domingo, 7 de octubre de 2012

Sermones y homilías


NUESTRA SEÑORA
DEL SANTÍSIMO ROSARIO


Decíamos el domingo 23 de septiembre que desde el 8 de septiembre hasta el 12 de octubre estamos viviendo un mes especialmente mariano, engalanado con hermosas fiestas que honran a Nuestra Señora.

En efecto, hemos festejado ya su Natividad; hemos saboreado con la liturgia el Dulce Nombre de María; luego, sus Siete Dolores y el misterio de su Corredención nos han llevado hasta su Maternidad Espiritual, al pie de la Cruz...

Aquel domingo hicimos referencia a Nuestra Señora de las Mercedes... Y esta semana llega el momento de festejar su Maternidad Divina, para cerrar, al día siguiente, este mes tan rico en gozos marianos con la doble fiesta de su Patrocinio sobre nuestra Patria, en Luján, y de su título de Reina de la Hispanidad, la Pilarica de Zaragoza...

Hoy, siete de octubre y primer domingo de este mes, está consagrado especialmente a la Solemnidad de Nuestra Señora del Santísimo Rosario.

Para celebrar debidamente tantos misterios y para recibir las gracias que ciertamente Ella quiere otorgarnos durante este mes, especialmente en este día, lo que debemos hacer es conocer mejor su espíritu y adquirirlo más profundamente; es decir, comprender y asimilar aquello que la animaba y era la razón de todas sus acciones durante su vida terrenal.

De este modo nuestra devoción mariana será verdadera, genuina, y estará sólidamente fundada; no será un mero sentimiento, muchas veces convertido en sentimentalismo puro.

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Ahora bien, aquello que animaba a la Santísima Virgen..., aquello que iluminaba sus pensamientos, impulsaba sus deseos, guiaba sus decisiones y gobernaba todos sus actos tenía una misma fuente con dos vertientes: una respecto de Dios y otra en relación al demonio.

¿Cómo se comportaba Nuestra Señora con Dios y cómo reaccionaba frente al demonio?... Consideremos ambas cosas... Estudiando de este modo el espíritu de María comprenderemos mejor cuál es la marca de sus verdaderos devotos.

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Espíritu de María respecto de Dios

En sus relaciones con Dios, aquello que animaba los pensamientos, los deseos, las decisiones y los actos de la Santísima Virgen María se halla resumido en aquellas palabras dichas al Arcángel San Gabriel en el momento de la Encarnación del Verbo: He aquí la esclava del Señor.

Estas palabras no constituyen una respuesta circunstancial, ni la expresión de un sentimiento relativo solamente al mensaje del Arcángel; por el contrario, ellas revelan el interior de Nuestra Señora; traducen la disposición habitual de su alma; manifiestan el fondo de sus ideas y la regla de sus acciones.

María Santísima no sólo pronunció esta frase, no solamente emitió estas palabras con la punta de sus labios, sino que Ella las vivió, haciendo de esta expresión un programa de vida, que resume todo el espíritu del cristianismo.

Cuando San Gabriel concluye su anuncio, todo el plan divino se desarrolla ante los ojos de Nuestra Señora; todo el misterio de Cristo, con la parte exclusiva reservada a Ella, se descubre con espléndidos horizontes de perspectivas infinitas...

¿Qué responde?...

Primero contempla a Dios..., y lo contempla no como nos sucede a menudo a nosotros, es decir, de manera superficial, disipada y lejana, sin que esa mirada nos ponga realmente en presencia de Dios, tal como Él es. ¡No!, María contempla a Dios como el Ser Absoluto, Omnipotente, Sapientísimo, Creador, Dominador, Dueño Soberano de todas las cosas... Consideremos cada uno de estos atributos:


Absoluto, que existe por sí mismo y no puede recibir nada de otro...

Omnipotente, que todo lo puede y nada escapa a su poder...

Sapientísimo, que conoce todo hasta en sus mínimos detalles...

Creador, que de la nada ha dado el ser a todo cuanto existe...

Dominador, todo cae bajo su gobierno y dirección providencial...

Dueño Soberano de todas las cosas, de quien dependen todas las criaturas y todas las posee hasta el fondo de su ser...

Con la mirada fija en el Ser Absoluto y Soberano, no le llama ni Altísimo, ni Todopoderoso, ni Santo de los Santos, sino Dominus, Señor que tiene legítimo poder y superioridad sobre lo suyo.


En una segunda consideración, en esa misma luz divina que todo lo ilumina, María se contempla a sí misma...; no con una mirada superficial, ni incompleta, ni falsa...; sino que se examina hasta el fondo de su ser con una percepción total y verdadera...

Y a pesar de ser la llena de gracia y la bendita entre todas las mujeres..., o precisamente por ello, Ella ve y sabe con certeza absoluta que sigue siendo en el fondo una criatura sacada de la nada...

Ella sabe que no existe más que por Dios y que por ello le pertenece absoluta y totalmente...

Ella comprende y acepta que Dios es su Soberano Señor —Dominus— y que Ella es su esclava, que no vive sino para cumplir la voluntad de su Señor...

Aquellos eran los pensamientos y las disposiciones habituales de la Santísima Virgen desde su más tierna edad. Pero el día de la Encarnación Dios le pide su consentimiento para algo más sublime; le pide su participación en la misma redención del mundo. ¿Cómo va a responder Nuestra Señora?

