domingo, 24 de diciembre de 2017

Poesía que promete

ABRAMOS LOS TESOROS
 
 “...Y he aquí que la estrella, que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando se detuvo encima del lugar donde estaba el niño[...]. Luego abrieron sus tesoros y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra” (San Mateo, II, 9-11).

 
 
No fue fácil el viaje, la andanza era riesgosa,
por alcorces de nieve, por prados con estigmas,
los vigías de Herodes merodeando la marcha,
y una mezcla de pálpitos, incógnitas y enigmas.
 
Difícil andadura, cargando lejanías,
presintiendo la gloria de un Rey Amanecido,
el júbilo inefable del misterio primero
encarnado en un Niño, expectante y dormido.
 
Sin embargo la gracia de una estrella anfitriona,
como un candil celeste o una llama lumínica,
les marcaba la ruta inaugurando advientos
de aquella intemporal y festiva domínica.
 
Llegados al pesebre, un regocijo grande
‒en una gran manera, según cuenta Mateo‒
extasió a los viajeros, veteranos en magia,
partió el silencio un ángel con su fiel aleteo.
 
A solas en la augusta soledad del establo,
bendita epifanía, monástica clausura,
los regios visitantes cuartearon sus alforjas
entregando sus prendas con viril donosura.
 
Que era Dios cuan monarca y a la vez era humano,
omipotencia entera  y a la par indefenso,
cifraron sus obsequios la betlemita noche:
la mirra, el oro puro y el aromado incienso.
 
¿Qué daremos nosotros sin caudales ni acervos,
despojados del Credo, del ritual, de varones
portadores de mitras, jerarcas de la Fiera,
devenidos en lobos, pertinaces felones?
 
Te llevamos,Señor, lo que nadie nos quita,
la sangre de los mártires que jamás se coagula
este anhelo de verte, así el mar a la roca,
la patria que nos diste: la que no capitula.
 
Te llevamos la ciencia de los Padres, la Summa,
las Actas de Nicea, el valor de Atanasio,
la parresía invicta de aquellos perseguidos,
los laudes tempraneros, el ocre iconostasio.
 
Te llevamos las cruces, el pendón oriflama,
las aspas jacobeas, el honor de un cruzado
la Fe del carbonero con la sacra sapiencia,
¡Abramos los tesoros, el Logos se ha encarnado!

Antonio Caponnetto

sábado, 23 de diciembre de 2017

Hermanitos perdidos



DEL COLOR DEL MAR
 
A veces no era más que un remolino breve, una espada estrecha y negra entremetiéndose en el mar.
 
El mar lo dejaba hacer y recorrer los tenebrosos abismos como un gigante entre dormido y distraído. Pero hoy la muerte se deslizó entre las aguas oscuras acechando, golpeando fieramente al San Juan.
 
Había marinos a bordo, había argentinos  hombres y mujeres que elijieron el arduo destino de cuidar la patria en la profundidad del mar.
 
Hay quienes dicen que esos marinos están muertos.
 
Hay quienes dicen que a esas profundidades de asombro ningún hombre puede sobrevivir.
 
Hay quienes dicen y dicen, olvidando que esos marineros no son de la especie común y corriente.
 
Hay quienes buscan primicias o rating en sitios donde hay mucho dolor de patria herida.
 
Hay quienes acusan de no haber proveído de recursos seguros a las armas y tienen razón, aunque suelen ser los mismos que exigían y festejaban el desmantelamiento de nuestros ejércitos.
 
Hay quienes ignoran la comunión que se da entre los que viven las mismas privaciones y los mismos peligros, sobre todo si lo hacen a la vista de un amor más grande que todos ellos.
 
Hay quienes escriben, 44 menos, en algunas paredes de la Plaza de Mayo. O sea, hay argentinos a los que apenas de les podría reconocer su condición humana. Demostrando lo corta que suele ser la distancia entre lo humano y el envilecimiento absoluto.
 
El codicioso mar, mientras tanto, sediento de grandeza, los retuvo en algún lugar tan profundo y extraño como la vida.
 
Ahora son parte definitiva de ese territorio submarino y nuestro, de ese mundo de extraño e irregular color, “del color del  mar”.
 
Los argentinos amantes de la verdad los hemos incorporado al lugar más justo y más digno de la historia patria, los ubicamos en el exacto sitio de los héroes porque contra viento y marea fueron hasta el final, cargados de misión y de destino.
 
