miércoles, 12 de agosto de 2009

Poesía que promete


12 DE AGOSTO

Hoy la ciudad acampa en su ribera,
el viento del sudeste empuja al río,
trazando orillas que no son de agua.

Albión está encallada en un estuario
que la cartografía de los mares
da por perdido al sur, ignoto y frío.

Sopla el invierno su canción helada,
rastro del mediodía, racha dura,
aire que no perdona al forastero.

Hoy es el día en la ciudad signada.

Bofarrul arengaba a los Miñones,
Juan Gutiérrez plegaba su velamen,
el polvorín de Alzaga está inquieto
y las anclas del bárbaro navío
yacen hundidas en la tierra infértil.

Los riachos del Tigre o San Isidro,
la Chacarita de los Colegiales,
o en Luján, los Corrales o en Olivos,
donde pasa Liniers todos lo aclaman

El ultimátum ya arribó hasta el Fuerte,
la mirada de Beresford se apaga:
“¿Cómo han llegado allí, de las orillas,
armados de trabucos antañones?
¿Quiénes son estos hombres de a caballo,
de a pie, de a puño limpio,o poncho al brazo?
¿De qué cuartel salen mujeres, chicos,
viejos, caudillos,veteranos, frailes,
en qué Academia las terrazas lanzan
aceite hirviendo, piedras o guijarros?
¿Qué táctica es aquella de facones,
de relinchos,caronas y cabestros?
¿Cuándo enseñó el Liceo entre sus aulas
que una reja es puñal o carabina,
cuándo se vio el repique de badajos
animando el coraje de plegarias?”

A bayoneta y paso de carrera
otra vez Bofarrul se abre camino
entre dos centenares de invasores.
Y Liniers en vanguardia, sable enhiesto,
en las calles, la plaza, la recova,
en el pórtico antiguo del santuario,
multiplicando esfuerzos y victorias.
Tres balas condecoran su uniforme,
él escucha un clamor: “¡avance, avance!”
Su nombre y su destino eran Santiago.

Las murallas del Fuerte por asalto,
el puente levadizo que se tumba,
el mástil rojo y gualda, nuevamente,
desfila la derrota, silenciosa.

Hoy es el día en la ciudad signada,
un día medieval, templario, andante.

Santa María de la Reconquista
se llama desde entonces Buenos Aires.

Antonio Caponnetto

martes, 11 de agosto de 2009

Reciclados


¿REPENSAR?

Alguna vez alguien definió a la Argentina como “un país surrealista”. Por mi parte me atrevo a sostener que, al menos, es un país poblado de monstruos oníricos y de pesadillas recurrentes que explican las convulsiones de sus torturadas vigilias. Pruebas al canto. Acaba de ver la luz una revista que lleva por título Repensar. Visión y proyección de la experiencia montonera. Dos de sus columnistas son auténticos personajes de pesadilla: Mario Eduardo Firmenich y Roberto Cirilo Perdía. El resto, un módico staff de ilustres desconocidos que, a veces, ostenta algún apellido reconocible.

¿Qué se proponen, casi cuarenta años después, estos montoneros reaparecidos en letra de molde y papel satinado? Leamos la nota editorial. Allí se definen como “un conjunto de militantes que participan (así, con error de concordancia incluido) de las luchas populares desde 1970 a la actualidad”. Su reaparición se funda, continúan, “tanto en la necesidad de revalorizar y defender un patrimonio histórico de combates por la liberación nacional y social como así también de proyectar los ideales de los 70 hacia la realidad del país y del mundo” (lo “del mundo” suponemos será un exceso retórico). Por último, para tranquilidad de la burguesía progresista, terminan aclarando que no abrigan “intenciones de recrear ninguna organización o tendencia” (¡qué alivio!), antes bien, se proponen “expresar sin exclusiones ni sectarismos a muchos compañeros que aspiran al rescate de los valores y sacrificios de una generación heroica”.

Una demorada recorrida por las suaves páginas de Repensar nos va deparando más sorpresas. Así, en la nota “de fondo”, Mario Eduardo Firmenich, en inequívoco tono académico, realiza un extenso análisis de la actual crisis internacional. Entre otras sesudas consideraciones nos anoticia que la actual crisis es global y no la suma de crisis nacionales; desliza la hipótesis de un “ciclo Kondratieff telemático”; no sin cierta solemnidad, anuncia su “tesis” capital: la economía y la política no son sino dos subsistemas de un único sistema, el sistema político; y, finalmente, “en defensa de la paz mundial, la justicia social, la sostenibilidad del ecosistema y la calidad de vida de todos los habitantes de este único planeta”, aboga firmemente por la creación de “un Nuevo Orden Internacional Integralmente Sostenible”. Imposible reunir tantas naderías y lugares comunes, entresacados de los manuales elementales de economía, en un solo artículo.

A continuación, Roberto Cirilo Perdía recupera, en cierto modo, el tono revolucionario y en una nota titulada “Ficción y realidad en el sistema comunicacional” la emprende, en ocasión de unos artículos del filósofo peronista José Pablo Feinmann en Página 12, contra el poder de los medios de comunicación. Hay pasajes imperdibles. Un ejemplo: después de recordar que en “las democracias representativas”, la prensa se ha erigido a sí misma “en el cuarto poder”, escribe: “En realidad, toda esa noción se ha construido sobre las gruesas columnas de un concepto fuertemente sostenido en un mito político. Ese mito político es la democracia representativa asentada en la división de poderes […] Ese mito político, construido como un fenómeno asentado en la voluntad arraigada de otros pueblos que legítimamente aspiraban a una mayor democracia, nunca terminó de integrarse plenamente en la cultura local de Nuestra América. Pero si ese arraigo fue débil en otros tiempos, desde hace algunas décadas su formulación se está vaciando rápidamente del contenido que le otorgaba legitimidad”. No deja de ser interesante esta recusación de la democracia representativa. Personalmente, no me molesta en nada. Pero, ¿hemos oído mal o en los setenta los montoneros se levantaron en defensa de la Constitución que, precisamente, consagra la democracia representativa con su división de poderes?