La Virgen se abre, se dilata, se expansiona, se entrega desde lo más profundo de su ser y dice: Ecce ancilla Domini... He aquí la esclava del Señor...

Desde entonces y en cada circunstancia y misterio de su vida asociada a la del Verbo Encarnado, María recuerda su condición de esclava...

Así nos la presentan todos y cada uno de los misterios de su vida, los misterios del Santísimo Rosario.

Esa actitud nos manifiesta cómo la voluntad divina se apoderó de la suya; nos manifiesta hasta qué punto el sentimiento de la soberanía absoluta de Dios anidaba en su Corazón...

Escrutando su vida, encontramos, al inicio de cada uno de sus actos, esta idea fija, resumida en esa expresión.

Por eso decimos que el espíritu de María está formulado en esas palabras: Ecce ancilla Domini...

Inmediatamente después de pronunciar su fiat, el Espíritu del Señor la cubrió y le enseñó a pensar, amar, hablar y obrar como pronto lo iba a hacer Jesús, comportándose como siervo de su Padre Celes­tial... ¡Qué perfecta semejanza entre el Hijo y la Madre!

El día de la Encarnación, cuando fue constituida Reina del mundo, María recondujo nuevamente la creación al orden y a la sumisión que nuestros primeros padres destruyeron.

Consintiendo con el decreto de la Encarnación, María inaugura el Reino de su Hijo, que exige humildad y sujeción.

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Espíritu de María respecto del demonio

Las relaciones de la Inmaculada con el demonio, aquello que animaba su actitud para con este rebelde y revolucionario queda declarado en aquellas palabras del Génesis: Inimicitias ponam inter te et mulierem..." Pondré enemistades entre ti y la mujer...

Estas palabras bíblicas ponen también de manifiesto el interior de Nuestra Señora; pero en este caso respecto del demonio; ellas muestran la disposición habitual de su alma, el fondo de su pensamiento y la regla de sus actos en relación a aquél que Jesucristo llama homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira.

De la misma manera que las primeras que hemos considerado, también éstas María Santísima las vivió, haciendo de ellas un programa de vida, que resume todo el espíritu del cristianismo respecto del demonio y del espíritu del mundo, inspirado y animado por el espíritu del mal...

Pondré enemistades entre ti y la mujer... Sin lugar a dudas, el espíritu del mundo es opuesto al del Evangelio; pero cuando oponemos el espíritu del mundo al espíritu de María Santísima, y cuando la consideramos a Ella como el adversario personal del demonio, nos atenemos al plan divino y a la divina voluntad...

Entre ti y la mujer... He aquí una oposición radical, un enfrentamiento sin tregua, una contradicción sin matices...

Es indispensable comprender bien estas enemistades, si queremos vivir cristianamente y como verdaderos hijos de la Inmaculada...

En su Tratado de la verdadera devoción, San Luis María Grignion de Montfort dice:

María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla, principalmente en estos últimos tiempos, porque el diablo, sabiendo bien que tiene poco tiempo y mucho menos que nunca, para perder a las almas, redobla todos los días sus esfuerzos y sus combates. El suscitará pronto crueles persecuciones, y pondrá terribles asechanzas a los servidores fieles y a los verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta más trabajo superar que a los otros.
Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza, y tú pondrás asechanzas a su talón».
Dios no ha hecho ni formado nunca sino una enemistad, pero irreconciliable, que durará y aumentará aún hasta el fin: es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen, y los hijos y secuaces de Lucifer.
De suerte que la más terrible de las enemigas que Dios ha hecho contra el diablo es María, su santa Madre. Él le ha dado, incluso desde el paraíso terrenal, aunque no fuese todavía sino en su idea, tanto odio contra ese maldito enemigo, tanta industria para descubrir la malicia de esa antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a ese orgulloso impío, que éste la teme más, no sólo que a todos los ángeles y a los hombres, sino, en un sentido, más que a Dios mismo.
No solamente Dios ha puesto una enemistad, sino enemistades, no sólo entre María y el demonio, sino entre la raza de la Santísima Virgen y la raza del demonio; es decir, que Dios ha puesto enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos de del diablo; ellos no se aman mutuamente, no tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satán, los amigos del mundo (pues es la misma cosa), han perseguido siempre hasta aquí y perseguirán más que nunca a aquellos y a aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen.
Pero la humilde María tendrá siempre la victoria sobre ese orgulloso; y tan grande que llegará hasta aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo; Ella descubrirá siempre su malicia de serpiente; desbaratará sus maquinaciones infernales, disipará sus consejos diabólicos y preservará hasta el fin de los tiempos a sus fieles servidores de su garra cruel.


Según San Luis María, pues, Dios no ha hecho ni formado nunca sino una enemistad, pero irreconciliable. Es lo que expresa el término ponam... pondré, es decir estableceré, fundaré.

¿Qué cosa?

El odio eterno entre María Purísima y el diablo, que reemplaza el acuerdo pasajero de Eva con el demonio...

Odio irreconciliable basado en Dios, puesto que el objeto de este odio es Dios y su divino Hijo...


San Luis María continúa diciendo que No solamente Dios ha puesto una enemistad, sino enemistades, no sólo entre María y el demonio, sino entre la raza de la Santísima Virgen y la raza del demonio; es decir —explica el mismo santo—, que Dios ha puesto enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos de del diablo".

