lunes, 31 de mayo de 2010

Eclesiales


BERGOGLIO
DESENMASCARADO


Por Antonio Caponnetto


EL JESUITA

Finalmente, ha salido a la luz el anunciado libro cuyo propósito es trazar una semblanza oficiosa y una biografía autorizada del Cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Se trata de un largo reportaje, pautado y ejecutado prolijamente entre los autores y el personaje; y con la plena anuencia del entrevistado quien, además, promueve formalmente la obra desde la Agencia Informativa Católica Argentina. De modo que cuanto allí se dice debe darse por expresamente avalado y refrendado entre las partes. No hay lugar para el proverbial recurso a la descontextualización mal intencionada.

Los reporteros elegidos para tan singular retrato, retratan a la par las preferencias dialoguistas e intimistas del prelado: Sergio Rubín, el circunciso encargado de “los temas religiosos” en Clarín, y Francesca Ambrogetti de Parreño, la psicóloga social de la Agencia Ansa.

Párrafo aparte para el prologuista escogitado por Su Eminencia, el Rabino Abraham Skorka, ferviente justificador de las coyundas homosexuales, pues aunque “la opinión de la Biblia dice que la homosexualidad está prohibida, en una sociedad democrática hay que apelar a informes antropológicos y sociológicos […] Estamos viviendo en una realidad democrática y sabemos perfectamente bien que existen personas que tienen una sexualidad definida en otro sentido respecto de la concepción bíblica” (Cfr. Agencia Júdía de Noticias, 30-6-2008, http://www.prensajudia.com/shop/detallenot.asp?notid=19608).

La democracia por encima de la Ley de Dios. ¡Presentador acorde a sus criterios políticamente correctísimos se buscó el Pastor!

Son simples los datos bibliográficos de la obra, para quien quiera ubicarla: Sergio Rubín, Francesca Ambrogetti, El Jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, S.J, Buenos Aires, Vergara, 2010, 192 ps.

Castellani contaba que el torpón de Franceschi lo reprendió por aquella humorada de “Las Canciones de Militis”, pues –según él- tal título evocaba “Les chansons de Bilithis” de Pierre Louis, un libro presuntamente inmoral. Bergoglio tuvo más suerte, o no, según se mire. Porque El Jesuita es el mismo título de una obra decididamente anticristiana de Rubén Darío, pero nadie le sugirió que lo modificara. La verdad es que al acabar este inicuo libelo bergogliano, la voz otrora impía del nicaragüense parece hallar, al menos en este caso, su justificación más plena:

“Bien: ahora hablaré yo.
Juzga después, lector, tú:
el jesuita es Belcebú
que del Averno salió”.

Jorge Mario Bergoglio. El Jesuita. De él tratan las páginas que a continuación reseñamos.


ANTES ERA FANFARRÓN, AHORA SOY PERFECTO

Varias obsesiones recorren estas cartillas. Y nada se ha improvisado para darles cauce.

Bergoglio necesita probar que él es un hombre humilde, modesto, austero. Un pibe de barrio que puede hablar de fútbol y de tango —como de hecho lo hace y con abundancia— lo más alejado posible de la imagen tradicional de un Príncipe Cristiano. Acorde con los tiempos y los gustos, y con la línea vulagrizante impuesta por alguno de sus antecesores, lo estimable ya no será el señorío jerárquico sino el muchachismo populista. No la estricta ortodoxia sino la mirada plural, contemporizadora, con calculados barnices de herejía. Tampoco y mucho menos la actitud magistral de quien por ministerio debe ser tenido como Maestro de la Verdad. Por el contrario, lo estimable será la duda, la vacilación, el enjuague, el espacioso mundo donde las ideas se pueden negociar, como quería John Dewey. “Alguien puede pensar que un creyente que llega a Cardenal tiene las cosas muy claras”, le plantea la dupla interrogadora. “No es cierto”, le asegura enfáticamente el interrogado (pág. 53). Y en él, tan mísero aserto es verdad pura, patética y funesta.

El modelo a seguir, claro, ya no es el de los eminentes Varones de Cristo, como los Cardenales Pie o Billot, sino el de aquel monsignori tránsfuga que describiera Hugo Wast, en cuya corona se había incrustado una cuarta diadema en señal de adoración hacia la democracia. No prediquemos entonces el deber de batirse por la Verdad Única, Crucificada e Indivisa, sino “la aceptación de la diversidad que nos enriquece a todos” (pág. 169). No la Verdad Revelada sino las verdades múltiples y consensuadas “con diálogo y amor” son “la celebración” preferida por el obispo (pág. 169).

Concorde con este clima intelectual y moral se presenta “prefiriendo el simple traje oscuro a la sotana cardenalicia” (pág. 18), hincha de San Lorenzo, buen cocinero, antiguo bailarín de milonga (pág. 120) y ex laburante en un laboratorio (capítulo dos). Y por eso, verbigracia, interrogado acerca del ocio, no recurre para definirlo a los seguros autores clásicos que de él se ocuparon, ni a los modernos como Pieper o Guardini, que dice haber estudiado, sino a Tita Merello cantando: “che fiaca, salí de la catrera” (pág. 37). Dar pruebas de “normalidad” para Bergoglio, no es apelar a lo normativo y eximio sino a lo que abunda, a lo populachero y sensibloide. Ser hijo del Siglo, diría Ernest Hello.

Nadie podrá escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria: “parecíales otro hombre de los que se usaban”. No; él es un hombre bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y en esto, según su errática perspectiva, está la prueba de su obsesiva humildad y de su progreso espiritual en el arte de aprender a superar los defectos.

El Rabino Skorka lo pondera desde el comienzo, no sólo como alguien con quien trabó “la verdadera amistad” que “define el Midrash”, sino como un modelo de humildad, ya que “todos coincidirán en la ponderación del plafón (sic) de humildad y comprensión con que encara cada uno de los temas” (págs. 10-11).

Bergoglio deja correr insensatamente el juego del “bajo perfil”, sin querer advertir la paradoja —y aún el pecado— de esta autocomplacencia infatuada en ser descripto como un sencillo y componedor bonachón. La egolatría de mostrarse cual l’uomo qualunque sigue siendo manifestación de la soberbia, no por la naturaleza de lo que se ostenta sino por vicio de la ostentación. Pero esta es, como decimos, una de las obsesiones psicológicas del biografiado: que se lo perciba como un hombre del montón; alguien que continúa “viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer” (pág. 17).

No son pocas las veces en que los periodistas interrogadores —salvajemente indoctos en materia religiosa— le regalan este tipo de ponderaciones. Y Bergoglio las acepta, con esa fanfarronería del humilde profesional que decía Jorge Mastroianni. Desechando el consejo ignaciano de contemplar la rebelión de los ángeles caídos, para evitar que nos suceda como a ellos, que “veniendo en superbia, fueron convertidos de gracia en malicia” (E.E, 50).

Porque ¿quién que tenga realmente esa “corona y guardiana de todas las virtudes”, como llamó San Doroteo de Gaza a la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y páginas ensalzando la posesión de este don? ¿Quién, que a fuer de genuinamente humilde, practicara ese “laudable rebajamiento de sí mismo” que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento a la humilitas? ¿Quién veramente abocado a la nadidad evangélica —en preciosa expresión de San Buenaventura— podrá contratar a un puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador recato? ¿Quién que no tuviera ese “brote metafísico de la soberbia intelectual que es el principio de la inmanencia”, según clarividente análisis de García Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que “su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo elevan cada vez más a su condición de papable”? (pág. 15) ¿Creerá de veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi humo acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien más que Jesucristo puede decir de sí mismo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (San Mateo, 11, 29)?

A Bergoglio le sucede lo que al protagonista del chascarrillo aquel que desenmascara la petulancia invencible del porteño. A la hora de aclarar lo mucho que ha mejorado su vida moral, le dice a su imaginario interpelador: “antes era fanfa, ahora soy perfecto”.


DEJATE “SINAGOGUEAR” POR EL MUNDO

Amigo de neologismos y de chabacanerías, el Cardenal supo acuñar entre otras zarandajas, aquello de “dejate misericordear por Cristo”. Pero él —un exponente más del judeocatolicismo oficial, hoy dominante— ha preferido en principio, dar y recibir las ternezas de los deicidas.

Se cuentan por decenas los gestos judaizantes del Primado, de los que pueden dar clara y ominosa cifra su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman y Alejandro Avruj, al primero de los cuales prologó su libelo “Argentina Ciudadana”, y al segundo entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara la impostura de “La noche de los cristales rotos”. Y ambos hebreos, al igual que el prologuista Skorka, explícitos justificadores de la sodomía. El fantasma contranatura de Marshall Meyer los protege a todos, y a todos reúne bajo el humo desolador de Gomorra.

Mas aquí estamos ante la segunda obsesión del Cardenal. Se ha impuesto probar su afinidad y su afecto con el mundo israelita; y no conforme con las definiciones eclesiales públicas dadas en tal sentido, abunda ahora en El Jesuita, en testimonios menores, intencionalmente escogidos para agradar al Sanedrín.

Los reporteros —a cuya tribal insipiencia teológica ya hemos aludido— le plantean como una objeción para la aceptación de la Fe Católica, el hecho de que “el principal emblema del catolicismo es un Cristo crucificado que chorrea sangre” (pág. 41). “Usted no puede negar” —le reprochan cortésmente— “que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad” (pág. 42).

Cabían varias y bien sazonadas respuestas católicas, todas ellas partiendo del enfático rechazo de la infame petición de principios de los periodistas, según la cual, la sangre y el martirio son piantavotos, y eso explicaría el alejamiento popular de la Iglesia. Cabía una lección magnífica sobre “la sangre por amor a la Sangre” de Santa Catalina de Siena, y el valor inabolible del martirio con efusión sanguínea para conquistar el cielo por asalto, como rezan los Evangelios. Cabía, en suma, decirles a los escribas con sus propias palabras: “No, por supuesto, yo no puedo ni debo negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad. Y no puedo ni debo negarlo porque es la pura y gloriosa verdad que la Iglesia siempre ha enseñado y siempre enseñará”.

Pero no; Su Eminencia no elige ninguna respuesta católica. Sostiene sin rubores que “asociar con lo cruento” al martirio, ligarlo con la idea de “dar la vida por la Fe”, es la consecuencia de que “el término [martirio] fue achicado” (pág. 42). El peculiar “achicamiento” consistiría, nada más y nada menos, que en llevar hasta el extremo previsto y deseable las enseñanzas de Jesucristo: “Todo el que pierda su vida por mí la ganará” (San Mateo, 10, 39). Lo que para la Iglesia fue su corona; esto es, que el discípulo se asemeje a su Maestro aceptando libremente la donación de la propia vida, para Bergoglio es su empequeñecimiento, su reducción, su “achique”.

En consecuencia, él se inclina por “La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó” (pág. 41). Esta “cosa más bella”, según declaró el mismo artista en 1938, es un Cristo rodeado de ornamentos, personajes, objetos y simbolismos judaicos en homenaje a las víctimas de los nazis, quienes expresamente aparecen como los verdugos del Señor, por ser judío. En la línea de otros dogmáticos de la Shoa, el cuadro de Chagall desplaza el centro del holocausto, de Jesucristo a las presuntas víctimas de Hitler. Se trata, pues, de una profanación hebrea del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero para Bergoglio es “la” pintura (pág. 120).

En la misma línea ideológica, y para seguir avivando el fuego semita, Su Eminencia sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el terreno moral.

Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, sostiene que “antes se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de muerte] o, por lo menos, que no la condenaba”. Pero ahora en cambio, merced al progreso de la conciencia, se sabe que “la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte” (pág. 87).

Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la pena de muerte —que aparece taxativamente exigida como tal, tanto en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de doctrineros católicos y de textos pontificios— debe percibirse como un déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la luz. Lo mismo se diga de las sociedades. En la medida en que “la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano” (pág. 88).

Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho, que lo valore inherentemente, sino por la evolución de la conciencia, tanto la Iglesia como la Humanidad saben hoy que la pena de muerte debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que protestara Maritain en Le Paysan de la Garonne. Pero entonces, ¡cómo no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de muerte, incluso “un crimen tremendo”! ¡Cómo no maldecir los tiempos eclesiales y sociales en los que la conciencia aún juzgaba que bajo determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la aplicación del castigo capital!

Este era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo explicar al interesado: “Uno no puede decir: «te perdono y aquí no pasó nada». ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente” (pág. 137).

El pequeño detalle —advertido precisamente por los kelsenianos de estricta observancia— de que “la ley de ese momento”, vigente positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis, se le olvida al Cardenal. El otro detalle más “pequeño” aún, de que en Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración jurídica por aplicar, ni derechos humanos de los acusados por conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir, tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento atroz para los germanos no fue “la reparación que la sociedad exigió” sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki, ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. “Era la ley de ese momento”, caramba. La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.