A continuación, Carlos O. Suárez, Guillermo Robledo y Jorge Falcone se encargan de llenar muchas de las restantes de un total de 55 páginas con artículos de aburrida y pretenciosa prosa en la que no falta ninguno de los visajes y tics del viejo libreto montonero: antiimperialismo yanki, indigenismo, populismo, clasismo. En la sección Documentos, se trascriben unas cartas de Perón al General chileno Prats, asesinado en Buenos Aires. En una de ellas, el “General”, en septiembre de 1973, lamenta que ya no esté entre nosotros Salvador Alende. El filósofo Feinmann vuelve a ser, hacia las páginas finales, motivo de otra réplica, esta vez en defensa de Firmenich y “los inclaudicables”. Roberto Baschetti, por su parte, asegura que el peronismo nunca fue antisemita. Cierra, en retiración de tapa, un delirante “homenaje” al desaparecido Julio López a quien se atribuye haber “provocado el salto irreversible del derecho penal individual (lesa humanidad) al derecho penal colectivo (genocidio) con autonomía de la voluntad política de los países centrales”.

En la tapa, dos detalles significativos. Primero, aunque la revista salió a fines de julio, figura como fecha de salida el 29 de mayo, aniversario del asesinato de Aramburu y nacimiento de Montoneros. Segundo, una frase extraída del reportaje que Jorge Asís le hiciera en la cárcel a Firmenich en 1985 en el que éste sostiene: “nosotros no matamos a Rucci”. Para que el lector no tenga dudas: al terrorismo y a la mentira, no renunciamos.

A decir verdad, la lectura de esta revista nos ha decepcionado. Esperábamos algo de más garra “fierrera”. Pero al decidirse por la impostación ensayística e intelectual, estos montoneros reaparecidos se han deslizado hacia una mediocridad irremediable. El viejo Jauretche los tildaría de “mediopelo” y encontraría nuevos materiales para su manual de zonceras.

Por mi parte concluyo diciendo que la revista dobla el dicho gardeliano: no ya veinte sino cuarenta años son nada. Ah, por si alguno no se dio cuenta todavía, lo de repensar era sólo un chiste.

Mario Caponnetto

domingo, 9 de agosto de 2009

Homilía sobre la humildad


ESCUELA DE LA HUMILDAD
DEL SANTO PUBLICANO

De esta doctrina nacen los sentimientos que deben animarnos en la adquisición de la santidad: una humildad profunda en vista de nuestra flaqueza, y una confianza absoluta en Jesucristo. Nuestra vida sobrenatural oscila entre dos polos: por una parte, debemos estar íntimamente convencidos de nuestra impotencia para llegar, sin el auxilio de Dios, a conseguir la perfección; por la otra, debe siempre animarnos la firme esperanza de que todo lo podremos con la gracia de Jesucristo.

Como quiera que ésta es algo sobrenatural, y Dios es dueño absoluto de sus designios y de sus dones, resulta que la gracia está por encima de las exigencias y derechos de toda la naturaleza creada, y por eso mismo, la santidad a que estamos llamados se hace inaccesible sin la gracia divina. Ya lo dijo Nuestro Señor: “Sin Mí nada podéis hacer” (San Juan, XV, 5), y advierte San Agustín que no dice Jesucristo “sin Mí no podéis hacer gran cosa”, sino que dice: “sin Mí no podéis hacer nada en orden a la vida eterna”.

San Pablo explica detenidamente esta doctrina de nuestro Divino Maestro: “No somos capaces —dice—, por nosotros mismos, de concebir un solo pensamiento que algo valga para el cielo, sino que nuestra suficiencia o capacidad viene de Dios” (II Corintios, III, 5). “Él es quien nos da el poder querer y ejecutar todas las cosas conforme a un fin sobrenatural” (Filipenses, II, 13). Así, pues, sin la gracia divina, no podemos absolutamente nada, en lo que a nuestra santidad se refiere.

¿Hay algún motivo para entristecernos y abatirnos? Ninguno. La convicción íntima de nuestra propia impotencia no debe desalentarnos ni servir de excusa a nuestra pereza. Es cierto: nada podemos sin Cristo; mas con Él, todo lo podemos. “Todo lo puedo, no por mis fuerzas, sino en Aquél que me conforta”. Sean cuales fueren nuestras pruebas, dificultades y flaquezas, mediante Cristo, podemos llegar a la más encumbrada santidad.

¿Por qué? Porque en Él “se hallan todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría”; porque “en Él habita la plenitud de la Divinidad”, y siempre nuestro jerarca supremo, puede repartirnos algo de todos esos dones. “De su plenitud de vida y de santidad es de la que todos participamos”, y de tal modo, que “en punto a gracias, de ninguna carecemos”.

¡Oh, qué seguridad causa la fe en estas verdades! Cristo se da a nosotros y en Él todo lo hallamos. “¿Cómo no nos ha de dar con Él (su Hijo) todas las cosas?” (Romanos, VIII, 32).

¿Qué podrá impedirnos llegar a ser santos? Si el día del juicio nos pregunta Dios: “¿Por qué no habéis subido a la altura de vuestra vocación? ¿Por qué no habéis llegado a la santidad a que Yo os llamaba?” No podremos responderle: “Señor, mi debilidad era tanta y las dificultades tan insuperables, las pruebas tan recias y sobre mis fuerzas…” Mas Dios nos contestará: “Cierto que por vosotros mismos nada podíais, pero os había dado a mi Hijo, y con Él nada os ha faltado de cuanto os era necesario; su gracia es todopoderosa, y por Él podíais uniros a la fuente misma de la vida”.

