domingo, 23 de septiembre de 2012

Sermones y homilías


DOMINGO DECIMOSÉPTIMO
DE PENTECOSTÉS


Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.
Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? Dícenle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?” Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?
Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.


¿Qué pensáis acerca del Cristo? ... Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies...

Donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum. Es decir, el Cristo será infinitamente poderoso; y, por numerosos y fuertes que sean sus enemigos, por muy coaligados que estén los deicidas judíos con los Césares perseguidores, con los cismáticos y obstinados herejes..., triunfará de todos ellos y su Reinado será eterno...

Estas palabras del diálogo de Nuestro Señor con los fariseos son un eco de aquellas otras del Arcángel San Gabriel a Nuestra Señora el día de su Anunciación y de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas:

No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su Padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre, y su reino no tendrá fin.

Todo esto queda enmarcado en un mes particularmente mariano. En efecto, el ocho de septiembre hemos festejado la Natividad de Nuestra Señora y a Nuestra Señora de Covadonga; luego, el doce su Dulcísimo y Santo Nombre; más tarde, el quince, sus Siete Dolores; el diecinueve Nuestra Señora de La Salette; mañana, veinticuatro, Nuestra Señora de la Merced; y ya en octubre festejaremos Nuestra Señora del Santísimo Rosario, la Maternidad Divina de María, para culminar el doce con Nuestra Señora del Pilar y el Patrocinio de Nuestra Señora de Luján...

Este mes mariano nos invita a meditar sobre el papel preponderante de Nuestra Señora en la Historia de la Salvación... o, lo que es lo mismo, el Reino de Jesús por María...


En el punto culminante de la revelación sobre los últimos tiempos, Dios manifiesta la misión encomendada a la Santísima Virgen María. Leemos en el Apocalipsis (11:15-19; 12: 1-2 y 10):

Tocó el séptimo Ángel. Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos”. Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: “Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era porque has asumido tu inmenso poder para establecer tu reinado. Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra”. Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el Arca de su Alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.
Y una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz (…) Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: “Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo…”.


A lo largo de toda la historia de la Iglesia hubo quienes se ocuparon de recordar y destacar que María Santísima es el Gran Signo de Dios sobre la tierra.

Entre aquellos que han enseñado y predicado la misión providencial de la Madre de Dios se destaca San Luis María Grignion de Montfort.

En su admirable Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, el santo misionero anuncia, con acentos de profeta, que pronto se establecerá el Reino de Jesús por María.

Según la tesis de San Luis María Grignion, la manifestación de la Santísima Virgen estaba reservada para los últimos tiempos, como él lo afirma claramente en su Tratado:

[49]Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. María casi no ha aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo... Pero, en el segundo María debe ser conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo.”


[50]Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos”.

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San Luis María pone estos últimos tiempos en relación con la Parusía o Segunda Venida de Nuestro Señor:

[50] “Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos (…) porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea (…) porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente (…) porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia (…) porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como un ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.”

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Estos últimos tiempos están relacionados por el Santo con la plena manifestación de la Santísima Virgen y con el Anticristo:

[51] “Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su talón»” (Gén. 3:15).

Cuando el Santo escribía estas cosas pensaba que ocurrirían próximamente, y no como algo perdido en la lejanía de los tiempos venideros de la historia; podemos confirmarlo en el texto siguiente:

[47] “He dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del mundo y muy pronto”.

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La Verdadera Devoción marial tiene, pues, una connotación apocalíptica esencial; separarlas equivale a adulterar el mensaje de San Luis y a desnaturalizar la esclavitud mariana.

San Luis María comienza su Tratado relacionando sin ninguna duda el Reino de Jesucristo y su Parusía con la devoción a la Santísima Virgen:

[1] “Por la Santísima Virgen Jesucristo ha venido al mundo y también por Ella debe reinar en él”.

[13]La divina María ha estado desconocida hasta aquí, que es una de las razones por qué Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el Reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del Reino de la Santísima Virgen, que lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda”.

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San Luis María precisa, pues, la connotación íntima entre los últimos tiempos y la devoción mariana: la manifestación de la Virgen María es para el santo un hecho que señala claramente los tiempos apocalípticos, los últimos, de los cuales nos hablan las Sagradas Escrituras.

Ahora bien, todas las apariciones marianas a partir del siglo XIX constituyen un mensaje celeste para advertirnos de que estamos indudablemente en los últimos tiempos, en el fin de los tiempos, que presagian la Segunda Venida de Jesucristo.

A partir de 1830, en París, asistimos a una serie de apariciones de Nuestra Señora; este hecho prueba, de manera irrefutable, que nos encontramos en los últimos tiempos descriptos por el Apocalipsis que, como indica San Luis María, están reservados para la verdadera devoción mariana.

