miércoles, 18 de diciembre de 2013

Nacionales


MILITANCIAS PARALELAS
 
Conviene ver el tema de la militancia a la luz de un problema serio que, en términos generales, llamamos revolución o subversión cultural. La revolución cultural es como un castillo (símil de nuestra propia alma) que ha sido tomado, vencido, y gobernado por el enemigo quien ingresó allí en un caballo de Troya.
 
El ideal revolucionario tiene claras estrategias y métodos, todos en plena vigencia y utilización —vinculados a medios de comunicación, educación, lenguaje, sentido común— pero tiene sobre todo un claro fin que es ganar nuestra alma. 
 
Y aquí ya empiezan las distinciones: ganar nuestra alma, sí, pero sin que ella sea arrebatada, sino que seamos nosotros quienes  se la entreguemos. Podemos pensar con categorías anticristianas, aún sin saberlo.
 
Es el ideal revolucionario metido en nuestro propio corazón, en nuestra manera de pensar, en nuestros afectos, en nuestros criterios.  Es como un cambio desde adentro.  La revolución cultural logra, como dice Gambra, una rendición sin lucha.
 
La revolución cultural anticristiana ha mantenido en claro que la principal guerra es espiritual, por las almas, por el poder del mundo.  Es una guerra de fondo, pero cambiando las armas, las estrategias, el escenario. Es la que nos puede hacer practicar el mal, creyendo que hacemos el bien. Porque hace que obremos, sintamos, pensemos como quiere la ideología, pero desde adentro, como programados.
 
Es razonable desconfiar de las propias categorías mentales y acá es donde cobra más fuerza aún la guía de los maestros.
 
La traición al verbo, la perversión del lenguaje, el no llamar a las cosas por su nombre tiene una raíz teológica, pero también es una de las principales estrategias de la revolución. La revolución anticristiana ha arrebatado el sentido de las palabras dejando el sonido. Han violado sistemáticamente las palabras. ¿Qué significa amor, paz, autoridad, política, en los labios de un revolucionario?
 
En la concesión liviana al sentido pervertido de las palabras hay o puede haber ya un indicio de que la revolución se nos está ganando en el alma. Hablamos como pensamos, pero vamos pensando como hablamos. El lenguaje es, en la revolución, el modo privilegiado de manipulación del pensamiento. Nosotros hemos aceptado las reglas de juego, hablamos el lenguaje del enemigo (como si las palabras fueran etiquetas). Una de esas palabras es militancia.
 
El marxismo usa el término militancia, apelando extrañamente a un lenguaje castrense. Mostrando una vez más una contradicción evidente, predican el desorden pero están perfectamente alineados (en todos los sentidos), repudian las armas pero están repletos de artillería, desprecian el lenguaje militar pero hablan de formación, de comandante, de lucha, de militancia. Existe entonces una distinción que es urgente hacer, y un término que es preciso rescatar: militancia.
 
Como los pedagogos recomiendan dar ejemplos, vamos a hacer, a efectos didácticos, un breve paralelismo en torno a este término, o —mejor dicho— un breve antagonismo, entre el verbo y su caricatura. Este paralelismo intenta ser riguroso en lo doctrinario y no un mero juego de contraposiciones. Distingamos entonces, para reconocer la verdadera militancia, entre Los caballeros de Cristo y los pibes de La Cámpora.
 
1) El camporista se apoya en una base dialéctica, marxista, piquetera; la serenidad y el orden le resultan insoportables. Crece y se desarrolla sobre el conflicto y la contradicción. El militante cristiano distingue paz de pacifismo, ama y anhela la paz, pero sabe que no hay paz sin orden ni justicia. El militante marxista milita porque busca el desorden, el choque, la oposición. Todo esto es principio y fundamento del movimiento marxista. El militante cristiano combate porque añora y ama la paz, la paz verdadera.
 
2) La Cámpora trabaja para el orden social marxista, o el desorden social marxista, es decir su meta es Cuba o Venezuela. Los soldados de Cristo trabajamos para el Reino, nuestro anhelo es la Cristiandad y al fin de cuentas el Banquete Celestial. El socialista habla del cielo (si le conviene, como el saludo cristínico al Papa) para afirmarse en la tierra.  El soldado cristiano trabaja en la tierra para ganarse un lugar en el cielo.
 
3) El pibe de La Cámpora cree que hacer política es ganar elecciones esencialmente fraudulentas, perpetuarse en el poder, manipular al hombre de bien, disponer de fondos. Para el militante cristiano, hacer política es procurar  el bien común natural, y ordenarlo al bien común sobrenatural.
 
4) Para La Cámpora, militar es acumular poder, torcer voluntades, manipular decisiones, recibir medallas y doctorados. Para el cristiano militar es servir, la jefatura es servicio, el señorío es humillarse al último lugar para el reconocimiento y al primero para los riesgos y la contienda. Por eso, modelo de militante marxista es N. K. con fama de cobarde desde la década del ‘70 y repudiado hasta por los mismos montoneros coherentes. Y modelo de militante cristiano es el Perro Cisneros o el Teniente Estévez, muertos por ocupar libremente el primer lugar en el puesto de combate.
 
