jueves, 9 de enero de 2014

Terrorismo democrático


REGISTRO NACIONAL
DE INFRACTORES

Los actuales padrones nacionales, utilizados en la última elección primaria del 11 de agosto, y que serán utilizados en las de octubre y sucesivas elecciones, contienen una particularidad. La misma consiste en identificar correctamente quiénes votaron y quiénes no.
 
¿Cómo funciona esto? Se trata de un “troquel” que forma parte de la hoja del padrón y que es entregado al elector por el presidente de mesa luego de introducir el sobre con su voto dentro de la urna respectiva el día de la elección.  Este troquel tiene un código de barras individual que sigue una numeración ascendente. Una vez restituidos los padrones a la Secretaría Electoral Nacional de cada Provincia, y efectuado el escrutinio definitivo, se procede a “escanear” los códigos de barras de los troqueles que quedaron adheridos al padrón, conformándose así el Registro Nacional de Infractores (no votantes).
 
Posteriormente, cada ciudadano que no hubiere cumplido con su deber cívico y que no justificare el mismo, no podrá acceder a beneficios tales como: subsidios nacionales, ocupar cargos públicos, tramitar documentos, solicitar créditos, etc, etc, etc.
 
Pero hete aquí que tenemos una particularidad. En estos mismos padrones, se han incluido los “Ausentes por desaparición forzada”, los cuales vienen en color gris, a diferencia del resto que son de color celeste.  Estos ciudadanos, que están perfectamente identificados con nombre, apellido, DNI, domicilio, etc, también tienen su “troquel” pero con la diferencia de que los mismos no cuentan con el código de barras del resto de los ciudadanos. Veamos por qué:
 
Porque si tuvieren código de barras sus respectivos troqueles, estos serían escaneados y entrarían al Registro Nacional de Infractores; y por ende no podrían gozar de ningún beneficio social, ni ocupar cargos públicos, ni viajar, ni salir al exterior (o volver de él) ni presentarse ante oficinas de migraciones, ni nada por el estilo sin llamar la atención. Tampoco podrían votar, ya que si así lo hicieren, es deber del Presidente de Mesa o del Juez Electoral en su caso denunciar la “aparición” del mismo.
 
¿Qué extraño, no? Si realmente es un desaparecido, asesinado por el Proceso, por ejemplo, ¿qué perjuicio le puede acarrear a un muerto ser incluido en dicho Registro? ¿No será que realmente está vivo y vive en el exterior? ¿O tal vez ocupe cargos públicos? ¿O tal vez goce de beneficios sociales? Me parece que deberían tener cierta delicadeza con el tema.  Creo que la gente no es tan estúpida.
 
Belisario Ortiz

lunes, 6 de enero de 2014

Sermones de Epifanía

LEVÁNTATE, JERUSALÉN
   
    
La festividad de la Epifanía —6 de enero— conmemora solemnemente la llegada de los Reyes Magos de Oriente, guiados por una estrella milagrosa que se les apareció y los condujo hasta Belén, donde encontraron al Cristo en el establo. Prosternados ante Él, le adoran y le ofrecen regalos.

Esta festividad se denomina Epiphania Domini, o Aparición, o Manifestación del Señor, debido a que la Iglesia quiere con ella descubrirnos y explicarnos los tres grandes acontecimientos de la vida de Cristo con los que manifestó al hombre Su Divinidad:

 
1) La llegada de los Reyes Magos de Oriente, por quienes se reveló a los gentiles como el Hijo de Dios. 2) Su Bautismo en el Jordán, en el cuya ocasión Su Divinidad se dio a conocer a los Judíos. 3) Y Su primer milagro en las bodas de Caná, por el cual se reveló a Sus discípulos.

El profeta Isaías, en esta epístola, predice que la Luz del Señor, que es Cristo, se levantará sobre Jerusalén —Jerusalén es el prototipo, la figura, de la Iglesia— y que los gentiles, que no sabían nada del verdadero Dios, vendrían a caminar en la Luz que Cristo, por Su doctrina y santa vida, haría brillar, y que innumerables naciones de todas las partes del mundo, se reunirían como hijos suyos para adorar al único Dios verdadero.

 
El cumplimiento de esta profecía comenzó con la adoración de los Reyes Magos, que deben ser considerados como los primeros conversos cristianos de los gentiles. La Iglesia, por tanto, muy apropiadamente, celebra este día con gran solemnidad. De aquí que también nosotros debemos compartir la alegría de la Iglesia, ya que nuestros propios antepasados ​​eran gentiles, y tal como los Reyes Magos, fueron ellos llamados a la Fe verdadera.

 
Exclamemos con Isaías: “Alabad, oh cielos, y alegraos, oh tierra; montañas, alabad con júbilo: porque el Señor ha consolado a Su pueblo y tendrá compasión de sus pobres” (Isaías, 49:13).

¿Qué hizo que los Tres Reyes emprendieran un viaje tan largo, pesado y peligroso?

 
Una estrella —que Dios permitió que apareciera en su tierra y que fuera por ellos observada— fue el medio por el cual quiso el Señor iluminarlos interiormente, para que —viéndola— inmediatamente reconocieran su significado.
  

Aprendamos de estos Reyes —que tan fácilmente, y de inmediato, respondieron a la inspiración de Dios emprendiendo un viaje tan difícil— el seguir sin demora los impulsos de la gracia divina.
  