Con la aparición de La Salette, en 1846, Nuestra Señora deja un mensaje netamente apocalíptico, en el cual se anuncia el eclipse de la Iglesia y la pérdida de la fe, incluso en Roma que, no sólo perderá la fe, sino que llegará a ser la sede del Anticristo.

El secreto de Fátima, comunicado a los tres videntes el 13 de julio de 1917, concluye por una promesa que nos establece en una gran esperanza.

En efecto, la Virgen Inmaculada anuncia que el terrible combate de los últimos tiempos llega a una etapa crucial en 1960, pero que terminará por la victoria final de su Corazón Inmaculado.

El culto de este Corazón Inmaculado preparará la instauración del Reino glorioso del Sagrado Corazón de Jesús en toda la tierra.

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Esto es lo que enseña, con claridad y fuerza, San Luis María Grignion de Montfort, el profeta de la victoria de María en el gran combate de los últimos tiempos, cuya inminencia prevé.

El Santo asocia, no solamente la manifestación y el conocimiento de María a la Segunda Venida de Nuestro Señor, sino también que ésta tiene por finalidad hacer reinar a Jesucristo sobre la tierra:

[158] “Y si mi amable Jesús viene, en su gloria, por segunda vez a la tierra (como es cierto) para reinar en ella, no elegirá otro camino para su viaje que la divina María, por la cual tan segura y perfectamente ha venido por primera vez. La diferencia que habrá entre su primera venida y la última, es que la primera ha sido secreta y escondida, la segunda será gloriosa y resplandeciente; pero ambas serán perfectas, porque las dos serán por María. ¡Ay! He aquí un misterio incomprensible: «Hic taceat omnis lingua» (Calle aquí toda lengua)”.


En su otro libro, El Secreto de María, el Santo pone magistralmente la devoción mariana en relación con la Segunda Venida y el Reino de Cristo:

[58] “Así como por María vino Dios al mundo la vez primera en humildad y anonadamiento, ¿no podría también decirse que por María vendrá la segunda vez, como toda la Iglesia lo espera, para reinar en todas partes y juzgar a los vivos y a los muertos? Cómo y cuándo, ¿quién lo sabe? Pero yo bien sé que Dios, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros más que el cielo de la tierra, vendrá en el tiempo y en el modo menos esperados de los hombres, aun de los más sabios y entendidos en la Escritura Santa, que está en este punto muy oscura”.

[59] “Pero todavía debe creerse que al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa, suscitará Dios grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María, por los cuales esta divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra, para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo, su Hijo, sobre el corrompido mundo; y por medio de esta devoción a la Santísima Virgen, que no hago más que descubrir a grandes rasgos, empequeñeciéndola con mi miseria, estos santos personajes saldrán con todo”.

El pensamiento del Santo es claro y su expresión también: por María llegará el Reino de Jesús, al fin de los tiempos, después de su Parusía.


Para San Luis María el triunfo es por la Parusía y por intermedio de la Virgen. Basta recordar lo que dice insistentemente.

San Luis María identifica Parusía y Reino de Cristo.

Recodemos la Oración abrasada, que es eminentemente apocalíptica:

Acordaos, Señor, de esta Comunidad en los efectos de vuestra justicia. Es tiempo de hacer lo que habéis prometido hacer. Vuestra divina ley es transgredida; vuestro Evangelio abandonado; los torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y hasta arrastran a vuestros servidores; toda la tierra está desolada; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado, y la abominación está hasta en el lugar santo. ¿Dejaréis todo, así, en el abandono, justo Señor, Dios de las venganzas? ¿Llegará a ser todo, al fin, como Sodoma y Gomorra? ¿Os callaréis siempre? ¿No es preciso que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo, y que venga vuestro reino? ¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una futura renovación de vuestra Iglesia? ¿No deben los judíos convertirse a la verdad? ¿No es eso lo que la Iglesia espera? ¿No Os claman justicia todos los santos del cielo: vindica? ¿No Os dicen todos los justos de la tierra: Amen, veni Domine? Todas las criaturas, hasta las más insensibles, gimen bajo el peso de los innumerables pecados de Babilonia, y piden vuestra venida para restablecer todas las cosas”.

Es totalmente claro que el triunfo debe venir por la intervención de Jesucristo en su Parusía.

Esto excluye el triunfo antes de la Parusía; porque, además, el triunfo es el Reino de Cristo sobre la tierra, después de la Segunda Venida.

El Santo identifica en sus escritos Parusía - Triunfo - Reino.

Quien no comprenda que San Luis enseña ésto, no comprende nada sobre la doctrina del Santo.