Este plural no es solamente enfático y solemne; tampoco indica sólo una pluralidad de individuos, tanto de un lado como del otro, sino que señala un conjunto de pensamientos, deseos, sentimientos, resoluciones, actos, actitudes, costumbres... que caracterizan dos modos de vida, cuyo origen y principio está, por un lado en Dios y todo lo animado por Él, y, por el otro lado, en el espíritu demoníaco y todo lo que él inspira...

Esos dos modos de vida responden, a su vez y en definitiva, a las dos famosas ciudades de San Agustín, fundadas en dos amores: Dos amores han edificado dos ciudades = el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios ha fundado la ciudad del demonio; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo ha fundado la ciudad de Dios.

Debemos convencernos —si no lo estamos— de que la alianza entre las prácticas religiosas y la vida mundana, entre las máximas evangélicas y las del mundo, es una alianza monstruosa e imposible.

Según nos enseña San Ignacio en sus magníficos Ejercicios Espirituales, sólo existen dos banderas, dos ejércitos, dos campamentos, dos capitanes.

Debemos convencernos —si no lo estamos— de que la alianza entre la Roma Eterna y la Roma neomodernista y anticristo es una alianza monstruosa e imposible.

El engaño del demonio es hacernos creer que existen tres banderas, tres ejércitos, tres campamentos... ¡Es la eterna mentira de la tercera posición!... ¡Es el error en que cae la línea media y los extremistas de centro!...


Y San Luis María detalla las consecuencias de esas enemistades. La primera es que Ellos no se aman mutuamente, no tienen correspondencia interior unos con otros.

¡Qué pocos son los que piden a la Santísima Virgen que les inspire, no sólo el alejamiento y el rechazo del espíritu mundano, sino más bien el odio al mundo y a todo lo que él anima...!, un odio profundo y que no se apague nunca...

Este rechazo y ese odio son signos distintivos de los verdaderos devotos de la Inmaculada, y no son otra cosa que las renuncias de nuestro bautismo llevadas a la práctica


La segunda conclusión que saca San Luis María es que Los hijos de Belial, los esclavos de Satán, los amigos del mundo (pues es la misma cosa), han perseguido siempre hasta aquí y perseguirán más que nunca a aquellos y a aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen.

No nos engañemos... Si los amigos del mundo, los mundanos, los que viven según el espíritu del mundo, los romanos de hoy (que para el santo son esclavos de Satán), en lugar de perseguirnos nos tratan bien y buscan nuestra compañía..., no somos de aquellos y aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen...


Finalmente, según San Luis María, ese odio irá creciendo a medida que nos acerquemos al fin del mundo.

Según esto, no sólo nos equivocamos si pretendemos buscar una pacificación entre ambos espíritus, ambos amores, ambas ciudades, ambas cosmovisiones..., sino también si pensamos que las enemistades que en todos los campos y en todos los niveles ellas engendran, van a disminuir.

Por el contrario, ellas irán aumentando más y más a medida que nos vayamos acercando el término.

Esta crisis espantosa que tanto sufrimos, irá de peor en peor.

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Conclusión

Continuando, pues, con nuestro combate, pidamos a Nuestra Señora la gracia de participar de su espíritu en su doble vertiente: para con Dios y para con el demonio.

Pidamos el odio y el aborrecimiento del espíritu mundano y de todas sus alianzas y consecuencias. Para los que han hecho y conocen los Ejercicios Espirituales, es lo que nos hace pedir San Ignacio en los famosos tres coloquios de la Primera Semana.

Meditemos con frecuencia en aquellas palabras del Génesis: pondré enemistades, y a lo largo del día estemos atentos para librar el combate, en cada emboscada del enemigo, en cada escaramuza, para estar bien dispuestos y preparados para la batalla final...

Reflexionemos también en aquellas otras palabras: he aquí la esclava del Señor. Y pidamos especialmente a Nuestra Señora que Ella nos llene de ese espíritu de humilde y santo sometimiento a Dios, a fin de consagrarle nuestro ser y poseer, para que el Reino de Dios venga en su plenitud a nuestras almas.

viernes, 5 de octubre de 2012

martes, 2 de octubre de 2012

Cartas de Lectores

A PROPÓSITO DE DUHALDE
   
Muy querido Antonio:

Hablando de artículos cabilderos, querría aportarte algunos datos a propósito del obituario hecho al socio de Ortega Peña.  Su nombre completo era Eduardo Luis Duhalde y su apodo en el terrorismo era “Damián”.
  
Ya muerto Ortega Peña fundó una bandita subversiva con sus hermanos Carlos María Duhalde (a) “Federico” (largamente prófugo en México y luego Agregado de la SIDE a la Embajada en España con el “Soldado Emilio” Bettini), y Marcelo Duhalde (a) “Víctor” (éste prófugo en España mientras el ahora difunto sufría un exilio en París), contando con militantes suyos tan aguerridos como el hilarante trotzko Moisés Ikonicoff (a) “Iko”, por ejemplo.
   