Del celo de los Reyes Magos, y de la intrepidez con que le preguntaron al poderoso Herodes dónde podían encontrar al Mesías, debemos aprender a buscar y practicar —sin miedo a los hombres— lo que sea necesario para obtener nuestra salvación.

¿Por qué temía Herodes, y toda Jerusalén con él? Herodes temía porque era un rey orgulloso, arrogante, cruel y celoso, y se sabía (con causa…) muy odiado por demasiados de entre sus súbditos; de hecho, era idumeo y no judío, y por tanto, con dudosos derechos al trono de Israel. Cuando por los Reyes Magos se entera de este Rey de Israel recién nacido, inmediatamente teme que sería privado de su trono,… y castigado por sus vicios.
  

Una mala conciencia siempre hace que el individuo esté enfermo de recelo, aprensión, desconfianza, inseguridad, miedo, ansiedad y desasosiego, y no tiene paz. No hay paz para el malvado, dice el Señor (Isaías, 57:21). Y toda Jerusalén temía con Herodes, porque muchos de cuyos habitantes, se habían unido a Herodes. Además —y ésta es una realidad que no se debe soslayar— los principales sacerdotes y escribas, los fariseos en especial, ciertamente se espantaban ante la perspectiva de que ante la venida del Mesías, ellos iban a ser atrozmente castigados por sus crímenes secretos. Sabían, por palabras de Isaías Profeta, que “Él juzgará a los pobres con justicia, y con el soplo de sus labios matará al impío” (Isaías, 11:4).
 
Así conmocionada Jerusalén con la llegada de estos eminentes y solemnes, magníficos y regios, Tres Personajes del Oriente —acompañados de espléndido séquito— Herodes, en menos que canta un gallo, reúne a los principales sacerdotes y escribas, en parte para informarse de ellos dónde el Mesías habría de nacer; en parte y principalmente porque Dios así lo había dispuesto, para que ni Herodes, ni los escribas y fariseos —que ahora saben del tiempo y del lugar del nacimiento del Mesías— tuvieran excusa alguna por su infidelidad.

 
De la misma manera Dios a menudo nos da a conocer a nosotros —y del modo más claro— las verdades más profundas… Sin embargo, les prestamos poco o nada de atención, —en realidad, las menospreciamos— y no las utilizamos para acercarnos en virtud al Señor.
  

Tal actitud fue la de estos judíos, que tenían un conocimiento suficiente del Mesías; quienes de hecho, incluso les dieron indicaciones a los Reyes Magos para cómo y por dónde llegar a Belén, y, así, al Niño; pero que no hicieron uso de éstos, sus conocimientos, para ir ellos mismos a adorarle, cayendo así del favor Divino.

Ahora bien, Herodes dijo que quería ir a adorar al niño. Aquí hablaban su disimulo, su maldad y su hipocresía. No tenía otra intención que encontrar a Jesús para simplemente ejecutarlo. De aquí que fingiera  piedad para saber exactamente el momento y lugar del Nacimiento.

 
Así hacen los homicidas de las almas, que desean la caída de los inocentes. No dejan que sus malas intenciones sean advertidas enseguida, y así se ponen piel de oveja, fingiendo piedad y devoción, hasta que logran deslizarse en el corazón de los que, por la adulación y los regalos, así como por los sarcasmos contra la religión y la virtud, poco a poco van expulsando la vergüenza y el temor de Dios, y, por tanto, van asesinando al alma.
 
Una vez llegados los Santos Reyes a la presencia del Divino Niño, caen de hinojos y le adoran, porque por la luz de la Fe vieron a Dios mismo en el Niño de Belén. A pesar de la pobreza que rodeaba al Infante, reconocieron en él al Mesías esperado, el Rey recién nacido de los judíos, y, postrándose ante Él, pagaron el homenaje de su país, ofreciéndole oro, incienso y mirra.

 
Debido a que era la antiquísima costumbre oriental el no aparecer sin regalos delante de un príncipe o un rey, los Tres Reyes —como los Santos Padres universalmente enseñan— iluminados por el Espíritu Santo, quisieron, por sus presentes, honrar al Niño como Dios, como Rey, y como Hombre.

 
Por esto San Beda el Venerable escribe: “El primero de los reyes, llamado Melchor, dio oro a Cristo, Señor y Rey; y el segundo, llamado Gaspar, ofreció incienso a la divinidad de Cristo, y el tercero, Baltasar, entregó mirra, con lo que expresaba que el Cristo, el Hijo del hombre, habría de morir”.
  

De modo semejante podemos nosotros traer ofrendas al Santísimo Infante:
Le ofrecemos oro cuando le amamos con todo el corazón. Y cuando, por amor a Él, le obsequiamos nuestra voluntad —nuestro tesoro más preciado— a través de la perfecta obediencia y la abnegación constante. También le ofrecemos oro cuando, en Su nombre, ayudamos a los pobres con la limosna.

 
Asimismo, podemos nosotros ofrecerle incienso cuando devota y ardientemente elevamos nuestra oración a Él, de modo especial cuando meditamos en Su omnipotencia, en Su bondad, justicia, misericordia y amor infinitos.

 
Además, nosotros le ofrecemos mirra cuando rechazamos deseos carnales, mortificamos nuestras malas inclinaciones y el desenfreno de las pasiones, y luchamos por la pureza de cuerpo y alma.
 
