domingo, 13 de marzo de 2016

Aniversarios



13 de marzo


Siempre fue faro prístino y certero;
el argumento ante el cual rendirse;
el recurso de aquel que está por irse
a rendir su alma ante el Juez postrero.

Fue altar sacro del culto verdadero
a Aquel que nunca habrá de extinguirse
y el sueño de un cielo por abrirse
que Pedro custodiaba, arcabucero.
  
Todo cambió. Hoy sus preocupaciones
la absorbieron, la tienen atareada:
nuevas presencias imponen condiciones.
  
La Sede parece estar sedada.
Las colinas ven pasar legiones.
¿Es posible que Roma está ocupada?
  
Álvaro M. Varela
  

viernes, 4 de marzo de 2016

El pan llamado pan

LAS PALABRAS QUE NO PASARÁN


Nos ha llegado a nuestra mesa de trabajo la homilía de este sacerdote, a quien no conocemos y con el cual no hemos tenido trato hasta hoy.
Es tan claro, tan sencillo y tan elementalmente veraz cuanto dice en unos pocos minutos, que nos ha parecido pertinente compartirlo. Eso es todo


viernes, 12 de febrero de 2016

Editorial que parece escrito ahora



LOS HOMBRES PASAN,
EL RÉGIMEN QUEDA

El sistema liberal se levantó, hasta ahora, sobre dos pilares a los que recurrió según sus necesidades. Los partidos políticos y las Fuerzas Armadas –actuando los primeros como gerentes y las segundas como guardia pretoriana– fueron esos pilares, los sostenes del régimen democratista de la entrega en que consiste la historia argentina desde Caseros, y su consecuencia jurídica, la constitución de 1853.

Lo peor, lo terrible de la Democracia –en la Argentina y en cualquier otra parte del mundo en que se la aplique– es que crea problemas que después se muestra absolutamente incapaz de resolver. Además, estos problemas no sólo son insolubles sino que son ineludibles: derivan de su propia naturaleza, de sus principios y de sus pretensiones. La consecuencia no puede ser otra que un desorden cada vez más profundo y radical. Éste es el que se viene prolongando y realimentando desde hace más de cien años.

La Democracia sólo se representa a sí misma porque ella constituye un sistema cerrado y perfecto en el sentido de que no necesita de otra realidad. Por lo tanto niega lo que no es ella y desprecia los hechos que no produce. La primera realidad que rechaza es la Patria, con sus leyes y su constitución natural. Por lo demás, la Democracia moderna proviene de una mentalidad mecanicista a la cual le resulta intolerable la idea y la perspectiva de lo orgánico y de lo vital. He aquí el otro camino y la otra razón por los que la Democracia se aleja de la Nación en cuanto cuerpo vivo. La Democracia –sólo atenta a sus propias necesidades dialécticas, a sus propios requisitos internos, a sus propios lujos retóricos y a su autocontemplación– no puede distraerse ni humillarse en el servicio de la Nación.

Pero no hay Democracia sin partidos. Es verdad que éstos son los órganos y los custodios de la Democracia y también sus tentáculos y sus parásitos: ellos siguen ineluctablemente el sentido antinacional de la Democracia y se confunden con la causa y con la consecuencia de la decadencia de la Nación y adelantan su muerte.

Esta es una ley histórica que acompaña a los partidos políticos con el fatalismo de una ley biológica; Democracia quiere decir Partidos y éstos no pueden sino referirse a la Decadencia casi como un estilo de vida. La Decadencia toma diversos hombres en su trayectoria, desde el de dictadura ilustrada hasta el de anarquía, desde Revolución Libertadora hasta populismo.

