domingo, 16 de septiembre de 2012

Sermones y homilías


DECIMOSEXTO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Y aconteció que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando. Y he aquí un hombre hidrópico estaba delante de Él. Y Jesús dirigiendo su palabra a los doctores de la ley y a los fariseos les dijo: ¿Es lícito curar en sábado? Mas ellos callaron. Él entonces le tomó, le sanó y le despidió. Y les respondió y dijo: ¿Quién hay de vosotros, viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saca al instante en día de sábado? Y no le podían replicar a estas cosas.
Y observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, y dijo: Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado más honrado que tú, y que venga aquel que te convidó a ti y a él y te diga: Da el lugar a éste; y que entonces tengas que tomar el último lugar con vergüenza; mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto. Para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los que estuvieren contigo a la mesa. Porque todo aquél que se ensalza humillado será: y el que se humilla será ensalzado.


Jesús entra un sábado en casa de uno de los principales fariseos...

Ellos le estaban acechando...

¿Es lícito curar en sábado?...

He aquí, en tres pinceladas, planteada la constante disputa de los fariseos contra Nuestro Señor acerca del precepto de guardar el Sábado y cumplir los otros mandatos de la Ley.

Siete veces aparece en los Evangelios la acusación que hicieran a Jesús de no respetar el día de reposo... Y Jesucristo les respondió que el Sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el Sábado, y que el Hijo del hombre es Señor del Sábado.

Un día, el jefe de la Sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado. Replicóle el Señor: ¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar?

En otra oportunidad, luego de una prédica de Jesús, se acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra? Él les respondió: Dejadlos; son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.

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Todo esto no lleva a meditar hoy sobre el escándalo y el fariseísmo, temas por demás actuales e importantes...

Según expone San Jerónimo, lo que en griego se llama escándalo lo podemos traducir por tropiezo o ruina.

Sucede, en efecto, que en el camino material se pone a veces un obstáculo, y quien tropieza en él corre el riesgo de caer; ese obstáculo se llama escándalo.

Acontece, igualmente, en la vida espiritual que las palabras y acciones de otro inducen a ruina espiritual en cuanto que con su solicitación o ejemplo arrastran al pecado. Esto es, propiamente, el escándalo.

Por eso se define el escándalo como: Dicho o hecho menos recto que ofrece ocasión de ruina.

La expresión menos recto significa falta de rectitud, bien sea porque se trata de algo en sí mismo malo; bien sea porque ofrezca alguna apariencia de mal.

En efecto, aunque tal hecho no sea en sí mismo pecaminoso, sin embargo, por el hecho de tener cierta semejanza o parecido de mal, podría ofrecer a otro ocasión de ruina. De ahí que San Pablo amoneste: Huid de toda mala apariencia.

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El dicho o el hecho de otro puede convertirse en causa de pecado de dos modos: de suyo y accidentalmente.

Lo es de suyo cuando alguien, con lo que dice o lo que hace, intenta inducir a otro a pecar; o también, aun en el caso de que no lo intente, cuando lo que hace es de tal naturaleza que induzca a pecar; por ejemplo, pecando públicamente o haciendo algo que tiene apariencia de pecado.

Quien realiza una acción de ese tipo ofrece propiamente ocasión de caída; por eso se llama escándalo activo.

Por otra parte, las palabras o acciones de uno pueden convertirse accidentalmente en causa de pecado, cuando, incluso sin intención del autor, y aparte de las circunstancias de la acción, se ve alguien inducido a pecar por estar mal dispuesto.

En este caso, el que hace esa acción recta, en cuanto está de su parte, no da ocasión, sino que el otro la toma.

Este es escándalo pasivo, y no escándalo activo, ya que, quien obra con rectitud, en cuanto está de su parte, no da ocasión de la ruina que padece el otro.

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Hay, pues, un doble escándalo: el pasivo, de quien sufre el escándalo; y el activo, de quien lo provoca ofreciendo ocasión de caída.