Finalizada la Visita al Niño Dios, los Magos regresan por otro camino a su país por mandato del mismo Dios.

 
A partir del ejemplo de los Tres Reyes Magos debemos aprender a obedecer a Dios antes que a los hombres, es decir, a ser obedientes a Sus instrucciones, aunque no las entendamos del todo.

 
De esta manera los Tres Reyes obedecieron al Señor, aunque no entendieran por qué Dios les mandaba eludir a Herodes.

 
Después de haber encontrado a Dios debemos andar en el camino de la virtud, y no volver a nuestros antiguos caminos pecaminosos: “Nuestra patria es el paraíso, el cielo —escribe San Gregorio—. Nos hemos apartado de ella por el orgullo, la desobediencia y el abuso de los sentidos, por tanto, es necesario que volvamos a él por la obediencia y el desprecio del mundo, aplacando los deseos de la carne; así revertimos a nuestra Patria por otro camino. Mediante placeres prohibidos hemos perdido el gozo del paraíso; por la penitencia debemos recuperarlo.”
 
Concedednos ¡oh Divino Salvador! la simple, pura y firmísima Fe de los Tres Reyes de Oriente. Iluminad nuestro entendimiento con la Luz con la que les iluminasteis, y moved nuestros corazones para que, de aquí en más, puedan seguir esta Luz, buscándoos sinceramente a Vos, porque en primer lugar Vos vinisteis a buscarnos a nosotros.
  

Concedednos también, que realmente podamos encontraros, para que con los Tres Reyes Magos podamos adoraros en espíritu y en verdad; y podamos traeros el oro del amor, el incienso de la oración, y la mirra de la penitencia y de la mortificación, para que, habiéndoos ofrecido el sacrificio de nuestra Fe, podamos, un día, adoraros en la gloria eterna de Vuestra imperecedera Epifanía. Amén.
  Architriclinus

jueves, 2 de enero de 2014

Derrumbando mitos


SOBRE LEYENDAS NEGRAS
 
 
“…un error y una mentira que no nos tomamos el trabajo de desenmascarar, adquieren poco a poco la autoridad de lo verdadero” (Charles Maurras)
  
La Leyenda Negra anticatólica acusa sin pruebas concretas a la España de los Habsburgo, de violencias y atrocidades a designio que los monarcas de los siglos XVI y XVII dejaban hacer a los encomenderos, despreciadores reincidentes de los hoy llamados derechos humanos del indígena. Y bien, veamos a continuación la indudable falsedad de la Leyenda, a través de la transcripción en resumen, tanto de las Cédulas como de las Pragmáticas dictadas por la Corona para ser cumplidas por Adelantados y/o Gobernadores del Nuevo Mundo, en el período histórico de su larga colonización americana.
 
Tales datos constan recopilados por la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en una publicación titulada: “Catálogo Cronológico de Reales Cédulas-Órdenes, Decretos, Provisiones, Etc. Referentes a América (1508-1810); Edición 1938”. He aquí a continuación algunas pruebas auténticas de cómo la España del siglo de oro legislaba (misioneros mediante), en defensa precisamente de los derechos humanos de sus súbditos indios (en el ámbito del Río de la Plata), que fueron cristianizados a conciencia por los Reyes del Imperio Católico, a la sazón: desde 1526 en adelante. Veámoslo en epítome aquí, al correr de la pluma:
 