La bandita (bastante elástica como puede verse) era el “P.R.O.A.” (“Partido Revolucionario Obrero Argentino”) que terminó sumida en la venal y sanguinaria letrina castrista “Montoneros”, cuando ya todos estaban en sus dorados exilios.
A todo esto, si bien el Estudio Duhalde-Ortega Peña abogó por erpianos (y también por gastronómicos, a quienes sistemáticamente despojaban de la mayor parte de los haberes cobrados en juicios laborales), ambos socios —también lo eran en su cátedra del Ingreso a la FDCS de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires (como se llamaban entonces), donde aprobaban en exámenes colectivos a quienes fueran de la “Tendencia Revolucionaria”; es decir, marxistas.
     
Precisamente el ahora finado fue el representante de “Montoneros” en la CADHU (Comisión Argentina de Derechos Humanos), creada interbandas para Europa y Estados Unidos, secundado por Rodolfo Alfredo Mattarolo (a) “Raúl Navas” representante de la banda “P.R.T.-E.R.P.”, esquema que repitieron acá como Secretario de Estado y Subsecretario de Derechos Humanos.
   
Un abrazo.
  
Adolfo Muschietti Molina
  

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sermones y homilías


18 DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Subió Jesús en una barquilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad. Presentáronle aquí a un hombre paralítico postrado en una camilla. Y Jesús, viendo la fe de ellos, le dijo: Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Entonces algunos de los fariseos dijeron en su interior: Este hombre blasfema. Y como viese Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Y se levantó y se fue a su casa. Las turbas al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres.


Este hombre paralítico, postrado en su camilla, es la imagen de una vida muelle y sensual, contraria a la vida que tiende a la perfección.

La Imitación de Jesucristo dice: Esta es obra de varón perfecto, nunca aflojar la intención de las cosas celestiales, y entre muchos cuidados pasar casi sin cuidado, no de la manera que suelen descuidar algunos por remisión o flojedad; sino por la excelencia de una voluntad libre, sin ningún desordenado afecto, que tenga a criatura alguna.

¿En qué consiste, pues, la vida muelle y sensual?

Un gran filósofo cristiano nos dio la idea más elevada al par que más verdadera del hombre, al definirlo una inteligencia servida, por órganos.

En el estado primitivo de justicia en que Dios le había criado, el hombre, que era poco menos que los Ángeles, debía conservar sin violencia y sin esfuerzo la supremacía de su alma en todas las facultades de su cuerpo.

Hoy, que su rebeldía contra Dios ha introducido el desorden en la parte más íntima de su ser, no puede recobrar la autoridad que perdió sino humillando y teniendo bajo su yugo a su propia carne.

De ahí la definición del hombre sensual, que podemos oponer a la primera, un cuerpo que se hace servir por el alma; porque en efecto en la vida muelle y sensual, todo se refiere a las exigencias del cuerpo.

Diríase que todas las facultades del alma están empleadas en procurarle cuanto le piden los sentidos. Y ¿qué es lo que no piden?

Pasamos de lo necesario a lo útil, de lo útil a lo agradable, de lo agradable a lo superfino, y de lo superfino a cuanto conduce al lujo, a la magnificencia, a la profusión y, a menudo, al cuidado más voluptuoso.

Semejantes al mal rico de que habla el Evangelio, malgastamos nuestra existencia en una muelle ociosidad, empleando el tiempo en los cuidados más frívolos y más indignos de un alma que siente su grandeza.

Frivolidad, superfluidad, ociosidad, he aquí como pasamos los días.

Es tan fácil dejarse resbalar por la pendiente suave de la naturaleza corrompida que, la verdadera idiosincrasia humana, apenas se deja ver cuando se vive ya en la esclavitud de los sentidos.

Porque no sucede con la vida muelle y sensual lo que con ciertos desórdenes, contra los cuales la conciencia, por poco recta que sea, no deja de levantar la voz.

Si una persona de una conciencia delicada se deja arrastrar al mal por la fuerza de una inclinación, vuelta en sí y entrando de nuevo en su corazón, no tardará en experimentar una viva inquietud, consecuencia necesaria del remordimiento que sigue a una primera falta.

Mas ¿cómo echarse en cara el conjunto, la serie de actos de que se compone una vida sensual, cuando estos actos, tomados separadamente, no parecen criminales?

¿Qué mal hay, se preguntan estas personas del mundo?

¿Qué mal hay en ello? Consideremos cuáles son los peligrosos efectos de semejante vida.

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Consideremos los peligros y funestos efectos de una vida, muelle y sensual.

El primer efecto de la molicie es hacer que nuestra vida sea inútil y pobre de buenas obras.

Pues bien, esta vida es reprobable por el solo hecho de carecer de virtudes.

Recordemos al siervo del Evangelio con tanto rigor castigado, no por haber malgastado el talento que había recibido, sino por no haberlo hecho producir; y la higuera maldita porque no llevaba más que hojas y no frutos.

En segundo lugar, la vida muelle no sólo es una vida inútil y pobre de buenas obras, sino que está en oposición abierta con los principios del Evangelio y con los ejemplos de Jesucristo.

En afecto, no se salvarán, según dice el Apóstol, sino los que se hubieren hecho conformes a la imagen de Jesucristo. Ahora bien, ¿cómo podríamos reconocerse a Jesús en esa vida regalada, inútil, ociosa, completamente consagrada al lujo, al orgullo, a todo lo que lisonjea en fin las inclinaciones de la naturaleza corrompida que el Apóstol quiere que crucifiquemos con sus concupiscencias?

En tercer lugar, la vida sensual conduce insensible y casi infaliblemente a los últimos excesos de las pasiones.

