sábado, 21 de noviembre de 2015

Declaración



FRENTE AL 22-N
  
 
UN DOLIENTE HARTAZGO
 
Algunos pocos y benévolos amigos me han pedido cierta orientación u opinión ante los próximos comicios.
 
Explico primero el porqué del doloroso hartazgo frente al tema, y luego intentaré expedirme para que no se me acuse de evasivo.
 
Nadie está obligado a leerme, ni he perdido el juicio como para tenerme por consultor obligado. Pero si no se me lee, nadie tiene tampoco derecho alguno a criticar lo que pienso. Sencillamente porque no conocen lo que pienso. O lo conocen del peor modo: fragmentariamente, y de mentas; cuando no cargados de elementales apriorismos. Hasta ahora, parecía ser ésta la funesta especialidad de las izquierdas. Pero resulta que el contagio ha llegado a la propia tropa. A la muy cercana.
 
Nadie está obligado a leerme, reitero. Pero tampoco pesa sobre mí el deber de volver a escribir los mismos libros cada vez que una circunstancia determinada pone sobre el tapete el tema central de esos libros ya escritos. Un traumatólogo no escribe sobre los riesgos de las fracturas expuestas cada vez que alguien se rompe un codo.
 
Llevo publicados dos volúmenes densos y pormenorizantes sobre la perversión democrática, y está en curso un tercero, del mismo tenor. El número de escritos referidos al punto –aunque en rigor, a cuestiones colaterales y anejas al mismo– podría casi multiplicarse, si contara, no sin razones, dos tomos previos, aparecidos en el año 2000, antologizando textos que publicara en “Cabildo” durante veinte años.
 
Por más modesto que quiera ser al respecto, no encuentro el modo de omitir que he procurado ser detallista, exhaustivo y meticuloso en mis argumentaciones contra el horribilísimo e insalvable sistema político que nos domina, así como sobre la nocividad moral en que incurre quien lo convalida o avala en vez de procurar su destrucción. Ergo, dable sería esperar la misma actitud analítica en quienes no comparten mi postura.
 
Lamentablemente no suele suceder así. Y cualquier opinante anónimo de un blog, verbigracia, se cree facultado para descalificar mi tesitura. O peor dicho: lo que suponen, sin leerme de modo íntegro, que es mi tesitura. Las presiones para que me rinda y siente cabeza de católico que “no dogmatiza lo prudencial”, ni tiene “conciencia escrupulosa”, ni “vea pecado donde no lo hay”, se multiplican en vísperas de cada elección, con argumentos cada vez más insólitos. Últimamente, el de acusarme de donatista, platónico, kantiano, rigorista, fariseo, provocador o desafectado de los hipotéticos beneficios que les traería a los militares presos el triunfo de esa porciúncula más del estiércol que responde a la sigla PRO.
 
Ninguno quiere dejar en paz a quien, simplemente, –¡vaya pretensión! – procura dar testimonio de coherencia en soledad. A quien no quiere ser útil al sistema, ni incurrir en el activismo partidocrático, ni vivir pendiente de los requerimientos de un modelo corrupto, ni pagar tributo a la corrección política, ni estar desatento al regreso de Jesucristo antes que atento a la huida de los kirchner, minusculando a sabiendas el nauseabundo gentilicio.
 
Una voluntad tácita de castigarlo y doblegarlo se pone en marcha ante el disidente. El rigorismo de los demócratas es cada vez más circundante y opresivo. No quemar incienso al sufragio universal está penado por la ley y queda el réprobo sometido a figurar en la lista estatal de infractores, oblando su multa. Sin embargo, no es éste el maldito rigorismo que dispara siquiera una línea de condena, sino el nuestro, por no querer sumarnos a la inmoralidad cuantofrénica.
 