Sucede, pues, que a veces se conectan el escándalo activo de uno y el pasivo de otro; por ejemplo, cuando uno peca por instigación de otro.

A veces, en cambio, hay escándalo activo sin el pasivo, como en el caso de quien, de palabra o de obra, induce a pecar a otro y éste no consiente.

Otras veces se da el escándalo pasivo sin el activo.

El escándalo pasivo es siempre pecado en quien lo sufre, ya que nadie se escandaliza sino en cuanto que de algún modo sufre ruina espiritual, la cual es pecado.

Pero puede darse, pues, el escándalo pasivo, sin pecado por parte de quien fue autor del hecho por el que otro se escandaliza; tal es el caso de quien se escandaliza por el bien que otro hace.

El escándalo pasivo siempre es causado por algún escándalo activo, mas no siempre por el escándalo activo ajeno; a veces, el sujeto se escandaliza a sí mismo.

Respecto del escándalo activo, este es siempre pecado por parte de quien lo provoca. En efecto, la acción o es pecado o tiene apariencia de pecado. En este caso, la caridad hacia el prójimo obliga a esforzarse en velar por su salvación; no hacerlo implica atentado contra la caridad.

Puede darse el escándalo activo sin pecado por parte de aquel a quien escandaliza.

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Respecto del escándalo pasivo, se debe considerar ¿qué hay que dejar de lado para que otro no se escandalice?

Pues bien, entre los bienes espirituales hay que distinguir.

Algunos son necesarios para la salvación, y éstos no se pueden omitir sin pecado mortal; ya que es evidente que nadie puede pecar mortalmente para impedir el pecado de otro, porque el orden de la caridad exige que la salud espiritual propia prevalezca sobre la ajena.

Por lo tanto, lo necesario para la salvación no debe omitirse a efectos de evitar el escándalo.

En cuanto a los bienes espirituales no necesarios para la salvación se impone, a su vez, establecer una distinción.

En efecto, el escándalo a que dan lugar proviene, a veces, de la malicia; tal es el caso de quien quiere impedir ese tipo de bienes espirituales provocando escándalo.

Ese era el escándalo de los fariseos, que se escandalizaban de la doctrina del Señor. Ese tipo de escándalo debe desdeñarse, como enseña el Señor.

Por eso, San Gregorio, comentando a Ezequiel, escribe: Si la verdad da lugar al escándalo, es preferible permitir el escándalo a apartarse de la verdad.

Como los bienes espirituales pertenecen de forma muy especial al plano de la verdad, por eso, no se deben abandonar los bienes espirituales por el escándalo.


Pero el escándalo proviene, a veces, de la debilidad y de la ignorancia; es el escándalo de los pusilánimes. En ese caso se deben ocultar y a veces incluso diferir las obras espirituales, si puede hacerse sin inminente peligro, hasta que, explicado el tema, se desvanezca el escándalo.

Pero si, una vez explicado el tema, continúa el escándalo, parece que éste proviene entonces de la malicia, en cuyo caso no hay razón para omitir las obras espirituales a causa de él.

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Sobre la doctrina hay que tener en cuenta dos cosas: la verdad que se enseña y el acto mismo de enseñarla.

De estas dos cosas, la verdad que se enseña, es necesaria para la salvación, es decir, no enseñar lo contrario a la verdad; antes bien, aquel a quien incumbe el oficio de enseñarla, debe proponer la verdad teniendo en cuenta las circunstancias de tiempo y de las personas.

De ahí que, cualquiera que sea el escándalo a que pueda dar lugar, jamás se debe renunciar a la verdad y enseñar el error.

El acto mismo de enseñar, por su parte, se considera entre la limosna espiritual. Por eso es necesario tratar la doctrina de la misma manera que las otras obras de misericordia.

De ahí que tampoco se han de abandonar, absolutamente, ni los consejos, ni tampoco las obras de misericordia por escándalo de los pequeñuelos.