El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del judeocristanismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos, supuesto que le acometieran. “Hace poco” —les confía a sus socios biográficos— “estuve en una sinagoga participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que nos recordaba: «Señor, que en la burla sepa mantener el silencio». La frase me dio mucha paz y mucha alegría” (pág. 151).

Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada de los negadores de su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por objeto, pero Dios no se deja burlar (Gálatas, 6, 7). Y el día en que regrese en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir Marechal cuando mentaba en el Altísimo “la vara de hiel de su rigor”.


MARXISTAS BUENOS Y CATÓLICOS MALOS

En plena concordancia con lo hasta aquí exhibido —reiterémoslo: una pseudohumildad grotesca y un criptojudaísmo vergonzoso— Bergoglio saca a relucir su tercera obsesión. Consiste la misma en mostrarse ponderativo y encomiástico con los enemigos de la Iglesia, omitiendo todo el vejamen y todo el daño inmenso que los mismos le han infligido y le siguen infligiendo a la Esposa de Cristo. En el trazo maniqueo de su criterio —que él pretende encubrir bajo las apariencias de lo ecuánime— a este polo de positividad sólo puede oponérsele uno de simétrica negatividad; y el mismo, curiosamente, está encarnado en los católicos. No en todos, claro, sino en los “fundamentalistas”. Hablemos claro: en los católicos ortodoxos.

Un primer ejemplo de bondad enemiga lo constituye Esther Balestrino de Careaga.

Para quienes no lo sepan, esta mujer –junto con todo su grupo familiar- era una activa militante del terrorismo marxista, procedente del Paraguay. Bajo el sosías de “Teresa” integró las primeras células que constituyeron la Agrupación Madres de Plaza de Mayo, recibiendo hasta hoy los homenajes laudatorios incesantes de la desaforada Hebe de Bonafini. (cfr. vg. http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2002rest/2002seg/entrevistas/hebe26-2.html)

No creemos que en la Argentina del presente haya un solo ciudadano que necesite que se le explique —cualquiera sea su posición ideológica— cuál es la verdadera misión que han cumplido y cumplen las llamadas “Madres de Plaza de Mayo”. Su adscripción a la guerrilla marxista internacional, y no sólo argentina, es explícita, frontal, sostenida, virulenta y particularmente belicosa.

Pero para Bergoglio, esta “simpatizante del comunismo” (sic) se trató de “una mujer extraordinaria”, a quien “quería mucho […] Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente le debo mucho a esta mujer […] Fue raptada junto con las desparecidas monjas francesas. Actualmente está enterrada en la Iglesia de Santa Cruz” (pág. 34). “Tanto me enseñó de política” (pág. 147-148).

Iniquidades de los tiempos de los que Su Eminencia deberá rendir cuentas. No hay templos que alberguen los cuerpos acribillados de los civiles o militares católicos a quienes abatió el odio criminal del Comunismo. Pero una iglesia puede ser entregada a las bandas erpianas y montoneras, para que la conviertan en su bastión y en su cementerio. Y el responsable de tamaña profanación lo vive como un logro y una fiesta.

La segunda bondad encarnada es, para Bergoglio, la mismísima Bonafini. Los periodistas se la mencionan dándole pie para alguna observación crítica, para algún llamado tenue de atención, para algún módico tirón de orejas, habida cuenta de la aversión patológica que esta infame mujer viene desplegando desde hace décadas, cada vez con más desenfreno e insolencia.

“Hay también quienes ven actitudes de revanchismo”, le espetan los escribas. “Por caso, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini”. Lo que le están queriendo preguntar es, en suma, si actitudes rencorosas y vengativas como la de este monumento al odio “ayudan a la búsqueda de la reconciliación” (pág. 139). Y se lo están inquiriendo, no un par de macartistas, sino dos mascarones de proa de la izquierda nativa, de los tantos que hoy se sienten perturbados ante esta abisal frankenstein que han creado y ya no pueden controlar.

El Cardenal no admite las premisas implícitas y explícitas contenidas en el interrogante de los reporteros. Quien ya ha hecho el elogio de los desaparecidos, como si la condición de tal probara su inocencia y la justicia de su causa, justificará ahora plenamente a Bonafini: “Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Hubo otras muchas mujeres —esposas, madres, hijas, novias, hermanas— a quienes los múltiples retoños de Bonafini asesinaron a mansalva. Mujeres cuyo dolor no subsidió el Estado, cuyo luto no financió la Internacional Socialista, cuyo llanto no rentaron los terrorismos estatales soviético o cubano, cuya venganza monstruosa no prohijó el oficialismo, cuyo rencor satánico no respaldó la jurisprudencia del Poder Mundial. Para estas mujeres heridas, anónimas y silentes, a quienes las actuales autoridades “basurean”, Su Eminencia no tiene una palabra de comprensión ni de consuelo. Tampoco para los cientos de soldados arbitrariamente detenidos por la tiranía kirchnerista, detrás de cada uno de los cuales existen otras muchas centenas de mujeres –católicas prácticas en gran número- a quienes se les ha cercenado la jefatura del hogar.

Hay más “buenos” previsibles nombrados al pasar. Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el glorioso Cardenal Mindszenty (cada llaga recibida en las cárceles comunistas lo nimbó de gloria) Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78).

“Helada y laboriosa nadería, fue para este jesuita” la Barca de Pedro, diría Borges de Su Eminencia, perdonando por contraste y post mortem a Gracián. Porque en rigor, tanto sorprende la gélida conducta con la que encomia a los peores lobos, como la nadidad a la que reduce a quienes debería tener por arquetipos, si fuera un verdadero creyente. Los óptimos, para el obispo, están cruzando la raya de la Iglesia y confrontando con Ella.

Al fin, y como anticipábamos, si los buenos de la cinematografía bergogliana son todos rojos, aquellos pasibles de reproches y de acrimonias son ciertos católicos claramente identificables como tradicionalistas, o simplemente católicos, apostólicos y romanos. Por ejemplo, los que esperaban que Benedicto XVI criticara “al gobierno de Rodríguez Zapatero por sus diferencias con la Iglesia en varios temas”, como el “del matrimonio entre homosexuales”, sin darse cuenta de que “primero hay que subrayar lo positivo, lo que nos une” (pág. 80). Qué puede unir a un católico con un gobierno manifiesta y exacerbadamente anticatólico, no se aclara. Pero la intención es evidente: Zapatero tiene cosas “positivas” que nos permitirían “el caminar juntos” (pág. 80). Los desviados son los fundamentalistas que anhelan que el Vicario de Cristo condene a un rufián y a un régimen político en el que Satán se enseñorea a su antojo.

Otros católicos impresentables son los preocupados por “si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo” (pág. 89). “Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (pág. 90).

Es curioso el razonamiento de Su Eminencia. Por lo pronto, minimizando los alcances y los fundamentos de la Ley de Salud Reproductiva, claramente encuadrable en lo que Roma condena como “cultura de la muerte”. El vocero de esta medida, Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner, no dejó un solo instante de manifestarse agresivamente contrario al Magisterio de la Iglesia, ni de exteriorizar socarronamente su contento porque con tal disposición legal se coronaba la embestida contra la moral cristiana. La sociedad entera lo recuerda aún con estupor —a él y a su mandante— difamando, calumniando y persiguiendo a Monseñor Baseotto, por haber osado recordarle las prescripciones evangélicas pertinentes.

Sin embargo, tamaña embestida legal contra el Orden Natural, tamaño intento orgánico y oficial por alterar la Ley de Dios, tamaño proyecto gramsciano opuesto al Decálogo, tamaña revolución cultural de inequívoco signo marxista, sería apenas para Bergoglio “una coyuntura legislativa” contra la que no vale la pena movilizar a la juventud tras las clásicas banderas del catolicismo militante.

¿No advierte el Cardenal que ese “chico” que le resulta “sagrado” es el primer damnificado de esta “coyuntura legislativa” contra la cual no desea que se combata? ¿No advierte asimismo que si la ley inicua no se detiene, ese “chico sagrado” empezará por no poder nacer, por ser abortado, o por no poder ser criado en un hogar con padre y madre? ¿No advierte, al fin, que la susodicha Ley de Salud Reproductiva, forma parte de un proyecto mayor, que lejos de ser una mera coyuntura legislativa que “va contra el amor”, instala coactivamente una cosmovisión radicalmente opuesta y contraria a la moral cristiana?

Los “malos”, los merecedores del repudio y de la condena, no son para Bergoglio los gobernantes y sus aliados que promulgan este tipo de normas inicuas, sino los “grupos de élite ilustrada”, los católicos pro vida, que quieren movilizarse con sus familias para hacerle frente a tamaña iniquidad. Y en el colmo del desbarre conceptual, el Cardenal, en vez de encomiar el celo de esos hogares misioneros y de instar a los jóvenes al heroísmo y al testimonio gallardo, juzga la actitud católica como una “obsesión” y aún como una imprudencia. ¡Los “chicos” fueron llevados “a ver cosas muy desagradables”! ¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instamos a concurrir a todos en defensa del Bien?

Su Eminencia nunca podría haber escrito ese maravilloso elogio que hizo Eugenio D’Ors al gesto impar de Ananías, Azarías y Misael, pidiendo para sus propios hijos que “en el horno ardiente de la España roja” fueran capaces de ofrendar sus vidas por la Realeza de Cristo. Maldito el profeta Daniel que no comprendió que estos tres muchachos son más sagrados que la “coyuntura legislativa” de Nabucodonosor. Así razona el Primado.

Malos son también los católicos “restauracionistas, para los cuales la patria es aquello que recibí y que tengo que conservar tal como la recibí”, cuando “todo patrimonio debe ser utópico”, porque “las utopías hacen crecer” (pág. 112-113).

Alérgico al uso de la palabra “nacionalista” —“de una persona que ama el lugar donde vive no se dice que es […] un nacionalista (pág. 164)—, el Cardenal rechaza de plano al Nacionalismo Católico cuando alude al restauracionismo, y brega neciamente por el utopismo, esa herejía perenne que con sobrados fundamentos desenmascarara Thomas Molnar.

Véase si no esta innecesaria referencia. Cuando se repatriaron los restos de Rosas “los nacionalistas se apropiaron de este hecho y lo transformaron en un acto sectario […] Hasta el cura que rezó el responso se colocó [el característico poncho rojo]; se lo colocó arriba de la sotana, algo aún más desacertado, porque el sacerdote debe ser universal” (pág. 110).

Bergoglio debería saber que el restauracionismo que rechaza tiene su fundamento en San Pío X, y que a él han remitido siempre sus desdeñados nacionalistas para proponerse la empresa de restaurar en Cristo una patria que en Cristo nació. Debería saber igualmente que el anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del Génesis no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó “guardad las utopías” sino “conservad las tradiciones”.

Debería saber, además, que la repatriación de los restos de Rosas no fue un acto del que se apoderaron los nacionalistas —que tenían todo el derecho del mundo a hacerlo— sino que manejó discrecionalmente, desde el principio al final, el gobierno que entonces tomó la decisión política de traer al Restaurador de las Leyes. Otros fueron los sectarios en aquellas jornadas. Precisamente quienes adscriptos a vetustas sectas y logias masónicas pretendieron deslegitimar la repatriación del Héroe. Pero para ellos no llegan las reprimendas.

Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los Hebreos (10, 32), diciendo: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. Y comprendería porqué los nacionalistas —que soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria de Rosas— sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme cloaca. Pero sentir y vivir algo como propio, no significa apropiárselo sectariamente.

Este agravio gratuito al Nacionalismo Católico, halla su canallesco estrambote en el ataque al Padre Alberto Ezcurra, el aludido cura de poncho rojo que le rezó a Don Juan Manuel el responso más apoteósico y vibrante del que tengamos memoria.

Verdaderamente, llama la atención tanta infamia. El “Padre Pepe” —uno de los confesos ídolos del Cardenal— va vestido con deliberado aspecto de zaparrastroso. Idéntica facha marginal y rotosa adopta como un emblema la clerecía progresista de todo pelaje. Del modo más aseglarado y secularizante va disfrazado el grueso del clero cuya disciplina depende teóricamente del Arzobispo. Y hasta los altos dignatarios de la Jerarquía —Su Eminencia incluido— no portan más que un traje de calle, en las antípodas del hábito talar cuya preferencia y dignidad predicara obstinadamente, entre otros, Juan Pablo II. Pero al Cardenal Bergoglio lo único que le molesta es el poncho federal del Padre Alberto Ezcurra. Lo único que le parece “un desacierto” es que un destacadísimo sacerdote patriota ande emponchado como supieron hacerlo Brochero o Fray Luis Beltrán. Que ese poncho insigne —con el que fueron al combate los criollos de ley y sus viriles capellanes, sirviendo de pendón y de mortaja a tanto paisanaje fiel— le parezca al Cardenal que le “quita universalidad al sacerdote”, lo único que prueba es la profunda desafección que tiene de nuestras genuinas raíces nacionales. Y el desconocimiento de aquel axioma clásico que sintetizara Tolstoi: “pinta tu aldea y serás universal”.