Es tan cierto esto, que un gran genio, tal vez el mayor que el mundo ha conocido, un hombre que pasó su juventud en los desórdenes, que apuró la copa de los placeres y cayó en todos los errores de su tiempo, el gran San Agustín, vencido al fin por la gracia, se convirtió y alcanzó una santidad sublime. Cuéntanos él mismo que un día, solicitado por la gracia, pero cautivo de sus viciosas inclinaciones, veía niños, jovencitas, vírgenes que brillaban por su pureza, viudas dignas de veneración por su virtud; le parecía oír la dulce invitación de una voz que le decía: “Lo que hacen estos niños, estas vírgenes, ¿no podrás hacerlo tú? ¿No podrás llegar a ser lo que ellos son?” Y a pesar del ardor de la sangre juvenil que hervía en sus venas, a pesar de la tempestad de sus pasiones, de sus extravíos, San Agustín se entrega en manos de la gracia, y la gracia hizo de él uno de sus más prodigiosos trofeos.

Al celebrar la festividad de los Santos, debemos repetirnos las palabras que oía San Agustín: “¿Por qué no vas a poder lo que éstos y éstas?” ¿Qué motivos tenemos para no encaminarnos a la santidad? Bien sé que todos podemos decir: “Tengo tal dificultad, se me atraviesa a tal contratiempo; por eso no podré llegar a ser santo”. Pero estad seguros de que todos los santos han tenido también dificultades y contradicciones, y mucho mayores que las vuestras.

Nadie, pues, puede decir que la santidad no está hecha para él; porque, ¿dónde estaría la imposibilidad? No de parte de Dios, que quiere que seamos santos para gloria suya y contento nuestro: “Ésta es la voluntad de Dios, que os santifiquéis” (I Tesalonicenses, IV, 3). Dios no se burla de nosotros. Cuando Nuestro Señor nos dice: “Sed perfectos”, bien sabe Él lo que nos pide y no exige nada que exceda a nuestras fuerzas si nos apoyamos en su gracia.

El que pretendiese conquistar la santidad por sus propios puños, cometería el pecado de Lucifer, que decía: “Me elevaré y colocaré mi trono sobre los cielos: seré semejante al Altísimo” (Isaías, XIV, 13-14). Por lo cual Satanás fue derribado y lanzado al abismo.

¿Qué diremos, qué haremos nosotros? Tendremos la misma ambición que aquel orgulloso; desearemos llegar al fin que se proponía aquel ángel soberbio; pero él pretendía conseguirlo por sí mismo; mas nosotros, por el contrario, confesaremos que nada podemos sin Jesucristo; diremos que sólo con Él y por Él podremos penetrar en los cielos. “¡Oh Jesús mío! Tengo tanta fe en Ti, que te creo bastante poderoso para obrar la maravilla de elevar una deleznable creatura como yo, no sólo hasta las jerarquías angelicales, sino hasta el mismo Dios; únicamente por Ti podemos llegar a ese vértice divino. Aspiro con todas las ansias de mi alma a esa sublimidad a que tu Padre me predestinó; deseo ardientemente, según Tú mismo lo pediste para nosotros, tomar parte en tu misma gloria y participar de tu propio gozo de Hijo de Dios; aspiro a esta suprema felicidad, pero únicamente por mediación tuya; deseo que mi eternidad se consuma cantando tus loores y repitiendo sin cesar con los escogidos: «Nos has redimido, Señor, con tu sangre». Tú, Señor, nos has salvado; tu preciosa Sangre derramada sobre nosotros nos abrió de par en par las puertas de tu reino; nos preparó morada en la compañía deleitosísima de tus Santos; a Ti sea dada alabanza, gloria y honor por los siglos de los siglos”.

Un alma que vive de continuo embebida en esos sentimientos de humildad y confianza, da mucha gloria a Jesucristo, porque toda su vida es como un eco de aquellas palabras: “Sin mí no podéis hacer nada”, y porque proclama que Él es la fuente de toda salvación y santidad, y toda gloria para Él.

“Oh Dios mío, diremos con la Iglesia en una de sus más preciosas oraciones, creo que eres todopoderoso, y que tu gracia es bastante eficaz para elevarme, aunque bajo y miserable, a un alto grado de santidad; creo también que eres la misericordia infinita y que si te abandoné más de una vez, tu amor y bondad jamás me abandonan; de Ti, Dios mío y Padre celestial, procede todo don perfecto; tu gracia nos convierte en fieles servidores para que te agrademos con obras dignas de tu majestad y de tu honra. Concédeme que, desasido de mí mismo y de las criaturas, pueda correr sin tropiezo alguno por esta senda de la santidad, en la que tu Hijo nos precede cual esforzado gigante, a fin de que por Él y con Él llegue a la felicidad que nos has prometido”.

Los Santos vivían de estas verdades, y por eso llegaron a las cumbres de la santidad, donde hoy los contemplamos. La diferencia que existe entre ellos y nosotros no proviene del mayor número de dificultades que tenemos que vencer, sino del ardor de su fe en la palabra de Jesucristo y en la virtud de su gracia, y también, de su generosidad fervorosa. Bien podemos, si queremos, hacer otra vez la experiencia, pues Cristo sigue siempre el mismo, tan poderoso y espléndido en la distribución de su gracia, y sólo en nosotros se hallan obstáculos para la efusión de sus dones.

¿Por qué desconfiar de Dios, del Dios de todos nosotros, almas de poca fe?

Dom Columba Marmión, O.S.B.
(Tomado de su libro “Jesucristo en sus misterios”)

sábado, 8 de agosto de 2009

Poesía que promete


EL PEQUEÑO
JUAN MANUEL


Aquella patria antigua de ibérica prestancia,
con su roldana de agua o su barril de mosto,
con el fuego en las calles, aquel doce de agosto,
probó que conservaba su evangélica infancia.