5) El pragmatismo y el testimonio. El militante marxista cifra su acción en el pragmatismo como fin último y por eso es maquiavélico. La ideología debe imponerse, como sea. El militante cristiano sabe que su acción es esencialmente testimonial, que no se trata de vencer sino al menos de combatir, que el enemigo no se mide por la cantidad sino por la maldad que representa y encarna. El camporista dice que hay que llegar al poder y mantenerse en él, cueste lo que costare. El militante cristiano dice que hay que salvar el alma, cueste lo que costare. Decía al respecto Santiago de Estrada: La pureza del caballero es un requisito para participar del Misterio y su fortaleza es el fruto de tal participación. La Sangre es ineludiblemente uno de los elementos que dan testimonio de la Verdad.
 
6) Se combate por dinero (o algún equivalente) o por amor. El honor de Cristo Rey no puede tener precio, o en todo caso, el precio es nuestra vida. ¿O le vamos a dar menos? El militante cristiano debe preguntarse antes de salir, por qué y por Quién. El camporista se pregunta por cuánto, porque sus amores tienen precio y condición. La prostitución generalizada en la que vivimos no se soluciona  cerrando solamente los prostíbulos.
 
7) El camporista cree que militar es sobornar masas, recolectar aplausos y llenar micros, todo en un frenético activismo. El militante cristiano sabe que en cada amanecer lo espera el combate más duro y el primero que es el interior. El camporista tiene un insuperable perfil histriónico. Valga como simple ejemplo el desempeño de la principal camporista: ella. El militante cristiano percibe a cada momento la gravedad del vencerse a sí mismo. Y por eso entiende la militancia con temor y temblor, porque sabe que en el silencio, frente a Dios, se libran los combates más duros.
 
8) Base social y demagógica o  teológica y mistérica. No se es militante porque despreciables urnas de este sistema perverso unjan al elegido ni porque el pueblo amorfo, fruto del liberalismo, lo aclame. Se es militante porque no hay paz sobre la tierra hasta que Cristo reine, se es militante porque al salir el sol entrarás en un campo de batalla, como decía Marechal; en fin, se es militante porque como dice la Palabra Divina, milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Para el camporista la militancia viene por unción popular, para el cristiano por mandato divino.
 
9) El camporista levanta la bandera ideologizada de los derechos humanos. Bandera que ha resultado muy redituable económicamente, un excelente medio para la revolución cultural y el modo marxista de perpetuarse en el poder. El militante cristiano levanta la bandera de los derechos divinos. Hoy más que nunca, Dios es el gran ofendido, Nuestro Señor, como otro viernes santo, es el Gran Ultrajado. Y si bien con un soplo reduciría a polvo a los infames ha querido necesitar de nuestros brazos para el combate.
 
Guerrea por el Señor y el Señor guerreará por ti. Somos nosotros los que tenemos el tesoro de la verdad.  ¿Cómo dueños? No, como testigos. ¿Cómo dueños?  No, más que eso. Como hijos. Por eso, insistimos, no entregamos nada, ni los términos. O dicho mejor, no entregamos nada, empezando por el verbo.
 
Jordán Abud
 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Sermones para el Adviento


EL EXAMEN DE CONCIENCIA

Juan era verdaderamente un hombre extraordinario. Su nombre corría de boca en boca, lo mismo que sus virtudes y sus obras. Se hablaba de él como de un profeta, como del Mesías. El Sanedrín decidió despachar enviados para pedirle explicaciones: “¿Tú quién eres, entonces?” Juan, no siendo iluso o distraído de su propia realidad, confesó quién era.
 
Tan agitados siempre por inquietudes y preocupaciones terrenales, necesarias o a menudo triviales, ¡qué oportuna sería para muchos cristianos  una severa y estricta embajada que nos obligara a una minuciosa revisión profunda, real de nosotros mismos y de nuestras obras!
 
Mas, si prestamos humilde atención, advertiremos que hay muchas voces suscitadas por Dios ocultas en los pliegues de nuestras conciencias, o en los serios golpes de ciertos contratiempos, o en las expresiones de quien nos critica y embiste, o en las varias circunstancias de la vida. Son éstos verdaderos “enviados” que, interrumpiendo los encantos de la vida, con frecuencia nos interpelan: “¿Quién eres tú? ¿Por qué haces esto? ¿Eres digno? ¿Sabes lo qué haces?”. Si fuésemos nosotros mismos los que nos preguntáramos, y supiéramos contestar con franqueza, ¡cuánto provecho sacaríamos en nuestra vida moral!
 
Y justamente, el preguntarnos y el sabernos contestar acabadamente, es lo que hacemos cada vez que realizamos, cuidadosa y reflexivamente, nuestro examen de conciencia. Este examen es de capital importancia para conocernos y para corregirnos.

Es admirable el modo con que San Juan Bautista contesta a sus interlocutores. Su conciencia es un libro abierto, ordenado, edificante. Su respuesta es sincera, clara y de típicas humildad y verdad: “No soy el Cristo; le preparo el camino. Bautizo, con agua. No más. Es sólo el preludio del gran Sacramento. No soy ni Elías, ni un profeta, sino una voz y nada más. ¡Ajá! El Mesías está entre vosotros y no le conocéis.” En el Bautista, esta cabal y pronta respuesta es fruto de un exacto examen.
 