¿Debe extrañarnos? Quien puede lo más puede lo menos. Criptojudío, filomarxista, pro tercermundista, propagador de heterodoxias —de manera formal, externa, pública y notoria— ¿por qué no habría de menospreciar a un cura gaucho y patricio, rezándole un responso a Rosas, ataviado con su poncho punzó, cruzando la vieja, gastada y noble sotana? ¿Por qué la aristocracia de este gesto sacerdotal habría de sintonizar con el plebeyismo más rancio que él ostenta cotidianamente?


EL COLABORACIONISTA

Hemos dejado para el final la obsesión central y recurrente de este libro. Posiblemente su causa eficiente y uno de sus principales motores.

Aunque con toda deliberación no se lo menciona, el fiero y terrible replicado en El Jesuita es Horacio Verbitsky. Porque fue y es este sicario mendaz quien más lo hostilizó a Bergoglio inventándole un pasado supuestamente derechista, un presente opositor antikirchnerista y unos antecedentes o comportamientos que lo vincularían con el Proceso. En suma, para Verbitsky, el Cardenal sería culpable del mayor de los males concebibles en todos los tiempos, períodos, latitudes y esferas: no haber hecho nada a favor de los desaparecidos, convirtiéndose así en aliado de la represión militar.

A efectos de replicar esta especie —que para un hombre como Bergoglio es mucho más grave que si lo acusaran de calvinista, de arriano, de sacrílego o de invertido— lo primero que hace es comprar el paquete entero de la historia oficial elaborada por el marxismo dominante. Y demostrar, además, que el paquete comprado le merece plena confianza.

Por eso los elogios a la terrorista paraguaya, la amplísima comprensión y ninguna condena a la Bonafini y su banda comunista, las majaderías hacia el clero tercermundista, la aquiescencia frente a la Teología de la Liberación, las decenas de contemporizaciones con el marxismo, los intencionales aplausos a los “luchadores por los derechos humanos”, y la canonización del clero y del monjerío partícipes activos de la Guerra Revolucionaria. Por eso el guiño constante de aprobación para los nombres de Mugica, Angelelli, Argibay o Zaffaroni, y el llanto y rechinar de dientes para las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

En los disturbios del 20 de diciembre de 2001 —causados, sin duda, por el nefasto gobierno de De la Rua—, varios policías cayeron salvajemente agredidos por la turbamulta de piqueteros que invadió la Plaza de Mayo. Uno de ellos fue literalmente linchado, sin que sus compañeros pudieran rescatarlo a tiempo. Bergoglio, que observaba los trágicos sucesos, sólo vio lo que quiso. “Llamó al Ministro del Interior […] para detener la represión […] al ver desde su ventana en la sede del Arzobispado cómo la policía cargaba sobre una mujer” (pág. 18). Es apenas un primer ejemplo, pero el maniqueísmo ideológico queda retratado; y el servilismo al pensamiento único también. La policía represora es siempre malvada. Los manifestantes populares son fatalmente buenos.

“Durante la última dictadura militar —cuyas violaciones a los derechos humanos, como dijimos los obispos, tienen una gravedad mucho mayor ya que se perpetran desde el Estado— hasta se llegó a hacer desaparecer a miles de personas. Si no se reconoce el mal hecho, ¿no es eso un modo extremo, horripilante, de no hacerse cargo?” (pág. 138).

Es apenas un segundo ejemplo, pero bien que representativo. El mito basal de las izquierdas es asumido íntegramente por el discurso oficial del Cardenal. El “Proceso” fue una “dictadura”; el Estado Argentino fue terrorista (pero no así los Estados Cubano, Soviético y Chino que sostenían la guerrilla); los desaparecidos se convierten en incuestionables seres en virtud de la inmoralidad del procedimiento que los hizo desaparecer; y el metro patrón para medir la maldad de un gobierno es la violación a los derechos humanos, concebidos ya sabemos cómo: como se conciben desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Bolchevique.

Esta es, pues, la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo tenga por un hombre políticamente correctísimo, depósito y heraldo del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber combatido “la Dictadura” y cooperado con sus “víctimas”. Gran parte del capítulo trece esta dedicado a probarlo. “A mí me costó verlo [se refiere al sistema represivo], hasta que me empezaron a traer gente y tuve que esconder al primero” (pág. 141).

Su Eminencia, claro, da por sentado lo que los reporteros y el imbecilizado público en general acepta a priori y sin condicionamientos: que el escondido era un joven idealista, perseguido injustamente por las brutales fuerzas del orden. La posibilidad de que estos escondidos, al igual que los palotinos y las monjas francesas —a cada rato llorados por Bergoglio— fueran activistas guerrilleros, ideólogos o cómplices activos de la Guerra Revolucionaria que asolaba a la Nación, ni se le pasa por la cabeza. Ni siquiera ante la abundancia de constataciones que hoy permiten saberlo.

Nada le importan la verdad ni el juicio ecuánime sobre los hechos pasados. Su conciencia no sufre mella alguna con mirada tan unilateral y tendenciosa. Los militares eran artífices de “la paranoia de caza de brujas” (pág. 149). Sea anatema su obrar, sin matices. Sus perseguidos, en cambio, –como los dos “delegados obreros de militancia comunista” (pág. 148) por los que procuró interceder y rescatar- son presentados amorosamente como “los dos chicos” de una “viuda” que “eran lo único que tenía en su vida” (pág. 148). Inofensivos chicos los guerrilleros. Paranoicos cazadores de brujas los militares. ¿Se necesita algo más para insertarse en la burda dialéctica de la historia oficial?

Huero de toda templanza en los juicios, y asustado cuanto ansioso por demostrar que estuvo en el bando de los derechos humanos, lo que le importa a Bergoglio es cohonestar cuanto antes la versión instalada: la represión castrense fue repudiable, todo el que la padeció merece ser defendido, protegido y homenajeado por la Iglesia. Es más, la Iglesia se justifica y se lava en la medida en que pueda demostrar que, durante aquellos años, estuvo del lado de los perseguidos por las Fuerzas Armadas, y tuvo sus propios “mártires” causados por la soldadesca procesista.

Por eso el empeño de Bergoglio en narrar con detalles cómo “en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, escondí a unos cuantos” (pág. 146), resultando ser hasta “los largos ejercicios espirituales” en el instituto “una pantalla para esconder gente” (pág. 147). Cómo “luego de la muerte de Angelelli” (a cuyo homenaje cuenta haber asistido) “cobijé en el Colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis” (pág. 146). Cómo sacó del país “por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí, con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergyman y, de esa forma, pudo salvar su vida” (pág. 147). Cómo hizo todo lo posible por liberar a “dos delegados obreros de militancia comunista”, por cuya vida le había pedido que mediara Esther Balestrino de Careaga (pág. 148).

Entusiasmado por dar noticias de sus proezas a favor del partisanismo marxista, Bergoglio ni siquiera repara en que está confesando públicamente la comisión de delitos. Hasta que llega al punto central de su riña con el incalificable Verbitsky, y entonces jura y rejura, en largas parrafadas, (págs. 148-151) que estuvo siempre del lado de Yorio y Jalics, dos de los tantos jesuitas que fungieron de apoyo —intelectual y físico— a los planes de la Guerra Revolucionaria.

Son páginas sin desperdicio para medir el fondo del pecado y del temor servil al que ha llegado este desventurado pastor. Su afán de mostrarse colaboracionista del Marxismo alcanza aquí a su punto culminante. Porque esta es la tragedia veraz que no podrán seguir ocultando los artesanos del lavado de cerebro colectivo.

Durante aquellos años, la patria argentina fue blanco de una guerra, declarada, conducida y financiada por el Internacionalismo Marxista, como parte del programa total de la Guerra Revolucionaria. En esa contienda, Bergoglio estuvo del lado de los enemigos de Dios y de la Patria.

Con cálculo preciso, y para que la delimitación de posiciones ideológicas ya no admita vacilaciones, se le cede la palabra a Alicia Oliveira. Por si algún lector desprevenido no registrara a esta vieja militante izquierdista, los escribas nos la presentan de este modo: “Firmante de cientos de habeas corpus por detenciones ilegales y desapariciones durante la última dictadura, se desempeñó como letrada e integró la primera comisión directiva del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), una de las más emblemáticas ONGs dedicada a luchar contra las violaciones a los derechos humanos […] Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia [se desempeñó] como Representante Especial para los Derechos Humanos de la Cancillería” (pág. 152).

Y Oliveira habla. Declara su “larga amistad” con el Cardenal “que la terminaría convirtiendo en una testigo calificada de buena parte de la actuación de Bergoglio durante la dictadura militar” (pág. 152). Cuenta que, dada su ostensible inserción en los planes de la guerra revolucionaria —que ella llama eufemísticamente “compromiso con los derechos humanos” (pág. 153)— el Cardenal “temía por mi vida” y le ofreció el Colegio Máximo como aguantadero. Cuenta cómo confió sus cuitas a Carmen Argibay —entonces Secretaria del Juzgado de Oliveira— y cómo “tras la caída del gobierno de Isabel Perón” sus “reuniones con Bergoglio se hicieron más frecuentes” (pág. 153). También sus coincidencias ideológicas sobre “los militares de aquella época” (pág. 154), y la necesidad de salvarles la vida a quienes ellos perseguían (ídem).

“Yo iba con frecuencia, los domingos, a la Casa de Ejercicios de San Ignacio, y tengo presente que muchas de las comidas que se servían allí, eran para despedir a gente que el padre Jorge sacaba del país […] Bergoglio también llegó a ocultar una biblioteca familiar con autores marxistas” (pág. 154).

Emocionada con los altos y muchos servicios que su amigo, el Padre Jorge, prestaba a la causa, Oliveira recuerda que no sólo puso el Colegio Máximo al servicio del ocultamiento de los zurdos, sino la misma Universidad del Salvador, pues “muchos nos fuimos a resguardar allí” (pág. 155). Ella, en efecto, dictaba Derecho Penal con Eugenio Zaffaroni, y “en sus clases hablaba con libertad”, analogando la “ley de ordalía” —que “los alumnos me decían que eso era horroroso”— “con lo que estaba pasando en el país” (pág. 155).

Una anécdota más le sirve a Oliveira para su apología de Bergoglio. Como el sodomita Zaffaroni estaba empeñado en traer al país a Charles Moyer, ex Secretario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, al solo objeto de que fogoneara la eterna acusación contra las Fuerzas Armadas argentinas, y encontraba obstáculos para lograrlo, “le preguntó a ella qué podían hacer para que igual viniera, pero con un motivo falso. Oliveira recuerda: «¿Qué hice? Recurrí, claro, a Don Jorge, que me dijo que no me preocupara. Al poco tiempo cayó con una carta en la que la Universidad invitaba a Moyer a dar una charla sobre el procedimiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos […] A su regreso, Moyer le envió a Bergoglio una carta de agradecimiento»” (pág. 156).

El afecto la desborda al evocar todos estos gestos tan significativos para la causa de los marxistas, y Oliveira culmina diciendo: “La verdad es que si lo hubieran elegido Papa, habría experimentado una sensación de abandono, ya que para mí es casi como un hermano y, además, los argentinos lo necesitamos” (pág. 157).

Los “argentinos”, varones y mujeres tan bien definidos, como Argibay y Zaffaroni, sin ninguna duda. Otrosí la cáfila de comunistas —laicos o clérigos— a quienes cobijó con complicidad activa. Los argentinos de verdad y los católicos en serio, difícilmente sientan necesidad de un lobo disfrazado de cordero.

El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo del mundo y de su príncipe. “Creo en el hombre”, declara (pág. 160). E interrogado sobre Kirchner, y específicamente sobre la fama que se le ha hecho de ser un opositor a su gestión, se ocupa con diligencia de redondear su pulcra corrección política. “Considerarme a mí un opositor me parece una manifestación de desinformación […] En 2006 le mandé [a Kirchner] una carta para invitarlo a la ceremonia de recordación de los cinco sacerdotes y seminaristas palotinos asesinados durante la dictadura, al cumplirse treinta años de la masacre perpetrada en la Iglesia de San Patricio […] Más aún, como no era una misa lo que iba a realizarse, cuando llegó a la iglesia, le pedí que presidiera la ceremonia, porque siempre lo traté, durante su mandato, como lo que era: el presidente de la Nación” (págs. 114-115).