Era la patria henchida de imperial gravidez,
los hijos bien nacidos de las flechas y el yugo,
el fruto de Castilla, su lagar, su mendrugo,
retoños de heroísmo florecido en niñez.

Pequeños se veían prestando algún servicio,
tal vez como artilleros, con los bravos Miñones,
acarreando en sus ponchos las balas de cañones,
dispuestos como adultos al final sacrificio.

Cartuchos de fusiles o piezas de metralla,
tinajas para el agua, para la sangre vendas.
Todo lo tributaron en alegres ofrendas,
sus voces y sus risas fueron casco y muralla.

En las tropas menudas como espuelas de fletes
se destaca un chiquillo de acciones valerosas.
Lo llaman por su nombre, es Juan Manuel de Rosas,
carga un viejo mortero para los Migueletes.

En el hogar paterno vio las primeras lanzas,
tercerolas y sables le suenan familiares,
hay épicas memorias que recorren sus lares
de antepasadas huellas o bravías andanzas.

Ahora pesa este hierro para sus trece años,
esta boca de fuego, maciza portañola.
Ahora estrena su raza criolla y española
que no admite invasores ni extranjeros engaños.

Tiene porte de mando, siendo apenas muchacho,
en su mirada rubia hay azules añejos,
oye como repiques que le llegan de lejos,
de San Miguel del Monte, Tonelero o Quebracho.

Liniers cantó el elogio de su conducta recia,
diciéndole a sus padres, con fundado prestigio:
su bravura fue digna de la causa en litigio
(Nadie dirá lo mismo sobre Ernesto Celesia).

Cuentan que usó ese día chaleco colorado,
que inauguró divisa: soberanía o muerte.
Una cosa es segura, les advirtió su suerte.
Mañana tendrá lista la Vuelta de Obligado.

Antonio Caponnetto

viernes, 7 de agosto de 2009

Vidas ejemplares


¡QUÉ SUERTE VIVIR CON DIOS!
LA PALABRA DEL CURA DE ARS
(en el año dedicado a honrar su memoria)

La revolución francesa estalló en 1789. En 1791 entró en vigor la Constitución civil en la comarca de Lyon, pero en 1793 esa ciudad se alzó contra la Convención, levantamiento que llevó a las tropas de la República Francesa a asediar la ciudad de Lyon durante dos meses. La represión fue terrible, la guillotina funcionó sin cesar; la sangre corría y llegaron a morir alrededor de veinte mil lyoneses. El ejército de la Convención pasó sin cesar por Dardilly, pueblecito a las afueras de Lyon, donde el niño Juan María Vianney vivía ese clima de terror a sus siete años.

La Convención exigió a los sacerdotes que jurasen la nueva Constitución, separándose de la Iglesia Católica. Los sacerdotes que no juraban, eran encarcelados y ejecutados en veinticuatro horas; para evitarlo, se ocultaban y escondían; quien delataba o descubría a un sacerdote no juramentado recibía cien libras de recompensa. En la casa de los Vianney se refugiaron muchos sacerdotes. El cura de Dardilly prestó juramento, pero en 1794 la persecución religiosa se endureció y la iglesia del pueblo fue cerrada.

Los cristianos vivían su fe en la clandestinidad. Juan María hizo su primera confesión con uno de los sacerdotes escondidos. Sus pares lo enviaron a Ecully —a seis kilómetros— a prepararse para la primera comunión con unas monjitas que, en secreto, enseñaban a los niños. A los trece años recibió la primera comunión con otros catorce niños a escondidas: en la ventana pusieron una carreta cargada de heno para que pudiera ocultarlos. Les dio la comunión el sacerdote Groboz, que iba de aldea en aldea, jugándose la vida, impartiendo los sacramentos.

Con toda esta experiencia, Juan María vio el mundo dividido en dos: el bien y el mal, la fuerza del bien y la fuerza del mal. Vio personas que hacían el bien, y personas que hacían el mal. Las primeras creaban y transmitían felicidad, amor, paz… Las segundas, lo contrario.

Tuvo la clara visión de que la bondad está en Dios y en quien vive con Dios; su bondad lo llevó a desear, para él y para todos, el vivir con Dios; deseó que todos aceptaran que Dios los ama, que todos fueran buenos cristianos, que todos cuidasen la buena vida del alma.

Vivir con Dios o vivir para el mundo: esa es la elección. Y… ¡qué suerte vivir con Dios!

LO QUE DIJO E HIZO

“El hombre es terrestre y animal; sólo el Espíritu Santo puede elevar su alma y llevarla hacia lo alto. ¿Por qué los santos estaban tan despegados de la tierra? Porque se dejaban conducir por el Espíritu Santo. Los que son conducidos por el Espíritu Santo tienen ideas justas. Por eso hay tantos ignorantes que saben más que los sabios. Cuando se es conducido por un Dios de fuerza y de luz, no hay equivocación. Como las lentes que aumentan los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal en grande. Con el Espíritu Santo todo se ve en grande: se ve la grandeza de las menores acciones hechas por Dios y la grandeza de las menores faltas. Como un relojero con sus lentes distingue los más pequeños engranajes de un reloj, con las luces del Espíritu Santo distinguimos todos los detalles de nuestra pobre vida. Entonces las más pequeñas imperfecciones se agrandan, y los pecados más leves dan pavor”.

Aconsejaba comenzar todos los días haciendo un sencillo ofrecimiento de todo el día a Dios: “Hay que actuar por Dios, poner nuestras obras en sus manos. Hay que decir al despertarse: Quiero trabajar por Ti, Dios mío. ¡Me someteré a todo lo que me envíes! Me ofreceré en sacrificio. Pero, Señor, no puedo hacer nada sin Ti, ¡ayúdame! Oh, en el momento de la muerte nos arrepentiremos del tiempo que hemos dado a los placeres, a las conversaciones inútiles, al reposo, en vez de haberlo empleado a la mortificación, al rezo, a las buenas obras, a pensar en la miseria, a llorar los propios pecados. ¡Entonces veremos que no hemos hecho nada por el cielo! Hijos míos, ¡qué triste sería llegar a esa situación!”