1] El examen de conciencia, entonces, es necesario para conocernos.
Se ve en muchos cristianos una señal de gran descuido moral al no ponerse frente al propio “yo”. Sienten tal repugnancia, que les parece que morirían si se detuvieran un momento a reflexionar sobre sus vidas y sus obras. No reflexionan, porque no quieren que muera aquella ficticia personalidad que se han formado de sí mismos, poco a poco, desde su niñez.
¡Qué diferencia entre esta clase de cristianos y los paganos! Son los mismos paganos quienes nos dan una gran lección, pues consideraban el examen de conciencia como un medio valiosísimo de adquirir la sabiduría. En varias partes y hasta en sus templos esculpían la frase: “Conócete a ti mismo”.
El gran Séneca decía de sí mismo: “Cuando la luz está apagada y los sirvientes duermen, yo me esfuerzo en pensar sobre mi responsabilidad cotidiana. Considero y mido mis palabras y obras, y no disimulo nada, y me castigo cuando he faltado, para no recaer.”
Ésta es sabiduría antigua que ha sido perfeccionada por el Cristianismo. San Pablo recomendaba mucho a los Gálatas: “...Cada uno examine sus acciones”. San Agustín después de su conversión, con la luz de la verdad que le iluminaba, repetía esta oración: “Conocerte a Ti, Señor, es conocerme a mí.” ...Oración que deberíamos repetir también nosotros, si aspiramos a un poco de perfección…

2] El examen de conciencia también es necesario para corregirnos.
En algunos atlas antiguos se señalaban ciertas áreas con palabras tales como “Tierras desconocidas”, “Incognita terra”. ¡Cuántos podrían describir así su conciencia! ¡Cuántos repliegues de nuestro corazón aún inexplorados!
Vivimos toda una vida. Cada día, poco a poco, nos estamos acercando inexorablemente a los umbrales de la tumba... ¡pero sin habernos conocido lo suficiente!
No son pocos aquéllos que se jactan de ser hombres de bien a pesar que tienen la conciencia llena de falsas ideas y de prejuicios sobre su carácter, en materia de religión o sobre los deberes de su estado, sobre la necesidad de las buenas obras, o acerca de la obligación de instruirse en la doctrina cristiana.
Y cuando no se conoce una zona: ¿Cómo se la podrá evaluar, mejorar, conseguir más rendimiento? Si el médico no examina bien al enfermo, no le será fácil curarlo. Es una insensata pretensión querer corregirse y adelantar en la virtud, sin examinarse.
  
Algunos elevan la ignorancia a la categoría de “octavo Sacramento”, pues dicen que salva a muchos cristianos... En realidad, no se puede afirmar con seguridad “que la ignorancia salva, o excusa”, sin ver primero “si la ignorancia vale en el caso individual” y “cuándo la ignorancia vale en el caso individual,” particularmente luego de tantos llamamientos del Señor, que no son sino una verdadera embajada que nos sitia.
 
No es tan sencillo clamar ignorancia… Hay enfermedades tan severas que no es extraño que nos hagan muy difícil el rezar. San Ignacio de Loyola, dice que la enfermedad que nos dispensa de la oración cotidiana no nos exime del examen de conciencia. San Juan de Ávila, verdadero maestro espiritual, declaró abiertamente “Si vosotros hacéis con constancia el examen de conciencia, vuestros defectos no podrán durar mucho tiempo.” De manera que podemos afirmar que cuanto más conocemos las condiciones de la conciencia, tanto más elevada será nuestra perfección; y de hecho, conocemos nuestra conciencia a través del Examen.
 
Comúnmente se distinguen tres tipos de examen de conciencia: a) El Examen Particular, b) el Examen Cotidiano y c) el Examen para la Confesión.
 
a) Por ser bastante específico, no se pretende siempre de todos los fieles el Examen Particular. El Examen Particular es un breve examen que se cumple cada tanto en el día, p.ej. al mediodía, y por la noche, antes de irse a dormir. Versa sobre una falta dominante o sobre una virtud: “¿Cuántas veces he caído en la murmuración y en la crítica (etc.) hoy por la mañana en mi trabajo? Voy a redoblar la vigilancia sobre mí mismo cuando vuelva a trabajar por la tarde… Pésame Dios mío…”
“Pequeñas cosas” lo llamarán algunos. “Trivialidades. Sonseras de estos curas. ¡Pequeñeces de sacristía!”, dirán los atrevidos de siempre, aquéllos cuyo mayor logro apreciable en esta tierra es el haber hecho el culto del enquistamiento en la mediocridad.
Ahora bien, el precioso trabajo de bordado de una costurera, ¿no está hecho, acaso, de pequeños puntos? ¿No es con breves movimientos de sus alas que el ave se eleva al cielo? ¿No es debido a diminutas explosiones en el motor, que un auto se desplaza aun cuando circula a gran velocidad?