Está claro. Si hubiera sido por Su Eminencia, la profanación hubiera sido doble. Rendirle homenaje a quienes coadyuvaron a los planes de la guerrilla, y hacer presidir dicho homenaje, en una parroquia, a quien a todas luces repugna de la Fe Católica y la persigue sin hesitar. Vamos entendiendo algunas de sus palabras esparcidas en el libro: “Muchos curas no merecemos que la gente crea en nosotros” (pág. 101). “Algunos podrán aseverar: «¡qué cura comunista éste»!” (pág. 106).


LA IGLESIA ADÚLTERA

Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la inconducta de Sancho: “en esto se nota que eres villano, en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!” Toda esta exhibición de colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovinezza con acento piamontés.

Su problema es más hondo, más grave, más profundo; más difícil de que el buen Dios se lo perdone. Es el escándalo del Pastor que se vuelve mercenario, cuya semblanza maldita y reprobación consiguiente ha trazado y sentenciado Nuestro Señor Jesucristo con palabras de vida eterna (cfr. San Juan, 10, 11-13). “Oh mercenario! —grita San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan—, viste venir al lobo y has huido. Has huido porque has callado, y has callado porque has temido”.

No es, por cierto, el suyo, un caso aislado. Es en este momento, en la Argentina, la cabeza de un conjunto de pastores que tienen similar conducta, y cuya última explicación encontramos en el Apocalipsis, cuando se protesta a la iglesia ramerizada, fornicando con los poderosos de la tierra y siendo infiel al Divino Esposo.

Pero dejemos las honduras de los Novísimos y ciñámonos al tema del que veníamos hablando.

La Iglesia ha sido puesta en el banquillo de los acusados por sus peores enemigos. Liberales y marxistas insisten en sostener que, durante aquellos difíciles años de la lucha contra la guerrilla, la Jerarquía calló, cohonestando así, de algún modo, las conductas ilegítimas que habrían cometido las Fuerzas Armadas. La respuesta de la acusada Jerarquía —Bergoglio el primero— fue tan frágil cuanto penosa. Pues consistió, por un lado, en recordar sus documentos a favor de los derechos humanos, emitidos durante la convulsa época (pág. 141); y por otro, en señalarse como damnificada, reivindicando un martirologio “católico” compuesto por personajes de inequívoca filiación o conexión terrorista.

Si al responder con el recuerdo de textos pro derechohumanistas centraba la cuestión exactamente donde no debía hacerlo, esto es, en el núcleo de la mitología enemiga, convalidándola indirectamente; al atribuirse como víctimas propias o como testigos eclesiales a quienes habían sido cómplices de la escalada subversiva, pidiendo incluso la beatificación para ellos, sembraba la confusión y potenciaba el engaño hasta límites dolorosísimos por el escándalo que comporta.

En efecto, ¿qué clase de Iglesia es ésta que, para defenderse de las acusaciones de haber estado asociada a la lucha contra la Revolución Comunista, rehabilita el tener caídos o ideólogos del bando de la misma, los homenajea efusivamente y los reclama en los altares y en el santoral? ¿Qué clase de pastores son éstos que para levantar el cargo de la complicidad con la represión castrense, aducen haber izado la misma bandera de los derechos humanos que enarbolaron como divisa nuclear de su ficción ideológica las bandas subversivas? ¿Qué clase de coherencia, en suma, pueden exhibir los obispos que hoy no trepidan en contemporizar con los montoneros y erpianos devenidos en funcionarios públicos, como no vacilaron ayer en incumplir el deber irrenunciable que tenían de hablarles claro a los hombres de armas, sea para que no delinquieran ni pecaran, o para que combatieran con cristianos criterios? ¿Qué confianza pueden inspirarnos estos funcionarios eclesiales llenos de movimientos dúplices, medrosos, acomodaticios y heterodoxos?

No; no ha salido airosa del banquillo esta irreconocible Iglesia. Acusada por los protervos de “ser la dictadura”, cuando debió serlo si aquella hubiera existido y en aras del bien común de la patria, sólo atina a sacarse el incómodo sayo de encima del peor modo posible: reduciendo su naturaleza salvífica a un internismo de derechas e izquierdas, en el que los exponentes de las primeras habrían sido culpables y las segundas constituirían proféticas voces demandantes de los sacros derechos del hombre.

Por eso ha abandonado a su suerte al Padre Christian von Wernich, ultrajado y preso mediante falsías inauditas. Por eso consintió el escarnio público de Monseñor Baseotto. Por eso no tiene una palabra ni un gesto de apoyo para los centenares de militares encarcelados arbitrariamente por la tiranía kirchnerista. Por eso niega todo reconocimiento de beatitud martirial a Genta y a Sacheri, mas anda pronta en canonizar a Angelelli, Pironio, los palotinos o las monjas francesas. Por eso no puede contarse con ella para que en los templos se rinda honores públicos a la memoria de los caídos en el combate contra los rojos, pero entrega al rabinato y a la masonería la mismísima Catedral Metropolitana o la Basílica de Luján.

Esta es la iglesia por la que lloró el entonces Cardenal Ratzinger, cuando en el Via Crucis del último Viernes Santo del pontificado de Juan Pablo II, dijo de ella que la cizaña prevalecía sobre el trigo. Y es la iglesia por la que lloramos nosotros, con llanto sostenido. Porque se nos crea o no —ya nada importa— no nos causa la menor gracia tener que denunciar a Bergoglio. Sólo Dios sabe el dolor indecible que esto significa. Ya quisiéramos tener un buen señor al que servir, y no un mercenario al que desenmascarar. Un Príncipe al que rendirle nuestro vasallaje, y no un lobo del que tomar prudente distancia.



ENVÍO PARA NECIOS

Pero el último enunciado merece un párrafo final aclaratorio. Dirigido a los necios, de quienes la Sacra Escritura nos advierte en fecundos pasajes, para que estemos prevenidos, así sea de su ignorancia como de su malicia, de sus calumnias como de sus enojos.

Estos necios pueden ser tanto laicos como religiosos, lo mismo da. Y ante estas páginas nuestras podrán formular diversos cargos, como de hecho ya ha sucedido en anteriores ocasiones.

Por respeto a los justos, sólo levantaremos preventivamente algunas de las posibles objeciones de la vocinglería necia.

1º.- No es atacar a la Jerarquía poner en evidencia la existencia de obispos felones, adúlteros, fariseos o heresiarcas. Es no pecar de omisión ni de encubrimiento ni de complicidad. Precisamente por amor a la verdadera Jerarquía.

Mientras escribimos estas líneas, en Mayo de 2010, el Papa Benedicto XVI ha viajado a Portugal y le hemos escuchado decir que “la gran persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia”. El Santo Padre no calla ni simula ni atempera esos pecados, así sean repugnantes como de hecho consta públicamente que son en tantos casos. A imitación del Vicario de Cristo, todo laico fiel debe secundar su prédica, repudiando los pecados internos, amonestando a sus cultores, previniendo de sus acechanzas a los desprevenidos, y proponiendo como único antídoto la práctica de la virtud y la predicación de la Verdad entera.

Ya en la Catequesis del miércoles 10 de mayo de 2006, el mismo Benedicto XVI enseñaba que “obispo es la palabra que usamos para traducir la palabra griega «epíscopos». Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así San Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús «pastor y obispo-guardián- de sus almas» (1 P. 2, 25)”. Y citando a San Ireneo de Lyon, agrega: “Los Apóstoles querían que fuesen totalmente perfectos e irreprochables aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero si hubiesen caído, la mayor calamidad”.

Celebramos, honramos y obedecemos a “los guardianes”. Pero estamos moralmente obligados a detestar a los artífices de “la mayor calamidad”, no siendo ciegos que se dejen guiar por otros ciegos (San Mateo, 15, 14). Sigue siendo válido lo que santamente escribió el Capitán de Loyola a San Pedro Canisio, el 13 de agosto de 1554: que “los pastores católicos que con su mucha ignorancia pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, o al menos separados de la cura de almas”, pues “más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo”.

2º.- Existe, efectivamente, esa obligación moral antes aludida, y se nos aplica a los simples “súbditos de celo y libertad, para que no teman corregir a los prelados, especialmente si el crimen es público y corre peligro la mayoría de los fieles”. Son palabras de Santo Tomás de Aquino (In Gal. 2,11, nº 76-77), pero podríase sobre el particular citar una multitud de textos escriturísticos, patrísticos, escolásticos, conciliares, canónicos y pontificios de todos los tiempos, conformando todos ellos un corpus doctrinal que en buena hora redondeó admirablemente Melchor Cano —teólogo de Carlos V en Trento— diciendo: “cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar”. Esta es doctrina católica, y no lo es su negación o intencional olvido.

Ahora bien, en lugar de considerar esta doctrina de los deberes de los súbditos en orden a hacer valer los derechos de Dios; en lugar de tener en cuenta que no pocos santos la aplicaron, sin mengua de su obediencia a la Iglesia Jerárquica, sino por fidelidad a la misma; en lugar de discernir que de la enérgica y necesaria reprobación de los errores de ciertas autoridades eclesiásticas no se sigue la negación o el cuestionamiento de la Iglesia Jerárquica, per se, intrínsecamente y en su totalidad; en lugar, en síntesis, de dirigir la censura a los heresiarcas y rescatar la actitud de quienes para preservar a la susodicha Iglesia Jerárquica cumplen con el deber de señalar públicamente los extravíos, los necios nos condenan diciendo que no se puede “desautorizar públicamente a los superiores jerárquicos, ni criticar sus enseñanzas”.

Lo peor de todo es que para darle carácter apodíctico a este juicio —que contradice, como vimos, expresa enseñanza de Santo Tomás y del Magisterio— invocan a veces los necios “la regla 10ª para sentir con la Iglesia” (Ejercicios Espirituales, nº 362). Pero dicha regla de San Ignacio se refiere a la obediencia a las autoridades legítimas, punto que aquí no está en discusión. Y en plena congruencia con la doctrina antes asentada sobre los deberes de los súbditos, concluye aclarando: “de manera que, así como hace daño el hablar mal, en ausencia, de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas”.

Un autorizado comentarista ignaciano, el célebre escritor ascético, R.P. Mauricio Meschler S.J, ha precisado sobre el particular: “lo que el Santo recomienda aquí [en la Regla nº 10, E.E, nº 362] es un principio conservador de gran valía; se refiere a la observancia del cuarto Mandamiento de Dios, del orden y de la paz del pueblo cristiano. Tal espíritu de sumiso respeto a las autoridades constituidas siempre ha sido una prueba del genuino sentimiento cristiano católico. Siempre ha salido la Iglesia en defensa de la obediencia debida a la autoridad. Por esta razón, el que legítimamente advirtiera o hiciera advertir a los superiores sus yerros, sería muy benemérito así de la sociedad como de la Iglesia” (Mauricio Meschler y Enrique Pita, Sentir con la Iglesia y Discernimiento de Espíritus según San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Editora Cultural, 1943, pág. 40).

Porque, además, así como aplican indebidamente los necios la Regla nº 10 de San Ignacio, indebidamente aplican también el versículo 26,31 de San Mateo: “heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”, para hacernos responsables del “pecado abominable a los ojos de Dios” de “censurar públicamente a la Jerarquía, incitando a la confrontación y a la división del Cuerpo Místico”.

Pero dicho pasaje del Evangelio de San Mateo tiene precisamente otros destinatarios, pues es dolorosa y profética respuesta de Cristo a la promesa de los Apóstoles de no escandalizarse de Él, “aunque todos se escandalizaren en Ti”.

El Señor entonces le asegura con tristeza a Pedro, portavoz de los Apóstoles en la escena, que “esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. “La fe de esta predicción” —comenta Santo Tomás de la mano de San Jerónimo y de San Hilario— “estaba fundada en la autoridad de una antigua profecía; por eso añade: hiere al Pastor y las ovejas se descarriarán” (Santo Tomás, Catena Aurea, II, 2, Mateo XXVI, v. 30-35). Es a los sucesores de los Apóstoles, según este oportuno texto, a quienes hay que recordar que no nieguen a Cristo ni se escandalicen de Él, pues de lo contrario se dispersarán las ovejas.

En 1970, el notable Carlos Alberto Sacheri, escribía su libro La Iglesia Clandestina, en el cual, con documentación fidedigna de toda índole, denunciaba el aparato marxista-tercermundista, compuesto por sacerdotes y hasta por obispos, que socavaba los cimientos mismos de la Esposa de Cristo. También –o tal vez, principalmente, por este libro, lo asesinaron. Ahora bien; a Carlos Alberto Sacheri, que dio su sangre por Cristo Rey, quitándoles las máscaras a estos lobos, ¿también se le aplica la Regla nº 10 de San Ignacio, el versículo de San Mateo y los epítetos vulgares con que los necios quieren acallarnos? Curioso razonamiento: si un Cardenal de la Santa Madre Iglesia predica heterodoxias, y obra iniquidades, los necios jerárquicos se llaman a silencio. Si un laico recuerda la ortodoxia, es pecado abominable.