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El Reverendo Padre Emmanuel escribía en diciembre 1880:

Muchas veces usted habrá escuchado que se dice que “un día sigue a otro día sin que se parezcan”; pues bien, yo le digo que “muchas veces las horas se parecen sin que se sigan”.
Debemos ante todo velar, como en aquella “hora” de la cual habla Jesús. Un cierto día, a una cierta hora, las tinieblas reinaban sobre la tierra, y hombres de tinieblas llevaban a cabo obras de tinieblas… Nuestro Señor les dijo: “Esta es vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas”.
Aquella hora pasó hace ya muchos siglos y, sin embargo, la hora presente tiene con ella muchas semejanzas.
Aquella fue la hora de la traición, esta es la hora de la mentira. La hora presente es la hora en que la fe se calla. Cuando la palabra pertenece a la mentira, la verdad permanece en silencio.
Las tinieblas de la hora presente nos hacen desear vivamente los esclarecimientos de la luz de arriba, y nada aparece. El sol está lejos de nosotros, la luna está velada, las estrellas están eclipsadas y puede ser que caigan del cielo; es la noche.
Puede ser que usted me pregunte: “¿Qué hace, mientras tanto Nuestra Señora de la Santa Esperanza?”
Ella relee su historia en un viejo libro, el libro de Job. Allí leemos estas palabras: “Lámpara despreciada por los ricos, preparada para el tiempo establecido” (12: 5).
“Lámpara”. Nada más necesario en las horas de tinieblas. Demos gracias a Dios que nos ha proporcionado una lámpara para las horas trágicas que atravesamos.
“Lámpara despreciada”. No tenida en cuenta, desconocida.
“Despreciada por los ricos”. Incluso hay algunos que no se atreven a pronunciar su Nombre.
“Preparada”. Ella espera… aguarda la hora marcada.
“Preparada para el tiempo establecido”. Ese tiempo no es este tiempo, aquella hora no es esta hora. Esta hora pasará, y aquella hora llegará.
Debemos tener paciencia respecto de esta hora presente, y tenemos que obtener esperanza para aquella otra futura, que no tardará en llegar.
Seamos, más que nunca, fieles hijos de Nuestra Señora de la Santa Esperanza.”

Por lo tanto, mientras la noche de la “desorientación diabólica” se espesa, las palabras de la Virgen María resplandecen en nuestro cielo como una estrella: “Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará”...

La serpiente infernal será irreversiblemente derribada, su cabeza aplastada.

Promesa irrevocable, incondicional.

De este modo, Nuestra Señora no nos ha dado una vaga e incierta promesa de victoria final, sino que ha indicado con precisión los acontecimientos maravillosos que suscitarán y establecerán el Reino Universal de su Corazón Inmaculado.

Sí, esta hora llegará, y nosotros podemos adelantarla respondiendo plenamente, por lo que toca a nuestra parte, a los pedidos de Nuestra Señora: la recitación cotidiana del Rosario y de las oraciones enseñadas por el Ángel y por la Virgen María; práctica de la Comunión reparadora de los Primeros Sábados; porte del Escapulario de Nuestra Señora del Monte Carmelo como signo de nuestra consagración a su Corazón Inmaculado...

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Concluyamos con San Luis María:

[217] “El alma de María estará en ti para glorificar al Señor y su espíritu su alborozará por ti en Dios, su Salvador, con tal que permanezcas fiel a las prácticas de esta devoción. "Que el alma de María more en cada uno para engrandecer al Señor, que el espíritu de María permanezca en cada uno para regocijarse en Dios".
¡Ay! ¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso, dice un santo varón de nuestros días, ferviente enamorado de María, cuándo llegará ese tiempo dichoso en que Santa María sea restablecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús?
¿Cuándo respirarán las almas a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo al encontrar a su Esposa como reproducida en las almas vendrá a ellas con abundancia de sus dones y las llenará de ellos, especialmente del de sabiduría, para realizar maravillas de gracia. ¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivientes de la Santísima Virgen, para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: "Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!»" ¡Señor, a fin de que venga tu reino, que venga el reino de María!"”

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Buscado


URQUIZA SE BUSCA…
PARA RENDIR CUENTAS
  
  
En un artículo titulado “Urquiza se busca”, el escritor liberal Alejandro Poli Gonzalvo hizo un encendido panegírico del General Justo José de Urquiza.
  
La nota de marras fue publicada en el diario “La Nación” del 26 de octubre de 2010, y en ella el autor sostiene que el caudillo entrerriano tuvo “la grandeza de acordar con el oponente en beneficio del valor superior de la nación”; que fue un “verdadero estadista”; que en pos de sus ideales abandonó su posición partidista; que superó las discordias que aquejaban a nuestro país; y que estaba exento de revanchismos hacia quienes fueron sus enemigos”; entre otros elogios similares.
  