b) Examen Cotidiano: Si, durante el día, el trabajo nos absorbe, es también apropiado y justo para el cristiano el doblar la rodilla por la noche y el abrir la propia conciencia como libro en mano, y releer en ella, aunque fuera brevemente, aquello con lo que a lo largo del día se ha cumplido y con lo que no. Ante las faltas, al principio se va viendo que difícilmente disminuyen; pero con el tiempo la voluntad asistida por la Gracia las trabajará con fruto.  Como no sólo hay que evitar el mal, sino que es necesario también hacer el bien, hay que sinceramente preguntarse si no se ha malgastado tiempo precioso al no haber realizado suficientes obras buenas.
Si uno está muy cansado, es mejor acortar las oraciones que dejar el Examen Cotidiano de conciencia.
La ventaja del Examen Cotidiano por las noches hará más fácil el:

c) En el Examen para la Confesión seremos más diligentes y serios. Aquéllos a quienes poco les importan los exámenes de conciencia, son quienes tienen tantos problemas para confesarse. Tan a menudo el confesor percibe que vienen mal preparados a la Confesión, y hasta con fastidio, pues ellos mismos advierten sus propios engaños y falencias. Están arrodillados en el Confesonario, pero como “queriéndose ir...”

Verdaderamente aquéllos que jamás se examinan, que jamás se ayudan de alguno de los exámenes de conciencia que están en los misales o devocionarios, son los que no consiguen encontrar pecados en su conciencia.
 
Los Santos, al contrario, acostumbrados a escrutar luminosamente su conciencia, descubrían siempre imperfecciones y defectos, haciendo más resplandeciente su espíritu por tanto. De aquí que el gran Arzobispo de Milán San Carlos Borromeo siempre fuera acompañado por su confesor para poderse confesar muy frecuentemente y así no dejar que nada se le escapara, aun cuando salía de visita pastoral a sus parroquias, resplandeciendo siempre a los ojos de Dios.

Como conclusión digamos que la sinceridad nos debe guiar constantemente tanto en lo referente a Dios, como en lo que hace a nosotros mismos. El examen de conciencia, además, nos será muy útil ayudándonos a tener siempre el oído atento a los llamados de la Ley de Dios, de nuestros deberes y aun de los rectos juicios de nuestros allegados.
 
Y cuando alguien nos aporte justa crítica, observación o reproche, es como si se nos preguntara “¿Y tú quién eres?” Así como la pesquisa de los fariseos para nada confundió a San Juan Bautista, tampoco nos ocurrirá a nosotros si examinamos los hechos, pensamientos, palabras y omisiones de nuestra vida a la luz de estrictos exámenes de conciencia.
 
Así como San Juan Bautista, con su ejemplo y predicación, dispuso a los hebreos para la venida del Mesías, nosotros, a través de un santo examen de conciencia, nos prepararemos a la venida del Niño Dios, en esta Navidad que se acerca.
 
“¡Enderezad los caminos del Señor!” truenan incontestadas las palabras del Precursor desde hace veinte siglos. Allanemos, pues, los caminos de nuestro corazón con el frecuente examen de conciencia, y el Salvador bajará a ellos para concedernos Sus protectoras gracias.
 
Que la escena de la embajada de los fariseos a San Juan Bautista siempre nos recuerde el capital deber del examinar nuestra conciencia puntual y exactamente.
 
Architriclinus

sábado, 14 de diciembre de 2013

La Desquiciada


LA FIESTA IMPERDONABLE
 
 
Todavía  algunos de los doce argentinos muertos, no habían sido sepultados, y la presidente ya bailaba…
 
Todavía  en algunos sitios de Tucumán, Chaco y Salta seguían los saqueos y la furia, mientras miles de compatriotas a lo largo del país, lloraban  sobre las ruinas de sus casas, o de sus negocios, o de los que fueron sus lugares de trabajo, la presidente y sus secuaces festejaban…

  En una suerte de estremecedora evidencia de un cinismo que va más allá de las palabras, al frente de doce ataúdes, que visiblemente les importaban nada, un tipo cantaba  aquello de “que la muerte no me sea indiferente” y todos parecían festejar.
 
Pero si esos ataúdes, que tenían ahí nomás,  delante de sus narices, significaban tan poco,  ¿cuál sería esa extraña muerte  capaz de inquietarlos?
 
Porque muertes y tragedias evitables suceden a cada momento en nuestro país y a ellos no se les mueve un pelo.
 
Parece que había que celebrar la democracia y es por todos sabido, que esa democrática fiesta, está claramente por encima del dolor de la gente y del oscurecido cielo de la patria.
 
Ahora bien, es indiscutible que la alegría, que presupone la fiesta, es una manifestación del amor y  por eso, es oportuno una vez más recordar el  comentario que hace Josep Pieper: “Quien no ama a nada, ni a nadie, no puede alegrarse, por muy desesperadamente que vaya tras  ello”.
 
Y por ahí nos parece que va la cosa, en realidad ayer hemos visto abundante desesperación, ninguna fiesta, menos alegría, nada de amor.
 
Después de ese penoso y tristísimo espectáculo  que duda puede haber acerca del estado psíquico de una persona que baila, canta, y ríe sobre las tumbas recién abiertas de una docena de argentinos, con el absurdo agravante que fue  el estado que ella preside, el único responsable de ese desmadre trágico.
 