“Los que tienen el Espíritu Santo no pueden sentirse complacidos con ellos mismos, porque conocen su pobre miseria. Los orgullosos son los que no tienen Espíritu Santo. Las gentes mundanas no tienen al Espíritu Santo; o, si lo tienen, no es más que de paso; Él no se detiene en ellos. El ruido del mundo lo hace marcharse”.

Para llevar una buena vida cristiana, nunca es tarde: sea cual fuese nuestro pasado, nuestra edad, nuestros defectos…: “Los santos, no todos han empezado bien, pero todos han sabido terminar bien. Si hemos empezado mal, procuremos terminar bien e iremos al cielo junto con ellos”.

“La gente dice que es demasiado difícil alcanzar la salvación. No hay, sin embargo, nada más fácil: observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y evitar los siete pecados capitales; es decir, hacer el bien y evitar el mal; ¡no hay más que eso!”

“Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma esán siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan siempre se quejan, murmuran, están tristes… y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano, avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra; sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarlo siempre, lo que debe durar siempre. Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al Buen Dios, sí; si no, no lo estarán. Nada da tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios. Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento”.

“El ojo del mundano no ve más lejos que la vida. El ojo del cristiano ve hasta el fondo de la eternidad. Para el hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo parece que no hay mundo; para el mundo, parece que no hay Dios. Los que se dejan conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos mismos; mientras que los malos cristianos ruedan sobre espinas y piedras. Un alma que tiene al Espíritu Santo no se aburre nunca de la presencia de Dios: pues de su corazón sale una transpiración de amor”.

“El corazón se dilata, se baña en amor divino. El pez no se queja nunca de tener mucha agua: el buen cristiano no se queja nunca por estar mucho tiempo con Dios. Hay quienes encuentran la religión aburrida, es porque no tienen al Espíritu Santo”.

“Si preguntáramos a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Si dijéramos a los Santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo”.

“El Buen Dios, enviándonos el Espíritu Santo, ha hecho como un gran rey que encarga a su ministro que vaya con uno de sus súbditos, diciéndole: —Acompaña a este hombre a todas partes, y me lo traes sano y salvo. ¡Qué bello es ser acompañado por el Espíritu Santo! Es un buen guía. ¡Y… que haya quienes no quieren seguirlo!”

José Pedro Manglano
(Tomado de su libro “Orar con el cura de Ars”
y del boletín parroquial “Fides”)

jueves, 6 de agosto de 2009

Afrenta injustificada


LEALTAD Y TRISTEZA

He recibido la noticia del despojo que se hace por el Ayuntamiento de Madrid a Francisco Franco, con un sentimiento de tristeza infinita, de honda amargura y también de extraño estupor. Nunca creí que se vulneraran las leyes de la caballerosidad para lanzar un ataque a quien, ya muerto, respira aún junto al corazón de muchos españoles. Tengo que manifestar, por tanto, mi disgusto junto a mi sorpresa, y la tristeza y la amargura que me embargan, superan en este caso concreto a mi indignación, por motivos fácilmente comprensibles.

No voy a ejercer ninguna clase de condena, ni tampoco me voy a distinguir en un ataque alevoso a los que, a solicitud del grupo comunista, han perpetrado el hecho de privar a quien fue Caudillo de España de unos títulos que le fueron otorgados con plena justicia. Pero quiero recordar que esta medida constituye, además, un contrasentido, porque precisamente quien ha sido atacado con esta disposición, recibió del actual Rey de España las siguientes palabras de elogio en el acto de su coronación: “Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí, una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio”.

¿Cómo es posible que, a tenor de estas justas apreciaciones del Rey de España, se pueda herir con tanta furia a quien nos gobernó durante un período de paz constructivo y eficiente y a quien se debe, queramos o no, la restauración de la monarquía actual, precisamente en la persona de Juan Carlos I?

Después de considerar estas regias palabras, creo que constituyen un grave motivo de reflexión para aquellos que estimamos que la Transición fue un período político abierto a la reconciliación de todos los españoles. Hoy, después de tantos años, resulta que se resucitan los odios, que se alientan las divisiones y que con una especie de artilugio dialéctico se cubre con la palabra “democracia” todo lo que es un verdadero disparate histórico y que constituye la posibilidad de abrir nuevas heridas en el ya torturado corazón de muchos españoles.

Yo declaro aquí, en este artículo, mi lealtad a Francisco Franco. Lo hago consciente de los ataques que aún he de recibir, de las injurias que van a cubrir mi nombre, de las patrañas que van a envolver la verdad que defiendo, pero entiendo que esa lealtad jurada me obliga hasta el último día de mi existencia. Me avergüenzo de que se hayan producido situaciones como las que describo, me duelen en el fondo de mi alma. Tengo pruebas fehacientes de haber ejercido, antes de que lo proclamara nadie, una verdadera política de reconciliación. Entre otras cosas, porque en los dos bandos en conflicto tuve familiares muy próximos a los cuales consideré siempre equiparables en su buena fe y en su dignidad. Hoy me estremece que sean los herederos de los fusilamientos de Paracuellos y de tantos crímenes como España entera conoce, los que obliguen a un colectivo municipal a bajar la cabeza, o a hacer referencias a determinadas figuras envueltas en las brumas ciertamente acentuadas de la lejanía histórica.