Lo insólito es que toda esta glorificación viene al caso por el hecho de que Urquiza derrocó a don Juan Manuel de Rosas, y se arregló con Mitre y los liberales. Obviamente el autor no tiene en cuenta que al hacer esto el entrerriano, primero traicionó a su Patria, uniéndose a un enemigo exterior; y luego abandonó a un destino de muerte y padecimiento a aquellos que confiaban en él.
  
Es decir el elogio es completamente improcedente, y la realidad es que Urquiza fue todo lo contrario de lo que se quiere retratar.
  
Este caudillo cuando se pronunció en contra de Rosas no lo hizo teniendo en cuenta el interés supremo de la Nación, sino sus intereses personales. Lo que buscó fue conservar su inmensa fortuna, amasada en gran parte con negocios turbios, y conservar el poder omnímodo que tenía en su provincia. Su mismo secretario personal, Nicanor Molina, dio testimonio de ello al decir que “al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”.
   
Por otro lado Urquiza no abandonó su posición partidista —como dice Gonzalvo— movido por ideales sino por los patacones con que los brasileños lo compraron. Y esto no es algo que afirmen gratuitamente los revisionistas sino que lo reconoce expresamente un antirrosista como Domingo Faustino Sarmiento en una carta que le envió al entrerriano, el 13 de octubre de 1852, en la cual le enrostra que conocía las razones por las que entró en la alianza en contra de Rosas, y que se le cayó la cara de vergüenza cuando los brasileños le dijeron "¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar a Buenos Aires quería que le diese los cien mil duros mensuales mientras oscurecía el brillo de nuestras armas en Caseros para  atribuirse él solo los honores de la victoria.”
  
Y lo más grave es que Urquiza fue plenamente conciente de que lo que hizo configuraba el delito de traición, pues en una oportunidad anterior —en 1850— cuando los brasileños lo tentaron para que fuera neutral en la guerra contra la Confederación les supo contestar que hacer tal cosa era traición a la Patria, y que llegado el caso estaría “al lado de su honorable compañero el gran Rosas”.
  
Por otro lado tampoco es cierto que Urquiza, luego de perpetrada su infamia haya superado las discordias y estuviera exento de revanchismos. La prueba está en lo que hizo después de Caseros.
  
Luego de esa batalla, por orden suya fueron ejecutados todos los prisioneros del regimiento de Aquino; él mismo mandó a fusilar al coronel Chilavert (un héroe de Ituzaingó y Vuelta de Obligado); y con su consentimiento degollaron al coronel Santa Coloma; por citar algunos de los tantos crímenes de los cuales es responsable.
  
Y sobre esto también hay muchos testimonios, entre ellos esta el de un general de su propio ejército, Cesar Díaz, quien en sus memorias relata que: “Un bando del general en jefe había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino, y todos los individuos de ese cuerpo que cayeron prisioneros fueron pasado por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos… Los cuerpos de las víctimas quedaban insepultos, cuando no eran colgados de algunos de los árboles de la alameda que conducía a Palermo. Las gentes del pueblo que venían al cuartel general se veían obligadas a cada paso a cerrar los ojos para evitar la contemplación de los cadáveres desnudos y sangrientos que por todos lados se ofrecían a sus miradas; y la impresión de horror que experimentaban a la vista de tan repugnante espectáculo trocaba en tristes las halagüeñas esperanzas que el triunfo de las armas aliadas hacía nacer.”
   
¿Y qué ganó con todo esto el “gran estadista”? que el Brasil logre sus objetivos estratégicos; que nuestro país pierda la soberanía sobre sus ríos interiores; que se destruya nuestra industria con la derogación de la Ley de Aduanas; que se desate una tremenda crisis financiera; que se rompa la unidad nacional con la separación de Buenos Aires de la Confederación; y que por todo nuestro territorio se instale un régimen de terror y sangre.
  
Por su culpa se acabó con la paz y la unidad que había logrado conseguir Rosas. Por su defección los unitarios y liberales arrasaron la campaña de Buenos Aires, e invadieron las provincias masacrando a todos los opositores, ya sean jefes prestigiosos o simples gauchos pobres.
  
En Jujuy, fusilaron al gobernador rosista José Mariano Iturbe, a pesar de que había renunciado a su cargo tras enterarse de la victoria de Urquiza.
  
En 1856, el gobernador de Buenos Aires, Pastor Obligado, ordenó a Mitre “pasar por las armas” sin juicio previo al general Jerónimo Costas y a más de un centenar de sus hombres, por haber intentado reintegrar esa provincia a la Confederación.
  
En San Juan asesinaron al general Benavides, a quien tenían preso, en medio de todo tipo de suplicios. El mismo destino tuvo el gobernador Virasoro, derrocado y asesinado por instigación de Sarmiento y Mitre en 1860.
   
Y lo peor vino después de Pavón. Cuando victorioso Mitre, gracias a que Urquiza le entregó la victoria cumpliendo un pacto masónico; los liberales sembraron el terror por todo el país.
  
