miércoles, 12 de septiembre de 2012

Alí Babá y muchos más

BROCHERO:
ORA POR NOBIS
  
  
A mi mujer, una nuera muy viajera que tenemos le trajo de regalo de Turquía, entre otras cosas, una colección de té en saquitos de muy distintos gustos. Por ejemplo, de manzanas, de rosas, verde, etc.  Incluso se puede decir que son bastante ricos. Lo que nos trajo a la memoria nuestras pasadas épocas juveniles fue la marca de esos productos: Alí Babá.
  
Era uno de nuestros cuentos predilectos, Alí Babá y los cuarenta ladrones. La nostalgia me hace volver violentamente al presente, y me obliga a preguntarme si hoy, en Argentina, en vez de ser cuarenta no serán cuarenta mil, cuatro millones o más.
  
Lo bueno del cuento era que los ladrones tenían una cueva como guarida. Pero en la realidad nacional estamos en desventaja. ¿Cuál es la cueva que tienen en nuestro país? Porque con los medios de control modernos, por todos conocidos, no sería demasiado difícil alcanzar su más completa liquidación. Ni siquiera sería necesario correr la piedra que cerraba la cueva con la mágica palabra “ábrete-sésamo”.
  
A cambio de esta carencia de medios de control del latrocinio, tenemos la posibilidad de elevar nuestras oraciones al Cura Brochero, pidiendo su mediación. El sacerdote gaucho penetraba en las cuevas de los bandidos y llevaba a muchísimos gauchos a hacer retiros espirituales en Traslasierra, provincia de Córdoba.
  
Su proceso de beatificación está culminando bajo el pontificado de Benedicto XVI, quien nos ha pedido muy especialmente que recemos por nuestros pastores, varios de ellos mudos y silenciosos en medio de la más grande corrupción de nuestra historia.
  
Lo más grave es que son pocos los pastores de la Iglesia que hablan del Evangelio, de Jesús, de la Santisima Virgen, de la Sagrada Familia, del pecado. O tambien de apercibir o sancionar a aquellas autoridades que se dicen catolicos pero promueven legislaciones contra la Iglesia de Cristo y el Derecho Natural.
  
Repitamos con Martín Fierro: “¡Vengan santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda!”
  
Carlos Llambías
  

lunes, 10 de septiembre de 2012

Mirando pasar los hechos


AZOTE URBI ET ORBI
TELÓN CALLANDO

CÓLERA

Las sorpresivas palabras pronunciadas por el Arzobispo de Buenos Aires resonaron como fuertes chasquidos en la Universidad Católica Argentina (el 8 de septiembre de 2012). Execraba a los sacerdotes que no bautizan a hijos de madres solteras. Una omisión desconocida por todos hasta el momento.

“Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron* (sic) a la Iglesia”. “Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo…” Fue la terrible admonición. Y aquí cumple una digresión, para observar que “remitente” significa “el que envió a la criatura”… ¿Vale decir el Creador? Y que el neologismo “clericalizaron” deriva de clericalismo, un término despectivo utilizado por los laicistas para criticar la influencia religiosa en la sociedad

COTEJO

Todo produce estupor. Al ventilarse cierta cuestión interna e ignorada, mientras un silencio espeso cubre el gran escándalo que conmueve a propios y extraños: El 25 de Agosto —pocos días antes de la aludida fustigación— fueron bautizados en Buenos Aires dos niños mellizos. Y una vistosa fotografía, difundida por los medios*, muestra en la basílica del Santísimo Sacramento, a los felices “padres” posando junto al sonriente sacerdote revestido ceremonialmente. Cuyo abrazo a la “madre” registra otra escena…

CONCLUSIONES
  
Todo ello reflejaría un acontecimiento jubiloso y  ejemplar, si no se tratara de algo increíble: Los “progenitores” son un famoso líder transexual y su pareja; los inocentes niños provienen de un vientre alquilado en Norteamérica. Con lo cual para muchos, queda “religiosamente” respaldado el matrimonio homosexual y el alquiler de vientres que propugna la persecución. Y a ojos de no pocos debilitan, todavía más, las objeciones expresadas en el “aporte orientado a contribuir a la mejor Reforma del Código Civil”; que presentó el presidente de la Comisión Episcopal el 23 de Agosto.
  
CARTA ABIERTA
  
Al señor Presidente  de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
Dr. Ricardo Lorenzetti.
Señor Presidente:
En el periódico “Página 12” (del 26 de agosto de 2012), V.S. ha manifestado que “un código es una casa, los cimientos y sus paredes son los consensos básicos, luego, cada uno vive como quiere y disputa dentro de cada habitación”. Retórica albañila evidentemente ponderativa de la más amplia diversidad conducida por V.S., conforme a sus palabras.
En dicha ocasión V.S. afirmó que la Conferencia Episcopal apoya la reforma del Código Civil, haciendo con mesura solamente algunas objeciones. Pero trascartón acusó de “fanáticos y fundamentalistas” obviamente a los católicos opuestos en absoluto a esa reforma, por sus contenidos de inspiración anticristiana y contra natura. No puede sorprender entonces que se sientan derrumbados. No sólo por el amargo fruto inmediato del aporte episcopal, ponderado por V.S.; sino también por el crujido —a causa de sus expresiones inflexibles— de la espectacular tolerancia edificada frente a los departamentos rufianescos cercanos a la Corte Suprema.
Con este motivo saludo a V.S. reiterando mis expresiones de sorpresa.

Casimiro Conasco
   
* v. Revista “Gente”, 28.8.12
    

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sermones y homilías


DECIMOQUINTO DOMINGO
DE PENTECOSTÉS


Y aconteció después, que iba a una ciudad, llamada Naím: y sus discípulos iban con Él, y una grande muchedumbre de pueblo. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda: y venía con ella mucha gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y los que lo llevaban, se pararon. Y dijo: Mancebo, a ti digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le dio a su madre, y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo. Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea, y por toda la comarca.


Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda.

Llegando a la ciudad de Naím, Nuestro Señor se encuentra con la muerte... Jesús, autor de la vida, quien proclama ser la resurrección y la vida, se halla frente a frente con la muerte...

Meditemos hoy sobre la muerte.

Mucho se discute sobre el problema de la vida; y mucho se pregunta sobre cómo hay que vivir.

Esto no basta: hay que preguntarse también de qué manera hay que morir.

Los necios, dice Pascal, no pudiendo suprimir la muerte, no piensan en ella.

El cristiano, no sólo piensa en la muerte, sino que se prepara a ella y no se contrista.

Sin temores insensatos, miremos de frente, serena y cristianamente a la muerte; y veamos de qué modo enseña a afrontarla el cristianismo.

+ + +

Vendrá para todos nosotros la hora de la partida de este mundo.

No sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde moriremos.

Pero de una cosa estamos ciertos, tenemos que morir.

También de otra cosa podemos estar muy seguros: en ese momento postrero, no nos arrepentiremos de haber vivido como cristianos.

Sólo nos confortará el pensamiento de haber vivido en gracia, de haber divinizado nuestra vida, de haber hecho sobrenaturalmente el bien y cumplido nuestro deber.

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Decimos muy frecuentemente que los muertos pasaron o hicieron tránsito de esta vida a la otra, porque a la verdad esta morada que hacemos sobre la tierra, a la cual damos el nombre de vida, más es muerte que vida; supuesto que por cada momento de ella vamos pasando, sin parar, al sepulcro y a la eternidad.

Por eso decía aquel antiguo filósofo que morimos todos los días, y que cada día se nos quita alguna parte de nuestro ser.

Decía un antiguo que la muerte no debía reputarse como mal, ni mirarse como desagradable, si la precedió una buena vida; porque nada la hace temible sino lo que la sigue.

Y, sin embargo, la naturaleza ha impreso en todos el horror a la muerte.

Pero contra todo este desasosiego que nace del temor del juicio divino tenemos el escudo de la buena esperanza, que haciéndonos poner toda nuestra confianza, no en nuestra virtud, sino sólo en la misericordia de Dios, nos asegura que los que esperan en su bondad jamás serán confundidos en su esperanza.

Pero yo he cometido muchas faltas, dirá alguno. Es cierto; mas, ¿quién será tan loco que piense que puede cometer tantas como Dios sabe perdonar; ni que se atreva a medir la grandeza de sus pecados con la inmensidad de aquella infinita misericordia que los anega en el profundo mar del olvido, si por amor suyo nos arrepentimos de ellos?

Sólo a los desesperados, como Caín, está bien el decir que su pecado es tal y tan grande que no hay perdón para él; pero no a los que se arrepienten y esperan en Dios; pues hay en Dios una misericordia y una redención abundante, y Él es el que redime a Israel de todas sus iniquidades.

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A este respecto, tengamos en cuenta el consuelo que San Francisco de Sales daba a un alma cercada y asaltada de los espantos de la muerte y del temor del juicio que le sigue.

"¡Oh!, le decía, la muerte es horrible, esto es mucha verdad; pero también lo es que la vida que sigue después de ella, y que Dios nos ha de dar, es mucho más apreciable; y así, no debemos caer jamás en la desconfianza, porque, aunque seamos miserables, nunca podremos serlo tanto ni con mucho, como Dios es misericordioso con los que tienen voluntad de amarle, y han puesto en Él sus esperanzas.
Cuando el bienaventurado cardenal San Carlos Borromeo se hallaba a las puertas de la muerte, hizo llevar y que le pusiesen delante una imagen de Nuestro Señor difunto, para dulcificar su muerte con la de su Salvador. Este es el mejor remedio de todos contra el temor y miedo de nuestra partida: pensar en la de Aquel que es nuestra vida; y no pensar jamás en la una sin juntar el pensamiento de la otra."

Es cierto que a vista de nuestros pecados pasados debemos siempre temer y llorar amargamente; pero no debemos quedarnos en esto, sino pasar más adelante, y llamar en nuestro socorro a la fe, a la esperanza, y al amor de la divina e infinita Bondad; con lo cual nuestra amargura amarguísima se convertirá en paz; nuestro temor pasará de servil a filial; y la desconfianza de nosotros mismos, que es acíbar muy amargo, se dulcificará con el azúcar de la confianza en Dios.

El que se detiene en la desconfianza y el temor, sin pasar a la esperanza y a la confianza, se parece al que de un rosal arrancase sólo las espinas, dejando las rosas.

+ + +

Pasando a otro punto no menos importante, a los que preguntan si es lícito desear la muerte por no ofender a Dios, el mismo San Francisco de Sales respondía:

"Siempre es peligroso el desear la muerte; porque este deseo no se halla ordinariamente sino en los que han llegado a muy alto grado de perfección, o en los que adolecen de melancolía; pero no en espíritus de mediana esfera, cuales podemos ser nosotros.

Se alegan los ejemplos de David, de San Pablo y de algunos otros Santos que desearon morir; pero sería presunción el imitarlos en esto, sin igualarlos a ellos en su santidad.

Desear la muerte por tristeza, despecho o fastidio de esta vida, es caer en un extremo contrario, muy próximo a la desesperación.

Pero a esto suelen decir que se desea la muerte sólo para no ofender más a Dios.

Debe ser sin duda grandísimo y superior al deseo de vivir el aborrecimiento al pecado; pero es menester que sea maravilloso en un alma que desea morir por temor de no cometerle.