Los ciudadanos de la democracia están divididos entre los integrados mansamente al llamamiento electoral, que deben tenerse por puros y limpios; y los impuros y sucios que, contrario sensu, desacatan el imperativo de hacer una genuflexión doble ante cada urna. Sin embargo, insistimos, no es a esta demasía a la que se la compara con la casuística de purezas e impurezas del judaísmo, sino a nuestra actitud de no querer contaminarnos éticamente haciendo la fila para rifar a la patria con cada boleta asquerosa.
 
En esa ofensiva contra el disidente, lo subrayamos, cualquier argumento es válido. Hasta el de compararnos con los circunceliones del siglo IV. Bandidos desaforados y heréticos, claro; éso seríamos. Como los brigantes franceses, los bandoleros de la Cristiada, los forajidos resistentes al castrismo, o más criolla la cosa: como el Chacho Peñaloza, conductor de los últimos “bárbaros”, al que con el mencionado mote de bandido insultó su verdugo antes de matarlo.
 
Imposible no recordar en dos trazos lo que me sucediera en una de las primeras defensas catedralicias, en Buenos Aires. Tras soportar en desigualdad de condiciones largas horas de blasfemias, sacrilegios y obscenidades, aproveché un segundo de silenciamiento de las hordas para vivar a Cristo Rey. Sólo ese grito, lo juro. Sucedió entonces que un señor de civil, muy atildado y correcto, a quien hasta entonces no había visto, se me acercó e –identificándose como comisario en operaciones en el susodicho vejamen– me dijo textualmente: “si usted vuelve a provocarlos, no me deja otra alternativa más que detenerlo”. El infeliz no había leído a San Agustín ni a Baronio. Nada sabía de Makide o Faser, los renombrados caudillejos de los circunceliones. Pero algo había aprendido del mundo y para el mundo: el provocador era yo. Tristísima cosa que así piense, no ya un ignoto y exculpable esbirro del Estado, sino un haz de católicos a quienes tengo por buenos[1].
 
Desahogo formulado, enunciemos lo esencial.
 
 
BREVÍSIMAS CONSIGNAS
 
I. Independientemente de la inacabable disputatio sobre el mal menor, el domingo 22 de noviembre no hay ningún mal menor que elegir. Es uno solo, enorme, abisal e inmenso el mal; y le daré los nombres que tiene a riesgo de seguir siendo incomprendido. Ese mal se llama Democracia, Revolución, Modernidad, Inmanentismo. Con cualquiera de estos apelativos, y mucho más con todos ellos juntos, puede sentirse denominado el Anticristo.
 
Macri, Scioli, Zannini o Michetti no son los nombres del mal. Apenas si apodos circunstanciales, efímeros, intercambiables y con caducidad a mediano plazo. Si no se entiende la naturaleza y la hondura del mal que enfrentamos, nos tranquilizaremos creyendo que ejercemos la vindicta sobre los marxistas porque votamos a los liberales. Para entenderlo, no lean Cabildo”, que es nazi. Pero Los endemoniados de Dostoievsky no puede dejar de leerse. Y allí, no sólo está retratado el carácter preternatural del mal que tenemos delante, sino el error que cometemos al desconocer la circularidad viciosa de sus progenitores y de su prole.
 
Mientras redactamos estas líneas, Macri ha dado a conocer la nómina de los centenares de “artistas, científicos e intelectuales” que le darán su voto. Ante la vista del horrísono listado es imposible mantener en pie la idea de que “aquí y ahora [Macri] es lo menos pésimo, porque nos libera aunque sea temporalmente del totalitarismo culturalmente marxista que soportamos”[2]. La contracultura marxista salta de contento con estos personajes, que conciben la política como un “resolver los problemas de la gente”; esto es, con ofrecerles bienestar y paraisos terrenales. ¿Hay algo más sutilmente próximo al materialismo marxista?
 
Asimismo, y ante la vista de los antecedentes pasados y de las conductas presentes de quienes integran la coyunda CAMBIEMOS, es inviable alimentar cualquier optimismo respecto de una reparación histórica sobre la situación de los soldados en cautiverio. Esto supuesto que el fin justificara los medios y que el bien privado esté por encima del bien común. Y que, entonces, para conseguirle a un amigo militar la prisión domiciliaria habría que darle nuestro voto a un hideputa anaranjado o amarillo.
 