1) En el año 1526 (17 de noviembre): Real Cédula para instrucción de nuevos descubrimientos y para evitar malos tratos a los indios; y Real Pragmática con las ordenanzas —rezan las constancias sumarias existentes en el antiguo Archivo de Indias de Sevilla— sobre el trato que en los nuevos descubrimientos deben guardarse con los indios naturales (sic).
2) Año 1530 (27 de octubre): Real Cédula para que los oficiales de la Casa de Contratación informen respecto a los indios que trajeron Sebastián Caboto y Diego García; y año 1530 (10 de diciembre): Real Cédula a la Casa de Contratación para que tres de los cuatro indios que Sebastián Caboto trajo de la tierra de donde vino últimamente, sean puestos en monasterios para doctrinarlos.
3) Año 1532 (20 de mayo): Real Cédula a la Casa de Contratación para que se averigüe el paradero y se ponga en libertad a un indio y a una india que Sebastián Caboto trajo de la isla de Santa Catalina, y que se habían vuelto cristianos.
4) Año 1535 (9 de enero): Real Cédula al asistente de Sevilla para que se informe si ciertos indios del Río de la Plata que están en un monasterio, quieren volver a su tierra con don Pedro de Mendoza, para que si lo quieren, lo hagan libremente.
5) Año 1540 (14 de agosto): Real Pragmática con instrucciones al deán Miguel Gerónimo de Vallesteros para el ejercicio de la protección de indios de la provincia del Río de la Plata. Y a Juan de Ayolas, gobernador del Río de la Plata, recomendándole al protector de indios Miguel Gerónimo Vallesteros.
6) Año 1542 (20 de noviembre): Real Pragmática con ordenanzas del Emperador Don Carlos sobre el gobierno de las Indias y buen tratamiento de los indios.
7) Año 1548 (26 de enero): Real Pragmática a Fray Juan de los Barrios, obispo del Río de la Plata, haciéndole protector de los indios y dándole instrucciones para el ejercicio de ese oficio.
8) Año 1550 (15 de abril): Real Pragmática para que se suspendan los descubrimientos y conquistas y se guarden las ordenanzas sobre el buen tratamiento de los naturales.
9) Año 1557 (26 de febrero): Real Cédula al Rey de Portugal, para que provea que las Justicias del Brasil pongan en libertad a ciertos indios.
10) Año 1559 (18 de agosto): Real Pragmática que da comisión al Virrey del Perú Conde de Nieva, al licenciado Briviesca de Munatones, y a Diego de Vargas, para que provean lo que mejor convenga en las Indias a fin de que se propague el evangelio, sean instruidos los indios y sea mantenida la tierra en paz y justicia.
11) Año 1582 (27 de mayo): Real Cédula al Gobernador de la Provincia del Río de la Plata, para que en vista de las noticias llegadas sobre mal trato de los indios, envíe noticia de lo que vaya haciendo en bien de los mismos.
12) Año 1594 (22 de junio): Real Cédula al Lic. Bernardino de Albornoz, oidor de la Audiencia de Charcas, para que haga averiguación del tratamiento de los indios en las minas de Potosí y cómo ha procedido en lo tocante al beneficio de estas últimas el corregidor Juan Ortiz de Zárate, encargándole le haga las advertencias que crea conveniente.
13) Año 1596 (28 de agosto): Real Cédula al Gobernador de las provincias del Río de la Plata para que se envíe relación de cómo se guarda lo proveído en beneficio de los indios.
14) Año 1600 (9 de marzo): Real Cédula a don Francisco Martínez de Leyva, gobernador del Tucumán para que procure que los indios de aquella provincia que anduvieren por las montañas y otras partes derramados, se junten en pueblos donde puedan vivir bien, y una vez reunidos puedan mejor ser doctrinados.
15) Año 1608 (5 de julio): Real Cédula al Gobernador del Río de la Plata, Arias de Saavedra, en agradecimiento por haber ayudado a la reducción de unos indios en aquella provincia.
16) Año 1618 (7 de junio): Real Cédula al Virrey del Perú, para que informe qué indios son los que en el distrito de la ciudad de la Concepción, en la provincia del Río Paraguay, comen carne humana y de qué medios se podrá usar para evitarlo.
17) Año 1620 (5 de septiembre): Real Cédula ordenando que no se moleste a los indios cuando van a misa según se acostumbra.
18) Año 1679 (29 de noviembre): Real Cédula para que no se saque a los indios de sus pueblos sino en casos muy necesarios… etc., etc…
 
Ergo: resulta indudable entonces que, la llamada Justicia Social en la Argentina de hoy, no ha sido inventada en 1946 por ningún Juan Domingo Perón o Eva Duarte con propósitos populistas solamente (aunque sí descubierta a medias, interpretando el espíritu integrador de las antiguas tradiciones nacionales). Toda vez que: “Ni lo que tenemos ni lo que somos es en realidad nuestro, ni procede de nosotros solos. El hombre es esencialmente un heredero que entra en posesión de la herencia acumulada por las generaciones —como bien lo señala el sociólogo e historiador francés Bertrand de Jouvenel— y toma asiento como socio en una asociación muy rica”. Añadiendo al respecto el gran Hilaire Belloc, esta definición lapidaria: “No es posible construir una Sociedad sintéticamente, porque se trata de una cosa viva…” O sea: se trata de la antañona justicia social católica e hispánica en la Vieja América de nuestros esforzados Conquistadores; según queda demostrado aquí acabadamente en epítome. ¡Sin lucha de clases ni electoralismos demagógicos, muy ajenos en aquellos tiempos guerreros y a la vez en alto grado pacificadores: evangélicamente hablando! Aunque hoy día, los infundios en contrario de nuestros políticos democráticos de todos los partidos (izquierdistas, los más), por ignorancia del pasado hispánico abominado por los ideólogos de este siglo impío, pretendan transformar la vera imagen de la antigua tradición nacional en un infierno tolerado de inmundicias.
 
Vale la pena rectificarlos terminantemente aquí y ahora. Estamos en eso desde tiempo atrás. Pero… con auténticas pruebas a la vista. Sin retórica barata ni altisonantes adjetivos.
 
Federico Ibarguren
 

martes, 31 de diciembre de 2013

Históricas


DELANO ROOSEVELT:
EL FARISEO
 
 
Muchos círculos oficiales pretenden hoy, como nunca, modificar la sociedad destruyendo su ética y distorsionando su pasado. En este aspecto puede ponerse el ejemplo de los Estados Unidos. Su cine y su TV encaminan al mundo desde tiempo atrás hacia la peor decadencia. Su teoría política, esa que intentan imponer al mundo con  los misiles, está mostrando sus frutos. Caos y degeneración.  La historia de guerras amorales y compras dudosas le permitieron a los habitantes yanquis de las trece colonias en la costa Atlántica (1776) llegar en poco más de setenta años a la costa de Pacífico.  Cinco mil kilómetros de extensión prueban lo que es esa Babilonia.  Explotando la fiebre del oro de California (1848) llegaron al éxtasis. Continuaron arrebatando a México ricas extensiones. Luego financiaron al masón y falso nacionalista llamado Benito Juárez para impedir el establecimiento de la monarquía de Maximiliano de Habsburgo la que con el apoyo del fervoroso catolicismo mexicano impediría la expansión hacia el sur del voraz yanqui para cumplir su calvinista “Destino manifiesto”.
 