Por lo menos, los Santos que lo desearon, no lo hicieron por este temor, sino por gozar de Dios y glorificarle más.

Y por más que me digan, yo entiendo que es muy difícil desear la muerte por el único motivo de no ofender a Dios; y que en tal deseo hay, aunque no se perciban, otras causas; y que éstas son las que hacen ingrata y fastidiosa la vida.

Sobre todo, me parece que lo que hace prorrumpir en semejantes expresiones, no es tanto el deseo de glorificar a Dios, que debe ser nuestro primer objeto, cuanto el que no sea Dios ofendido, ni su gloria exterior defraudada por nuestras culpas.

Además de esto, ¿qué pretende quien esto dice?

¿Es acaso ir al paraíso? Pero para esto no basta no pecar, sino que todavía es menester obrar bien, haciendo buenas obras, y haciéndolas de modo que sean agradables a Dios.

¿Es acaso ir al purgatorio? Yo aseguro que si los que así hablan se viesen a la puerta de aquel lugar, retractarían su deseo, y pedirían que se les restituyese a esta vida para hacer austeras penitencias, aunque fuese por un siglo entero, antes que atreverse a entrar, y detenerse poco tiempo en aquel fuego abrasador y en aquellos ardores espantosos".

+ + +

Una interesante anécdota en la vida de San Francisco de Sales nos puede ilustrar mucho sobre este tema.

Cumpliendo la visita de su diócesis, le dijeron que un labrador, que se hallaba gravemente enfermo, deseaba recibir su bendición antes de morir. El Santo fue allá, y encontró a aquel hombre a las puertas de la muerte, pero en su cabal juicio. Arrebatado de gozo el enfermo de ver cumplido su deseo, le dijo al Santo: Señor Ilustrísimo, doy gracias a Dios de que me concede veros y recibir vuestra bendición antes de morir.

Pidió que le confesase, y viéndose a solas con su Prelado le preguntó: Señor, ¿me moriré de esta enfermedad?

Creyendo el Santo que le hubiese sobrecogido algún demasiado miedo, le dijo, para serenarle: “He visto otros que de peor estado han salido; pero es menester que pongáis toda vuestra confianza en Dios, en cuyas manos está nuestra vida y nuestra muerte.”

Pero, Señor Ilustrísimo, repitió el enfermo, ¿os parece que me muero?

“Hijo mío, le respondió el buen pastor, a eso un médico os podría responder mejor que yo; pero lo que os puedo decir es que veo vuestra alma en buen estado, y que quizá seríais llamado a juicio en otro tiempo en que no estuvieseis tan bien dispuesto como ahora. Lo mejor que podéis hacer es deponer todo deseo de vivir, y poneros y entregaros totalmente en manos de la providencia y misericordia de Dios, para que haga en vos su santísima voluntad, que sin duda será lo que más cuenta os tenga.”

¡Oh! Señor Ilustrísimo, replicó el enfermo, no creáis que os haga esta pregunta porque tema el morir; antes bien por temor que tengo de no morir, el cual es tal, que me costaría dificultad el conformarme con sanar de esta enfermedad.

Sorprendido el Santo al oír este lenguaje, como quien sabía que ordinariamente sólo las almas muy perfectas o muy malas son las que desean la muerte declinando hacia la desesperación o a lo menos hacia una profunda tristeza, le preguntó: “¿acaso tenéis algún pesar de vivir?, ¿de dónde procede el tedio que mostráis de la vida, siendo tan natural el desearla?”.

Señor, respondió el enfermo, es de tan poco valor este mundo que no sé cómo son tantos los que se matan por él; pues si Dios no hubiese dispuesto que estuviésemos hasta que su Majestad nos sacase de él, mucho ha que ya no estaría yo en el mundo.

Persuadido el Santo de que acaso este hombre estuviese poseído de alguna grave pesadumbre, que le indujese a aborrecer la vida y a desear la muerte con tanta vehemencia, le preguntó: “¿padecéis algunos dolores ocultos en el cuerpo, o alguna pérdida en los bienes?”.

No por cierto, respondió; yo he vivido una vida muy sana hasta la edad en que me veis que ya llega a los setenta. En lo que toca a bienes, no me sobra gran cosa, sin que jamás haya sabido lo que es pobreza, gracias a Dios.

Le preguntó todavía el Santo, “¿acaso tenéis algún descontento de parte de vuestra mujer o de vuestros hijos?”

No, Señor, respondió; antes bien logro en ellos todos los contentos y satisfacciones que se pueden apetecer, sin que jamás me hayan dado el menor disgusto, tanto, que si hubiese de sentir el morir, sería únicamente por haber de apartarme de ellos.

No pudiendo el Santo atinar con la causa de aquel disgusto de la vida, le preguntó: “Pues ¿de dónde os viene, hermano mío, este deseo de la muerte?”

Señor, respondió, de que en los sermones he oído siempre hacer tales elogios de la otra vida y de los gozos del Paraíso, que he formado concepto de que este mundo no es otra cosa en realidad que un calabozo o una prisión verdadera.

Y pasando desde aquí el enfermo a hablar según la medida de la abundancia de su corazón sobre un asunto tan agradable dijo tantas maravillas, que el santo Obispo estaba arrebatado y bañado todo en lágrimas y ternura, al ver aquel hombre rudo, a quien Dios y su Santo Espíritu habían enseñado y revelado cosas que no eran capaces de enseñarle la carne y sangre.

De estas altas y celestiales ideas descendió después a las cosas prácticas de acá abajo; pintó la bajeza de las más eminentes grandezas, de las más suntuosas riquezas, y de las más exquisitas delicias del mundo con tan vivos colores, que imprimió en el Santo doctor un nuevo disgusto de ellas.