 
II. Votar tiene varias acepciones en el lenguaje político, aún en el clásico. Y hay votaciones que poseen su licitud y hasta su conveniencia. Pero votar bajo las especies del sufragio universal, la soberanía del pueblo,el monopolio de la representatividad partidocrática y la tutela del constitucionalismo moderno, es “la mentira universal”. Sumarse a esa mentira es conculcar el Octavo Mandamiento.
 
Como en el caso de la unión co-generadora entre liberales y marxistas o del mal menor, lo que acabamos de decir sobre la calificación moral del sufragio universal, no es una ocurrencia solitaria nuestra (suponiendo que de serlo deberíamos estar forzosamente equivocados). Hemos documentado con minucia la existencia de una sólida y larguísima docencia cristiana y aún no cristiana condenatoria de la inmoralidad numerolátrica. En mis escritos sobre el tema, no he apelado a mi autoridad para sostener esta premisa, que tanto parece molestar, sino a la de una frondosísima catalogación de autores, católicos o no, pontífices o súbditos, contestes en el álgido punto.
 
Se me objeta llamar pecado al sufragio universal porque “la Iglesia no enseña tal cosa desde el siglo XIX hasta el presente” [3]. Además de no ser correcta esta aseveración, la perspectiva democrática, como se ve, la forma mentis cuantitativista, ha invadido aún las propias filas de bautizados fieles y lúcidos. Y hasta los buenos católicos, para saber qué es pecado y qué no, deberán acudir ahora al siglómetro. Como ese traje de baño que pasados dos veranos sin que nos quepa en el cuerpo, nos resignamos a considerar impropio para nuestras carnes, así también serían ahora los pecados para la vestimenta del espíritu. Tienen fecha de vencimiento. Pasada una determinada cantidad de años, si ya no se habla de ellos en la Iglesia, pues sencillamente no existen.
 
 
III. Conocer y admitir estos principios rectos y procurar darles una aplicabilidad en cada aquí y ahora, no es un error filosófico (platonismo) ni una herejía religiosa (donatismo). Es la olvidada y simplísima virtud de la coherencia. Lo que Jordán Bruno Genta llamaba teresianamente “preferir la verdad en soledad al error en compañía”. Que pueda caerse en excesos o en defectos en su práctica, es riesgo propio de toda virtud. Va de suyo que cada quién hará lo posible por conservar el justo medio moral.
 
Nadie dice que “el orden moral y político, si no es cristiano, está irremediablemente corrompido”. Gobiernos hubo en tiempos paganos que pueden merecer nuestro encomio. Y hasta lo mismo podría decirse de ciertos gobiernos paganos en tiempos cristianos. Pero el ordenamiento moral y político que tenemos por delante y bajo el cual se nos propone vivir, es explícitamente anti-cristiano, y aún anti-natural y anti-humano. De allí que esté irremediable e inherentemente corrompido. Y de allí que propongamos enfáticamente la niguna cooperación con el mismo y hasta nuestro módico intento de combatirlo.
 
Lo que la política tiene de arte prudencial, y lo que la prudencia tiene de principios e instancias aplicados a casos y circunstancias concretos, no es algo desvinculado de la “batalla de ideas”. Sencillamente porque la operación sigue al ser. La teoría no se confunde con la praxis. Pero ninguna praxis deja de presuponer una teoría, y hasta el praxeólogo puro –precisamente por eso– es deudor de una concepción previa que luego ejecuta.
 