Nuestra hispanidad fue la víctima. En ella las veinte repúblicas alienadas, primero al inglés, luego al norteamericano. Pero corresponde nos instalemos en la XX centuria y decir algo de aquellos años de Franklin Delano Roosevelt llegado al poder (1933) con oscuros apoyos y en medio de una crisis que su programa del New Deal no podía bajar de los diez millones de desempleados. El hombre común norteamericano pensaba que el Estado no podía seguir gastando y menos que el equipo que rodeaba a Roosevelt siguiera favoreciendo la expansión de ideas marxistas. Por ello Roosevelt era muy cuestionado. Y eso, como dice George Olivier que no se conocía la nefasta influencia de su esposa Eleonor Roosevelt (“vaca sagrada de la democracia” según la prensa española) notoria simpatizante de la URSS y vinculada a grupos marxistas tales como el “Comité de no Intervención”.
 
Cada triunfo de los nacionales en España era un golpe al diabólico espíritu de Franklin Delano Roosevelt. En 1937 éste decidió, sin decirlo públicamente, comenzar el rearme con vistas a la guerra. Esta política armamentista le permitió salir de la crisis y seguir presentándose en sus charlas radiales tituladas “Junto al Fuego” como partidario de seguir aislado de los asuntos europeos. Esta Europa renacía con las Revoluciones Nacionales y sus “sociedades, fuertes, marciales, lacónicas y más justas”. Así lo expresa el Dr. Luis Togores Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad San Pablo de Madrid, quien continúa: “El Pueblo italiano quedó progresivamente ganado por la retórica la ética y los logros del Fascismo. Italia entera vistió la Camisa Negra y con ella todo el mundo occidental.  Pronto en toda Europa surgieron los émulos de Mussolini. Había llegado la hora del Fascismo”.
 
El Fariseo de encogió de hombros jurando en su interior lanzar su veneno. Finalmente sus esfuerzos cristalizaron y estalló la guerra el del 1 al 3 de setiembre de 1939. Ella, que según dice Mr. Forrestal, fue provocada por FDR. Así escribe el 27 de diciembre de 1945: “Hoy he jugado al golf con Joe Kennedy que fue Embajador de Roosevelt y le pregunté acerca de sus conversaciones con Roosevelt y Chamberlain. Kennedy me afirmó que Franklin Delano Roosevelt y el mundo judío habían arrastrado al mundo a la guerra” (Diario impreso en Nueva York Año 1951 por Vicking Press, pág.121). Delano siguió imperturbable. Incluso provocando como matón a los gobiernos del Eje. En los años1940-41 se produjeron misteriosos hundimientos de barcos norteamericanos acusando el gobierno del “presidente vitalicio” a submarinos alemanes o italianos. Pero para desazón de Roosevelt no había reacciones populares reclamando la declaración de guerra. El gran Fariseo jugó entonces una carta nueva. Ésta fue conocida como la “Ley de Préstamos y Arriendos”. Mediante ella, los Estados Unidos proveerían de barcos de guerra a Gran Bretaña, la que de este modo aumentaría su control en el Atlántico, que estaba muy mermado y a punto de desastre.
 
Se oponían a esta decisión belicista la Convención de La Haya de 1907 que prohibía ceder buques a los beligerantes y una ley norteamericana de16 de junio de 1917 que no permitía ninguna clase de acuerdo verbal ni escrito cediendo buques. Nada le importó a Roosevelt, que a través de su consejero Harry Hopkins (luego descubierto como agente soviético) le comunicó a Churchill: “El presidente ha decidido que ganemos la guerra juntos. No tengan dudas”.
 
Poco después aparecieron nuevas medidas que acercaban a la guerra deseada por Roosevelt, ya perturbado de hibrys. Entre otras disposiciones estaban la congelación de fondos ítalo- germanos, cierre de  consulados del Reich e italianos en Estados Unidos, así como prohibición de exportaciones hacia el Imperio del Sol Naciente. Cuando el mismo diablo posibilitó el desciframiento del Código Secreto Japonés, Roosevelt tuvo la granada sin espoleta en  sus manos arteras y la arrojó en Pearl Harbor sabiendo con antelación que el buscado ataque con pertinacia diabólica se produciría el 7 de diciembre de 1941 a determinada hora. El gran farsante con sus consejeros entre los que estaba Hopkins y el general Marshall que calculó con precisión la hora del ataque (luego Premio Nobel de la Paz). Desde ese momento sólo cabía esperar y dejar como carnada miles de marinos norteamericanos.  Éste se produjo de acuerdo a los cálculos. Lo demás vino por añadidura. Roosevelt habló al mundo del ataque por sorpresa mentando a la democracia. En ningún momento el fariseo le tembló la voz cuando habló de los caídos. Un gran actor para la tragedia más grande que los siglos habían contemplado.
 
El “Remenber Pearl Harbor” corrió como reguero de pólvora para los estadounidenses. Abrir campos de concentración para japoneses alemanes e italianos residentes fue en los Estados Unidos cuestión de horas. El odio sembrado por el Iscariote dio sus frutos. El marxismo y Stalin, ya derrotados por el formidable ataque de Eje, encontraron en el capitalismo financiero su salvación. A Moscú voló Hopkins, ofreciendo toda la ayuda necesaria y más.  Roosevelt había dispuesto 50.000 millones de dólares (que luego serían 200.000 millones) para salvar la Revolución que venía del siglo XVI con Lutero y habían continuado Robespierre y Marat, instaurándose como potencia con Lenín, Stalin, Trotzky y Roosevelt, el millonario criptomarxista con su banda llamada el Trust de Cerebros (Brain Trust).
 