Insisto en que pretendo única y exclusivamente emitir mi opinión sin ánimo de ofensa a nadie, sin pretender ninguna descalificación política. Allá cada uno a la escucha de los latidos de la propia conciencia. Cuando pase el tiempo, estoy seguro de que muchos de los que han votado una moción semejante, sentirán el escalofrío que produce el recuerdo de haber obrado injustamente, la vergüenza y el bochorno que suscita un ataque sin piedad a quien ya yace sepultado, aunque no en el olvido de muchos españoles que hoy reciben una afrenta injustificada.

José Utrera Molina
(Ex ministro de Franco)

martes, 4 de agosto de 2009

Cosas de negros


LUGO Y OBAMA

“Hay negros de todos los colores”
(Ramón Doll)

LA REVOLUCIÓN IMPÚDICA

Es del todo manifiesto que en este siglo de jactanciosa presencia satánica, la Santa Iglesia está sufriendo estragos inéditos, deserciones y traiciones.

A más —como una impresionante réplica de la Pasión— abofeteada con blasfemias sacrílegas al Divino Fundador y su Santísima Madre, proferidas desde la misma Tierra Santa. Acude a la memoria el lamento del Sumo Pontífice Paulo VI: “La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición…” (7 de diciembre de 1968). “Por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios…” (29 de junio de 1972).

Aflige ahora en nuestro Continente, desde luego no exento de los achaques, el escándalo del obispo desertor que preside la república hermana del Paraguay; confeso además de antiguos devaneos. Denunciado y descubierto, ha salido a decir con audaz frescura que: “Ante mi pueblo y mi conciencia, manifiesto con la más absoluta honestidad y sentido del deber… que hubo una relación con (una joven mujer)”. Aquélla, por su parte, ha afirmado que el prelado comenzó a seducirla cuando tenía 16 años.

Advierte el periódico, que el religioso es seguidor de la teología de la liberación y líder de una coalición de partidos que mezcló a liberales y socialistas. Y recuerda que ya “la elección (presidencial) del ex obispo se convirtió en un dolor de cabeza para la Santa Sede, que se vio obligada a dar marcha atrás en su sanción y a otorgar por primera vez una dispensa papal, con la concesión de la reducción al estado laico”. Pero el regocijo del enemigo de papel no frena allí; consigna la nota que otro obispo del lugar —su amigo— lo felicitó: “Porque es valiente; reconoce lo que hizo”… Y para colmo de impíos beneplácitos, el artículo está presidido por la imagen del apóstata, revestido con toda la apariencia sacerdotal (cfr. “La Nación” del 14 de abril de 2909).


FINGIMIENTO

La mentira, como su Padre, es sin duda alguna la gran opresora de todos los tiempos. Su dominación actual —en forma descarada o con hipocresía— va asolando todos los lugares y los más diversos órdenes. Así campea con soltura en los escenarios del más alto nivel mundial (del local, las evidencias son demasiado hirientes, para abundar sobre ello).

El presidente de Estados Unidos —que despertara en los imbéciles grandes ilusiones iniciales— en poco tiempo ha superado todas las desagradables sorpresas previsibles. Por de pronto, siguiendo las peores corrientes ideológicas y morales. Pero además desconcertando a los ingenuos espectadores pacifistas. Por un lado, con sus gestos de acercamiento a Cuba y por el otro insistiendo en aplastar a Afganistán. Nada menos. O sea, resucitando el fantasma inasible de Al Qaeda, mientras tiende la mano al macizo comunismo ateo. En tanto que alardea religiosidad y diciéndose cristiano enaltece cualquier tipo de creencias, por encima de la única Fe Verdadera (Desayuno Nacional de la Oración, 5 de febrero de 2009).

Pero allí no ha parado su multifidelidad casi histriónica. En una sorpresiva visita a Irak, dijo a los pobladores que les ha llegado el momento de hacerse cargo de su país. Como puntualizando que se acaba la espontánea y generosa protección norteamericana… de los bombardeos televisados a Bagdag y la invasión masacrando multitudes. Y dirigiéndose a sus soldados los halagó: “Ustedes dieron a los iraquíes la oportunidad de depender de sí mismos como un país democrático. Ése es un logro extraordinario”.

Vale decir que el mandatario que antes objetara el asalto de la región, ha pegado una voltereta con la mayor agilidad. Ahora vendrá la retirada, dijo… pero siempre que puedan estar seguros de la estabilidad en Irak, “de garantizar que no sea refugio seguro de terroristas”… (cfr. “La Nación”, 8 de abril de 2009).

JEOAP

lunes, 3 de agosto de 2009

Voces de los de enfrente


UD. SABE QUIÉN
DICE LA VERDAD


— ¿El kirchnerismo cuestionó a la CONADEP, al agregar un nuevo prólogo al Nunca Más?

— Es todo tan circunstancial, de tal chiquitaje… sustituir y llenar de mentiras. Como los 30 mil desaparecidos. ¿Con qué derecho cuando había un conteo de 9 mil? ¿Porque es un símbolo? Están los mitos, pero quien hace historia tiene responsabilidad política. Debe decir la verdad.

El titular de los diarios de hoy nos afirma —con matemática precisión que envidiaría Adrián Paenza— que: “La ex ministra afirmó que los desaparecidos son «7.954»”. Números brindados por Graciela Fernández Meijide. Rápidamente, la dizque abuela Carlotto salió a reprocharle el conteo con la avidez de quien no puede permitir que se le caiga el kiosco.

Mientras vemos cómo lentamente los escrutinios oficiales van desmintiendo a las bocas de urna agitadas durante tantos años, alertamos a la población contra el rebrote de la hiperinflación, siendo su primera manifestación el número 7.954, que sufrió un aumento del 377,16%, para transformarse, en las góndolas de la prensa servil, en la tan repetida cifra de 30.000.

Y no hablemos del reajuste del gas, para que no asocien estas palabras a la existencia —o no— de las famosas cámaras.