Las fuentes de la moral con las que medimos la pecaminosidad o culpabilidad del régimen al que nos quieren obligar a acatar, siguen siendo las mismas que enseña el Catecismo: objeto, fin y circunstancias. Y no hay principio del doble efecto o de voluntario indirecto que pueda servir para mitigar el desbarajuste ético de los colaboracionistas del sistema. No es que tengamos por malo aquello que nos repugna. Nos repugna lo que está objetivamente mal. Es un error el mero circunstancialismo vitalista de Ortega, pero error es también negarle valor moral a las circunstancias en las que elegimos libremente actuar; o desconocer que existe una virtud que rige el obrar en cada circunstancia, que se llama circunspección y que es parte de la prudencia. Es un error y un calvario la conciencia escrupulosa. Pero también lo es el laxismo moral y la pérdida de la conciencia del pecado.
 
 
IV. No somos el partido de los votos anulados, ausentes o en blanco. Nos tiene sin cuidado ser partícipes de un cambio en los cómputos finales del escrutinio. Ni siquiera somos el partido de los abstencionistas. Porque creemos que hay un quehacer político del católico, sobre el cual ya nos hemos expedido en muchas ocasiones, durante largos años. Un quehacer posible, perentorio y necesario, que nos convierte en presentistas no en ausentistas de la vida política.
 
La deslegitimación del sistema no depende del número de electores que acudan a los comicios. Es más del mismo criterio cuántico. El sistema es intrínsecamente perverso y por lo tanto incurablemente ilegítimo. Las mentiras de la voluntad popular y de la soberanía del pueblo, no se contrarrestan con el abstencionismo, sino con una prédica infatigable de los sofismas en que se sustentan y con la demostración de que una alternativa práctica nos resulta y nos resultaría posible, si fuéramos capaces de desentendernos de las categorías y de los criterios con que la Modernidad concibe a la acción política.
 
Un amigo carlista y reaccionario y empecinadamente ultramontano, nos regaló esta cita de Dominique Paladilhe, contenida en su libro: La grande aventure des Croisés. Se trata de una declaración de Saladino –nada menos– que dice lo siguiente: “¡Ved a los cristianos, ved cómo vienen en multitud, como se apresuran por el deseo, cómo se sostienen mutuamente, cómo se cotizan juntos, cómo se resignan a grandes privaciones”! Lo hacen con la idea de que por ello sirven a su religión; he aquí porqué consagran a esta guerra su vida y su riqueza. En todo esto no tienen más causa que la de Aquél que adoran, la gloria de Aquél en el que tienen fe”.
 
Buena reflexión para tiempos electorales que coinciden, además, con una nueva embestida del Islam, en la que ya no hay Saladinos ni mucho menos un Cid ni un Juan de Austria. Buena reflexión ante esta nueva y trágica encrucijada de la Iglesia y de la Patria. Quede dicho: no quisimos ni queremos tener otra causa que la gloria y la adoración de Aquél. Y en esta causa, se nos van los años, las privaciones, la vida y la guerra.
 
Antonio Caponnetto

Pta: Por si alguien dispusiera de tiempo y ganas sugiero la lectura del Epílogo de mi libro La perversión democrática,donde me demoro en el quehacer político del católico, tomando distancias de posturas abstencionistas y colaboracionistas. Sólo aclaro que el escrito es del año 2010.
 
 
[1] Para quienes no estén en el tema –ni tengan porqué estarlo– aclaro que estoy aludiendo a una seguidilla de interesantes notas del blog Info Caótica (“El mal menor no es un pecado menor”, “El donatismo político”, “Balotaje”, “Algo sobre el platonismo político”). Aclaro igualmente que, al margen de esta dolorosa disidencia, en no pocos y sustanciales planteos me siento afín al pensamiento expresado desde este valioso sitio digital. Y que fue desde el mismo, entre otros, que se dio a conocer la solidaridad de un puñado de amigos hacia mi persona, ante el ridículo y canallesco entredicho planteado por Monseñor Taussig. Por lo que guardo un agradecimiento particular.

[2] Declaración del Instituto de Filosofía Práctica, La vindicta como parte potencial de la justicia y las elecciones presidenciales, Buenos Aires, 4-11-2015.