La Democracia –aquí y en cualquier parte, ahora y en cualquier tiempo– se basa, se sostiene y se inspira en la irracionalidad, en el apetito y en lo sensual, esto es en lo inmanejable e inorgánico, en lo transitorio y en lo interior y por siempre será ilegítima y torpe. Las multitudes a las que ella exalta tienen bastante con la satisfacción de su zoología como para poder pensar en algo distinto y superior, en la Patria o en el Bien Común. El ingreso de la Multitud en la política –una masa gris desprovista de intereses y, por lo tanto, de derechos– ha equivalido a la incorporación de la causa social del desorden y, consecuentemente, de la imposibilidad formal de hacer política en el sentido arquitectónico de la palabra. Democracia-Partidos-Multitud son los términos de la ecuación que contradice la actividad política y desestabiliza al Estado. El Estado pendiente de la Multitud se vuelve invertebrado, se desorganiza, se contradice. Abandona sus funciones políticas y se hace empresario, comerciante, financiero; tiene que halagar, comprar, mentir, alquilar, ocultar, negociar y transar. Como tiende a perder autoridad se convierte en mandón, como no sabe convivir se torna insoportable. Y como no sabe hacer justicia, se limita a distribuir… mientras haya; porque no le interesa el Bien General se dedica (y hasta se complace) en perjudicar a todos, por la misma razón que adora a la Libertad (una abstracción, un sonido) y atropella a las libertades. Y como no puede castigar a los culpables termina en tirano.

Pero, a todo esto, la Multitud no es la Patria y los partidos que la representan son, en el mejor de los casos, elementos de división al comienzo y, finalmente, de disolución. Está claro pues, no sólo a la luz de estas consideraciones sino de la experiencia argentina del último medio siglo, que al país no lo podrán reconstruir los partidos, de la misma manera y por las mismas razones que no lo pudieron antes. Los recuerdos de Frondizi, de Illia y de los dos Perón (marido y mujer), son demasiado elocuentes y acaban con toda esperanza.

En el otro extremo de la pinza están las Fuerzas Armadas. Ellas han sido derrotadas en el frente externo y en el interno y, además, sus más altos conductores parecen haber perdido el sentido del honor nacional. Si el país se debe construir como si recién naciera, las Fuerzas Armadas deben también iniciar una severísima etapa de purificación, para librarse de un pasado al que, sin embargo, no deberán olvidar. No habrá reconstrucción nacional con militares corrompidos. No habrá recomposición de las Fuerzas Armadas sin militares castigados. El imperativo del momento, la exigencia anterior a cualquier movimiento político, el presupuesto básico de cualquier programa, la condición ineludible de cualquier formación ideológica, el requisito prioritario y anterior de cualquier política, es el saneamiento dentro y desde adentro de las Fuerzas Armadas.

Esta reconstrucción ética de la vida militar debe partir de una pregunta central: ¿por qué se perdió la guerra de las Malvinas?; ¿por qué se la abandonó?; ¿con qué derecho los generales, los almirantes, los brigadieres, entraron en una guerra y se retiraron de ella sin dar explicaciones? ¿Cómo es posible que se hayan cometido tantos errores? Todo esto debe ser respondido con claridad y con entereza, sin atender a intereses creados, porque ninguno de éstos podría estar por encima de la Nación, ni de las propias Fuerzas Armadas.

Pero la investigación debe extenderse más acá de la guerra del Atlántico Sur. Debe, exactamente, investigar y sancionar severamente los negocios impropios de los militares.

El generalato (y sus equivalentes en las otras dos armas) no es hoy más que una oligarquía que tapona la vida de las Fuerzas Armadas, las debilita y las desnaturaliza. Actúa como la costra que, al bloquear provisoriamente la herida, impide la expulsión del pus acumulado en los tejidos; impide que sangre pero no la cicatriza, evita el dolor pero no cura. El mal, subterráneo, subsiste y, posiblemente, se extienda hasta culminar, con toda fluidez, en la muerte.

No habrá reconstrucción de la Nación sin reconstrucción del Estado, pero no habrá reconstrucción del Estado sin reordenamiento purgatorio de sus Fuerzas Armadas.