Rafael García de la Sierra

domingo, 2 de agosto de 2009

Homilía sobre la Patria


SERMÓN SOBRE
EL PATRIOTISMO


La Patria y la Nación

Antes de introducirnos en el análisis de la virtud misma, digamos algo sobre el concepto de “Patria” y de “Nación”, sin cuyo conocimiento se torna poco menos que imposible tratar de la virtud que tiene a ellas por objeto. ¿Cómo aparecieron las Patrias en la historia? La humanidad, tal como se halla hoy, se nos presenta dividida en sociedades territoriales determinadas. No fue así desde el comienzo. La humanidad se inició con una familia, nuestros primeros padres, a los que se les dijo: “Creced y multiplicaos” (Gén. 1, 22). Así lo hicieron los hombres primitivos y luego se fueron dispersando por el mundo. Conservaban, ciertamente, algunos vínculos comunes, como el idioma, las costumbres, un conjunto de verdades elementales, que conocían por la revelación natural, etc. Pero la soberbia, subyacente en el intento prometeico de la construcción de la torre de Babel, los dividió profundamente, desvinculándose entre ellos y perdiendo la comunidad de lengua.

Segmentada la humanidad y dispersa por el mundo, el ideal de la sociedad universal, que debía agrupar a todos los hombres, quedó frustrado. Aparte de los egoísmos crecientes, brotes de la soberbia, otros factores como las grandes distancias, los obstáculos físicos, los mares, los océanos y las cordilleras, opusieron dificultades poco menos que insalvables a la conspiración de todos los hombres hacia su destino común. Sin embargo dicho destino subsistía, y en razón del carácter sociable con que Dios creó al hombre, se fueron concretando diversos grupos o sociedades particulares, con fines específicos y concretos.

Dichas sociedades menores nacieron, pues, de la combinación del carácter comunitario de la naturaleza humana, que postula la conspiración a un destino común para todo el género humano, con diversas circunstancias geográficas y hechos históricos que circunscribieron a la humanidad en agrupaciones fragmentarias. Primero aparecieron las tribus, agrupaciones de familias, luego los municipios, y finalmente fueron surgiendo, esplendorosas y magníficas, las patrias, sociedades mayores, dentro de las cuales el hombre podía alcanzar su destino temporal, dentro del linaje humano. En este sentido, cabría decir que Dios mismo es el que está en el origen de las diversas patrias (…)


Tras esta mirada transcendental, penetremos en el sentido de las palabras “patria” y “nación”, partiendo de su significación semántica. La palabra “patria” proviene de patres. Por consiguiente, al decir patria nos estamos refiriendo a nuestro país como algo que nos viene dado, como una herencia. Mirando al pasado, advertimos que la patria es la tierra de nuestros padres. La palabra “nación”, por su parte, se deriva de natus, es decir, que tiene que ver más bien con los hijos, los herederos. En ese caso, estamos mirando preferentemente hacia el futuro. Podría concluirse que si la Patria es una herencia, la Nación es un quehacer, una misión. De ahí que, como escribe Nicolás Berdiaiev, “tienen mucha razón quienes definen la nación como una unidad de destino histórico”. (1) (…) El binomio patria-nación suscita esta doble mirada que enriquece la virtud que nos aprestamos a tratar. Porque la patria está lejos de ser algo terminado, ya hecho. No existe concepto más intensamente dinámico que el de patria, una patria siempre en construcción. La patria engendra el patriotismo y nacionalismo. Esta última palabra resulta sospechosa para no pocos, ya que a veces se la ha entendido en un sentido falseado, totalitario. De por sí es una palabra noble. Si el patriotismo se refiere al amor a la Patria, el nacionalismo alude al amor a la Nación. En nuestra tarea de rescatar las palabras bastardeadas, también se vuelve necesario rescatar a ésta última. Acertadamente ha dicho Ramiro de Maeztu: “Entre nosotros no podría tener otro sentido hacer distingos entre patriotismo y nacionalismo, que no sea el de considerar el nacionalismo como un patriotismo militante frente a un peligro de disolución”. Es decir que el nacionalismo brota de la mirada hacia el futuro, a que nos hemos referido, sobre todo cuando se ve la Patria amenazada o en trance de perecer. (…)

Las modalidades del Amor a la Patria

(…) 4. Amor dolorido. Cuando vemos a la Patria enferma o mancillada, el amor se vuelve dolor, es un amor dolorido. Castellani nos ha dejado un notable texto, que sintetiza mucho de lo dicho hasta aquí, concluyendo en lo que ahora nos ocupa: “El patriotismo es virtud cuando ese apego a lo propio entra en los ámbitos de la razón, y es virtud moral perteneciente al cuarto mandamiento, cuando se ama a la patria por ser «patria» o «paterna»; y es una virtud teológica, que ingresa en el primer mandamiento cuando se ama a la patria por ser una cosa de Dios, y así tenemos el patriotismo común y el patriotismo heroico, que poquísimos poseen hoy día. Así siempre se puede amar a la patria, por fea, sucia y enferma que ande; y así amó Cristo a su nación, que era una «cosa de Dios» literalmente, y por propia culpa estaba lejos de serlo; de modo que su amor era compasión; y así la obra de ese amor fue conminación y consejo, antes que fuera demasiado tarde: no le dijo requiebros sino amenazas, desde el borde abrupto que domina por el Norte la ciudad de Jerusalén. Y lloró sobre ella”.

Para nuestro poeta Marechal, a veces la Patria es “un dolor que se lleva en el costado sin palabra ni grito”. (2) Y también: “La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”. (3) Cuando la Patria se vuelve dolor, el amor se acrisola. Bien ha dicho Saint-Exupéry, “¿qué vale una causa que no hace sufrir?”