[3] Primer comentario de la Redacción del blog Infocaótica al artículo “Algo sobre el platonismo político”, 29-9-2015.

jueves, 17 de septiembre de 2015

In memoriam



OTROSÍ

Queridos amigos:

              El próximo sábado 19 de septiembre se cumplen 10 años de la muerte de nuestro querido e inolvidable Víctor Eduardo Ordóñez.

              Le hemos pedido al Padre Alfredo Sáenz que celebre una misa en su memoria.

              La misa será el mismo día 19, a las 11 hs., en punto, en la antigua iglesia de San Ignacio, Bolívar 225, esquina Alsina.

       Será un gusto reencontrarnos al pie del altar, para recordar al entrañable amigo, camarada y maestro. No falten. Gracias.

              Un abrazo
              En Cristo y en la Patria
  
              Antonio Caponnetto

jueves, 10 de septiembre de 2015

Editorial del número 114



CURSO DE ACCIÓN


Nos resistimos a convertir la venidera disputa electoral en el objeto predominante de análisis de estas líneas periódicas. Por mucho que el tema –como suelen decir hoy con ligereza idiomática– esté instalado y resulte hegemónico. No hay al respecto demasiado por decir.

Si gana Scioli, gobernará una prótesis del continuismo, incluida la continuidad de la corrupción pandémica y de la mafia que es su garante y su primera beneficiada.

Si gana Macri, el país entero será Sodoma, y la imbecilización corrosiva, bien cotizada en el mercado, se constituirá en política de Estado.

Si gana Massa –el que alguna vez se definió con orgullo como “rueda de auxilio de Cristina”; esto es, llanta suplente del carruaje de los tiranos– tendremos la república de los drones, cuya capacidad vigilante, por cierto, no llegará jamás a las oficinas donde el delito se consuma y la ruindad campea.

Cada uno por separado y los tres juntos son la deyección de la democracia; la cual es en sí misma excreción, boñiga y detrito. Con lo que la Real Academia no nos deja otra alternativa más que llamarlos mierda.

Lo que sí acaso podría ser objeto de análisis es la actitud que deberían adoptar ante tamaño drama quienes se tienen por católicos y argentinos.

En ese orden, ya que según tweet nacional y popular del 14 de julio, la Kirchner ha confesado “ser católica pero primero argentina”. Palabras de pobre pelandusca cultural, que en mejores tiempos hubieran ameritado el carbón ardiendo con que se castigaba a los labios inmundos.

Mas como nadie sabe hoy qué es ser católico y argentino; lo primero por la dolorosísima deserción doctrinal de Roma y lo segundo por la claudicación de la inteligencia nacional, acotaremos el punto en cuestión, más modestamente, a lo que nosotros nos proponemos como curso de acción en tan fiera encrucijada. Entiéndase, claro, que lo enunciaremos en cifra.

Nuestro enemigo es el Régimen, vista el ropaje ideológico que vistiere el ocasional ocupante del Ejecutivo. A ese enemigo, sirviente siempre del Poder Mundial y a la vez ejecutor de sus planes, denunciamos, protestamos, desenmascaramos y marcamos a fuego, sin cálculos de consecuencias personales. No es aporte menor si esto se aporta. La misión del centinela en una ciudad sitiada y arrasada nunca será de poca monta.

No somos abstencionistas. No nos importa sumar los porcentajes de los ausentes en las urnas, más el de los votantes en blanco, o los anuladores de votos. El criterio sería entonces el mismo: cuantitativo; y habría ganado la perversa forma mentis del sistema, que edifica la política en las matemáticas antes que en la teología. Nos negamos a sufragar, no para torcer los dígitos o alterar los guarismos de los cómputos finales, sino porque el sufragio universal conspira contra el Octavo Mandamiento. La participación que propiciamos está tejida de resistencia, de rebeldía y de rechazo raigal al modelo regiminoso. Y consiste en continuar y en acrecentar la lucha que aún podemos y sabemos dar, la del testimonio de la Verdad contra todas las formas de la mentira, contra el Padre de la Mentira, y aún contra quienes el Evangelio llama los hijos de ese progenitor infame.