3º.- Suelen aducir los necios que con estas denuncias les hacemos el caldo gordo a los enemigos de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas, judíos y masones, ateos y gnósticos —y toda la gama posible de enemigos de la Iglesia— son los socios habituales de nuestra Jerarquía. Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros.

No necesitamos agregar tampoco hasta qué punto —en nombre del ecumenismo y desfigurándolo, en nombre del diálogo interreligioso y corrompiéndolo— se ha dado pasto en abundancia a las fieras anticatólicas, desde las mismas autoridades eclesiásticas. El caldo gordo del enemigo lo cocinan muy bien los pastores devenidos en mercenarios.

Bergoglio se sabe papabile. Toda la primera parte de su libro está dedicada a probar que estuvo muy cerquita de suceder a Juan Pablo II. Hay quienes dicen incluso que, El Jesuita, pretende ser su plataforma electoral para el próximo Cónclave. Al mejor estilo de los purpurados europeos, como Giacomo Biffi con sus más que interesantes y aprovechables Memorie e digressioni di un italiano cardinale, Su Eminencia ha querido tener su propio relato biográfico. Este es el peligro que debe movilizarnos: que un enemigo declarado de la Verdad como el Cardenal Bergoglio pueda presentarse impunemente como papabile. ¿Cuál es la parte que no entienden los múltiples necios que dicen que desenmascarar a un enemigo es hacerles el caldo gordo a los enemigos? ¿Cuál es el principio de identidad y de contradicción del que no llegan a percatarse?

4º.- Una aclaración postrimera nos queda en el tintero y hemos de reiterarla. No nos causa alegría andar de desencuentro en desencuentro con curas y obispos, incluso con algunos de estos últimos, con quienes habiendo tenido cierta amistad o trato cordial antes de que fueran investidos, nos niegan ahora como si estuviéramos leprosos. Tampoco nos causó alegría en su momento el haber tenido que salir públicamente a discrepar con el Santo Padre por el tratamiento de la cuestión judía.

Somos nadie para decir estas cosas. Individualmente considerados, carecemos de todo rango, de todo encumbramiento y, se quiere, de todo mérito o autoridad. Pero no es nuestra valía personal lo que aquí está en juego, ni nos importa defender prestigios subjetivos. En esto, coincidimos con Federico Mihura Seeber: “Nuestro móvil no puede ser ya más la fama […] Trabajamos, sin duda que en la tierra, pero para la Ciudad que baja del Cielo” (De Prophetia, Buenos Aires, Gladius, 2010, pág. 250).

No hemos sido educados para tener que rebelarnos contra curas y obispos, sino para arrodillarnos frente a la Jerarquía, orgullosos de la sujeción y del honor de poder rendir nuestros servicios. Nos lastima hasta la fibra más honda del alma constatar que, en líneas generales, nuestros pastores y clérigos son medrosos, ambiguos, heresiarcas y hasta poco o nada viriles, como diría Santa Catalina de Siena. Tal situación nos provoca una desazón y un tormento que, insistimos, sólo Dios conoce, y sólo El sabrá porqué lo permite.

Pero no debemos callar. En nombre propio, en el de los tantos y tantos que padecen similar dolor, en el de nuestros maestros mártires y en el de nuestros potenciales discípulos. No debemos callar, porque la esperanza está puesta en el triunfo de la Verdad Crucificada, oportuna e inoportunamente testimoniada. No debemos callar ni retroceder, porque a pesar de la jerarquía prevaricadora y de sus obsecuentes necios, alguien tiene que decir la Verdad.

domingo, 30 de mayo de 2010

Sermones católicos


FIESTA DE LA
SANTÍSIMA TRINIDAD


Celebramos, festejamos y honramos hay el misterio más grande e importante de nuestra santa religión: el misterio de la Santísima Trinidad.

Antes de desarrollar el punto central de nuestra fiesta, cabe preguntar, en primer lugar, ¿qué es un misterio?

Un misterio, en general, es una verdad que es imposible comprender y demostrar naturalmente.

Sabemos que la naturaleza creada tiene secretos impenetrables; somos testigos de que toda cosa presenta un lado misterioso.

El hombre, por muy sabio que sea, no conoce nada en su total profundidad: la esencia de las cosas se le escapa.

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la luz, el calor, la electricidad? Tantas cuestiones que se ocultan a la penetración humana, incluso de los científicos.

¿Qué debemos concluir, entonces?

Que si el mundo, que es finito, contiene tantas oscuridades para nuestra escasa inteligencia, no debemos asombrarnos de encontrar el misterio cuado se trata de Dios, que es Ser Infinito.

Avancemos un paso más, ¿qué es un misterio de la religión?

Es una verdad revelada por Dios, que debemos creer, aunque no podamos ni comprenderla ni demostrarla.

Es una verdad que no podríamos conocer, si Dios no la hubiese manifestado y enseñado.

Es una verdad que nunca podremos abarcar ni penetrar en su totalidad.

Los principales arcanos de la religión son los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención.

El primero y más grande de estos tres misterios es el misterio de la Santísima Trinidad, porque constituye la vida divina en sí misma, que los dos otros presuponen.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un único Dios en Tres Personas distintas.

Desde los Apóstoles hasta nosotros, la Iglesia siempre ha profesado la creencia en este sublime misterio, como se lo ve en sus símbolos, en su liturgia y en las declaraciones de sus concilios.
Creemos firmemente y reconocemos que no hay más que un único Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo; Tres Personas, pero una única sustancia, una única naturaleza.
La Santa Iglesia expone el misterio de la Santísima Trinidad en estos términos:
La fe católica es que adoremos un único Dios en Tres Personas y Tres Personas en un único Dios, sin confundir las Personas ni dividir la sustancia.
¿Qué quiere decir la palabra Trinidad? Este término significa tres en la unidad.

Ahora bien, en este misterio, ¿a qué se aplica la Unidad? La unidad se aplica a la sustancia, llamada también naturaleza, esencia.

Así pues, en la Trinidad sólo hay una única sustancia, naturaleza, esencia divina, una única divinidad.

En este misterio, ¿a qué se aplica la distinción? La distinción se aplica a las Personas, a las procesiones, a las relaciones, a los nombres, a las misiones divinas.

En Dios hay Tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Una es la Persona del Padre, otra es la del Hijo, otra la del Espíritu Santo.
Cada una de estas tres Personas, ¿es Dios? Sí, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.

Pero, las tres Personas divinas, ¿son tres dioses? No, no son tres dioses, sino un sólo y mismo Dios.

¿Por qué son un sólo y mismo Dios? Porque tienen una sola y misma naturaleza, una sola y misma divinidad.

Dice el Prefacio de la Santísima Trinidad:
Te damos gracias a Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, eterno Dios, que con tu Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo, eres un solo Dios, un solo Señor; no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. Confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la Esencia, y la igualdad en la Majestad.
Alguna de estas Tres Personas, ¿es más antigua, más poderosa, más perfecta, que las otras dos? No, las tres Personas divinas son iguales en todas las cosas.
Cual es el Padre, tal es el Hijo: y tal el Espíritu Santo.
El Padre no criado, el Hijo no criado: y el Espíritu Santo no criado.
El Padre inmenso, el Hijo inmenso: y el Espíritu Santo inmenso.
El Padre Eterno, El Hijo Eterno: y el Espíritu Santo Eterno.
Con todo eso no son tres eternos: mas un eterno.
Como no hay tres inmensos, ni tres increados: mas un inmenso, y un increado.
La distinción de las Personas divinas, ¿destruye la unidad de Naturaleza? No, ya que al mismo tiempo que son distintas por sus relaciones incomunicables y por sus propiedades personales, las Personas divinas son iguales por su naturaleza y sus perfecciones absolutas.

El Padre comunica a su Hijo toda su naturaleza y todas sus perfecciones; y el Padre y el Hijo comunican al Espíritu Santo, que procede de Ellos dos, esta misma naturaleza y estas mismas perfecciones.

¿Qué se entiende por procesión divina? Por esta expresión debe entenderse la producción de una Persona divina por otra.

En Dios hay dos procesiones: la del Hijo y la del Espíritu Santo.

El Padre no procede de nadie: es no nacido, es decir, Principio sin principio.
El Padre de nadie es hecho, ni criado, ni engendrado.
¿Cómo procede el Hijo del Padre? El Hijo procede del Padre por vía de generación. Dios Padre, contemplándose, reproduce en sí mismo su propia imagen, perfectamente igual, consubstancial. Esta imagen viva y subsistente es su Hijo:
El Hijo es de solo el Padre: no hecho, ni criado mas engendrado.
¿Cómo procede el Espíritu Santo del Padre y del Hijo? El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor. El Padre y el Hijo se aman infinitamente, y aspiran el uno hacia el otro, con el fin de ser un solo y mismo espíritu.

Este amor del Padre y del Hijo, viviente y subsistente, es el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es del Padre, y del Hijo: no hecho, ni engendrado, sino procedente.
¿Por qué en Dios no hay sino dos procesiones? Porque no hay en Él otras operaciones internas que conocer y amar.

La actividad interna de Dios no tiene ya más que operar cuando, por el entendimiento, produce la Persona infinita del Hijo, y, por el amor, la Persona infinita de Espíritu Santo.

Ahora bien, el misterio de la Santísima Trinidad, ¿es contrario a la razón? No. Está por sobre la razón, pero no es contrario a la razón; no es absurdo.

Se objeta que hay contradicción en decir que tres son uno.

Sin embargo, la contradicción existiría, si afirmásemos que tres personas hacen una persona; o que una naturaleza hace tres naturalezas.

Creemos, lo que es bien diferente, que Dios es Uno en Tres Personas; que hay Tres Personas en Dios; que la Unidad se refiere a la Naturaleza, y la Trinidad a las Personas.

El misterio de la Santísima Trinidad es incomprensible, pero no es ininteligible; podemos tener, por analogía, alguna idea imperfecta.

¿Cuál es la imagen más significativa de la divina Trinidad? Es el alma humana.

Recordemos que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y entonces, al igual que Dios, el alma se conoce y se ama.

Hay en ella un principio que piensa, un pensamiento engendrado por ese principio y el amor que procede de ese principio y este pensamiento; pero no son tres almas, sino una sola alma, una única esencia.

Y nos preguntamos ¿si hay vestigios de la Santísima Trinidad en el resto de la creación? Y respondemos que sí, ya que hay numerosos ejemplos de la unidad en la triplicidad:

— el ser, con sus tres trascendentales: la unidad, la verdad y la bondad;

— la naturaleza con sus tres reinos: el mineral, el vegetal, el animal;

— la materia con sus tres estados: el sólido, el líquido, el gaseoso;

— el espacio con sus tres dimensiones: la longitud, la anchura, la profundidad;

— el tiempo con sus tres períodos: el presente, el pasado, el futuro.

Toda la creación, pues, con el hombre resumiéndola y representándola, canta la gloria de la Santísima Trinidad:

¡Bendecida sea la Santísima Trinidad y su indivisible Unidad! Glorifiquémosla, porque hizo resplandecer sobre nosotros su misericordia.

Concluyamos con la oración de la Iglesia en la santa Liturgia:
Dios todopoderoso y eterno, que por la confesión de la verdadera fe, diste a tus siervos conocer la gloria de la Eterna Trinidad, y de adorar la Unidad en el poder de tu majestad soberana; haz, te suplicamos, que, consolidados por la firmeza de esta misma fe, seamos siempre defendidos contra todas las adversidades.

Un Sacerdote Fiel

sábado, 29 de mayo de 2010

Argentina tiene héroes


1947 - 28 de mayo - 2010

ANIVERSARIO
DEL NACIMIENTO

DEL CAPITÁN
PEDRO GIACHINO


Entre tanta basura del bikirchnenario,
un recuerdo para un grande de verdad.


Capitán Pedro Edgardo GIACHINO:
que su alma y el alma de todos los fieles difuntos
por la misericordia de Dios
descansen en paz. Amén.

ARGENTINO, NO TE RINDAS

¡VIVA LA PATRIA!

viernes, 28 de mayo de 2010

Revolución cultural


LEYES DE EDUCACIÓN Y
OTRAS HIERBAS PARALELAS


“Para vivir así prefiero irme a Rusia,
donde florece el despotismo puro,
sin la baja mezcla de la hipocresía” (Abraham Lincoln)


Cecil Rhodes exigió en su “Testamento Político”: “Establecer un Trust con el objeto de crear, promover y desarrollar una Sociedad Secreta, cuyo verdadero fin será la extensión del Imperio Británico por todo el mundo y especialmente la ocupación por colonos británicos de todo el Continente de África, la totalidad de la América del Sur y, finalmente, la recuperación de los Estados Unidos de América como parte integral del Imperio Británico”.

Claro que esto no es tan sencillo. Antes se debe lograr la desintegración de los Estados Nacionales, y esto, a su vez, no es posible sin la aprobación de sus respectivos pueblos.