A vista de esto, lo que hizo San Francisco fue conformarse con los sentimientos de este buen hombre; pero para apartarle de los extremos a donde se inclinaba, le hizo hacer muchos actos de resignación y de indiferencia hacia la vida o hacia la muerte, a imitación de San Pablo y de San Martín.

De allí a pocas horas recibió la Extremaunción de manos del Santo Obispo, expiró sin quejarse del menor dolor, quedando más hermoso después de muerto que lo había sido durante la vida.

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Para terminar, consideremos la sabia respuesta de San Francisco de Sales cuando le preguntaron: ¿cuál es la mejor disposición para morir bien? Supuesta la caridad, ¿qué virtudes vivas y animadas de la caridad son las más convenientes para el momento de morir?

A esto respondió: "la humildad y la confianza"; y para no dejar de explicarse, con su natural gracia, añadió: La cama de una buena muerte debe tener por colchón la caridad; pero es muy bueno tener la cabeza descansando en las dos almohadas de la humildad y de la esperanza; y espirar con una humilde confianza en la misericordia de Dios.

Y explico:

De estas dos almohadas, la primera, que es la humildad, nos da a conocer nuestra miseria, y nos hace temblar de temor y espanto; pero de un temor amoroso (pues le supongo animado de la caridad), el cual nos hace concebir y producir el espíritu de salvación; humildad valiente y generosa que, sin abatirnos, nos levanta hacia Dios, apoyándonos en Él solamente.

De esta primera almohada se pasa fácilmente a la segunda, que es de la confianza en Dios. Y ¿qué otra cosa es esta confianza, sino una esperanza, fortalecida de la consideración de la infinita bondad de nuestro Padre celestial, más empeñado y más deseoso de nuestro bien que nosotros mismos?

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Por lo tanto, tengamos en cuenta que la muerte avanzará con paso lento, pero inexorable; y en el momento de la separación dolorosa, la voz de la Iglesia se alzará para Recomendar a Dios, con tiernísimas expresiones, el alma del moribundo.

" Sal de este mundo, alma cristiana, en nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo, que padeció por ti; en nombre del Espíritu Santo, que en ti se infundió; en nombre de la gloriosa y santa Virgen María, Madre de Dios; en nombre del bienaventurado José, ínclito Esposo de la misma Virgen; en nombre de los Ángeles y Arcángeles; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Querubines y Serafines; en el de los Patriarcas y Profetas; en el de los santos Apóstoles y Evangelistas; en el de los santos Mártires y Confesores; en el de los santos Monjes y Ermitaños; en nombre de las santas Vírgenes y de todos los Santos y Santas de Dios.
Sea hoy en paz tu descanso y tu habitación en la Jerusalén celestial.

Te recomiendo a Dios Todopoderoso, y te pongo en las manos de aquel de quien eres criatura, para que después de haber sufrido la sentencia de muerte, dictada contra todos los hombres, vuelvas a tu Creador que te formó de la tierra. Ahora, pues, que tu alma va a salir de este mundo, salgan a recibirte los gloriosos coros de los Ángeles y los Apóstoles, que deben juzgarte; venga a tu encuentro el ejército triunfador de los generosos Mártires; rodéete la multitud brillante de los Confesores; acójate con alegría el coro radiante de las Vírgenes, y sé para siempre admitido con los santos Patriarcas en la mansión de la venturosa paz.

Anímete con grande esperanza San José, dulcísimo Patrón de los moribundos; vuelva hacia ti benigna sus ojos la santa Madre de Dios; preséntese a ti Jesucristo con rostro lleno de dulzura, y colóquete en el seno de los que rodean el trono de su divinidad.

No experimentes el horror de las tinieblas, ni los tormentos del suplicio eterno.
Huya de ti Satanás con todos sus satélites, y, al verte llegar rodeado de Ángeles, tiemble y vuélvase a la triste morada donde reina la noche eterna.

Levántese Dios, y disípense sus enemigos, y desvanézcanse como el humo.
A la presencia de Dios desaparezcan los pecadores, como la cera se derrite al calor del fuego, y regocíjense los justos, como en una fiesta perpetua ante la presencia del Señor.
Confundidas sean todas las legiones infernales; ningún ministro de Satanás se atreva a estorbar tu paso.

Líbrete de los tormentos Jesucristo, que fue crucificado por ti; colóquete Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en el jardín siempre ameno de su paraíso, y verdadero Pastor como es, reconózcate por una de sus ovejas.

Perdónete misericordioso todos tus pecados; póngate a su derecha entre sus elegidos, para que veas a tu Redentor cara a cara, y morando siempre feliz a su lado, logres contemplar la soberana Majestad y gozar de la dulce vista de Dios, admitido en el número de los Bienaventurados, por todos los siglos de los siglos. Así sea"

Nosotros moriremos…

El reloj de nuestra vida se parará para siempre…

Nuestro corazón ya no palpitará más…

Nuestra alma se separará del cuerpo…

Estaremos delante del divino Juez…

jueves, 6 de septiembre de 2012

Editorial del Nº 98


TOBÍAS
  
Aunque de vicios del peor calibre van cargándose día a día los registros de esta época y bajo estos gobernantes, durante los primeros días de agosto trajeron los medios la noticia que faltaba para completar el cuadro del oprobio absoluto. En Buenos Aires, pero —al parecer— por primera vez en el mundo, a dos depravados que viven en homosexual coyunda, se les reconoció oficial y formalmente el rango de padres de una criatura, cuyo nacimiento habían encargado en la India, pagándole a una mujer la locación de su útero.
  