De esos tiempos es la famosa carta en la que Sarmiento le aconsejaba a Mitre que no economizara sangre de gauchos, que era lo único que estos tenían de humano.
  
Cumpliendo esas indicaciones, Venancio Flores degolló a cientos de federales en Cañada de Gómez; y a ese hecho le siguieron atrocidades similares en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja.
  
Por ello es que reaccionaron el Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Y pagaron muy caro hacerlo. La Rioja fue asolada y el Chacho asesinado, para felicidad de Sarmiento. Las tropas “civilizadoras” pasaron por las armas a todo prisionero que tomaron en aquella provincia, y vejaron a toda la población civil que sospechaban hostil.
  
Y mientras las tropas mitristas —en plena vigencia de la Constitución—, desataban este baño de sangre en el país, Urquiza les dio la espalda a quienes confiaban en él, y se quedó en su palacio cuidando de sus negocios.
  
Sobre la paz de este cementerio se instaló el Estado anti-nacional que querían el liberalismo, la masonería y el capitalismo internacional.
  
Y ese es el hombre que Gonzalvo exalta, y al que considera un verdadero federal. Por algo José Hernández supo decir: “Urquiza, era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el jefe traidor del gran partido Federal, y su muerte mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él”.
  
Edgardo Atilio Moreno
  

martes, 18 de septiembre de 2012

Obituarios fallidos

“CABILDO”
EL MUERTO VIVO
  
“ Y no estaba muerto no, no
y no estaba muerto no, no,
y no estaba muerto no, no,
estaba tomando cañas, lerelele...”

(Rumbita española)
  
En el nº 524 del periódico “COMUNIDADES.  Periódico Judío Independiente”, fechado simultáneamente el 12 de junio del corriente y el 23 de Sirvan de 5772, se publica muy seriamente una nota titulada “Cerró la revista Cabildo”; precedida de una previsible volanta que dice: “Fue un ícono del antisemitismo argentino”.
  
Advertidos de nuestra muerte, por un camarada a quien su confesor —de puro jansenista— le mandó como feroz penitencia leer estas barreduras, accedimos al ejemplar, y para nuestra sorpresa nos encontramos con que el suelto era una reproducción de una noteja vil de Raúl Arcomano, publicada en Mirada al Sur el 22 de agosto de 2010 (cfr. http://sur.infonews.com/notas/adios-cabildo-adios ), y reproducida (entre otros medios), el 2 de septiembre de 2010 en “Convergencia. Por un judaísmo humanista y pluralista” ( cfr. http://www.espacioconvergencia.com.ar/index.php?option=com_content&task= view&id=1778&Itemid=43).  “Comunidades” plagiaba un artículo, lo daba como reciente teniendo dos años de antigüedad, y mientras “Cabildo” estaba en la calle con su número 96 a cuestas, celebraba su extinción. ¡Esto sí que es profesionalismo!
  
Del exabrupto de Arcomano nada diremos, porque el Libro de los Proverbios bien nos prescribe que a los necios nada debe respondérseles para que no se crean sensatos. Pero ante la burrada de “Comunidades” no sabemos qué carcajada lanzar primero.  Consultado que se hubo un risoterapeuta, nos aclaró que la risa con ja beneficia el sistema digestivo y reproductor, mientras que la que se profiere con je y ji favorece la función hepática y circulatoria, reservando la risotada con jo y ju para los necesitados de riego cerebral y funciones respiratorias.
  
Invitamos a nuestros lectores a que rían con todas las vocales. Y a nuestros homicidas le recordamos la escena segunda del acto cuarto del “Le menteur” de Corneille. Allí, el mentiroso Dorante, blasonaba de haber muerto en duelo a su rival en sentimentales lides. Cuando el conjetural finado aparece vivito y coleando, retumba la famosa frase, ya mentada por Alarcón unos años atrás, y conocida popularmente con esta redonda factura: los muertos que vos matáis gozan de buena salud.
  
Antonio Caponnetto
  

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sermones y homilías


DECIMOSEXTO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Y aconteció que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando. Y he aquí un hombre hidrópico estaba delante de Él. Y Jesús dirigiendo su palabra a los doctores de la ley y a los fariseos les dijo: ¿Es lícito curar en sábado? Mas ellos callaron. Él entonces le tomó, le sanó y le despidió. Y les respondió y dijo: ¿Quién hay de vosotros, viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saca al instante en día de sábado? Y no le podían replicar a estas cosas.
Y observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, y dijo: Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado más honrado que tú, y que venga aquel que te convidó a ti y a él y te diga: Da el lugar a éste; y que entonces tengas que tomar el último lugar con vergüenza; mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto. Para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los que estuvieren contigo a la mesa. Porque todo aquél que se ensalza humillado será: y el que se humilla será ensalzado.


