos, acusó a la Iglesia de antisemita y afirmó, con absoluta falsedad, que el antisemitismo nacional socialista tuvo raíces católicas.
 
Podemos recomendar a este doctor en ignorancia, de perfil posmoderno, que lea los libros de Rohan Butler, profesor de la Universidad de Oxford, titulado “Las raíces ideológicas del nacional socialismo”, Fondo de Cultura Económica, México, 1943; del P. Julio Meinvielle, “Entre la Iglesia y el Reich”, Adsum, Buenos Aires, 1937 y de Enrique Rau, entonces pensador y sacerdote excelente, “El racismo nacional-socialista y el cristianismo”, Gladium, Buenos Aires, 1939.
 
Skorka convocó a revisar los Evangelios en su condena al fariseísmo y concluyó afirmando que “la enseñanza de Jesús sobre el amor ya estaba en el Talmud”. ¿En qué lugar de ese texto se encuentra el mandamiento nuevo, inventado por Cristo, que establece una norma muy superior a la regla clásica del amor al prójimo como a uno mismo: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a los otros como yo os he amado”? (San Juan, 15, 12).
 
El novel doctor exaltó la figura de su colega Marshal Meyer, pedófilo y corruptor de menores, hechos comprobados por la Justicia por denuncias de la misma comunidad judía. Y finalmente, se escuchó y aplaudió, en la Universidad Católica, la negación de la divinidad de Cristo, pues “estamos esperando al Mesías. Él va a venir cuando Dios lo disponga”. O sea que Jesús fue un gran impostor; un blasfemo, un gran mentiroso. Sin embargo, siguen resonando sus palabras en respuesta a la pregunta; “¿Tú eres el Hijo de Dios?… Vosotros lo decís; Yo soy” (San Lucas, 22, 70). Y la afirmación de su identidad divina con Dios Padre: “el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado” (San Juan, 12, 45). Porque quien ve a Jesús, ve al Padre.  En esto creemos.
 
Luego, el largo aplauso de los tibios incapaces de decir ¡No! aunque sea para defender las verdades más elementales.  A Cristo nuestra adoración.  A estos viejos y nuevos idólatras, falsificadores, mendaces, a todos los “perros mudos”, que por conservar sus canonjías  y cargos docentes, todo lo callan, todo lo otorgan, nuestro desprecio.
 
Bernardino Montejano, Presidente
Buenos Aires, noviembre 23 de 2012.