Salteamos por improcedente cualquier réplica que pudiera dárseles a los justificadores de tamaño delito contra natura. En el capítulo once del primer libro de la Tópica, Aristóteles nos sigue enseñando que hay algunos que “castigo requieren y no argumentos”. Y es este el caso. Salteamos asimismo, aunque no sin dolores hondos, cualquier reflexión sobre la ignota fémina que aceptó el execrable negocio de dar a luz para satisfacer el capricho de un par de corruptos.
  
Sólo en tres aspectos de este drama queremos centrarnos.
  
El primero es que tamaña perversión de la naturaleza no es un hecho aislado. Se inscribe dentro del plan mayor de cultura de la muerte, que las actuales autoridades políticas han trazado en consonancia con los poderes mundiales. El plan reclama, entre otras cosas, un cambio en las leyes, para que todo vestigio de orden natural en ellas resulte desterrado. Tal lo que vienen haciendo a cuatro manos, aunque cuadrara mejor escribir a cuatro zarpazos. Por eso subleva tanto presenciar la actitud melindrosa y apocada de nuestros pastores, objetando algunos de estos cambios legales, cuando lo que debiera escuchárseles es una voz de trueno, despertando a las conciencias creyentes e instándolas dar batalla contra la abyección democrática que vivimos. Por eso incluso no hay palabras para manifestar la perplejidad que nos ha causado la noticia del bautismo público, en el Santísimo Sacramento, de dos criaturas inocentes capturadas por un travesti y su amante. La Iglesia no puede convalidar estas parodias de “familias”, insolentemente alzadas contra la ley natural y la ley divina. Sonidos veraces y estentóreos que derrumben los muros de Jericó, se necesitan; y no melifluas cadencias dispuestas a integrarse al coro pluralista del “modelo”.
  
Lo segundo que debe quedar dicho, es que la aberración que comentamos fue prohijada formalmente por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a cuyo titular —un mercader cretino y tilingo de pro— se insiste en adscribir a una oposición nada menos que fascista. Como si el macrismo pudiera ser clasificado con categorías políticas en vez de entomológicas. Pero debe subrayarse el hecho de la plena y pública aquiescencia del gobierno nacional para consumar tamaño atropello. Riñen por los subtes, por los dólares, por la “metropolitana”, por los votos o por el control bancario. Cuando hay que matar a Cristo, están juntos y prontos, como lo estuvieron Caifás y Pilatos, más allá de temporales reyertas. Todos son opositores, escribimos tiempo atrás. Se oponen a Dios y a la Patria Argentina. He aquí una nueva y desgarradora prueba.
  
Pero lo tercero es lo más grave, y no hallamos palabras suficientes para retratarlo. Tobías —tal el nombre del niño inocente que se ha puesto en las manos repugnantes de dos bufarrones— se criará en un maldito y falso hogar, remedo crapuloso de toda genuina familia, parodia criminal de una casa normalmente constituida, mueca sacrílega y endemoniada de todo verdadero linaje. Tobías fue condenado a vivir sin madre por unos gobernantes que, a fuer de hideputismo consumado, ya ni quieren recordar que alguna vez tuvieron una.
  
No es necesario caer en ningún sentimentalismo para justipreciar la presencia insoslayable de la madre en la vida del hombre. Alguien decididamente alejado de cualquier propensión tanguera lo dejó dicho con palabras tan nobles como su vida martirial: “En la madre se encierra un gran milagro y un gran misterio —escribió el glorioso Cardenal Mindszenty—. Todos los hombres, felices o infortunados, se estremecen y conmueven ante esta palabra: madre”. A Tobías le han arrebatado el milagro y el misterio maternos, en nombre de una ideología degenerada y obscena.
  
La Historia Sacra sin embargo, registra otro Tobías. Sobre él, nuestro admirado amigo Miguel Cruz, ha escrito un bello libro que nos confortó en estas horas aciagas. El Tobías veterotestamentario fue protegido en su “travesía sembrada de peligros y de miedos, por una misteriosa figura fraterna”. Era San Rafael Arcángel. Con su auxilio venció al demonio Asmodeo, forjó su matrimonio, cumplió sus deberes para con Dios y alcanzó la dicha. A San Rafael encomendamos vivamente este Tobías nuestro, rehén de dos crápulas estatalmente asistidos. Quiera el Arcángel librarlo de su prisión y concederle la gracia de un padre y de una madre, como merecen todos los hombres dignos.
  
Antonio Caponnetto
  

miércoles, 5 de septiembre de 2012

In memoriam

DON RUBÉN
CALDERÓN BOUCHET
   
† 4 de septiembre de 2012
      
Sabíamos que los últimos años lo tenían, a don Rubén, más en la Patria que en esta tierra doliente.
   
Blanca, su mujer, y entrañables amigos formaban la legión de leales junto al Supremo, aguardándolo.
   
Lo visitamos hace cuatro años y entre risas, recuerdos y entrevista recobramos, firme, su estirpe y su magisterio.
   
Escuchaba poco y para no llamarse "sordo" se reía de ser, en lenguaje de pedantes, "persona no audiente".
  
Fue mi profesor cuando yo era estudiante; fue de todos el mejor y mejor que ninguno me enseñó la Metafísica.
   
A Tomás nos introdujo sin descuidar a los  antiguos;  Maurras fue su predilecto pero sobre todos amaba al Señor.
   
La Iglesia y la Patria, damas amables de caballeros andantes, fueron tenaz desazón de su criollo corazón.
   
El buen vino no desdeñaba, "Empédocles, el de Agrigento, y Tomás el de Aquino”, le enseñaron cómo "empinar el pico".
  
A los que deseaban investigar, aconsejó siempre "cinco lenguas estudiar", griego para Platón y latín para Tomás.
   
El inglés "porque así es mi amigo"; francés pues es música en los oídos; el alemán para Hegel saber sufrir.
   
Recuerdo con honor que a mí en lo personal me dijo que si amaba filosofar al maestro Guido debía escuchar.
   