Precisamente, ésta es la misión de la Guerra Política Psicológica y Cultural, siendo la primera de nivel táctico, es decir, dirigida contra un sector de la población, en ciertas circunstancias de tiempo y lugar, mientras la segunda es de nivel estratégico, encargada de hacer añicos la cultura secular de un pueblo.

A tal efecto, el Imperio Británico dispone del Instituto Tavistock de Londres, cuyo trabajo consiste en realizar estudios y experimentos en ciencias de la conducta humana, incluyendo técnicas destinadas a modificarla, en forma individual o colectiva. Utiliza las mismas con el fin de dañar la unidad familiar y los principios de religión, honor, patriotismo y los hábitos sexuales normales, induciendo al abandono de relaciones estables y a la capacidad del individuo de crear una familia, ya que —y esto no constituye ninguna novedad— una persona sana está dispuesta a realizar, por sus hijos, sacrificios que no haría por sí misma.

Precisamente la modificación de estos principios es lo que proponía Samuel Huntington, como “cambio de paradigmas”, cuando en su informe de 1975 manifestaba que “el funcionamiento efectivo de un sistema político democrático requiere por lo general medidas de apatía y no compromiso por parte de algunos individuos o grupos”. Curiosamente, Mr. Kirchner expresó (o informó) en su discurso ante la 61ª Asamblea General de la ONU: “luego de más de dos décadas de vigencia de la democracia en Argentina, vivimos desde el 2003 un verdadero cambio de paradigma” (sic) (“La Prensa”, 21 de septiembre de 2006).

El Tavistock Institute posee una extensa red en Estados Unidos, que incluye, entre otros, al MIT, Standford Research Institute, Hudson Institute, Center of Strategic and International Studies —al que perteneció la actual ministro de Defensa Nilda Garré— etc. Tienen especial interés para nosotros dos instituciones de la red, denominadas National Training Laboratories (NTL) y el Institute for the Future. El propósito fundamental del primero es el manejo psicológico de líderes del gobierno e institutos educativos, controlando la National Education Association (Asociación Nacional de Educación), la agrupación más grande de maestros de Estados Unidos. También se lo llama International Institute for Applied Behavioral Sciences, Instituto Internacional de Ciencias Aplicadas del Comportamiento. Cabe preguntarse si el Instituto Nacional del Docente propuesto por la nueva ley de educación no seguirá la misma inspiración.

La segunda no es una típica institución de la red Tavistock, ya que ésta es autosuficiente y aquella está financiada por la Fundación Ford (FF), pero su interés consiste en que promueve, entre otras cosas, la legalización del aborto y de la homosexualidad, la despenalización de las drogas, etc.

Carlos M. Acuña en su “Verbitsky, de La Habana a la Fundación Ford” (pág. 96) cita, del libro “La Agenda Sexual”, de Wright Patman, representante de Texas, lo siguiente: “Las familias norteamericanas observan la magnitud del problema en las escuelas públicas, donde los niños están obligados a recibir información sobre sexo explícito y orientación sexual, una cuestión inducida —inimaginable años atrás— que se instaló en la sociedad gracias a las presiones surgidas de determinados sectores”. Y continúa: “el Consejo para la Información y Educación Sexuales de los Estados Unidos recibió subsidios de más de un millón de dólares por parte de las Fundaciones Ford, Hewlett, Mc Arthur y Kaiser”. Además, “la Comisión Especial de la Cámara de Representantes de Estados Unidos (1954) determinó, entre otras cosas que las Fundaciones Ford, Carnegie y Rockefeller otorgaron becas para financiar experimentos que tengan por objeto determinar el medio más eficaz para que la educación preste servicios de naturaleza política: cambiar los planes de estudios con el objeto que negaran los principios que subyacen en el estilo de vida norteamericano, desacreditar las tradiciones, afianzar el internacionalismo, etc… y entrenar personas y agencias de servicios para asesorar al Poder Ejecutivo del gobierno nacional” (cfr. Alan Jones, “Cómo Funciona Realmente el Mundo”, págs. 71-72).

De paso, digamos que la Fundación Ford nació, en parte, para hacerse perdonar sus simpatías hitleristas. En efecto, la Ford trabajaba en Alemania como Taunus (y la General Motors como Opel), abarcando entre ambas el 70% del mercado automotor alemán y continuaron haciéndolo durante la guerra, período en que Edsel Ford, hijo de Henry, era director de la filial en Estados Unidos de IG Farben de Alemania. Luego se dedicó a financiar programas de orientación marxista, por ejemplo, vinculándose con el gobierno de Salvador Allende en Chile. En 1966, su dirección pasó a McGeorge Bundy, ex Consejero de Seguridad Nacional durante las presidencias de J.F. Kennedy y Lindon Johnson, condiscípulo de George Bush padre, y miembro, como éste, de Skulls & Bones (Cráneos y Huesos), una de las sectas de dicha Universidad, de donde surgen la mayoría de los que van a ocupar puestos en el gobierno y la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos. Durante su gestión, la Fundación Ford gastó cientos de millones de dólares en movimientos ambientalistas y programas de despoblación del Tercer Mundo. Según el autor norteamericano James Petras la Fundación Ford, entre otras travesuras, además de aportes financieros a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y de su relación con la CIA, le ha dado a Horacio Verbitsky la conducción del CELS, subsidiándolo desde 1981.

Pues bien, volviendo al tema de la educación, el máximo éxito de la Guerra Política Cultural y Psicológica consiste en que el enemigo —entendiendo como tal a todo aquel que se oponga al Nuevo Orden Mundial— piense y actúe de acuerdo a sus deseos, y su máximo objetivo es imponer una Cultura de la Decadencia, es decir que un pueblo pierda su espíritu de lucha y se deje marginar sin enfrentamiento.

Por eso no debe sorprender que el bloque que responde a Mr. Kirchner se haya negado a discutir puntos por separado del proyecto de ley, ya que éste constituye una estructura, un sistema en el que cada parte sostiene al todo y el todo a cada parte. Tampoco debe sorprenderse la Senadora Delia Pinchetti —a quien agradezco por su oposición— por la celeridad con que se trató el asunto. Baste recordar que el acuerdo entre el Reino Unido y Argentina, virtual tratado de paz por la guerra de Malvinas, se firmó entre Sir Crispin Tichelle y Lucio García del Solar (CARI), el 15 de febrero de 1990 (Tratado de Madrid) en 24 horas, sin intervención del Congreso, lo que dio lugar a que alguien pensara —vaya uno a saber por qué— que “ya estaba todo cocinado”.

En fin, si se permite que se vayan dando todos estos pasos, se llegará a la instancia en que el Nuevo Orden Mundial se constituya en una realidad plena y entonces, sí, los devotos de esta democracia formal se podrán olvidar hasta de la ilusión de la mascarada de las elecciones, ya que el gobierno totalitario mundial y sus leyes les serán impuestos sin concesiones, “floreciendo el despotismo puro”, del que hablaba Lincoln, “sin la baja mezcla de la hipocresía”.

Luis Antonio Leyro

martes, 25 de mayo de 2010

Editorial


CONTRA EL
CUARTO JINETE

Habiendo ya eufemismos para todo —y tanto más efectivos si pueden ser pronunciados en inglés— se ha dado en llamar reality shows a la exhibición televisiva, promiscua y continua, de un puñado de seres abisales, dispuestos a mercar con la impudicia. La degeneración y la desvergüenza han encontrado así una nomenclatura elíptica, para que el negocio continúe, la corrupción aumente y la animalización se instale ya sin sobresaltos. Pues ausenten el pudor en la intimidad, en los vestidos y en el lenguaje —los tres ámbitos que naturalmente está llamado a custodiar— no queda el hombre sino la bestia.

Cuesta muy poco trasladar este fenómeno mediático, y la descalificación que de él hacemos, al ámbito político. Porque oscilando sus protagonistas entre lo indecente y lo lúbrico, ha devenido en una vulgar mezcolanza de brutos en pugna por su ración. Visibles ellos a toda hora, con sus descaros, sus molicies y sus guaranguerías múltiples, desfilan amontonados, ante los ojos estupefactos de la ciudadanía. El títere que funge de presidente, el reo que oficia de ex mandatario, la banda delictiva que canturreando se le solidariza, la crapulosa oposición que lo acusa, la justicia otrora afín que lo acorrala, la Corte que le guiña tranquilizadoramente un ojo, el preso que simula inocencia y el libre que disfruta de su impunidad, el general que sin motivos le pide perdón a la colectividad judía, el banquero que se declara inocente acomodando fajos malhabidos, la diputada de “comunión diaria” respaldando leyes proabortistas y antinatalistas, el terrorista devenido en fiscal, el agitador estudiantil en ministro de educación y el desertor escolar en secretario de cultura.

No faltan las acusaciones entre ellos, ni tampoco los connubios carnales, los llantos fingidos, las sobreactuaciones ramplonas. Reproches y confesiones recíprocas abundan, amén de maridajes, rupturas y ardides de bajo vuelo. Y para que el símil con la parodia televisiva sea completo, un hermano mayor vigila todo realmente, no para mediciones de audiencia sino de ingresos en las arcas del Fondo Monetario. Es el reality show de la democracia, el sucio espectáculo del sistema, la inmoral representación del Régimen, la indecorosa función montada por el Modelo.

Mas como de la supervivencia del Modelo se trata —aunque perezca la Nación y quede sepultada su honra— el mismo va rotando sus garantes, nombrados oportunamente por la plutocracia, según conveniencias. Ora un atildado burócrata de pusilánime aspecto, ora un científico del vasallaje, ora un semblante adusto para anunciar catástrofes, lo mismo da. No hay diferenciaciones accidentales que puedan engañar al observador atento. Como los jinetes de un apocalipsis profano y subvertido, esto es, de una revelación inmanente y maldita, los ministros de economía van sembrando a su paso señales trágicas y augurios funestos. Cabalgan malamente, pisoteando por encargo una tierra que debió resultarles propia y han enajenado a sabiendas. Portan sus bridas los mercaderes apátridas, que aporrean cada tanto al montado, si su paso no es todo lo dócil que se requiere. Galgueando tras ellos, la partidocracia toda. El Congreso por establo, que olores no le faltan al efecto.

Ha resultado ser el cuarto de la serie jineteril un conocido caballista, inarmónica mezcla de plebeyo alucinado, de activista mitómano y de ególatra componedor de expoliaciones. Con nada de caballero y todo de montador al servicio de la trilateral extranjería. Sin corcel brioso ni soberano que lo transporte, antes un jumento vil privatizado y con amo exigente. Su nombre es muerte, si ha de aplicársele sin irreverencia alguna la visión de San Juan. Y la muerte que traerá se llamará también hambre, persecución y peste. Herida letal al alma, como nos lo ha interpretado Castellani.

Es hora de impedirle el galope depredador y el estropicio. A él, y a quienes lo mandan y secundan. A él y a este Modelo innoble para el que sirven de palafreneros a sueldo. Y de impedírselo con la concertación de todas las conductas argentinas, movilizadas en un repudio unánime, sostenido, constante.

Por si desfallecieran en el intento las fuerzas humanas, bien estará recordar —ya sin aplicabilidades forzadas ni metáforas terrenas— que el mismo sacro texto, nos habla de “un caballo blanco, y el jinete sobre él, llevando un arco. Y le fue dada la corona, y salió vencedor y para vencer” (Apocalipsis, 6, 2). No habrá cuadrúpedo que pueda resultarle antagonista.

Como es seguro que despida estas líneas la eterna risa burlesca de los “estrategas de la praxis política”, sirva recordar una vez más la conocida sentencia de León Bloy: “cuando quiero enterarme de las últimas noticias, leo el Apocalipsis”.

Antonio Caponnetto

domingo, 23 de mayo de 2010

Sermones de Pentecostés


EL SANTO DÍA
DE PENTECOSTÉS

El Espíritu Santo desciende visiblemente sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, porque los llena de verdad y los dispone a dar testimonio de Jesús y también porque el Espíritu Santo viene a henchir de amor los corazones de los discípulos.


Es el amor personal, subsistente, de la vida divina. Es también como el soplo, el aliento del amor infinito, de donde recibimos la vida.


En el día de Pentecostés, el Espíritu divino traía abundancia tal de vida a la Iglesia entera que, para significarla, “un ruido venido del cielo, semejante a un viento huracanado, llenó toda la casa en donde se encontraban reunidos los Apóstoles”.

Al bajar sobre ellos el Espíritu Santo, les infundió este amor que es Él mismo. Preciso es que los Apóstoles ardan en amor divino si han de predicar el nombre de Jesús, y prender el amor de su Maestro en el alma de sus oyentes; es menester que su testimonio, dictado por el Espíritu Santo, esté tan lleno de vida que arrastre el mundo entero hacia Jesucristo.