Éste era un nuevo equipo gubernativo que no estaba previsto por la Constitución Federal pero que Roosevelt había instaurado autoritariamente en su gobierno. W H Chamberlin señala en su libro “Segunda Cruzada Americana” varios puntos con las etapas de Roosevelt para lanzar a los Estados Unidos a la guerra: cesión de decenas de torpederos contra el arriendo de bases en las posesiones británicas (septiembre de1940); organización de “patrullas” en el Atlántico Norte (24 de abril de 1940); Ley de Préstamos y Arriendos (marzo de 1941); ocupación de Islandia por tropas americanas (julio de 1941); autorización para armar a los mercantes y enviarlos a zonas de guerra; orden de abrir fuego  dada a todos los buques americanos (septiembre de 1941); conferencias secretas con los Estados Mayores Aliados (enero y febrero de 1941).  Rosacampo, Rosenfeld, Roosevelt o como se le quiera llamar degustaba el pandemónium desatado como un suave licor. Estaba en “paz con su psiquis plena de orgullosa hibrys”.
 
Falta algo por decir. Dios mediante proseguiremos.
 
Luis Alfredo Angregnette Capurro
 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Sermones y homilías

JESÚS, LOGOS DEL PADRE
  
El Prólogo del Evangelio de San Juan, que tanto hemos leído en estos días, contiene la doctrina de Logos, o Verbo de Dios. Es una palabra griega original en el Evangelio que Jesucristo no usó; pero que corresponde a la palabra sophia o sapiencia, que Jesús usó y que entronca en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cristo, dice San Juan, es el Logos, o la Sabiduría, del Padre; y es Dios y es hombre; y es la vida del hombre.
 
Logos significaba en ese tiempo para los griegos palabra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría… Era un concepto sumamente compresivo y sumamente prestigioso —cuasi mágico— en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Heráclito, de Platón y de Filón de Alejandría.
 
La escuela de crítica racionalista, que nace en el siglo XIX del protestantismo —con Lessing— y desemboca en el ateísmo —con Wrede, Brandes— pretendió que San Juan se había apoderado del concepto de Logos divino de la filosofía panteísta griega y lo había injertado en la tradición evangélica; haciendo así de Cristo un Dios, cosa que a Cristo y sus primeros discípulos no se les habría ocurrido nunca. Y para eso identifican el Logos de San Juan con el Logos de Philón: filósofo judío del siglo I, que construyó un sistema de filosofía platónica sobre la base de los libros mosaicos, fuertemente teñida de panteísmo. La verdad es que entre el Logos de Juan y el de Philón media un abismo: el Logos de Philón —tomado de la filosofía estoica, que a su vez lo recibiera de Heráclito y Anaxágoras— es la Razón de Dios, la cual es el instrumento de la creación del mundo, a la manera de la razón operativa o la técnica del artista, por intermedio de la cual el artista crea la obra de arte.  Mas el Logos de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en —el seno de— Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo era (eén) significa identidad en griego y la preposición  cabe (pará) significa una distinción.  La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre [y en] nosotros”.
 
Juan tomó el término del vocabulario filosófico de su tiempo; y también su sentido principal, concretándolo y aplicándolo al “Hijo del Hombre” e “Hijo de Dios” de los Sinópticos; entre otros motivos, para significar un modo de generación enteramente espiritual, no asimilable a la generación carnal que conocemos: “Los que no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón; sino que de Dios son nacidos”. Los musulmanes actuales, lo mismo que los gnósticos antiguos, no opueden acordar —y con razón— que Dios haya tenido un Hijo-carnal.  Mas la generación del Verbo no es carnal.
 
La generación eterna del Verbo no puede compararse —y aún así permanece arcana— sino con la formación misteriosa del conocer en el alma del Hombre. Dios se conoce a sí mismo, y en sí a todas las cosas; y ese conocimiento es su “Hijo”. Esta es la última palabra que el intelecto humano, bajo el influjo de la Revelación, puede pronunciar sobre el misterio de la vida divina, inaccesible naturalmente a sus alcances.
 