Por eso, si se quiere hasta piadosamente, preferimos llamarla La Desquiciada, porque creemos que ya no distingue lo real de las fábulas que ella misma inventó.
 
De no ser así, de no estar intensamente  desquiciada, habría que pensar en otras categorías morales y aún en nuevas palabras, lo suficientemente ruines, como para poder describir a un ser que alardea y envanece con las menos humanas de sus perversiones.
 
Miguel De Lorenzo
 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Editorial del Nº 106


LA MESA DE LOS DEMONIOS

Extirpada que le fuera Cristina al hematoma cerebral, y libre ya éste del cuerpo extraño que lo hostilizaba, la mujer volvió al centro de sus funciones políticas. Aliviada de lutos y de lutas, diría Maduro, retornó rodeada y contenida por sus nuevas mascotas, entre las que se cuentan un perro bolivariano, un judío marxista, un contador chaqueño y un pingüino de peluche. Todo nacional y popular, como el tributo millonario oblado a Repsol a las pocas horas del retomado mando, en señal machaza de soberanía irrestricta.
 
Acaso dos hechos, por su ínsita y apabullante significación, permiten simbolizar este período terminal de la degeneración kirchnerista. Llamaremos al primero con el parafraseo evocativo de una consigna setentista: la sangre derramada será remunerada.
 
En efecto, y como es de sobra sabido, el Congreso, casi sin excepciones, acaba de sancionar una ley por la cual se resarce con una pensión vitalicia a quienes hayan sido presos políticos (o a sus descendientes), en los oscuros años del auge guerrillero, incluyendo en el período al mismísimo gobierno constitucional y democrático del matrimonio Perón. Por cierto que “presos politicos” quiere decir aquí terroristas capturados; y pensiones vitalicias, abultadas sumas que se agregan a las millonarias indemnizaciones ya otorgadas.
 
Pocas veces en la historia, un Estado como el que preside esta viuda cleptómana, ha puesto en evidencia, de modo groserísimo y tosco, su vocación de convertirse en un Estado Pro Terrorista, que equivale a decir Terrorismo de Estado. Y pocas veces en la crónica de nuestras batallas, los contendientes de un bando —esto es, el de los erpianos y montoneros— han dado tan repelente prueba de su condición de asalariados.  La liberación nacional primero fue Gelbard, después Cavallo, ahora Kicillof; y siempre en su medida y armoniosamente asegurarse bolsillos abultados, bóvedas repletas y bolsos rebosantes de dólares.
 
El segundo hecho de este final de fiesta es el nombramiento del cura Juan Carlos Molina al frente de la Secretaría de programación para la prevención de la drogadicción y la lucha contra el narcotráfico, organismo oficial vinculado a las influencias de Alicia Kirchner, que heredó de su hermano la hermosura del semblante y la dicción ciceroniana, aunque la natura fuese algo esquiva con el coeficiente mental de su testa.
 
El tal nombramiento, claro, se hizo de manera explícita para congraciarse con la Iglesia, en un momento en que, por razones obvias, no le conviene al gobierno exacerbar sus malévolas furias anticatólicas.
 
Lo doblemente dramático de este episodio es que ni Molina es católico —apenas si un sirviente rentado más de la perversión kirchnerista— y que la Iglesia cuya congratulación se procura es la misma que toma mate con los profanadores de templos, concelebra liturgias mundanas con los deicidas, convierte a las parroquias en sinagogas y juzga que su misión primera no es testimoniar y glorificar a Cristo Rey sino controlar que a la muchachada no se le vaya la mano con el porro.
 
Aclarado fue por el obispo D’Annibale y por sus pares, que el prete cristinista asumía sus funciones a título personal. Lo que debieron aclararse los pastores a sí mismos y al resto de la feligresía fiel es que “no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (San Pablo, I Corintios, X, 21).
 
Y aquí debíamos llegar, necesariamente. Lo que tenemos hoy a la vista es el ágape desenfrenado de los demonios, la bacanal de Mandinga, el banquete luciferino, la tabla puesta en común para que se sienten a ella cuantos personajes infernales andan sueltos, sean clérigos encumbrados o públicos hombres de Estado. Lo mismo da.
 
Nosotros queremos pedir la gracia de ser leales al mismo magisterio paulino que, a propósito del anterior anatema, nos ordena: “no quiero que vosotros entréis en comunión con los diablos. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios”. Para eso estamos y seguiremos estando los nacionalistas católicos: para no darles tregua ni a los terroristas pensionados ni a los organizadores de aquelarres.
 
Antonio Caponnetto
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Colorado… el 30


BALANCE DE TREINTA AÑOS

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
 fueron un tiempo Itálica famosa.
(Rodrigo Caro, Canción a las ruinas de Itálica).

Las agitadas postrimerías del año que fenece encuentran a la Argentina sumida en un verdadero marasmo espiritual, político, social y económico. La generalizada sublevación de las fuerzas policiales con el concomitante saldo de saqueos, pillaje, devastación y muerte en casi toda la geografía de la Patria, es tan sólo el colofón de un largo proceso de incontenible caída. La sociedad argentina está enferma, fracturada, convulsionada, confundida, corrompida y desamparada. Todo parece ir, en un permanente vaivén, de la tiranía a la anarquía. Quienes se dicen gobernantes en nada se distinguen de una banda de salteadores y criminales (que lo son de hecho, al menos en sus cabezas principales). Quienes fungen de opositores son —salvo alguna excepción— un conjunto de mentecatos cuya vacuidad intelectual y moral no conoce límite.