Hasta aquí hemos supuesto en las personas que se abandonan a la suave y fácil pendiente de sus sentidos muchos defectos; pero no hemos señalado aún el peligro inminente en que están de una caída próxima, y casi inevitable, cuando uno se entrega habitualmente, sin oposición ni resistencia, a las exigencias de la naturaleza.

¿Dónde, en efecto, encontraría la energía necesaria para combatir lo malo el alma débil y enervada que no sabe más que ceder?

Extenuado por los ayunos, abrumado de trabajos y buscando en las dificultades del estudio de las lenguas una distracción a los enojosos pensamientos que le importunaban, San Jerónimo, en el fondo del desierto, a donde fue huyendo de las imágenes voluptuosas de Roma, se golpeaba el pecho, como para apagar en su sangre el fuego de las concupiscencias que a pesar suyo le molestaban...

San Benito no encontraba otro medio que echarse en un estanque helado o revolcarse en los espinos...

Y alma paralítica, muelle y sensual, no toma ninguna precaución, no sabe hacerse la menor violencia, y que está casi vencida aun antes de comenzar el combate. No podrá permanecer firme y animosa en presencia de cuanto le puede seducir.

No tardará en ir pronto más allá...

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Meditemos en los ejemplos del Evangelio, los cuales no podemos tildar de exageración; y procuremos sobre todo, conformar a ellos nuestra vida; porque, fuerza es que lo reconozcamos, la sociedad en cuyo seno vivimos, extraviada y pervertida, ha trastornado en su delirio todas las ideas cristianas, y hasta las leyes más sagradas del derecho natural.

En otros tiempos, los de la Cristiandad, era posible que muchos abrazasen y llevasen una vida muelle y sensual, una vida inútil y llena de placeres; pero no que fuese legitimada y autorizada por nadie...

Se hacía acaso el mal, pero no se había llegado al extremo de dar el nombre de bien al mal que se hacía...

Este exceso de sacrílega audacia hubiera llenado de indignación a las almas menos fervorosas.

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Hagamos nuestras estas tres peticiones que encierran toda la vida cristiana, meditémoslas y pongámoslas en práctica:

1ª) Dadme fuerza para resistir,

2ª) Dadme paciencia para padecer,

3ª) Dadme constancia para perseverar.

En esto está la perfección aquí bajo, y la felicidad en la vida futura.

Es propio del corazón perfecto no apartar nunca la intención de las cosas celestiales y, entre muchos cuidados, pasar casi sin cuidado, no de la manera que suelen algunos, por remisión o flojedad, sino por la excelencia de una voluntad libre, sin desordenado afecto por criatura alguna.

Hay gran diferencia entre el corazón mundano disgustado de los falsos bienes del mundo, y el corazón cristiano desprendido de sus supuestas ventajas.

El corazón disgustado, después de haber probado todos los goces que prometen los sentidos para llenar la profundidad de sus abismos, ve con sorpresa y espanto el inmenso vacío que deja en él la posesión de lo que había deseado, permaneciendo a la vez culpable y desgraciado.

Por el contrario, el corazón desprendido, rechazando prudentemente lejos de él lo que sabe con certeza que no puede satisfacerlo ni llenarlo, se vuelve a Dios para hallar en Él la virtud y la dicha.

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Fiel retrato del paralítico del Evangelio es la confesión y oración que hace el alma en la Imitación de Jesucristo:

Confieso, Señor, contra mí mismo mi iniquidad; te confesaré mi flaqueza.
Muchas veces es una cosa bien pequeña la que me abate y entristece.
Propongo pelear varonilmente; mas en viniendo una pequeña tentación me lleno de angustia.
Algunas veces, de la cosa más despreciable me viene una grave tentación. Y cuando me creo algún tanto seguro, cuando no lo advierto, me hallo a veces casi vencido y derribado de un ligero soplo.
Mira, pues, Señor, mi bajeza y fragilidad, que te es bien conocida. Compadécete, y sácame del lodo, porque no sea atollado, y quede desamparado del todo.
Esto es lo que continuamente me acobarda y confunde delante de Ti; ver que tan deleznable y flaco soy para resistir a las pasiones. Y aunque no me induzcan enteramente al consentimiento, sin embargo me es molesto y pesado el domarlas, y muy tedioso el vivir así siempre en combate.
En esto conozco yo mi flaqueza, en que tan abominables imaginaciones más fácilmente vienen sobre mí que se van.
¡Ojalá, fortísimo Dios de Israel, celador de las almas fieles, mires el trabajo y dolor de tu siervo, y le asistas en todo lo que emprendiere!
Fortifícame con fortaleza especial, de modo que ni el hombre viejo, ni la carne miserable, aún no bien sujeta al espíritu, puedan señorearme; contra los cuales conviene pelear en tanto que vivimos en este miserabilísimo mundo.


La vida muelle y sensual es un grave peligro; ya lo hemos considerado. Pero no menos funesto para las almas es el desaliento, que las postra y paraliza espiritualmente.

¿Cuál es el principio la causa de tan peligrosa tentación?

Podemos indicar cuatro principales causas de desaliento:

1ª) El retiro de las gracias o la privación de las consolaciones sensibles;

2ª) La violencia y duración de las tentaciones;

3ª) La inconstancia de las resoluciones a consecuencia de la poca fijeza de la voluntad;

4ª) La facilidad de las caídas o la frecuencia de las faltas a que se encuentra el hombre como arrastrado por la debilidad de la naturaleza y la violencia de las inclinaciones.