¿Qué era el Logos para la cultura helénica? Era, para algunos, un ser intermediario entre Dios y el mundo (Plotino); para otros (Philón) era la razón divina esparcida por la creación, distinguiendo a los seres y organizándolos; pero era también otra cosa, pues el término no había llegado a esos soportes técnicos sino acompañado por una nube de asociaciones que la matizaban. Todo lo que hay de serio, de razonable, de ordenado (lo bello, lo regulado, lo conveniente, lo legítimo), todo lo que era universal, armonioso y musical se agrupaba para el espíritu griego en torno del Logos, que era como la medida y el ideal de las cosas. Para formarse una idea, piénsese en lo que significaba para los hombres del siglo XVIII el nombre mágico de Razón: liberamiento, sapiencia, virtud, progreso, luces; todo lo que inspira, desde hace cien años, la palabra Ciencia; lo que sugiere a nuestros contemporáneos el término Vida; palabras-símbolo de significado indeterminado y fuerte carga afectiva: los talismanes o banderines de la época. Son como resúmenes del ideal de una época, llenos de sugestión por su misma vaguedad; indicadores de una solución que todo el mundo busca, pero no es la solución misma, a no ser como silueta y como germen… La solución que tendrá más chances de triunfar será aquella que hará tomar cuerpo de la manera más clara a un mayor número de nociones apuntadas y de aspiraciones inquietas, que vivían como en difusión en la Gran Palabra. Ahora bien, San Juan respondió maravillosamente a ese movimiento de gestación aplicando la palabra Magnética en forma precisa a Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios —fiel a la tradición bíblica del Libro de la Sabiduría—; y así respondió a los deseos de las almas griegas, a las cuales la teoría de un Logos nebuloso, difundido impersonalmente en las cosas, intermedio más bien que mediador, sombra de Dios más bien que Dios, no podía llenar perfectamente.  Juan “evangeliza” a la vez para los judíos y para los gentiles.
 
Después de haber señalado a Cristo como el Verbo del Padre, Juan lo hace sucesivamente la Vida, la Luz, la Gloria, la Gracia y la Verdad de Dios; Engendrador a su vez de una nueva vida en “todos cuantos lo recibieren”. Él comienza por ser la luz de todos los nacidos, porque imprime en toda alma mortal la imagen de Dios en forma de razón y de conciencia; y es después el principio de la luz sobrenatural de la fe, por la cual el hombre es levantado a una nueva filiación, la adopción divina. La gracia y la verdad son sus dones, de cuya plenitud todos recibimos; una verdad trascendente que sólo se da por la gracia, gratuitamente.
 
La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la naturaleza humana tomando su carne y alma; él llama a todos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, ha designado un Sub-Pastor en la persona de Pedro. Cuando Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pedro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón-Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.
 
Los que sienten tan fuertemente hoy en día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día —no así en sus comienzos— agotado en la discusión interminable de las variaciones dogmáticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por unificar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad; y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.
 
Éste es el estado de las iglesias católicas cuando decaen: sus fieles creen todos lo mismo así medio a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edificio —que fácilmente puede ser quemado—, reciben la “comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es ésta una “iglesia” propiamente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta; y la obra por excelencia de la fe es la caridad; la comunión de las almas.  “¡Obras, obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “¡Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese levantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.
 
El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defensor fidei”, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio).
 
Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina.
 
R.P. Leonardo Castellani
(Tomado de su libro “El Evangelio de Jesucristo”)
 

viernes, 27 de diciembre de 2013

Como decíamos ayer…

 
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SOMBRAS NADA MÁS

La realidad es ésta: la patria está en tinieblas y ensangrentada. Síntesis trágica y exacta a la que sólo cabe agregar la traición de los centinelas, la cobardía de los custodios, la ceguera de los vigías… La ciudad está indefensa. Ha sonado la hora de las sombras y de la muerte, de los alejamientos y de las reformas.
  
Física y metafísicamente, la Argentina está ciega y se mueve, temulenta, entre tinieblas cerradas que ni Segba ni Alfonsín pueden disipar. Y en ellas camina el Enemigo. ¿Quién es el Enemigo? Todos lo ocultan y él se oculta entre todos. ¿Quién armó y blanqueó a Baños, a sus ideólogos y a sus cómplices? ¿Sus amigos de “arriba” o de afuera? Interrogante terrible porque lo primero que se ha de determinar en política —la política en serio, no una expresión de la picaresca— es “el enemigo”. Es preciso tenerlo bien en claro desde el comienzo  y para siempre, para no confundirse jamás, no engañarse cualquiera sea el ropaje, el rostro o el nombre que utilice. Llámese Coordinadora, Derechos Humanos, Teología de la Liberación, Sandinismo o Democracia, el Enemigo aparece —encuentro de Jano y Leviathan, de Hobbes y de Mao, de Rousseau y de Castro, de odio místico y de terror teorético y táctico—, plástico, viscoso, fluido, reptante, destructor y contradictorio oscila entre la biología animal y el humanismo, y se pierde en el crimen clandestino y se expresa en productos estéticos sin belleza o que tienen la del nihilismo aniquilador. Éste es el Enemigo con el cual, durante los ya largos años de su insoportable gestión, nuestros gobernantes han colaborado de forma más o menos desembozada pretendiendo hacernos creer —suprema estrategia del demonio— que no existía. Ahora la sangre de nuestros soldados y policías muertos, heridos, mutilados ha estallado como la verdad, la única verdad de la que los argentinos pueden hoy estar plenamente seguros. A pesar de los apagones, de las crisis, de los fracasos, esa sangre de héroes y mártires resplandece con una luz propia e imperecedera que no necesita de los diarios, de las tribunas, de las cátedras, del teatro ni del cine ni del humanismo internacional para hacerse ver y para permanecer entre nosotros como un testimonio, como una acusación y como un arma.
  