Este amor, ardiente como el fuego, poderoso cual viento de tempestad, es aún necesario en los Apóstoles para poder afrontar los peligros predichos por el Cristo, cuando tuvieren que predicar su santo nombre.


Dom Columba Marmión
(Tomado de “Palabras de Vida inspiradas en el Misal”)

viernes, 21 de mayo de 2010

La verdadera historia


ROSAS: SU AUSENCIA
DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO

Estallado el movimiento revolucionario de 1810 (Rosas tenía 17 años), el patricio mantúvose en verdad, alejado de él y, este hecho, común en otros próceres, ha sido un arma de que se han valido sus detractores para acusarle de antipatriota.
Conviene, pues, tratar este punto trascendental de su vida, analizándolo con libertad de pensamiento y desprovisto de toda pasión ideológica. Criado en un hogar patriarcal (hasta lo reconoce Rivera Indarte, lo que es mucho decir), tradicionalista por excelencia; respetuoso y obediente par su rey y señor; creyente en la más amplia acepción de la palabra, consideró a la Revolución de Mayo, al igual que sus padres, no como un sincero anhelo de libertad, sino como una rebelión de aquellos elementos liberales que traían al seno de Buenos Aires las nuevas ideas implantadas por los republicanos franceses. En la solariega casa de los Ortiz de Rosas, éstas no debían ni podían tener entrada, porque significaban establecer modalidades contrarias a las normas de vida ancestrales. Toda idea de alzamiento era inadmisible: constituía un sacrilegio.

Respetuoso de la tradición familiar, obediente para con sus padres, ¿quién puede afirmar que no tuvo que sofrenar los impulsos de su corazón y someterse merced a su edad, a la voluntad férrea de ellos? Otro razonamiento es inconcebible ante su actuación en las horas críticas de las invasiones inglesas y posteriormente, gobernante ya, encarando resueltamente a Francia e Inglaterra, para defender nuestra soberanía.

Por otra parte, ¿qué podía pensar el joven Alférez de los Migueletes acerca de la finalidad del movimiento, cuando apenas comenzado, se suscitaban tan ambiciosas divergencias entre saavedristas y morenistas? ¿Acaso no fueron ellas las avanzadas de las disensiones que luego, durante largos años ensangrentaron la patria, comprometiendo en ciertos momentos la magnífica epopeya del Libertador?


Y por encima de estas apreciaciones, se encuentra la principal y fundamental: su corta edad y su falta de independencia. Podrá argüirse que otros jóvenes de 14 y 15 años marcharon en las dos primeras expediciones al Alto Perú, pero no debe olvidarse que éstos habían abrazado la carrera de las armas, mientras Rosas, ganó su jerarquía en tiempos de guerra, y terminada ésta, se reintegró a la vida civil.

Conviene recordar un hecho que lógicamente tuvo que impresionar al patricio, y que no ha sido criticado por sus enemigos, siendo más que probable que le haya servido de ejemplo, para cuando en el ejercicio del poder, se vio obligado a castigar a levantiscos e insurrectos.

Nos referimos al injusto fusilamiento de Liniers y demás camaradas primero y el análogo procedimiento observado con los jefes realistas después de Suipacha, que sesenta y siete años más tarde en el exilio le hacen exclamar conmovido: “¡Liniers! ilustre, noble, virtuoso a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad, sin olvidarlo jamás…” (Ignacio Núñez, Noticias Históricas).


Estos actos, calificados con justicia por A. Zinny en su Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas, de indignos y cometidos por los hombres de Mayo, negando a los prisioneros el elemental e indiscutible derecho de defensa, no obstante obrar en cumplimiento de su deber, jamás han sido comentados como se merecen, pero Rosas que nunca fue rebelde, apoyando siempre los gobierno legales y que sólo ejecutaba, como cualquier otro gobernante, a los que se sublevaban y le combatían sin razón, después de dispensarles toda clase de consideraciones (como en el caso del Coronel Maza), es un bandido, un asesino, un criminal. (Véase cualquiera de las seudohistorias argentinas que permiten su venta en librerías).

Lo más original de este asunto lo constituye el hecho de que la Junta de Mayo, osando y abusando de la suma del poder que nadie le otorgó, decretó la pena de muerte sin juicio previo a quien se opusiera a los planes revolucionarios, mientras que Rosas, si ejerció esas mismas facultades, lo fue con el veredicto popular, después de un plebiscito. Hay que agregar: alejado del foco principal, donde se gestó y ejecutó el primer grito de libertad, su permanencia constante en el campo y la falta de comunicaciones, le impidió participar en un movimiento, cuyos procedimientos manu militari eran llevados al terreno de la indignidad, y menos instruirse de sus verdaderos fines. No hay que dudar —porque dio pruebas— de que convencido de la sinceridad de los propósitos revolucionarios, hubiera corrido a empuñar las armas por la independencia de su patria.

Lo acontecido a Rosas, se repite muchas veces en nuestra historia, con la diferencia que, gozando los otros, unitarios, del beneplácito de sus contemporáneos e historiadores, su retraimiento en esas horas de angustia, lo han pasado deliberamente por alto.

¿Fue un mal patriota porque no actuó en las luchas por la libertad argentina? ¿Y si lo hubiera hecho? De seguro que le hubiera pasado lo que a Quiroga, Bustos, Ibarra, etc., que, por buenos federales y su posterior actuación, “desdoraron” sus uniformes —según los unitarios— aunque sin traicionar al terruño, borrando señalados servicios. ¿Quién entiende a nuestros historiógrafos?


El General Alvear, que según sus biógrafos, regresó al país con San Martín para actuar en la campaña de la independencia ¿qué servicios prestó? ¡Ninguno! Salvo que se califique de tales, entrar triunfante en la ciudad de Montevideo, después que Brown había destruido la escuadra española y que el benemérito Brigadier General don José Casimiro Rondeau diera término virtual al sitio. ¿Será servir a la patria ofrecerla a los ingleses —como lo hiciera aquel General—, a los escasos tres meses de gobierno o aliarse a elementos antinacionales encabezando asonadas para apoderarse del gobierno de Buenos Aires, de donde se fugara para evitar ser colgado por su inocultable tentativa de traición? (Véase la parte pertinente a las cartas dirigidas al ministro británico en Río de Janeiro y publicada fragmentariamente por R. Levene en su Historia Argentina).


Sin embargo bastó la batalla de Ituzaingó ganada por la iniciativa de los jefes de unidades, como lo dice el General Paz en sus Memorias (pese a que intente desvirtuar este hecho el extinto erudito y distinguido militar, Coronel Juan Beverina), para quedar redimido a los ojos liberales de la posteridad.

¿Y el General Martín Rodríguez, por qué no formó en el Ejército de los Andes, verdadera campaña de la independencia? ¿Y Julián Segundo de Agüero, el cura apóstata, que tuvo temor de emitir su voto en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 (hasta súbditos españoles tuvieron el coraje de hacerlo), retirándose en plenas deliberaciones, para mostrar recién su patriotismo en 1817, cuando San Martín había triunfado en Chacabuco, y estaba respaldado ante cualquier peligro? Sin embargo ¡son próceres!

¿E Hipólito Buchardo, que en el combate naval de San Nicolás, cometiendo una verdadera deserción frente al enemigo, merecedora de la pena de muerte, se retiró en plena acción, contribuyendo a la derrota de la primera escuadrilla naval y al cautiverio de su jefe, Azopardo, por espacio de ocho años? ¡Bastó no obstante un poco de valor en San Lorenzo y arrebatar la bandera a los realistas, para que sea considerado un glorioso soldado!

¿Y el endiosado Mariano Moreno, de cortísima actuación, que en las invasiones inglesas se mantuvo refugiado en su casa? ¿Por qué es la primera figura de la Revolución? Todo lo que de él han dicho sus admiradores, no basta para disculpar su notoria cobardía.

En cambio a Rosas, que nunca intentó entregar la Patria y que sostuvo con honor su integridad moral y material, que jamás se alió a potencias extrañas para mantenerse en el poder y combatir a los rebeldes, se le designa con los epítetos más hirientes y oprobiosos.

Pese al poco convencimiento de la sinceridad que atribuyó a los líderes de Mayo, en carta del 2 de Mayo de 1859 destinada a Josefa Gómez (existente en el Museo de Luján), expresaba: “Ninguno de mis padres, ni yo ni mis hermanos y hermanas hemos sido contrarios a la causa de la independencia…” pero sí dejaba sentada su protesta por el desorden social, económico y político imperante después de la revolución: “…Los bienes de la asociación han ido insensiblemente desapareciendo desde que nos hemos declarado independientes; los tiempos actuales no son los de la quietud y tranquilidad que precedieron al 25 de Mayo…” Se da otro sentido a sus palabras: no es oposición a nuestra independencia: es queja, es justa protesta contra el desorden, la traición y la ambición que dominaban en todas las esferas. ¿Cómo podía ser contrario a la independencia si la defendió contra todos los invasores que intentaron hollar el suelo, cuando niño primero y hombre después?

Frente a la forma como se juzgan hechos iguales, en cuanto a Rosas se refieren, nada más oportuno que transcribir las consideraciones justísimas formuladas por el doctor Diego Luis Molinari, en su artículo publicado en la revista Aquí Está: “Juan Pablo López, alias Mascarilla, era un asesino, mientras servía a Rosas, dejó de serlo instantáneamente, apenas traicionándolo, pasó a servir a los unitarios; Guillermo Brown era un héroe en 1829, cuando actuó de gobernador delegado de Lavalle y pasó a ser un vulgar pirata venal, tan pronto comandó en jefe de la escuadra de Oribe; si Rosas empleó la violencia, es un tirano; si la aplica Lavalle es un Libertador. La orden de degüello en frío después de Oncativo es un acto de reparación; pero es una carnicería la cruenta batalla que, en buena lid, como la de Chascomús, ganaron los federales”.

Sus enconados enemigos, en su permanente afán de denigrarle, han relatado detalles de la vida del patricio que, lejos de disminuirle, le honran y enaltecen: así como Rivera Indarte citó como infamante delito, la pena de 25 azotes por una falta doméstica, no tuvo empacho en olvidarla y dedicarle, cuando gobernaba Rosas, la letra del Himno de los Restauradores y, Sarmiento después de volcar su odio en furibundos artículos —por supuesto desde Chile—, terminaba por preguntarse: “¿Qué seres había hecho de los que tomó en sus filas hombres y había convertido en estatuas, en máquinas pasivas para el sol, la lluvia, las privaciones, la intemperie, los estímulos de la carne, el instinto de mejorar? ¿Qué era Rosas para esos hombres? ¿O son hombres esos seres?”


¿Quiere el lector más clara confesión de los méritos y altas cualidades de conductor del injustamente execrado patricio?


Raúl Rivanera Carlés

Nota: Estas líneas han sido tomadas de su libro “Rosas - Ensayo biográfico y crítico del Brigadier General de la Confederación Argentina y fundador del federalismo”, de Ediciones Liding S.A., Bs. As., 1979.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Declaración


LA VERDAD,
SOL DURO PERO CLARO

Son momentos oscuros para la Iglesia. Por una diversidad de razones, de larga y profunda data. Aquello que para algunos amigos entrañables pudo haberles servido de sostén religioso y de contención eclesial, hoy muestra su gravísima crisis. Sin mérito alguno, y con dolor personal, lo supimos hace casi dos décadas. Hablamos privadamente en forma abierta ante quienes podían entendernos sin escandalizarse. Callamos con prudencia que quiso ser virtuosa ante quienes no estaban en condiciones de entendernos. Y comunicamos gradualmente nuestras observaciones ante aquellos que, gradualmente también, podían inteligir el drama. En esto, como en todo, nos seguiremos rigiendo por una máxima inapelable: Roma locuta, causa finita. Y en esto, como en todo, seguiremos pidiéndole al Buen Dios que la caridad prevalezca en nuestros juicios. Que el Espíritu Santo —mediante el Santo Padre— haga prevalecer la pureza y la ortodoxia del clero, y la rectitud de los buenos sacerdotes fundadores. Y que simétricamente, haga justicia, castigando a los protervos y falsarios.
Transcribimos a continuación, sobre tan delicado tema, unas esclarecedoras palabras del Instituto de Filosofía Práctica.

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DECLARACIÓN DEL
INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA
ACERCA DE LA LIBERTAD SEXUAL,
LA PEDOFILIA Y LA HIPOCRESÍA


“Si quieres ganar un millón manda tu hijo a la parroquia por algún tiempo y después ven a nosotros”.
Aviso de un estudio jurídico publicado en un diario norteamericano.

“Cuando en el próximo septiembre venga el Papa al Reino Unido debe bendecir un matrimonio gay, inaugurar en un hospital un pabellón para abortos y además lanzar un nuevo tipo de preservativo llamado Benedict”.
Texto de un funcionario del Foreing Office, inserto en el dossier sobre los preparativos de la visita del Papa a Gran Bretaña y aparecido en el Sunday Telegraph.