Lo ganaron por valentía propia, por la atrevida osadía de defender a a la patria desde la frágil, desde la inquietante estructura de un submarino carcomido por la corrupción, esa pudrición del alma llamada corrupción que una y otra vez vuelve a matar argentinos.
 
Estos 44 compatriotas no celebrarán esta Nochebuena con sus familias y amigos, pero, cómo no sospechar que Stella Maris, la Virgen Madre que bien sabe de dolores, habrá vuelto la mirada hacia sus hijos marineros y al oído del Niño que acaba de nacer murmurara dulcemente aquél: “sálvalos”, estremecido de misericordia.
 
Miguel De Lorenzo
Buenos Aires 20 de diciembre de 2017
 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Editorial



CUANDO LOS PECADORES
TIRAN LAS PRIMERAS PIEDRAS
 
Y si lo hirió con una piedra en la mano, por la cual pueda morir,
y muere, es un asesino; al asesino ciertamente se le dará muerte”.
(Números, 35, 17)
 
En tanto los hechos, por su propio peso, se tornan evidencias, escaso o nulo es el margen que queda para la duda. Todo se vuelve certidumbre válida.
 
‒ Es evidente que Macri tiene tres ciudades paradigmáticas que guían su gestión gubernativa. Cartago, Sodoma y Sión. En la primera –según nos lo dice Aristóteles en la Política‒ se valoraba más la riqueza que la virtud. En la segunda, los pecados contra natura eran política de Estado. La tercera es el símbolo de la Sinagoga rampante. Símbolo y garantía a la vez del destronamiento intencional de Jesucristo. Menos la Civitas Dei, todo remedo babilónico dará la medida de su polis ejemplar.
 
‒ Es evidente que, para sus opositores, las tres ciudades poseen el mismo encanto; y que la materia que los diferencia ocasionalmente no es el funesto abanico de las predilecciones, sino el que puedan ser los regidores de aquellas urbes siniestras o sus meros secuaces. Idolatran sustantivamente lo mismo porque son lo mismo. Se pelean por la alternancia en los puestos de madame o de ramera, pero todos trabajan para el éxito del mismo lupanar.
 
‒ Es evidente que las izquierdas, con sus tentáculos múltiples, hacen ostentación de actos vandálicos, criminales y delictivos, cada vez que se les ocurre; demostrando que la gimnasia terrorista sigue siendo su apuesta, su fuerte y su curso de operaciones preferido.
 
‒ Es evidente que nadie se atreve a llamar al accionar de esas izquierdas por su verdadero nombre: Revolución Marxista; y hasta se comete el delirio semántico de acusarlas de fascistas por una supuesta obstaculización que ejecutarían del institucionalismo regiminoso.
 
‒ Es evidente que las principales testas crapulosas del oficialismo –del de hoy y del de ayer nomás‒ utilizan a las fuerzas armadas y de seguridad como meros fusibles, para que sobre ellos se descargue todo el odio y la vesania de esas izquierdas pluriformes pero unánimemente asesinas. La consigna emanada de los más altos poderes políticos es que los garantes de la seguridad permitan la consumación de los más graves actos delincuenciales, antes que osar la conjugación del verbo prohibido: reprimir. Y que permitan ser apaleados a mansalva antes que atreverse a conculcar el derecho humano al desmán que posee, de mínima, todo miembro de las troikas nativas.
 
La orden de la lenidad para los cien rostros del salvajismo rojo, se cumple a rajatablas. Su triste consecuencia inmediata también: destrozo de vidas y de bienes, escarnio del orden y victoria del caos. La sangre de un policía o la herida de un gendarme se vuelven invisibles. La más superficial magulladura de un forajido será tenida ipso facto por genocidio. Un vulgar piropo callejero es ahora violencia de género. Lapidar a mujeres uniformadas es protesta social. Los mismos que gritan ni una menos, tienen permiso para usar de blanco mortal a las mujeres de las fuerzas públicas.
 
‒ Es evidente que la Iglesia en la Argentina –que acaba de llevar en andas y en olor de multitud a dos representantes episcopales de la clerecía villeril, ideologizadora del resentimiento y del rencor del lumpen‒ ha tomado partido por el progresismo; herético en lo teológico, subversivo en lo político, insurreccional en lo social y desquiciado en todo. Del Cardenal Primado para abajo, la casi totalidad de los pastores son funcionales, ya no a la apostasía, que es la máxima expresión de su infidelidad, sino al programa revulsivo de las izquierdas dominantes. Su declamada opción por los pobres, no es porque les importe de ellos el bienestar ordenado al Reino de Dios, sino la rebelión social permanente.
 