En la Argentina ha ocurrido un fenómeno que no es de este mundo: han revivido los fantasmas del pasado, esos mismos que una propaganda astuta pretendió hacernos creer que ya no existían o que, en realidad, nunca habían existido; esas consejas populistas y —según las cuales los asesinos de ayer eran mártires y víctimas y que la represión fue una fuerza del mal casi abstracta, que giraba en el vacío, sin explicación ni racionalidad— se evaporaron, todo el tinglado se desplomó al calor de la presencia de estos estrategas del mal. Ya los jóvenes saben, y no deben ni pueden seguir creyendo en el empacado magisterio de Sábato ni en las sofocantes historias de la Bonafini. La Tablada es una divisoria de aguas que le pone fin a la etapa de mala memoria, de deformación y de desinformación a la que los medios de comunicación, la clase política, los escritores y cineastas, los cantaautores, los locutores de televisión, los jueces —toda esa runfla que se conoce como “intelligentzia”— todos aquellos especialistas en forjar slogans como quien fabrica puñales, nos habían acostumbrado y sometido, casi sin posibilidad de respuesta ni de reacción. Se estaba levantando para consumo de los nativos —así como antes se había vendido el producto en el exterior— una dogmática implacable, una dogmática que determinaba que en la Argentina se había llevado a cabo un genocidio y que éste no admitía explicación y no se permitió a nadie dudar de su existencia ni de su evidencia. Habíamos sido gobernados por asesinos cebados en jóvenes frecuentadores de parroquias y de villas-miserias y en cándidos idealistas que se habían limitado a pedir el boleto estudiantil o se habían dedicado a tareas tan higiénicas como esa. Pues bien, toda esa farsa —enseñada por Alfonsín, proclamada por Molinas, comprobada por Sábato, condenada y trocada en sentencia por los D'Alessio, Gil Lavedra, y otros que nadie recordará, descripta por Antín, bendecida por curas casi apóstatas y usufructuada por tantos —ya es insostenible porque el pueblo entero pudo comprobar —con sólo oír radio o ver televisión— que los perseguidos eran, en la realidad, perseguidores, y que los apóstoles de la paz y del amor no eran más que homicidas feroces.
 
En el interín y junto a este cuidadoso ejercicio por disimular y ocultar la verdad, el gobierno radical se dedicó a imaginar, que es lo contrario de gobernar. Se soñó con la inserción en el mundo y con el ingreso al siglo XXI pero —como acaba de ocurrir con la brutal reaparición de la guerrilla escondida en los pliegues del poder— ello no fue. Se cortó la electricidad y el país, en una supuesta plataforma de despegue, retrocedió con igual brutalidad al siglo XIX. Y así como no queda espacio para la mentira tampoco queda para la utopía. La realidad se impone, tarde o temprano y a cualquier precio; a veces, como éste que nos toca pagar a los argentinos, a uno muy alto. Alto, humillante y ridículo.
  
Tanto daño, tanto perjuicio, tanta mala fe y mala intención, tanta falta de idoneidad, tanto ocultamiento y complicidad, deberán castigarse. ¿Cómo? ¿Quién? Esto la República deberá determinarlo alguna vez y pronto. Y si es sistema se muestra incapaz de hacerlo deberá ser reemplazado porque la democracia no está por sobre todo, como lo cree el Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, el dueño de las sombras y el señor de los silencios, de las farsas y de las deformaciones.
  
Nota: Editorial correspondiente a “Cabildo” Nº 128, segunda época, año XIII, del 23 de febrero de 1989, que hace referencia al secretario de Energía de Alfonsín, Roberto Pedro Echarte. Actualice nombres propios para adaptarlos a esta época del régimen, y parece escrito hace pocas horas.
   
      

martes, 24 de diciembre de 2013

Poesía que promete

VOLVER AL PRINCIPIO

Cuando la naturaleza humana por el Misterio de la Encarnación se unió a Dios, todos los ríos de los bienes naturales volvieron a su principio. ‘Los ríos retornan al lugar del que salieron para volver a fluir’”
(Ecle.,1,7)”

Santo Tomás, In Sententiarum III, proemio
 
 
Sedientos de sustancia en la planicie seca,
ajados por el fuego  que no calma los fríos,
marchitos o dolientes de afogarar memorias,
las cosas y los hombres se han quedado sin ríos.

Es un crujir de cueros, un escaldar de pastos
la tierra traicionera, del alba desertora.
Por atezar los nombres han pecado los labios,
por renunciar al Agua han quemado a la aurora.
 
Tráenos en tu Noche la torrentera clara
que funde los hogares sobre el hombro paterno,
sobre el mantel, la mesa, el trajín de la madre,
las cuentas del rosario pronunciando lo eterno.
 
Tráenos los afluentes que regaron la patria:
la proeza española, los criollos legendarios,
tu Palabra convoque las palabras dormidas,
desfile la victoria en los viejos estuarios.
 
Tráenos los raudales, el caudal de la gracia
del pozo de Sicar tras la sombra de un cedro,
dí a la Barca en el Tíber que ice al aire sus velas
mar adentro, Dios mío, como ordenaste a Pedro.
 
Tráenos la bandera de la que habla Isaías
porque el monte se anega, se acallan los redobles,
del Pastor que sabía proferir tu alabanza:
hay que abrir tenazmente la puerta de los nobles.
 
Tráenos los regatos, arroyos sin mareas,
el manso regajal de las almas absueltas,
mas si fueran preciso el escudo y la espada,
haznos donar la sangre, por tu cruz, en los deltas.
 
Trae, al fin, la esperanza de los Ultimos Días,
la desembocadura del lecho de la historia,
retornen nuevamente los ríos a  sus mares,
se alce un himno de oleajes proclamando tu gloria.
  
Antonio Caponnetto