Editorial de “Cabildo” Nº 55, Año VI, Segunda Época, correspondiente al 6 de agosto de 1982.

miércoles, 20 de enero de 2016

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Declaraciones



Cabildo:
No pedimos perdón por existir
 
Por si alguno no conoce aún la secuencia de los hechos que motivan esta nota, enunciémosla abusando del esquema. Primero: el flamante Ministerio de Seguridad a cargo de Patricia Bullrich le ofrece un puesto a Carlos Manfroni. Segundo: Verbitsky denuncia desde Página 12 algo que ya había dicho en el 2008; esto es que Manfroni fue colaborador de la revista Cabildo durante un tramo de su vida. Tercero: Charly García -indignado porque en aquellas notas de Manfroni se atacaba al rock y a su figura- le escribe una carta de protesta al titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Héctor Lombardi. Cuarto: Manfroni, que ya le había pedido disculpas a Verbitsky por su pasado nacionalista, en carta a Página 12 del 26 de marzo de 2008 (recordándole que ahora él era un respetable hombre de “la derecha liberal”, comparable con Héctor Timerman en su invertido camino de Damasco), se deshace en nuevos pedidos de perdones a García y al orbe entero, jura que lo suyo fue un pecado de juventud,un furcio existencial, una errata biográfica, un tropezón veinteañero; y renuncia a su cargo, sin asumirlo, para no perjudicar al gobierno de Freddie Macri. Todo esto sucedió en la tercera semana de este diciembre que se esfuma.
 
A la Bullrich no tenemos nada que decirle. Cuando le llegue nuestra respuesta ya habrá cambiado de monta ideológica por enésima vez. Y no tendrá siquiera el consuelo de algún romance lorquiano que cuente su infidelidad, “creyendo que era mozuela”. A Manfroni tampoco tenemos nada que decirle. Se lo ha dicho todo él. Mueren las palabras; nace la náusea. A García el Charly menos todavía. En su carta a Lombardi se ha definido como un insecto político (sic). Que hablen pues los entomólogos. Más complicado aún sería responderle a Verbitsky. ¿Con cuál de ellos dialogaríamos? ¿Con el terrorista montonero, con el empleado de la Fundación Ford, con el doble agente o con el escriba del Proceso? De los crápulas de perra vida se suele ocupar la propia rabia. Un buen día se muerden y dan los estertores finales entre espumas y convulsiones.
 
A ninguno de los envilecidos sujetos de esta saga diminuta hemos de referirnos. Cabe en cambio una brevísima reflexión. Ha llegado para muchos, con pocas excepciones, la revolución de la alegría, de la ternura, de la unidad de los opuestos y del fin de las confrontaciones. Que dentren y bailen tuitos, como en carpa de turco. Macri no le hace asco a nada: yankis, marxistas, liberales, taoístas, budistas, judíos, sodomitas, plutócratas, cipayos, agentes k y tipos de m. Es que Macri –lo dijimos antes, durante y después de su apoteosis- no es otra cosa más que un degenerado, personal y políticamente hablando. Lo dijimos incluso contra los malminoristas que cantaban su voto por el ingeniero amarillo, o que nos pedían, siquiera por una vez, que no fuéramos tan principistas.
 
Eso sí; el límite de la fiesta de proístas y cambistas es Cabildo. La marca territorial que no puede cruzarse y de la que no cabe el regreso, es la del Nacionalismo Católico. Ni siquiera para aquellos que lo han traicionado y le mendigan al mundo un minuto de su amable atención para probar cuán felones se han vuelto y cuán oportunistas saben ser.
 
Y nos alegra tanto constatarlo. Estamos tan felices de nuestra coherencia en soledad, de nuestra congruencia de décadas, de nuestra tozuda rectitud doctrinal, de nuestra lealtad empecinada a los ideales juveniles, y de nuestra perseverancia en la Verdad, con pobreza absoluta de medios y de recursos, que queremos compartir la felicidad con amigos y enemigos. Se duerme en paz sabiéndose piedra de escándalo y signo de contradicción. Esto es; tratando de cumplir con el mandato evangélico.
 
No; gracias a Dios, Cabildo no está invitado a las ternezas de los diálogos consensuantes. Ni los pide, ni los necesita, ni los recibe; y lanza hacia todo el Régimen, sin distinciones, el furor de su menosprecio y el reto de su batalla. Cabildo abomina de la democracia, la conduzcan mancos, tullidos, mujerzuelas psicópatas o danzarines apátridas.
 