Bergoglio –en quien se cumple el neodogma de la infalibilidad para el mal‒ sólo le ha insuflado un tinte más ramplón y plebeyo a este cuadro literalmente apocalíptico, pero no lo ha inventado. Su culpa, seamos francos, es atizar hasta el escándalo los carbones del averno, pero el averno ya estaba funcionando hace rato. De todos modos, en el campeonato de los renegados difícilmente le emparde alguno su puesto en la avanzada.
 
Y así podríamos seguir enunciando evidencias, tan palmarias cuanto desgarradoras. La llamada “batalla del Congreso” o “De las piedras”, acaecida el pasado 18 de diciembre, quedará como cifra y epítome de esta patencia de la iniquidad sin freno.
 
Lo que, por culpa del lavado de cerebro colectivo, del pensamiento único dominante y de la execrable corrección política, no se quiere tornar evidente, es que todo esto que ocurre se llama democracia. Se llama triunfo de la mitad más uno, dictamen del sufragio universal, imposición de la deificada soberanía del pueblo, vigencia plena de la partidocracia, constitucionalismo de cuño iluminista, tripartición del poder, representantes del pueblo y todo el repertorio de vejámenes al bien común, fraguado en el aborrecible molde del liberalismo.
 
Sí; lo diremos hasta con nuestro último aliento: la gran culpable es la perversión democrática; intrínsecamente endemoniada, inherentemente pérfida, connaturalmente enferma y nefanda. Toma entre nosotros, rotativamente, los nombres ruines que se han vuelto infamemente familiares: peronismo, radicalismo, socialismo o macrismo, lo mismo da. En sí mismos y en sus caciques son la nada absoluta, la fraseología insustancial, la praxeología aterradora, el activismo oportunista, la corrupción generalizada. Pero en tanto rostros y brazos rotativos de la perversión democrática, su enemistad con la salud de la patria se vuelve absoluta.
 
Que todavía haya supuestos amigos o próximos que no se den cuenta, sólo prueba la eficacia de aquel mentado lavaje de cerebro. Pero que haya otros, capaces de quebrar lanzas por la justificación del sistema imperante, ya no es simple miopía sino culposo contubernio. Son los católicos libeláticos y los argentinos perduéllicos. Libeláticos eran llamados los creyentes cobardes, que para evitar las persecuciones de los poderosos de la tierra, bajo el imperio romano, procuraban tener un libellus o certificado de que habían echado incienso a los dioses. Perduéllicos, en el mismo horizonte cultural romano ya mentado, eran los enemigos internos de la nación. Se lleven ambos grupos nuestro mayor desprecio. Unos y otros, de consuno, trabajan para probar la licitud y la conveniencia de legitimar la inserción en el sistema democrático. Que es trabajar para legitimar la conculcación del Decálogo.
 
Nuestro Señor enseñó, para ejercitar un acto real y concreto de misericordia, que el que estuviera libre de pecado arrojara la primera piedra a aquella desdichada mujer adúltera. Y apaciguó la iracundia del fariseísmo. Hoy, la hez de los pecadores y viciosos, de los crápulas e indecentes de la peor ralea, de los que no se diferencian en nada de una náusea o de un esputo, han invertido el mandato de Cristo. Sus piedras arrojadas a mansalva y con la anuencia despiadada de todos los poderes políticos, claman al cielo pidiendo justicia.
 
En esta nueva Navidad doliente, se nos conceda la gracia de ser los artífices de aquello que imploró y que prometió Isaías (9, 10): “Los ladrillos han caído, pero con piedras labradas los reedificaremos; los sicómoros han sido cortados, pero con cedros los reemplazaremos”.
 
Que otros tengan vocación de sufragistas, de congresales, de demócratas con encuestas al tope y estadísticas a favor; de módicos funcionarios del macrismo, del peronismo u otras subpurulencias derivadas. Se sumarán al infierno.
 
La patria necesita varones y mujeres con vocación de cedro y de piedra labrada. Se sumarán a ese paraíso, joseantonianamente concebido, con ángeles portadores de colosales mandobles en los aguilones de la puerta.
 
Antonio Caponnetto