Jesús entra un sábado en casa de uno de los principales fariseos...

Ellos le estaban acechando...

¿Es lícito curar en sábado?...

He aquí, en tres pinceladas, planteada la constante disputa de los fariseos contra Nuestro Señor acerca del precepto de guardar el Sábado y cumplir los otros mandatos de la Ley.

Siete veces aparece en los Evangelios la acusación que hicieran a Jesús de no respetar el día de reposo... Y Jesucristo les respondió que el Sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el Sábado, y que el Hijo del hombre es Señor del Sábado.

Un día, el jefe de la Sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado. Replicóle el Señor: ¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar?

En otra oportunidad, luego de una prédica de Jesús, se acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra? Él les respondió: Dejadlos; son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.

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Todo esto no lleva a meditar hoy sobre el escándalo y el fariseísmo, temas por demás actuales e importantes...

Según expone San Jerónimo, lo que en griego se llama escándalo lo podemos traducir por tropiezo o ruina.

Sucede, en efecto, que en el camino material se pone a veces un obstáculo, y quien tropieza en él corre el riesgo de caer; ese obstáculo se llama escándalo.

Acontece, igualmente, en la vida espiritual que las palabras y acciones de otro inducen a ruina espiritual en cuanto que con su solicitación o ejemplo arrastran al pecado. Esto es, propiamente, el escándalo.

Por eso se define el escándalo como: Dicho o hecho menos recto que ofrece ocasión de ruina.

La expresión menos recto significa falta de rectitud, bien sea porque se trata de algo en sí mismo malo; bien sea porque ofrezca alguna apariencia de mal.

En efecto, aunque tal hecho no sea en sí mismo pecaminoso, sin embargo, por el hecho de tener cierta semejanza o parecido de mal, podría ofrecer a otro ocasión de ruina. De ahí que San Pablo amoneste: Huid de toda mala apariencia.

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El dicho o el hecho de otro puede convertirse en causa de pecado de dos modos: de suyo y accidentalmente.

Lo es de suyo cuando alguien, con lo que dice o lo que hace, intenta inducir a otro a pecar; o también, aun en el caso de que no lo intente, cuando lo que hace es de tal naturaleza que induzca a pecar; por ejemplo, pecando públicamente o haciendo algo que tiene apariencia de pecado.

Quien realiza una acción de ese tipo ofrece propiamente ocasión de caída; por eso se llama escándalo activo.

Por otra parte, las palabras o acciones de uno pueden convertirse accidentalmente en causa de pecado, cuando, incluso sin intención del autor, y aparte de las circunstancias de la acción, se ve alguien inducido a pecar por estar mal dispuesto.

En este caso, el que hace esa acción recta, en cuanto está de su parte, no da ocasión, sino que el otro la toma.

Este es escándalo pasivo, y no escándalo activo, ya que, quien obra con rectitud, en cuanto está de su parte, no da ocasión de la ruina que padece el otro.

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Hay, pues, un doble escándalo: el pasivo, de quien sufre el escándalo; y el activo, de quien lo provoca ofreciendo ocasión de caída.

Sucede, pues, que a veces se conectan el escándalo activo de uno y el pasivo de otro; por ejemplo, cuando uno peca por instigación de otro.

A veces, en cambio, hay escándalo activo sin el pasivo, como en el caso de quien, de palabra o de obra, induce a pecar a otro y éste no consiente.

Otras veces se da el escándalo pasivo sin el activo.

El escándalo pasivo es siempre pecado en quien lo sufre, ya que nadie se escandaliza sino en cuanto que de algún modo sufre ruina espiritual, la cual es pecado.

Pero puede darse, pues, el escándalo pasivo, sin pecado por parte de quien fue autor del hecho por el que otro se escandaliza; tal es el caso de quien se escandaliza por el bien que otro hace.

El escándalo pasivo siempre es causado por algún escándalo activo, mas no siempre por el escándalo activo ajeno; a veces, el sujeto se escandaliza a sí mismo.

Respecto del escándalo activo, este es siempre pecado por parte de quien lo provoca. En efecto, la acción o es pecado o tiene apariencia de pecado. En este caso, la caridad hacia el prójimo obliga a esforzarse en velar por su salvación; no hacerlo implica atentado contra la caridad.

Puede darse el escándalo activo sin pecado por parte de aquel a quien escandaliza.

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Respecto del escándalo pasivo, se debe considerar ¿qué hay que dejar de lado para que otro no se escandalice?

Pues bien, entre los bienes espirituales hay que distinguir.

Algunos son necesarios para la salvación, y éstos no se pueden omitir sin pecado mortal; ya que es evidente que nadie puede pecar mortalmente para impedir el pecado de otro, porque el orden de la caridad exige que la salud espiritual propia prevalezca sobre la ajena.