Una vez más, solos e intransigentes. Por la Nación contra el caos. Porque alguien tiene que decir la Verdad. Porque seguimos repitiendo con León Degrelle: “más que nunca iré recto, sin ceder en nada; duro con mi alma, duro con mis deseos, duro con mi juventud”.
 
ANTONIO CAPONNETTO
Buenos Ares, 16 de diciembre de 2015.
 
 
Se agradece difundir

jueves, 10 de diciembre de 2015

Editorial del número 115



M.M.
 
Contrariamente a lo que algunos puedan creer, el famoso argumentum ad metum o apelación al miedo es tan viejo como el arte de la retórica. Parece que se lo aplicaron a Macri –tensando tanto la cuerda que causó hilaridad– y al final el candidato amarillo se impuso al naranja. Que es la mayor diferencia que se puede señalar entre el uno y el otro maleante.
 
Manifestado en centenares de ocasiones nuestro repudio al sistema, en general, y a los dos fulleros que competían en el último tramo de la farsa, en particular, digamos que motivos para estar aterrorizados no faltan. Señalaremos tres que, comprensiblemente, no suelen ser los que el mundo percibe. Incluyendo en ese mun-do a muchos que suponíamos que lo tenían por enemigo.
 
Para Macri la política se ha reducido a un genérico “resolver los problemas de la gente”; muletilla tanto más repetida cuanto más se la halló seductora. Sin embargo, esos problemas a los que se alude guardan todos vinculación directa con el estar, nunca con el ser. El angostamiento del bien común al logro del bienestar y del confort es evidente. La ninguna preocupación por el ordenamiento de ese bien útil al honesto subyace en todo el planteo. El resultado es una forma sutil de materialismo, que en nada repugna a las entrañas de la filosofía marxista. Todo lo contrario: congenian.
 
El segundo de los temores nunca percibidos ni enrostrados, es el liberalismo en su versión más tilinga, y por eso mismo tanto más peligrosa. No sólo del liberalismo económico, con sus sempiternas resonancias de endeudamiento, ajuste o dependencia foránea, sino de un asfixiante liberalismo intelectual y moral, que mancha cuanto toca, pero simulando pulcritud. Esfinge de tamaño espanto es la Vidal, capaz de imponer un programa universal de pornografía conservando su aspecto de nereida u ondina. La Michetti, protagonizando y secundando tropelías morales, cual si su silla ortopédica fuese el carro de Elías. O el mismísimo Mauricio, instaurando el manflorato más degenerado, mientras simula ser un hombre de familia.
 
Llamaremos tercer miedo al que nos causan los nuevos devotos del ganador. Según ellos, ahora podremos respirar un poco, siquiera temporariamente, tras el paso devastador de esa nueva y pavorosa metástasis del peronismo que dio en llamarse kirchnerismo. Quienes así razonan olvidan al menos dos cosas. Que la dignidad de un ciudadano, en una patria soberana, no puede reducirse a la de un torturado que agradece al verdugo el segundo “indoloro” que le concede entre que lo saca del potro para ponerlo bajo la picana. Y olvidan asimismo que la naturaleza del mal al que estamos sometidos sigue siendo la misma.
 
Los K fueron el delito, la cloaca, el sacrilegio, la subversión y el manicomio. Los Pro dan análoga talla. Unos se comerán las eses por brutos, otros las sacarán a destiempo por dicción de snobistas. Unos inauguraron la militancia rentada, disfrazada de mística revolucionaria. Los otros pusieron de moda la militancia del carnaval carioca o del viaje de egresados. Pimpinela o Freddie Mercury. De allí no pasan los grandes contrastes.
 
Parece ser que la famosa sigla N.N. no es otra cosa que la abreviatura de nomen nescio, nombre desconocido en latín, o del no name britano, esto es, sin nombre. Nosotros acabamos de reparar en una nueva sigla: M.M. Mauricio Macri, Más de lo Mismo. Por eso, desde el instante previo e inicial de esta nueva ruina política, nos declaramos beligerantes. Sí; nuestro sitio está afuera, al aire libre…
 
Antonio Caponnetto