Otro tanto ocurre cuando se trata de cosas anexas al cargo, como es el caso de los prelados, o cuando lo exija la necesidad del indigente.

En estos supuestos vale exactamente la misma razón para estos casos que para lo que es necesario para la salvación.

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¿Y en cuanto a los bienes temporales?

Si a los hombres malos se les permitiese alzarse con lo ajeno, esto redundaría en detrimento de la verdad, de la vida y de la justicia. Por lo mismo, no hay que abandonar los bienes temporales por cualquier tipo de escándalo.

Entre los bienes temporales se impone una distinción, ya que o son nuestros o nos han confiado su conservación en favor de otros.

La conservación de los bienes entregados en depósito, incumbe por necesidad a quienes les han sido confiados. Por eso no se deben abandonar por el escándalo.

En cambio, los bienes temporales de que somos dueños, por el escándalo debemos dejarlos unas veces sí y otras no: dándolos, si están en nuestro poder, o no reclamándolos, si los tienen otros.

En efecto, si se produce el escándalo por flaqueza o por ignorancia ajenas, entonces o hay que abandonarlos del todo, o hay que desvanecer de alguna manera el escándalo, por ejemplo, con alguna explicación.

Pero el escándalo nace a veces de la malicia, como el escándalo de los fariseos. En este caso no se deben abandonar los bienes temporales por consideración hacia quien provoca tales escándalos, ya que esto, por una parte, redundaría en perjuicio del bien común, ofreciendo a los malos ocasión de rapiña; y por otra, causaría perjuicio a los mismos ladrones, que permanecerían en pecado reteniendo lo ajeno.

Por eso dice San Gregorio: A algunos de los que nos quitan lo temporal tan solamente se les debe tolerar, pero hay otros a quienes hay que impedírselo justamente, no por la única preocupación de que no nos roben lo nuestro, sino para que los raptores no se pierdan reteniendo lo ajeno.

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Sobre el tema concreto del fariseísmo, consideremos lo enseñado por el Padre Leonardo Castellani.

El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida, es decir, da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios... odio deicida al prójimo; odio a lo santo, a lo virtuoso...

Es el drama de Cristo y de su Iglesia. Si en el curso de los siglos una masa enorme de dolores y de sangre no hubiese sido rendida por otros cristos en la resistencia al fariseo, la Iglesia hoy no subsistiría.

Y al final será peor. En los últimos tiempos el fariseísmo triunfante exigirá para su remedio la conflagración total del universo y el descenso en Persona del Hijo del Hombre, después de haber devorado insaciablemente innúmeras vidas de hombres.

San Pablo, cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso; es decir, se apoderará en forma aún más nefanda de la religión para sus fines, como habían hecho los fariseos.

Si creemos a Jesucristo y a San Pablo de que en los últimos tiempos habrá una gran apostasía y que no habrá ya casi fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno.

Solo el fariseísmo puede devastar la religión por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa y atrae, no repele. Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que manden en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener, no obstante, su fe firme; un puñado heroico de escogidos que, si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían.

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El engreimiento religioso trajo el mesianismo político. Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión. Y si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política.

Cuando la política entra dentro de la religión, se produce una corrupción extraña. En esas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia.

La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a un instrumento y pretexto de lo político. La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible consecuencia de la soberbia religiosa.

Si un superior premia la virtud y castiga el vicio, es un hombre religioso.
Si no premia nada ni castiga nada, es un nulo.
Si castiga la virtud y premia el vicio, es un fariseo; si persigue la santidad, es un fariseo; si odia la verdad, es un fariseo... Y no tiene remedio...

La levadura de los fariseos consiste en la palabrita que hace levantar toda la masa, pero para volverla agria y venenosa. El fariseo ordinariamente no miente del todo, se contenta con decir media verdad y callar la otra. Esas medias verdades, que son a veces peores que las mentiras, penetran y fermentan la mente colectiva, contaminando imperceptiblemente incluso los ánimos buenos y bienintencionados, que las repiten inocentemente.