Por lo tanto, lo necesario para la salvación no debe omitirse a efectos de evitar el escándalo.

En cuanto a los bienes espirituales no necesarios para la salvación se impone, a su vez, establecer una distinción.

En efecto, el escándalo a que dan lugar proviene, a veces, de la malicia; tal es el caso de quien quiere impedir ese tipo de bienes espirituales provocando escándalo.

Ese era el escándalo de los fariseos, que se escandalizaban de la doctrina del Señor. Ese tipo de escándalo debe desdeñarse, como enseña el Señor.

Por eso, San Gregorio, comentando a Ezequiel, escribe: Si la verdad da lugar al escándalo, es preferible permitir el escándalo a apartarse de la verdad.

Como los bienes espirituales pertenecen de forma muy especial al plano de la verdad, por eso, no se deben abandonar los bienes espirituales por el escándalo.


Pero el escándalo proviene, a veces, de la debilidad y de la ignorancia; es el escándalo de los pusilánimes. En ese caso se deben ocultar y a veces incluso diferir las obras espirituales, si puede hacerse sin inminente peligro, hasta que, explicado el tema, se desvanezca el escándalo.

Pero si, una vez explicado el tema, continúa el escándalo, parece que éste proviene entonces de la malicia, en cuyo caso no hay razón para omitir las obras espirituales a causa de él.

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Sobre la doctrina hay que tener en cuenta dos cosas: la verdad que se enseña y el acto mismo de enseñarla.

De estas dos cosas, la verdad que se enseña, es necesaria para la salvación, es decir, no enseñar lo contrario a la verdad; antes bien, aquel a quien incumbe el oficio de enseñarla, debe proponer la verdad teniendo en cuenta las circunstancias de tiempo y de las personas.

De ahí que, cualquiera que sea el escándalo a que pueda dar lugar, jamás se debe renunciar a la verdad y enseñar el error.

El acto mismo de enseñar, por su parte, se considera entre la limosna espiritual. Por eso es necesario tratar la doctrina de la misma manera que las otras obras de misericordia.

De ahí que tampoco se han de abandonar, absolutamente, ni los consejos, ni tampoco las obras de misericordia por escándalo de los pequeñuelos.

Otro tanto ocurre cuando se trata de cosas anexas al cargo, como es el caso de los prelados, o cuando lo exija la necesidad del indigente.

En estos supuestos vale exactamente la misma razón para estos casos que para lo que es necesario para la salvación.

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¿Y en cuanto a los bienes temporales?

Si a los hombres malos se les permitiese alzarse con lo ajeno, esto redundaría en detrimento de la verdad, de la vida y de la justicia. Por lo mismo, no hay que abandonar los bienes temporales por cualquier tipo de escándalo.

Entre los bienes temporales se impone una distinción, ya que o son nuestros o nos han confiado su conservación en favor de otros.

La conservación de los bienes entregados en depósito, incumbe por necesidad a quienes les han sido confiados. Por eso no se deben abandonar por el escándalo.

En cambio, los bienes temporales de que somos dueños, por el escándalo debemos dejarlos unas veces sí y otras no: dándolos, si están en nuestro poder, o no reclamándolos, si los tienen otros.

En efecto, si se produce el escándalo por flaqueza o por ignorancia ajenas, entonces o hay que abandonarlos del todo, o hay que desvanecer de alguna manera el escándalo, por ejemplo, con alguna explicación.

Pero el escándalo nace a veces de la malicia, como el escándalo de los fariseos. En este caso no se deben abandonar los bienes temporales por consideración hacia quien provoca tales escándalos, ya que esto, por una parte, redundaría en perjuicio del bien común, ofreciendo a los malos ocasión de rapiña; y por otra, causaría perjuicio a los mismos ladrones, que permanecerían en pecado reteniendo lo ajeno.

Por eso dice San Gregorio: A algunos de los que nos quitan lo temporal tan solamente se les debe tolerar, pero hay otros a quienes hay que impedírselo justamente, no por la única preocupación de que no nos roben lo nuestro, sino para que los raptores no se pierdan reteniendo lo ajeno.

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Sobre el tema concreto del fariseísmo, consideremos lo enseñado por el Padre Leonardo Castellani.

El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida, es decir, da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios... odio deicida al prójimo; odio a lo santo, a lo virtuoso...

Es el drama de Cristo y de su Iglesia. Si en el curso de los siglos una masa enorme de dolores y de sangre no hubiese sido rendida por otros cristos en la resistencia al fariseo, la Iglesia hoy no subsistiría.

Y al final será peor. En los últimos tiempos el fariseísmo triunfante exigirá para su remedio la conflagración total del universo y el descenso en Persona del Hijo del Hombre, después de haber devorado insaciablemente innúmeras vidas de hombres.