Siendo yo adulto, pretexto nunca ha faltado,  “Pax Romana” y “Valija Vacía” mediante, para abrevar en su estilo elegante y sabiduría sin par.     
¡Don Rubén, el Cielo es ahora su morada;  su mujer y los amigos lo abrazan; la Iglesia Triunfante y el Supremo Capitán han coronado su victoria!
  
Ernesto R. Alonso
   

lunes, 3 de septiembre de 2012

Mirando pasar los hechos


CARTA A MONSEÑOR PANCHAMPLA
  
Buenos Aires, 30 de Agosto de 2012
  
Excelencia Reverendísima:
  
Conociendo por antiguas lecturas que V.E. sería uno de los principales pastores de estos últimos tiempos, me dirijo respetuosamente en servicio a la verdad sobre una cuestión delicada. La sección Enfoques de “La Nación” (5.8.12) ha deslizado una alusión al Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, que reafirma nocivas confusiones instaladas desde hace tiempo.
  
Destaca el diario que el nuevo presidente del Episcopado representa “el avance de un moderado”; y que “tal vez por eso la presidenta no se demoró mucho en recibirlo”. Lo cual de rebote lo deja al antecesor como protagonista de actitudes desmesuradas, perjudicando el diálogo con el Gobierno. Algo tan inexacto e imaginario como entender que la habilidad del flamante sucesor impedirá la concreción del nuevo Código Civil.
  
Para demostrar el error aludido, solamente bastaría recordar los siguientes hechos demostrativos de la extraordinaria mesura del Primado:
  
  1. Por Decreto N° 1086/05 el Gobierno estableció el extenso y minucioso plan —vigente— contra la religión y la moral: Sin rechazo.
  2. El obelisco de la Ciudad de Buenos Aires —sede del Arzobispado— fue recubierto simbólicamente con un enorme preservativo: Sin reclamos.
  3. Los homosexuales atacaron la Catedral de Buenos Aires, siendo defendida por un grupo de católicos que fueron desautorizados como fundamentalistas.
  4. Las “Madres de Plaza de Mayo” ocuparon la Catedral, según se supo instalando dentro del templo un urinario: Sin condena ni desagravio.
  5. En una celebración presidida por el Cardenal en la Catedral, participaron huestes piqueteras: con su anuencia.
  6. En una conmemoración ideológica en la iglesia de San Patricio, el jefe de Estado y el Purpurado se saludaron estrechándose las manos frente al altar: “Vine a compartir un oficio religioso. Nunca tuve una mala relación con la Iglesia”, aseguró el primer mandatario al salir del templo (consigna ZENIT.org-Aica -12.4.06)…
   
Con lo que está todo dicho y absolutamente rebatidos los enfoques tendenciosos que intentan mostrarlo al señor Cardenal como un vehemente adalid. Pero a mayor y definitivo abundamiento, está la biografía —por momentos autobiográfica— titulada “El Jesuita”, donde queda certificada la extrema anchura ideológica y espiritual del Cardenal Primado.
   
Con este motivo reitero mis respetuosos saludos a Vuestra Excelencia.
      
Casimiro Conasco
     

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cartas

COMO SE PIDE
   
                           Hemos recibido esta carta con pedido de publicación;
y eso hacemos.
 
Señor Director:
       Se han cumplido ya cien años del nacimiento de Marcelo Sánchez Sorondo y pocos meses antes de celebrar su siglo de vida, tuvimos que lamentar su muerte. Su desaparición es una baja que ha sufrido el conjunto del nacionalismo argentino y al respecto creo que hay algo más que decir ante el mezquino tratamiento que de este aniversario han hecho los medios de prensa, y quisiera exponerlo como un testimonio para mí insoslayable, ya que lo estoy viendo en lo alto de la escalera de acceso al hall de la casona en que funcionaba el Círculo del Plata en Bolivar al 800, cada jueves a la hora del puchero del medio dia, para encabezar esos almuerzos inolvidables para mí y los centenares de camaradas y amigos que necesitaban escuchar la prosa política que nos leia a los postres, con sus apreciaciones sobre la actualidad del país.
 
En esos años lo vi rechazar en dos oportunidades el alto honor de representar a la República en el exterior, cargo que le ofrecieran el presidente Illia en 1964 y el presidente Ongania en 1966. Se quedó en Buenos Aires escribiendo y dirigiendo el semanario "Azul y Blanco", el valiente y siempre recordado medio de difusión del nacionalismo. Esta actitud lo llevó a padecer una doble injusticia,  ya que le clausuraron dos veces el semanario y hasta  estuvo preso otras tantas en l968-69. Estas cárceles y clausuras le dieron en su momento una transitoria repercusión y lo vincularon  a acuerdos como el que en 1973 culminó con su candidatura a senador nacional por la Capital, acompañado como candidato a senador suplente por José María Rosa. 
       
Perdimos en las elecciones complementarias de abril de 1973, y este luchador volvió a los almuerzos de los mediodias en el club político que presidía, acompañado por amigos de toda la vida. Siguió así tratando de unir y servir, sin medrar ni buscar falsos refugios ni honores transitorios. Siguió dando testimonio, como lo venía haciendo desde 1956, cuando al fundar "Azul y Blanco" como periódico y como movimiento le marcó a la mal denominada Revolución Libertadora sus arbitrariedades y desvíos. Con los años se fue debilitando su memoria, pero sigue en la memoria de cuantos lo conocimos y respetamos.
                                                                                           
                                                                       ARTURO PELLET LASTRA

viernes, 31 de agosto de 2012

Aviso: sale “Cabildo”

POR LA NACIÓN CONTRA EL CAOS
     

      
PORQUE ALGUIEN TIENE
QUE DECIR LA VERDAD
   
SE RUEGA DIFUNDIR.
  