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1ª) Falta de las gracias o privación de las consolaciones sensibles.

Debemos saber que el camino de la vida no siempre será llano y suave. Al principio fue preciso llevarnos, porque no podíamos sostenernos solos; mas la Providencia, que tan amorosamente nos sostuvo, nos dejará en el camino.

El viaje será largo, y no solamente sentiremos la fatiga del camino, sino que tendremos además que gemir a causa de la incertidumbre en que nos dejará la ausencia del Señor. Nos creeremos haber perdido para siempre.

Mas ¿para qué recordar esto? Preciso es que esto sea así. Resignémonos y tengamos valor.

Llamemos a Dios, si lo deseamos, y a la manera del niño que también llama a su madre, lloremos; mas guardémonos de quejarnos y de desconfiar.

No digamos: Dios me ha rechazado; sino más bien: Dios ha querido probarme. No añadamos: Lo perdí sin esperanza; sino: Se alejó por un instante y pronto le volveré a ver.

Por lo demás, y aunque no debiésemos verle hasta el día en que se manifestará sin nubes, hágase su voluntad y santificado sea su nombre.

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2ª) La violencia y la duración de las tentaciones.

Aunque Dios no hiciese más que retirarse, la prueba sería ya ruda y penosa; pero las más de las veces no se retira sino para permitir que se acerque el enemigo: y de ahí las crueles angustias del alma que, temiendo sobretodo desagradar a Dios, se encuentra llevada, sin que lo quiera y por la fuerza de sus inclinaciones, hacia lo que sabe que debe desagradarle, con la incertidumbre, no pocas veces, de si realmente le ha desagradado o no...

Si las pruebas cesasen, cesaría también la vida; porque ¿a qué fin se la prolongaría, puesto que ella misma no es más que una gran prueba?

No se conceden los momentos de reposo sino a fin de dar tiempo al alma para prepararse a resistir nuevos ataques.

La causa ordinaria de nuestras inquietudes nace de nuestras impaciencias y de nuestra falta de valor.

¿Cuál es el soldado que, en el campo de batalla, se admira de verse expuesto a los tiros del enemigo? ¿Por ventura la vida no es un combate a muerte entre la naturaleza y la gracia, entre el bien y el mal, entre el hombre espiritual y el carnal?

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3ª) La inconstancia del corazón, o poca fijeza de los sentimientos y de las disposiciones.

Las almas flacas y sin experiencia, que no saben que todo reside, no en la imaginación, sino en la voluntad, se desconsuelan y se lamentan de los continuos cambios que sobrevienen y se suceden en su interior.

No acertando a explicarse por qué se sienten hoy inclinadas a abrazar el bien con ardor, y le ven al día siguiente con indiferencia, se turban, se entristecen y se reputan culpables de una falta que no puede serles imputada como a tal.

A menudo acaban por desalentarse y por abandonarlo todo como imposible. Y en efecto, lo sería su trabajo, si, como se figuran, Dios exigiese de ellas una fijeza completa en sus afectos y en sus sensaciones.

Pero no es así: lo que Dios quiere es que la voluntad subsista.

¿Es el hombre menos fervoroso porque sienta menos ardor en la oración, si, aun cuando éste disminuya, no deja entonces de orar? ¿Es menos caritativo porque experimenta alguna repugnancia en perdonar, si por experimentarla, no deja sin embargo de perdonar de buena voluntad y generosamente?

Es, pues, una tentación peligrosa la que debilita nuestro valor haciéndonos ver en la movilidad de nuestra fantasía o en la inestabilidad de nuestras disposiciones un mal que únicamente lo sería si cambiase nuestra voluntad.

No lo creamos ganado todo porque nos sentimos hoy más fervorosos; ni todo perdido porque al día siguiente todo nos cansa y da hastío. Caminemos siempre con paso igual, y a la manera del piloto que se sirve de los vientos contrarios para llegar al puerto, ayudémonos de lo que parece alejarnos del fin a que tendemos.

Nada resiste a la gracia y a la buena voluntad; recordemos que para llegar al fin basta que Dios lo quiera y que no nosotros lo queramos con Él.

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4ª) La facilidad de las caídas y la frecuencia de las faltas a que nos encontrarnos arrastrados por la debilidad de la naturaleza y la violencia de las inclinaciones.

He aquí uno de los motivos que parecen, si no justificar, al menos excusar el desaliento del alma; y es cuando, después de haber tomado muchas veces la resolución de permanecer fiel, se deja arrastrar de nuevo por la fuerza, la costumbre, o la violencia de las tentaciones.

El alma que se lamenta de su inconstancia y movilidad, no osa renovar delante de Dios promesas que tantas veces reiteró, y violó otras tantas.

Se lamenta: ¿Qué os diré, Señor, en vista de esta nueva caída, acaecida casi un momento después de las protestas que os hice de morir antes que ofenderos? Es, pues, inútil que las renueve para olvidarlas tan pronto y para violarlas con tan desconsoladora facilidad.

¡No!, no es inútil, y he aquí por qué.

Este propósito que formamos sinceramente en presencia de Dios de permanecer fiel, aun cuando no fuese duradero, es, sin embargo, bueno en el instante en que nos determinamos a él.