En medio de este panorama sombrío todo el stablishment —político, empresarial, intelectual y hasta eclesiástico, duele decirlo— se dispone a festejar los treinta años del advenimiento de la democracia. Estamos asistiendo a la puesta en escena de un gran fasto nacional, bastante menguado, ciertamente, por el humo de los incendios y el fragor de los saqueos. Un auténtico paisaje onírico… pero de pesadilla. No hemos querido, pues, dejar pasar estas circunstancias sin esbozar un balance, siquiera somero, de estos treinta años de espanto y de impostura.

La primera pregunta que cabe plantear es esta: ¿qué pasó, realmente, en Argentina, aquel 10 de diciembre de 1983 cuando el gobierno de Alfonsin inauguró esto que la historia oficial llama “el retorno de la democracia”? En efecto, lo que advino fue la democracia en su peor versión, esto es, ese régimen ilegítimo y espurio que procede de la corrupción de la república. Y su advenimiento, lejos, muy lejos, de ser el fruto de las “luchas populares” —como pretende hacernos creer la épica barata impuesta por la propaganda— no fue otra cosa que la obligada salida de un gobierno militar que, acorralado por sus propios errores y contradicciones, se derrumbó tras el último cañonazo de los defensores de Puerto Argentino. Cuando el cañón de Malvinas se llamó a silencio, el régimen militar iniciado en 1976 no tuvo otra posibilidad que convocar a la vieja partidocracia a la que, irresponsablemente y sin condiciones, entregó el poder. La misma partidocracia que, apenas siete años antes, inerme e impotente ante la subversión, cuando no directamente vinculada con ella, había generado el mayor caos y vacío de poder de que se tenga memoria.

No fue, pues, mérito de esa partidocracia la que la llevó al poder sino la vacancia de un gobierno militar que se disolvió como escarcha al sol tibio de la mañana. Es importante destacar este hecho que es la desmentida más expresa a la impostura que desde hace tres décadas se va imponiendo a las sucesivas generaciones de argentinos. Todo no pasó de un simple relevo: la autocracia militar cedió el poder a la partidocracia civil.

¿Y qué hizo esa partidocracia vuelta al poder? Lo primero, presa de una angurria voraz, se adueñó de todos los resortes del Estado al que saqueó prolijamente y convirtió en un botín de guerra. Pero, lo más grave, fue que esa partidocracia se hizo instrumento servil de una sistemática destrucción de la Argentina; una destrucción que no ha dejado nada fuera de su alcance deletéreo y que se realizó siguiendo, al menos, seis grandes líneas maestras que, a modo de hilos conductores, han permanecido inalterables, bien que con diversos grados de intensidad y con acentos distintos, a través de los sucesivos gobiernos democráticos.

La primera de esas líneas fue la imposición, a sangre y fuego, de una falsa mitología que entronizó en el centro de la vida argentina el ídolo de la Democracia y los Derechos Humanos. Esta idolatría totalitaria sustituyó a la Patria y se constituyó en una suerte de divinidad impoluta e intocable a cuyos pies se sacrificó todo. De la mano de esta idolatría se impuso una visión maniquea de nuestra historia, se sacralizó el dogma de una dictadura genocida —suma de todos los males— de la que por arte de magia vino a liberarnos la Democracia, se exaltó hasta el paroxismo la mentira de los treinta mil desaparecidos, se proclamó un nunca más que en los hechos no fue otra cosa que la reivindicación del terrorismo fratricida cuyos fautores fueron ascendidos al procerato mientras sus víctimas fueron sepultadas en el silencio y en el olvido.

La segunda línea maestra consistió en la destrucción, pensada y ejecutada hasta el detalle, de las fuerzas armadas, desmovilizadas moral y físicamente, perseguidas con saña digna de mejor causa, encarcelados sus antiguos combatientes en la guerra contra subversiva, insultadas, desprestigiadas y humilladas sin límite ni freno, reducidas a la impotencia y, con ellas, la nación toda reducida a la mayor indefensión de su historia.