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El fariseísmo tiene siete grados:

1°) la religión se vuelve exterior y ostentadora.

2°) la religión se vuelve rutina, oficio y profesión, medio de ganar la vida.

3°) la religión se vuelve negocio, instrumento de ganancia de honores, de poder o de dinero.

4°) la religión se vuelve pasivamente dura, insensible, desencarnada; se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo.

Hasta aquí el fariseísmo se ha mostrado corruptor de la fe y de la piedad, convertidas en carrera, artimaña, política, negocio.

Pero la soberbia religiosa va más allá del uso de la religión para instalarse en el mundo y quedarse con los bienes de la tierra.

Es como la esclerotización de lo religioso, un endurecimiento o decaimiento progresivo. Y después una falsificación, hipocresía, dureza hasta la crueldad…

Los otros grados son ya diabólicos. El corazón del fariseo primero se vuelve corcho, después piedra, después se vacía por dentro, después lo ocupa el demonio. Entonces, el fariseísmo se muestra claramente como el pecado contra el Espíritu Santo pues lleva a cabo:

5°) aversión a los que son auténticamente religiosos. La religión se vuelve hipocresía: el “santo” hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera.

6°) persecución de los verdaderamente religiosos. El corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro.

7°) sacrilegio y homicidio. El falso creyente persigue de muerte a los verdaderos creyentes, con saña ciega, con fanatismo implacable… y no se calma ni siquiera ante la cruz ni después de la cruz.

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El fariseísmo abarca, pues, desde la simple exterioridad hasta la crueldad, pasando por todos los escalones del fanatismo y de la hipocresía.

La religión suprimiendo la misericordia y la justicia; ¿puede darse algo más monstruoso?

La última corrupción de la Iglesia, es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado, traerá consigo lo que San Pablo llama la Gran Apostasía y la Gran Tribulación.

Cuando en la Iglesia ha salido un ramo de fariseísmo, Dios lo ha curado, pero alguien lo ha pagado con su sangre, desde Cristo hasta Juana de Arco, y hasta nuestros días...

Se entabla una lucha trágica entre la moral viva y la moral desecada, entre la mística real y la “mística convertida en política”. Vence la moral viva; pero sucumbe el que la lleva en sí como una vida y una pasión...


Al fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo...

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El fariseo es esencialmente homicida, aunque tenga las manos enteramente limpias de sangre.

Y éste es el grado supremo del fariseísmo, los sacrificios humanos; no a Dios, que no los quiere, sino a un Diablo disfrazado y llamado con distintas nombres.

“Llegará un tiempo en que os matarán, creyendo hacer servicio a Dios.”

Esta es una de las señales que dio Cristo de la Parusía; y en efecto, eso hizo Caifás exactamente con Él.

Dar muerte a un hombre por religión... Y la religión, dando la muerte a un hombre no por sus vicios sino por sus virtudes, es la señal siniestra.

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Señales del fariseísmo, más que claras hoy en día:

- la hipertrofia de la “disciplina”,

- los medios convertidos en fines,

- la tortuosidad y disimulo en el obrar,

- la rigidez implacable,

- el chantaje por medio de las cosas sacras,

- la ignorancia completa de la persona humana,

- la falta de misericordia y de justicia substituidas por “mandatos de hombres” muertos y metálicos.


Como conclusión, las palabras de Jesucristo: Dejadlos; son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Testigo de Cargo


EL MUNDO EN MINIATURA
  
Todo es pequeño en el mundo de la burguesía moderna. Sus aspiraciones, sus fantasías, sus placerescomo bien lo advirtió Tocqueville. Lo único grande son sus odios, su rechazo de todo lo sagrado, lo bueno, lo bello y lo verdadero. (No hay necesidad de advertir que usamos el concepto “burgués” en el preciso sentido de Bloy y no en el equívoco sentido marxista).
  