Además, a fuerza de renovar los piadosos designios, la flor de los deseos acabará por convertirse en fruto de virtud.

Así mismo, estas protestas, de tal suerte renovadas, tienen la ventaja de impedir, en cierta manera, la prescripción del mal contra el que, no sea más que por un momento, nos levantamos con toda la energía de nuestra voluntad.

Finalmente, entrando de esta suerte en nosotros mismos, nos será imposible considerar nuestras miserias sin humillarnos profundamente ante Dios y sin suplicarle que venga en nuestro auxilio; y esta santa confusión, unida a la esperanza en la divina misericordia, podrá procurarnos la gracia de la perseverancia.

Alguno dirá: es burlarse de Dios, es cansar su paciencia, prometer lo que jamás se cumple.

Respondemos que sería, en efecto, burlarse de Dios hacer promesas sin tener la intención, al menos actual, de realizarlas. Pero del hecho de que olvidemos tan pronto las promesas que de buena fe hubiésemos hecho, ¿se sigue que no debamos renovarlas jamás delante de Dios?

Temamos, en buena hora, abusar de su longanimidad y paciencia en aguardarnos; sea también este temor un preventivo de otras caídas.

Mas, una vez cometida la falta, no temamos levantarnos de nuevo. No añadamos a nuestras ofensas la de dudar de la bondad que nos acoge y desea perdonarnos.

Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. ... levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa...

viernes, 28 de septiembre de 2012

Costumbres argentinas


CAZANDO CHANCHOS
  
¡NOS ESTÁN CERRANDO EL PORTÓN!
  
Hace ya unos meses, anduve de vacaciones por la provincia y fui invitado a visitar una finca, propiedad de un paisano alemán del Volga donde elaboraban jamones caseros.  Al pasar por un chiquero, me llamó la atención el porte de una chancha amamantando a unos cuantos lechones.
  
Para salir de la curiosidad, le pregunté al hijo del patrón que me estaba atendiendo de qué raza eran esos chanchos.
  
— Son de raza “argentina”… Pero espere que lo llamo a mi padre, que a él le va a gustar contar la historia.
  
Por la puerta de la cocina emergió Don Helmut, un gigante de cabellos blancos que se desplazaba dificultosamente, asistido por un bastón de tres patas, y me invitó a sentarme a la mesa de la galería donde estaba un enorme botellón de alcohol de nuez de no menos de 60º.
  
— ¿Ud. sabe cómo se cazan los chanchos salvajes del monte?, me espetó el paisano sin más trámite, mientras me servía un vasito chato de ese brebaje.
  
— Bueno, creo que los perros “los paran” y con un fusil se los sacrifica, le contesté prudentemente, presintiendo que la historia venía por otro lado y que el viejo sabría más que yo.
  
—En este caso, no es así —me dijo Don Helmut— y luego prosiguió:
  
— Y cuando le diga cómo los cazo yo, Ud. va a poder entender por qué se los llama de raza “argentina” y si es un hombre inteligente, podrá sacar algunas conclusiones acerca de por qué a los argentinos les va como les va. En el fondo de la finca, detrás de aquella cortina de álamos que Ud. ve, y hasta la costa del río, hay un monte inculto y sin trabajar. Dentro de ese cuadro, suele haber chanchos salvajes del monte. Para cazarlos hay que comenzar por buscar un manchón sin matorrales y tirar un poco de maíz en el piso. Cuando los chanchos lo descubren, van a comer todos los días, y Ud. solo tiene que reponerles diariamente la ración. Una vez acostumbrados, construye una cerca en uno de los lados del sitio y les sigue poniendo alimento. Por unos días van a desconfiar, pero después terminan por volver. Entonces se hace otra cerca a continuación de la anterior, y les sigue poniendo comida hasta que dejen de dudar y regresan a comer. Y así sucesivamente, hasta que casi cierra los cuatro lados y solo deja una abertura para un portón. Ya para entonces se han acostumbrado al maíz fácil, le han perdido el miedo a los cercos y entran y salen casi con naturalidad… Un día va y coloca el portón, lo deja abierto y sigue poniendo maíz, hasta que encuentra la piara comiendo, entonces le cierra la puerta. Al principio empiezan a correr en círculos como locos, pero ya están sometidos. Muy pronto se tranquilizan y vuelven al alimento fácil que ya se olvidaron de buscar por sí mismos, y aceptan la esclavitud.
  
Al ver mi perplejidad, Don Helmut se explayó aún más:
  
— Ustedes los argentinos no se dan cuenta que estos gobiernos populares y demagógicos que tienen, proceden de la misma manera que yo con los chanchos… Les tiran maíz gratis disfrazado de programas de ayuda, planes sociales, empleos públicos, cargos políticos, sueldos para ñoquis, subsidios para cualquier cosa, leyes proteccionistas, sobornos electorales… Todo a costa del sacrificio de las libertades que les van confiscando migaja a migaja… Y los argentinos no se dan cuenta que no existe la comida gratis, y que no es posible que alguien preste un servicio más barato que el que uno mismo hace.
  