Lucha de ideas la nuestra, si alguna vez deviniera en contienda física, no nos hallará asistiendo a los comicios ni contando presentismos o faltazos. Nos hallará, como ahora, negándole toda validez a la democracia y a sus infernales manifestaciones. Y cuanto más sacras se presenten ellas, más categórica será la negativa a quemarles incienso en homenaje.

El fin de la política es el bien común; y las formas de servir a ese fin tan preciado, tan necesario y tan ineludible, son múltiples; como deben ser, además, formas concretas, tangibles y acotadas al tiempo y al espacio en que el Señor nos ha plantado. Supo haber un sólido Magisterio Eclesiástico que alguna vez y muchas veces enunció estas formas o modos de servicio al bien común, en las antípodas de la mentira del sufragio universal, de la ominosa partidocracia o la endiablada soberanía popular. Formas limpias y virtuosas y eficaces de socorrer a la patria cautiva y a los cautivos de la patria.

Esas ocasiones y esas posibilidades las conocen y las practican bien los no pocos argentinos abnegados –con abnegación que se funda en la Fe Verdadera– que jornada tras jornada se constituyen en ejemplos vívidos de que son posibles el decoro, la honra, la hidalguía y –sobre todo– el socorro espiritual y físico a quienes más lo necesitan. Que no son los pobres de la sociología, ni los periféricos de la neoparla vaticana, sino los mendigos de la Luz, los peregrinos de lo Absoluto, los mendicantes de altares y de hogares, los limosneros del Orden.

Antonio Caponnetto

lunes, 31 de agosto de 2015

Aviso


LEA Y DIFUNDA "CABILDO"

Alguien tiene que decir la Verdad

lunes, 20 de julio de 2015

Actualidad



CRISTINA Y LAS ESTATUAS


La Patria es la historia de la patria. Si nos falsifican la historia, nos roban la Patria.
Jordán B. Genta
 
Cristina no se lleva muy bien con las estatuas. Al menos con algunas. Desde hace tiempo venía mostrando una vesánica obsesión contra el monumento a Cristóbal Colón, hermosa obra escultórica que a la par que recordaba al Gran Almirante, dominaba uno de los más bellos paseos de la Ciudad Porteña. Hizo todo cuanto estuvo al alcance de su poder despótico, avasalló jurisdicciones, incumplió sentencias judiciales, avanzó con la prepotencia y el desprecio a toda norma que la caracterizan hasta que finalmente la estatua del Almirante fue removida de su pedestal y tras largos meses de abandono y deterioro a la intemperie, retirada de la vista pública con incierto destino.
 
Es que Cristina junto con esta obsesión colonofóbica tenía entre ceja y ceja -¿habrá algo entre las cejas presidenciales? ¡Vaya uno a saber!- la peregrina idea de alzar en el lugar antes ocupado por Colón una estatua en memoria de la Teniente Coronel del Ejército del Alto Perú Doña Juana Azurduy de Padilla, noble criolla heroína de nuestra Guerra de la Independencia. Cómo si para ensalzar la memoria de Juana Azurduy fuera necesario denigrar a Colón; o cómo si, en definitiva, a Cristina le importara algo la verdadera Juana Azurduy (una criolla que combatió junto a su esposo por la independencia de nuestra Patria y murió en la indigencia) cuando, en realidad, el personaje que ella exalta (y hasta con el que en su delirio se identifica) no es sino una caricatura inventada por el indigenismo marxistoide latinoamericanista, teologicoliberacionista, tercermundano inventado por Felipe Pigna y los “intelectuales” de Carta Abierta que son, en definitiva, quienes alimentan con estas imposturas el débil caletre de la “presidenta”. El “monumento” -una típica muestra de la “estética” populista latinoamericana- representa, en efecto, una Juana Azurduy horrible, de gesto airado y aire indígena, que blande en su mano izquierda una suerte de absurdo sable, imagen ajena por completo a la iconografía que disponemos de la heroína en la que aparece con sus altivos rasgos criollos y un recto y limpio sable militar al cinto.
 