Confieso haberme divertido con la última expresión de esta pequeñez del piccolo mondo moderno. Desde la tapa del número del 23 de junio de 2012 la consabida revista “Noticias” nos anuncia un suceso de lo que ellos llaman “tendencias sociales”. Son cosas, dicen, que comienzan irrumpiendo como una novedad pero luego se instalan en el “imaginario” de todos los hombres (de todos los pequeños burgueses) y terminan haciéndose  obligatorias.
  
En este caso la “novedad” es nada menos que la pornografía. Parece que una señora inglesa —que se llama Erika Leonard pero firma E. L. James— ha publicado unos libros  que por ahora son una trilogía con el título común “Sombras…” y un “fuerte contenido erótico”, que es una manera actual y pudorosa de decir asquerosamente pornográfico.
  
La señora se ha hecho ya multimillonaria siguiendo el mismo recorrido de la autora de Harry Potter: inglesa común-opera prima que cumple eficazmente su papel de oferta frente a una demanda ávida-éxito editorial-fortuna.
  
Pero vamos ahora al producto del cual la revista “Noticias” nos sirve en bandeja y por el mismo precio nada menos que dieciséis páginas. Es formidable, fantástico, inaudito.
  
Es cosa de no creer. ¡Qué necesidad tan perentoria de novedades tiene esta pequeña sociedad en que vivimos, que puede encontrar algo de importante, de significativo o al menos de divertido en esta aburrida enésima enumeración de las consabidas combinaciones de las zonas erógenas de hombres y mujeres!
  
Estas “sombras, nada más”, como en el tango,son la certificación inmisericorde de la decadencia de Occidente. ¡Nada menos! Pero no por pornográficas sino por estúpidas, pedestres y minúsculas. Esto no es un pecado de lujuria, es un pecado de imbecilidad, diez veces más grave.

Y ALGO MÁS

El Señor Jorge Fontevecchia es el propietario de la revista “Noticias” y de la editorial Perfil que la publica.
  
El Señor Jorge Fontevecchia es el introductor en nuestro país de cuanta tendencia del estilo de la que acabamos de comentar sobrevuela —siempre con vuelo bajo— nuestro pequeño mundo moderno.
  
El Señor Jorge Fontevecchia publicó hace un tiempo en uno de sus diarios una larga entrevista a Monseñor Aguer en la que lo más importante era el tono y los supuestos con los que estaba redactado el reportaje: un hombre moderno se asomaba al pozo sin fondo del pensamiento medieval a cuyo representante, por gracia, se le concedía hablar en un medio moderno.
  
El Señor Jorge Fontevecchia publica en su revista la noticia de la novedad pornográfica de la que hablamos, pero es sastre que conoce muy bien el paño. Su editorial edita mensualmente una revista pornográfica titulada “Hombre”, con lo que el Señor Jorge Fontevecchia pertenece al mismo gremio de traficantes de carne en pie, que la Señora Leonard o James.
  
Uno se siente tentado de agregar que entre bueyes no hay cornadas, pero temo que el animalito nombrado no goce de las simpatías de ese gremio. Le falta mucho para aspirar a esa simpatía. En verdad, lo único que quise destacar en esta notícula es el profundo compromiso de este hombre pequeño con todo lo que sea novedoso, todo lo que sea —o aspire a ser— escandaloso. Y que dé ganancias, desde luego.
  
UNA SINIESTRA EMPRESA
  
En la revista cultural (“ADN”) de “La Nación” del viernes 22 de junio pasado se publica un artículo titulado “La escuela, esa máquina anticuada”, firmado por Paula Sibilia.
  
Comienza, como punto de partida, por una “certeza casi obvia” que consiste en que “actualmente, la escuela está en crisis”. No es precisamente el descubrimiento de la pólvora pero reconozcamos con lealtad que tampoco se pretende tal cosa.
  