¿Acaso no ven que toda esa maravillosa “ayuda” que reparte el gobierno, la hace con los poderes que el pueblo permite que se arroguen, para depredar las libertades y los bienes de la gente que trabaja y que produce? ¿Pero cómo pueden vivir en un paraíso y tratar a toda costa de convertirlo en un infierno…? ¿Cómo pueden hablar de “conciencia cívica”, si los políticos forman cuadros de Borocotós…? ¡Sigan así, nomás, y que Dios los ayude cuando les cierren el portón!
  
Don Helmut se mandó lo que quedaba del cuarto vasito de un solo trago, me saludó y se fue rengueando por la puerta de la cocina. Y yo, mareado por el alcohol y apabullado por la verdad, saludé al hijo y me volví rumiando bronca por el polvoriento camino de regreso a casa…
  
CUIDADO: ¡NOS ESTÁN CERRANDO EL PORTÓN!
  

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Nacionales

ARTICULANDO CHANCHOS
  
LA GRASA DERRAMADA
  
Si alguno, en un gesto de desesperación, tuvo la osadía de no querer escucharla, ahí estaba en la pantalla de todos los canales. Fue el 27 de junio, en San Luis, inaugurando un establecimiento porcino, a la misma hora en que Moyano convocaba a sus huestes en Plaza de Mayo.
  
Cris, la desquiciada, hablaba desde el pedestal de oro que tiene ubicado en el centro del chiquero y naturalmente hablaba sobre los chanchos, especie cautivante si las hay, que desde hace tiempo se ha convertido en su fuente de inspiración y si nos apuran un poco, en  guía espiritual.
  
En ese sentido nadie podría reprocharle tal preferencia, sería injusto no considerar sus orígenes, ni el transcurso de su vida tan ligado a los cerdos, ni la meticulosa obsesión gracias a la cual logró convertir a La Rosada en el más provechoso criadero de puercos del país y los alrededores.
  
Pero ese día de junio puntano asistimos a otro espectáculo grotesco que absorbió  toda nuestra atención, en el que una vez más Cris demostró las dos grandes habilidades que definen al gobierno, como son el talento para la mentira… y para los cerdos. No recuerdo si esta vez le tocó nombrar a las  ciencias duras, pero en cambio planteó articular esos chanchos con otros de Córdoba.
  
Suelta de lengua, su voz se mezclaba con el sonido de los ruidos del corral y era difícil diferenciar ese chillido del confuso rumor del chiquero. La imagen vulgar de ese tumulto, escuchar de entre esos ruidos las imbecilidades que repetía tan satisfecha, mientras otros aún más  imbéciles, festejaban, lastimaba tanto, que sentí la necesidad de que apareciera un sol helado capaz de congelar el aire y la escena y la hiciera desaparecer.
  
Creo que es Homero el que usa la expresión hombres de lenguaje articulado, tal vez dando a entender que ciertos pueblos se expresaban de una manera tan primaria que, esa jerga, se parecía al lenguaje inarticulado de las bestias. Vaya uno a saber si esa será la razón por la que Cris articula todo con todo, en especial con los puercos.
  
Miguel De Lorenzo
  

lunes, 24 de septiembre de 2012

Actitudes ejemplares


RENUNCIA
 
Buenos Aires, 19 de septiembre de 2012.
 
Sr. Presidente del
Instituto Nacional de Investigaciones Históricas
“Juan Manuel de Rosas”
 
Dr. Alberto González Arzac
 
De mi consideración:
 
He recibido la invitación al homenaje que el Instituto que Usted. preside, conjuntamente con el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, ha decidido hacer a John W. Cooke con motivo del 34 aniversario de su fallecimiento, y al respecto quiero expresarle lo siguiente.
 
He seguido de lejos la evolución del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” desde que se convirtió en un organismo nacional. Fui designado Académico, seguramente porque integraba desde hacía muchos años la asociación civil con su mismo nombre. Viene al caso recordar que le manifesté a Carlos French en más de una oportunidad la inconveniencia del paso que se pretendía dar y finalmente se dio. Colgado del presupuesto y dependiente, en consecuencia, de los gobiernos de turno, el Instituto perdería su independencia con el riesgo de convertirse en instrumento de las veleidades ideológicas de los superiores jerárquicos en la cartera de la cual dependería, unos peores que otros, según pudo verse, desde la malhadada nacionalización. Otro riesgo era la incorporación de personas absolutamente ajenas a la investigación histórica y con objetivos políticos partidocráticos, cosa que se ha verificado.
 
No hace falta recordar la significación del Instituto en el devenir historiográfico de nuestra Patria y su aporte al esclarecimiento del pasado nacional. Tampoco la calidad intelectual de sus miembros, la cual otrora la distinguía de otras corporaciones. Pero es inevitable contrastarla con su actual caricatura. Hasta pareciera que toda su función se ha reducido a recordar efemérides, animar peñas, cobijar disertantes oportunistas ajenos al ideario revisionista so capa de un imposible ejercicio pluralista de la historia, y a organizar homenajes, entre ellos el penoso que se pretende dar a un individuo que contribuyó a formar los cuadros ideológicos del terrorismo marxista que desencadenaron una guerra homicida contra la Patria argentina.
 
Lo dicho es suficiente y el susodicho homenaje más de lo que se puede tolerar con benevolencia. Por lo tanto, le hago presente por medio de esta nota mi renuncia como Académico del Instituto, deplorando solamente no haberlo hecho antes.
 
Saluda a Usted
 
Jorge C. Bohdziewicz