Pues bien; ahora Cristina ha visto cumplido su sueño de revolucionaria pueril. ¡Hasta mandó modificar las ventanas de la Casa Rosada para contemplar mejor el adefesio depositado, hace unos días, en el otrora bello predio urbano e inaugurado por ella misma en compañía de un falso indio que dice llamarse “presidente” de Bolivia. Juana Azurduy era tan boliviana como Colón italiano. Pero dejemos pasar estas menudencias y concentrémonos en lo esencial: y lo esencial es esto: aquí hay algo mucho más grave, infinitamente más grave que los caprichos de una mujer desquiciada moral y psicológicamente; mucho más grave que el daño infligido al paisaje urbano ofendido por un mamarracho escultórico. Lo grave es que la historia argentina ha vuelto a ser falsificada con una falsificación mucho mayor, si cabe, que la que impuso a sangre y fuego el liberalismo masónico en su hora. Al menos este último dejó intacta, en cierto modo, la empresa del Descubrimiento y la Conquista de América manteniendo el fino hilo que nos liga a nuestros orígenes. Esta nueva impostura, en cambio, es un hachazo a la raíz misma de nuestro ser, un golpe de gracia a la identidad hispanocatólica y criolla de la Patria sustituida por un indigenismo falaz y disolvente. Quitar a Colón es quitar la fe; equivale a quitar a Cristo de quien el Almirante fue portador: Cristo phoros. Sin Colón todo sentido se pierde, la historia desaparece para disolverse en la nada de la oscuridad y el silencio de la muerte. Sin Colón vuelven los dioses falsos precolombinos que son demonios; demonios, exorcizados por la cruz de los misioneros y corridos por la espada de los capitanes de España, que regresan para intentar adueñarse nuevamente de la tierra que les fue arrebatada en justa guerra para Cristo.
 
Esto es lo grave; pero más grave aún es el silencio de quienes debieron levantar la voz ante el atropello y callaron. No eran los italianos (noble comunidad, si la hay, que nos regalo la estatua de Colón y peleó hasta donde pudo por oponerse al atropello kirchnerista) los que tenían que levantar la voz. ¿Qué dijeron las organizaciones españolas en la Argentina? ¿Qué las Academias de la Historia? ¿Qué intentaron siquiera los intelectuales, los artistas, los hombres de la cultura que no se identifican con el gobierno? ¿Qué dijo, por Dios, el Episcopado que tanto alardea de la nueva evangelización? ¿Qué evangelización es posible en estas tierras sin la previa obra de España?
 
En la cima de su desquicio, y haciéndose eco de las divagaciones del “escultor” que perpetró el esperpento, Cristina dijo que ahora, Juana miraba hacia adentro, hacia el Continente, en contraste con Colón que miraba afuera, dando la espalda a América. Ahora el sable de Juana será, remató, una advertencia para quienes intenten atacar la Patria.
 
Pero, cómo lograr que entiendan, ella y sus secuaces, que el Almirante miraba el mar, ese mar vencido por la fe y la audacia de quienes dieron el mundo a América y América al mundo. Que mirar hacia ese mar es mirar hacia lo más íntimo de nosotros mismos. Que la mirada de Colón era, a la vez, la mirada del vigía, del Centinela que avista al enemigo; y el enemigo sabe que nuestra estirpe católica y criolla es de temer. No será este indigenismo aliado al poder de las logias, de las finanzas y de las ideologías el que defienda la Patria. La Patria estará defendida y al cobijo mientras haya un puesto de mando y sobre él un Almirante que ciña con su mirada el mar que nos trajo el ser y nos incorporó a la Historia.
 
Mario Caponnetto