Lo que sucede es que con ese punto de partida debe haber un millón de libros, estudios, monografías, artículos y ensayos girando por el vasto espacio cultural. Y lo grave es que entre tanta preocupación no ha surgido un solo plan, una sola propuesta que represente una esperanza significativa y útil de solución. Aclaremos desde ya que el artículo de la Señorita Sibilia no es una excepción. Pese a lo cual es digno de leerse porque, a diferencia de otros miles, no es pretencioso y da un par de martillazos en algún clavo.
  
De los muchos desajustes que sufre hoy la educación Sibilia privilegia el de escuela-alumno, del cual comienza por decir que  la escuela es parte de una máquina anticuada y que, por tanto, “sus componentes y sus modos de funcionamiento ya no sintonizan fácilmente con los jóvenes del siglo XXI”.
  
Y agrega: “se descubren relieves imprevistos en sus engranajes y los circuitos se obstruyen con frecuencia, ocasionando todo tipo de fricciones, trabas, ruidos, desbordes e incluso tremendos destrozos”.
  
Es poco decir. La verdad es que la máquina sencillamente está dejando de funcionar a pesar de los centenas de miles de “especialistas en educación” que se reciben cada año en las universidades del mundo. Y se ha convertido en una vasta empresa de corrupción de las mentes y las costumbres. Con las debidas excepciones y salvedades.
  
“Sería difícil —dice la autora— negar esa incompatibilidad […]; hay un desajuste colectivo entre los colegios y sus alumnos, en la contemporaneidad, que se confirma y probablemente se refuerza día a día en la experiencia de millones de niños y jóvenes de todo el mundo”, a lo que hay que agregar que “la brecha se ha vuelto incontestable en los últimos años”.
  
Viene ahora un largo párrafo destinado a describir los medios audiovisuales, el “nuevo tipo de maquinaria” que ha surgido, estableciendo nuevos modos de relación. Algo que todos sabemos, como sabemos que tiene alguna clase de conexión con la educación. No es  muy difícil de entender que hoy existen “dos universos, el escolar y el mediático”, que confluyen sin mezclarse en el alumno. Y es sabido que hay cien intentos teóricos tendientes a combinarlos como dos aspectos de la tarea única de educar.
  
Luego la autora evoca el libro “Sobre pedagogía” de Immanuel Kant, cuya tesis central es, sin duda, uno de los fundamentos de la educación moderna. En efecto, el filósofo de Koenisberg sostenía que los niños no van a la escuela “a aprender algo sino con el fin de habituarlos a permanecer tranquilos y a observar puntualmente lo que se les ordena”.
  
Por mucho que sorprenda esta afirmación en boca de un filósofo iluminista, la explicación es sencilla y Sibila no la elude. Con lo que hoy conocemos como “sistema educativo formal” se estaba poniendo en marcha un experimento novedoso y único: la educación para muchos durante un largo período.
  
Entonces el orden en las aulas se convertía en una condición sine qua non, un punto de partida sin el cual no podía haber proceso educativo. No sólo por la disciplina misma sino por todo lo que implica, dos personas —dos actores— unidos en una tarea común, en un trabajo de ida y vuelta en el que aprenden el educador y el educando.  Homines dunc docent, discunt, decía Séneca: los hombres aprenden cuando enseñan.

DOS MODERNAS APORÍAS

Este breve vuelo sobre un artículo merecedor de algo más, sólo pretende llamar la atención sobre las dos aporías (contradicciones sin solución) que hoy se presentan en el sistema educativo.
  
En primer lugar la ruptura de esa unión de docente y alumno en una tarea común. El discípulo actual no entiende la razón ni la utilidad de lo que le enseñan y, en consecuencia, vive la disciplina como una imposición sin sentido. El profesor reacciona frente a este estado de ánimo con actitudes que van desde la complicidad hasta la desesperanza y el cinismo.
  