Hace rato que socios y amigos se preguntan por nuestro silencio acerca de un tema sobre el cual diarios y revistas martillean en forma cotidiana: la pedofilia, los curas pedófilos, la responsabilidad de la Iglesia Católica en este oscuro y triste asunto. Pero aquí también preferimos esperar que “las brevas maduren”, para poder recoger suficiente cantidad de información útil que nos permitiera reflexionar mejor acerca de la cuestión.

— I —

En primer lugar, entendemos que el tema debemos encuadrarlo dentro de otro más amplio: el de la libertad, y dentro del mismo, el de la libertad sexual.

Existen pocas palabras tan confusas como libertad, porque la libertad del loco es locura, la del traidor, traición, la del santo, ascenso hacia Dios. Todo esto es así porque la libertad es un medio que se juzga por su fin, por su orientación, que puede ser hacia la verdad y el bien o hacia la mentira y el mal; así de sencillo. La primera, eleva al hombre, la segunda lo corrompe.

El hombre puede reclamar a la sociedad que respete su libertad en la medida en la cual ella lo conduzca a su perfección. No puede pedir la tutela social para degradarse.

— II —

Una grave desviación, ya señalada por Aristóteles es identificar el bien con el placer, porque el placer puede ser bueno o malo; el Estagirita nos enseña que pueden considerarse “como improbables todas las proposiciones que sólo pueden ser adoptadas por un corazón depravado y que son contrarias a la conciencia: por ejemplo, que el placer es el bien” (Tópicos, L. VIII, C. X).

Un representante entre nosotros de la identificación del placer con el bien es el Dr. Agustín Gordillo, expulsado por pornógrafo de la Universidad de Buenos Aires, durante el rectorado del Dr. Luis Cabral, y reintegrado con todos los honores por el Dr. Eugenio Buligyn como mártir de la libertad, en los oscuros tiempos de Alfonsín. Para el conocido especialista en Derecho Administrativo, el sexo es el motor de la historia, y “cualquier tipo de actividad sexual que sea gratificante es admisible y valiosa”, excepto que configure un delito.

En la búsqueda del placer identificado con el bien, Gordillo es muy abarcador: “los actos de masturbación, individual o en pareja, de homosexualidad y bisexualidad, de relación oral-genital, anal-genital, de relaciones sexuales grupales, el empleo de elementos o instrumentos coadyuvantes de cualquier índole, la complementariedad de otros elementos eróticos objetivos o subjetivos, todo es admisible…” y concluye su asquerosa argumentación con quejas contra el Estado, la Iglesia, la familia, la escuela, la Universidad que están “al servicio de la represión sexual” (Planificación, participación y libertad en el proceso de cambio, Macchi, Buenos Aires, 1973, pág. 351 y ss).

— III —

Si el placer se identifica con el bien nada más razonable que reclamar la libertad para buscarlo, sin admitir traba alguna, sin límites de sexo, edad, especie. Es lo postulado por el Partido holandés Caridad, Libertad y Diversidad, (Pnvd) partido pedófilo del amor fraterno, de la libertad, de la diversidad. El programa es sencillo: bajar el límite del consenso para los actos sexuales con menores a los 12 años, introducir la zoofilia, o sea la sexualidad con los animales, reclamar la libertad del nudismo, postular la legalización de la pornografía infantil, exigir la educación sexual para los niños, promover la proyección de películas pornográficas en horas diurnas, demandar la liberación de las drogas duras y blandas… El 17 de julio del 2006 los tribunales legitimaron al Partido, el cual, sin embargo, este año 2010 no pudo presentarse a elecciones por no haber conseguido las firmas suficientes.

Respecto a dicha decisión judicial, escribe Marina Corradi que cae el último baluarte: “la inviolabilidad de la infancia”; es la consecuencia práctica de la inexistencia “de ningún valor absoluto en las raíces de la convivencia civil, ya que todo es subjetivo y en nombre de la libertad de los individuos cualquier elección es admisible” (Olanda, sí al partido pedófilo, Corriere della Sera, 16/7/2006). Aquí vemos hasta donde llega una libertad, sin límites ni frenos, divorciada de la verdad y del bien, y advertimos con claridad las consecuencias del relativismo y del nihilismo.

— IV —

Y ahora, un poco de historia. La pedofilia o pederastia existió siempre, desde que existieron los hombres, las mujeres y los menores. Pero es interesante señalar algunos casos, porque hoy, para casi todos los medios de comunicación, es sólo patrimonio de los curas.

Juan Jacobo Rousseau, apóstol de la educación infantil, autor del “Emilio”, escribió complacido haber comprado en Venecia una niña de diez años que lo liberó de la depresión.

Daniel Cohn-Bendit, jefe de las revueltas en París en 1968 y hoy líder de los “verdes” en el Parlamento Europeo, se vanagloria, no sólo de haber recomendado, sino además practicado el sexo con menores cuando era profesor. Mario Mieli, ideólogo y promotor del homosexualismo en Italia, considera una “obra redentora” el sexo intergeneracional con menores.

En 1977, en Francia, Libération publicó un manifiesto en defensa de la libertad sexual y de tres hombres detenidos por tener relaciones con menores. En el mismo, exigían la derogación de leyes anacrónicas que no tenían en cuenta la libertad y la maduración sexual de los chiquilines. Entre los firmantes se encuentran Louis Aragon, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault, André Glucksman, Jack Lang.

— V —

La pedofilia tiene vínculos con el comportamiento homosexual. Según el Gay Report, que con seguridad no tiene prevenciones contra los sodomitas, “las estadísticas muestran que el 23% de los homosexuales y el 6% de las lesbianas habían tenido contactos sexuales con menores”. SIECUS (Sex Information and Educational Council), en los Estados Unidos; “se ha empeñado ya en el año 1970 a proponer como naturales sea los contactos sexuales entre niños, sea la sexualidad intergeneracional” (G. J. M. van den Aargweg, “‘Matrimonio’ omosexuale & affidamento a omosessuali”, pág. 506).

Lo que hoy asombra y repugna es la hipocresía de los habituales apóstoles de la “revolución sexual”, quienes en nuestros días aparecen disfrazados de moralistas escandalizados , señalando sólo los males y el pecado en el seno de la Iglesia, regocijándose y regodeándose en ellos y olvidando toda su obra espiritual y social. Y más aún: en el colmo de su hipocresía, y, sin embargo, siguen postulando el “derecho” de eliminar a los más pequeños entre los pequeños, los engendrados en el seno materno.

— VI —

El tema de la pedofilia sirve hoy como un pretexto más para atacar al catolicismo y especialmente a Benedicto XVI. Las fuerzas oscuras de la impiedad no pueden enfrentarse en forma directa con el Papa-teólogo, a quien, ante los problemas que se plantean, le sobran argumentos naturales y sobrenaturales.

No soportan la coherencia del Pontífice, quien, junto a su obra de limpieza, por tanta porquería acumulada en el seno de la Iglesia, “proclama su magisterio en materia de sexualidad y familia contra el relativismo contemporáneo, recordando que ciertos picos de inmoralidad, verdaderamente terribles, son además el fruto de una sociedad que ha abandonado aquellos principios éticos elementales que unen la sexualidad al amor, a la donación recíproca de sí mismo, y reducen el sexo a mercancía, que puede ser vendida o comprada, a puro placer inmediato y sin futuro”. Y concluye el historiador Carlo Cardia: “Creo que se puede decir que la obra valerosa de Benedicto XVI, su condena a miembros indignos de la Iglesia, refuerzan su magisterio crítico hacia una cultura que todo lo relativiza, que desconoce valores antropológicos perennes, y que se encuentra en el origen de la degradación del hombre y de su ética” (“Gli scandali, gli attachi al Papa e l’universalitá rinata della Chiesa”, en Corriere della Sera, 4/5/2010).

Los casos de pedofilia son hoy los más resonantes, los que meten más ruido, los que causan más escándalo; por eso en ellos se regodean torpes comunicadores sociales, ignorantes periodistas, voraces politiqueros; sin embargo, es un tema más, entre los señalados por Ernesto Galli Della Logia que sirven para atacar a la Iglesia: “el celibato, el machismo, el autoritarismo jerárquico, la manipulación de la verdadera figura de Jesús, la adulteración de los textos fundacionales, la complicidad en la persecución de los judíos, la especulación financiera, el sexismo contra los homosexuales, el desconocimiento del deseo de paternidad y maternidad, la hostilidad al uso de preservativos y, como consecuencia, el apoyo de hecho a la difusión del Sida, la desconfianza respecto de la ciencia, el dogmatismo y la intolerancia congénita” (Un’Italia Anticristiana, Corriere della Sera).

— VII —

Es verdad que los casos de pedofilia son gravísimos, como lo son los casos de sodomía. Pero también interesa, apelando a algunas estadísticas redimensionar el alcance de la cuestión.

En Italia, según un estudio de Eurispes, el 66% de los abusos sexuales ocurren en el seno de la familia y se distribuyen así: el padre en el 35,8%; de los casos; la madre, 30,8%; hermano/hermana, 2%; otros parientes 4,8%; conviviente con padre/madre: 2,1%; amigo/conocido: 8%; enseñante: 4,4%; extraños: 3,7%.

Los sacerdotes en Italia son cerca de 36.000. En medio siglo condenados por pedofilia: 17. En juicio: 10. Los casos por año son unos 21.000.

En los Estados Unidos, según datos del profesor de sociología de la Pennsylania State University, Philip Jenkins, sólo el 0,2% ha estado implicado por abusos en cincuenta años.

Además han existido denuncias falsas. Un caso importante en el país del Norte fue el del arzobispo de Chicago, Cardenal Bernardin, quien probó su inocencia.

— VIII —

Lo expresado no pretende amenguar ni mucho menos justificar la gravísima responsabilidad de los autores de estos hechos horrendos. El Papa Benedicto XVI ha tomado el toro por las astas enfrentando los escándalos. Incluso cuando era Cardenal trató de aplicar la política de tolerancia 0. Ha pedido perdón. Se ha humillado por pecados que no son suyos. No ha dudado en enfrentarse con poderosos intereses, como en el penoso caso de Marcial Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo. Tampoco ha dudado en conversar con las víctimas, darles su apoyo y rezar junto a ellas (Ratzinger in lacrime responde alle vittime “Non so perché è successo”, Corriere della Sera, 19/4/2010).

Asimismo, el Papa no ha vacilado en denunciarlos, echando por tierra el argumento tan traído durante los últimos años, según el cual los escándalos dentro de la Iglesia debían taparse siguiendo el ejemplo de los hijos de Noé, que cubrieron la desnudez de su padre con un manto. Por el contrario, Benedicto XVI acaba de sacudir al mundo al decir que “los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia” (12/5/2010, Declaraciones a los periodistas durante el vuelo Roma-Lisboa).

En la Argentina los escándalos sexuales llegaron al orden episcopal, con la pedofilia de Mons. Storni y la sodomía de Mons. Maccarone. La reacción de la Santa Sede fue inmediata al comprobarse los casos.

No así entre nosotros. Mons. Maccarone continúa siendo profesor emérito de una universidad pontificia, y en el ámbito hebraico, el rabino Marshall Meyer, ex integrante de la CONADEP, continúa siendo homenajeado, a pesar de “practicar la pederastia con los jóvenes bajo su guarda en la comunidad Bet-El”, según acusación de Nissim Elnecave, director de la revista “La Luz”, confirmada por la sentencia del juez Eduardo Malbrán, quien en el fallo escribió que Meyer “con su obrar ha mancillado los honores de su cargo religioso, ha defraudado a la legión de sus admiradores, ha proferido una ofensa a todos quienes por motivo de sus tareas tienen a su cargo la enseñanza, el acercamiento sano y la comunicación con las generaciones adolescentes”.

— IX —

Una reflexión para terminar. La inmensa mayoría de los sacerdotes y religiosos cumplen con su deber, a veces en circunstancias muy difíciles; afrontan la persecución, el odio, el desprecio, la pobreza, la miseria, pero lo hacen en silencio, sin ruido; por eso no son noticia. Nosotros, que no somos santos sino pecadores, los acompañamos y acompañamos al Papa en esta humillación, con la esperanza que se haga luz en todo este asunto, que se eviten, en la medida de lo posible, los crímenes en el futuro y que si suceden, nunca se oculten, aplicando la justicia y la misericordia, como lo ha hecho Benedicto XVI, exhortando a los culpables al arrepentimiento y a la penitencia, pero a la vez, a confiar en el perdón de Dios y en el valor de la oración.

Buenos Aires, mayo 18 de 2010.

Orlando GALLO, Secretario
Bernardino MONTEJANO, Presidente