jueves, 30 de agosto de 2012

Sanmartinianas

CARTA ABIERTA
        
Buenos Aires, 28 de Agosto de 2012
   
Al Señor General                                                 
Don José de San Martín
Mi General:
  
                     Acabo de ver una imagen que me decide al comentario de lo que pasa. Sobre cosas que tal vez ya preveía Usted, al conocer las contingencias de los grandes ideales desde la pertinente espera del descanso eterno. Me imagino ahora su indignación al mirar cómo la hez llegada de los basurales del mundo, ha concertado la  usurpación de la Patria para hacer una “Nueva Argentina”. Pervirtiendo las Instituciones, con exaltación del delito, la droga y la degeneración sexual; hasta retorcer la naturaleza y graznar blasfemias. ¡Cómo le habrá caído a Ud., mi General!... que ni pudo imaginar un juez invertido y mandaba horadar la lengua del blasfemo con un hierro candente*.                     
          
Descuento su sobresalto mi General, frente a esta aniquilación del país, y la bronca que le darían los generales y sus pares —bobos, flojos o fallutos— que lo dejaron postrar tragándose la fábula de la “Democracia” (ya mafiocracia). Hasta el punto que una marioneta procaz ocupe el Sillón de aquel rival histórico; obviamente manejada por el poderoso enemigo bien conocido.
      
Por este camino curiosamente vuelvo al origen de la misiva: Acabo de ver a uno de los Granaderos suyos (mil perdones) bailando a saltitos y cantando rock, nada menos que con el sujeto que Polichinela colocó a su lado para gobernar juntos. No ensucio el papel nombrándolo: un mamarracho complicado en múltiples ilícitos, pero siempre sonriente, descarado sin vergüenza, rulos al viento y la última querida de la mano.  En fin mi General, hace poco le oímos a un agudo observador que de esto solamente nos libra un milagro. Entonces me atrevo a pedirle —como Padre de la Patria en el empíreo— que implore la Suprema intercesión como lo hiciera en la campaña de Los Andes.
                    
Respetuosamente, suscribiéndome con honor soldado raso,
    
Casimiro Conasco
      
 
* “Leyes Penales del Ejército de los Andes”.
   

viernes, 24 de agosto de 2012

Recordatorios

VIEJOS CAMARADAS
  
  
La Plata, último lustro de la década de 1950. Años magníficos, vitales: lo mejor de nuestra vida. La noche que no teníamos que meter panfletos por debajo de las puertas, denunciando la entrega del petróleo a la Standard Oil, debíamos ir a cuidar algún convento o colegio amenazados, siempre que no estuviéramos detenidos en alguna comisaría.
  
El tirano demagogo, quien antes había empobrecido a la Argentina malbaratando con Gran Bretaña nuestro saldo pecuario exportable, para lo cual había tenido que imponer un régimen policíaco, ahora había sumado la enajenación de los hidrocarburos de la Patagonia a los Rockefeller y el ataque criminal a la Iglesia. “¡Cristo Vence!” fue el lema de nuestra respuesta, que se abrió camino entre la población como no lo había podido hacer la propaganda de los opositores liberal-socialistas.
 
“¡Cristo vence!”. En la procesión-manifestación de Corpus Christi. Para enterarnos por los diarios del día siguiente que supuestamente nosotros habíamos quemado la bandera nacional para entronizar en su lugar la pontificia. ¡Lo que le faltaba al tirano! Además de la mentira aviesa, el delito de lesa patria; puesto que a poco andar se conocieron los nombres de los comisarios de la Policía Federal que, por orden de Gamboa y Borlenghi habían ordenado y ejecutado la incineración del pabellón nacional. No importa. “¡Cristo Vence!”
  
Junto a los aviadores navales y aeronáuticos, que desagraviaban a la bandera, los comandos civiles peleamos en la calle a los sicarios del tirano. Luchamos y perdimos.
  
Y por la noche, el Gobierno, para continuar con su vocación ígnea, quemó los templos del centro de la Capital. Todos duplicamos la apuesta. “Cinco por uno”. Y al promediar setiembre, a las puertas de la primavera, nos sumergimos en la muchedumbre que aclamó la presencia del General Eduardo Lonardi en la Plaza de Mayo. Fue una gloria. La describió con su pluma impar nuestro amigo Jorge Vocos Lescano: “y vino el tiempo, y en el tiempo, el día. / Desde Córdoba, sí con las campanas. / Quemando el viento con su algarabía. / Partió aquel grito hacia las más lejanas / fronteras, aquel grito que el estuario / puso al tope de todas las mesanas”.
  
Nos duró poco, claro. Lo suficiente como para que lo recordemos hasta el día de hoy. Luego: “Renacieron la ira, la querella. / Nada aprendimos del ayer funesto. / De nuevo se nos fue la buena estrella”.
  
Pasaron los lustros, las décadas. Se cumplió, se cumple, lo que nuestro incomparable maestro Don Julio Irazusta había pronosticado y descrito como la “ley de bronce de la historia argentina”. O sea: que acá cada gobierno es peor que el anterior, al punto de hacerlo añorar. Entonces, como Jorge concluíamos: “De nuevo estamos, patria mía, en esto. / Tú, separada, sola, suplantada. / Yo, como siempre, tuyo y en mi puesto”.
  
“Yo”, que fuimos nosotros, aquellos muchachos del cincuenta y cinco en la Universidad de La Plata. Ninguno agachó el lomo. Ninguno justificó lo injustificable. Ninguno arrió la bandera. Fuimos fieles a nuestras fidelidades: Dios, la Patria, la Familia. Proseguimos en nuestro puesto, en exilio interior. Para poder repetir con Ernesto Palacio: “Yo a una quimera más alta me aferro: / quiero una vida de amor y de lucha, / coraje y fervor, luz y hierro”.
  