San Pablo, cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso; es decir, se apoderará en forma aún más nefanda de la religión para sus fines, como habían hecho los fariseos.

Si creemos a Jesucristo y a San Pablo de que en los últimos tiempos habrá una gran apostasía y que no habrá ya casi fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno.

Solo el fariseísmo puede devastar la religión por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa y atrae, no repele. Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que manden en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener, no obstante, su fe firme; un puñado heroico de escogidos que, si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían.

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El engreimiento religioso trajo el mesianismo político. Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión. Y si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política.

Cuando la política entra dentro de la religión, se produce una corrupción extraña. En esas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia.

La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a un instrumento y pretexto de lo político. La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible consecuencia de la soberbia religiosa.

Si un superior premia la virtud y castiga el vicio, es un hombre religioso.
Si no premia nada ni castiga nada, es un nulo.
Si castiga la virtud y premia el vicio, es un fariseo; si persigue la santidad, es un fariseo; si odia la verdad, es un fariseo... Y no tiene remedio...

La levadura de los fariseos consiste en la palabrita que hace levantar toda la masa, pero para volverla agria y venenosa. El fariseo ordinariamente no miente del todo, se contenta con decir media verdad y callar la otra. Esas medias verdades, que son a veces peores que las mentiras, penetran y fermentan la mente colectiva, contaminando imperceptiblemente incluso los ánimos buenos y bienintencionados, que las repiten inocentemente.

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El fariseísmo tiene siete grados:

1°) la religión se vuelve exterior y ostentadora.

2°) la religión se vuelve rutina, oficio y profesión, medio de ganar la vida.

3°) la religión se vuelve negocio, instrumento de ganancia de honores, de poder o de dinero.

4°) la religión se vuelve pasivamente dura, insensible, desencarnada; se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo.

Hasta aquí el fariseísmo se ha mostrado corruptor de la fe y de la piedad, convertidas en carrera, artimaña, política, negocio.

Pero la soberbia religiosa va más allá del uso de la religión para instalarse en el mundo y quedarse con los bienes de la tierra.

Es como la esclerotización de lo religioso, un endurecimiento o decaimiento progresivo. Y después una falsificación, hipocresía, dureza hasta la crueldad…

Los otros grados son ya diabólicos. El corazón del fariseo primero se vuelve corcho, después piedra, después se vacía por dentro, después lo ocupa el demonio. Entonces, el fariseísmo se muestra claramente como el pecado contra el Espíritu Santo pues lleva a cabo:

5°) aversión a los que son auténticamente religiosos. La religión se vuelve hipocresía: el “santo” hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera.

6°) persecución de los verdaderamente religiosos. El corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro.

7°) sacrilegio y homicidio. El falso creyente persigue de muerte a los verdaderos creyentes, con saña ciega, con fanatismo implacable… y no se calma ni siquiera ante la cruz ni después de la cruz.

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El fariseísmo abarca, pues, desde la simple exterioridad hasta la crueldad, pasando por todos los escalones del fanatismo y de la hipocresía.

La religión suprimiendo la misericordia y la justicia; ¿puede darse algo más monstruoso?

La última corrupción de la Iglesia, es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado, traerá consigo lo que San Pablo llama la Gran Apostasía y la Gran Tribulación.

Cuando en la Iglesia ha salido un ramo de fariseísmo, Dios lo ha curado, pero alguien lo ha pagado con su sangre, desde Cristo hasta Juana de Arco, y hasta nuestros días...

Se entabla una lucha trágica entre la moral viva y la moral desecada, entre la mística real y la “mística convertida en política”. Vence la moral viva; pero sucumbe el que la lleva en sí como una vida y una pasión...


Al fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo...

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El fariseo es esencialmente homicida, aunque tenga las manos enteramente limpias de sangre.

Y éste es el grado supremo del fariseísmo, los sacrificios humanos; no a Dios, que no los quiere, sino a un Diablo disfrazado y llamado con distintas nombres.

“Llegará un tiempo en que os matarán, creyendo hacer servicio a Dios.”

Esta es una de las señales que dio Cristo de la Parusía; y en efecto, eso hizo Caifás exactamente con Él.

Dar muerte a un hombre por religión... Y la religión, dando la muerte a un hombre no por sus vicios sino por sus virtudes, es la señal siniestra.

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Señales del fariseísmo, más que claras hoy en día:

- la hipertrofia de la “disciplina”,

- los medios convertidos en fines,

- la tortuosidad y disimulo en el obrar,

- la rigidez implacable,

- el chantaje por medio de las cosas sacras,

- la ignorancia completa de la persona humana,

- la falta de misericordia y de justicia substituidas por “mandatos de hombres” muertos y metálicos.


Como conclusión, las palabras de Jesucristo: Dejadlos; son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.