Estas situaciones, como dice Sibila, se han multiplicado en los últimos años, lo que coincide con la enorme extensión del sistema educativo.
  
¿No será que el error proviene de ofrecer un solo tipo de educación a personalidades, niveles de inteligencia y temperamentos muy distintos? Dejo anotada esta duda porque si apunta a algo importante jamás habrá solución en aulas donde los interesados —una minoría— quedan sumergidos por los no interesados, la mayoría.
  
El segundo problema es la divergencia de los dos sistemas de conocimiento hoy existentes. El de la escuela tradicional —conocimiento discursivo— y el de los medios de difusión —conocimiento por la imagen. Desde la lámina y el mapa escolares hace mucho tiempo que la imagen presta importantes servicios a la educación. Pero ésta seguirá siempre exigiendo un esfuerzo penoso (aunque sea también gozoso) y no hay método ni sistema audiovisual que pueda reemplazarlo.
  
Nos tropezamos de nuevo con la extensión explosiva de la educación y el hecho evidente de que no todos son capaces de pensar en los modos y niveles que el sistema exige. Se admite que ese sistema era selectivo y formaba una aristocracia, que era en realidad una meritocracia.
  
Al pretender extenderlo a todo el mundo se lo convierte en una democracia igualitaria en la que el principio de selección es reemplazado por los de inclusión y contención.
  
Yo no pretendo que éste sea el “quid” del problema educativo actual, pero me parece que sobre la cuestión expuesta hay poca claridad en los que, como la señorita Sibila, reflexionan hoy.
  
LA JUSTICIA, EL DERECHO Y EL REVÉS
  
En “El País”, el diario zurdo español, del 31 de mayo pasado, se publica un artículo del abogado y novelista argentino Alvaro Abós. El tema es “Eichmann en la horca” y de entrada, nomás, la pifia.  Le atribuye a Eichmann ser “el principal organizador del exterminio de seis millones de  judíos”, cosa que nadie pretendió, y le atribuye el grado de oberstandartenführer, que no existía en la jerarquía de la S.S.
  
Pero éstos son detalles.
  
Lo interesante es el elogio que hace del fallo por el que se asesinó al dirigente alemán. Abós no oculta que Eichmann alegó la prescripción de los delitos de los que se lo acusaba, la “obediencia debida” y ante todo la falta de competencia de un tribunal israelí para juzgar actos cometidos en Europa cuando el Estado judío no existía.
  
Abós, repito, es abogado y podría esperarse de él  que tratara con un mínimo de seriedad la cuestión jurídica implícita en el fallo de la Corte Suprema de Israel.
  
Pero no: se conforma con explicarnos que el tribunal rechazó los argumentos del reo y lo sentenció a muerte. (Pena que —de paso— no existía ni existe en el Código Penal israelí).
  
Al lector de estas notículas quizás le asombrará saber que el suscripto no es contrario, en teoría y en principio, a la idea de un tribunal internacional con competencia para juzgar cierto tipo de grandes delitos. ¡Atención! En teoría y  basado en la ley natural. Por supuesto, aplicando los principios generales de todo derecho civilizado, el primero de los cuales es la igualdad ante la ley. Más la irretroactividad, mas el tribunal competente, más la pena vigente antes del hecho del proceso, etc.
  
No hace falta ser jurista para entender que si se suprimen estos derechos  una sentencia que los ignora es una cena de caníbales. Una repulsiva venganza cubierta con los ropajes de la justicia.
  
“UN CINISMO SIN PRECEDENTES”
  
Es raro citar un diario argentino tomando la cita de un diario español. Pero sucede que el 28 de junio pasado yo no leí la publicación vernácula pero sí la peninsular. Breve: en la fecha citada el corresponsal de “El País” en Buenos Aires —que juro se llama Peregil— informa que en “Clarín” de la fecha se publica un artículo del columnista Daniel Santoro que relata la última intervención de Videla ante el Tribunal que lo juzga por apropiación de menores.
  