En su carta apostólica Salvifici doloris, Juan Pablo II enuncia, entre los posibles dolores morales que una persona puede sufrir, “las desventuras de su propia nación”. (4) “Me duele España”, decía Unamuno. Castellani ha expresado en Su Majestad Dulcinea lo que este dolor significa para él: “De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas, cada minuto me cae un ladrillo al corazón. Y ¡ay de mí! Dios me ha hecho el órgano sensible de todas las vergüenzas de mi Patria y en particular de cada alma que se desmorona”. Como se ve, amar a la Patria no es solamente complacerse sino condolerse. Amarla como se ama al enfermo, para que se restablezca, amarla como se ama al pecador, para que se convierta y viva.

Cerremos estas consideraciones sobre las diversas modalidades del amor patrio: amor afectivo, amor crítico, amor dolorido, con unas inspiradas reflexiones de Manuel García Morente. Según este autor, como lo hemos señalado más arriba, se debe amar a la Patria casi como si fuera una persona humana, y por tanto dicho amor habrá de asumir todas las formas que puede asumir el amor a una persona humana. Estas formas son tres: el amor filial, el amor conyugal y el amor paternal.

El amor a la Patria es ante todo, amor filial, ya que a la patria le debemos la vida y la educación, que es lo que un hijo debe a sus padres. Este tipo de amor se estimula principalmente cuando consideramos a la patria en su pasado, en su tradición, como si fuera madre nuestra en lo espiritual y lo material. Dicho amor es entonces amor histórico o amor de gratitud, que nos llevará a conservar cuidadosamente los restos del pasado patrio, a conocer y estudiar la historia de sus grandezas, sin ignorar sus defecciones, con la consiguiente conmiseración.

Pero también el amor a la Patria es un amor conyugal. Porque la patria no es sólo madre, sino que tiene también algo de esposa, de modo que nuestra unión con ella posee un cierto carácter nupcial. La forma que adoptará este tipo de adhesión será la del amor de fidelidad. Contra tal amor, que tiende a ser indisoluble, atenta la deslealtad, la traición a la patria, una especie de adulterio que rompe la unidad viva de la nación. El amor de fidelidad a la patria-esposa nos vincula a la tierra y a los problemas vivos del presente, al tiempo que nos separa de los enamoramientos furtivos de otras naciones.

El amor a la Patria es, por último, un amor paternal. Porque la patria no es sólo el pasado que nos ha engendrado como hijos, ni tampoco el presente, en el que nos unimos a ella con un amor de índole conyugal. La patria es también el futuro, y en este sentido la engendramos de alguna manera con nuestro esfuerzo. Ahora bien, el futuro de los hijos constituye la preocupación principal de los padres, y por asegurarlo son capaces de sacrificas su vida. Por eso, en su aspecto de amor paternal, el patriotismo es amor de sacrificio. Dar la vida por la patria es como morir por los hijos, de cara al futuro que nuestros esfuerzos presentes preparan a la patria amada, como prolongación del pasado glorioso.

La Patria, pues, concluye García Morente, que se nos muestra como madre, esposa e hija, es objeto de las tres formas de amor que cabe sentir hacia las personas: el amor de gratitud, el amor de fidelidad y el amor de sacrificio. Allí debe confluir la educación del patriotismo, en esas tres formas de amor en que se cifra el conjunto de obligaciones que nos impone dicha virtud. (5)

P. Alfredo Sáenz (“Siete virtudes olvidadas”)

NOTAS:
1. Sobre la desigualdad, Emecé, Buenos Aires 1978, pág. 102.
2. Heptamerón, “La Patriótica”, I. Descubrimiento de la Patria 15…, pág. 65.
3. Ibid. Descubrimiento de la Patria 2…, pág. 59.
4. Nº 6.
5. Cfr. Escritos Pedagógicos…, págs. 223-225.


sábado, 1 de agosto de 2009

Del profeta de la Argentina


DE LA DEMOCRACIA

Indalecio Prieto una vez escribió en “La Razón”: “La soberanía del Estado radica en sus órganos constitucionales; y el modo de ejercerla lo indica el pueblo en las urnas”. Este dogma de la herejía liberal va derechamente contra el principio católico de la filosofía política: “La soberanía del Estado viene de Dios por medio de la naturaleza humana; y el modo de ejercerla lo indica el pueblo por varios medios posibles, más o menos perfectos, de los cuales el más imperfecto son las urnas”.

El error de Indalecio Prieto se llama democratismo, es hijo de la herejía liberal y es un peligroso estribillo (slogan) de nuestro tiempo, y la más poderosa de las armas de la “Ciudad del Hombre”. Quiere substituir con un papel, quizá amañado por ideólogos, y con una urna, quizá cargada por vivillos, las grandes raíces naturales y providenciales del poder. Es el absurdo del democratismo, que engulle en grandes dosis la tragadera del ignorante de hoy.

Suárez enseña, y con él Santo Tomás, San Agustín y toda la tradición cristiana hasta los apóstoles, que la autoridad baja de Dios, desde el momento que la naturaleza humana es forzosamente societaria y no puede existir sociedad sin autoridad; pero, que el depositario de esa autoridad no es directamente el rey sólo, sino todo el cuerpo social organizado, con el rey incluso; pues la naturaleza humana está en todos los hombres y no sólo en el rey (…)

Pueden darse pueblos tan carentes de virtud y tan desordenados, dice San Agustín, que por lo menos transitoriamente necesitan para ser reducidos a orden racional, alguna manera de despotismo, no cruel como el del tirano, sino severamente amante como el de la madre con el niño chiquito, o el despotismo del padre con el hijo enfermo y frenético.

Esta sana doctrina, corrompida por la filosofía protestante y después por la pasión libertaria de Rousseau, hasta convertirse en el democratismo contemporáneo —en el derecho de la rebelión continua, en la falsa representación del pueblo y en la mojiganga de las elecciones con fraude—, constituye otra historia.

Padre Leonardo Castellani, S.J.

Nota: Estos textos han sido tomado de su libro “Sentencias y aforismos políticos: Aportes al diálogo político”.