Empobrecidos, cual esa luminaria intelectual que fuera nuestro amigo Víctor Gallegos, quien siendo graduado de Filosofía e Historia, tenía que ganarse la vida desempeñándose como portero en un colegio privado. O Alberto Tolosa, abogado, quien vendía alcucinas a domicilio. O De Pamphillis, quien, como otros amigos tenía que trabajar en el Armour o en el Swift de Berisso, porque allí era el único sitio laboral donde no exigían la afiliación al partido del Gobierno. O el gran pintor, el “Puma” Barbieri, quien en las playas de faenamiento de los frigoríficos se pescó la tisis que pronto lo llevó a la tumba. Exonerados de sus empleos públicos, como Martirián Faura Videla, por no haber querido ponerse el luto regiminoso. Los recuerdo, entre tantos, porque hoy hay gente que cree que aquel régimen no era tan despótico.
  
Crecimos, nos recibimos y nos fuimos de La Plata. Cada uno a su lugar. No nos veíamos por años. Pero desde Jujuy (con los Pereyra) a Salta (con Manolo López), a Tucumán (con Eiizondo y Molina), a San Juan (con el “Negro” Carrizo), a Catamarca (con los Leguizamón), a Corrientes (con Ranalleti), a Paraná (con los Núñez), a Mar del Plata (con Falcón y Verdi) y hasta Río Grande de Tierra del Fuego (con Withaus) —perdón si me olvido de algunos—, por toda la extensión del país, digo, sabíamos que allí estábamos. Apostados como centinelas. Nos silbábamos, y ya estábamos en sintonía. Para padecer juntos espiritualmente la suerte, la negra suerte, de la nación que nos había parido.
  
Claro que en ciertos lugares pudieron afincarse núcleos cuyos integrantes se animaban unos a otros. Uno, en San Rafael, Mendoza, con Francisco Navarro como líder. Otro, en la misma La Plata, con Horacio Aragón y Rubén Ruiz de Galarreta, como referentes obligados. En esas dos ciudades desenvolvieron sus vidas los amigos que hoy quiero memorar.
  
En La Plata estudió, se casó y trabajó en la justicia el abogado jujeño Octavio Agustín Sequeiros, el “Pato” Sequeiros, para todo el mundo. Uno puede tener una idea más o menos abstracta de lo que es un erudito; pero había que haber conocido al “Pato” para ver encarnada en una persona aquella cualidad. El “Pato” dominaba las lenguas vivas y muertas (no sé si el sánscrito escapaba a sus dominios, pero las otras seguro que no).
  
Luego de leídos los clásicos bajo la dirección del profesor Carlos Disandro, abordó las literaturas modernas, la filosofía, la historia, la política y, en sus ratos perdidos, profundizó la Teología.
  
Todo eso bien asimilado y pasado por el jocoso matiz personal, que jamás perdonaba un chiste si podía intercalarlo, aunque estuviera considerando el Tratado de la Buena Muerte de San Francisco de Sales. Sólo la particular bonhomía del Padre Alfredo Sáenz podía dar el visto bueno a sus artículos para Gladius, plagados de bromas e ironías.
  
Si no hubiera escatimado sus escritos, hoy sería otro Chesterton. Y si alguien cree que exagero, que trate de leer las notas con que tradujo los últimos artículos de Solzhenitsyn y verá. Un lujo para la cultura de este país. Es que este petiso, delgado, chiquitito, valía por mil. Predicó y practicó como pocos la caridad de la verdad, dando guascazos a quien se lo merecía, conforme a la norma de San Agustín, de intransigencia con el error y de bondad con el equivocado.
  
Sequeiros se nos ha ido; dejando eso sí, una huella imborrable. Quien quiera ser un intelectual en serio tiene que ser como el bromista incorregible de Sequeiros. Un espejo límpido, como su alma de niño, que de seguro Dios habrá acogido en su seno.
  
En San Rafael vivió y fundó su familia el ingeniero Ángel Luis M. Salvat, a quien yo me atrevo a llamar “el apóstol de los contratistas”.
  
Miguelito, con su guitarra adosada al cuerpo, con su ruinoso portafolio cargado de libros nacionalistas y cristianos, para vender de modo ambulante ente la gente más sencilla del campo sanrafaelino. Miguel fundó en La Plata un departamento que se apodó, con chapa y todo, “El polvorín”, imaginen ustedes  por qué.
  
Desde aquella época cultivó la amistad de los Padres Julio Meinvielle y Leonardo Castellani, por quienes tuvo devoción filial, y hasta les compuso una zamba, creo. De familia navarra, neto, cabal, frontal, de los que llaman al pan, pan y al vino, vino, humilde, sonriente, Miguel fue un santo varón como para edificar moralmente al más escéptico. Fue delegado de las aguas del río Diamante, y en su curso conoció y asistió a cientos de pequeños medieros (contratistas) a los que asistió con su clara enseñanza acerca de la ortodoxia religiosa y del bien de la patria.
  
Dio ejemplo de pobreza y de honestidad. Se anotó en todas las empresas políticas nacionales, sin pretensiones de dirigente. Siempre listo, ahí estaba Miguel con su guitarra. Con la cual, a cuestas, supongo, ahora habrá entrado a integrar el coro celestial.
  
Ha pasado el tiempo, crueles los años, dura la experiencia del largo camino. Pero aún hoy, aquellos muchachos del cincuenta, los vivos y los muertos, oportuna o inoportunamente, volvemos a pintar una cruz sobre una V azul y blanca y a gritar: “¡Cristo vence!”
   
¡Hasta pronto, viejos camaradas!
  
Enrique Díaz Araujo