Videla —dice Santoro— incurrió en una “aberrante provocación” que consistió en calificar de terroristas a las madres de los bebés apropiados. Y concluye: “Acusar de terroristas a mujeres embarazadas, torturadas detenidas ilegalmente y luego desaparecidas, es de un cinismo sin precedentes”.
  
¿Qué me cuenta? Hasta ahora habíamos oído calificar de “idealistas” a los jóvenes que colocaban bombas, pero sin negar los hechos. Es más, los cronistas del costado triunfalista del zurdaje —los Anguita, Caparrós, Baschetti, etc.— nos llenaron de descripciones detalladas de acciones terroristas. Cualquier persona en su sano juicio no puede dudar de que, en efecto, las madres de los niños apropiados eran terroristas. Y negarlo, eso sí que es “un cinismo sin precedentes”.
  
DOS MIL DOCE
  
En la pantalla insomne del televisor vi esta película que lleva por título el número del año que vivimos.
   
Parece que los aztecas, entre un sacrificio humano y otro se dieron tiempo para profetizar el fin del mundo para los últimos meses de este año. Los historiadores serios —especie en vías de extinción— han aclarado que no hay nada de eso y que la noticia fue simplemente inventada por un periodista desaprensivo, especie en rápida expansión.
  
Pero a Hollywood tales polémicas poco le importan: hicieron una película con la supuesta profecía y su puntual cumplimiento y se gastaron una millonada en efectos especiales para mostrar el modesto Apocalipsis sin Segunda Venida. De paso, queda claro que los aztecas tenían la precisa y no los cristianos a los que veremos rezando (inútilmente) en la Plaza de San Pedro y aplastados por la Basílica homónima.
  
Este es el mensaje número uno de la película, pero hay un segundo que pocos ven. Las principales potencias del mundo han preparado unas naves a modo de Arcas de Noé para salvar a la humanidad de su extinción. El Presidente de Estados Unidos tiene clara conciencia de ser el último que ostentará ese título. De diez maneras subliminales se nos informa que lo que se salva es la humanidad y no ésta u otra nación.
  
Hace mucho tiempo que insisto en que, para comprender la modernidad, es preciso entender lo que significa la tercera persona de la trinidad revolucionaria, es decir la fraternidad. Mucho se ha escrito sobre los otros dos términos, la libertad y la igualdad pero a la fraternidad se la trata como si hubiera sido puesta para rellenar el tercer lado de un  triángulo.
  
Yo me atrevo a decir que es de excepcional importancia pues lo que viene a decir es que hay hombres unidos por la hermandad  que forman la humanidad. Y nada más.
  
Entre el hombre y la humanidad no hay nada significativo ni perenne, solo formas históricas que la historia modificará hasta hacerlas desaparecer. De allí el reemplazo del patriotismo por la sola lealtad a la constitución, de allí la familia tratada como una estructura sin otro contenido que el que la ley le da. Nada de instituciones naturales, sólo creaciones humanas y como tales variables.
  
Obsérvese que las dos “familias” de la modernidad —liberales y socialistas— disputaron sobre cuál de los dos valores proclamados (libertad e igualdad) predominaba. Pero hubo siempre acuerdo en el tercer término, la fraternidad. La prueba más clara es el nombre que llevaron las dos experiencias que trataron de encarnar la revolución moderna: Estados Unidos y Unión de Republicas Socialistas Soviéticas. Nada de nombres que representan una Historia: España, Francia. La denominación es un programa abierto al que pueden sumarse quienes quieran.
  
Pues bien: “2012” es la enésima película (fábula moderna) que introduce la humanidad y su fraternidad como heredera de un mundo dividido y estéril. En estas páginas he comentado otra: “El día de la Independencia”. Así es como subrepticiamente nos educan.
  
Aníbal D’Ángelo Rodríguez