La tercera de esas líneas, quizás la más significativa y exitosa, fue la guerra cultural, promovida desde afuera por bien identificadas usinas ideológicas y financieras. Esa guerra cultural —que sucedió a la guerra revolucionaria de los años setenta, guerra a la que, sea dicho de paso, el gobierno militar no entendió nunca y a la que, finalmente, sucumbió— fue y es implacable: una a una, sin pausa, logró hacer caer todas las barreras y las defensas de una sociedad en la que aún sobrevivían los restos de su origen cristiano y algunos islotes del orden natural. Cayó, así, la familia empezando con el divorcio y culminado con la legalización de la contranatura, al tiempo que se debilitaron, hasta el punto de su ruptura, los vínculos parentales, sustrayendo a los hijos de la autoridad paterna e imponiendo “modelos de familia” contrarios al orden natural y a la ley de Dios. Tras esta ofensiva contra la institución familiar, halló su cauce la “cultura de la muerte” con el aborto, la eutanasia y la contranatura como políticas de Estado. Cayó la escuela convertida en el laboratorio de las más extravagantes experiencias “educativas” e instrumento eficaz de corrupción de nuestra niñez y juventud. Cayó lo poco que quedaba del orden cristiano y de la tradición hispanocatólica gracias a una ofensiva inédita contra las raíces fundacionales de la Patria. Un indigenismo absurdo y trasnochado logró imponer en la misma Constitución la noción de “multiculturalidad” y “multinacionalidad” a la vez que se derogaron los escasos vestigios que en el texto constitucional daban cierto respaldo jurídico a la unidad espiritual de la nación. Como consecuencia de todas estas caídas se produjo la más radical y profunda sustitución del ethos social: cada día se nos hace más difícil reconocer el rostro de la Argentina histórica cubierto por la máscara deforme de este esperpento en que nos hemos convertido. Si algo mide, con angustiante exactitud, el éxito de esta ofensiva cultural es que a lo largo de estos treinta años hemos visto como el gramscismo instrumentalizado por Alfonsin, que supo suscitar una fuerte oposición católica, culmina, ahora, en la corrupción de la juventud organizada y promovida por funcionarios que se proclaman católicos.

La cuarta línea de destrucción tuvo por blanco a la Justicia sometida al más impúdico manipuleo ideológico, puesta al servicio de la venganza para con los enemigos y de la obscena impunidad para los adictos; con ella el entero orden jurídico se derrumbó. Más aún: esa disolución del orden jurídico, unida al prevaricato de los jueces, empezando por la Corte Suprema, es la que ha posibilitado que más de un millar de hombres de las fuerzas armadas y de seguridad purguen en cárceles ignominiosas el haber defendido a la Nación de la agresión subversiva. La ideología “garantista” hizo el resto al desmontar la legislación represiva del delito y proteger y promover las formas más viles de la delincuencia.

La quinta línea apuntó a disolver el orden social merced al aliento sistemático, desde el poder, del caos y de la indisciplina y al azuzamiento de los conflictos hasta llegar a la actual situación de guerra social en pleno apogeo en estos días. Esta guerra, como la cultural en su momento, responde a usinas ideológicas manejadas desde afuera con la activa complicidad de los agentes nativos. De esta manera, el resultado no ha sido otro que la anomia.

La sexta y última línea de destrucción socavó los cimientos del orden económico pues todos los males que en ese terreno veníamos padeciendo se agravaron y multiplicaron al infinito con el sometimiento a la usura y al poder financiero, con sus secuelas de endeudamiento, miseria, subdesarrollo, marginalidad social y destrucción del aparato productivo. Los períodos de “bonanza” y de “crecimiento” no desmienten lo que decimos toda vez que la bonanza no pasó de ser un mero incremento del consumismo y el crecimiento no significó un desarrollo integral de la nación. Las sucesivas recetas económicas tuvieron siempre como resultado invariable la conculcación de los derechos de los ciudadanos honestos sometidos al despojo de los bienes, al latrocinio fiscal y la pauperización creciente.

En fin, largo sería enumerar todos los horrores y las ruinas que se han ido acumulando en estos treinta años de democracia. Sólo la estulticia o la complicidad pueden llevar a pensar que hay algo que festejar en la Argentina.

No, no hay nada que festejar y sí mucho para lamentar, deplorar y aún llorar. Porque esta democracia ha cubierto al país de miseria, de ignominia, de humillación, de dolor, de muerte, de luto y de llanto.

En estos treinta años se ha ofendido gravemente a la ley de Dios, a la realeza de Cristo, a la tradición de la Patria, al orden natural, a la razón, a la lógica y al buen sentido.

Es hora de hacer penitencia. No de festejar.

Mario Caponnetto
Santa María de los Buenos Aires, 10 de diciembre de 2013

martes, 10 de diciembre de 2013

Aviso

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viernes, 29 de noviembre de 2013

Nuevo Orden

PETRÓLEO Y SOBERANÍA
  
“El poder del capitalismo financero mundial tiene un objetivo trascendental, nada menos que crear un sistema de control financiero mundial en manos privadas capaz de dominar el sistema político de cada país y la economía como un todo, e influír sobre los políticos colaboracionistas mediante recompensas posteriores en el mundo de los negocios”.
Carroll Quigley, “Tragedy and Hope”
 
Decía el Dr. Adolfo Silenzi de Stagni, quien fuera profesor de las Cátedras de Derecho Agrario y Minero de las Universidades de Buenos Aires y La Plata, en “Claves para una Política Petrolera Nacional.  El Vaciamiento de YPF” (1982), que “…la defensa de la explotación del petróleo por el Estado es un punto esencial de nuestra soberanía económica”. Comenta “tres intentos ocurridos en ese último año relacionados con la destrucción de esta empresa estatal”, dos de ellos proyectos de privatización propiciados por Juan Alemann, Ministro de Economía del Proceso. El tercero se relaciona con la renegociación de los contratos petroleros, confiada al Dr. Federico Amadeo, durante la gestión de Martínez de Hoz, éste encargado de fraguar, la Deuda Externa (DE), “piedra angular de la tragedia económica de todos los argentinos”, según Julio González.
Más adelante señala algunas características de la industria petrolera, en primer lugar su alta lucratividad: “No existe otra materia prima que ofrezca mayor margen de ganancia. La diferencia entre el costo promedio de producción y el precio de venta en el mercado internacional es enorme. Y es indiscutible que la indsutria del petróleo obliga a realizar inversiones muy superiores a las de cualquier otra actividad, pero el capital para estas inversiones se obtiene del mismo negocio altamente lucrativo”.
La cadena de destrucción de Y.P.F. y de la economía nacional no se cortó ahí.  Jorge Scalabrini Ortiz transcribe un artículo (“Clarín”, 24 de marzo de 1983) en el que sostiene que “Los contratos de explotación petrolífera otorgados a partir de 1977, que sólo representaron el 17% de la producción total, no han sido eficaces, no aportaron suficientes capitales genuinos, y se han financiado con el crédito de los Bancos de la Nación Argentina y Nacional de Desarrollo […] Entre esas medidas tendientes a debilitar a Y.P.F., también debe señalarse la adjudicación a partir de 1977, de contratos de explotación con empresas privadas —algunas de ellas carentes de toda experiencia— en áreas previamente exploradas por la empresa nacional y en muchos casos, ya desarrolladas y explotadas por ella […] Todos los actos vinculados con esos contratos, que tienden contra los intereses de Y.P.F., serán revisados por el futuro Congreso de la Nación”.
Continúa el mismo autor: “Sin embargo, dicho compromiso de la U.C.R. previo a las elecciones fue luego totalmente dejado de lado por el radicalismo, ya que no sólo no se enviaron los contratos al Congreso, sino que el gobierno avaló las renegociaciones efectuadas por el Proceso, al mejorar los precios y algunas condiciones económico-financieras (Dec. 3870/84 - 5/85 y 145/85)”. En cuanto a las tarifas aplicadas a Y.P.F., “el radicalismo que había cuestionado la política que había llegado al extremo de cobrar por litro de nafta el 68% de impuesto, no titubeó en aplicar el 73%, rigiendo en la actualidad una estructura de precios donde los impuestos a las naftas súper y común alcanzan el 67,2 y el 65,6 % respectivamente valores aún extremadamente altos, dejando a Y.P.F. un monto por valor tanque que representa menos del valor de la mitad de una gaseosa”.
En otra parte del mismo trabajo manifiesta que la “supuesta crisis argentina no tiene otro propósito que, además de una redistribución negativa del ingreso, posibilitar la venta de grandes empresas públicas que han sido baluartes de soberanía nacional y puntales del crecimiento del país”.
La cadena se continuó con el inefable Carlos Saúl, quien puso la frutilla —con la inestimable ayuda de Mr. K— con el obsequio de todo nuestro patrimonio por medio de la Ley 23.696, siguiendo las instrucciones del infaltable Sir Henry Kissinger, en el simposio sobre Deuda Externa de Berna, de 1985. “Yo prefiero que las naciones deudoras paguen sus obligaciones externas con activos reales a los bancos acreedores, con la entrega del patrimonio de las empresas públicas”.
El buen Carlos fue condenado por contrabando de armas, lo que equivale, por lo que vimos y veremos, a condenar a Jack el Destripador por escupir en la vereda. En efecto, el Artículo 29 de la Constitución Nacional reza: “El Congreso no puede conceder al Ejecutivo Nacional… facultades extraordinarias, ni la suma del poder público, ni otorgarle sumisiones o supremacías por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobiernos o persona alguna.  Actos de esta naturaleza llevan consigo una nulidad insanable y sujetarán a los que los formulen, consientan o firmen a la responsabilidad y penas de los infames traidores a la Patria”. Y el Artículo 215 del Código Penal agrega: “será reprimido con reclusión o prisión perpetua el que cometiera el delito previsto por el artículo precedente, en los casos; 1) Si ejecutare un hecho dirigido a someter total o parcialmente la Nación al dominio extranjero o menoscabar su independencia o integridad”.
Párrafo aparte merecería el riesgo de vida para los argentinos, tras los acuerdos con Chevrón, y los daños ambientales que puede provocar la extracción de gas y petróleo de la roca madre con el procedimiento conocido como fracking, como el provocado en Ecuador.  Otros no se preocupan tanto: en la Cumbre de la tierra de 1992, ECO´92, de Río de Janeiro, convocada por las Naciones Unidas, Lawrence Summers, funcionario del Banco Mundial y posteriormente subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos con Bill Clinton, “propuso a la Cumbre, como económicamente lógico, que las industrias contaminantes emigren al Hemisferio Sur, porque, en primer lugar, allí pagarán menos impuestos por la contaminación que producen”. Y en segundo lugar (en serio, segundo) porque, en cuanto a las posibles víctimas de la polución ambiental, “los años de vida o la esperanza de vida de un inglés valen más que las de cientos de indios” (Padre Juan C. Sanahuja: “El Desarrollo Sustentable”).
A confesión de parte…
 
Luis Antonio Leyro